miércoles, 4 de febrero de 2009

El peletero/El plexo solar



6 Octubre 2007

Conducir solo un automóvil, alejándote de casa puede llegar a ser una tentación. ¿Por qué?

Las primeras horas del día, esas horas tempranas, poco habitadas, siempre son claras. El aire al menos parece limpio de colores, no huele a nada y casi ni se puede tocar. El coche vuela y lo atraviesa como si todavía no fuera aire, como si aun no fuera nada, y tú, ni siquiera nadie.

Cuando conduces solo un coche, te das cuenta de que los tramos peligrosos son los rectos y los pocos árboles que hay en ellos.

Algunos son árboles robustos, de gruesos troncos, frondosos y generosos con todos aquellos que se les acercan buscando setas, flores, frutas caídas o una refrescante sombra.

Son árboles bondadosos que se dejan grabar a golpe de cuchillo el nombre de cualquier pareja de enamorados, a pesar que ellos no lo tienen. No tienen nombre. No tenerlo es la diferencia fundamental entre los animales y los vegetales. Los primeros son susceptibles de tener uno. En cambio, los segundos no. Aunque sin duda alguno habrá que haya sido bautizado.

Sin embargo nunca se nos ocurre que un ser humano no pueda tener uno.

No hace demasiado, tuve la oportunidad de leer -casi de una manera sorpresiva, y falsamente furtiva- un texto de una despedida amorosa. En ella, su autora hablaba del plexo solar, y lo identificaba como el lugar donde residían muchos de los dolores de su alma.

El plexo solar debe ser algo así como el centro del mundo. Algunas personas concentran en él esa clase de males y esperan que el tiempo sea benévolo con ellas permitiendo que desaparezcan igual que las nubes tras una tormenta.

De tormentas, recuerdo muy vivamente una de tropical que nos obligó a parar a un lado de la carretera el auto que habíamos alquilado, mientras la tormenta caía y no cedía. Paramos porque no éramos capaces de ver nada a un palmo del parabrisas del coche de tan abundante como era la lluvia. Paramos y esperamos mientras el suelo, que era de tierra, iba cediendo y el auto se hundía cada vez más en algo que se parecía mucho a unas arenas movedizas.

Además de los amigos fieles, en casa hemos tenido otros de menos íntimos, amigos también, personas entrañables, bondadosas y dignas de confianza. Amistad puesta a prueba y superada con creces, pero en la que, por alguna u otra circunstancia, no llegamos a profundizar verdaderamente, tal y como nos hubiera gustado a los dos.

Uno fue un peletero como nosotros, y el otro un médico, nuestro médico de cabecera.

El peletero se llamaba Antonio, estaba divorciado y era uno de esos hombres que uno no entiende cómo siguen viviendo solos, dando por supuesto y equivocadamente, que las mujeres deberían hacer cola tras la puerta de su casa para pedirle una cita. El caso es que Antonio era un hombre, alto, fuerte, guapo y atractivo, que sonreía amargando el rictus del labio inferior. Era dulce de palabra y parecía susurrar con un fondo ronco en su garganta.

Casi de la noche a la mañana se arruinó. A nosotros nos debía dinero, no mucho, pero algo.

Y un día su coche se salió de la carretera en plena recta y se mató.

Todos sabemos que no fue un accidente. No lo fue. Y ahora, por motivos que no vienen al caso, todavía estoy más seguro de ello.

Me gustaba su forma de hablar callada, su parecido con Johny Cash, su aspecto tranquilo y su gabardina siempre arrugada. Y me gustaban las conversaciones que tenía con mi tío Eduardo, ambos sentados en sendas sillas, cara a cara, de frente y sin ninguna mesa que los separase. Sus rodillas a un palmo de las del otro. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, y yo, a tres metros de distancia de ellos, tres metros para tener una buena perspectiva de la escena. De pie, callado y escuchando.

Dos hombres guapos hablando de la vida y de la muerte, y por supuesto de negocios y de dinero, pero jamás de mujeres.

Esa fue una de las cosas que aprendí de ellos. Cuando hablan dos hombres, nunca lo hacen de mujeres. No es ningún tabú, ni pudor, vergüenza o machismo. Simplemente no hace al caso.

Eso que afirmo puede parecer inverosímil o poco creíble, pero es cierto. Naturalmente hay que decir también, que no todo aquél que lleva pantalones es un hombre, ni todos los hombres llevan pantalones.

Se ha de entender que estoy hablando de algo especial, hablo del desasimiento, pero lo hago como nota al margen, nada más. Hoy no toca decir nada de él, quizás otro día.

Ahora los dos están muertos, mi tío Eduardo de cáncer, y de Antonio aun debe quedar algo de él incrustado en aquel árbol contra el que se estrelló, el único que había en toda la recta. Supo elegir, era un árbol fuerte y hermoso. Hubieran podido muy bien haberle enterrado allí, bajo la protección de su sombra, anónimo, desasido y elegante como había sido su vida.

Nuestro médico de cabecera se llamaba José Luis, fue un aragonés adusto y algo destemplado. Al poco de casarse y terminar los estudios se fue a Liberia. A esa Liberia que ahora está llena de niños soldados con sus almas y cuerpos quebrados y mutilados.

De él diré poco porque no sé si estoy todavía preparado para ello. Era un tipo de hombre difícil de definir. Le gustaban los westerns, nos dijo un día, y sin decir más comprendimos qué quería decir y cuál era su carisma al ver que sus ojos acuosos se abrían más de la cuenta y pasaba rápidamente a hablarnos de África. A un lado de su mesa tenía una fotografía de su familia, de su esposa Blanca y de sus hijos, y al lado de ésta, otra de una niña liberiana, vestida con uno de esos vestidos africanos, drapeados, llenos de colores y sonriendo coqueta al fotógrafo. O puede que fuera una niña de Ghana, país donde había fundado un hospital.

Nuestro médico también murió. Del corazón, que según parece no cuidaba lo que debía, “ni hacía lo que sabía debía hacer”, nos dijo su esposa el día del sepelio. No sé transcribir exactamente sus palabras y no quiero traicionarlas, pero por su tono, sospecho o creí entender que ése “no cuidarse” fue una actitud algo premeditada. Como un desasimiento también. Una especie de pesimismo metafísico, a pesar de ser una persona creyente.

Todo eso son ensoñaciones y misterios ya insolubles y también indisolubles en cualquier agua por más limpia y transparente que mane de la fuente.

El sol sale cada día y de tanto salir casi no nos fijamos en él, no le prestamos atención, excepto cuando algún hecho colateral nos enaltece el ánimo o nos hunde en la noche en pleno día.

Mientras tanto, los árboles continúan sin tener nombre.

En el tronco de un árbol una niña
grabó su nombre henchida de placer.
Y el árbol conmovido allá en su seno
a la niña una flor dejó caer.
Yo soy el árbol conmovido y triste.
tú eres la niña que mi tronco hirió.
Yo guardo siempre tu querido nombre,
¿y tú, qué has hecho de mi pobre flor?


¿Y TÚ, QUE HAS HECHO? (Buena Vista Social club, Eusebio Delfín)

martes, 3 de febrero de 2009

El peletero/Bullshit y el Gato viejo. (y 2)



4 Octubre 2007

SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA

De momento dejaremos a las prostitutas tranquilas y nos centraremos en el tahúr.

Y de esa forma aprovecharemos de paso, para hablar de otro delicioso libro, llamado “La ciudad de las patrañas” del director de teatro y de cine norteamericano David Mamet, y más concretamente de su primer capítulo. “Joyas de la biblioteca de un jugador”

En 1.987 Mamet dirigió una muy buena película titulada, “The House of Games”, interpretada por Lindsay Crouse y Joe Mantenga. Ella interpreta a una psiquiatra que se ve atrapada, casi por propia voluntad, en las redes de unos estafadores y jugadores de ventaja.

El mismo David Mamet nos cuenta de él una pregunta aparentemente insignificante que su padre le formuló, al anunciarle una tarde, que iba a jugar a las cartas.

¿Todavía juegas?”, le preguntó. ¿Tenía esa pregunta algún significado escondido? Mamet se responde y nos indica que:

“Lo que mi padre quiso decir fue lo siguiente: ¿Todavía necesitas las restricciones artificiales de un juego de reglas fijas? ¿Todavía necesitas un campo delimitado, y no te das cuentan de que el Juego tiene lugar constantemente a tu alrededor?”

Así pues, hemos de saber determinadas cosas sobre la realidad de la vida que las cartas nos pueden enseñar para poder salir, más o menos, bien librados de ella. Mamet hace una muy buena relación de consejos, avisos y anécdotas.

Empezaremos recordando que Ricky Jay, en su libro, “Las cartas como armas”, nos advierte que:

“Las artes marciales siempre han insistido en el control espiritual basado en la destreza física y mental: Los juegos de cartas se prestan maravillosamente bien a este proceso”.

Continuaremos con los hermanos Bert y Bart Maverick y leeremos en su libro de título poco original, “El póquer según los Maverick”, una buena anécdota:

“Un forastero entra en una partida de póquer y liga una escalera de color. Apuesta y pone todo su dinero en la mesa. Su adversario enseña un dos, un cuatro, un siete, un nueve y una sota de distintos palos y empieza a arramblar con el dinero. Nuestro amigo, incrédulo, señala su escalera de color y protesta. El otro señala un letrero en la pared que dice “2-4-7-9-sota hacen un Gato Viejo. El Gato viejo gana a todo.””

La conclusión de los hermanos Maverick es la siguiente:

1) “Hay que conocer las reglas.
2) Cuando algo es demasiado bueno para ser cierto es que no es cierto.

Cuando juegas el juego de otro lo más seguro es que acabes pagándole.”

Son buenos consejos, sin duda, y también lo son los que nos regala Herbert Yardley en, “La educación de un jugador de póquer”, cuando afirma sin pestañear que:

A) “Si no tienes nada, retírate.
B) Si te van a ganar, retírate.
C) Si tienes la Mejor Jugada, hazles pagar.”

Naturalmente, para que todo ello sirva de algo hemos de ser conscientes para qué estamos jugando. Y eso nos lo recuerda Frank Wallace en, “Conceptos avanzados del póquer”.

El señor Wallace deja bien claro que:

“El objetivo del juego es ganar dinero. El buen jugador ha de querer ganar “Todo el dinero”, y que para logarlo debe:

“Aprovechar cualquier ventaja legítima, teniendo en cuenta que: se considera ventaja legítima todo aquello que no sea manifiestamente ilegal.”

El libro de Wallace también nos recomienda que, uno debe convertirse en el alma de la partida casera (o amistosa), que uno debe procurar ganarse la fama de servicial y al mismo tiempo una imagen de imparcialidad.

Continúa diciéndonos que debe hacerse cargo de las pequeñas cosas y decisiones. Solamente así conseguirá al final decidir en las grandes, en las importantes y elegir de esta manera el lugar, la hora e incluso la comida.

Lo más gracioso es la manera que él propone para conseguir todo eso tan difícil. El método es lo que él llama “el viejo truco de hervir una rana”. No hay que meter la rana en agua caliente, porque escapará de un salto. Se mete en agua fría y se va calentando muy, muy despacio.

A continuación David Mamet nos enseña algo que yo siempre procuro llevar a la práctica. Y es que uno puede aprender de cualquier cosa enseñanzas que te pueden servir para lo más insospechado.

De esta manera Mamet llega a una conclusión muy interesante basándose únicamente en un libro para entrenar perros, “El perro doméstico” de Richard Wolters.

La conclusión del libro es obvia, y lo es tanto que puede pasar desapercibida. “Para adiestrar al perro hay que ser más listo que él, anticipándose a sus necesidades y aprovechando sus querencias”.

Mamet afirma muy convencido que solamente así evitaremos “el menos apasionante de los Descubrimientos Familiares: descubrir quién es el que manda”.

Pero de todas estas recomendaciones, la que a mí me parece más útil es la que sin temblarle la lengua, nos ofrece Herbert Yardley:

“Echa un vistazo a la mesa y averigua quién es la Víctima; si no puedes localizarla, es que eres tú”.

En este sentido y a estas alturas creo que queda muy claro que uno no puede ganar si no está dispuesto a perder. Y que aunque el propósito sea ganar “todo el dinero”, es conveniente también dar buenas propinas. Solamente así comprenderemos bien la historia que nos cuenta y que circulaba en su niñez y tratar al mismo tiempo de entender que una de las claves de la vida es precisamente esa, dar buenas propinas.

Esa historia nos dice que a un gran jugador llamado Thomas Preston (Amarillo Slim) que jugaba en Arabia, la mafia le propuso protección y la garantía de cobrar sus ganancias a cambio de un 25 % de ellas. Slim aceptó sin pensárselo dos veces. La razón, decía ése Slim, era que siempre es mejor jugar tranquilo, que con el ánimo alterado.

Mamet termina citando a un tal Andrews, para justificar sin sofismas esta retahíla de anécdotas afirmando por boca de ése gran jugador que:

“lo anterior puede servir de advertencia a los incautos carentes de malicia y puede inspirar a los habilidosos, enseñándoles artimañas…

Pero no volverá crueles a los inocentes, ni transformará en un profesional al que juega para pasar el rato; ni hará listos a los tontos, ni reducirá la cosecha anual de primos”.


Pero David Mamet sí que realmente termina el capítulo, al reconocer que en realidad ya no juega a las cartas, y que se está acercando a la edad que tenía su padre cuando le hizo aquella pregunta cargada de ironía.

Tal vez por eso nos aconseja en su última frase que: “Fíate de todo el mundo, pero corta la baraja”.

Nosotros diremos poca cosa más. Nos limitaremos ha constatar la evidencia histórica que los ingleses, aunque tal vez no sean los mejores, cuando se trata de explicar la cruda realidad, no los gana nadie. Al menos eso era así hasta no hace mucho. La expresión “mierda de toro”, es una buena prueba de ello.

Me gusta su contundencia.

Y afirmar también, que más veces de las que desearíamos, nos las hemos de ver con un buen pedazo de mierda de toro entre las manos. O… tener que besar por obligación, o por equivocación, el culo de un toro.

Desgraciadamente yo he tenido que besar más de uno a lo largo de mi vida. Sin embargo no me consuela saber también que las vacas no son mejores, la verdad es que no lo son. Lo sé.

sábado, 31 de enero de 2009

El peletero/Bullshit y el Gato viejo. (1)



3 Octubre 2007

PRIMERA PARTE

Me siento afortunado al tener como buena vecina a una mujer, que como yo, intenta llevar a delante una tienda. En su caso es una librería pequeña y muy especializada en un tema que ahora no viene al caso. Es una muchacha encantadora y simpática, reservada, pero de conversación amena. Periódicamente nos visitamos y charlamos, y ella siempre tiene la delicadeza de regalarme un ejemplar de una revista que edita , junto con más colaboradores.

Cada dos o tres meses, pasa por mi tienda y me encarga presupuestos de pantalones, chaquetas o camisas de cuero a medida, para ella misma o para amigos a los que quiere hacer un regalo.

El último de esos posibles regalos era una corbata de cuero negro, estrecha y con un pespunte de hilo blanco en su centro y a todo lo largo, dijo que era para una amiga. Las mujeres están muy hermosas y sexis cuando se visten de hombre, y si además es con cuero negro todavía mejor.

La cuestión importante es que ninguno de estos “regalos” o encargos ha llegado a materializarse. Nunca.

¿Será que soy caro?, no, si lo fuera no insistiría y además a ella casi se lo vendo al coste. No soy caro. Al mismo tiempo, después de cada consulta y después también de recibir mi presupuesto, no responde nunca, ni sí, ni no. No responde nada a no ser que yo pregunte. Ya no lo hago, pero al principio sí preguntaba. Entonces sus palabras eran evasivas, dilatorias y vagas, posponiéndolo todo a una futura respuesta que nunca se producía.

Ahora me limito a escuchar lo que quiere, la atiendo lo mejor que sé, le enseño calidades, colores y le hago el presupuesto, que ella recibe contenta y agradecida, prometiéndome siempre que en pocos días me dará una respuesta. La respuesta nunca se produce, ni yo la espero.

Esta es una circunstancia un poco fastidiosa, pero inocente. Nadie resulta dañado, ni poco ni mucho. Sin embargo, eso no es óbice para que llamemos a las cosas por su nombre, y a eso se le llama “bullshit”.

A eso y a otras cosas.

Harry G. Frankfut, uno de los moralistas norteamericanos más importantes, tiene un librito delicioso titulado así, “On Bullshit”. Su lectura es recomendable, instructiva y muy amena.

La traducción correcta en castellano es “CHARLATANERÍA

Frankfurt casi identifica eso que él llama “charlatanería” con “paparrucha”, en inglés “humburg”, y la definición que de esta última hace Max Black en, “The prevalence of humburg”.

De ella dice Black:

"PAPARRUCHA: tergiversación engañosa próxima a la mentira, especialmente mediante palabras o acciones pretenciosas, de las ideas, los sentimientos o las actitudes de alguien.”

Nosotros pensamos que se debería tener en cuenta la palabra PATRAÑA, aunque ésta quizás esté demasiado cercana a la mentira y a la invención fabulosa tal y como dice la Real Academia Española de la lengua.

Frankfurt advierte la importancia clave de que cuando alguien tergiversa cualquier cosa, ha de estar forzosamente tergiversando también su propio estado de ánimo.

Él dice: “Es posible por supuesto, que uno tergiverse solamente eso (por ejemplo, fingiendo que tiene un deseo o un sentimiento que realmente no tiene)” Y continúa diciendo que en el supuesto de una mentira o de cualquier otra tergiversación, lo está haciendo de dos cosas al mismo tiempo, la cosa en sí tergiversada y su estado de ánimo.

Para profundizar en su “investigación” Frankfurt recurre a Wittgenstein (como casi todo el mundo) cuando éste cita un poema de Longfellow:

In the elder days of art
Builders wrought with greatest care
Each minute and unsee part,
For the Gods are everywhere.


La cita es muy pertinente al querer resaltar el trabajo mal realizado y descuidado como análogo a la charlatanería. Ella es poco exigente, nos dice, y no busca la perfección. Es zafia.

En España tenemos un libro muy interesante de Oscar Tusquets “Dios lo ve”, dedicado precisamente al trabajo bien hecho.

Frankfurt nos recuerda que la palabra shit (mierda), de bullshit, no es precisamente un producto de diseño, es algo expelido, expulsado, echado y filtrado, limpio de alimento. El charlatán es un lanzador de mierda, en el sentido de desprenderse de algo. Un enunciado al que le ha quitado la verdad. Su actitud es laxa, desaliñada.

Wittgenstein fue una persona muy especial en su lucha contra el sin sentido, nos señala Frankfurt. Un caso extremo, muy extremo, es la anécdota que su amiga Fania Pascal relata en: “Wittgenstein: A Personal Memoir”

“Me acababan de extirpar las amigadlas y me hallaba en el Evelyn Nursing Home con el ánimo por los suelos. Entonces llamó Wittgenstein. Yo gruñí: “Estoy como un perro al que acaban de atropellar”. Él respondió con fastidio: “Tú no tienes ni idea de cómo se siente un perro atropellado””.

Indudablemente Wittgenstein era un bromista sin sentido del humor, algo siempre muy penoso y desagradable. Él no sabe entender que su amiga únicamente trata de hacer una hipérbole, una simple metáfora. También pensamos que Frankfurt habría de haber elegido un ejemplo mejor, más ajustado a lo que él trata de dilucidar y explicarnos. Pero elige ése, invitándonos casi, a utilizarlo solamente como ejercicio retórico, y a olvidarnos de la nula capacidad que Wittgenstein manifiesta para interpretar una simple figura poética.

Así lo haremos, seguiremos el juego del señor Frankfurt, y señalaremos de pasada una obviedad, que la inteligencia es un prisma con múltiples caras y Wittgenstein es una buena prueba de ello.

Así pues, para lo que hace al caso y según Frankfurt. “la cuestión es más bien que, hasta donde Wittgenstein puede ver, Pascal ofrece una descripción de un cierto estado de cosas sin atenerse verdaderamente a las exigencias que impone la empresa de brindar una adecuada representación de la realidad. Su falta no estriba en que no logre presentar las cosas correctamente, sino que ni siquiera lo intenta”

“A ella no le interesa el valor veritativo, es ajena a todo interés por la verdad, por eso no considera que esté mintiendo; pues ella no presume de conocer la verdad y su afirmación no se basa ni en la creencia de que es verdadera como correspondería a la mentira”

“Es precisamente esa ausencia de interés por la verdad –esa indiferencia ante el modo de ser de las cosas- lo que yo considero la esencia de la charlatanería”, Dice Frankfurt.

También nos señala muy acertadamente, que cuando se miente de una manera eficaz, el mentiroso debe necesariamente conocer la verdad. En cambio el charlatán no miente respecto a los hechos y sí sobre su propósito, tergiversa su intención.

Para el charlatán, la verdad no tiene importancia, ni siquiera sabe qué es, prescinde de ella y de “cómo son realmente las cosas de las que habla”.

“Es imposible mentir si uno no cree conocer la verdad. Producir charlatanería no requiere semejante convicción. Una persona que miente está respondiendo a la verdad y en ese sentido, es respetuosa con ella”

Pero el charlatán, “No rechaza la autoridad de la verdad, ni se opone a ella. No le presta ninguna atención en absoluto. Por ello la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”

Frankfurt concluye que la charlatanería aparece inevitablemente siempre que se exige a alguien a hablar de lo que desconoce. Y yo añadiría que es así y que esa es la razón por la que todos somos algo charlatanes cuando hablamos de nosotros mismos.

La tentación de mentir, charlatanear y farolear sobre nosotros es grande, pues tal vez es la única cosa que podemos hacer respecto a nosotros mismos.

Aquí hemos introducido un concepto nuevo, “FAROLEAR”, más cercana a la charlatanería que a la mentira, al haber en ella un propósito de falsificación más que de falsedad. Frankfurt distingue ambas cosas cuando afirma que una falsificación no tiene que ser necesariamente inferior a la cosa real. La mentira sí lo es.

Lo que no es auténtico no tiene por qué que ser defectuoso, nos viene a decir Frankfurt.

Llegados a este punto uno no puede evitar hacer un elogio de la prostituta y del tahúr. Ambos son charlatanes, aunque los beneficios o desgracias que nos pueden aportar cada uno son bien distintos.

Fin de la primera parte.

viernes, 30 de enero de 2009

El peletero/Con el labio partido



29 Septiembre 2007

ALGUNAS LÁGRIMAS, LA FOTOGRAFIA, Y UN MINI RELATO ERÓTICO.

En este mundo nuestro en el que se desarrollan las circunstancias de nuestra vida, casi siempre difícil, dura y poco agradecida, solamente hay dos cosas serias y comprometidas, a saber: los toros y el sexo.

Únicamente en ellos dos, la Vida es al mismo tiempo Arte.

En ambos se vive y se muere de verdad… y también se mata y se deja vivir.

Empezaremos por la primera, los toros.

El pasado día 23 de septiembre de 2007, se despedía de España Julio César Rincón, torero colombiano, nacido en Bogotá. Y lo hizo en Barcelona.

A propósito de esa corrida de toros de la Mercè, en la Monumental de Barcelona, y en la que también participó José Tomás, Joaquín Luna periodista de la Vanguardia, al día siguiente, escribe:

“Circula una teoría en Barcelona –nocturna y acientífica- según la cual las mujeres buscan amor para tener sexo mientras que los hombres son una prolongación del foso de los mandriles del Zoo de Barcelona (…) En contrapartida un hombre jamás llora, y menos por un detalle hermoso. El manual de uso del llanto masculino es complejo y aun desconcertante, pero hay que reconocerles a los hombres que cuando lloran es por una causa mayor: los clientes del café de Rick cantando La Marsellesa en Casablanca, por ejemplo”.

Paco March, otro buen periodista de la misma Vanguardia, nos dice del torero colombiano:

“Todo fue una carga de torería que aromatizaba, no ya las suertes, sino cada uno de sus movimientos. En su primero dio réplica a Tomás en el quite por chicuelinas con sus mismas armas, y la faena de muleta fue un curso de tauromaquia de alta especialización, con teoría de las distancias como materia fundamental”.

Y Joaquín Luna termina escribiéndonos:

“¿Qué quiere decir seducir? Administrar los tiempos y las pausas de la lidia como hizo Rincón con su primer toro al que convirtió en el rey (…)”

“Se fue Rincón por la puerta grande de la Monumental, el cuerpo cosido a cornadas y el orgullo del hombre con el deber cumplido” (…) “orgullo de un hombre que, visto lo visto ayer, nació para ser torero y torero sería aun cayendo de un sexto piso”.

“La corrida de la Mercè en Barcelona solía ser una tarde melancólica. (…) Ayer, en cambio, salimos llorados y felices”.

Y ahora continuaremos con la segunda, el sexo.

A Verónica y a mí nos gusta la fotografía y aunque casi siempre terminamos algo tristes al mirarlas, no dejamos de hacerlo. Esa mirada siempre es intrusa y fisgona, aunque lo que miramos no se esconde ni se tapa.

En el sexo también hay el mirar del que mira y el mirar del que se muestra. Y una fotografía es eso, una fotografía solamente es lo que hay en ella, pero eso que hay la trasciende, y trasciende al que mira y al mirado.

Todo es pertinente en una fotografía. Las baldosas del suelo, la pintura de la pared, el maquillaje del rostro, el nudo de los zapatos, los objetos de la estantería, los zapatos mismos, la hora que marca el reloj que hay en aquel mueble de la esquina. Las manos y aquello que agarran o sueltan. Los colgantes y los adornos. Los vestidos. Las sombras de todos aquellos que no aparecen en la fotografía, la imagen del fotógrafo reflejada en la niña del ojo del retratado, todo es oportuno y revelador. Y, para mí, el cabello lo es mucho.

El cabello señala el viento y su dirección, es la bandera del cuerpo. Indica el día y la hora. Hoy al mediodía, ayer, anteayer, o hace dos semanas o veinte meses.

Él nos muestra qué se nos ha quedado enmarañado en su bosque, qué vientos y qué manos lo despeinaron la pasada noche, o aquella otra olvidada, hace ya… algunos años.

Y el labio. El labio es muy importante. El labio partido por una bofetada o rasgado al hablar. Las palabras matan, pero el silencio es todavía peor verdugo. El labio no engaña, los ojos sí.

La boca siempre es un labio partido. Al igual que el cordón umbilical, nos lo cortan al nacer.

Por eso nos gusta besar, para volverlo a cerrar.

Mini relato erótico que empezó a tener lugar una mañana, a primera hora:

Yo me había levantado temprano, ella aun seguía durmiendo, Verónica es muy madrugadora, pero esta vez había ganado yo.

Ya estaba duchado, perfumado, peinado, vestido y a punto de irme cuando la vi sentada en la cama desperezándose, me miró y sonrió. Buenos días amor mío, le dije. Me respondió con otros buenos días más dormidos que despiertos.

Me senté a su lado, estaba despeinada y olía a ella misma, a eso que tanto me gusta, ese olor a carne y a piel, a sudor limpio, aunque todavía conservaba algún rastro del perfume de anteanoche.

Giré su rostro hacia mí y le dije, “esta noche me gustaría hacer el amor contigo”, ¿te parece bien? Se despertó de golpe, abrió los ojos, sonrió todavía más y me dijo que sí, que le parecía muy bien. Nos besamos con ternura.

Me levanté de la cama y antes de irme puse mi mano entre sus piernas, la acaricié suavemente y me llevé su aroma para todo el día.

Hasta la noche princesa, me despedí. Y me fui.

"I don't know the question, but sex is definitely the answer."
(Woody Allen)

jueves, 29 de enero de 2009

El peletero/Nº 5



26 Septiembre 2007

UNA VERDAD, OTRA CONVERSACION CON EL FANTASMA Y…

No acostumbramos a ser críticos literarios, pero sí nos gusta dar nuestra opinión sobre cosas insólitas que sacuden nuestras vísceras.

Procuraremos hablar de un libro que nos gusta, lo haremos a nuestra manera. Con la levedad del bailarín que guía a su compañera de baile, tratando de seguir la música, que quieras o no, es la misma para ambos.

Nos gusta seguir el ritmo acompañado.

Bailar solos está bien, pero la sonrisa de tu pareja mejora la vida, la salud y el entendimiento. El tiempo transcurre como es debido, y los razonamientos de nuestras neuronas saben mezclarse correcta y armoniosamente con las células cardíacas para seguir esa coreografía que te permite bien pensar y pensar bien.

Bien pensar y pensar bien, al igual que la cintura y la cadera, todo se mueve al compás.

Al compás del tiempo que no cede.

Bien pensar y pensar bien. Es fundamental para sobrevivir.

Para sobrevivir bien, disfrutar de la alegría y procurar entender libros como ése que vamos a tratar de comentar muy a flor de agua.

Nos gusta el pueblo judío, quizás porque hemos conocido a muchos y de algunos hemos visto sus números tatuados. A Iván, a Milton, a Rathaus, a Levin, a Levit, a Goldferin, a Freeman, a Forman, a Feldman, a Cristina.

A Diana. Tan delgada como una flecha.

Y a Verónica.

Y a toda su épica.

Y nos gusta el libro de Albert Cohen, dedicado entero a su madre, “El libro de mi madre” Un tipo de mujer ya inexistente y que merece, al menos hablar de todas las que eran como ella y, sin duda, de ella. Él lo hace, y pocos lo han hecho como él.

Ruego encarecidamente que todos aquellos aficionados y profesionales de la psicología se abstengan de hacer ningún comentario. Y mucho menos los amantes y doctos en Freud y seudo discípulos.

Manténganse en silencio por favor.

Gracias.

El principio:

“Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie y nuestros dolores son una isla desierta. No es razón para no consolarse, esta noche, entre los ruidos postreros de la calle, consolarse esta noche con palabras. Ah, pobre perdido que, ante su mesa se consuela con palabras, ante su mesa y con el teléfono descolgado, pues le asusta el exterior y por la noche, si está descolgado el teléfono, se siente rey y defendido de los perversos de fuera, tan pronto perversos, perversos por nada”.

Es un comienzo duro. Pero no mejor es el final.

“Han transcurrido años desde que escribí este canto de muerte. He seguido viviendo, amando. He vivido, he amado, he gozado de momentos de felicidad mientras ella yacía, abandonada, en su terrible lugar. He cometido el pecado de la vida, yo también como los demás. He reído y volveré a reír. A dios gracias, los pecadores vivos no tardan en convertirse en muertos ofendidos”.

Hoy en día no tiene ningún sentido hablar de una madre a no ser que uno quiera ser cursi, o un político que trate de legislar alguna ley reparadora o protectora, un recaudador de votos.

Es fácil pensar que éste es un libro fúnebre pues habla, y mucho, de ella, de la muerte, y de la muerte de su propia madre. La muerte está presente constantemente. Hay sin duda tristeza y una cierta perplejidad por la transformación de las cosas en algo nuevo, que el autor no está muy seguro de su bondad.

Pero… no es un libro dedicado a la Muerte, no lo es, y sí al Amor.

Pero para que uno pueda hablar de él, del Amor, en mayúsculas, y hacerlo debidamente, debe de ir constantemente de la mano de “ella”, de esa fría y huesuda mano de la muerte. Es inevitable, es así, no hay manera de cambiarlo ni de evitarla.

Ella también quiere bailar su propia danza que sin duda no es la del vientre.

“Aquella mujer que había sido joven y guapa, era una hija de la Ley de Moisés, de la Ley moral que para ella tenía más importancia que Dios. Por tanto, nada de amores enamoradizos, ni pamemas a lo Ana Karenina. Un marido, un hijo a quien guiar y servir con humilde majestad. No se había casado por amor. La habían casado y ella había aceptado dócilmente. Y había nacido el amor bíblico, tan distinto de mis occidentales pasiones. El santo amor de mi madre había nacido en el matrimonio, había crecido con el nacimiento del bebé que fui yo, se había desarrollado en la alianza con su amado esposo contra la vida perversa.”

Este tipo de cosas deben decirse y repetirse. Hay que dejarlas escritas tal y cómo él hizo y nosotros procuramos repetir aquí. Hay que saber que eso existió, y que hubo personas que así, tal cual, lo sintieron en sus corazones.

Corazones humildes y sinceros, que sabían que la razón estaba de su parte.

Respecto a ello ruego que tampoco se hagan análisis sociológicos, históricos o antropológicos.

Hay que callarse y procurar entender.

Sí serían adecuados los comentarios morales, pero hoy en día pocos son capaces de hacer tal cosa, fuera del dogma o del fanatismo. No es eso lo que nosotros reclamamos, por supuesto. Pero nos gustan los comentarios morales, que añadiéndoles una “t” se convierten en mortales.

Albert Cohen habla mucho del pecado de la vida, se siente culpable de acompañar a su madre al tren de regreso a Marsella. Mientras él solamente tiene puesto su pensamiento en… Dianne. Y Atalanta…Y Julieta…

Sus pensamientos están absolutamente dominados por los besos que le prometen sus amigas.

Pecado de la vida. Así lo llama él.

- ¿Por qué has llamado a este post Nº 5?

- Por el perfume de Chanel, mi madre todavía lo usa y a mi me gusta olerla con él.

- ¿Te crees un perfume?

- ¿Quién, yo? ¡No!... pero perfumo. A quien se me acerca.

- Eres un petulante.

- Sí.

- ¿Qué música estás escuchando?

- Una rumba catalana de “Los Manolos”, titulada “Una aventura”.

- ¿Con quien la bailas?

- Adivina.

- ¿Con tu madre?

- ¡No!, ella ya no puede hacer tal cosa. Bailo con la novia de mi padre.

- ¿Tu padre tiene una novia?

- Sí, él pronto cumplirá noventa años y ella ya pasa de los cuatro. Pobre, tampoco puede, pero le gusta vernos bailar. La niña sonríe como las diosas. ¿Sabes qué es eso?

- Sí, claro que lo sé.

- Entonces sabrás que su sonrisa tiene poder.

- ¿Eh? Sí, por supuesto

“Escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los niños… porque así te agradó.”

(Lucas, 10:21)

- ¿En que consiste ese poder de la sonrisa que dices? Yo ya lo sé, pero cuéntalo tú, por favor.

- Eres un fantasma mentiroso, no sabes nada. Es la alegría, sólo eso. Contigo siempre termino diciendo cosas cursis. Literatura amorosa barata.

- ¿La alegría?

- Sí.

“¡Sí, es eso!”. Dijo alguien a mis espaldas que no era el fantasma, pero que se encontraba por allí fisgoneando.

Me di la vuelta y la vi. No era ningún fantasma, no. La saludé.

- ¡Hola!

Y me devolvió el saludo.

- Hola.

- ¿Cómo te llamas?, le pregunté.

- Amparo, me respondió.

- Precioso nombre, te estaba esperando.

- ¿Sí?

- Sí, ven. ¿Te apetece un whisky?

- Claro, pero antes dame un beso, soso.

- Perdón, es verdad.

Y le dio un beso.

miércoles, 28 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (4)



22 Septiembre 2007

Sólo una sombra prematura entró
en el rostro del joven Rembrandt. ¿Por qué?
Pintores holandeses, decid, ¿qué pasará
al pelar la manzana, cuando falte la seda,
cuando todos los colores sean fríos?
Decidnos, ¿qué es la oscuridad?


(Fragmento de “Pintores holandeses” Adam Zagajewski)

Las palabras también son máquinas y en la Biblioteca Central de la Universidad de Kunisburg están todas, no falta ninguna. Pero las palabras están hechas para ser dichas y ser oídas, aunque las escribas y las leas, las dices y las oyes.

Debes hacerlo, alguien debe hacerlo.

Teodoro Van Babel sabe que en el camino de Ostende las palabras tienen sombra, al igual que los árboles que lo bordean y que ha pintado decenas de veces.

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Querido Teodoro, el parto ha ido bien. Tu nueva sobrina se llama Rosa, como la abuela de Christian. Es bonita, ha nacido sana y con muy buen peso. Una niña más, parece que no sabemos darle un nuevo hermano a tu sobrino Pablo. Con tantas mujeres lo vamos a malcriar. Aunque quizás eso sirva para que no se embarque hacia América.

La niña es rubia como un girasol y redondita, Christian no para de besarla y cada beso que le da también me lo da a mí.

¿A ti quién te besa Teodoro?, perdona que te lo pregunte, ¿esa ramera negra?

Esos no son los besos que tú necesitas Teodoro. Se me hace extraño mirar los dibujos que me envías de ella. ¿También es negra por dentro?

¿La amas?, ¿te ama ella?

Silvia, tu hermana que te quiere


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La historia de la pintura se termina con Velázquez y su “Meninas” cuando convierte la ventana en un espejo. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes al situar parte de los acontecimientos que ocurren detrás de nosotros. Por primera y última vez, los espectadores, gracias al engaño y a la ilusión pictórica, nos hemos convertido también en protagonistas, estamos contenidos en la pintura. Esto no había ocurrido nunca antes con la maestría con la que Velázquez logró plasmarlo y jamás volverá a ocurrir después. Lo que Velázquez hizo no puede repetirse fuera del plagio, pero antes que él se vislumbró el camino.

La pintura es un agujero, no sabemos en qué, pero el desgarro es real, tanto, como lo que vemos a su través no existe. La pintura sólo es una superficie plana con capas superpuestas de pigmentos químicos.

Ya hemos afirmado que los diversos retratos que Teodoro Van Babel realizó de la familia de su hermana Silvia están inacabados, lo están de diversas maneras, psicológica y pictóricamente. Los personajes no tienen fondo ni suelo, y aunque son de cuerpo entero no están ubicados, no tienen punto de referencia. Pero todos ellos miran al espectador, nosotros somos su anclaje. Los fondos en esos retratos son irregulares como el techo de su catedral filistea en la que pintó a Sansón. El trazo es grueso y tosco, únicamente este grosor de la pincelada es el que proyecta sombras verdaderas.

Velázquez pintó igual, aunque con más finura, a su “Pablo de Valladolid”, pero con el detalle y la diferencia fundamental de colocar una pequeña sombra a sus pies y simular así un suelo sustentador. Sinceramente, Velázquez tenía razón, solamente él tiene razón. Todo ha de tener su sombra, sin ella las cosas no pesan y todo lo que no pesa no tiene patria ni norte.

La mirada necesita posarse al igual que el pensamiento y esto es lo que no sucede con los retratos de Silvia y su familia. Nuestra mirada no consigue detenerse.

Teodoro Van Babel fue un pintor muy dotado técnicamente, pero era poco paciente. A diferencia de Durero que fue hijo de su tiempo y asimilaba todo lo que aprendía y sabía darle forma, y de Rembrand que siempre demostró de él mismo ser una prueba fehaciente y un poco triste de humanidad, y de Velázquez con su humanismo. A Teodoro no sabemos calificarlo. Parecía voluntariamente torpe y en ocasiones infantil. Sumaba voluntad, entusiasmo y torpeza.

Esa tríada, a nosotros nos recuerda a Pasolini, y su mirada lúcida pero oscura, esa sabiduría desconcertante que le llevaba a contratar actores no profesionales y dotar así, a sus películas, de una textura muy característica. Van Babel y Pasolini hubieran sido buenos amigos de Caravaggio y de los mendigos, ladrones y asesinos que éste recogía de la calle para que fueran sus modelos y pintarlos interpretando a santos, a obispos y a reyes.

La incapacidad unida a un propósito correcto y ambicioso no conduce necesariamente al error, pero sí al fracaso. Es como un acertado diagnóstico médico de una enfermedad incurable. Teodoro sabía cual era la pregunta, pero nunca supo responderla. El resultado no puede ser otro que el desasosiego. Un malestar, un vacío en el saber. Sus obras nunca terminan de responder adecuadamente a esas preguntas que ellas formulan.

Es posible que a Teodoro le hubiera gustado Modigliani y sus inacabados retratos de ojos vacíos. Una mirada moderna -pero sin demasiado futuro- a un viejo problema formal. Y por supuesto moral: cómo y qué debemos mirar.

Cuando Silvia era pequeña, se encontraba un día jugando con algunas de sus amigas cerca de un bosque. Sin proponérselo vio una cruz colgada de una de las ramas de uno de aquellos árboles de ese bosque.

¡Mirad!, dijo, allí hay una cruz, señalando con el dedo donde se hallaba y ella la veía. ¿Dónde? Le respondieron las demás niñas. ¡Allí!, repitió Silvia, volviendo a señalar.

Allí no hay nada, decían sus amigas, no hay ninguna cruz, sólo árboles.

¡No es verdad!, insistía Silvia, fijaros bien, repetía. ¡Yo veo una cruz!

Tanto insistió, que una vecina la oyó. ¿Dónde dices que está?, le preguntó, ¿allí?, bien, vamos a buscarla, acompáñame, le pidió.

Y las dos se fueron cogidas de la mano mientras las demás niñas las miraban y esperaban.

Y mirándolas vieron como, después de unos sesenta pasos, descolgaban una cruz de madera, de dos palmos de largo, de una de las ramas de uno de los árboles de aquel bosque.

Aquello no fue ningún milagro, ni nada parecido. No fue tampoco un prodigio, ni siquiera un meteoro.

¿Era simplemente que Silvia tenía mejor vista que todas las demás? No exactamente. Al menos no desde un punto de vista óptico.

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Para mirar bien hay que saber primero qué clase de cosas queremos ver.

¿Qué clase de cosas queremos ver?

Picasso lo solucionó de una manera magistral al retratar a Gertrude Stein y ella quejarse por el poco parecido que creía tenía el retrato. No se preocupe, le respondió Picasso, si no se parece ahora, ya se parecerá de aquí a unos cuantos años.

Y acertó. El primer y último retrato premonitorio de la historia.

“Yo no busco, encuentro”, decía Picasso. Y acabó logrando que todos mirásemos por sus ojos.

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Querida Silvia, por fin mi casero me ha pagado lo que me debía por el retrato que le hice. En condiciones normales debería ser yo el deudor, pero pactamos un año sin cobrarme alquiler y el año terminó la semana pasada. Eso significa que deberé empezar a pagar yo. Y eso me preocupa, mis finanzas no son precisamente prósperas.

Marta, la hija de mi casero todavía no se ha casado, hace unos días me preguntabas por ella. Ya sabes que es bonita, te lo digo porque sé que me lo preguntarás.

Querida Silvia, no te preocupes por “mi ramera negra”. Sólo es negra por fuera, por dentro es como tú. Y sí, me besa, pero yo no la amo y no sé si ella me ama a mí.

Una parroquia cercana me ha pedido una “Piedad”, me gusta el encargo aunque pagan poco. Creo que tengo una buena idea para esa Piedad, lo difícil será convencer al párroco.

Deberé tomar más encargos para retratos, a la gente le gusta mirarse.

A mi me gusta miraros.

Tu hermano que os quiere, Teodoro.

lunes, 26 de enero de 2009

El peletero/El pliegue asiático

19 Septiembre 2007

EL PELETERO/EL PLIEGUE ASIÁTICO



El pliegue asiático es conocido también como párpado epicantal. El epicanto es el repliegue cutáneo que cubre el ángulo interno de los ojos, especialmente desarrollado en los pueblos asiáticos y más concretamente mongólicos. También se puede dar en poblaciones caucásicas y en algunas afroamericanas.

Estos pliegues definen especialmente el rostro asiático, dotándolo de su característica personalidad y ese aire de misteriosa tristeza al inclinarse el eje del párpado hacia arriba.

En relación a eso:

¿Significa algo oír cantar a Caetano Veloso la canción “Cucurrucucu Paloma” en la película “Happy Together” del director Wong Kar-Wai, mientras vemos como dos hombres tratan de amarse?





¿Y a Nat King Cole cantar también “Quizás, quizás, quizás?

¿O a Connie Francis un conmovedor “Siboney”?

¿Y una magnífica “Perfidia” interpretada por Xavier Cugat?

¿Significa algo?



¿Tienen esas canciones alguna relación con el “placer extático” en la contemplación de la verdadera belleza?

¿Tiene alguna importancia fumar un cigarrillo con elegancia?

¿O que la pared del fondo sea verde y la de al lado roja?, ¿una cortina azul junto a una luz amarilla?

¿Igual que la sala de baile “La Florida”?

Sí.



¿Cómo se consigue dotar a un ambiente pobre y raído de una sofisticación tranquila y espontánea?

¿Es necesario mirar despacio? ¿A las cosas y a los demás?

¿Por qué algunas cosas hay que hacerlas así, despacio? Muy despacio.



¿Cómo debemos mirarnos a nosotros mismos? ¿Qué debemos hacer para ser mirados bien?

¿Las lámparas chinas son bonitas? ¿Qué clase de luz es la suya? ¿Proyecta claridad o dulcifica y reviste de suavidad a las sombras y a las esquinas?

¿Cómo conseguimos hoy en día que un bigote fino y recortado de hombre sea atractivo? ¿Es imposible? ¿Es ridículo?

¿Nos gustan los qipaos que viste y luce Maggie Cheung, en “In the Mood for Love”?

¿Nos gusta ella?

¿Nos gusta él, Tony Leung?



¿Nos gusta cómo se mueven los dos? Sin tocarse.

¿Por qué pensamos que se mueven despacio?

¿Por qué es tan hermosa de rostro y de cuerpo Maggie Cheung?

¿Por qué tiene esas caderas tan bien marcadas? ¿Y la cintura tan estrecha? ¿Y el vientre tan plano? ¿Y los pechos tan bien formados?



¿Por qué el trazo asiático, o más exactamente Thai, es -tal vez- la verdadera línea de la auténtica belleza física, su verdadero perfil, el rasgo donde podemos hallarla más nítidamente?

¿Por qué el director, Wong Kar-Wai, cuando los dos protagonistas de “In the Mood for Love” deciden pasar la primera y la última noche juntos, solamente nos muestra una dulce caricia de manos dentro del taxi que los lleva al hotel?



¿Es necesario hacer coincidir esta fallida historia de amor con el fin de otra ciudad, Hong Kong? ¿Es la ciudad también un personaje?

¿Por qué muchas personas tienen obsesión por los números de las habitaciones de los hoteles? ¿Por qué Wong Kar-Wai titula 2046, el número de una habitación de hotel, a una de sus últimas y mejores películas?



¿Qué sucede en los hoteles? ¿Sucede algo que deba saberse?, ¿O algo que deba ocultarse?

¿Nos gusta Ziyi Zhang?



¿Cómo es que pueden existir mujeres tan bonitas y con los ojos asimétricos como ella?

¿Por qué el protagonista escritor de “2046” cree estar escribiendo sobre el futuro, cuando en realidad escribe sobre el pasado? ¿Eso es ineludiblemente siempre así?

¿Está loco ese escritor tratando de comportarse como un cínico y mostrarse invulnerable con las mujeres, cuando en realidad nunca ha podido olvidar a Su Li Zhen, un antiguo amor que lo lastra y paraliza, y del que no sabe o no puede desprenderse?



En una película a color ¿qué importancia ha de tener el color negro? ¿Dónde colocarlo?, ¿en el impecable traje del protagonista masculino? ¿En alguno de los abrigos de la protagonista femenina que al quitárselo nos deslumbre con el color de su qipao?

¿Por qué son tan bonitos estos vestidos asiáticos?

¿Por qué uno puede estar horas embelesado mirando a todos los actores y actrices de las películas de Wong Kar-Wai?



Carina Lau, Maggie Cheung, Brigitte Lin, Michele Reis, Faye Wong, Takeshi Kaneshiro, Tony Leung, Andy Lau, Jacky Cheung, Leslie Cheung, Ziyi Zhang.

¿Nos recuerda todo ello las películas de Antonioni? ¿o las de David Linch “Lost Highway” y “Mulholland Drive”? ¿Por qué? ¿El color es el mismo?, ¿sólo es el color? ¿Es el tiempo?

¿Todo eso tiene algo que ver con el pliegue asiático?

¿Con el ojo?, ¿con el caminar?, ¿con el sentarse al borde de la cama?

¿Existe algún tratado que enseñe a sentarse correcta y sensualmente al borde de la cama?



Filmografía de Wong Kar-Wai en orden inverso:
• My Blueberry Nights (2007)
• Eros (Segmento "La mano") (2004)
• 2046 (2004)
• Six Days (videoclip de Dj Shadow) (2002)
• The Follow (cortometraje) (2001)
• In the Mood for Love (Deseando amar) (2000)
• Happy Together (1997)
• Fallen Angels (1995)
• Chungking Express (1994)
• Ashes of Time (1994)
• Days of Being Wild (1991)
• As Tears go By (1988)



En la última escena de “In the Mood for Love” el protagonista masculino, al cabo de los años, viaja a las ruinas de Angkor, en Camboya. Allí, entre palacios y maleza, busca un agujero pequeño, un simple hueco, una hendidura en la piedra para depositar algo.

La cámara se aleja para mostrarnos la grandiosidad del lugar y la pequeñez y soledad de ese hombre, que en un rincón guarda, en ese pequeño hoyo, no sabemos qué, y que agarrándose a la piedra la abraza y la besa, besa esa oquedad, esa abertura en la que acaba de depositar sus labios, su secreto y su mensaje.

La besa con determinación y fuerza.

Besa el vientre de una piedra vieja en la que ha depositado su joya.

Para toda la eternidad.

La música cesa.

Silencio.

domingo, 25 de enero de 2009

El peletero/La sonrisa más bonita del mundo



15 Septiembre 2007

La sonrisa más bonita del mundo no habla,
se mantiene en silencio,
solamente sonríe,
o bien te mira,
intrigado, extrañado,
deseando averiguar,
o queriendo decir algo que sabe y tú no.


Este mes de agosto ha estado enfermo, le falló el corazón y se le inundó el pulmón derecho, le costaba respirar. Sus fuerzas, ya escasas, menguaron. Aun así, nos miraba y sonreía.

Pero fuimos rápidos y él es fuerte. Para algo debe de haberle servido hacer una guerra.

Yo rastreo con un poderoso radar mi propia memoria en busca de sus recuerdos, que son velas encendidas, cerillas, linternas, ojos que brillan, o simples cigarrillos prendidos que alumbran aquello que no veo. O manos que me guían.

Nuestra amiga dominicana le llama “perita” porque eso es lo que es, una pera blanquilla, con el ojo tieso, una fruta humilde y dulce, acuosa también. Carne y leche de colibrí.

Cuando bombardeaban la ciudad y él se encontraba de permiso en casa de su hermana, tenía la insensatez o la valentía de quedarse en la cama durmiendo tan tranquilo, mientras sonaban las sirenas, y todos se iban corriendo a resguardarse en los refugios. Pero en el frente tuvo que pasarse un día entero echado en el suelo con un compañero encima de él, inmóviles ambos, mientras las bombas iban cayendo, matándolos a casi todos.

Yo le decía en broma que después de pasarse un día así, lo menos que podían haber hecho ellos dos era haberse convertido en amantes. Pocas parejas tienen la posibilidad de disfrutar o sufrir una experiencia “física” tan intensa.

La sonrisa más bonita del mundo narraba con gracia cuando describía a toda su compañía, casi cien muchachos jóvenes y llenos de salud, con los pantalones bajados y sus genitales al aire, intentando despiojarse. Animosos y tan tranquilos, en una tarea cotidiana y sencilla en medio de tanto proyectil.

No había ningún fotógrafo cerca, pero la escena debía valer el oro que pesaban todos ellos.

Y ahora, la sonrisa más bonita del mundo, ha debido dejar que unas enfermeras jóvenes también, guapas, simpáticas y cariñosas, le laven y le limpien igual como si fuera un recién nacido.

Es probable que su cabeza enferma de Alzheimer le deje recordar aquella marcha de “camina o revienta”. Cuando la sed era tan terrible que cometió el error de beber de una charca infecta.

La fiebre se apoderó de él, lo derrotó y lo dejó postrado, a punto para morir.

Pero todos se iban, era de noche y debían marcharse de allí, empezar a caminar hasta que saliera el sol.

“Si me quedo aquí tirado en el suelo me moriré, si me voy con ellos tal vez viva”, se dijo. Y así, levantándose, caminó toda una noche con 40 grados de fiebre, en la que el fusil le servía de bastón y de muleta. Cada paso era una invitación para abandonar y dejarse caer. Ya no le quedaban más fuerzas, pero resistió a la peor de las tentaciones, dejarse morir.

Cuando el sol empezó a despuntar la fiebre había desaparecido. Estaba curado y vivo.

Este mes de agosto de 2007, las enfermeras del hospital hacían cola para verle sonreír.

Yo me quedé con él la primera noche en la que estuvo ingresado en el hospital. Cansado y muerto de sueño le abandoné por un instante y salí a la calle. Quizás eran las cuatro o las cinco de la madrugada. Me quedé frente a la puerta principal donde me apoyé en una barandilla, y me dediqué a saborear la soledad de una noche de primeros de agosto. La ciudad vacía y de vacaciones. No hacía calor.

Las ciudades vacías son una negación, un fracaso, y la oscuridad de sus noches también lo es. Ni un auto ni una bicicleta. Nadie venía y nadie se iba. Miraba la puerta verde y recordaba una melodía celta interpretada por arpa y flauta irlandesas, “Mountains of Mourne”.

Las melodías tristes me reconfortan y estoy seguro que son capaces de cambiar el devenir. A veces producen el efecto contrario, pero si quieres sentir la vida son uno de los mejores consuelos. Mientras…

Mientras… ensimismado las oí llegar.

Venían andando de lejos, despacio, con un taconeo rítmico que las anunciaba. Por mi izquierda y bajando la calle.

Yo, cruzado de brazos y apoyado en la barandilla, mirando la puerta del Hospital, la calle completamente abandonada.

Caminando lenta y lánguidamente se acercaron tres mujeres.

Una era eslava, muy delgada, de un rubio descolorido y poco atractiva. La otra, latina, alta, guapa y espectacular. Y la tercera era distinta a las otras dos.

Al pasar delante de mí se detuvieron y se me acercaron. Empezó a llover.

Sucedió algo sin importancia, nada más que un intercambio simpático de palabras. Me desearon buena suerte y se fueron.

La sonrisa más bonita del mundo ya vuelve a estar en casa para iluminarnos a todos. Yo no sé a quién debo agradecer el don de su compañía, pero si sé quienes somos los que disfrutamos de ella.

Cuando nos visita la nieta de cuatro años de nuestra amiga dominicana, se va corriendo directa a ver a su “perita”. Los dos se toman de las manos y se miran como si fueran unos novios que hace tiempo no se han visto.

Solo se miran y sonríen, nada más. Contentos de estar juntos. Y algún que otro beso.

La sonrisa más bonita del mundo siempre nos decía que únicamente debíamos tener miedo al miedo.

Y yo ya no tengo miedo a eso.

Entonces, ¿por qué no paro de llorar?

Alguien se va.
Alguien ha bebido silencio.
Sólo en agosto gritan las tormentas
como dementes en una ambulancia.
Las ramas nos golpean las mejillas.
Huelen hojas de alisios a aceite de heno, a sueño.
Cabe escuchar, escuchar, escuchar.
Bajo el agua respiran manantiales cansados.
A las cuatro de la mañana
un solitario y último relámpago
con rapidez dibuja algo en el cielo.
Dice “No”. O “nunca”.
O tal vez: “Valor, no se apagó el fuego”.


(“Última tormenta” Adam Zagajewski)

sábado, 24 de enero de 2009

El peletero/B



12 Septiembre 2007

Conocí a B en un desguace de automóviles.

Estaba intentando localizar mi vehículo accidentado. La grúa lo había llevado hasta allí según me dijo la policía.

Acababa de salir del hospital hacía solamente un par de semanas, después de pasarme siete meses y diez días en él, procurando los médicos volver a pegar todo lo que se había roto, que era mucho.

Me habían dado la dirección en un albarán de entrega después de certificar la compañía de seguros el siniestro total.

Aun albergaba la vana esperanza de encontrar alguno de los objetos personales que se me habían perdido en el accidente.

Los encargados del desguace tenían registrada la entrada, pero o no sabían dónde se hallaba o no tenían ganas de trabajar. Yo mismo habría de buscármelo. No se preocupe, me dijeron, cerramos tarde y si no lo encuentra hoy puede regresar mañana.

Efectivamente no lo encontré después de pasarme tres horas en aquel laberinto de chatarra. Al querer irme me perdí y no había manera de encontrar la salida.

Empecé a deambular tontamente, hasta que B me encontró a mí.

Aunque me habían dado el alta ni mi aspecto ni mi ánimo debían ser los mejores. Y la forma de orientarme entre tanto elefante muerto tampoco debía ser la correcta.

¿Se encuentra bien?, oí que alguien me preguntaba desde las alturas. Ése era B, jugándose la vida encaramado a una pila de automóviles buscando no sé que recambio o que pieza para no sé que coche.

Creo que me he perdido, no soy capaz de encontrar la salida, le dije. No se preocupe lo acompañaré, me respondió.

No sólo me llevó hasta la salida, él también se iba y como yo había llegado en taxi, insistió en acompañarme en su propio automóvil.

Acepté.

Le conté qué era lo que estaba buscando. No se preocupe, ya se lo buscaré yo, a mi me será más fácil, me manejo mejor.

Antes de irse me dio su tarjeta, Llámeme un día de estos y le daré noticias, por cierto, si necesita un auto yo se lo puedo ofrecer, bueno y barato.

Sí, necesitaba uno. Y fui a verle.

Le compré una magnífica berlina de segunda mano a muy buen precio. De mi antiguo automóvil no podía decirme nada, no había conseguido localizarlo, seguramente ya habrán hecho de él lingotes de hojalata, me dijo con una sonrisa algo tímida.

¿Para qué lo quería?, me preguntó.

No supe que responderle, bueno, murió mi esposa, se perdieron cosas y me hubiera gustado recuperarlas.

No dijo nada. Me miraba con los ojos muy abiertos y no debió darse cuenta de que tenía las manos sucias de grasa porque se tocó la cara manchándosela.

Será mejor que vaya a lavarse, le dije. Con esa pintura de camuflaje asustará a los clientes. Ni se inmutó, creó que ni me oyó.

Los dos nos quedamos callados, mirándonos en silencio.

En la pared del fondo de su despacho había clavado con grapas un calendario con una bonita muchacha desnuda.

¿De dónde lo ha sacado?, le pregunté.

¿Qué?

Olvídelo, traté de rectificar. Tengo sed. ¿Tiene cerveza?

En una esquina había una nevera pequeña, se levantó y de ella saco un par de cervezas.

Mientras nos las bebíamos me preguntó. ¿Le interesan este tipo de calendarios?

No, era solo por decir algo.

Me lo ha regalado un cliente rico y a los muchachos que trabajan aquí les gusta verla cuando vienen a pedirme aumento de sueldo. Debe ser el consuelo que les proporciona cuando les digo que no.

¿Tiene clientes ricos?

Unos cuantos. Ése que le digo tiene una magnífica colección de coches antiguos, “históricos” sería el término adecuado. Y yo se los mantengo en perfectas condiciones de funcionamiento y puesta a punto para que pasen cada año la inspección técnica de vehículos. Es interesante verla, de verdad.

Debí poner una cara especial porque me preguntó:

¿Le gustaría? Él se la mostrará encantado. Si usted quiere.

¿Por qué no?, parece buena idea. ¿Cómo se llama su cliente?

En realidad no me interesaban, bueno, no en aquel momento. Pero a él se le iluminó la cara.

Se va a sorprender, le van a gustar mucho. Sí, mañana mismo iremos a verlos, se los enseñaré, no son solamente máquinas, ¿sabe?, tienen nombre y apellidos y aunque son inmortales también pueden morir. Venga conmigo, quiero enseñarle algo.

Debía haber tocado algún resorte o botón invisible; aquel hombre parecía estar a punto de mostrarme un tesoro o a la mujer más hermosa del mundo. Sin embargo lo que vi fue una estructura de hierros oxidados con una vaga forma de algo parecido a un automóvil.

Tonterías como aquella había visto muchas en los museos de arte contemporáneo, pero aquello no era un museo ni una tontería. Aquello era un taller y lo que había sido mucho tiempo atrás un automóvil.

¿Qué le parece?, éste está muy mal, lo encontraron en la cuadra de una vieja casa de campo. No siempre me los traen así. Harán falta muchas horas de trabajo para que vuelva a caminar.

El silogismo me desconcertó, era demasiado evidente y fácil. ¿Es usted médico? Le pregunté.

Mi padre lo era, me respondió con una amplia y nada tímida sonrisa. Yo estudié dos años, pero lo dejé. Se llevó un disgusto, era cirujano, un buen cirujano.

No lo pude evitar, pero me reí.

Espere, no se ría aun, que eso no es todo, el pobre también se murió en un accidente de de automóvil.

El alivio que me produjo su humor negro me sobresaltó. ¿Se estarán riendo también los muertos?

Mañana le llevaré a ver a mi amigo rico, como le he dicho le gusta enseñar a sus “bellezas” ¿A qué hora paso a buscarle?

Yo no sé si los muertos se ríen, pero deberían hacerlo. Al menos esos que son un puro invento. En mi accidente no se había muerto nadie, ni mi esposa ni nadie. Estoy soltero y aquel día conducía solo y choqué de frente contra un camión enorme al dormirme al volante. ¿Por qué había mentido? No sé, quizás para dar lástima. La lastima es un mal sucedáneo del amor o del cariño.

El padre de mi amigo tampoco se había muerto en ningún accidente. Precisamente el padre era ese amigo rico del que me hablaba. ¿Por qué me había mentido? Nunca se lo pregunté. La verdad es que me importaba muy poco. Era una manera rara de decir la verdad.

Porque un muerto sí había habido en un accidente, y no uno sino dos. La madre y el amante de la madre de B, muertos ambos al mismo tiempo en un verdadero accidente de automóvil. Eso sí era verdad.

Su padre aparte de ser rico y tener esa fabulosa colección de autos, sí que había sido realmente cirujano, y B también había estudiado durante un par de años medicina. El amante era amigo y colega de su padre, otro cirujano. Un día se salió de la carretera y se mató junto con ella, la madre de B, los dos amantes muertos.

Iban muy deprisa, no se puede correr tanto, decía B con una perfecta sonrisa cínica dibujada en su cara.

No era ni siquiera una sospecha, pero no pude evitar la fantasía de pensar en un asesinato. ¿De quién?, ¿del padre?, ¿del hijo?, ¿de ambos? El auto bien preparado y manipulado para que tuviera un accidente mortal. ¿B mató a su madre?

B ha terminado siendo uno de mis mejores amigos y la fantasía del asesinato se ha convertido en una absoluta certeza sin valor ninguno. No me molesta ser el amigo de un asesino, esa es la verdad. Ni me molesta ni me importa.

Cuando lo visité, el padre de B hacía tiempo que ya no ejercía como cirujano, el parkinson lo había obligado a retirarse antes de tiempo. Hizo su fortuna comprando naves industriales, lo que le permitió, aparte de hacerse rico, desarrollar su segunda vocación, la arqueología industrial.

“La forma pura y dura de la máquina es el mapa más preciso del cerebro humano”, decía tartamudeando. Yo lo escuchaba con atención no pudiendo apartar los ojos de su tambaleante mano sosteniendo la cuchara con la que desparramaba la sopa por todo el mantel. B lo miraba con ternura, sin preocuparse por las terribles manchas en el traje de su padre.

Necesita un babero, me decía, pero nunca quiere ponérselo, que mas da, ¿no crees?

Manchas de grasa, de sopa y también de sangre.

La fabulosa casa, en cambio, estaba limpia, casi aséptica. El enorme garaje con su magnífica colección de automóviles parecía una noche estrellada.

Son bonitos, ¿verdad?, me decía aquel anciano tartamudo y tembloroso. Pero lo mejor es su sonido, escuche.

Mi amigo siempre lleva las manos sucias. Tuvo una novia que no le gustaba que tuviese esas manos así. Su padre sigue desparramando la sopa por toda la mesa manchándonos a todos.

Pero a nadie le importa.

Y escuché. En silenció escuché. Tenía toda la razón, el sonido de los motores era lo mejor.

viernes, 23 de enero de 2009

El peletero/Justine y sus corolarios



8 Septiembre 2007

NOTAS A VUELA PLUMA DESPUÉS DE LA ENÉSIMA LECTURA DE “JUSTINE” DE LAWRENCE DURRELL

UNA CONVERSACIÓN CON UN FANTASMA

Y UN POEMA DE KAVAFIS

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LA PLUMA QUE VUELA Y QUE NO PESA

Nessim, hombre influyente, rico y poderoso, esposo de Justine, le habla de ella al narrador de la novela, que es precisamente amante de Justine, como también lo son muchos otros en la ciudad, hecho que Nessim desconoce pero que sospecha. Que todos sospechan. Toda Alejandría lo sabe, él no, pero quiere saberlo y para eso contrata espías, para que le digan la verdad que todos ya conocen.

- Le asombrará si le digo que siempre he visto en Justine una especie de grandeza. Como usted sabe, hay ciertas formas de grandeza que si no se aplican al arte o a la religión, hacen estragos en la vida corriente de los hombres. El error está en que Justine consagró sus dones al amor. Es cierto que en muchos casos ha sido mala, pero en ninguno de ellos su actitud tenía importancia. Tampoco puedo decir que nunca haya hecho daño a nadie. Pero los perjudicados han salido ganando. Los arrancó de sí mismos. Era forzoso que sufrieran, y muchos no han comprendido la naturaleza del dolor que ella les inflingía. Yo sí.

Y con esa sonrisa que todos le conocían, dulce y al mismo tiempo de una inexplicable amargura, murmuró otra vez:

- Yo sí.

El narrador y amante de Justine, nos habla de ella. Nos relata su primer intercambio de palabras aunque ya se conocían de vista, todos al menos la conocían de vista. Todos sabían quien era Justine.

Al principio no vi el gran automóvil que había quedado en la calle con el motor en marcha. Entró en el almacén, brusca, resuelta, y con el aire de autoridad de las lesbianas o de las mujeres adineradas cuando se dirigen a la gente evidentemente pobre, me dijo:

- ¿Qué entiende usted por la naturaleza antinómica de la ironía? O algo por el estilo.

Me miraba con desconcierto, con una franqueza que me hacía sentir incómodo, como si se preguntara qué hacer conmigo.

- Me gusta su manera de citar los versos sobre la ciudad. Usted habla bien el griego. Se ve que es escritor.

- Se ve, le respondí.

- Me gustaría presentarle a Nessim, mi marido. ¿Quiere venir?

También nos ofrece a los lectores y a sí mismo algunas reflexiones sobre el carácter y personalidad de Justine.

¿Quién puede pretender que Justine no tenía su lado estúpido? El culto del placer, las pequeñas vanidades, la preocupación por el juicio de quienes eran inferiores a ella, la arrogancia. Podía ser terriblemente exigente cuando lo quería. Sí. Sí. Pero el dinero es el que hace crecer esa cizaña. Diré solamente que muchas veces pensaba como un hombre, y en sus actos desplegaba en cierto modo esa independencia vertical propia de la actitud masculina.

(…) Ella quería robarme ese tesoro de desasimiento, la piedra preciosa escondida en la cabeza del sapo. Veía la marca de ese desprendimiento a lo largo de toda mi vida, con sus discordancias, sus casualidades, su desorden. Mi valor no residía en nada de lo que llevaba a cabo o de lo que poseía. Justine me amaba porque yo era para ella algo indestructible, un ser humano ya formado y que no podía quebrar.

Otra mujer, Clea, le habla de Justine al narrador de la novela. Ella también ha sido una de las amantes de Justine. Clea es una verdadera alejandrina, mujer solitaria que no esconde su debilidad, pero que presume, cuando es el caso, que solamente el recuerdo de su amor lésbico la sustentará el resto de su vida.

He tenido pocas experiencias; en realidad una sola me marcó para siempre, y fue con una mujer. Todavía vivo en la felicidad de esa relación perfectamente consumada; cualquier sustituto físico me parecería hoy horriblemente vulgar y hueco.

Ya te habrás dado cuenta, que ella (Justine), era la mujer de quien te dije una vez que estuve tan enamorada. (…) Justine no era realmente inteligente, sabes, pero tenía la astucia de un animal acorralado.

El narrador la escucha con atención, está empapado por la lluvia y quizás también por las lágrimas. Justine se ha ido, ha huido, la impostura era ya imposible de mantener. Acosada por los espías de su influyente, poderoso y rico marido, Nessim, huye a Israel y se instala en un Kibbutz.

Clea le cuenta un encuentro con Justine algún tiempo después de que huyera.

Quizá te interese el relato de mi breve encuentro con Justine hace pocas semanas. (…) en un primer momento me costó reconocerla. Ha engordado mucho de cara, y el pelo mal cortado le cuelga como colas de ratón. (…) No queda en ella el menor rastro de su antigua elegancia, de su chic. Se diría que sus facciones van cobrando el típico aire judío, que los labios y la nariz tienden a juntarse. Me sorprendió al principio el brillo de sus ojos y su manera casi jadeante de respirar y de hablar, como si tuviese fiebre.

En el primer momento no aludió ni a Nessim ni a ti, sino que se puso hablar de su nueva vida. Me dijo que el “servicio de la comunidad” le había dado una felicidad nueva y perfecta; su tono sugería una especie de conversión religiosa. (…) Aseguraba que en las agobiadoras faenas de esa colonia comunista había logrado una “nueva humildad”. (¡Humildad! La última trampa que espera al ego en busca de la verdad absoluta).

Dicho sea de paso, Justine no se ha vuelto marxista; es tan sólo una mística del trabajo. (…) Cuanto más la miraba y pensaba en la persona fascinante y cruel que alguna vez había sido para todos nosotros, más difícil me resultaba comprender que se hubiera convertido en esa pequeña campesina regordeta, de manos ásperas.

Quiero decir que en este caso, una vez curada de las aberraciones mentales producidas por sus sueños y sus temores, Justine se desinfló como un globo. La fantasía ha ocupado tanto tiempo el primer plano de su vida, que ya no le queda ninguna reserva. (…) Por decirlo así, junto con su sexualidad Justine ha extinguido todas sus razones de vida y hasta de lucidez mental

Al final, Clea, debe decirle al narrador que la escucha, cuáles han sido las palabras que Justine ha dicho de él. Son poca cosa y tal vez hubiera sido mejor callarse.

De ti, Justine dijo simplemente, encogiéndose de hombros: “Tenía que olvidarme de él”.

(“Justine-El cuarteto de Alejandría” Lawrence Durrell)

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EL FANTASMA Y YO

- ¿Cuántas veces has leído “Justine”?

- Varias, bastantes, me fascina el final.

- Ese anticlímax, ¿verdad?

- Sí, es inesperado, es doloroso ver la vulgaridad en quién suponías era “grande”, aunque fuera en el mal.

- Como su propio esposo afirma.

- Sí, eso dice él, pero envía y paga espías para que la vigilen.

- Dice que comprende el dolor que causa esa “grandeza” de ella.

- Claro, eso afirma, pero miente, se engaña a sí mismo. No hay tal “grandeza”, hay futilidad. No puede aparecer como un simple tonto.

- Como afirmaría Hannah Arendt.

- Exacto, es el mismo mecanismo del nazismo y es también el dilema: el gran horror del mundo y del ser humano, no es más que banalidad. El mal es banal.

- Y Justine también, ¿no?

- Sí, lo es, y vulgar y cursi, penosamente cursi. Decepcionante. Cobarde.

- ¿Y ya está?

- No, hay algo más.

- Dilo pues, ¿qué crees que es el mal?

- Es el temor a la libertad. Rüdiger Safranski afirma que es su drama, el mal es el drama de la libertad. El temor a la libertad.

- ¿Y?

- Que sus corolarios son la responsabilidad y el amor.

- Ordénalo bien.

- Tienes razón: los seres verdaderamente libres no tienen miedo al compromiso. Y comprometerse es mostrar tu alma dando parte de ti, estando dispuesto a morir por alguien.

- Ahora pareces tú el cursi y el melodramático.

- Sí, lo parezco. ¿Te has fijado que ya nadie habla de amor excepto en términos psicológicos, etológicos o neurológicos? Solamente hablan de intercambios químicos neuronales. Dicen que el amor empieza y el amor termina. ¿Se puede decir algo más nimio que eso?

- ¿Qué piensas del sexo?

- ¿Por qué me lo preguntas?

- Te lo pregunto porque todo el mundo miente sobre él, ¿verdad?

- Sí, tienes razón, todos mienten.

- Dime pues, ¿qué piensas de él?

- Que hay dos clases de sexo, el bueno y el malo, como el dinero.

- Me haces reír, algo difícil en un fantasma. Continúa.

- Con el malo masticas y con el bueno comes y te alimentas.

- ¡Di algo menos convencional y más interesante, por favor!

- No sé, ahora no puedo.

- De acuerdo, esperaré.

Toda esta historia sucede en Alejandría. Este peletero que os escribe la visitó muchos años después de los hechos que Durrell narra.

Ninguna ciudad le ha causado tanta tristeza como Alejandría. Una ciudad que Gamal Abdel Nasser mató lentamente y sin ninguna piedad.

El mar era espantosamente claro, el peletero jamás ha vuelto a ver un mar parecido.

El mar claro y barrios enteros de la ciudad abandonados. Preciosas fachadas arruinadas, envueltas en sudarios de ropa tendida a secar, y un cementerio más habitado por vivos que por muertos.

Una corniche larga y plana. Parecía estar por debajo del nivel del mar y el mar a punto de caérsele encima, anegándolo todo hasta las mismísimas fuentes del Nilo.

El Delta es plano, cambiante, medio mar, medio playa. Dunas, juncos y agua, agua que solamente se mezcla con agua. Agua con agua. Nada más.

- ¿Has dicho Justine?

- No, ahora no la he nombrado, ¿por qué?

- Me debo haber confundido, perdón. ¿Queda algo de aquel mundo?

- No. De todo aquello tampoco queda nada, excepto la poesía del poeta de la ciudad.

- Es mucho.
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EL POETA Y TODOS NOSOTROS

Te dices: Me marcharé
a otra tierra, a otro mar,
a una ciudad mucho más bella de lo que ésta
pudo ser o anhelar…
Esta ciudad donde cada paso aprieta el nudo corredizo,
un corazón en un cuerpo enterrado y polvoriento.
¿Cuánto tiempo tendré que quedarme,
confinado en estos tristes arrabales
del pensamiento más vulgar? Dondequiera que mire
se alzan las negras ruinas de mi vida.
Cuántos años he pasado aquí
derrochando, tirando sin beneficio alguno…
No hay tierra nueva, amigo, ni mar muerto,
pues la ciudad te seguirá.
Por las mismas calles andarás interminablemente,
los mismos suburbios mentales van de la juventud a la vejez
y en la misma casa acabarás lleno de canas…
La ciudad es una jaula.
No hay otro lugar, siempre el mismo
puerto terreno, y no hay barco
que te arranque a ti mismo. ¡Ah! ¿No comprendes
que al arruinar tu vida entera en este sitio, la has malogrado
en cualquier parte de este mundo?


(“La ciudad” Konstandinos Kavafis)