sábado, 5 de enero de 2013

El Peletero/Esmorzar al metro, entre la línea 1 i la 4 de Barcelona.


Hemeroteca Pelletera

Esmorzar al metro, entre la línea 1 i la 4 de Barcelona.

En aquestes festes m’he recorregut Barcelona gairebé de punta a punta, varies vegades al dia, pels túnels subterranis de la xarxa del metro de la ciutat, a l’hora de dinar i al vespre, al plegar abans de sopar, des del barri de Sant Antoni fins al Guinardó, a l’Hospital de Sant Pau, per visitar a una amiga que hi va ingressar al passat dia vint-i-nou.

No és un trajecte molt llarg, però sí suficient per fer una cosa que mai havia fet abans tot i que sembli estrany, seure al vagó i llegir un llibre durant el viatge, en aquest cas: “Esmorzar al Tiffany’s”, o dit en anglès: “Breakfast at Tiffany’s”, de Truman Capote i de la que es va realitzar una famosa versió cinematogràfica l’any 1961 dirigida pel Blake Edwards i interpretada per la Audrey Hepburn i en George Peppard.

La Audrey m’envolta, literalment, cada dia amb el seu somrís i els seus ulls emmarcats per unes celles, unes “eyebrow”, perfectes.

Però no tinc gaires ganes d’escriure d’ella ni de dir res que estigui relacionat amb comprar l’estimació amb regals, en demanar, gairebé suplicar, amor a canvi de diamants o de llàgrimes, en buscar l’afecte amb joguines per adults o joies per a infants.

Si més no, l’Audrey Hepburn, de tant mirar-me tots els dematins i totes les tardes, ja deu conèixer els meus pensaments més secrets, allò que guardo amagat dins del meu armari atrotinat; res del que faig s’escapa a la seva dolça mirada, tot el que he escrit ho ha llegit abans ella que ningú, i la seva companyia ha estat sempre la més fidel, la més constant i seductora, molt més que totes les altres que m’han ofert, estant, com estic, de cara al públic, situació ambigua que alimenta la meva vanitat i que, malauradament, dona lloc també a molts malentesos per part d’els que busquen allò que jo no venc ni regalo.

Des de fa uns quants anys, la Audrey, s’ha convertit en una icona femenina de moda, per a dones i per a homes, gais o no, i em molesta, m’omple de gelosia malsana que agradi a tothom i que moltes i molts la vulguin imitar acabant per aigualir, amb aigua de l’aixeta, un vi que no donen els ceps de la terra.

Aquestes, de primers d’any, són ceps i jornades de regals on els ulls dels petits brillen més que la resta dels dies i els adults i la canalla competeixen per comprar el que no es ven, el que espanta la por.

No, no tinc pas ganes ni de rumiar ni de donar voltes sobre l’art del comerç, la compra i la venda de temps, d’afecte i, si pot ser, la d’una mica de carn crua.

Només citaré algunes frases del llibre d’en Truman Capote i afegiré un parell de fotografies. Una és la d’un racó de casa on sense ser-hi hi és la Holly Golightly, la protagonista de la historia del famós esmorzar al Tiffany’s, aquesta noia que se’n va, que a la seva targeta hi diu: “Miss Holiday Golightly, de viatge”, que mig girant-se et mira per darrera vegada mentre uns coloms juguen aliens a la mort del mar. I l’altra és la d’una prestatgeria de la meva botiga on, a més de tenir una de les imatges de l’Audrey al costat de la meva mare i a sobre d’una fotografia de l’Albert on hi surt un cavall irlandès, compro i venc el que no es pot vendre ni comprar.



-----------------------------------------

“Siempre experimento la atracción de regresar a los lugares en donde he vivido, las casas y su vecindad. Por ejemplo, hay una casa de piedra arenisca por las calles sesenta y tantos, este, donde tuve, en la época del principio de la guerra, mi primer departamento en Nueva York. Constaba de una sola habitación llena de muebles de desván, un sofá y sólidos sillones tapizados con aquel particular terciopelo rojo que raspa y hace pensar en días calurosos en un tren. Las paredes, estucadas, tenían un color como de jugo de tabaco. En todas partes, hasta en el baño, había fotografías de ruinas romanas que el tiempo había vuelto parduscas. La única ventana daba a la escalera de incendios. A pesar de todo, mi espíritu se regocijaba cada vez que sentía en mi bolsillo la llave de aquel departamento; con toda su lobreguez, no dejaba de ser mi propia casa, la primera, y allí estaban mis libros y los jarros llenos de lápices para afilar, todo cuanto necesitaba, según mi sentir, para convertirme en el escritor que deseaba ser.

Nunca se me ocurrió, en aquellos días, escribir sobre Holly Galightly, y probablemente tampoco se me hubiera ocurrido ahora a no ser por una conversación que sostuve con Joe Bell, la cual avivó su recuerdo.

Holly Golughtly fue inquilina de la vieja casa de piedra arenisca; ocupaba un departamento debajo del mío. En cuanto a Joe Bell tenía un bar en la esquina de Lexington Avenue y todavía lo tiene. Tanto Holly como yo íbamos al bar seis o siete veces al día, no para beber, o no siempre, sino para telefonear: durante la guerra era difícil obtener un teléfono privado. Además, Joe Bell era muy servicial para tomar recados, lo cual, en el caso de Holly, no era un favor pequeño, pues recibía una gran cantidad de ellos.”

-----------------------------------------

“-Ya que sabe usted tanto, ¿dónde está?

-Muerta. O en un manicomio. O casada. Creo que está casada y retirada, y quizás en esta misma ciudad

Joe reflexionó un momento.

-No -dijo, sacudiendo la cabeza-. Le diré por qué. Si estuviera en esta ciudad, yo la habría visto. Considere un hombre que gusta de pasear, un hombre como yo, un hombre que ha andado por las calles durante diez o doce años, y durante todos esos años sus ojos han buscado solamente a una persona, y nunca nadie es esa persona, ¿no es razonable creer que ella no está aquí? Continuamente veo pedazos de ella, un traserito liso, una muchacha flaca que camina deprisa y en línea recta... –Se detuvo, como dándose cuenta de la atención con que yo lo miraba.- ¿Cree usted que estoy chiflado?

-Sólo es que no sabía que estaba usted enamorado de ella. Tan enamorado, no.

Lamenté haberlo dicho, porque lo desconcertó. Recogió las fotografías y volvió a meterlas en el sobre. Miré mi reloj. No tenía a dónde ir, pero consideré que era mejor marcharme.”

(Desayuno en Tiffany’s”, Truman Capote)

-----------------------------------------



L’edició que faig servir és en castellà, titulada: “Desayuno en Tiffany’s”, de Truman Capote, de l’any 1959, Círculo de lectores, traducció d’en Agustí Bartra i coberta de Izquierdo. On s’especifica que no és una edició abreviada.

El dibuix de la fotografia es d’en Javier Montesol, un molt bon dibuixant de còmics dels anys 70 i 80.

I la sabata és de la sabateria Ponsà del Toni, un cosí meu, en la que abans, en els anys de la República, l’avi per la banda de la mare havia venut barrets. En català, una “casa de barrets” és un eufemisme de prostíbul, de bordell, de casa de putes, pels molts barrets i gorres de senyor que trobaves penjades al rebedor. Es veu que la majoria d’homes, i dones, els agrada fer l’amor descoberts de cap i descalçats de peus, encara que molts prefereixen, com ja sabem, conservar els mitjons, les mitges, els pantys o les perruques, ignoro perquè, no sé si és pel fred o pels misteris inescrutables que es donen entre els homes i les dones quan se’ls deixa impunes i sols. Jo, per la meva banda, crec que he trobat el millor saló de lectura possible mentre esmorzo: qualsevol vagó atapeït de la xarxa del metro de la ciutat.

-----------------------------------------


Hemeroteca peletera

Desayuno en el metro, entre la línea 1 y la 4 de Barcelona.

En estas fiestas me he recorrido Barcelona casi de punta a punta, varias veces al día, por los túneles subterráneos de la red del metro de la ciudad, a la hora de comer y por la noche, al terminar la jornada antes de cenar, desde el barrio de San Antonio hasta el Guinardó, en el Hospital de Sant Pau, para visitar a una amiga que ingresó el pasado día veintinueve.

No es un trayecto muy largo, pero sí suficiente para hacer algo que nunca había hecho antes aunque parezca extraño, sentarme en el vagón y leer un libro durante el viaje, en este caso: "Desayuno en Tiffany’s", o dicho en inglés : "Breakfast at Tiffany's", de Truman Capote y de la que se realizó una famosa versión cinematográfica en 1961 dirigida por Blake Edwards e interpretada por Audrey Hepburn y George Peppard.

Audrey me rodea, literalmente, cada día con su sonrisa y sus ojos enmarcados por unas cejas, unas "eyebrow", perfectas.

Pero no tengo muchas ganas de escribir de ella ni de decir nada que esté relacionado con comprar la estima con regalos, o pedir, casi suplicar, amor a cambio de diamantes o de lágrimas, o buscar el afecto con juguetes para adultos o joyas para niños.

Al menos, Audrey Hepburn, de tanto mirarme todas las mañanas y todas las tardes, ya debe de conocer mis pensamientos más secretos, lo que guardo escondido dentro de mi armario destartalado, nada de lo que hago escapa a su dulce mirada, todo lo que he escrito lo ha leído ella antes que nadie, y su compañía ha sido siempre la más fiel, la más constante y seductora, mucho más que todas las otras que me han ofrecido, estando, como estoy, de cara al público, situación ambigua que alimenta mi vanidad y que, desgraciadamente, da lugar también a muchos malentendidos por parte de los que buscan lo que yo no vendo ni regalo.

Desde hace varios años, Audrey, se ha convertido en un icono femenino de moda, para mujeres y para hombres, gays o no, y me molesta, me llena de celos malsanos que guste a todo el mundo y que muchas y muchos la quieran imitar terminando por aguar, con agua del grifo, un vino que no dan las cepas de la tierra.

Éstas, de primeros de año, son cepas y jornadas de regalos donde los ojos de los pequeños brillan más que el resto de los días y los adultos y los niños compiten para comprar lo que no se vende, lo que aleja el miedo.

No, no tengo ganas ni de pensar ni de dar vueltas sobre el arte del comercio, la compra y la venta de tiempo, de afecto y, a ser posible, de un poco de carne cruda.

Sólo citaré algunas frases del libro de Truman Capote y añadiré un par de fotografías. Una es la de un rincón de casa donde, sin estar, se halla Holly Golightly, la protagonista de la historia del famoso desayuno en Tiffany’s, esa chica que se va, que en su tarjeta dice: "Miss Holiday Golightly, de viaje", que medio volviéndose te mira por última vez mientras unas palomas juegan ajenas a la muerte del mar. Y la otra es la de una estantería de mi tienda donde, además de tener una de las imágenes de Audrey al lado de mi madre y encima de una fotografía de Albert donde sale un caballo irlandés, compro y vendo lo que no se puede vender ni comprar.

----------------------------

(Citas en el texto en catalán)

La edición que utilizo está escrita en castellano, titulada: "Desayuno en Tiffany s", de Truman Capote, del año 1959, Círculo de lectores, traducción de Agustí Bartra y cubierta de Izquierdo. Donde se especifica que no es una edición abreviada.

El dibujo de la fotografía es de Javier Montesol, un muy buen dibujante de cómics de los años 70 y 80.

Y el zapato es de la zapatería Ponsà de Toni, un primo mío, en la que antes, en los años de la República, el abuelo por el lado de mi madre había vendido sombreros. En catalán, una "casa de barrets" es un eufemismo de prostíbulo, de burdel, de casa de putas, por los muchos sombreros y gorras de señor que encontrabas colgadas en el recibidor. Se ve que la mayoría de hombres, y mujeres, les gusta hacer el amor descubiertos de cabeza y descalzados de pies, aunque muchos prefieren, como ya sabemos, conservar los calcetines, las medias, los pantys o las pelucas, ignoro por qué, no sé si es por el frío o por los misterios inescrutables que se dan entre los hombres y las mujeres cuando se les deja impunes y solos. Yo, por mi parte, creo que he encontrado el mejor salón de lectura posible mientras desayuno: cualquier vagón atestado de la red del metro de la ciudad.

lunes, 24 de diciembre de 2012

El Peletero/Nadal



Hemeroteca pelletera

Nadal.

Forma part d’una llarga tradició mediterrània instal·lar betlems per Nadal en el propi domicili o en llocs públics, i reproduir en aquesta espècie de maqueta o diorama el naixement de Jesús en el seu pessebre. En moltes llars es busquen racons i es desallotgen taules per col·locar aquesta casa de nines que és un pessebre i jugar a ser l’ull de Déu que tot ho veu.

I si no es pot ser Déu s’ha de tractar de ser un nen que, si tot no ho veu, tot ho mira.

Des de petit, que ajudava al meu pare i al meu germà, no n’havia muntat cap fins avui que he decidit tornar, d’una manera simbòlica, a la meva infantesa.

Gravats a foc estan els personatges i la seva disposició en l’escena, però amb les restes de la meva mudança, del meu naufragi particular, he volgut reconstruir un d’heterodox en el que almenys no falten les dues figures principals de qualsevol pessebre català digne de ser-ho: el Nen Jesús i el caganer, un home tocat amb la famosa gorra frígia o barretina catalana defecant enmig del camp.

El caganer és un dels més il·lustres símbols de la catalanitat i la nostra secular afició per l’escatologia de gran calibre que es combina d’una manera estranya amb la ironia britànica filtrada pel sol mediterrani, ironia que és completament diferent a la gallega, més semblant al budisme esotèric que respon a cada pregunta amb una de nova.

He col·locat el pessebre en una cantonada de la botiga com homenatge al primer Nadal d’aquesta nova etapa de la meva vida que estic iniciant i que m’he vist obligat a encetar a contracor, ha estat una mena de part de burra proper a l’any i mig.

En el meu pessebre hi ha una mica de tot, éssers naturals i altres d’artificials i també personatges imaginaris i impossibles com el mateix Nen Jesús. En Monet, el monstre del doctor Frankenstein, un robot, un siurell, diables, gats negres i dos àngels custodis. I, emmarcant l’escena, un magnífic centaure a punt de encabritar-se victoriós, personificat per en Roger Daltrey.

Durant aquests dies nadalencs, i en un post d’aquestes característiques, l’adequat seria explicar algun conte de Nadal, però no se m’acut cap excepte el que relata en Harvey Keitel a la pel·lícula "Smoke", cinta dirigida l’any 1995 per Wayne Wang amb guió de Paul Auster que deixa el seu segell característic en convertir l’atzar en un element determinant de les vides dels seus personatges. A "Smoke", el protagonista, H. K., acaba per explicar a un amic, que necessita ràpidament un conte de Nadal per publicar, una història verídica que li va succeir a ell mateix. En ella es fa passar, gairebé per casualitat, pel nebot o nét d’una àvia cega i impedida i oferir a la pobra dona, que viu sola, un dinar de Nadal magnífic i entranyable, i així donar, i donar-se a si mateix, un instant de felicitat.

L’anciana es troba incapacitada i cega, però no és ximple i també sap seguir el corrent i no revelar al nebot impostor que s’ha adonat que no és el seu nebot veritable. Al final, naturalment, l’espectador no aconsegueix saber exactament qui dels dos, si el jove o la dona, està sent el samarità. Segurament ambdós al mateix temps ja que, de passada, es mengen un bon gall dindi i simulen el que no són.


Digues que m’estimes encara que sigui mentida, digues que m’has esperat tots aquests llargs anys, digues...”

En el meu pessebre estrambòtic, heterodox i una mica irreverent he col·locat un llibre famós: "La Sagrada Família o crítica de la crítica crítica, contra Bruno Bauer i consorts", de Karl Marx i Friedrich Engels. Ja sé que sembla que doni un gir copernicà al fil argumental del meu post, però... No del tot.

Aquesta obra va ser escrita l’any 1845 i en ella en Marx i l’Engels usen l’expressió: "La crítica crítica" com una analogia sarcàstica de la divinitat evangèlica cristiana sota el tamís de la cultura germànica.

"La Sagrada Família o crítica de la crítica crítica, contra Bruno Bauer i consorts" és un pamflet i com a tal tracta de ser irònic i sarcàstic, però arriba a ser tan confús i pesat com la mateixa crítica crítica que critica, la filosofia idealista i merament especulativa que, tot i voler ser racional, no resol, segons l’Engels i en Marx, els problemes reals, precisament, perquè no n’afronta cap. Aquests pseudo filòsofs s’emmarcaven en el que es va anomenar la Allgemeine Literaturzeitung, una revista literària, una mena de portantveu d’aquesta classe de pensament que exemplifica l’enquadernador Reichardt a qui li dediquen un capítol sencer titulat: "La crítica crítica en la figura d’un mestre enquadernador, o la crítica crítica sota els trets del senyor Reichardt ". En relació a ell, l’editor de l’edició que tinc, "Editorial Claridad", Buenos Aires, ens il·lustra amb una nota a peu de pàgina que diu: "El mestre enquadernador Reichardt era un dels principals col·laboradors de la Literaturzeitung. Sense cap talent literari i sense la menor cultura filosòfica, gargotejava incessantment i amuntegava en els seus articles llocs comuns sobre llocs comuns, absurd sobre absurd, sense ser pres seriosament per ningú. El fullet en què estudiava a la burgesia prussiana, va ser prohibit primer per la censura. Però a força de suborns va obtenir l’autor finalment la derogació d’aquesta mesura i l’autorització per publicar el seu miserable monstre. Engels el posa en ridícul, però hauria pogut mostrar-se més sever encara".

No obstant això, la figura principal de la "crítica crítica" és en Bruno Bauer, així com l’epicentre de la crítica a la seva crítica crítica que fan l’Engels i en Marx.

Bruno Bauer va ser un erudit famós, teòleg i un estudiós del cristianisme i de les arrels culturals que van alimentar i van donar lloc a la seva aparició i desenvolupament al llarg dels últims dos mil anys. Fervent defensor també del racionalisme hegelià, amic i mestre de Karl Marx i Friderich Engels va trencar amb ells quan les seves propostes socialistes es van concretar en un programa polític. Un dels seus objectius va ser sempre ressaltar les influències greco llatines en el cristianisme més que les jueves, potser per això va ser, segons sembla, un defensor d’algunes postures antisemites, molt comuns i esteses en bona part d’Europa inclosa Espanya.

Avui dia s’ha perdut el que en un altre temps va ser un art cèlebre que ho era perquè no oblidava el sentit de l’humor, em refereixo al pamflet i la sàtira que Marx i Engels intenten en la seva "Sagrada Família...", costums sempre sans i necessaris i que posen a prova la fortalesa del qui les rep si ho fa amb ànim esportiu.

El meu pessebre vol ser també, a més d’heterodox, un exemple de "biodiversitat", un pamflet pacífic i simpàtic, un retrat de la contemporaneïtat mestissa i plurilingüe, pluricromática, rica i variada. La paraula “belén”, en castellà, és igualment un sinònim de confusió que a molts espanta tant que enyoren un món irreal que mai ha existit ni existirà, però que més d’una vegada s’ha intentat dur a terme: uniformar-nos a tots, objectiu que només han aconseguit a mitges al omplir les cunetes de les carreteres de cadàvers.

Witold Gombrowicz, afirmava en un curt text sobre Marx que el que el va allunyar de Hegel va ser l’element abstracte, la lògica abstracta, i que el problema del filòsof no és entendre el món sinó canviar-lo.

És evident que no es pot canviar res si abans no es coneix i que cap lògica que ho sigui pot ser abstracta. Tal vegada per això l’Albert Camus afirmava una altra cosa ben diferent i deia que el veritable problema filosòfic és saber si la vida mereix ser viscuda.

http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20101227/54094206350/la-navidad-de-los-muertos.html

Els desitjo, a tots vostès, uns bons Nadals, els personatges del meu pessebre, del meu “belén”, porten regals per a qui els vulgui rebre, els treuen del fons d’un armari vell i antiquat, ple d’abrics que ja ningú fa servir.

http://www.lavanguardia.com/encatala/20121224/54358271413/antoni-puigverd-el-caganer-i-els-poetes-pobres.html

-------------------------------------

Hemeroteca peletera

Navidad.

Forma parte de una larga tradición mediterránea instalar belenes por Navidad en la propia vivienda o en lugares públicos, y reproducir en esa especie de maqueta o diorama el nacimiento de Jesús en su pesebre. En muchos hogares se buscan rincones y se desalojan mesas para colocar en ellos esa casa de muñecas que es un belén y jugar a ser el ojo de Dios que todo lo ve.

Y si no se puede ser Dios se ha de tratar de ser un niño que, si todo no lo ve, todo lo mira.

Desde pequeño, que ayudaba a mi padre y a mi hermano, no montaba ninguno hasta hoy que he decidido regresar de una manera simbólica a mi niñez.

Grabados a fuego están los personajes y su disposición en la escena, pero con los restos de mi mudanza, de mi naufragio particular, he querido reconstruir uno heterodoxo en el que al menos no faltan las dos figuras principales de cualquier belén catalán digno de serlo: el Niño Jesús y el caganer, un hombre tocado con la famosa gorra frigia o barretina catalana en cuclillas defecando en medio del campo.

El caganer es uno de los más ilustres símbolos de la catalanidad y nuestra secular afición por la escatología de grueso calibre que se combina de una manera rara con la ironía británica filtrada por el sol del Mediterráneo, ironía que es completamente diferente a la gallega, más parecida al budismo esotérico que responde a cada pregunta con una nueva.

He colocado el pesebre en una esquina de la tienda como homenaje a la primera Navidad de esa nueva etapa de mi vida que estoy iniciando y que me he visto obligado a descorchar a regañadientes, ha sido una especie de parto de burra cercano al año y medio.

En mi belén hay un poco de todo, seres naturales y otros artificiales y también personajes imaginarios e imposibles como el mismísimo Niño Jesús. Monet, el monstruo del doctor Frankenstein, un robot, un siurell, diablos, gatos negros y dos ángeles custodios. Y, enmarcando la escena, un magnífico centauro apunto de encabritarse victorioso, personificado por Roger Daltrey.

Durante estos días navideños, y en un post de estas características, lo adecuado sería contar algún cuento de Navidad, pero no se me ocurre ninguno excepto el que relata Harvey Keitel en la película “Smoke”, cinta dirigida el año 1995 por Wayne Wang con guión de Paul Auster que deja su sello característico al convertir el azar en un elemento determinante de las vidas de sus personajes. En “Smoke”, el protagonista, H. K., termina por contarle a un amigo, que necesita rápidamente un cuento de Navidad para publicar, una historia verídica que le sucedió a él mismo. En ella se hace pasar, casi por casualidad, por el sobrino o nieto de una anciana ciega e impedida y ofrecerle a la pobre mujer, que vive sola, una comida de Navidad estupenda y entrañable, y así dar, y darse a sí mismo, un instante de felicidad.

La anciana se encuentra incapacitada y está ciega, pero no es tonta y sabe seguir la corriente también y no desvelar al sobrino impostor que se ha dado cuenta que no es su sobrino verdadero. Al final, naturalmente, el espectador no logra saber exactamente quién de los dos, si el joven o la anciana, está siendo el samaritano. Seguramente los dos al mismo tiempo ya que, de paso, se comen un buen pavo y simulan lo que no son.

“Dime que me quieres aunque sea mentira, dime que me has esperado todos estos largos años, dime...”

En mi belén estrambótico, heterodoxo y un poco irreverente he colocado un libro famoso: La Sagrada Familia o crítica de la crítica crítica, contra Bruno Bauer y consortes”, de Carlos Marx y Federico Engels. Ya sé que parece que dé un giro copernicano al hilo argumental de mi post, pero... No del todo.

Esa obra fue escrita el año 1845 y en ella Marx y Engels usan la expresión: “La crítica crítica” como una analogía sarcástica de la divinidad evangélica cristiana bajo el tamiz de la cultura germánica.

La Sagrada Familia o crítica de la crítica crítica, contra Bruno Bauer y consortes” es un panfleto y como tal trata de ser irónico y sarcástico, pero llega a ser tan farragoso como la misma crítica critica que critica, la filosofía idealista y meramente especulativa que, a pesar de querer ser racional, no resuelve, según Engels y Marx, los problemas reales, precisamente, porque no afronta ninguno. Esos seudo filósofos se enmarcaban en lo que se llamó la Allgemeine Literaturzeitung, una revista literaria, una especie de portavoz de esa clase de pensamiento barato que ejemplifica el encuadernador Reichardt al que le dedican un capítulo entero titulado: “La crítica crítica en la figura de un maestro encuadernador, o la crítica crítica bajo los rasgos del señor Reichardt”. En relación a él, el editor de la edición que manejo, “Editorial Claridad”, Buenos Aires, nos ilustra con una nota a pie de página que dice: “El maestro encuadernador Reichardt era uno de los principales colaboradores de la Literaturzeitung. Sin el menor talento literario y sin la menor cultura filosófica, garabateaba  incesantemente y amontonaba en sus artículos lugares comunes sobre lugares comunes, absurdo sobre absurdo, sin ser tomado en serio por nadie. El folleto en que estudiaba a la burguesía prusiana, fue prohibido primero por la censura. Pero a fuerza de sobornos obtuvo el autor finalmente la derogación de esa medida y la autorización para publicar su miserable engendro. Engels le pone en ridículo, pero hubiera podido mostrarse más severo aún”.

Sin embargo, la figura principal de la “crítica crítica” es Bruno Bauer, así como el epicentro de la crítica a su crítica crítica que llevan a cabo Engels y Marx. 

Bruno Bauer fue un erudito famoso, teólogo y un estudioso del cristianismo y de las raíces culturales que alimentaron y dieron lugar a su aparición y desarrollo a lo largo de los últimos dos mil años. Ferviente defensor también del racionalismo Hegeliano, amigo y maestro de Karl Marx y Friderich Engels rompió con ellos cuando sus propuestas socialistas se concretaron en un programa político. Uno de sus objetivos fue siempre resaltar las influencias greco latinas en el cristianismo más que las judías, tal vez por ello fue, según parece ser, un defensor de algunas posturas antisemitas, muy comunes y extendidas en buena parte de Europa incluida España.

Hoy en día se ha perdido el que en otro tiempo fue un arte célebre que lo era porque no olvidaba el sentido del humor, me refiero al panfleto y a la sátira que Marx y Engels intentan en su “Sagrada Familia...”, costumbres siempre sanas y necesarias y que ponen a prueba la fortaleza del que las recibe si lo hace con ánimo deportivo.

Mi belén quiere ser también, además de heterodoxo, un ejemplo de “biodiversidad”, un panfleto pacífico y simpático, un retrato de la contemporaneidad mestiza y plurilingüe, pluricromática, rica y variada. La palabra belén, en castellano, es igualmente un sinónimo de confusión que ha muchos asusta tanto que añoran un mundo irreal que nunca ha existido ni existirá pero que más de una vez se ha intentado llevar a término: uniformarnos a todos, objetivo que solamente han logrado a medias al llenar las cunetas de las carreteras de cadáveres.

Witold Gombrowicz, afirmaba en un corto texto sobre Marx que lo que lo alejó de Hegel fue el elemento abstracto, la lógica abstracta, y que el problema del filósofo no es comprender el mundo sino cambiarlo.

Es evidente que no se puede cambiar nada si antes no se conoce y que ninguna lógica que lo sea puede ser abstracta. Tal vez por ello Albert Camus afirmaba otra cosa diferente y decía que el verdadero problema filosófico es saber si la vida merece ser vivida.


Les deseo, a todos ustedes, unas felices Navidades, los personajes de mi pesebre, de mi “belén”, traen regalos para quién los quiera recibir, los sacan del fondo de un armario viejo y anticuado, lleno de abrigos que ya nadie usa.  

 http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20121224/54358270339/antoni-puigverd-el-caganer-y-los-poetas-pobres.html

-------------------

martes, 18 de diciembre de 2012

El Peletero/El toix



Hemeroteca pelletera

El toix.

L’Institut d’Estudis Catalans, qualifica la imbecil·litat de deficiència psíquica menys greu que la idiòcia i al imbècil com una persona desgraciada i propera a l’estúpid, un toix d’alt grau.

Què és un toix?, és algú mancat d’intel·ligència i de tall, i el tall és allò que han de tenir les navalles o els bisturís per fer adequadament la seva feina. L’Institut diu de la idiòcia que: “és un estat de dèficit d’intel·ligència en que l’individu posseeix una edat mental que no sobrepassa els tres anys i no pot comunicar-se per la paraula ni comprendre les expressions dels altres”. 

Es dedueix que els tres cassos, l’imbècil, l’idiota i l’estúpid, són conseqüència d’un dèficit que el toix exemplifica molt encertadament: la manca de tall agut, d’eina poc esmolada que causa més desperfectes que solucions dona. No hi ha res més empipador que un ganivet que no talli bé la carn, de vedella o de persona.

Així, doncs, i per moltes raons, es bo l’anàlisi esmolat que diferencia el que no és igual com si obrís les aigües del Mar Roig per travessar-lo sense ofegar-se:

"Dues pel·lícules actuals –“Els idiotes", de Lars von Trier, i“El sopar dels idiotes”, de Francis Veber-me confirmen com se sol confondre avui “idiota” amb “estúpid”, tot i que no signifiquin en absolut el mateix. L’etimologia de “idiota” remet a l’arrel grega “idios", que significa “particular", “privat", i, per extensió, el que està reclòs en la seva peculiaritat, el que és simple, ingenu, innocent, no cultivat. Per aquest motiu “idioma” es refereix a la llengua particular o la llengua vernacla, la que ens impedeix comunicar-nos més enllà dels nostres límits personals o familiars. “Estúpid", però, es refereix a qui es troba “sorprès” o “confús” davant d’unes circumstàncies, que, d’alguna manera, no encerta a comprendre i a controlar. La nostra època, amb els seus canvis vertiginosos, difícilment assimilables, ha produït un general estupor i la corresponent collita d’estúpids, mentre que ha reduït fins gairebé l’extinció el nombre dels idiotes, el d’aquestes ànimes simples, pobres d’esperit, als que l’Evangeli cristià exalça.

Flaubert va ser molt conscient al final de la diferència moral entre ambdós termes. De fet, va escriure gairebé simultàniament el conte “Un coeur simple", on reflecteix magistralment la bondat d’una ànima càndida, la de la “idiota” serventa rústica Felicitat, i aquest parell de inconcluses diatribes sardònics contra la massiva estupidesa contemporània, “Boulevard et Pécuchet” i el “Diccionari de tòpics”. Així Flaubert va contraposar la innocència a la pedanteria, la xerrameca del estúpid. En l’altra punta d’Europa, gairebé al mateix temps, el rus Dostoievski va publicar la seva novel·la “L’idiota", en la qual el protagonista, el pobre príncep Mischkin, malalt epilèptic i perfecta ànima de càntir, no només desbarata, amb la sola ajuda de la seva ingènua bondat, la mentidera corrupció dels estúpids pedants que el fereixen amb la seva burla, sinó que cala amb profunda mirada amorosa el sofriment íntim que els corroeix. ("Idiota", Francisco Calvo Serraller. Babelia, El País, 15 de maig de 1999)

Trobo a faltar que el senyor Calvo Serraller no ens parli també de l’imbècil, dels seus orígens etimològics i de la diferència moral bàsica amb l’idiota i l’estúpid.

Segons sembla, però, la paraula “imbècil” ve del llatí, in (no) becillis, diminutiu de bacullum (bastó), “anar sense bastó”, entenen bastó como a bàcul, un ceptre que simbolitza l’autoritat que no es té al ser massa jove o ser un inepte. Un imbècil és, per tant, algú incapaç d’exercir l’autoritat per tenir pocs anys o per impotència. En aquest cas la paraula “autoritat” no significa altre cosa que la capacitat de governar-se a un mateix, el dret, no només a l’autodeterminació, sinó també a l’emancipació.

En un post anterior parlava de l’interior dels armaris com un refugi per salvaguardar unes llavors que no es conreen en societat, que creixen i donen fruits en jardins inaccessibles, els “idios" dels que parla el senyor Calvo Serraller, els nostres límits personals on, en realitat, no calen moltes llengües per parlar amb un mateix.

També, un dia, feia referència a que una llengua és en sí mateixa un món sencer i complert, el que els alemanys en diuen una “Weltaunshauung”, i recordava a un home que es va recloure en una caserna militar, en un jardí molt especial on no hi havia masses diferències entre les persones, on totes vestien la mateixa roba, on totes anaven uniformades, però que coneixia i usava varis idiomes, el seu propi que era l’anglès, el grec clàssic i l’àrab dels beduins, com a mínim.

En aquesta vida hi ha tres coses de les que es coneix el seu valor tant sols quan es perden: la salut, la llibertat i la llengua. Els que han gaudit sempre d’elles, i mai ningú els hi ha arravatat, pensen que no moriran mai, que la tirania en els pobles veïns s’ha de “contextualitzar” i que les llengües són, bàsicament, un fenòmen molest, un fet instrumental de comunicació i de poder, i que tant dona parlar finés que francès, swahili que gallec i que el millor, sense dubte, seria tenir-ne una que servís per a qualsevol.

Però, evidentment, tothom es mora, evidentment la llibertat pròpia comença a perdre’s quan es nega als altres i, evidentment també, pensar que les paraules són una maledicció bíblica o només una eina és la millor manera de fer-les servir malament com un bisturí toix.

Pel que a mi respecta em sap molt greu la endèmica manca de coneixement de llengües a Espanya que no va més enllà del valor que es dona a una peça de museu, un territori, l’espanyol, on es parlen, paradoxalment, unes quantes però que sembla que en hi hagi una de sola, quan en altres països, Grècia o Finlàndia, Holanda o Dinamarca, països petits, molta gent en coneix més d’una com la cosa més natural del món. Deuen ser, segurament, restes de la psicologia imperial d’un regne on mai s’amagava el sol i que considera bo, inevitable o indiferent que els idiomes estiguin sotmesos a la més dura llei darwinista mentre no sigui el propi el que la pateixi; fins i tot les esquerres, que es queixen del liberalisme salvatge, en aquestes qüestions són tant liberals i salvatges com els alumnes més avantatjats de la escola de Chicago. La seva mala consciencia, si es que la tenen, sovint queda esmorteïda i compensada amb un internacionalisme diletant i de saló i la protecció simbòlica i de paraula d’alguna llunyana tribu de l’Amazonas.

En tot cas, avui com ahir, i igual que demà, a les paraules se les emporta i emportarà el vent; jo les faig servir sovint molt malament, no aconsegueixo fer-me entendre i dono lloc a mals entesos que més d’una vegada fereixen a persones que estimo sense cap necessitat ni voluntat de fer-ho, en una mostra evident i trista de no saber-me governar a mi mateix. 

Avui llueix el sol, és un dia càlid d’hivern, però també ventós, un vent sec i polsós de ponent, una ventada que no para ni pararà de bufar, ho escombrarà tot al seu pas, les paraules i les pedres, i direm, jo el primer, moltes tonteries i bajanades, però, a la fi, morirem, emmudirem sense tenir que patir cap faringitis aguda, ens enterraran o incineraran i al cap d’un temps mai ningú ens recordarà, absolutament ningú, ni en llatí ni en sànscrit, ni en sumeri ni en acadi. Aquesta és una evidència, no és pas cap opinió, és un fet contundent que ens deixa sumits en l’estupor més gran, en un estat d’estupidesa permanent que només oblidem en intermitents instants d’alegria, de momentània idiòcia i felicitat infantil que ens permeten alleugerir una pesada càrrega que no és pas cap altre que el bastó, el bacullum, que ens emancipa, per tornar al jardí on varem néixer i sentir de nou les primeres paraules. 


------------------------------------

Hemeroteca peletera

Romo.

L’Institut d’Estudis Catalans, califica la imbecilidad de deficiencia psíquica menos grave que la idiocia y al imbécil como una persona desgraciada y cercana al estúpido, alguien romo en grado alto.

¿Qué significa romo?, es alguien carente de inteligencia y de corte, y el corte es lo que deben de tener las navajas o los bisturís para hacer adecuadamente su trabajo. L’Institut dice de la idiocia que: "es un estado de déficit de inteligencia en que el individuo posee una edad mental que no sobrepasa los tres años y no puede comunicarse por la palabra ni comprender las expresiones de los demás".

Se deduce que los tres casos, el imbécil, el idiota y el estúpido, son consecuencia de un déficit que el romo ejemplifica muy acertadamente: la falta de corte agudo, de herramienta poco afilada que causa más daños que soluciones ofrece. No hay nada más molesto que un cuchillo que no corte bien la carne, de ternera o de persona.

Así pues, y por muchas razones, es bueno el análisis afilado que diferencia lo que no es igual como si abriera las aguas del Mar Rojo para atravesarlo sin ahogarse:

“Dos películas actuales –“Los idiotas”, de Lars von Trier, y “La cena de los idiotas”, de Francis Veber—me confirman cómo se suele equivocar hoy “idiota”con “estúpido”, a pesar de que no signifiquen en absoluto lo mismo. La etimología de “idiota”remite a la raíz griega “idios”, que significa “particular”, “privado”, y, por extensión, el que está encerrado en su peculiaridad, resulta simple, ingenuo, inocente, no cultivado. De ahí que “idioma”se refiera a la lengua particular o la lengua vernácula, la que nos impide comunicarnos más allá de nuestros límites personales o familiares. “Estúpido”, sin embargo, se refiere a quien se halla “asombrado”o “confuso”ante unas circunstancias, que, de alguna manera, no acierta a comprender y controlar. Nuestra época, con sus cambios vertiginosos, difícilmente asimilables, ha producido un general estupor y la correspondiente cosecha de estúpidos, mientras que ha reducido hasta casi la extinción el número de los idiotas, el de esas almas simples, de pobres de espíritu, a los que el Evangelio cristiano ensalza.

Flaubert fue muy consciente al final de la diferencia moral entre ambos términos. De hecho, escribió casi simultáneamente el cuento “Un coeur simple”, donde refleja magistralmente la bondad de un alma cándida, la de la “idiota” sirvienta rústica Felicidad, y ese par de inconclusas diatribas sardónicas contra la masiva estupidez contemporánea, “Boulevard et Pécuchet”y el “Diccionario de tópicos”. Así Flaubert contrapuso la inocencia a la pedantería, la cháchara del estúpido. En la otra punta de Europa, casi a la vez, el ruso Dostoievski publicó su novela “El idiota”, en la que el protagonista, el pobre príncipe Mischkin, enfermo epiléptico y perfecta alma de cántaro, no sólo desbarata, con la sola ayuda de su ingenua bondad, la mendaz corrupción de los estúpidos pedantes que le zahieren con su burla, sino que cala con profunda mirada amorosa el sufrimiento íntimo que les corroe. (“Idiota”, Francisco Calvo Serraller. Babelia, El País, 15 de mayo de 1999)

Echo de menos que el señor Calvo Serraller no nos hable también del imbécil, de sus orígenes etimológicos y de la diferencia moral básica con el idiota y el estúpido.

Al parecer, sin embargo, la palabra "imbécil" viene del latín, in (no) becillis, diminutivo de bacullum (bastón), "ir sin bastón", entendiendo bastón como báculo, un cetro que simboliza la autoridad que no se tiene al ser demasiado joven o ser un inepto. Un imbécil es, por tanto, alguien incapaz de ejercer la autoridad por tener pocos años o por impotencia. En este caso la palabra "autoridad" no significa otra cosa que la capacidad de gobernarse a sí mismo, el derecho, no sólo a la autodeterminación, sino también a la emancipación.

En un post anterior hablaba del interior de los armarios como un refugio para salvaguardar unas semillas que no se cultivan en sociedad, que crecen y dan frutos en jardines inaccesibles, los "idios" de los que habla el señor Calvo Serraller, nuestros límites personales donde, en realidad, no hacen falta muchas lenguas para hablar con uno mismo.

También, un día, hacía referencia a que una lengua es en sí misma un mundo entero y completo, lo que los alemanes llaman una "Weltaunshauung", y recordaba a un hombre que se recluyó en un cuartel militar, en un jardín muy especial donde no había demasiadas diferencias entre las personas, donde todas vestían la misma ropa, donde todas iban uniformadas, pero que conocía y usaba varios idiomas, el suyo propio que era el inglés, el griego clásico y el árabe de los beduinos, como mínimo.

En esta vida hay tres cosas de las que se conoce su valor sólo cuando se pierden: la salud, la libertad y la lengua. Los que han disfrutado siempre de ellas, y nunca nadie se las ha arrebatado, piensan que no morirán nunca, que la tiranía en los pueblos vecinos debe "contextualizarse" y que las lenguas son, básicamente, un fenómeno molesto, un hecho instrumental de comunicación y de poder, y que tanto da hablar finés que francés, swahili que gallego y que lo mejor, sin duda, sería tener una sola que sirviera para cualquiera.

Pero, evidentemente, todo el mundo se muere, evidentemente la libertad propia comienza a perderse cuando se niega a los demás y, evidentemente también, pensar que las palabras son una maldición bíblica o sólo una herramienta es la mejor manera de usarlas mal como un bisturí romo.

Por lo que a mí respecta me sabe muy mal la endémica falta de conocimiento de lenguas en España que no va más allá del valor que se da a una pieza de museo, un territorio, el español, donde se hablan, paradójicamente, unas cuantas pero parece que haya una sola, cuando en otros países, Grecia o Finlandia, Holanda o Dinamarca, países pequeños, mucha gente conoce más de una como la cosa más natural del mundo. Deben ser, seguramente, restos de la psicología imperial de un reino donde nunca se escondía el sol y que considera bueno, inevitable o indiferente que los idiomas estén sometidos a la más dura ley darwinista mientras no sea el propio el que la padezca; incluso las izquierdas, que se quejan del liberalismo salvaje, en estas cuestiones son tan liberales y salvajes como los alumnos más aventajados de la escuela de Chicago. Su mala conciencia, si es que la tienen, a menudo queda amortiguada y compensada con un internacionalismo diletante y de salón y la protección simbólica y de palabra de alguna lejana tribu del Amazonas.

En todo caso, hoy como ayer, y al igual que mañana, a las palabras se las lleva y llevará el viento; yo las utilizo a menudo muy mal, no consigo hacerme comprender y doy lugar a malos entendidos que más de una vez hieren a personas que quiero sin necesidad ni voluntad de hacerlo, en una muestra evidente y triste de no saberme gobernar a mí mismo.

Hoy luce sol, es un día cálido de invierno, pero también ventoso, viento seco y polvoriento de poniente, un vendaval que no para ni parará de soplar, lo barrerá todo a su paso, las palabras y las piedras, y diremos, yo el primero, muchas tonterías y sandeces, pero, al fin, moriremos, enmudeceremos sin tener que sufrir ninguna faringitis aguda, nos enterrarán o incinerarán y al cabo de un tiempo nadie nos recordará, absolutamente nadie, ni en latín ni en sánscrito, ni en sumerio ni en acadio. Esta es una evidencia, no es ninguna opinión, es un hecho contundente que nos deja sumidos en el estupor más grande, en un estado de estupidez permanente que sólo olvidamos en intermitentes instantes de alegría, de momentánea idiocia y felicidad infantil que nos permiten aligerar una pesada carga que no es otra que el bastón, el bacullum, que nos emancipa, para volver al jardín donde nacimos y oír de nuevo las primeras palabras.
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

El Peletero/L'armari

Hemeroteca pelletera.

L’armari

Corre per casa el DVD de “Shadowlands”, la pel·lícula que va dirigir Richard Attenborogh l’any 1993 amb guió de William Nicholson. Aquí la van titular “Terres de penombra” i és una versió dramatitzada més, de les moltes que s’han fet, de la vida de l’escriptor britànic C. S. Lewis i la seva relació amb la també escriptora nord-americana Joy Davidman. Anteriorment s’havien realitzat versions per a la BBC i adaptacions teatrals a Londres i darrerament, l’any 2007, a Brodway. El film de Attenborogh el van interpretar Anthony Hopkins i Debra Winger.

Clive Staples Lewis va ser professor de literatura a Oxford, un escriptor reconegut a l’època, apologista cristià i creient combatiu, conferenciant d’èxit i molt popular gràcies a la seva obra de literatura per a infants i adolescents més difosa, “Les cròniques de Narnia”.

No desitjo parlar d’aquestes cròniques fantàstiques que van néixer paral·leles a les obres del seu amic Tolkien, només vull fer esment a dos fets. El primer té a veure amb un recurs dramàtic i també icònic que s’ha fet servir molt en la literatura fantàstica: l’ús de portes màgiques dissimulades en els llocs més inversemblants, de tan quotidians com són, que permeten accedir a l’altre costat del mirall. En aquest cas, en “Les cròniques de Narnia”, els protagonistes humans que hi surten traspassen la frontera entre la realitat i la fantasia de Narnia travessant la porta màgica que hi ha al fons d’un armari de les golfes de casa seva, darrera dels abrics antics i polsosos que s’hi guarden.

Avui en dia tothom surt dels armaris, és una expressió que ha fet fortuna per indicar, més enllà de la seva accepció sexual, que algú, se suposa que carregat de raons, sinceritat i coratge i disposat a assumir els perills i les amenaces de tal decisió, revela públicament quelcom secret o amagat de la seva personalitat o existència que el feia viure en la mentida i en l’ofec de les falses aparences, i que, al sortir de l’armari, al mostrar-lo en societat i fer-lo públic, s’allibera de la opressió en la que es trobava i assoleix una vida real, lliure, plena i reconeguda, exempta de la hipocresia que el recloïa en una presó. 

Això és cert, però, encara que sembli mentida, també ho és el contrari. Si més no, no hi ha qui parli dels que, seguint el riu a contracorrent, entren, jo entre ells, a dins dels armaris per pròpia voluntat en una espècie molt particular de pudor i, en bona mida també, de retorn a les fonts.

En mi hi ha una part que crec convenient i necessari protegir i ocultar de la exposició pública, de les mirades alienes sempre impertinents i xafarderes, salvaguardar-lo, al mantenir-lo apartat com si el tanqués en una caixa forta, del exterior i del món, per seguretat i per garantir també la meva llibertat. No és res perillós o il·legal, no es cap pecat o una falta comesa en el passat i que no puc revelar ni confessar per ignominiosa, no és cap compte corrent a Suïssa, no, no és res de tot això, però sí quelcom d’una naturalesa no pública que si es mostrés seria maltractada per la simple raó d’exposar-la a la vista com si la llum del sol li fes mal o el soroll de les multituds el deixés sord.

Hi ha coses que són públiques i d’altres que no i que van molt més enllà del que avui en dia anomenem vida privada o íntima. La personalitat i les vides de les persones també contenen uns engranatges internes que, com el budells, no els anem mostrant en públic com si ens haguéssim fet l’harakiri, a ningú excepte al metge cirurgià, naturalment.

La clausura, si més no, és també una font de coneixement i una experiència de vida útil i profitosa en front de la confusió, el xivarri, les il·lusions i el anhels que provoca la vida en societat, sorollosa i indiferenciada que promet tant com res no dóna. 

El segon fet que vull destacar és de naturalesa biogràfica i es troba a l’abast de qualsevol que tingui interès per esbrinar-ho. Es tracta de la relació amorosa de C. S. Lewis amb la que va ser la seva primera i única esposa per poc temps, Joy Davidman (Davidman era el seu nom de soltera, altrament coneguda per Greshman, el cognom de casada del seu primer marit), al morir ella al cap de quatre anys de matrimoni amb en Lewis per causa d’un càncer als ossos quant només en tenia 45. Aquest és un fet desgraciat però comú, malauradament habitual a moltes cases; hi ha gent, jove i vella, que mora de càncer i d’altres malalties greus, llargues, penoses i doloroses quan encara són, joves o velles, plenes d’alegria per viure, totes aquestes persones tenen, per descomptat, també família, marits i esposes, fills i pares, amics, amants i coneguts.

La pel·lícula del Richard Attenborogh retrata aquesta circumstància comuna d’una manera molt senzilla i gens emfàtica, però també amb la suficient sensibilitat i delicadesa, sense carregar les tintes en el drama ni ensucrar els sentiments. La clau, si és que en té alguna, es troba, evidentment, en els protagonistes, en el Lewis i en la Davidson, en les seves personalitats peculiars, en les circumstàncies familiars de cadascú, en els seus passats completament diferents i en el nexe que compartien i els unia, la literatura. Una relació que no els convertia, tot el contrari, en cap parella autodestructiva com tantes ha donat l’art.

Tot això ho podria explicar aquí jo mateix, fer-ne la meva pròpia versió, estendre’m en la descripció punt per punt com sempre recomano, en l’anàlisi detallat i lliure d’opinions i judicis d’intencions, en l’exposició clara de les diferències, les decisions preses pels protagonistes i les conseqüències d’aquestes decisions, però és millor que avui me n'estigui, que deixi la feina a qui la vulgui fer si és aquest el seu desig, a més, cal dir que ja ho han fet d’altres d’una forma excel·lent i molt millor que jo ho faria com la mateixa pel·lícula que cito.

La historia és prou coneguda i segur que a molts no els hi ve de nou o encara recorden el film si és que el van veure. En qualsevol cas els fets es descriuen molt ràpidament, però els detalls que els fan remarcables necessiten ser relatats i narrats, no només descrits, i aquesta és una tasca diferent que, en aquest moment precís, no sabria pas cóm fer, no disposo d’eines emocionals ni de prou perspectiva que em proporcioni claredat de visió i de criteri. Els armaris tenen unes mides escadusseres, tant petites que no van molt més enllà de la mida dels fèretres convencionals, estan mancats del suficient espai i no ofereixen aquesta perspectiva necessària i obligada que exigeix la realitat, la descripció de les coses i dels sentiments. A fora de l’armari la crua realitat és, en canvi i en moltes ocasions, tot el contrari, una planura massa extensa i desolada, sense arbres ni elements de referència que t’indiquin ni on ets ni a on vas; es pot dir, de manera irònica, que a la realitat li sobra la perspectiva que li manca a l’armari, la realitat en té tanta que acaba també per no tenir-ne.

Així, doncs, per què en parlo? Té alguna cosa que veure amb mi o amb algú que jo conec?

Per què faig esment d’una anècdota tràgica famosa entre dos escriptors que molts ja han dramatitzat a la televisió, al teatre i al cinema?, una anècdota i una circumstancia trista, però comuna d’una parella en el fons tan normal com qualsevol.

Quin és el motiu per assenyalar aquesta historia d’amor, la malaltia d’ella, la mort i l’armari?

La raó de fer-ho, d’escriure aquestes poques paraules, es troba dins l’armari en aquesta part de mi que amago, la explicació, en canvi, a fora d’ell i ambdues no es poden ajuntar mai, encara que una no pot viure sense l’altre.

-----------------------------------


Hemeroteca peletera.
 

El armario

Corre por casa el DVD de "Shadowlands", la película que dirigió Richard Attenborogh en 1993 con guión de William Nicholson. Aquí la titularon "Tierras de penumbra" y es una versión dramatizada más, de las muchas que ha habido, de la vida del escritor británico C. S. Lewis y su relación con la también escritora estadounidense Joy Davidman. Anteriormente se habían realizado versiones para la BBC y adaptaciones teatrales en Londres y últimamente, en 2007, en Brodway. El film de Attenborogh lo interpretaron Anthony Hopkins y Debra Winger.

Clive Staples Lewis fue profesor de literatura en Oxford, un escritor reconocido, apologista cristiano y creyente combativo, conferenciante de éxito y muy popular gracias a su obra de literatura para niños y adolescentes más difundida, "Las crónicas de Narnia".

 

No deseo hablar de estas crónicas fantásticas que nacieron paralelas a las obras de su amigo Tolkien, sólo quiero hacer mención a dos hechos. El primero tiene que ver con un recurso dramático y también icónico que se ha utilizado mucho en la literatura fantástica: el uso de puertas mágicas disimuladas en los lugares más inverosímiles, de tan cotidianos como son, que permiten acceder al otro lado del espejo. En este caso, en "Las crónicas de Narnia", los protagonistas humanos que salen traspasan la frontera entre la realidad y la fantasía de Narnia atravesando la puerta mágica que hay en el fondo de un armario del desván de su casa, detrás de los abrigos viejos y polvorientos que se guardan.

Hoy en día todo el mundo sale de los armarios, es una expresión que ha hecho fortuna para indicar, más allá de su acepción sexual, que alguien, se supone que cargado de razones, sinceridad y coraje y dispuesto a asumir los peligros y las amenazas de tal decisión, revela públicamente algo secreto o escondido de su personalidad o existencia que lo hacía vivir en la mentira y en el ahogo de las falsas apariencias, y que, al salir del armario, al mostrarlo en sociedad y hacer lo público, se libera de la opresión en la que se encontraba y alcanza una vida real, libre, plena y reconocida, exenta de la hipocresía que lo recluía en una prisión.

 

Esto es cierto, pero, aunque parezca mentira, también lo es lo contrario. Al menos, no hay quien hable de los que, siguiendo el río a contracorriente, entran, yo entre ellos, dentro de los armarios por propia voluntad en una especie muy particular de pudor y, en buena medida también, de retorno a las fuentes.

En mí hay una parte que creo conveniente y necesario proteger y ocultar de la exposición pública, de las miradas ajenas siempre impertinentes y chismosas, salvaguardarlo, al mantenerlo apartado como si lo encerrara en una caja fuerte, del exterior y del mundo, por seguridad y para garantizar también mi libertad. No es nada peligroso o ilegal, no es ninguna pecado o una falta cometida en el pasado y que no puedo revelar ni confesar por ignominiosa, no es ninguna cuenta corriente en Suiza, no, no es nada de esto, pero sí algo de una naturaleza no pública que si se mostrara sería maltratada por la simple razón de exponerla a la vista como si la luz del sol le hiciera daño o el ruido de las multitudes lo dejara sordo.


Hay cosas que son públicas y otras que no y que van mucho más allá de lo que hoy en día llamamos vida privada o íntima. La personalidad y las vidas de las personas también contienen unos engranajes internos que, como las tripas, no las vamos mostrando en público como si nos hubiéramos hecho el harakiri, a nadie excepto al médico cirujano, naturalmente.


La clausura, por lo menos, es también una fuente de conocimiento y una experiencia de vida útil y provechosa frente a la confusión, el alboroto, las ilusiones y los anhelos que provoca la vida en sociedad, ruidosa e indiferenciada que promete tanto como nada da.


El segundo hecho que quiero destacar es de naturaleza biográfica y se encuentra al alcance de cualquiera que tenga interés por averiguarlo. Se trata de la relación amorosa de C. S. Lewis con la que fue su primera y única esposa por poco tiempo, Joy Davidman (Davidman era su nombre de soltera, también conocida por Greshman, el apellido de casada de su primer marido), al morir ella al cabo de cuatro años de matrimonio con en Lewis por causa de un cáncer en los huesos cuando sólo tenía 45. Este es un hecho desgraciado pero común, desdichadamente habitual en muchas casas; hay gente, joven y vieja, que muere de cáncer y de otras enfermedades graves, largas, penosas y dolorosas cuando todavía son, jóvenes o viejas, llenas de alegría para vivir, todas estas personas tienen, por supuesto, también familia, maridos y esposas, hijos y padres, amigos, amantes y conocidos.

 
La película del Richard Attenborogh retrata esta circunstancia común de una manera muy sencilla y nada enfática, pero también con la suficiente sensibilidad y delicadeza, sin cargar las tintas en el drama ni azucarar los sentimientos. La clave, si es que tiene alguna, se encuentra, evidentemente, en los protagonistas, en Lewis y en Davidson, en sus personalidades peculiares, en las circunstancias familiares de cada uno, en sus pasados completamente diferentes y en el nexo que compartían y los unía, la literatura. Una relación que no les convirtió, todo lo contrario, en ninguna pareja autodestructiva como tantas ha dado el arte.


Todo esto lo podría explicar aquí yo mismo, hacer mi propia versión, extenderme en la descripción punto por punto como siempre recomiendo, en el análisis detallado y libre de opiniones y juicios de intenciones, en la exposición clara de las diferencias, las decisiones tomadas por los protagonistas y las consecuencias de esas decisiones, pero es mejor que hoy me abstenga, que deje el trabajo a quien lo quiera hacer si es ese su deseo, además, hay que decir que ya lo han hecho otros de una forma excelente y mucho mejor que yo lo haría como la misma película que cito.


La historia es suficientemente conocida y seguro que a muchos no les viene de nuevo o aún recuerdan el filme si es que lo vieron. En cualquier caso los hechos se describen muy rápidamente, pero los detalles que los hacen destacables necesitan ser relatados y narrados, no sólo descritos, y esta es una tarea diferente que, en este momento preciso, no sabría cómo hacer, no dispongo de herramientas emocionales ni de suficiente perspectiva que me proporcione claridad de visión y de criterio. Los armarios tienen unas medidas exiguas, tant pequeñas que no van mucho más allá del tamaño de los féretros convencionales, carecen del suficiente espacio y no ofrecen esa perspectiva necesaria y obligada que exige la realidad, la descripción de las cosas y los sentimientos. Fuera del armario la cruda realidad es, en cambio y en muchas ocasiones, todo lo contrario, una llanura demasiado extensa y desolada, sin árboles ni elementos de referencia que te indiquen ni dónde estás ni a dónde vas; se puede decir, de manera irónica, que a la realidad le sobra la perspectiva que le falta al armario, la realidad tiene tanta que termina también por no tenerla.

 

Así pues, ¿por qué hablo de ello? ¿Tiene algo que ver conmigo o con alguien a quien yo conozca?

¿Por qué hago mención de una anécdota trágica famosa entre dos escritores que muchos ya han dramatizado en la televisión, el teatro y en el cine?, Una anécdota y una circunstancia triste, pero común de una pareja en el fondo tan normal como cualquiera.


¿Cuál es el motivo para señalar esa historia de amor, la enfermedad de ella, la muerte y el armario?


La razón de hacerlo, de escribir estas pocas palabras, se encuentra dentro del armario, en esa parte de mí que escondo, la explicación, en cambio, fuera de él, y ambas no se pueden juntar nunca, aunque la una no pueda vivir sin la otra.