viernes, 2 de enero de 2009

El peletero/Una muy breve y parcial historia del desagüe



16 Agosto 2007

“Lo real es sólo la base. Pero es la base”.

(Wallace Stevens)

San Calixto da nombre a unas famosas catacumbas de Roma. Sus paredes, excavadas como pozos, están llenas de nichos para dar secreta y cristiana sepultura a los difuntos.

El convento de los Capuchinos de Palermo tiene el insólito gusto de conservar en hornacinas y vitrinas una muy completa colección de cuerpos y restos humanos, algunos embalsamados. Todos ellos vestidos para el trance del entierro, en el que no existe ningún protocolo que indique qué clase de vestimenta es la necesaria y adecuada para esa ocasión tan especial.

En Barcelona se puede ver el mar desde algunas de las laberínticas calles del cementerio de Montjuich, (Monte de los judíos).

La vista es espléndida, a un lado la ciudad, al otro el mar, y entre ambos el Campo Santo en las alturas.

Entrando por el sur y desde la carretera de la costa, antes de llegar a L’Hospitalet, la montaña judía queda a nuestra derecha, y vista desde allí parece una acrópolis griega, y sus paredes rebosantes de nichos unas ciclópeas murallas.

Pero Barcelona no es Atenas y mucho menos Roma con sus siete colinas.

Desde el Tibidabo, la otra montaña de la ciudad, más alta que la de los judíos, dicen que en días claros se puede llegar a vislumbrar la isla de Mallorca, donde vivió durante un breve tiempo Chopin y su amada George Sand, y durante muchos años el poeta Robert Graves. Pero el espectáculo no es ése ni tampoco el vetusto parque de atracciones con sus autómatas que te adivinan el futuro y su castillo de la bruja. El verdadero espectáculo es contemplar las calles paralelas del “eixample” barcelonés, apuntando perpendiculares y directas hacía el mar.

Cada una de ellas montada en su correspondiente “rambla”, desagüe de aguas de lluvia y de humedades telúricas, todo un océano, que antes afloraba sin pudor a la superficie y ahora debe esconderse por entre las porosidades de un subsuelo no del todo libre de terremotos, y mucho menos de corrimientos o deslizamientos de tierras.

La red de cloacas municipales intenta imitar a esas ramblas, desahogándose la ciudad en el mar, vaciándose en él. Limpia y purificada de hedores y mugres gracias a la buena red de colectores, que al igual que unas buenas compresas retienen la sangre muerta.

Pero el Tibidabo empuja, y si no empuja, resbala.

Y pronto llegará al mar estrangulando a la ciudad.

Decir “pronto”, por supuesto, no significa antes de 50 millones de años. En el transcurso de todo ese tiempo cabe esperar que los mamíferos de los que formamos parte, hayan encontrado y aportado a la cadena evolutiva una “cuarta solución” al diseño de las vías de salida, y a veces también de entrada, del cuerpo de sus hembras. Pues Barcelona es una hembra. No sé exactamente de que especie es, pero loba como su compañera romana seguro que no.

Hemos de recordar que, dejando la boca aparte, hasta el día de hoy son solamente tres los diseños de desagüe en activo.

¿Sólo tres?

Monotremas, marsupiales y mamíferos placentados.

En los monotremas los úteros, la vejiga urinaria y el intestino desembocan en una cloaca. Una sola salida común en la que tanto los huevos y todos los sólidos y líquidos del cuerpo salen por el mismo conducto, la "cloaca".

En los marsupiales, el canal del intestino se ha independizado de la cloaca a la que todavía van a parar los úteros y la vejiga, siendo así que las crías y la orina salen por el mismo orificio.

En los mamíferos placentados el intestino, el útero y la vejiga han conseguido tener cada uno su propia salida, desapareciendo así la cloaca propiamente dicha, aunque la “vulva” no deja de recordárnosla y ser ciertamente un… vestigio.

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Cada año el mar se come un poco más de playa y los crematorios de los Servicios Funerarios trabajan más intensamente.

Ése es un humo que nadie ve y nadie huele. Es el más higiénico dicen.

Lo peor es que tienen razón.

“La poesía es un remedio contra la pobreza, la mudanza, el mal y la muerte del mundo. Es un presente que se perfecciona, una satisfacción en la irremediable pobreza de la vida”.

(Wallace Stevens)

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El peletero/Historia de la quietud



4 Agosto 2007

En cualquier lugar del Universo, la quietud tiene un número, que es: -273,16 ºC

Más allá del Círculo Polar Ártico, la quietud es una casa de subastas de obras de arte, donde un hombre de edad avanzada, sentado en la segunda fila, reza el rosario en voz alta, mientras el resto del público, en pie, lo observa atónito y calla.

Más aquí del Círculo Polar Ártico, la quietud tiene lugar exactamente a las doce en punto del mediodía, en un pequeño pueblo del Mediterráneo Norte, donde un campesino fustiga sin piedad un asno que arrastra calle arriba un carro lleno de trigo. Desde un balcón de una casa vecina un anciano observa la escena; a su lado hay una niña desnuda que guiña el ojo no sabemos a quién.

En un lugar indeterminado del océano Pacífico Sur, la quietud acontece cerca de una playa, donde dos amantes interrumpen su quehacer amoroso al oír un ruido celestial, levantan sus cabezas y ven un avión precipitarse en picado al mar. Antes de estrellarse atraviesa una nube y no vuelve a aparecer. ¿Dónde está?, se preguntan los amantes sorprendidos. ¿Dónde ha ido?

Lentamente el ruido divino desaparece, devolviendo a los amantes el interés por la tarea interrumpida.

A través del cielo inmaculado, a dos mil metros de altura, un pobre anciano pilota La Perla de Osten, un viejo y destartalado caza de la Segunda Guerra Mundial que aún conserva los símbolos de la Marina de los Estados Unidos de Norteamérica.

Hoy se cumplen exactamente doscientos veintidós años que despegó de su portaviones para combatir y desde entonces no ha pisado el suelo. Miles de kilómetros recorridos y sólo agua a sus pies.

A esa altura el espectáculo es inmenso, claro y sobrecogedor. Pero toda esta soledad y belleza abruman y entristecen profundamente al anciano piloto.

Incomprensiblemente la gasolina no se agota nunca, pero sus fuerzas se están terminando y pronto se rendirá, no podrá resistir más y se precipitará en el mar.

Nosotros estamos terriblemente apenados, nos desconsuela su absoluto abandono y su inevitable y desgraciado final.

En ese terrible momento, todo se detendrá.

En algún lugar secreto de los Alpes y a muchos metros de profundidad, en el enorme y secreto complejo científico llamado El Pozo de Berla, estalla una exclamación de alegría. El ruido de los gritos y los aplausos se esparce desordenadamente a través de la red subterránea de galerías que perforan la montaña. ¡El baile ha comenzado, chicos!, afirma con entusiasmo un importante responsable del experimento que acaba de tener lugar. Por fin, después de muchos años de esfuerzos, La Estación Submarina Standard La Ventana de Velasco, conocida popularmente como La Pecera, “No” se ha movido, repito: no se ha movido. Sólo ha sido durante un nano segundo, es cierto, pero para estos chicos entusiastas, inteligentes y trabajadores parece toda una eternidad. Y casi lo es, su euforia es comprensible.

Después de los primeros abrazos, besos y brindis, el Director jefe tiene el buen gusto y el acierto de pronunciar unas emotivas palabras en recuerdo de Sam Ot, fallecido diez años atrás. Sin él nada de todo esto hubiera sido posible. Este era su proyecto, y este es también su éxito.

Las palabras de este hombre de bata blanca son acertadas y sinceras, todos le escuchan en silencio y emoción, pero recostado en la pared del fondo hay alguien que no le presta ninguna clase de atención, ni tampoco sonríe ni llora como todos los demás. Con la cabeza gacha mira su reloj. Lleva una nariz postiza, una nariz roja de Augusto y si nos fijamos bien veremos sus labios moverse en silencio, está concentrado contando.

La gran sala central de esta moderna caverna es ya una fiesta, todos bailan y cantan y el Augusto, inmóvil, en un rincón apartado, ajeno a todo, sigue mirando su reloj y contando.

En un punto indeterminado del Océano Pacífico Norte y a diez mil metros de profundidad, en la Estación Submarina Standard conocida popularmente como La Pecera, pero bautizada oficialmente como La Ventana de Velasco, la señorita Julia Spooner habla con un desconocido. Por educación hace cara de seguir el hilo de la conversación, pero en realidad está completamente absorta contemplando el maravilloso traje de mosquetero que viste el personaje. ¿Por qué los hombres ya no se visten así?, se pregunta. Sus ojos recorren con atención el magnífico vestido.

El jubón, corto, con faldones y mangas acuchilladas, es de seda roja bordada en oro. La camisa blanca es de hilo. El encaje del cuello y los puños está confeccionado en punto de Bruselas.

El resto es todo de color negro, los calzones también de seda, el grueso cinturón con hebillas de oro, las botas embudo de cuero brillante con vueltas muy anchas. El gran sombrero de fieltro de enormes alas y plumas de avestruz. Y los guantes de ante con troquelados florales en su embocadura.

La capa, también corta y colgada del hombro izquierdo, por supuesto de seda, es negra por fuera y roja por dentro.

La espada tiene un pato Eider volando grabado en su empuñadura de marfil. La hoja, larga y fina es de acero inglés y sólo tiene una “libélula” con sus cuatro alas extendidas cincelada en la punta.

La larga cabellera rubia, casi albina le llega hasta los hombros. Su bigote y su perilla están cuidadosamente recortados. Su piel es pálida y traslúcida y sus ojos son tan negros como los de un africano.

Julia Spooner es una mujer sensible y nosotros sabemos que también es inteligente, sin duda su padre, Sam Ot, estaría orgulloso de ella. Pero ahora, deslumbrada ante tanta belleza, no sabemos si sabrá reconocer a tiempo al asesino que tiene enfrente.

En algún lugar del Océano Atlántico, entre Europa y América, en uno de los numerosos camarotes del Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla, dos hombres parecen conversar.

Sam Ot, el de la derecha, no sólo no entiende nada de lo que le está diciendo el desconocido que tiene enfrente, sino que tampoco sabe qué demonios hace embarcado en el Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla.

La conversación parece que va para largo, con gran esfuerzo, Sam mira de reojo al exterior por una pequeña ventana redonda. Fuera, la calma es absoluta. La Hoja de Fresla no se mueve, completamente quieta parece clavada en un mar también inmóvil. Fuera, no hay ningún sol, sólo una insondable claridad.

Pobre Sam, empieza a sospechar que está atrapado. Inquieto y desconcertado no sabe qué hacer. Mientras tanto, el otro personaje sigue hablando animadamente.

Nosotros sabemos que Sam Ot era el propietario del Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla y también sabemos que navegaba en él el día que este hermoso barco se hundió, pero en cambio ignoramos absolutamente quién es el individuo que conversa con él. Estamos demasiado lejos para oír lo que dice, pero aunque con dificultades, sí que podemos ver su rostro maquillado de blanco, su boca pintada de rojo, su ridículo gorrito cómico y su extravagante vestido resplandeciente de lentejuelas. No sabemos quien es, pero no nos gusta esa cara pintada que siempre sonríe.

En la más enorme de las salas góticas de la gran Biblioteca Central de la Universidad de Kunisburg, hay alguien, hombre o mujer, buscando desesperadamente un mapa, necesita urgentemente llegar a Ostende, No sabe por qué pero su vida depende de ello. Tampoco sabe cómo llegar, ni por supuesto qué camino tomar. Pero lo más importante que no sabe es que el tiempo hace mucho que se le terminó.

Lo cual, no deja de ser una contradicción lógica.

La Real Academia Española de la Lengua define quietud, del latín quietudo, como ausencia de movimiento, sosiego, reposo y descanso.

La quietud no tiene historia, es precisamente la falta de ella.

lunes, 29 de diciembre de 2008

El peletero/El amigo



28 Julio 2007

No tenía cuello, ni poco ni mucho, nada.

Pero su pico era descomunal, enorme, desproporcionado si tenemos en cuenta que solamente comía insectos.

Las plumas, como las mismas alas, eran grandes y fuertes, adaptadas para vuelos de altura, largos y difíciles, hechas para atravesar tormentas y huracanes.

La cola y las piernas eran también potentes y robustas. Las huellas de sus patas, gigantes y sus garras intimidadoras. Daba sobresalto y miedo observarlas.

Pero si le mirabas sus pequeños y tiernos ojos, veías entonces su cara de buena persona. Y efectivamente, lo era, era un buen muchacho que había atravesado medio planeta para venir a verme.

Latido tras latido, de alas y de corazón, comiendo únicamente moscas y mosquitos, soportando diluvios, ventiscas y sequías, aquí lo tenía ahora, parado frente a la puerta de mi casa, mudo de tan cansado, sucio de tanto polvo acumulado, pero de pie, bien despierto y derecho con aquellas sus patas de gigante simpático y confiado.

Deberé de limpiarlo y tratar que los colores de sus maravillosas plumas resplandezcan de nuevo y como es debido. Y a mi vez, yo habré de vestirme con una túnica a tono, que haga juego con él y su indumentaria natural. Una túnica larga hasta los pies, de seda, naturalmente, de colores diversos, extraños y singulares como los suyos. Pañuelos variados y guirnaldas de flores.

Y tendré también que colocarme un sombrero enorme y estrafalario para no desafinar y mantener las proporciones entre él y yo.

Descansados y contentos de estar juntos de nuevo, él con su pico enorme, y yo con mi sombrero extravagante, conversaremos y charlaremos, mientras comemos. Reiremos, y mientras bebemos, seguro que incluso cantaremos alguna que otra canción de esas que nos gustan, que son tristes y al mismo tiempo alegres.

Leeremos en voz alta poesía, y por supuesto a nuestro querido y barbudo Walt Whitman, y recordaremos juntos los amores no correspondidos.

Tal vez incluso lloremos un poco, pero nada nos podrá amargar la alegría de nuestra mutua compañía.

Y así permaneceremos, horas y horas, días y días.

Viendo salir el sol y al crepúsculo llegar.

Con su fuego frío, indiferente y ajeno a la muerte del mar.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El peletero/La muerte



21 Julio 2007

Ludwig Wittgenstein afirmaba que la muerte no es una experiencia que forme parte de la vida.

La fotografía que encabeza estas líneas nos muestra tres cadáveres, el de un hombre y el de dos mujeres, que supuestamente se han quitado la vida.

Es conveniente arriesgarse y repetir aquello que el pintor Roberto Longo afirma: que la fotografía siempre nos habla del pasado, a diferencia de la pintura que lo hace del presente.

La razón de ello tiene que ver con la intensidad o el grado de verosimilitud que cada una de ellas es capaz de aportarnos. Y ello naturalmente depende de la técnica, de la diferente artificiosidad que estos dos artilugios necesitan para relatar la realidad y su devenir.

Lo que nos ofrece una caja oscura es más verosímil que una mano, por muy hábiles que sean sus dedos al utilizar el pincel. Las cosas que nos cuenta una fotografía sucedieron en un pasado, en cambio, lo que nos cuenta una pintura está sucediendo en este mismo instante. No importa la fecha de su ejecución.

El paso del tiempo nos aporta claridad, o dicho al revés, cuanto más cerca estamos de lo verosímil más lejos estamos del presente. Al igual que la luz, mirar más lejos siempre es mirar más atrás. Lo que vemos jamás ocurre, siempre ocurrió. O dicho también al revés, lo que ocurre no puede ser visto. Por eso, lo verosímil, que no la verdad, es inversamente proporcional al tiempo.

La muerte sí que es verdadera, aunque pueda parecer inverosímil. En todo caso lo que forma parte de la vida es el morir, que evidentemente tiene mucho más que ver con el estar vivo que con el estar muerto.

Pero lo que no podemos negar es que eso que llamamos muerte cambia el orden de las cosas vivas. Las cambia de sitio, las descoloca de una manera irreversible y definitiva.

Ése no es ningún cambio de orden moral y sí meramente físico. Y sin duda estético también. Algo que tiene que ver con las proporciones que las cosas mantienen con el espacio y con el tiempo.

Es la elegancia del estar y del ser, del saber mirar y del saber escuchar. Y saber recordar no tanto el cuánto, sino el cómo y el qué. De ello dependerá nuestra salud, la mental y la otra, pues no en balde el suicidio es eso, una muy personal relación con el tiempo. En este caso, con “todo” el tiempo, el pasado, el presente y también, por difícil que pueda parecer, el tiempo futuro.

Después del fin del tiempo, solamente manda el espacio, de ahí las grotescas posturas de los cadáveres. De unos cuerpos que nunca han sido pensados para llegar a esa situación. La muerte es algo que acontece, pero que nadie la tenía prevista, no estaba en el plan original. Es quizás el resultado de un error irreparable. Es un defecto de diseño.

En la fotografía de los tres cadáveres el reloj parece señalar la una y cuarenta y cinco minutos del mediodía. La claridad que atraviesa las ventanas puede ser una confirmación.

Excepto en algunas de las cosas que vemos esparcidas por el suelo, como en la parte derecha inferior de la imagen y en el lado izquierdo del sofá, el resto del despacho parece estar bastante bien ordenado. Por la indumentaria y el mobiliario, seguramente es el de algún funcionario nazi, que junto con dos de sus colegas o secretarias, ha decidido suicidarse.

Esa también parece una muerte burocratizada donde los cuerpos no han terminado de estar desplazados del todo. Han tenido tiempo de pensar en su aspecto postrero y mostrar lo mejor de su morir.

Su mentalidad de siervos ha querido revestir la escena de asepsia familiar. No parece ni un hospital, ni un despacho siquiera, y sí parece, el salón de su propia casa. Casi podemos distinguir el polvo de los muebles y la suciedad en los rincones. Los cristales por limpiar y esa luz demasiado blanca, de sábana para un sudario.

La ropa mal lavada y peor planchada. Las uñas sucias y mal recortadas. Y las suelas de los zapatos todavía por gastar, pues los tres no parecían tener aspecto de andar demasiado.

La muerte de esos funcionarios nazis es tan atroz y tan gris como el mismo color de la fotografía que nos los muestra. No han querido ceder al espectáculo de la sangre, no han querido teñir el paisaje de rojo. El veneno que han ingerido, fuese lo que fuese, sin duda era también de color blanco.

Pero su fracaso es evidente. Las peores muertes son ésas, las asépticas, las desprovistas de épica, ni siquiera de la épica que se necesita para luchar contra la enfermedad. Incluso ellos que querían refundar Europa en los principios de una nueva moral, acabaron, en cambio, malbaratando para siempre un bello emblema universal, la cruz gamada, la “esvástica”, ese sencillo, antiguo símbolo solar de paz, que en sánscrito significa: “está bien” o “bien estar”.

Aquella fuerza que debía ser la formidable “voluntad de poder” y que había de conseguir transformar el mundo, acabó llenándolo de fosas repletas de cadáveres, amontonados, acumulados, sin rostro ni nombre, mera carne. Nada.

Es necesario resaltar, que una fotografía –y una pintura también- es todo lo que hay, nada más. No hay más que aquello que se puede ver, aunque todo eso que se ve trascienda a la misma fotografía.

¿Por qué?

Porque su significado siempre está fuera de ella.

¿Dónde?

En el relato.

Esos tres cadáveres de la fotografía, al mantener todavía una cierta dignidad hacen más evidente todavía su mera inercia, eso que solamente tienen los cuerpos inanimados.

Esa inercia es el truco.

Es el resultado de un mal número de ilusionismo.

La muerte es eso, el truco. La inercia de la vida. La vida inerte.

El truco desvelado.

Cuando ya todo pierde interés.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El peletero/L'aigua beneïda




18 Julio 2007


L'Aigua beneïda


Des d’una balconada
D’un segon pis
D’una casa
D’un carrer sant de Barcelona,
Un nen de cinc anys s’orina
Al damunt d’una parella
De policies ociosos.

Mentre l’aigua beneïda
Els espavila i emprenya,
el nen mira al cel
i es menja el núvols.

La seva mare prenyada,
Enfeinada cosint,
No se’n adona del què passa,
però el fetus que duu a dins,
pica de mans
i es fa un fart de riure.

(el peletero)


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EL AGUA BENDITA

Desde un balcón
de un segundo piso
de una casa
de una calle santa de Barcelona,
un niño de cinco años se orina
encima de una pareja
de policías ociosos.

Mientras el agua bendita
los espabila y enoja,
el niño mira al cielo
y se come las nubes.

Su madre preñada,
atareada cosiendo,
no se da cuenta de lo que sucede,
pero el feto que lleva dentro,
aplaude
y no para de reír.

(el peletero)
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Para todos ellos y para todos los demás.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El peletero/Con el pulgar y el índice



14 Julio 2007

Con el pulgar y el índice se debe asir la cuchilla para cortar. Mientras tanto, el dedo meñique ha de apoyarse en la piel, inmovilizándola con la suficiente fuerza para que no se desplace ni se mueva. La otra mano la sujeta y la tensa desde el otro extremo, levantándola ligeramente del tablero en el punto donde la cuchilla ya está cortando. Así evitamos aplastar el pelo y cortarlo. Pues ése es el fin, cortar solamente el cuero y ni uno solo de los pelos.

La luz por debajo de los ojos, iluminando únicamente las manos que son las que trabajan.

De pie.

Se permite escuchar música, y antiguamente también se permitía cantar. Incluso improvisar y cambiar la letra original de la canción para que luego fuese respondida con ingenio y picardía por algún otro de los compañeros del taller. De esa manera se establecía una conversación cantada, llena de perspicacia, sutil o no, pero plena de chispa y agudeza.

Las canciones de las zarzuelas eran muy solicitadas, tangos, rancheras, habaneras y los últimos éxitos de la radio.

Mi padre trabajaba en un palacio que hubiera hecho las delicias de Visconti. En aquellas salas enormes, de paredes y techos estucados y pintados con escenas primaverales y mitológicas, había un taller de peletería donde trabajaban más de cuarenta personas.

Los colores de las pinturas estaban llenos de humedad y suciedad. Y toda una parte del edificio estaba deshabitada y desocupada. Inmensos salones vacíos sin luz eléctrica y con las ventanas casi atrancadas y trabadas de no abrirse nunca. Mi hermano y yo jugábamos a ser príncipes con peluca y polvos en el rostro, o piratas con loro caribeño multicolor, sables y parches en el ojo para seducir a damas con miriñaques, polisones y aquellos extraordinarios escotes que les elevaban los pechos hasta casi la misma nuez. Nos reíamos contándonos cómo deberían parecer aquellas señoras desnudas y desprovistas de tanto velamen y arboladura en su cuerpo. Viejas goletas a punto de hundirse a la más mínima ventolera.

En el centro había un patio que también era un jardín.

Que nadie cuidaba.

Y que no tenía nada de secreto.

Era mucho mejor que eso, estaba verdaderamente abandonado.

Escondido en él, oías a las máquinas de coser pieles acompañar con su taladro las “capellas” que cantaban desde el taller.

Había lagartos, ratas, arañas y pájaros.

Y era la fuente de luz natural de todo el palacio.

Y su pozo de ventilación.

Y un día entró desde él, tal vez arrastrado por una ráfaga, y sin casi apenas saber volar, un jilguero muy joven que mi padre atrapó lanzándole una piel, que le cayó encima como una red.

El dueño de aquel jilguero, del taller y de la tienda que había en los bajos, era un judío rumano que huyendo de los nazis, había conseguido refugiarse en España y hacer una fortuna.

Mucho tiempo después se mató de un disparo en la sien. Le gustaba jugar al póquer y apostar fuerte y un día lo perdió todo.

En estos casos el pulgar es importante para asir bien la culata y el índice para apretar el gatillo. Si quieres ser teatral puedes estirar el meñique. Queda ridículo a la hora de tomar el te. Pero yo jamás osaría criticar tal amaneramiento en la soledad que te envuelve cuando vas a dispararte un buen pedazo de plomo en pleno cerebro.

En momentos tan delicados como ésos, tienes derecho a cualquier cosa.

Pero es triste saber que, con los dos mismos dedos con los que apenas sostienes el lápiz, apresas el dinero, admiras el diamante y la perla que deseas, o tomas la píldora que te cura, sean también los dos que te matan, si tú quieres.

En cambio, si ella quiere, podrá enseñarte y tú aprender, qué más cosas delicadas pueden hacer un pulgar y un índice bien sincronizados. También tiene que ver con la muerte, porque todo lo importante tiene que ver con ella.

Aunque en este último caso sea, como dicen los franceses, la pequeña muerte.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El peletero/¿Por qué sonreía?



12 Julio 2007

Mariano tenía un mulo que arrastraba su viejo carro de madera.

El mulo no tenía nombre y a mí tampoco se me ocurrió ponerle ninguno, tal vez porque me hubiera gustado mucho más tener un burro, pero son demasiado inteligentes, y tienen una belleza propia, humilde y graciosa, equiparable a la de los caballos, y nada de eso era lo que mi tío Mariano necesitaba.

Un día pasó la Guardia Civil escoltando a un preso. Vapuleado, sucio, con la cara llena de moratones, los labios gruesos y partidos y la sangre seca, negra y pegada a una piel morena. Era bastante más joven que mi tío y recuerdo que tenía un flequillo largo que casi le llegaba hasta los ojos, a punto de taparlos.

Flaco, alto, y con los pómulos que se le marcaban claros en el rostro y que nos mostraban su hambre.

Camisa blanca desabrochada, pantalones negros y unas alpargatas medio rotas.

Tenía los ojos oscuros y quizás era gitano, o eso decían algunos, no sé.

¿Por qué sonreía?

Sus dientes eran tan blancos como aquella única nube que flotaba por encima de nuestras cabezas. Pequeña, redonda, algodonosa, solitaria, y con alguna de sus puntas que ya empezaban a estar grisáceas, a neblinear.

Todo el pueblo, alrededor de quinientas personas, había salido para verlos pasar.

Frente a mí, al otro lado de la calle, a cinco metros escasos, apenas asomada y medio escondida detrás de la puerta de su casa, Montserrat, tan rubia y bonita como siempre, me miraba con arrogancia y un ligero desdén.

Yo todavía era un niño a punto de no serlo, y ella hacía muy poco que ya era una mujer que sin saber nada ya lo sabía todo.

¿Por qué me miraba con aquel desdén?

Aquella noche oí a Mariano reñir con mi tía. Tampoco vino el novio de mi prima a buscarla como hacía siempre. Ella debía de estar enfadada por algo y a mí me hicieron acostar pronto.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano y acompañé a mi tío con su carro y el mulo a recoger cebollas.

Cebollas redondas, cobrizas, de piel tan frágil y quebradiza que apenas te permite acariciarlas. Olorosas y transparentes por dentro, pero que por mucho que las mires nunca llegas a ver su centro y por mucho que las desnudes tampoco. Envueltas en mil velos o capas, terminas cansado o decepcionado.

O haciendo un buen sofrito con un hermoso pimiento rojo y algo de tomate.

Yo hacía lo que mi tío Mariano me mandaba mientras el mulo descansaba y el sol se iba elevando inmisericorde.

Al mediodía ya estábamos de regreso. Después del almuerzo el pueblo cerraba todas sus puertas, las calles se vaciaban y todo el mundo se ponía el pijama para dormir la siesta.

Refugiados del sol y del calor trataban de dormir y descansar, o eso decían que hacían.

Excepto quizás algún anciano al que ya se le había enfriado la sangre.

lunes, 15 de diciembre de 2008

El peletero/¿Quieres verla?



7 Julio 2007

¿Quieres verla?, me preguntó.

Con la más absoluta naturalidad del mundo, Mercedes me estaba preguntando si quería ver la cicatriz que la cirugía le había dejado al extirparle el pecho derecho.

Sí, le respondí confundido.

Y ella, tranquila y espontánea, se desabrochó la parte derecha de su blusa, se bajó el sujetador y se sacó la prótesis de quita y pon que llevaba.

Y allí estaba.

No existe otra palabra, ni se puede inventar ninguna metáfora, que consiga sustituir a “cicatriz”. La letra zeta que la termina ya de por sí lo es, la última del abecedario, restañando su cuerpo sin compasión desde el esternón hasta la axila.

Lo mejor que podía hacer era mantenerme callado. Y eso hice mientras miraba hipnotizado aquel valle en su carne.

Pero mi silencio no era lo mejor que podía ofrecerle. Sin preguntárselo ni pedirle permiso, le quité el resto de la blusa que le cubría el lado sano y desabroché su sujetador que cayó al suelo.

Ella no se inmutó ni me lo impidió, y con la misma tranquilidad me dejó hacer.

Así era ahora Mercedes, una de mis numerosas primas, hija pequeña de la hermana mayor de mi madre, una mujer de cuarenta y seis años, desnuda de cintura para arriba frente a mí, su primo, bastante más joven que ella.

Ambos en silencio. Yo desconcertado y deslumbrado, y ella valiente y orgullosa.

Al cabo de un breve rato que transcurrió muy lentamente, recogí el sujetador, le di las gracias y me fui.

No estaba muy seguro de qué era lo que acababa de suceder. Es difícil saberlo cuando acabas de contemplar el hachazo que parte a Dios en dos mitades asimétricas.

Porque ésa es la verdad, Dios puede que sea perfecto, pero seguro que es asimétrico.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El peletero/Luz de mandarina



4 Julio 2007

En la madrugada del 25 de julio de 1938, atravesaba el río Ebro una barquita a remos que llevaba pintada en ambos lados, a babor y a estribor, el nombre de Bienvenida, mi madre.

Lo había pintado un muchacho de apenas 18 años del Ejército Republicano español llamado Rafael.

Bienvenida le escribía cartas para que no se sintiera tan solo. A ella le gustaba escribirle y a él recibirlas.

Rafael y Bienvenida se habían conocido meses antes al casarse un hermano de él con una hermana de ella.

Aquel 25 de julio y los días siguientes, murieron en el frente muchos de estos jóvenes, entre ellos un hermano de Bienvenida, Juan, que luchaba en el otro bando. Un obús le dejó sin piernas y sin vida.

El campo de Tarragona es áspero y la tierra seca, el Ebro la corta sin dañarla, y te obliga a construir puentes si quieres proseguir tu camino y no quedarte mirándolo pasar. Ver quemarse un leño puede ser ensoñador, pero ver pasar un gran río... El fuego te engaña al hacerte creer que el presente es eterno, pero el devenir de un río te señala cual es el futuro, y eso es algo siempre difícil de comprender.

Rafael y todo su pelotón de soldados lo cruzaron en esa barquita en la que había pintado con amorosa esperanza el nombre de mi madre, y ellas dos, la barquita a remos y Bienvenida, lo devolvieron sano y salvo a casa. Asustado, pero vivo.

Yo todo eso lo supe siempre por boca de ella, pero lo supe también por boca de él, tres meses antes de su muerte.

- ¿Sabes que me voy a morir muy pronto?

- Sé que estas muy enfermo.

- ¿Te gustan los tangos?

- Me gustaría mucho saberlos bailar.

- Yo los cantaba por los bares con una guitarra vieja

Ese preámbulo de conversación lo tuvimos Rafael y yo en los jardines del restaurante donde se celebraba el almuerzo por la Primera Comunión de los dos nietos de su hermano, el que estaba casado con la hermana de mi madre.

Era primavera y aquellos jardines tenían el césped muy bien cuidado. Todavía no hacía mucho calor. Él había salido del comedor para descansar del bullicio, de la música y del humo. Arrastrando una silla se había buscado una buena sombra debajo de algún árbol.

Y la había encontrado frente a unos viñedos. Ante él se extendían unos espléndidos campos que muy pronto habría que vendimiar. Los dueños del restaurante decían que sería un buen año de vinos. Era bonito ver esa naturaleza alterada por el hombre, nada salvaje, hecha a su medida, esa naturaleza pacífica y esas viñas más viejas que el tiempo.

- Así enamoré a mi mujer, cantándole tangos.

- Y a mi madre, ¿cómo la enamoraste?, ¿a ella qué le cantabas?

- Música francesa, Piaff, Charles Trenet y esas cosas que parecen menos canallas. Tu madre nunca ha sido muy arrabalera.

- Tienes razón, nunca lo ha sido, pero estoy seguro que siempre lo ha deseado. Su padre, mi abuelo, sí que lo era.

- Al menos un poco más atrevida, ¿verdad? Tú eres su hijo, la conocerás mejor que yo.

- Pues no estoy muy seguro.

- ¿Has hecho alguna vez una lámpara?

- ¡Claro!, me enseñaste tú, de aceite de oliva dentro de media cáscara vacía de mandarina y con el rabito interior haciendo de mecha, son bonitas y los niños ponen unos ojos como naranjas cuando las ven, y si apagas las luces mucho mejor. Es una luz perfumada de mandarina.

No recuerdo por qué salí del comedor de aquel restaurante para encontrarme con él, pero sí que llevaba un apestoso puro en la boca, mi traje era de un azul muy oscuro y la corbata gris con dibujos amarillos. En aquella época las cosas me iban bien y me sentía seguro, pero saber que Rafael se estaba muriendo me entristecía de una manera muy extraña. Yo creo que fui a encontrarlo, no fue ninguna casualidad.

Siempre he apreciado y he buscado a esos que ya nadie llama padrinos. Y siempre los he hallado. Uno fue Mariano, el hermano de mi padre, otro Eduardo, un hermano de mi madre. Y también Rafael, y aunque el trato era más esporádico, siempre fue alguien que supo influir en mí, o quizás yo dejé que lo hiciera que para el caso es lo mismo.

A ellos les confiabas cosas que a nadie más contabas. Y sus palabras y consejos eran siempre seguidos sin discutir.

O quizás porque su hija era algo especial. Única. Los hijos a veces también enaltecen a los padres, y no solamente al revés. Si algún mérito tuvo Rafael en su vida fue ser el padre de aquella mujer. Ella hacía mejor a su padre, y él la hacía mejor a ella. Sin duda merece un capítulo aparte, pero ahora no es el momento.

Durante el día pintaba paredes y por las noches cantaba tangos por los bares. Era un hombre extraordinariamente guapo y atractivo. Una buena síntesis entre Omar Sharif y Georges Moustaki. Años más tarde creó una pequeña fábrica de lámparas que al cabo de bastantes años provechosos lo acabaron arruinando. A partir de entonces las únicas que fabricaba eran sus mandarinas perfumadas de luz. No tuvo nietos.

Cuando nos notificaron su fallecimiento, mi madre se pasó todo el día llorando desconsoladamente. Mi padre no dijo nada, no se atrevió, pero seguro que se preguntó si a él le lloraría igual.

- ¿Por qué todavía no te has casado?

- Porque tu hija me ha dicho que no.

- Pero hay más mujeres que mi hija.

- Sí, pero todas las que me gustan son como ella, por eso todas a las que pregunto me dicen que no.

- Eso es lo que yo no hice, busqué a una que sabía que me diría que sí.

- ¿Te arrepientes?

- Antes sí, ahora, como te puedes imaginar, ya no.

- Yo tampoco me arrepiento que me digan que no. Duele mucho, pero vale la pena.

- Sí, valió la pena. Esa es la clave.

- ¿Cuál?

- Decir que no.

Me reí y dije:

- Sí. (…) Ésa es.

Y ambos nos reímos.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El peletero/La Florida



30 Junio 2007

EL PELETERO

La muchacha vestía un qpao chino muy corto,
de seda amarilla con flores rojas bordadas y filigranas de plata.
El cabello lo llevaba recogido atrás en un moño clásico
con una rosa también roja en la oreja derecha.

Las paredes estaban repintadas de verde y rojo.
Satinadas.

Brillantes, relucientes y bruñidas,
las lámparas colgaban de ellas alumbrando el techo vacío,
o encima de las mesitas iluminando medio palmo cuadrado de mantel verde-billar.

La sala era alargada y se hallaba en una calle florida.

Ese era el estilo de aquel salón de baile barcelonés.
El suelo gris y el uniforme de los camareros negro.
Ellos se mantenían siempre callados
porque les gustaba escuchar silenciosos los tangos que interpretaba la orquestra.

Ésa era su gracia.

Y ella era sevillana.

Fumaba despacio.
El cigarrillo asido entre el índice y el anular a la altura de las yemas de los dedos de uñas cortas,
los dedos estirados y no doblados, justo donde empieza el filtro.
Las uñas pintadas y el brazo izquierdo debajo del codo derecho.

El cigarrillo parecía no terminarse nunca y el humo la adornaba y la ocultaba.

Yo vestía un elegante traje oscuro,
camisa blanca y una corbata también de seda al tono de las paredes.
Los zapatos eran sencillos, negros y acordonados.

En aquella época llevaba la barba muy corta y un poco retocada en el cuello,
pero sin teñir,
totalmente blanca.

Y ningún anillo entre mis dedos.
Ella, en cambio, enseñaba tres enlazados que eran como uno,
de tres colores de oro distintos.

En sus orejas lucía dos perlas pequeñitas,
y en el empeine de su pie derecho, el del corte en el vestido, resplandecía una esclava también de oro,
sencilla, con un discreto rubí,
que descubrí más tarde hacía juego con las uñas pintadas de rojo de sus pies.

Era una andalusí alta y esbelta,
de cabellos castaños y piel clara.
No necesitaba casi maquillaje.
De pliegues sombreados,
aunque toda ella estaba soleada, aventada y aireada.
Tenía el soplo caliente.
Sabía dormir y descansar, y también sabía irse.

Era una atlante.

Medio mora y medio íbera,
medio nubia y quizás también medio maya.

Era una cereza roja,
era un ramillete de ellas,
una tras otra,
enlazadas todas,
con una aceituna negra partida
entre las piernas.

Era dulce de boca y de axila limpia.
Tenía la entrada clara, viva y abierta,
y la salida prieta, morena y fragante.

Pelos suficientes, cortos y tersos.

Ojos pintados,
tetas pequeñas,
pezones grandes
y culo ancho.

Manos finas,
y uñas cuidadas.

Parecía una almohada y una alfombra.

O una mora y una reina.

O una india y una guanche.

O una barquita de vela latina.

O una capa roja de gitana fina.

Era casi perfecta.

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EL TANGO

Because of

Las mujeres han sido
excepcionalmente amables
con mi avanzada edad.
Me llevan a un lugar secreto
de sus ocupadas vidas
y se desnudan de diferentes maneras.


Leonard Cohen

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LA FLORIDA

Ella. ¿Tienes un pañuelo?

Él. Tengo dos.

Ella. ¿Dos?, ¿para qué tantos?

Él. Uno para ti y el otro para mí.

Ella. ¿Para qué quieres tú un pañuelo?

Él. Para lo mismo que lo quieres tú, para limpiar las manchas.

Ella. Yo pensaba que los pañuelos servían para secar las lágrimas.

Él. Claro, para eso son, ¿no sabes que las lágrimas manchan?

Ella se rió.

Ella. Me gustas, pareces divertido.

Él. Gracias, tú pareces guapa.

Ella. No seas malo mi cielo. ¿Solamente lo parezco?

Él. Claro, claro, lo eres… y mucho.

Silencio sonriente.

Ella. Ven.

Él. ¿A dónde?

Ella. Aquí tonto, acércate, he de preguntarte algo al oído.

Él. No es necesario, acércate tú y bésame.

Ella. ¡Qué malo eres! Todavía no he terminado mi cigarrillo. ¿Te gustan las lenguas con sabor a tabaco?

Él. No, me gusta el tabaco con sabor a lengua. Ven.

Y fue.

Se acercó tanto y tan deprisa que él tuvo que detenerla con la palma de su mano a un palmo de sus pechos.

Ella se paró en seco.

Ella. ¿Sucede algo?

Él. No, déjame solo mirarte y…

Ella. Hay más debajo, ¿sabes?

Él. olerte…
…sí, lo sé,
pero tú aroma ya está subiendo.

Ella. ¿Te gusta eso que hueles?

Él. Me gusta tu boca.

Ella. ¿Cuál?

Él. La que veo.

Ella. ¿Y ésa que hueles?

Él. ¿Vas depilada?

Ella. De allí no.

Él. Mejor.

Ella. (…)

Él. No me gustan los de niña.

Ella. ¿Te gustan mis ojos?

Él. Sí, me gustan sus niñas.

Ella. (…)

Él. (…)

Ella. ¿Tienes sed?

Él. Mucha.

Acercándose ella, esta vez sí, hasta tocarlo.

Sus pechos se montaron encima de su corbata reluciente y él la asió por la canaladura que empieza al final de su espalda.

Ella. Bebe.

Y bebió.

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EL BANDONEÓN

El instrumento

Variedad de acordeón, de forma hexagonal y escala cromática.
Introducido en Argentina a finales del XIX por marineros alemanes.

Heinrich Band (1821-1860)

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