viernes, 18 de julio de 2008

El peletero cazador



4 de septiembre de 2006

La colonización de nuevas tierras siempre tuvo un interés mercantil para los países colonizadores, como no podía ser de otra manera, El comercio de bienes y productos nativos a cambio de algo o de casi nada, espoleó a el interés, la necesidad, la ambición de muchos y la codicia de otros. No podía ser de otra manera. En muchas ocasiones incluso, ha habido gentes de todas las civilizaciones, que han considerado el robo como una honesta manera de comercio a coste cero. Donde hay comercio por desgracia siempre hay piratería en sus múltiples variantes, sea marítima o terrestre, sea de Estado o de particulares. Sin embargo, si algo es el comercio es intercambio, conocimiento y descubrimiento y no un eufemismo de expolio y robo.

La historia del Canadá es también la historia de una empresa comercial, donde un Estado, en este caso la Corona británica cede su soberanía a una empresa privada, que domina un territorio, llegando incluso a tener ejército propio.

Company” se fundó en 1670 bajo el reinado de Carlos II que le otorgó la posesión de dicha bahía y de todos los territorios que se hallasen al Este de ella. Su historia llega hasta nuestros días convertida y reciclada en una importante empresa de distribución, incolora, inodora e insípida y con numerosas tiendas por todo el Canadá, país al que sólo le falta haber inventado el reloj de cuco para ser perfecto.
El primer objetivo de la Compañía era el de regular y desarrollar el comercio de pieles. Para ello llegó a establecer más de cien “fuertes” a lo largo del país que servían de oficinas y de almacenes de aprovisionamiento y de recogida de las pieles que los numerosos tramperos y cazadores a sueldo les traían. En estas postas también se realizaba una preselección antes de poner las partidas de pieles en pública subasta. La primera de ellas tuvo lugar en Londres en el año 1671. La compañía de la bahía de Hudson hubo de competir con otras compañías rivales, con aquellas que crearon los franceses y también con los numerosos comerciantes independientes que traficaban directamente con los mismos nativos, comprándoles las pieles a cambio de…, un peine, por ejemplo.

El rey de este mercado fue el castor, “genus castor”. Inteligente y laborioso roedor que aparte de ser interesante para el peletero, también lo era para fabricar fieltro para sombreros. Su glándula sexual “castoreum”, contiene ácido acetilsalicílico. En la antigüedad era usado contra la epilepsia, la fiebre y la histeria y mucho más tarde en la homeopatía. También fue muy buscado para satisfacer la demanda de la industria perfumera. Si hace doscientos años se encontraba en toda Europa y ahora sólo en algún país nórdico, en Norteamérica también se vio obligado a retroceder inexorablemente hacia el Norte. Su caza fue exhaustiva y extensiva, sin contemplaciones y sin reparos de ninguna clase. La demanda era insaciable y la oferta estaba satisfecha de poderla servir.

Hoy en día el comercio del castor y de algunos otros animales se sigue realizando bajo el amparo de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (CITES). Los actuales nativos siguen siendo los protagonistas principales de esta actividad que ya ahora es sostenible y que en ningún caso desean que se acabe.

El castor, sin embargo, ha dejado de ser el rey. La lana de su piel, de una sedosidad extraordinaria, ha cedido el lugar preeminente al visón, magnífico mustélido que tolera perfectamente ser criado en cautividad. La industria perfumera y de cosméticos, así como la de alimentos para mascotas, como, por supuesto, también la peletera, no han desaprovechado esta oportunidad. El consumidor tampoco, ni los perros y gatos de nuestras casas que tan bien alimentados están.

Esta es la historia.

jueves, 17 de julio de 2008

El peletero stendhaliano



26 de agosto de 2006

En las primeras páginas de “La Cartuja de Parma” se narra la entrada de Napoleón y de sus tropas en Milán con el antiguo espíritu de los héroes clásicos. Las pocas líneas que describen el acontecimiento rebosan entusiasmo juvenil, belleza épica y esperanza en el futuro. Años más tarde, y con este mismo ánimo, Fabrizio del Dongo, un joven aristócrata milanés, recién destetado por su madre, decide abandonar su casa en el lago de Como, atravesar toda Francia, e intentar unirse a las tropas de Napoleón que están a punto de entablar y perder la que será su última apuesta. Fabrizio llegará tarde a la llanura belga de Waterloo, la batalla ya habrá empezado, y el pobre muchacho sólo podrá deambular por sus alrededores intentando hacerse una idea de lo que está sucediendo. Estas páginas son una de las cumbres de la literatura universal y tienen tanta fuerza que son casi independientes del resto de la novela.

La frustración del protagonista por no llegar a tiempo y su cómico y ridículo ir i venir por las afueras de la batalla, oyendo sólo los cañonazos y disparos y entreviendo más mal que bien a los soldados, la humareda y el fragor del combate, son una paradoja y un preludio de la modernidad. Tan cerca y tan lejos. Como en el mito de la Caverna de Platón sólo vemos las sombras de lo que suponemos es la realidad.

Por más que lo intentamos nunca lo conseguimos. Como en el mito de Sísifo, al llegar a la cima de la montaña, la enorme piedra redonda que con enorme esfuerzo hemos transportado hasta lo más alto, se nos cae por la ladera opuesta, llega rodando a su falda y vuelta a empezar. No cesamos nunca de empujar la piedra montaña arriba para que al final, una vez conseguido nuestro propósito, resbale la enorme masa y caiga hasta la base de la montaña. Así toda la eternidad.

Julian Sorel, el protagonista de “El Rojo y el Negro”, también es un arquetipo moderno. Pobre sin remisión, condenado incluso antes de nacer a una existencia miserable en una ciudad de provincias francesa, consigue gracias a sus capacidades y también con hipocresías y artificios abrirse camino y labrarse un futuro a través de las incipientes oportunidades que los nuevos tiempos le ofrecen.

Ambos, Julian y Fabrizio, aunque diferentes en sus orígenes, personalidad y necesidades, son también actores, culpables y víctimas en un drama que se convierte en un fin en sí mismo y se democratiza a una gran velocidad. Todo el mundo quiere entrar en él y jugar a ganar y perder. Los nuevos tiempos lo permiten y nadie quiere quedarse fuera. A este drama lo llamaron Amor los antiguos, y los modernos no lo cambiaron ni lo cambiarán. Julian y Fabrizio enamoran y se enamoran, sufren y hacen sufrir. Por amor prosperan y por amor los encarcelan.

El amor de Julian y Fabrizio está al alcance de cualquiera. Es una facultad del ánimo a la que todos tienen derecho a bien o mal usar. Está en el aire, todos pueden llegar a él sin condiciones ni requisitos previos. Tampoco se necesitan antecedentes. Todo el mundo puede amar y ser amado.

A nuestro peletero le gusta releer las primeras páginas de “La Cartuja de Parma”, con ellas se le enciende el ánimo, se le despierta el buen humor y la vida le parece más interesante. Le place el entusiasmo loco y el amor apasionado. Pero también le gusta releer “El Rojo y el Negro” y comprobar las similitudes que tienen sus primeras páginas con “A sangre fría” y su pormenorizada y gélida descripción de la ciudad de provincias. Le gusta esta relación detallada, documental, nada épica, histórica, geográfica, urbanística, social y económica. Se encuentra a gusto en esta primera frialdad descriptiva sin amor. Éste, vendrá más tarde con toda su fuerza. Nadie puede permanecer impasible ante su poder.

Mientras corta sus pieles, nuestro peletero recuerda a Julian Sorel, encarcelado y condenado a muerte, reconocer finalmente que aquella a quien amó de verdad fue aquella a quien abandonó.

miércoles, 16 de julio de 2008

El peletero desmemoriado



22 de agosto de 2006

El peletero desmemoriado tiene ochenta y ocho años, Alzheimer y la sonrisa más hermosa del mundo.

Hace unos cuantos años su modesto y floreciente negocio de peletería se desmoronó, se vino abajo y se arruinó. Salvó lo que pudo hasta que no se acordó de salvar más.

Cuando era joven los pelos de sus pieles se le incrustaban entre el dedo y la uña y su hijo mayor se los quitaba con lupa y pinzas.

Unos años antes, cuando aun se parecía a Clark Gable, y después de treinta i tres meses de servicio militar obligatorio, en la España de la posguerra, se casó con una jovencita que se parecía a Vivien Leigh y que ahora, con ochenta y seis años aun se sigue pareciendo a la bella actriz norteamericana.

Cuando era todavía más joven y hacía poco que había dejado atrás la pubertad, se vio obligado a hacerse soldado de la República Española y salir a campo abierto a defenderla del fascismo con su propia vida, que por suerte pudo conservar intacta.

Más joven aun, acabada la niñez, tuvo que dejar la casa familiar de campesinos pobres, irse a la gran ciudad, ponerse a trabajar y aprender a vivir solo.

Todavía niño, tuvo que sufrir y soportar las bofetadas de su primo, maestro de escuela, que le enseñaba a leer y a escribir. El dolor de los golpes sólo desaparecía con las caricias de Carmen, su madre.

Antes de nacer, incluso antes de ser concebido por sus padres, debieron ocurrirle otras cosas importantes, tal vez buenas o tal vez no. Ahora, con sus ochenta y ocho años, se las guarda para sí, te mira con sus ojos grises, permanece en silencio como ha hecho en los últimos años y sonríe con la sonrisa más hermosa del mundo. Cuando él crea que es el momento adecuado, ya nos las contará. A nosotros sólo nos cabe guardar silencio como él.

martes, 15 de julio de 2008

El peletero educado



3 de agosto de 2006

El peletero educado opina que la buena educación es necesaria para ir por la vida, te abre puertas, te allana el camino y, si la acompañas con una sonrisa, mejora tu vida social y a veces incluso la sexual, aunque sólo a veces. En otras ocasiones incomoda, impone barreras y marca distancias, aleja a las personas y a los cuerpos y te acabas convirtiendo en un solitario involuntario.

El peletero educado piensa que la buena educación es también una hermosa expresión de la buena voluntad y la buena predisposición hacía los demás y hacia uno mismo. Del respeto y la estima que los otros y tú mismo os merecéis.

El peletero educado estaba convencido de todo ello, de las enormes ventajas y virtudes que la buena educación representaba, así como también de esos peligros que todo lo bueno contiene.

El peletero educado estaba convencido y lo llevaba a la práctica, arriesgándose en lo necesario y totalmente seguro de la bondad de su actitud.

No tardó en obtener beneficios y ventajas y alguna que otra mirada suspicaz también. Pero el saldo era extraordinariamente positivo. No sólo llegó a ser querido si no también necesario. En su reducido entorno se convirtió en un nexo, un camino, un puente entre dos orillas. En un facilitador, las cosas eran más fáciles si él estaba allí, ayudaba con su sonrisa y su “por favor” a la solución de problemas reales y también imaginarios.

Los imaginarios eran los más difíciles, sin duda, y también los más abundantes. A un problema imaginario había que proponer una solución no sólo imaginativa sino también imaginaria y en estos casos no siempre bastaba una sonrisa educada. Hacía falta violentar algo, el lenguaje o incluso la misma realidad. Naturalmente esto último es imposible y lo primero muchas veces insuficiente.

Aquí empezó a cosechar sus primeros fracasos y a recibir sus primeras bofetadas en forma de desprecios y desplantes. Nadie aceptaba sus derrotas, una percepción que para ellos les hacía suponer que eran promesas incumplidas, infidelidades y traiciones.

Sus éxitos disminuían y sus fracasos aumentaban tanto como la envidia que producía su bienestar y su alegría ordenada, serena y educada.

En un determinado momento pasó un ecuador invisible y a su alrededor se fue produciendo un vacío abisal. Infranqueable. Al puente se le hundió uno de los pilares y el resto se vino abajo. La fuerza de las aguas se lo llevó todo por delante y él se fue con ellas.

Y así, medio ahogado, llegó al mar. Y allí sigue, entre peces que no le dirigen la palabra, no tienen párpados, ni sonríen nunca.

lunes, 14 de julio de 2008

El peletero simulador



24 de julio de 2006

Los niños cuando juegan simulan y aprenden. El original de los billetes de banco no es un billete como tal y tampoco es exactamente un original, su valor de cambio es nulo. Sin embargo, todos sus millones de copias valen lo que el billete dice que vale y con ellas se puede ir por el mundo.

Hay autores que consideran que “si hay un bonito problema artístico, filosófico y absolutamente actual, ése es el del Original”. Consideran al Original una víctima de un perverso ser llamado Simulacro que lo sustituye y suplanta, naturalmente sin derecho a hacerlo. No sabemos, ni nadie nos lo cuenta, quién tiene el derecho a negarle el derecho a suplantarlo, o dicho al revés, quien le otorga el derecho al Original a no ser suplantado. Tal vez lo dice la ley.

El problema del bonito problema artístico y filosófico es que no es un problema, sólo es un seudo-problema, un falso problema, aquello que gustaba tanto a los bizantinos como gusta tanto ahora a los cursis. Tal vez sólo sea un problema legal.

El sarcasmo por mi parte también es un simulacro de otros sarcasmos parecidos. Y se desarrolla de la siguiente manera: como peletero formo parte del mundo de la moda y mi propensión mimética, simuladora y plagiadora es irrefrenable. Y como nieto de croupier mi propensión al engaño a favor de la banca es consecuencia de una naturaleza hipócrita y cínica. Estamos completamente vendidos al poder y besamos los pies de quien nos paga. Vendemos sucedáneos a precio de originales. Simulamos serlo (originales) y engañamos a la mayoría que plácidamente se deja engañar.

En “Los siete pilares de la Sabiduría” de T.E. Lawrence, en una de las interminables y múltiples comidas a las que es invitado por parte de la aristocracia beduina en sus amplias y hermosas tiendas, a cada uno de los comensales se le pide que explique una historia ocurrente, graciosa, un “chiste” incluso. Al pobre Lawrence no se le ocurre nada que contar, al final y como consecuencia de una buena capacidad de improvisación obsequia a todos sus compañeros con una imitación de cada uno de ellos, de su manera de hablar, de sus acentos peculiares, de su gestualidad, de su expresividad. La sorpresa de todos es mayúscula, en la cultura bedú no era nada habitual la caricatura. Después del primer desconcierto y silencio, estallan las carcajadas y Lawrence es querido un poco más por sus amigos.

T.E. Lawrence perdió en una estación de tren el original y único ejemplar de sus “siete pilares”. Alguien debió encontrarlos y quizás aun los conserva. O tal vez no, y los lanzó directamente al fuego. Sea como fuere ese no debió de representar para él ningún problema importante. Seguro que no, simplemente volvió a escribirlos, desde el primer “pilar” hasta el séptimo. Y se quedó tan tranquilo. Y para ello sólo usó la memoria.

Tan tranquilo como debería ser de tranquila su vida en Afganistán, simulando ser un soldado raso cuando en realidad era coronel. El que sí estaba nervioso era un teniente, la única persona que conocía la verdad, al tener que mandar fregar las letrinas a toda una gloria nacional. A Lawrence nunca le importaron estas minucias, él que había atravesado todo el desierto disfrazado de beduino.

viernes, 11 de julio de 2008

El peletero geógrafo



21 de julio de 2006

Desde el mar Caspio hasta el Turquestán chino, al pie de las montañas del Pamir, se halla la región llamada de Astrakán, donde se crían los carneros karakul, también llamados, naturalmente, carneros astrakán. Esta cría y sus rebaños llegan hasta el mismo Afganistán y el Turquestán ruso. Como afirma José Tapbioles en su Tratado de Peletería del año 1944: “el más apreciado de todos ellos es el persianer, que es de tamaño pequeño, bucle mediano y uniforme, apretado, sedoso y brillante y de cuero fino”.

A principios del siglo XX el gobierno alemán inició la cría de carneros karakul en sus colonias del Sudoeste africano, la Namibia actual, allí nació el Swakara, acrónimo de South West African Karakul. El éxito fue y es enorme. Su rizo es más plano, más largo, más estrecho y más elegante.

El pelo rizado en el carnero karakul apunta hacia la cabeza y no hacia la cola como en los demás animales. Eso significa que hay que confeccionar las pieles con la cabeza hacia abajo. Su extraordinario muaré obliga también a tener muy en cuenta el “acostillado” de sus rizos a la hora de hacer los cortes para las uniones entre piel y piel. Estos cortes tendrán que imitar las ondulaciones y hacerlos donde el rizo sea igual y no sólo parecido. La confección de una pieza de astrakán es el resultado de una larga sabiduría y buen gusto artesano.

No todo el mundo sabe hacer un abrigo de astrakán y no todo el mundo debe vestir una pieza de astrakán. Su sensibilidad tal vez no le permita soportar el hecho de que a las crías se las sacrifica a las pocas semanas de nacer. O su cuerpo quizás no sepa ni sabrá jamás moverse adecuadamente con un vestido de astrakán. Su peletero tendría que saber confesárselo con diplomacia, determinación y exactitud a su clienta.

El astrakán es raro, sus muarés, acostillados y ondulados siguen una trayectoria horizontal y la pieza normalmente tiene una arquitectura vertical. Su pelo no se deja prender, sólo acariciar. Su olor es sui géneris y su aspecto inconfundible. Por eso es fácil hacer imitaciones artificiales. En su virtud está su defecto.

El astrakán permite muchos, por no decir todos, los colores, incluso los más inverosímiles, pero el más clásico sin duda es el negro, que combinado con otras pieles puede dar resultados espectaculares, extravagantes o delicados

África del Sur, incluida en ella Namibia, es la esperanza de África, el modelo a seguir y a imitar. En cambio, toda la enorme región del Asia central, es un polvorín a punto de estallar, almacena en su interior un bien todavía mucho más preciado para los humanos que estos simpáticos carneros. También es de color negro y oleaginoso y se llama petróleo, pero esta es otra historia que no nos toca a nosotros contar.

jueves, 10 de julio de 2008

El peletero angelical



19 de julio de 2006

Salir de una pintura del Bosco, con sus infiernos, sus diablos y sus monstruos y penetrar en una de Boticelli, con sus dulces paisajes, sus ángeles y sus bellos dioses, no es una oportunidad que se le presente a cualquiera. A Marcello Rubini sí. Al final de “La dolce vita” un ángel lo llama desde la otra orilla de un pequeño y poco profundo meandro. Sólo tiene que mojarse ligeramente los pantalones, dejar atrás el monstruo surgido de las profundidades del océano, que ha estado contemplando tirado en la arena, moribundo ya, y acercarse al ángel que lo llama y que le habla y al que ya conoce. Sus simples palabras le redimirían. Su hermoso rostro le apaciguaría. Su delicado cuerpo le guiaría a través de nuevos senderos. Pero Marcello Rubini se hace el sordo y el pusilánime. Se incorpora con pesadez y se despide de él con una sonrisa indolente y triste para seguir a los diablos que lo han guiado a través de la noche.

El ángel de Marcello es una adolescente rubia que sirve comidas en un restaurante de playa. Marcello está intentando escribir mientras contempla el mar y oye una música de moda que suena en la radio. La arena casi le llega a los pies, pero un techo de cañas le protege del sol. El ángel quiere ser mecanógrafa y mientras prepara las mesas baila inocentemente al compás de la música. Marcello se maravilla mirándola, su encanto es más poderoso que el del mar. Mientras tanto, la página en la máquina de escribir permanece en blanco y la luz atraviesa, rota y a flechazos, el humilde techo de cañas.

Pasolini vivió y murió en una de esas playas, llenas de cobertizos, caminos, barracas, tenderetes, pinares a medio desaparecer y olor a spaghetti. Restaurantes ilegales, familias ruidosas y vendedores ambulantes de cualquier cosa que pueda ser comprada. Pasolini compró, vivió y murió en una de esas playas llenas de sol, arenas sucias y ángeles soñando con ser mecanógrafas.

La exuberante Sylvia que viste una fea capa de pésima piel blanca que no nos atrevemos ni a calificar, y que pasea por medio mundo sus deslumbrantes ubres, ha de rogar a Marcello que en plena madrugada romana le traiga un plato de leche para un pobre gatito vagabundo, tan romano como Marcello.

Roslyn Taber también ha de suplicar y rogar a Gay Langland que suelte los caballos que tan esfuerzo le ha costado capturar. En “The Misfits” no hay alternativa, o la naturaleza de la mujer o la otra. Roslyn siente como propio el sufrimiento de los hermosos animales, ella es tan vulnerable como ellos, y Gay ve como todo su mundo se desmorona, todo lo que él ha amado se termina y no hay alternativa excepto la compañía de una preciosa mujer. ¿Es ella su salvación?, o ¿es ella su condena? ¿Hemos llegado realmente al final? ¿Las hermosas planicies de Nevada, se van a quedar ahora más vacías? Pasolini lo sabe, pero no nos lo puede contar.

martes, 8 de julio de 2008

El peletero milagroso



17 de julio de 2006

Albert Einstein y Niels Bohr llevaron a cabo una de las más famosas polémicas de la historia de la ciencia. No pretendemos desarrollar aquí los detalles de la misma, pero sólo citaremos dos cosas: la famosa frase con la que Einstein resumía y defendía sus tesis y el resultado final de dicha polémica. La frase es extraordinariamente ingeniosa y compendia toda una línea de pensamiento: “Dios no juega a los dados”. El resultado final de la polémica fue la derrota más estrepitosa de Albert Einstein.

Efectivamente, Dios sí juega a los dados, lo que sucede es que no hace trampas.

En un pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica, fronterizo con Canadá y en pleno invierno nos encontramos con dos fugitivos que han conseguido huir de la policía disfrazados de sacerdotes católicos. Al disfraz sólo le faltan los zapatos. Los dos pobres muchachos están muertos de frío, pisando la nieve con sus pies desnudos. En su huida entran en una Iglesia católica para resguardarse y descansar un rato. A uno de ellos se le ocurre, a pesar de las burlas del otro, arrodillarse frente la imagen de una Virgen y pedirle con todo el fervor y la fe que le es posible mostrar que tenga la bondad de darles dos pares de zapatos. No ocurre nada. Vuelve a insistir. De un rincón de la Iglesia aparece un cura con dos pares de zapatos y los utensilios de limpieza de zapatos. Sale de una habitación y entra en otra, no ha visto a nuestros fugitivos. Éstos, que sí han visto la escena, sigilosamente se dirigen a la puerta por donde se ha ido el limpiabotas clerical. Al rato salen con los dos pares de zapatos robados. Que quede claro, “robados”. Al salir al exterior, esta vez calzados, el fugitivo que le suplicaba a la Virgen se gira hacia ella y le da las gracias. Lo ves, tonto, le dice a su compañero incrédulo, cómo nos ha hecho caso.

En la historia del mundo hay muchas clases de milagros, personas que resucitan, paralíticos que andan, ciegos que ven, náufragos rescatados, pobres millonarios, pero no seremos tampoco nosotros quienes hagamos aquí una apología de todos ellos, pero sí diremos que a nuestro peletero milagroso los que le gustan son aquellos en los que interviene el azar, la casualidad, donde la realidad física no es violentada y donde caben tanto grandes milagros como pequeñas casualidades poéticas que adornan nuestros días al igual que las flores adornan un jardín.

(El relato de los dos fugitivos disfrazados de cura está extraído de la película “Nunca fuimos ángeles”, dirigida por Neil Jordan, con guión de David Mamet e interpretada por Robert de Niro y Sean Penn).

lunes, 7 de julio de 2008

El peletero selecto



15 de julio de 2006

Eran treinta y seis las pieles de visones escandinavos machos de color “diamante negro” que necesitaba para hacer el abrigo. Allí encima tenía cerca de quinientas. De entre todas ellas había de escoger las treinta y seis. No sería difícil. Cinco para cada manga, dos para el cuello y veinticuatro para el cuerpo. Cada una de ellas tenía alrededor de sesenta centímetros de largo, sin incluir cabeza, ni cola.

Tenía que confeccionar un abrigo de ciento veinte centímetros de largo, medidos en el centro de la espalda, dobladillo incluido. Ese largo significaba que tenía que realizar cincuenta cortes en cada piel del cuerpo. Alargar en cada corte un centímetro, excepto en la cabeza que serían de un centímetro y dos milímetros. En la cruz, de medio centímetro y en la culata, de un centímetro y medio.

Al peletero selecto lo que le gustaba era cortar a pulso, pero hacía años que no practicaba con la “cuchilla”. Ahora había máquinas que sustituían a las manos. El corte con ellas era perfecto, rápido y sin titubeos.

Pensaba hacer un abrigo recto con un cuello solapa. Sin cruzar y con poco vuelo. Las mangas sin puños y el forro de seda carmesí. La mujer era un poco menuda y quería un abrigo hasta los tobillos, sencillo y austero. El único adorno sería un cinturón de cuero también negro, muy largo y muy estrecho, para anudárselo y sentirlo aun más próximo en días de mucho frío.

Una mujer bonita, no muy alta y extraordinariamente alegre. Delgada, morena, pálida, pelo corto y cara pequeña. Buenos labios y poco pecho, el suficiente para la arquitectura del abrigo. Los ojos grandes y también negros. Hemos dicho que los ojos eran grandes y negros y no hemos añadido que eran bonitos porque no lo eran, aunque nadie se los veía porque siempre los ocultaba tras unas gafas de sol. La mujer era ciega y su desviada mirada desfiguraba todo su rostro y le robaba su personalidad. En cambio, con sus gafas era todo otra cosa, enigmática, interesante, secreta.

La clienta de nuestro peletero selecto era guionista y locutora en un programa radiofónico de escasa repercusión y nula popularidad. Su corta audiencia y poco éxito la fue trasladando y recluyendo a esquinas cada vez más difíciles de la parrilla radiofónica. Aprisionada entre grandes programas de éxito el suyo parecía empequeñecerse cada vez más. Desde aquel rincón del reloj hacía su trabajo para quien quisiera oírla. Cada vez eran tan pocos que la emisora estaba ya cavilando que además de ciega la podía convertir en muda. Ella lo sabía y ante el posible despido no se le ocurrió otra cosa que hacerse un abrigo de visón. Hubierais tenido que verla acariciando y oliendo las pieles y tratando de recordar la suavidad y el olor de los visones del abrigo de su madre.

Iría a recoger el finiquito si se daba el caso, bien vestida y elegante. Y luego, con algún buen y fiel amigo y, ya que aun no era sorda, iría a escuchar música en directo en algún lugar tranquilo y confortable donde hubiera poca gente, y donde también hubiera poca luz.

Una vez cortadas y cosidas todas las pieles, cada una de ellas y entre si, había que aplanar las costuras, mojarles el cuero con agua y clavarlas, estirando a lo largo, a favor del pelo y dándoles la forma que indica el patrón. Dejarlas secar sin que les tocara el sol, pasarles la madera. Desclavarlas, marcar el patrón encima y recortar. Una vez recortada cada pieza también según señala el patrón, y... Muchas cosas más hasta tener el abrigo listo y terminado. ¿Te gusta?

domingo, 6 de julio de 2008

El peletero tourmaline



12 de julio de 2006

Decir que lo mejor de la película “Los pájaros” de Alfred Hitchcock es el abrigo corto de visón de color tourmaline que lleva Melanie Daniels es una exageración, porque no es verdad. No es un buen abrigo, lo visones tienen poco pelo y se abren en las costuras. Bien es cierto que Melanie no lo trata muy bien, pero eso no tiene importancia. Tampoco los pájaros ayudan, pero eso tampoco tiene importancia. El abrigo es malo y barato. Sí que es un acierto, en cambio, el color tourmaline; ese color de arena intenso es perfecto para el verde de su traje chaqueta. Y para sus cabellos rubios manchados de sangre.

Melanie es una niña malcriada, pero por lo menos tiene buen gusto al vestir. Buen gusto que según parece no comparten ni las gaviotas ni los cuervos que la atacan enloquecidamente. Deberían respetarla, porque ella es una buena muestra de la belleza en la especie humana que hay que preservar, pero esta lógica los pájaros no la entienden, si bien es cierto también, que una cura de humildad no le viene mal. Melanie necesita una buena bofetada a tiempo y los pájaros se encargan de dársela. A partir de este día en que la naturaleza se ha trastocado Melanie es otra. Pero Hitchcock no nos lo muestra del todo, no sabemos ni sabremos jamás que ocurre después. ¿Llega a casarse con Mitch Brenner?, ¿llega a deshacerse de su dominante suegra?

El tourmaline es un color natural, suave y sofisticado, conseguido artificialmente después de múltiples cruces en las granjas de visones. El abrigo corto es una pieza de día, muy apropiado para trabajar o ir de compras. Por ejemplo, una pareja de periquitos, que habrás de llevar en tu deportivo descapotable a un encantador pueblo de la costa californiana. Una vez allí cruzar un lago remando, allanar una morada ajena y depositar a los malditos periquitos en el salón. Y una vez hecho todo esto, desencadenar sin saberlo a las furias más terribles de la Madre Naturaleza.

“Todo esto empezó a ocurrir a partir de que ella llegó”, le espetan en la cara a la pobre Melanie los habitantes de Bahía Bodega. Perfecto, ya tienen identificado al chivo expiatorio. A punto están de consumar el sacrificio y de apaciguar a los dioses oscuros, cuando éstos, cada vez más desquiciados, la salvan a ella sin querer -y seguro que también a su abrigo corto de visón tourmaline- de una muerte segura y de una rapiña.

“Los pájaros” es una película que da para mucho, incluso para hablar de un mal abrigo corto de visón. Y levantar también acta aquí para lo que haga falta, incluso, si es necesario, de nuestra crítica más absoluta a la jefa de vestuario del film Edith Head por no saber encontrar un abrigo con mejores visones. Así como nuestra felicitación más entusiasta a Alfred Hitch-cock por no permitir que ningún pájaro haga sus necesidades ni en público, ni encima de nuestro querido abrigo de visón tourmaline. Que conste.