viernes, 13 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (20)


18 Marzo 2009

20. Dos en uno.

Te preguntaba, peletero, por esa dicotomía entre realidad y ficción, ¿qué opinas?, recuerda que tú y yo solamente somos ficción.

Es cierto, eso somos, pero no creo que exista del todo esa separación que siempre se cuenta y que no solamente Ballard apunta, todos lo hacen porque está de moda pensar eso. No creo que haya tanta distancia entre el espacio físico y el mediático. Una de las primeras elaboraciones filosóficas sobre la mentira es de Platón, donde el arte y la ilusión artística solamente son engaños, mentiras y falsedades. La representación de la realidad siempre ha sido sospechosa de falsearla y cambiarla, engañando así al espectador. Es un viejo dilema y una antigua suposición pensar que la realidad tiene la cualidad necesaria para ser entendida por sí misma. Lo es en un primer término, naturalmente, los físicos y todos los científicos lo consiguen a la perfección, pero poéticamente, que es lo que a mí me importa, la realidad es inasible como lo es el propio presente pues ella en él se da, solamente en él es posible.

¿Entonces, peletero? ¿Igual que en el Olimpo, o en el mundo de los muertos?, ¿el mundo de los vivos también necesita de intermediarios y sibilas que nos cuenten qué es eso que vemos? Sin embargo, ten en cuenta que Ballard habla de otra cosa, creo, quizás, de simulacros de algo, de realidades que no explican otras, sino que imitan a otras, él también fue uno de los primeros en hablar de los “no lugares”, esos espacios físicos, esas representaciones arquitectónicas y engañosas de otra cosa. Yo soy eso, un simulacro, y soy tan gordo que casi soy un lugar y no alguien. ¿Qué te pareció esa exposición de pintura abstracta china que fuiste a ver el otro día?, ¿pintan bien esos chinos?

Los chinos sí, pintan bien, muy bien, siempre lo han hecho, y ahora sólo hay que ver las pinturas del premio Nobel de Literatura del 2000, Gao Xinjiang, un gran maestro también de la pintura china contemporánea. En cambio, esos de la exposición no, son un fraude, Gordo, un verdadero engaño, uno más. El mundo del arte es un terreno apropiado para vender a millones de incautos gatos que pasan por ser liebres. Estos pintores chinos y sus marchantes nos cuentan, como si fuera una novedad, historias viejas de ojos que veían en el garabato la luz del universo. Verborrea mala, sofrita, copiada, plagiada, parecen esos asiáticos que les da por ser toreros, o viceversa, una vergüenza, más por ajena que por otra cosa.

¿Entonces?

Una cosa es la representación de la realidad y otra su simulacro. Tú no eres eso, Gordo, tú eres… gordo, dos en uno, o en una, no sé. ¿Qué eres?, ¿hombre o mujer?

jueves, 12 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (19)


16 Marzo 2009

19. La primera noche.

Has dicho “veo” cuando te has referido al “Imperio del Sol”, peletero, ¿por qué?

He dicho “veo”, sí, porque me refería a la película, aunque ya había leído la novela bastante tiempo antes, y no me avergüenza afirmar que la escena que filma Spielberg en su versión cinematográfica me gusta, me emociona, me hace llorar. Lloro al ver al padre apartado, su tristeza y ese rostro macilento y gris, la pena, su soledad al observar a la madre y al hijo abrazados. Lloro por la música y lloro por el momento, ese instante especial de reencuentro, saber que has llegado al final del viaje y que en él hallas aquello que siempre has anhelado y necesitado. Me gusta esa seguridad, ver que la piedra no cae de nuevo pendiente abajo. No estar sujeto a ese tonto baile de opiniones o dominado por los celos. Saber que los padres que perdiste o te arrebataron vuelven a estar contigo para protegerte, para vivir con ellos tu vida.

Eso me recuerda esa “primera noche” tan hermosa que narra una de tus amigas que adoptó a su hijo. ¿Cómo se llama?, tiene nombre de caracola, de “petxina”.

A mí también me lo recuerda, aunque me sorprende que la menciones tú, Gordo. Me gustó especialmente su dulce y tierna ambigüedad al hablar de esa primera noche de amor como si fuera la que pasaba con su amado y su amante, creando una deliciosa confusión al ser ese “hombre”, su hijo por el que había atravesado medio mundo para adoptarlo, viajando a las antípodas como hacen aquellos que verdaderamente aman, para buscarlo, encontrarlo, y darse cuenta que los dos habían estado aguardándose toda la vida. Ésa era la primera noche que madre e hijo pasaban juntos, en un perfecto estado de genuino amor. Ella describe la escena de una manera sencilla y absolutamente lograda, es sin duda una forma excelente y verdadera de hablar sobre el presente y la realidad que siempre se nos escapa.

No te extrañe, no debe sorprenderte, peletero, siempre me ha fascinado el encuentro con el otro, y tu amiga lo enfrenta de una manera muy especial y hermosa. Ella calma a Cerbero y penetra en ese mundo muerto para salir renacida al hacerlo con otra vida en sus brazos. Pero, ¿por qué no te convence eso que dice Ballard?, al citarte la anécdota de tus padres en el combate de boxeo parecía que me dabas y le dabas la razón.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (18)


13 Marzo 2009

18. El griterío.

Antes hablabas también de ese “relevo del paisaje físico por otro paisaje mediático donde realidad y ficción se confunden”. Eso es precisamente lo que no les debió de ocurrir a Pere y a Veni, tus padres, aquel día, que al llegar tarde, trepaban a todo correr por las escaleras de la Monumental de Barcelona, una de las dos plazas de toros que tenía la ciudad en aquellos años 40 del siglo pasado, para ver un combate de boxeo, creo que del famoso púgil catalán, Luis Romero. Boxeaba contra un rival que no recuerdo. Mientras subían por el interior del recinto oían el clamor de la gente, y antes de llegar a la boca que daba a la arena se produjo un silencio sepulcral. El griterío cesó de pronto y totalmente. Uno de los dos boxeadores había noqueado al otro en el primer asalto y ellos no lo habían visto, apenas les faltaron un par de escalones. No lo verían jamás, no había cámaras ni existía la televisión. Era un mundo en el que la realidad todavía era la dueña al no tener intermediarios tan poderosos que la representasen, no tenías una segunda oportunidad, ese famoso “replay” de ahora, o esa enorme filmoteca que es youtube, donde puedes ver aquello que te interesa todas las veces que desees.

El boxeo tiene eso, Gordo, ya lo sabes, puede durar apenas unos segundos y la vida apenas oírla en el alboroto y la confusión de la gente sin llegar a verla jamás. El boxeo es un eco lejano de la infantería pesada, desnuda, pero pesada, cuerpos tan compactos que dieron lugar a la “falange sagrada” de Tebas, los soldados de Epaminondas, todos homosexuales y que combatían en parejas, si caía uno, el otro permanecía a su lado guardando el cuerpo. Cerca de casa tenía una zapatería un boxeador español de origen marroquí, Mimoun Ben Alí se llama, hace poco cerró y se jubiló. Fue campeón de Europa de los gallos. Pequeño, fibrado, duro, compacto. Era hermoso verlo boxear con su bello perfil de bereber puro, un hijo del Atlas, un descendiente de aquellos que lucharon al lado de Aníbal y de Escipión casi al mismo tiempo.

¿Un traidor?

Yo no he dicho eso, Gordo. Hitler decía, como decían y dicen muchos, que en una guerra no es importante tener la razón, lo único que importa es ganar, nada más. ¿El amor es una cuestión que tenga que ver con la razón, Gordo?

No.

Por eso se lo compara con la guerra.

martes, 10 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (17)


11 Marzo 2009

Igual que la guerra, o es total o no es guerra.

Si no lo es, ¿qué es?

Combate. Siempre se ha matado y se ha muerto igual. ¿Cómo?, preguntas, mal. Hubo un tiempo en el que se peleaba en un terreno acotado y muchas veces consensuado, ahora el “ring” es el mundo entero. En la antigüedad la infantería pesada la constituían guerreros en formación compacta, las famosas falanges, sumerias o macedonias. En cambio la ligera, los “peltastas” griegos o los “velites” romanos, solamente disparaba proyectiles y se mantenía a distancia del enemigo. En ambos casos el terreno es siempre fundamental, por acotado en el caso de la pesada, o por el alcance del arma arrojadiza en el caso de la ligera.

Un grupo no muy numeroso de “peltastas”, no sé si tebanos o atenienses, llegaron a derrotar a toda una falange de hoplitas espartanos en la guerra del Peloponeso.

Sí, date cuenta que la piedra, la honda y el arco forman parte del mismo concepto que el rifle y el misil. Los ejércitos contemporáneos son todos “ligeros”, aunque lo que se lanza ahora pesa más.

¿A ti te gusta la guerra, Gordo?

Sí, a mí me gusta la guerra, lo que no me gusta es la batalla, demasiada gente, tampoco me han gustado nunca las orgías, la verdad, ya sabes que soy un sentimental, demasiada carne, ya tengo suficiente con la mía. Cuando hay mucha me hago un lío, me equivoco, no sé si tengo encima o debajo a una mujer, a un hombre o a un perro. Aunque en el sexo, equivocarse no es el verbo correcto para indicar un error.

Eres un sarcástico, Gordo, te gusta decir esa clase de barbaridades. Solo te has acostado con quien has amado, ¿verdad?

No exactamente, peletero, solamente me he acostado con quien me ha amado, es una pequeña diferencia, ¿no crees?

Ya lo creo, sexo con afecto, poco o mucho, pero sin amor. El sexo produce inmunodeficiencia emocional. Ballard dice algo obvio, tanto que parece banal sin serlo y que no termina de convencerme. ¿El qué? Dice de manera pomposa que la contemporaneidad está marcada por la pérdida del afecto y por el relevo del paisaje físico por otro paisaje mediático donde realidad y ficción se confunden. Yo creo que eso siempre ha sido igual, quizás ahora más, ahora el afecto se vierte en las mascotas.

A mí me gusta hablar de afecto.

Es extraño que eso lo diga el Gordo.

No lo es, querido amigo, no lo es. A mí también me gusta hablar de eso; aunque es curioso que Ballard evite pronunciar la palabra “amor” y siempre te encuentres con la palabra “guerra”.

No es curioso, era un hombre inteligente. En su obra pseudo biográfica está muy presente. No me importa parecer cursi y sensiblero al reconocer que cada vez que veo la escena final del “Imperio del Sol” me saltan las lágrimas, siempre me ocurre igual.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (16)


9 Marzo 2009

16. El sexo y la carne.

Lo recuerdo y eso es exactamente lo que sucederá, tarde o temprano será así, lo sé desde que empezó, esa amante que no amo me llamará eso que dices. Y si no lo hace ella, seré yo el que la llame traidora. ¿Pero quieres que te hable de sexo, Gordo?, ¿de cuál?, ¿de ese sexo difícil que te manosea y te restriega como cuando se ablanda la carne de un jabalí viejo?, ¿a golpe de pala?, ¿macerado en vino de cepa seca?, ¿en caldo de cabra coja, patatas, puerros, zanahorias y tubérculos de romano gordo? ¿Boniatos, chufas, tupinambos y taros de tierra hueca?

Sí, peletero, de ese sexo que tú conoces bien quiero que me hables, de ese que es de plomo, bala y torpedo, ése que tiene la punta rajada para matar osos y tiburones del mar Rojo, abierta como un glande inflamado de tanto eyacular leche y lodo. ¿Por qué ella nunca se cansa?, ¿por qué nunca se fatiga su mano en mi sexo?, ¿lo sabes tú? Dame poesía, peletero.

¿Poesía me pides, Gordo?, ya la tuviste, ahora solamente te queda recordarla. Tú sabes que hay algo mucho peor que el sexo, lo probaste y casi te mata. “Crash” es un poema sexual, el sexo es una onomatopeya táctil, olorosa, sabrosa y también emocional y Ballard es ingenioso al mezclar accidentes, carreteras, automóviles y pornografía, máquinas y coitos. Sexo de trituradora doméstica, amores de batidora. El automóvil es el símbolo por antonomasia de nuestro tiempo, en él tenemos representada la “trinidad” contemporánea, poder, sexo y muerte. El espectáculo de los hierros retorcidos en la carretera y los cadáveres en su interior es también un icono poderoso y logrado. Añádele la luz y la sirena de las ambulancias y tendrás la mejor escenografía con la mejor iluminación y la más adecuada música, la obra de Arte Total a la que aspiraban los románticos del siglo XIX en sus artificios operísticos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

El peletero/Meditaciones (5)



6 Marzo 2009

“Digau-m’ho, jo us clam mercè, si Déu vos deixe tot vostre desig cumplir” (Tirant, cap. CCLXII).
“Decídmelo, yo os daré las gracias, si Dios os deja todo vuestro deseo cumplir”
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”. Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí cercano a esa enfermedad que atrapa en la vejez y que propende a la nostalgia y al sentimiento de culpa al recapacitar sobre los errores y los daños causados en los demás. Errores y faltas, prejuicios y verdades falsas.
Lo malo, me decía Gregorio, es que si no pediste perdón en su momento solamente se lo puedes pedir a Dios. Dicen que hay tiempo, que siempre lo hay, que la última oportunidad se escapa con el último aliento.
Gregorio era un transexual viejo, con unos pechos grandes y caídos que iba perdiendo cada día menos aceite y cada noche más hormonas. Hubiera sido un buen Obispo y mejor Papa. El primer Gregorio que fue Obispo de Roma llegó a ser Santo allá por el 600, después de Cristo. El último de los Gregorios Papas fue el que alcanzó el número XVI un 2 de febrero de 1831. Se llamaba Bartolomeo Alberto Cappellari, y, como el primero, era de familia aristocrática, romano uno y veneciano el otro.
Los burdeles de Venecia fueron famosos, las putas que en ellos trabajaban dejaron a media ciudad enferma de sífilis y nunca satisfecha del placer recibido. Esa es una de las características del placer, siempre es escaso cuando se consigue, nunca satisface porque aumenta y agranda su deseo, el deseo de placer, el deseo de más placer, exactamente así, “más placer”, “más”, siempre “más”.
La puta veneciana es excelsa al igual que la pintura que se pintaba en esa ciudad de luz única, esa que descendiendo de la montaña se encuentra con el espejo del mar, luz que reverbera. Una ciudad que se enriqueció con el comercio de oriente. Vecina de la austriaca y mediterránea Trieste, tan luminosa también, tan vieja como triste, bilingüe y a caballo de dos mundos. Venecia fue sustituta de Constantinopla y nunca llegó a ser la Tercera Roma.
Antoinette, una amiga mía que no es puta, la ha visitado este verano, ha conocido Moscú y fue a rezar como lo hacen los ateos a un santuario cercano a la capital, tan próximo como lo pueden ser 70 kilómetros y tan profundo como lo es la Rusia de siempre, con sus filas de peregrinos y sus doradas cúpulas bizantinas, sus salmodias y ese perfume de caverna que tienen las iglesias antiguas. Devoción sin razón, miedos y confianzas viejas. Era el Santuario de “Serguiev Posad”, fundado en el siglo XIV y dedicado a Serguiev Rádonezh, Santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Si hay algo viejo en el mundo, viejo de verdad aunque maquillado y adornado con encajes negros y rojos y olores de tabernáculo y sacristía, de fruta a medio pudrir, viejo y renovado eternamente, es una puta y los tufos de las sábanas de su catre, que aunque cama siempre es un catre, y su sexo, que aunque sexo siempre es un verdadero coño.
Si no hubieras podido ser ni Obispo ni Papa, ni Rey ni Cardenal, ¿qué te habría gustado llegar a mandar?, ¿el mundo entero?, le preguntaba a Gregorio.
Me hubiera conformado con ser el Dogo de la Serenísima República de Venecia, nunca hubo ninguno que se llamara Gregorio, me habría gustado combinar la política con la lujuria y la codicia con el amor y amar así a una mujer.
¿Amar a una mujer?, ¿tú?
Sí, no te sorprendas, yo amé a mi madre, amo a mi hermana y amé a una mujer como mujer y como hembra, por eso me transmuté en una de ellas.
¿Quién era?
Se llamaba Magdalena, la patrona de las putas, era una joven abogada y aficionada al Arte que conocí en Venecia tratando de olvidar a su marido y de captar la luz de Veronesse, de Tiziano y de Tintoretto. Era americana, y entonces yo no tenía más de 16 años. Fue la amante de mi padre durante unos meses. Yo los espiaba, pegaba la oreja a la pared y trataba de mirar por la cerradura. Veía sombras y me imaginaba cosas que han terminado siendo verdad en mi burdel. Ella, Magdalena, sabía que los espiaba, y le gustaba. Un día trató de medio seducirme, me contaba cosas que me turbaban, me explicaba otras que desconocía y me preguntó si deseaba verla desnuda. Le respondí que sí, que nunca había visto a una mujer desnuda. Se desnudó despacio y sonriéndome, se iba desprendiendo de la ropa sin dejar de mirarme mientras me cantaba una vieja y dulce canción del folclore inglés:
Come again!, sweet love doth now invite Thy graces that refrain To do me due delight, To see, to hear, to touch, to kiss, to die, With thee again in sweetest sympathy. (1)
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(1) (“Come Again”, 1597. John Dowland)

viernes, 6 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (15)


4 Marzo 2009

15. Crash.

No son de “Crash”, sino de “A través de la barrera”, pero ¿qué te parecen estas palabras de Ballard? “El coche osciló de un lado a otro cruzando los carriles desiertos (…) El neumático destrozado trazó una raya negra en diagonal sobre las líneas blancas de marcación en la larga curva de la autopista. Fuera de control, el coche irrumpió a través de la empalizada de caballetes de madera al borde del camino, y rodó cuesta abajo por el terraplén de hierba”.

¿Te gusta esa descripción que hace de tu muerte?

Tú deberías saberlo mejor que yo, Gordo, estabas allí cuando fallecí, ¿no?

Te equivocas, no fui yo quien te vio morir, fue otro.

¿Quién?

Uno que levita como ése que figura que es tu avatar, pero que no lo es, y que lleva una flor en la mano, ese dibujo del genial Giraud. Yo casi nunca hablo de muertes y siempre hablo de dinero, y en ocasiones muy especiales de sexo difícil, de ese que hurga en las entrañas como un médico que quiere saber si tienes cáncer de próstata. Háblame ahora de sexo, peletero, háblame de Ballard y de su onomatopeya, ¿quieres?

Debes de estar enamorado.

No más que tú.

Es muy cansado estar enamorado, Gordo, tú lo sabes tan bien como yo. En eso del amor antes era creyente y no practicante, ahora es al revés, soy practicante y no creyente.

Eso significa que tienes una amante a la que no amas o no como deberías. Terminarán por llamarte también traidor, peletero, en realidad ya lo han hecho, ya ha ocurrido en otras ocasiones, recuérdalo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (14)


2 Marzo 2009

14. El gigante.

Nunca lo son, peletero, ni la alegría ni la pena, ni la vida efímera de una perla en su collar. Recuerda que Ballard decía cosas ya sabidas con un lenguaje moderno, nada más. Sus famosas catástrofes y cataclismos son remedos del Apocalipsis y de los cientos de diluvios que miles de años atrás han inundado el mundo. La maravilla, el prodigio y el portento nos dejan invariablemente estupefactos, atónitos y extrañados frente a la realidad que siempre es la que los crea y siempre es la que manda sobre todas las cosas. Más tarde hablaremos de ello, pero tú ya sabes como lo sé yo, que los milagros no existen pero los fenómenos sí, eso que Azúa llama “meteoros”, depende de nuestros ojos verlos.

Tienes razón, Gordo, recuerdo perfectamente sus palabras, déjame que las cite: “(…) la poesía no nace de la conciencia del poeta, sino de su coraje. Y, en consecuencia, la poesía no es obra de los hombres o de algunos hombres sino de los meteoros, los cuales definen con toda exactitud lo que en cada momento puede verse.”

Dios nos los regala constantemente, otra cosa es que nosotros sepamos verlos. Ballard pretende simularlos en su literatura hablando de esas calamidades y plagas, de esos seres embarrancados en las playas. De la mirada fría, entre sorprendida y temerosa y casi autista de sus protagonistas, que las observan medio nerviosos y medio huérfanos. Parecen actores que han olvidado su papel y no saben qué decir.

Parecen viajeros.

Sí, parecen pasajeros perdidos en la terminal de un aeropuerto.

“La dolce vita” de Fellini tiene un final así, el desconcierto del protagonista es el mismo que el de esos pasajeros, aunque lo que él contempla después de una noche de fiesta es el cuerpo de un monstruo que la tormenta ha arrojado a la playa. Es uno de los finales más conmovedores y más tristes que recuerdo, ver al protagonista no atender la llamada del ángel que lo reclama desde el otro lado de un pequeño riachuelo que se ha formado con las aguas de un desagüe.

Ballard escribió en 1966 un cuento titulado de esta manera, “El gigante ahogado”. Un relato en el que luego medio se “inspiró” Gabriel García Márquez, “El ahogado más hermoso del mundo”. Ballard nos habla del cuerpo de un ser enorme que un día aparece en una playa y que todos visitan y exploran llenos de curiosidad. Lentamente van desapareciendo pedazos de él hasta llegar a quedar su osamenta desnuda y servir sus huesos de adorno, y sus costillas de arco de bienvenida de algunas casas. “En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado…”

García Márquez nos cuenta que: “Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión que era un barco enemigo. (…) Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. (…) Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa…”

No hay nada que me trastorne y que añore más que esas playas de Ostia, tan parecidas a las mías, a las de la Barceloneta. O a las de Badalona y Mataró al norte, o Gavá y Castelldefels al sur. En ellas mataron a Pasolini, y en ellas me bañé y jugué, en ellas fuimos felices. Tomábamos el sol, reíamos juntos, comíamos nuestras tortillas y mirábamos a las niñas. Las mujeres no han vuelto a estar tan guapas como entonces, Gordo, eran verdaderas diosas, mi madre, Veni, la más bella de entre todas, rellenas de carne y revestidas de piel. ¿Y el sexo, Gordo?, ¿su famoso “Crash”?

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (13)


27 Febrero 2009

13. El espectáculo.

Lo es, es una buena exposición, el CCCB, el “Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona”, siempre se esmera en lo que presenta. Yo conocí a uno de sus comisarios, Jordi Balló, estudiamos juntos en la Universidad. Era y continúa siendo una mente aguda y brillante y un hombre amable y educado. Hay toda una técnica nueva en la forma con la que hoy en día se hacen esas exhibiciones, son casi instalaciones, y se mezclan diversas técnicas y cuidan mucho los textos explicativos. Es una poética efímera, es esa obra que no pretende ser eterna, solamente aspira a ser un “fire Works” humilde y delicado, como las perlas de un collar roto rebotando en el suelo. En ésa dedicada a Ballard hay un auto desvencijado medio enterrado en la arena, y con una luz que simula el anochecer y que casi te permite imaginar que oyes a los topos cavando túneles buscando “El centro de la Tierra”. Deben encontrarse muy cerca porque no consigues oír nada. El silencio es tan persistente y continuado que solamente puedes contemplarlo medio tranquilo y medio anonadado.

Es verdad, peletero, a mí también me seduce ser un mero espectador y ver morir como lo hace tu lagartija. El mejor espectáculo del mundo es observar cómo suceden las cosas, sin intervenir. El collar se rompe, y mientras el tiempo sigue su curso observas la escena sin hacer absolutamente nada. Curioso ves las perlas salpicar, brincar, saltar y danzar hasta que, fatigadas, ruedan para esconderse debajo de los muebles como si fueran esos topos silenciosos que perforan túneles. Me recuerdas el ojo secuestrado de una estatua, querido amigo. ¿En el presente se hallan las claves de todo, dices?, todo es mucho, peletero, quizás demasiado, ¿no crees? Una vez más exageras en tu intento de dibujar el bosque. Siempre eres radical en tus afirmaciones, y un embaucador también. Como muy acertadamente decía una amiga tuya “A mí se me hace que a veces eres muy absoluto en lo que expresas y tienes una gran habilidad para echar mano de sofismas de distracción para sustentar lo que dices”.

Y como tampoco se olvidó de recordarme otra amiga, “Eres igual que Hitler”, en un alarde de metáfora no muy afortunada al pretender afirmar que mi conversación fascinaba y enganchaba, y hacerlo nombrando precisamente a una de las personas más nefastas que jamás han existido. Hubiera podido compararme con San Pablo o Casanova, o con el mismo Churchill, su rival en cierto modo, pero no, lo hizo con alguien al que es difícil de calificar, y mucho menos bien.

No estuvo muy acertada, es verdad, pero no llevaba mala intención en ello, ya lo sabes.

¿La gordura de el Gordo es demasiado?, ¿mi mano amputada lo es? ¿Son excesos y errores?

martes, 3 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (12)


25 Febrero 2009

12. El peletero.

Creo que no yerras en eso que dices de mí, aciertas, no soy una persona buena ni considerada, hablo demasiado y solamente me escucho a mí mismo, pero exageras y te equivocas cuando afirmas que no sé interpretar correctamente el silencio de los demás y mucho menos sus palabras. Aseguras que siempre las comprendo de manera errónea, en su propio significado y en las intenciones de aquellos que las dicen. Afirmas que por eso me invento personajes como tú, anómalos y desasistidos, que deben resistir por sí solos, sin ayuda de nadie, y robustecerse en los demás, ajenos al mundo y a su tiempo, asesinos a sueldo o por cuenta propia, justicieros enmascarados o simples delincuentes locos y rotos, como si fueran otros en lugar de ser ellos mismos. No soy una buena persona, Gordo, no lo soy, pero hice bien, sabes que hice bien, aunque no sea un buen estratega tengo buen olfato, soy un buen rastreador, un buen sabueso, tengo intuición y acierto a menudo. ¿Por qué?, porque me fijo en las pequeñas cosas, en los detalles. La gente cree que es difícil construir una gran mentira y que no lo es en cambio engañar en las cosas cotidianas. No es cierto, es al revés, la mayoría de accidentes de automóvil son en esas carreteras secundarias y casi familiares que nos conocemos de memoria porque cada día circulamos por ellas. Siempre dejamos rastros, siempre, aquella arruga inhabitual en el vestido, aquel comentario dicho de otra manera a como se dijo en otro momento, aquella casualidad, aquel acontecimiento inesperado, la respuesta que improvisaste, o un ruido distinto al abrir la puerta de casa. Sí, fui a ver esa exposición sobre Ballard. Eso se cuenta de él, que su mérito era ése, tratar de describir algo inasible, el presente que siempre se nos escapa y donde, según parece, se hallan las claves de todo. Martin Amis afirma en una entrevista que se proyectaba grabada en la misma exposición, que Ballard es el primer escritor de ciencia ficción que no habla del espacio exterior y sí del interior. Pero no es del todo cierto, creo, Ray Bradbury y Leem ya hicieron cosas parecidas a su modo.

Yo recuerdo a Theodore Sturgeon y su “Más que humano”, es una buena historia de “psicología ficción” y de futurismo psicológico, como esos psiquiatras y neurólogos de hoy en día, que tanto han proliferado y que escriben libros sirviéndose de sus pacientes y de sus casos, haciéndose ricos y famosos con ellos. Algo parecido, excepto por lo de rico y famoso, a eso que hiciste tú con esas cartas publicadas sin el permiso de su destinataria, su dueña; eran cartas tuyas, escritas por ti, pero para ella, a ella iban dirigidas, ya no te pertenecían, no debiste hacerlo sin su consentimiento. Me da igual saber, y lo sé, que se merecía tanto tu desprecio como tu compasión, pero debiste terminar bien con ella, peletero, y no como lo hiciste, mal, muy mal, lo cual no dice nada bueno de ti. Aunque tampoco de ella. Piensa que supe más cosas que tú porque yo también hablaba con ella, ¿recuerdas? Tú mismo me la presentaste; ella y yo conversamos durante mucho tiempo, a mí me contaba aquello que a ti nunca te hubiera confesado. Eso sí, lo hacía utilizando como excusa simplezas de la psicología popular y barata, “la bestia interior” “el jardín secreto”. Debió de haber sido más inteligente, sutil y considerada consigo misma y no caer en la vulgaridad. Pero ahora háblame de otros jardines, peletero, esos que son públicos, háblame de esas exhibiciones actuales que presentan los estamentos gubernamentales como esa que viste de Ballard, son muy interesantes en su factura y puesta en escena. Es todo un arte renovado. Al menos ellas huelen a limpio y no a depresiones y a bipolaridades de psicología popular.