martes, 16 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (56)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

56. El bautizo y el sarcófago.

Los retratos de "El Fayum", romanos y egipcios al mismo tiempo, no son ninguna copia de otros, incluso teniendo un estilo perfectamente establecido y formado en su reiterada ejecución, en la fusión de sus dos paradigmas culturales, por ser obras perfectas de su tiempo son verdaderamente originales y eternas.

Mi amigo decía:
“En nuestro mundo moderno hemos perdido esta costumbre tan arraigada de retratar a los muertos. Primero era el bautizo, (aunque perdiendo terreno frente a la ecografía), luego la primera comunión (aunque perdiendo terreno frente a los sucesivos cumpleaños), el servicio militar (aunque perdiendo terreno frente a nada), la foto carné, la boda, los hijos, lo que fuera necesario para llegar al final, a uno de los momentos cumbres más importantes de la vida: la muerte. Ahora se considera de mal gusto; el pollo sólo se puede mostrar vivo o cocinado. Hoy en día únicamente tienen esta prerrogativa los famosos, aunque en la antigua forma de estatua de cera, un sucedáneo de la vida, y una premonición de la muerte embalsamada en material que se derrite.

Los retratos del Fayum han resistido al tiempo, y no por muy conocidos dejan de sorprender cada vez que los miramos y nos miran. Son una almadía en un mar tormentoso, lanzando cabos hacia el barco salvador que el viento aleja irremediablemente. ¿Aún no había nacido la costumbre de cerrar los ojos a los cadáveres? Estos romanos egipcios, bien abiertos los tienen, pintados en el mejor de sus momentos. La técnica es romana, los ojos grandes y almendrados son egipcios, su frontalidad es moderna y su serenidad es sabia, y extrañamente ninguno sonríe. Cuando estaban vivos tal vez eran ignorantes, ahora no, ahora ya lo saben todo, por eso están a un paso de entristecerse, están casi a punto de no estar... muertos. O casi a punto de volver a ser personas. “Persona” en latín significa, precisamente, “máscara”, y enmascarados los muertos nos entrevén a los que seguimos vivos.” 

“La existencia de retratos es un hecho tan misterioso como el que tengamos rostro. Manos, piernas, torso, cara, es normal tenerlos. Incluso hasta dedos y espalda. Pero tener rostro es algo más, es el ser encarnado. Las cosas se diferencian por características que pueden ser medidas. Sus eslabones primordiales, como los quantum y los genes, son intercambiables entre sí. Todo puede mudar y seguir igual al mismo tiempo, como en política. Los rostros no, son insustituibles, es la prueba más irrefutable sobre la individualidad del ser, en contra de estas nefastas teorías que anhelan su disolubilidad en el cosmos uterino o la nada estéril. Y a pesar de la cirugía plástica. 

Dios es uno, nosotros también. Muchos lo quieren seguir siendo hasta después de muertos. Un buen retrato es un buen pasaporte. ¿Hacia dónde?” (“El peletero en su sarcófago”, el peletero.)

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56H
-Querida Verónica, tu me hablaste por primera vez de Berger, era amigo o conocido de Antonio T. Siempre releíamos las cartas que su hija le enviaba sobre Tiziano. Lee ahora una verdadera carta del pintor veneciano dirigida al Rey de España: 

“Invictísimo y Poderosísimo Rey:

Hace siete meses que mandé a V. M. las pinturas que me fueron encargadas por ella. Y no habiendo tenido hasta ahora aviso de su recibo, me sería singular favor saber si han gustado; que si no hubieran gustado al perfecto juicio de Vuestra Majestad, afanaré, reformándolas de nuevo, en enmendar el pasado error...

Las cédulas de que Vuestra Majestad me hizo gracia por los dineros asignados a mi merced en Génova, quede Vuestra Majestad informada de que no han tenido efecto. Por lo que parece que ella, que sabe vencer a poderosísimos y soberbios enemigos con su invictísimo valor, no es obedecida por sus ministros, de tal guisa que yo no veo como puedo esperar obtener nunca esos dineros concedidos a mí por dicha gracia. Sin embargo le suplico humildemente que con su Real Majestad quiera vencer la obstinada insolencia de aquéllos, u ordenando que quede yo prontamente satisfecho, o dirigiendo a Venecia, o donde más le plazca, la expedición del pago, de modo que su liberalidad produzca en su humilde servidor el fruto por V. M. ordenado...” (Venecia 22, de abril de 1560)

¿El esfuerzo por sobrevivir oculta el mundo? Yo creo que no, pero... ¿impide pintarlo?, sin duda tampoco, hay muchas pruebas de ello, muchas, Tiziano es una de ellas, pero yo no podría, ya lo sabes, Verónica, no puedo pintar si he de vivir.

Por eso te alejaste de mi, ¿verdad? Responde tú por mí. (El hilo. Cartas a una amiga.)

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56M
-“Muy a menudo me hablabas de pieles y de la carne que en ellas quedaba incrustada si el animal se despellejaba mal, que había que rasparla de manera concienzuda para eliminar cualquier rastro y evitar que se pudriera y dejara calvas en el pelo cuando se la secaba en un ambiente fresco y seco, lejos del sol, en una sombra clara. Al oírte recordaba el sabor de la tuya, de tu sombra, y de su ausencia en mi boca y en mis manos, era un recuerdo premonitorio de lo que iba a suceder y sucedió. 

Tu carne y tu piel, Víctor, en esas cartas que me envías, con carne pero sin piel o con tu piel descarnada”. (La madeja. Cartas a un amigo.)

lunes, 15 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (55)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

55. El retrato y el muerto.

Una imagen siempre perturba nuestro ánimo igual que lo hace un fantasma o un prestidigitador que esconde lo real entre los forros de su vestido y únicamente nos muestra el simulacro de un espectro.

Ella nos desnuda y desmantela, o refuerza también nuestras defensas, eternamente escasas en el verdadero arte de sobrevivir a la humana manera que no consiste en otra cosa que vivir por encima del suelo y de la nada. Es una emergencia, una representación que debe interpelarnos, provocar respuestas emocionales y morales sabias al abrir puertas y ventanas que hasta ahora estaban cerradas y que todos, tarde o temprano, deberemos atravesar. Es también una demanda muda que debe ser correspondida con la sabiduría del silencio que es la manera más exquisita de ocultación y gala al mostrarnos el desgarro. Cada imagen es, como bien alega Jean Christophe Bailly en relación a los retratos funerarios de “El Fayum”, una llamada, que aunque silente no deja de convocarnos a una cita ineludible.

Monsieur Bailly afirma magistralmente que un retrato es el nombre de un rostro, al verlo lo reconocemos aunque nunca lo hayamos visto, tal es la individualidad que percibimos y que nos remite a una memoria anterior a la propia memoria y experiencia vivida. Nos dice también que cualquier retrato nos muestra todo aquello que hay fuera de él, incluidos nosotros también.

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55M
-“Aquella tontita guapa que te perseguía por las aulas, se llamaba Ana, era mallorquina, rubia, guapa y repleta como una ensaimada. ¿Por qué siempre sonreía?, ¿eras tú el que la hacía feliz?, ¿cómo lo conseguías?, debías de usar las mismas artes que usabas conmigo, ¿se puede besar igual a cada mujer?, estoy segura que tú sí, nunca te lo perdonaré”. (La madeja. Cartas a un amigo.)

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55H
-“Tú camarero se llamaba Tom, vivía con su madre anciana, ella ocupaba un ala de la casa y él otra, era un piso enorme de la calle del Carmen de Barcelona, a la altura de la Riera Alta. Era un muchacho avispado, hubiera podido estudiar, pero siempre me contaba que no lo necesitaba, que ganaba más dinero ejerciendo de camarero en un bar de la Plaza Real, trabajaba muchas horas, de día y de noche, recibía un sin fin de regalos y conocía, decía él, a gente muy interesante, pero nunca me presentó a ninguna que lo fuera, excepto tú. 

¿Besamos los mismo labios porque siempre besamos igual?”. (El hilo. Cartas a una amiga.)

sábado, 13 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (54)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

54. La ciudad y el polvo.

Toda la anterior argumentación se aparta de la psicología moral de Frankfurt que nos recomienda que procuremos ser lo que ya somos, y que por seguridad no franqueemos jamás el linde que nos separa y nos da identidad y forma si no queremos volvernos locos y deambular, que no vivir, en una no vida.

Pico es un hombre del Renacimiento, entusiasta y lleno de ilusión y curiosidad por andar el largo camino que empieza bajo sus pies. Frankfurt, en cambio, es un filósofo de principios del siglo XXI que ya ha recorrido buena parte de ese trayecto y que conoce qué guarda el polvo de sus zapatos gastados. Lo que sus ojos han visto le impelen a la prudencia y al sentido común, parece regresar de una guerra a la que todos se apuntaron con adolescente irresponsabilidad: negar el valor de la verdad.

Sin embargo, los tres, Platón, Pico y Frankfurt, cada uno a su manera, intentan señalar, ubicar y delimitar el espacio humano, “La Ciudad”, “La Polis”, “La Urbs”, el único lugar habitable por nosotros donde podemos ser cualquier cosa que deseemos, aunque sea mintiendo. La libertad nos otorga este privilegio, virtud y vicio al mismo tiempo. Botones y ojales que abrochan el mismo vestido.

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54M
-Siempre usabas la palabra “verdad” como si fuera la piedra de una honda, parecías un pequeño David derrotando a la mentira monstruosa.

Recuerdo tus regañinas conmigo, yo te pinchaba y sacaba de ti lo mejor, al menos te hacía enfadar.

Decías gruñón: “Las apariencias son imprescindibles, ¿en qué otra cosa pueden basarse mis juicios? Parece que la palabra que no te cuadra es "aparentar", pero si eres un hombre sincero, simplemente debes actuar como un hombre sincero, ¿no es así?

¿Cuál es la diferencia entre aparentar y actuar, entre aparentar y comportarse? De tus dudas se deduce algo innegable, que la mentira debe ser ocultada porque pretende sustituir a la verdad, pasar por ella, desplazándola o expulsándola, ocupar su lugar sin que nadie se perciba de ello. La mentira debe tomar el rostro de la verdad sin serlo. ¿Cuál es el rostro de la verdad? ¿Debemos presuponer que la verdad no necesita de tales artilugios escénicos, oratorios o teatrales, que no requiere gestos ni disfraces para presentarse al mundo?

¿Nadie necesita pues aparentar ser sincero?, ¿con serlo es suficiente? Pero, ¿no crees que si así fuera significaría que todo el mundo es capaz de reconocer la verdad nada más tenerla ante sus ojos? ¿Es realmente así? Yo creo que no. La verdad también necesita ser aparentada. La apariencia es aquello que aparece ante nosotros y no necesariamente aquello que oculta otra cosa. La apariencia no es ninguna cortina tras la cuál suceden, acontecen y son las verdaderas cosas.

Es evidente que Platón no creía eso, y con él más de la mitad del mundo que se fía antes de un santón que de un médico, ignorancia, necesidad, bobería y beatería juntas.”

Y al oírte te creía, tal vez no por tu capacidad de convicción o por la verdad de tus palabras, ni por tu apariencia segura o por la fuerza de tu persuasión, pero sí porque te tenía enfrente, al alcance de mí, podía escucharte mientras te desnudaba y te besaba, podía creerte mientras dejaba de escucharte.” (La madeja. Cartas a un amigo.)
 
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54H
-“Querida Verónica, no debes preocuparte, no es necesario prestar atención a tus olvidos ni a los míos, todo el mundo tiene lagunas en sus recuerdos, si no fuera así no lo serían y sólo podrían ser archivos, cajones, nichos, armarios llenos de cosas y esqueletos. Olvidarse no es exactamente mentir, pero se le parece. La memoria está formada por sueños, por eso hay en ella tierra seca, lagos, ríos y mares inmensos, bosques, selvas y llanuras desarboladas, desiertos y ciudades, nubes de algodón o de azúcar y abismos en las cicatrices de nuestras manos. Yo sé que me recuerdas como si me acostara a tu lado cada noche para sentir tu compañía, pero no es así, no me acuesto contigo, no te toco, no te pido ayuda ni consuelo, ni una tonta caricia me das ni te doy, me hallo tan lejos que no sé ni siquiera dónde estoy.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

viernes, 12 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (53)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

53. Pico Della Mirándola.

En una línea diferente de pensamiento deberíamos incluir a Pico Della Mirándola cuando afirmaba que el ser humano “es el artífice de sí mismo”, que logra ser todo aquello que se le antoja, y que no siendo de este mundo ni de ningún otro puede, si así lo desea, construirse y dotarse de la forma que prefiera. El hombre parece no ser nada, y por ello consigue serlo todo porque todo está a su alcance, en la palma de su mano, que con el ojo y la boca son las dos mejores metáforas morfológicas de su ser.

Casi parece, en el sentido del capítulo anterior, un elogio a la mentira.

Eugenio Trías, en su “El artista y la ciudad” considera que los asertos de Pico se contraponen a los de Platón. Trías dice que: “todos los argumentos que avalan el decreto en virtud del cual Platón decide expulsar al artista de la ciudad son esgrimidos por Pico como pruebas de admiración y maravilla de esa criatura, el hombre, que basa su dignidad en eso mismo que era para Platón iniquidad. Si el artista mimético era expulsado por razón de sus metamorfosis, por razón de su incapacidad para asentarse en un lugar, para adecuarse a un oficio o actividad, para definirse según un determinado patrón de identidad, ahora, todas estas razones de expulsión son, para Pico, razones de incorporación. Son inclusive algo más: eso que hace del hombre el ser supremo de toda la creación.”

Hoy en día leer la frase “Ser supremo de toda la creación”, produce una sonrisa algo avergonzada cuando constantemente nos hacen ver la escasa diferencia genética que existe entre una mosca y una persona, arguyendo exclusivamente la cantidad, el número similar de genes que cada uno posee, y olvidando que aquello que separa el agua del hielo es un solo escalón.

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53M
-“Querido Víctor, Platón era uno de nuestros grandes temas de debate en el que ambos estábamos casi siempre de acuerdo, aunque yo nunca era tan drástica como tú, me gustaba pensar que podía haber cosas perfectas en un mundo perfecto, más allá del nuestro. Me sorprendió la primera vez que te oí decir que el famoso mito de la caverna y la acepción popular de la palabra “apariencia” eran una buena manera de disculpar nuestros errores y escasas virtudes, afirmabas irónico que no podemos acertar si la misma realidad se nos esconde.

Tú preferías la segunda acepción, la de “aparecer”, por eso te gustaba la pintura.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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53H
-“Querida Verónica, me dijiste un día que todas las ciudades con mar terminarán inundadas y medio sumergidas en las aguas, devendrán entonces perfectas, decías. Es cierto, navegaremos y veremos las casas desde unas góndolas celestiales como las que dibujó Moebius. Yo remaré y tú me mirarás remar, pensarás que estás en Venecia y sólo estarás muerta. 

Mi muy amada amiga, de Venecia no se puede decir nada más, de momento. Está tan viva como el cadáver incorrupto de un santo, y a no ser que resucite como Lázaro tendremos que esperar a que se petrifique como Pompeya para volver a hablar de ella, ¿no crees?”. (El hilo. Cartas a una amiga.)

jueves, 11 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (52)

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

52. Harry G. Frankfurt.

En un sentido parecido, pero con una intención opuesta a Platón el moralista Harry G. Frankfurt afirma en su encantador opúsculo “Sobre la verdad”, que:

“El mundo en el que vivimos, en la medida en que nuestra concepción del mismo se asienta en la mentira, es un mundo imaginario. (…) Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto estará ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir “en su propio mundo”, un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad”.

“En la medida en que aprendemos cuáles son nuestros lindes discernimos nuestra forma. (…) Así, nuestro reconocimiento y comprensión de nuestra identidad surge, y depende íntegramente, de la apreciación que tenemos de una realidad que, de manera inexorable es independiente de nosotros. (…) Sólo si reconocemos un mundo de una realidad, hechos y verdades obstinadamente independientes, podemos reconocernos a nosotros mismos como seres distintos de los demás y articular la naturaleza específica de nuestras propias identidades.”

Frankfurt tiene razón y la diferencia está, obviamente, en el lugar que otorgamos y concedamos a la realidad ocupar, todo depende de dónde la coloquemos, si delante de nuestros ojos o en el Reino de los Cielos. Las derivadas de tal decisión son fundamentales incluso para decidir y formular una política democrática no regida por filósofos sabios y sin duda soberbios. 

También acierta al afirmar que el mentiroso ni siquiera reside en su mundo, al igual que el Diablo no tiene una naturaleza propia y vive de la necesidad ajena. La mentira requiere también a un mentiroso que la oiga.

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52M
-“Y Van Gogh te respondió con su obra, la pintada y la escrita. Hay algo en ti, querido Víctor, que se parece a Vincent. Te sabías sus cartas de memoria y recordarás este párrafo:

“Me gustaría más ganar como pintor 15 francos al mes que 1.500 francos mensuales por otros medios, aún como comerciante de cuadros. Estoy seguro de que podría aprender de mi profesión en París lo mismo que aquí en el brezal; en la ciudad tendría la oportunidad de aprender todavía alguna cosa de los demás, de aprovechar su experiencia, y esto no me es del todo indiferente; por otra parte, trabajando aquí, creo también poder progresar, aun sin ver a otros pintores (335)”. (La madeja. Cartas a un amigo.)

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52H
-“En el negro relucía el ocre y tus labios rosados besaban mis ojos cerrados que abrían sus puertas para ti, niña. Porque yo también tenía puertas y tú lanzas y arietes para romperlas, con ellas entrabas, con ellas reinabas en mis cuartos, en mis esquinas, entre escaleras y espejos, entre el suelo y el cielo. ¿Tanto tiempo ha pasado ya?” (El hilo. Cartas a una amiga.)

martes, 9 de noviembre de 2010

El peletero/La aguja del pajar (51)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

51. Platón.

Platón creía que la imagen solamente cumple una mera función mimética, que su significado se halla en la semejanza con el modelo que representa. 

El filósofo griego también nos dice que una imagen no imita exactamente la realidad, sino solamente una apariencia. Esa es una afirmación coherente con su famoso mito de la caverna, aunque no necesariamente verdadera. 

Es legendaria la desconfianza y la animadversión profundas que le causaban a Platón todas las artes. Para él no eran más que los instrumentos del engaño para mentir, la ilusión, el espejismo y el disfraz que los dioses, ayudados por los Hijos de la Noche, siempre usaron para servirse de los humanos, y que éstos, en su eterna y precaria condición, trataron de aprender para sobrevivir a sus caprichos y deseos, a sus designios ocultos entre el azar y el destino.

Así pues, para Platón toda imagen es engañosa porque es intrínsecamente falsa; su mejor virtud, afirma, es la banal diversión y el insustancial entretenimiento que causa mientras no se desvele su secreto, la artimaña del charlatán y el ilusionista, la paloma escondida dentro de la chistera.
El hecho decisivo es que la realidad es inerte poéticamente, no en cambio, evidentemente, el arte. Platón detestaba la poesía porque alteraba el ánimo como si fueran los cantos de una sirena, lo predisponía, lo seducía y no permitía que se manifestara lo que él consideraba como lo justo, lo valioso que es valioso al mismo tiempo que adecuado. 

Cuanto más cerca estamos de lo verosímil más lejos estamos del presente, que siempre, valga la expresión, es opaco a nuestros ojos y al recuerdo, él, como el más tenue fantasma, solo sirve a nuestros párpados cuando pestañean al son de nuestro corazón. 

La metáfora es sencilla y popular, y no es otra que la que afirma que cuando miramos muy de cerca no vemos nada, hay que dar unos pasos atrás. Nada se explica desde el presente, solamente desde su recuerdo.El peligro está en caer en el manierismo emocional, en el mero esteticismo psicológico, pintar a la manera de, construir un simulacro, copiar otras pinturas, cantar siempre la misma canción, lo que, por otra parte, casi todo el mundo hace.

A un escritor catalán -Pere Calders- le preguntaron cuándo escribiría sus memorias, y él respondió que lo haría cuando perdiera la memoria, que todavía no podía escribirlas porque lo recordaba todo.

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51H
-“Querida Verónica, cuéntame la leyenda que inventó el beato Jacobo de Varrazze, nacido en Génova el año 1230, Pacal Quignard la recuerda en su célebre obra “El sexo y el espanto”, en ella nos dice que Tiberio, gran coleccionista de imágenes pornográficas, habló con la santa de Pintura. En su “Legenda aurea, De passione Domini LIII” nos dice (cito al Sr. Quignard) que “Tiberio, el emperador, enfermó gravemente en Roma y que dirigiéndose a Volusiano, uno de sus íntimos, le dijo que había oído hablar de un médico que curaba todos los males. Así dijo el emperador a Volusiano:

-Vete de prisa a ultramar y dile a Pilato que me mande ese médico.

Se trataba de Jesús, que curaba todas las enfermedades con una sola palabra. Cuando Volusiano llegó ante Pilato y le comunicó la orden del emperador, el prefecto Pilato sintió un grandísimo temor y pidió catorce días de plazo. Volusiano se encontró entonces con una matrona que había conocido a Jesús. Se llamaba Verónica. Habló con ella a puerta cerrada.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

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51M
-“Así es, querido Víctor, y Verónica le responde que:

-Yo era su amiga. A Jesús lo traicionaron por celos y Pilato lo mató, hizo que lo ataran a una cruz.

Volusiano se entristeció mucho cuando supo que el médico había muerto.

-Estoy muy apenado –le dijo-. Me aflige no poder cumplir las órdenes de mi amo.

La matrona Verónica respondió:

-Cuando mi amigo partía a recorrer el país para predicar, entonces yo, privada muy a mi pesar de su presencia, decidí mandar a hacer su retrato. El pintor me dijo que fuera a comprar una tela y unos colores. Iba yo de camino a casa del pintor para llevarle lo que me había pedido, cuando vi pasar a Jesús, que iba a morir. Mi amigo me preguntó adónde iba con esa tela y esos colores. Le expliqué lo que me proponía hacer, llorando porque él cargaba con su cruz. “No llores”, me dijo, y tomó la tela y se la puso en el rostro. “Así es como se pinta, dijo, y se fue para morir. Si el emperador de Roma mira con devoción los rasgos de esta imagen, recobrará de inmediato la salud.”
 
-“Volusiano le preguntó:

-¿Puedo comprar con oro o con plata tu imagen?

-No –contestó ella-. Sólo con ardiente devoción. Partiré contigo. Le mostraré el retrato a Cesar para que lo vea y luego regresaré aquí.

Volusiano volvió a Roma en barco con Verónica y dijo al emperador Tiberio:

-Pilato entregó a Jesús a los judiós, que lo clavaron en una cruz por celos. Pero una dama, que ha venido conmigo, trae la imagen de Jesús en el instante de morir. Si usted mira con devoción el retrato, enseguida sanará y recobrará la salud.

Entonces Tiberio mandó extender una alfombra de seda, recibió a Santa Verónica y conversaron sobre pintura. Luego le ordenó que le mostrara el retrato: apenas lo hubo mirado, recobró su salud. Tiberio le regaló un cuadro antiguo a Verónica, la puta (¿un “retrato de prostituta” de Parasio?), y ordenó que ejecutaran a Pilato por haber dado muerte a Jesús. Pero Pilato no quiso saber nada, agarró su espada y se mató. En el instante de morir, Pilato se miró la mano que sostenía la espada. Expirando, dijo

-La mano que lavé me mata.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

jueves, 4 de noviembre de 2010

El peletero/Las memorias de Caín (y 12)






12. El Peletero

Mil años después de ser piedra conocí a un peletero, pero ya no recuerdo quién era, aunque a veces pienso que yo fui él o él yo. Sólo sé que murió, y al morir morí con él, escuchándole contar algo al viento, entre su boca y mi aliento. 

Mucho más tarde, pensando en mi peletero muerto, me convertí de nuevo en piedra y luego en una mujer, en un número diez y en un jilguero joven, todo a la vez. 

Pero en aquel tiempo Júpiter era Neptuno y Neptuno Plutón y el Sol se vestía ya de verde y de negro limón.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El peletero/Las memorias de Caín (11)






11. El Palacio.

Una vez quise habitar un palacio sin súbditos ni sirvientes, sin príncipes herederos ni princesas casaderas, sin Reinas y sin harenes.

Lo conseguí, viví solo en mis aposentos, en mis salones llenos de polvo y de muebles, repletos de recuerdos, de pinturas de los que habían de haber sido mis antepasados, de todas mis batallas, de mis esclavos y de mis soldados. 

Las habitaciones eran enormes, los pasillos interminables, las columnas salomónicas, las escaleras parecían no llegar ni empezar.

Era tan grande que jamás encontré una sola ventana, no logré salir nunca a un balcón ni trepar a una almena, terraza o mirador.

Nunca pude visitar todas sus estancias ni hacerme siquiera una simple idea cabal de cuál era su plano ni su alzada. No sabía si habitaba los pisos altos o me hallaba cerca de sus cimientos. Cada rincón era distinto, cada alcoba diferente.

Había pasajes secretos y puertas escondidas que conducían a nuevos lugares que a su vez llevaban a otros que te descubrían rincones insospechados y nuevos.

Cada estancia estaba decorada con su propio color, había incontables cortinas, tapices y alfombras, baldosas, estucados, frescos y bajorrelieves, tabiques, paredes, murallas y bóvedas celestiales, cuartos pequeños y cúpulas vaticanas. Algunas esquinas parecían plazas, templos vacíos de sus dioses y de sus fieles servidores, y otras recordaban despachos, scriptoriums, bibliotecas y estudios, salas, cocinas, celdas, glorietas, calles, avenidas y paseos.

Mi palacio también tenía espitas, llaves, fuentes, desagües y pozos tan profundos que al asomarme a ellos oía latidos y voces lastimeras que me atemorizaban porque parecían ser mis propios pensamientos.

Una vez quise habitar un palacio y ser el rey, el dueño absoluto y el señor de todas las cosas que no tienen nombre.

martes, 2 de noviembre de 2010

El peletero/Las memorias de Caín (10)








10. La Gata.

Cuando por treceava vez fui hombre tuve una tienda, cada día pasaba por delante una mujer con paso firme y la cabeza alta, ajada. Al observarla descubría la lejana juventud y la belleza que otros hombres debían de haber amado en ella. No sabía su nombre ni quién era, sólo que cada día pasaba por delante de mi tienda a la misma hora de la tarde, al oscurecer, con tacones altos, decidida, vestido ceñido, un bolso en bandolera, silueta esbelta y el cabello suelto, rizado y castaño claro. 

A veces se paraba y miraba el escaparate, otras preguntaba algún precio y pedía ver alguna pieza, al enseñársela sólo me miraba a mí.

-¿Tienes dónde alojarte? –le pregunté un día.

-Vivo en una habitación alquilada -me respondió. 

A partir de aquella noche durmió conmigo como una gata en celo, salvaje, parda y clara. Al día siguiente trasladó sus cosas a mi casa.

Por las mañanas la dejaba dormir y me iba a mi tienda. Al mediodía me tenía la comida preparada y por la tarde, al oscurecer, pasaba por delante con paso firme y la cabeza alta, ajada.
Regresaba al día siguiente, casi al amanecer, y lo hacía como una gata en celo, salvaje, parda, y clara. 

Eso sucedió la treceava vez que fui hombre.

viernes, 29 de octubre de 2010

El peletero/Las memorias de Caín (9)






9. La máquina.

Siendo pintor pinté una pasarela en un río, parecía un autómata en la mitad de un camino.

En un viejo manual escolar de anatomía se dice que: “El “pene”, o “miembro viril”, es el órgano de copulación. Su forma es cilíndrica, algo aplanada de delante atrás. Termina en su extremo con una dilatación denominada “glande” o “bálano” cuya superficies es lisa y rosada. El glande está perforado en su vértice por el “meato uretral”. (…) La función del penes es, en el acto del coito llevar la “esperma” a las partes genitales de la mujer recorridas por el óvulo y favorecer así la fecundación”. (“Atlas de Anatomía Humana, V. Muedra, S.L.)

Era otro ángel como yo, un ser empecinado y sordo, mudo y olvidadizo, sin pies ni manos, sin pecho ni espalda, sin cabeza ni alma, sólo tenía alas y dos gibas que le colgaban, un solo dedo y una boca pintada en un extremo. 

En cambio, en otro manual, de fotografía en este caso, se afirma que: “es cosa sabida que una persona de pie, en medio de la fotografía, tienen un aspecto larguirucho poco agradable. Sin embargo, si el fotógrafo se acerca más al modelo de forma que la cabeza quede en la parte superior del cuadro y los pies en el borde inferior, la cara se podrá distinguir con claridad suficiente”. (“El retrato, una guía para aficionados”, Günter Spitzing)

A su rostro le faltaban los ojos, su testa no era más que un sombrero, un ridículo capirote, al verlo me reí, parecía un payaso, un tentetieso, un bombero, un elefante loco y ciego.
Yo pienso que los ángeles no sabemos pintar ni construir máquinas, no nos parecemos a Dios ni a todo aquello que tenga nombre. No somos hijos de nadie y mucho menos de los hombres. No tenemos estirpe, no somos capaces de ser padres ni sabemos tampoco morir cuando nos convertimos en menhir. 

Los ángeles no quedamos bien en las fotografías aunque nuestra piel sea lisa y rosada.