sábado, 7 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (2)



17 Octubre 2007

Baila muy bien
Y tiene un gran deseo.
Busca un camino.
Llora en el bosque.
La matarán el alba, la fiebre
Y el gallo


(“La noche” Adam Zagajewski)

SEGUNDA PARTE

Mi querida Natalia,

He recibido tu atenta carta y me dispongo a respondértela sin demora.

Me alegra mucho saber de ti, de tu hijo y del resto de tu familia, y ver que todos vosotros os encontráis bien de salud.

_______________________________________________________________

Apreciada Natalia, en ésta tu última carta vuelves a exponerme las mismas preguntas que ya me has formulado en repetidas ocasiones y de diferentes maneras.

¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? Tú todavía eras una niña y yo estaba en vuestra casa visitando a tu madre. Procuraba aconsejarla y responder a sus preguntas llenas de angustia sobre ella misma y sobre tu padre. Y también sobre ti.

Te senté en mis rodillas y te canté una canción mientras comías chocolate. Con tus dedos sucios acariciabas mis largos cabellos rubios que tanto te han gustado siempre. Tu madre te regañó, pero yo te dejé hacer. Ambos nos sonreímos, te besé y me devolviste el beso, y me preguntaste cómo me llamaba. Eras muy pequeña y ya hablabas como toda una mujer. Y ya entonces tenías ese porte rebelde, de reina, de yegua libre. Eras muy hermosa con tus cabellos negros rizados y esos ojos marrones que invariablemente te han acompañado. Siempre has sido oscura, de mirada y de alma, pero tus labios rojos todavía nos dicen aquello que tú nunca has podido averiguar. Y nunca podrás.

Antes de irme me susurraste al oído que te sentías muy sola y yo te respondí que no tuvieses nunca miedo, que no debías tenerlo.

¿Por qué nunca recuerdas mis palabras, mis respuestas, mis consejos? Mi discurso siempre ha sido el mismo, jamás ha variado. Sólo debes repasar las cartas que te he escrito durante estos años, que son prácticamente todos los de tu vida, pues desde aquella primera vez no hemos dejado de vernos ni de escribirnos. Todavía te gustan mis cabellos rubios y largos que me llegan más allá de los hombros. Siempre te gusta acariciármelos, incluso ahora que ya eres toda una mujer y madre, me miras igual que me miraste entonces. Siempre me miras sin verme.

Aquella fue una época difícil y dura para tus padres y yo aparecía muy a menudo por tu casa. ¿Lo recuerdas?, crecías muy rápido y tu alma ya no cabía en ese cuerpo de niña atemorizado. Seguías siempre estando sola.

Ya sabes que yo tengo una fama indebida, que uso de la espada que me ha sido dada cuando creo necesario, y que Dios, en su infinita sabiduría, me deja libre.

No sobrepasabas mis rodillas y tu cabeza aun cabía entera en la palma de mi mano, te levantaba con ella y te alzaba, asiéndote del pecho, brazo estirado, hasta el mismo cielo, mirabas hacia abajo y veías un abismo que te asustaba, pero segura en mí, confiada en mi fuerza, me dejabas hacer tranquila, sonriente y risueña, mientras tu madre se estremecía. Conseguía que con tus manitas tocases el techo de la casa y eso que estaba muy alto, pero ya sabes cómo soy y que siempre he de agacharme para traspasar cualquier puerta. Ninguna es bastante alta para mí.

Un día te di una sorpresa. Toma, y puse en tus manos un lobo, un cachorro recién nacido. Jamás habías visto algo tan tierno y bonito en tus pocos años. Un macho de apenas un día de vida con los ojos todavía sellados. Vi como los tuyos se iluminaban al contemplar al animal y su delicada belleza. Lo acogiste en tu seno de niña e hiciste incluso ademán de amamantarlo, lo besaste y acariciaste su pelo de seda y su lana de bebé, tierna y protectora, indefensa, débil y necesitada.

Posaste tu pequeña mano en su corazón, cada uno de sus latidos era un beso lanzado así, con la mano y soplando.

Son besos que parecen un silbido.

Me miraste agradecida, eras la mejor cara que la alegría nos puede mostrar, ¿es mío?, ¿es para mí?, me preguntaste ilusionada.

No, no lo es, no es tuyo, no es para ti.

¿¿No??, ¿¿por qué??, casi gritaste terriblemente irritada, angustiada y decepcionada.

Porque es un lobo y los lobos no tienen dueño te respondí.

No dijiste nada. Te entristeciste tanto que tus maravillosos ojos marrones se hundieron en un pozo negro. Del que nunca has vuelto a salir.

¿Todavía tienes miedo?, te pregunté.

Sí, balbuceaste mientras no parabas de llorar con el cachorro en tus brazos, acariciándolo y no parando de besarlo con la ternura más amarga y triste que jamás he visto. Levantaste la mirada, tenías los ojos anegados. Tengo miedo, me repetiste por enésima vez, llorando sin parar. Desconsolada.

¡Mátalo!, te respondí, ahógalo en tu pecho y mátalo, y verás como el miedo desaparece.

Dejaste de llorar de súbito, paraste en seco y me miraste sorprendida y aterrada. Me mirabas y mirabas al lobo con cara de espanto y terror. Tenías los ojos tan abiertos como si el mundo no tuviera puertas y lo estuvieses viendo todo entero en ese instante y de una vez.

Me mirabas y dudabas. Dudaste. Dudabas y me mirabas. Y volvías a mirar y volvías a dudar.

Y…

… lo mataste.

Lo ahogaste con la fuerza de tu pecho, tu corazón y tus brazos pequeños, los tres ya capaces de matar.

Y el miedo desapareció.

Sí.

Desapareció absolutamente.

Por un instante, que pasó rápido.

Si no lo hubieras matado no me habrías visto más, no habría vuelto a tu casa en las horas en que tú estabas, no hubieras sabido ya nada más de mi. Ya no hubiera sido necesario.

Pero lo mataste, mataste al lobo, por eso nos vemos a menudo y he de responder siempre a tus mismas preguntas, una y otra vez. Procuro ayudarte lo mejor que sé, que ya sé que no es mucho.

No es mucho.


FIN DE LA SEGUNDA PARTE

viernes, 6 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (1)



16 Octubre 2007

Ya no se nos permite usar tu nombre.
Ya sabemos que eres inefable,
anémica, muy quebradiza y sospechosa
de las misteriosas culpas de la infancia.
Sabemos que ya no se te permite vivir
ni en la música, ni en los árboles al apagarse el sol.
Sabemos (más bien nos han dicho)
que ya no estás en ningún sitio, en absoluto.
Pero, con todo, oímos tu voz cansada
en el eco, en la queja y en las cartas que nos
escribe, desde el desierto griego, Antígona.


(“Alma” Adam Zagajewski)

El poeta hace de los gusanos vestidos de seda.

(“Adagia” Wallace Stevens)

PRIMERA PARTE

Me llaman “El Gordo”, todos me llaman así menos ella. Ella lo hace por el nombre que consta en la ficha que se guarda en la recepción del balneario donde me hospedo desde hace ya un tiempo, procurando adelgazar para aliviar mi corazón. Es bonito decirlo así, “adelgazar para aliviar mi corazón”, parece incluso una metáfora poética.

Se llama Natalia y aunque no cité su nombre entonces, ya hablé de ella en una ocasión anterior. Es la directora del balneario y según parece gusta de mi compañía y de mi conversación. Casi cada tarde nos vemos para charlar en el salón que hay en el centro del recinto, en la hora de la siesta. Es el momento, junto con la madrugada, más tranquilo del día. Nadie nos molesta y al estar solos podemos ejercer el derecho a renunciar a la música ambiental. El tono beige de la decoración es muy deprimente, pero por suerte yo ya no corro ese peligro.

Cómodamente sentados nos tomamos unos cuantos whiskys mientras oímos el agua brotar de la fuente de ese pequeño y ridículo jardín que hay a un lado del salón.

La belleza no me disgusta, pero el adorno sí, por eso detesto las fuentes y su simbolismo. El aguador no discrimina y eso siempre es un grave error.

El alcohol permite crear un simulacro de confianza y cercanía emocional. Mi gordura aumenta el coeficiente de mi masa corporal y la cantidad necesaria que debo beber de licor para emborracharme es mucha. Nunca quiero ni puedo llegar hasta este extremo, eso me permite dominar mejor la negociación, pues una conversación, por tonta que sea, siempre es eso, un pequeño combate.

A Natalia el whisky le desata la lengua y el acento que tiene pegado a ella, y que trata y sabe esconder muy bien. No estoy seguro, pero sospecho por qué lo hace.

Nunca hablamos de asuntos importantes, ella me cuenta sin dar nombres, cosas de los clientes que han ido pasando por el balneario. Siempre intenta que la anécdota tenga algún interés y quiere conseguirlo en la manera y la gracia de contar la historia. No sé, tengo la sensación de que está imitando a alguien cuando lo hace, incluso a alguien que se parece a mí, pero que no soy yo. Al final, eso sí, siempre he de ser yo el que acabe por redondear el chisme y convertirlo en una buena fábula. Ella no sabe.

Pero el otro día no hizo falta, lo consiguió sola sin tener ni siquiera que abrir la boca. Ni yo tampoco.

Tome, me dijo al sentarse frente a mí en su habitual butaca del salón. Yo le estaba llenando el vaso con un buen whisky de Malta, cuando veo que me entrega, depositándolo encima de la mesita, un sobre que observo ya ha sido franqueado en el correo postal. Está viejo y doblado.

Por favor, lea la carta, me pide.

Tomo un sorbo de whisky y saco la carta del sobre. Va dirigido a ella y el remitente es un tal Miguel. Está muy vieja y muy manoseada, muy leída. Es de hace muchos años, algo más de diez según el matasellos.

Antes de empezar a leer me ha pedido que le prometa no desvelar a nadie el contenido de la misiva. Se lo he prometido, aunque yo casi nunca cumplo mis promesas. Las razones para cumplirlas son distintas en cada caso, pero siempre son parecidas y eso me preocupa, porque marcan una tendencia, una propensión. En definitiva, una debilidad.

Leo:

Mi querida Natalia,

He recibido tu atenta carta y me dispongo a respondértela sin demora.

(…)

jueves, 5 de febrero de 2009

El peletero/Still life



13 Octubre 2007

El ser humano siempre se ha sentido interesado por todas aquellas cosas y seres que se mueven. Tanta ha sido la sugestión que ha manifestado por el fenómeno del movimiento, que nunca ha dudado en procurar plasmarlo de una o de otra manera. Su empeño ha sido constante, firme y decidido, y hasta que no apareció la fotografía, la pintura y la escultura fueron las técnicas más apropiadas para conseguirlo.

No menos resuelta ha sido también su propensión para todo lo contrario. La inmovilidad parece esconder un misterio de otra clase, un secreto que seduce y da reparo desvelar. Sin embargo la audacia humana no tiene límites.

El arte, y más concretamente la pintura, consiguió convertir en género, el retrato de cuerpos muertos, fundamentalmente comestibles o de adorno. Piezas de caza, frutas y flores, incluyendo también jarrones y platos, básicamente, aunque el repertorio es inagotable.

Larga es también la tradición de inmortalizar al muerto dejando constancia de él en su retrato, anterior a la defunción, o post mortem. Ya hemos hablado de ello en otras ocasiones.

En todos esos casos nos paseamos a lo largo de un linde no marcado por ninguna señal, o marca en el suelo.

El placer de retratar cadáveres, sean humanos, animales, o vegetales, como lo es un precioso ramo de flores, es una manera sesgada de captar un aspecto de la belleza que muchas veces se nos escapa, ante la avalancha de emociones que provoca la muerte. Pero solamente es en esta oportunidad, donde tenemos la fortuna de contemplar y disfrutar la sombra que proyecta ese secreto que se desvanece.

No el secreto y sí la sombra.

Es ella la que palidece como si se apagara el sol. Ése que un día fue dios y que ahora no es nada más que una estrella. Así pues, el secreto permanece mientras una nube oscura huye de nosotros.

¿Es un desvanecimiento? o ¿quizás es un milagro morir? ¿Esa es su belleza? ¿O todo lo contrario? ¿La constatación más terrible de la preeminencia de las leyes físicas? ¿Su cumplimiento inexorable?

¿Es una sentencia? ¿El final de una carcajada?

¿O la muerte es una simple casualidad, una nefasta suerte?

Porque yo no creo en el destino, ni que nada esté escrito. Ni siquiera creo que hayamos de morirnos. Yo no me creo eso.

No creo que tengamos que perder la vida necesariamente, o peor, innecesariamente. Morir en vida, claro, no vivir después de morir que es otra cosa muy distinta; seguramente también un engaño, una patraña, una mentira.

Estoy seguro que casi nadie lo cree, nadie cree que morirá, mienten cuando dicen que sí. Lo que ocurre es que no se atreven a manifestarlo en público

La “Naturaleza muerta” es la expresión que el castellano utiliza para plasmar las cosas inanimadas, término sin duda fatalista y rotundo, poco dado a la sutileza, incluso contradictorio. Los castellanos no han sido nunca buenos filósofos. Santos sí, místicos o guerreros, artistas también, pero no filósofos.

Los anglosajones en cambio, irónicos ellos, a la “Naturaleza muerta” la llaman “still life”, “casi vida”, “aun en vida”, "todavía viva". Parece una broma macabra, una buena ironía del mejor de los humores negros. Aunque la fotografía que nos encabeza el texto, realizada por Sally Mann, nos desabrocha el estómago porque nos muestra el sarcasmo y la verdad del vivir y el morir.

Pero también nos tienta y seduce esa lógica. Ese orden distinto, quizás un preámbulo, un aperitivo de eso que habrán de encontrar aquellos que tengan la desdicha de morirse.

¿Qué clase de alfabeto usan los muertos? ¿Es esa niña una niña?, ¿o es el aliento de algún monstruo al que todavía no han puesto nombre?

Yo creo que ninguna de las dos cosas, y las dos cosas al mismo tiempo. Creo que es un ángel, un ángel que se ríe.

¿De qué se ríe?

Se ríe de la risa. Que es una manera divertida y sencilla de estar poco cuerdo, porque los ángeles están un poco locos, por eso son eso que son.

¿Ángeles?

No, amnésicos. La eternidad no se puede recordar toda, es imposible, es demasiado larga, o rápida, por eso ríen, porque no pueden recordar casi nada. Excepto su propia risa.

En la eternidad no hay diferencia entre un segundo y un eón.

Ése es el mundo del más allá. El que nos espera si nos morimos.

Y sinceramente no me gusta. Prefiero seguir estando vivo. Aunque sea “still life”, o si me apuras, medio muerto.

O lo que sea.

miércoles, 4 de febrero de 2009

El peletero/El plexo solar



6 Octubre 2007

Conducir solo un automóvil, alejándote de casa puede llegar a ser una tentación. ¿Por qué?

Las primeras horas del día, esas horas tempranas, poco habitadas, siempre son claras. El aire al menos parece limpio de colores, no huele a nada y casi ni se puede tocar. El coche vuela y lo atraviesa como si todavía no fuera aire, como si aun no fuera nada, y tú, ni siquiera nadie.

Cuando conduces solo un coche, te das cuenta de que los tramos peligrosos son los rectos y los pocos árboles que hay en ellos.

Algunos son árboles robustos, de gruesos troncos, frondosos y generosos con todos aquellos que se les acercan buscando setas, flores, frutas caídas o una refrescante sombra.

Son árboles bondadosos que se dejan grabar a golpe de cuchillo el nombre de cualquier pareja de enamorados, a pesar que ellos no lo tienen. No tienen nombre. No tenerlo es la diferencia fundamental entre los animales y los vegetales. Los primeros son susceptibles de tener uno. En cambio, los segundos no. Aunque sin duda alguno habrá que haya sido bautizado.

Sin embargo nunca se nos ocurre que un ser humano no pueda tener uno.

No hace demasiado, tuve la oportunidad de leer -casi de una manera sorpresiva, y falsamente furtiva- un texto de una despedida amorosa. En ella, su autora hablaba del plexo solar, y lo identificaba como el lugar donde residían muchos de los dolores de su alma.

El plexo solar debe ser algo así como el centro del mundo. Algunas personas concentran en él esa clase de males y esperan que el tiempo sea benévolo con ellas permitiendo que desaparezcan igual que las nubes tras una tormenta.

De tormentas, recuerdo muy vivamente una de tropical que nos obligó a parar a un lado de la carretera el auto que habíamos alquilado, mientras la tormenta caía y no cedía. Paramos porque no éramos capaces de ver nada a un palmo del parabrisas del coche de tan abundante como era la lluvia. Paramos y esperamos mientras el suelo, que era de tierra, iba cediendo y el auto se hundía cada vez más en algo que se parecía mucho a unas arenas movedizas.

Además de los amigos fieles, en casa hemos tenido otros de menos íntimos, amigos también, personas entrañables, bondadosas y dignas de confianza. Amistad puesta a prueba y superada con creces, pero en la que, por alguna u otra circunstancia, no llegamos a profundizar verdaderamente, tal y como nos hubiera gustado a los dos.

Uno fue un peletero como nosotros, y el otro un médico, nuestro médico de cabecera.

El peletero se llamaba Antonio, estaba divorciado y era uno de esos hombres que uno no entiende cómo siguen viviendo solos, dando por supuesto y equivocadamente, que las mujeres deberían hacer cola tras la puerta de su casa para pedirle una cita. El caso es que Antonio era un hombre, alto, fuerte, guapo y atractivo, que sonreía amargando el rictus del labio inferior. Era dulce de palabra y parecía susurrar con un fondo ronco en su garganta.

Casi de la noche a la mañana se arruinó. A nosotros nos debía dinero, no mucho, pero algo.

Y un día su coche se salió de la carretera en plena recta y se mató.

Todos sabemos que no fue un accidente. No lo fue. Y ahora, por motivos que no vienen al caso, todavía estoy más seguro de ello.

Me gustaba su forma de hablar callada, su parecido con Johny Cash, su aspecto tranquilo y su gabardina siempre arrugada. Y me gustaban las conversaciones que tenía con mi tío Eduardo, ambos sentados en sendas sillas, cara a cara, de frente y sin ninguna mesa que los separase. Sus rodillas a un palmo de las del otro. Fumando cigarrillo tras cigarrillo, y yo, a tres metros de distancia de ellos, tres metros para tener una buena perspectiva de la escena. De pie, callado y escuchando.

Dos hombres guapos hablando de la vida y de la muerte, y por supuesto de negocios y de dinero, pero jamás de mujeres.

Esa fue una de las cosas que aprendí de ellos. Cuando hablan dos hombres, nunca lo hacen de mujeres. No es ningún tabú, ni pudor, vergüenza o machismo. Simplemente no hace al caso.

Eso que afirmo puede parecer inverosímil o poco creíble, pero es cierto. Naturalmente hay que decir también, que no todo aquél que lleva pantalones es un hombre, ni todos los hombres llevan pantalones.

Se ha de entender que estoy hablando de algo especial, hablo del desasimiento, pero lo hago como nota al margen, nada más. Hoy no toca decir nada de él, quizás otro día.

Ahora los dos están muertos, mi tío Eduardo de cáncer, y de Antonio aun debe quedar algo de él incrustado en aquel árbol contra el que se estrelló, el único que había en toda la recta. Supo elegir, era un árbol fuerte y hermoso. Hubieran podido muy bien haberle enterrado allí, bajo la protección de su sombra, anónimo, desasido y elegante como había sido su vida.

Nuestro médico de cabecera se llamaba José Luis, fue un aragonés adusto y algo destemplado. Al poco de casarse y terminar los estudios se fue a Liberia. A esa Liberia que ahora está llena de niños soldados con sus almas y cuerpos quebrados y mutilados.

De él diré poco porque no sé si estoy todavía preparado para ello. Era un tipo de hombre difícil de definir. Le gustaban los westerns, nos dijo un día, y sin decir más comprendimos qué quería decir y cuál era su carisma al ver que sus ojos acuosos se abrían más de la cuenta y pasaba rápidamente a hablarnos de África. A un lado de su mesa tenía una fotografía de su familia, de su esposa Blanca y de sus hijos, y al lado de ésta, otra de una niña liberiana, vestida con uno de esos vestidos africanos, drapeados, llenos de colores y sonriendo coqueta al fotógrafo. O puede que fuera una niña de Ghana, país donde había fundado un hospital.

Nuestro médico también murió. Del corazón, que según parece no cuidaba lo que debía, “ni hacía lo que sabía debía hacer”, nos dijo su esposa el día del sepelio. No sé transcribir exactamente sus palabras y no quiero traicionarlas, pero por su tono, sospecho o creí entender que ése “no cuidarse” fue una actitud algo premeditada. Como un desasimiento también. Una especie de pesimismo metafísico, a pesar de ser una persona creyente.

Todo eso son ensoñaciones y misterios ya insolubles y también indisolubles en cualquier agua por más limpia y transparente que mane de la fuente.

El sol sale cada día y de tanto salir casi no nos fijamos en él, no le prestamos atención, excepto cuando algún hecho colateral nos enaltece el ánimo o nos hunde en la noche en pleno día.

Mientras tanto, los árboles continúan sin tener nombre.

En el tronco de un árbol una niña
grabó su nombre henchida de placer.
Y el árbol conmovido allá en su seno
a la niña una flor dejó caer.
Yo soy el árbol conmovido y triste.
tú eres la niña que mi tronco hirió.
Yo guardo siempre tu querido nombre,
¿y tú, qué has hecho de mi pobre flor?


¿Y TÚ, QUE HAS HECHO? (Buena Vista Social club, Eusebio Delfín)

martes, 3 de febrero de 2009

El peletero/Bullshit y el Gato viejo. (y 2)



4 Octubre 2007

SEGUNDA PARTE Y ÚLTIMA

De momento dejaremos a las prostitutas tranquilas y nos centraremos en el tahúr.

Y de esa forma aprovecharemos de paso, para hablar de otro delicioso libro, llamado “La ciudad de las patrañas” del director de teatro y de cine norteamericano David Mamet, y más concretamente de su primer capítulo. “Joyas de la biblioteca de un jugador”

En 1.987 Mamet dirigió una muy buena película titulada, “The House of Games”, interpretada por Lindsay Crouse y Joe Mantenga. Ella interpreta a una psiquiatra que se ve atrapada, casi por propia voluntad, en las redes de unos estafadores y jugadores de ventaja.

El mismo David Mamet nos cuenta de él una pregunta aparentemente insignificante que su padre le formuló, al anunciarle una tarde, que iba a jugar a las cartas.

¿Todavía juegas?”, le preguntó. ¿Tenía esa pregunta algún significado escondido? Mamet se responde y nos indica que:

“Lo que mi padre quiso decir fue lo siguiente: ¿Todavía necesitas las restricciones artificiales de un juego de reglas fijas? ¿Todavía necesitas un campo delimitado, y no te das cuentan de que el Juego tiene lugar constantemente a tu alrededor?”

Así pues, hemos de saber determinadas cosas sobre la realidad de la vida que las cartas nos pueden enseñar para poder salir, más o menos, bien librados de ella. Mamet hace una muy buena relación de consejos, avisos y anécdotas.

Empezaremos recordando que Ricky Jay, en su libro, “Las cartas como armas”, nos advierte que:

“Las artes marciales siempre han insistido en el control espiritual basado en la destreza física y mental: Los juegos de cartas se prestan maravillosamente bien a este proceso”.

Continuaremos con los hermanos Bert y Bart Maverick y leeremos en su libro de título poco original, “El póquer según los Maverick”, una buena anécdota:

“Un forastero entra en una partida de póquer y liga una escalera de color. Apuesta y pone todo su dinero en la mesa. Su adversario enseña un dos, un cuatro, un siete, un nueve y una sota de distintos palos y empieza a arramblar con el dinero. Nuestro amigo, incrédulo, señala su escalera de color y protesta. El otro señala un letrero en la pared que dice “2-4-7-9-sota hacen un Gato Viejo. El Gato viejo gana a todo.””

La conclusión de los hermanos Maverick es la siguiente:

1) “Hay que conocer las reglas.
2) Cuando algo es demasiado bueno para ser cierto es que no es cierto.

Cuando juegas el juego de otro lo más seguro es que acabes pagándole.”

Son buenos consejos, sin duda, y también lo son los que nos regala Herbert Yardley en, “La educación de un jugador de póquer”, cuando afirma sin pestañear que:

A) “Si no tienes nada, retírate.
B) Si te van a ganar, retírate.
C) Si tienes la Mejor Jugada, hazles pagar.”

Naturalmente, para que todo ello sirva de algo hemos de ser conscientes para qué estamos jugando. Y eso nos lo recuerda Frank Wallace en, “Conceptos avanzados del póquer”.

El señor Wallace deja bien claro que:

“El objetivo del juego es ganar dinero. El buen jugador ha de querer ganar “Todo el dinero”, y que para logarlo debe:

“Aprovechar cualquier ventaja legítima, teniendo en cuenta que: se considera ventaja legítima todo aquello que no sea manifiestamente ilegal.”

El libro de Wallace también nos recomienda que, uno debe convertirse en el alma de la partida casera (o amistosa), que uno debe procurar ganarse la fama de servicial y al mismo tiempo una imagen de imparcialidad.

Continúa diciéndonos que debe hacerse cargo de las pequeñas cosas y decisiones. Solamente así conseguirá al final decidir en las grandes, en las importantes y elegir de esta manera el lugar, la hora e incluso la comida.

Lo más gracioso es la manera que él propone para conseguir todo eso tan difícil. El método es lo que él llama “el viejo truco de hervir una rana”. No hay que meter la rana en agua caliente, porque escapará de un salto. Se mete en agua fría y se va calentando muy, muy despacio.

A continuación David Mamet nos enseña algo que yo siempre procuro llevar a la práctica. Y es que uno puede aprender de cualquier cosa enseñanzas que te pueden servir para lo más insospechado.

De esta manera Mamet llega a una conclusión muy interesante basándose únicamente en un libro para entrenar perros, “El perro doméstico” de Richard Wolters.

La conclusión del libro es obvia, y lo es tanto que puede pasar desapercibida. “Para adiestrar al perro hay que ser más listo que él, anticipándose a sus necesidades y aprovechando sus querencias”.

Mamet afirma muy convencido que solamente así evitaremos “el menos apasionante de los Descubrimientos Familiares: descubrir quién es el que manda”.

Pero de todas estas recomendaciones, la que a mí me parece más útil es la que sin temblarle la lengua, nos ofrece Herbert Yardley:

“Echa un vistazo a la mesa y averigua quién es la Víctima; si no puedes localizarla, es que eres tú”.

En este sentido y a estas alturas creo que queda muy claro que uno no puede ganar si no está dispuesto a perder. Y que aunque el propósito sea ganar “todo el dinero”, es conveniente también dar buenas propinas. Solamente así comprenderemos bien la historia que nos cuenta y que circulaba en su niñez y tratar al mismo tiempo de entender que una de las claves de la vida es precisamente esa, dar buenas propinas.

Esa historia nos dice que a un gran jugador llamado Thomas Preston (Amarillo Slim) que jugaba en Arabia, la mafia le propuso protección y la garantía de cobrar sus ganancias a cambio de un 25 % de ellas. Slim aceptó sin pensárselo dos veces. La razón, decía ése Slim, era que siempre es mejor jugar tranquilo, que con el ánimo alterado.

Mamet termina citando a un tal Andrews, para justificar sin sofismas esta retahíla de anécdotas afirmando por boca de ése gran jugador que:

“lo anterior puede servir de advertencia a los incautos carentes de malicia y puede inspirar a los habilidosos, enseñándoles artimañas…

Pero no volverá crueles a los inocentes, ni transformará en un profesional al que juega para pasar el rato; ni hará listos a los tontos, ni reducirá la cosecha anual de primos”.


Pero David Mamet sí que realmente termina el capítulo, al reconocer que en realidad ya no juega a las cartas, y que se está acercando a la edad que tenía su padre cuando le hizo aquella pregunta cargada de ironía.

Tal vez por eso nos aconseja en su última frase que: “Fíate de todo el mundo, pero corta la baraja”.

Nosotros diremos poca cosa más. Nos limitaremos ha constatar la evidencia histórica que los ingleses, aunque tal vez no sean los mejores, cuando se trata de explicar la cruda realidad, no los gana nadie. Al menos eso era así hasta no hace mucho. La expresión “mierda de toro”, es una buena prueba de ello.

Me gusta su contundencia.

Y afirmar también, que más veces de las que desearíamos, nos las hemos de ver con un buen pedazo de mierda de toro entre las manos. O… tener que besar por obligación, o por equivocación, el culo de un toro.

Desgraciadamente yo he tenido que besar más de uno a lo largo de mi vida. Sin embargo no me consuela saber también que las vacas no son mejores, la verdad es que no lo son. Lo sé.

sábado, 31 de enero de 2009

El peletero/Bullshit y el Gato viejo. (1)



3 Octubre 2007

PRIMERA PARTE

Me siento afortunado al tener como buena vecina a una mujer, que como yo, intenta llevar a delante una tienda. En su caso es una librería pequeña y muy especializada en un tema que ahora no viene al caso. Es una muchacha encantadora y simpática, reservada, pero de conversación amena. Periódicamente nos visitamos y charlamos, y ella siempre tiene la delicadeza de regalarme un ejemplar de una revista que edita , junto con más colaboradores.

Cada dos o tres meses, pasa por mi tienda y me encarga presupuestos de pantalones, chaquetas o camisas de cuero a medida, para ella misma o para amigos a los que quiere hacer un regalo.

El último de esos posibles regalos era una corbata de cuero negro, estrecha y con un pespunte de hilo blanco en su centro y a todo lo largo, dijo que era para una amiga. Las mujeres están muy hermosas y sexis cuando se visten de hombre, y si además es con cuero negro todavía mejor.

La cuestión importante es que ninguno de estos “regalos” o encargos ha llegado a materializarse. Nunca.

¿Será que soy caro?, no, si lo fuera no insistiría y además a ella casi se lo vendo al coste. No soy caro. Al mismo tiempo, después de cada consulta y después también de recibir mi presupuesto, no responde nunca, ni sí, ni no. No responde nada a no ser que yo pregunte. Ya no lo hago, pero al principio sí preguntaba. Entonces sus palabras eran evasivas, dilatorias y vagas, posponiéndolo todo a una futura respuesta que nunca se producía.

Ahora me limito a escuchar lo que quiere, la atiendo lo mejor que sé, le enseño calidades, colores y le hago el presupuesto, que ella recibe contenta y agradecida, prometiéndome siempre que en pocos días me dará una respuesta. La respuesta nunca se produce, ni yo la espero.

Esta es una circunstancia un poco fastidiosa, pero inocente. Nadie resulta dañado, ni poco ni mucho. Sin embargo, eso no es óbice para que llamemos a las cosas por su nombre, y a eso se le llama “bullshit”.

A eso y a otras cosas.

Harry G. Frankfut, uno de los moralistas norteamericanos más importantes, tiene un librito delicioso titulado así, “On Bullshit”. Su lectura es recomendable, instructiva y muy amena.

La traducción correcta en castellano es “CHARLATANERÍA

Frankfurt casi identifica eso que él llama “charlatanería” con “paparrucha”, en inglés “humburg”, y la definición que de esta última hace Max Black en, “The prevalence of humburg”.

De ella dice Black:

"PAPARRUCHA: tergiversación engañosa próxima a la mentira, especialmente mediante palabras o acciones pretenciosas, de las ideas, los sentimientos o las actitudes de alguien.”

Nosotros pensamos que se debería tener en cuenta la palabra PATRAÑA, aunque ésta quizás esté demasiado cercana a la mentira y a la invención fabulosa tal y como dice la Real Academia Española de la lengua.

Frankfurt advierte la importancia clave de que cuando alguien tergiversa cualquier cosa, ha de estar forzosamente tergiversando también su propio estado de ánimo.

Él dice: “Es posible por supuesto, que uno tergiverse solamente eso (por ejemplo, fingiendo que tiene un deseo o un sentimiento que realmente no tiene)” Y continúa diciendo que en el supuesto de una mentira o de cualquier otra tergiversación, lo está haciendo de dos cosas al mismo tiempo, la cosa en sí tergiversada y su estado de ánimo.

Para profundizar en su “investigación” Frankfurt recurre a Wittgenstein (como casi todo el mundo) cuando éste cita un poema de Longfellow:

In the elder days of art
Builders wrought with greatest care
Each minute and unsee part,
For the Gods are everywhere.


La cita es muy pertinente al querer resaltar el trabajo mal realizado y descuidado como análogo a la charlatanería. Ella es poco exigente, nos dice, y no busca la perfección. Es zafia.

En España tenemos un libro muy interesante de Oscar Tusquets “Dios lo ve”, dedicado precisamente al trabajo bien hecho.

Frankfurt nos recuerda que la palabra shit (mierda), de bullshit, no es precisamente un producto de diseño, es algo expelido, expulsado, echado y filtrado, limpio de alimento. El charlatán es un lanzador de mierda, en el sentido de desprenderse de algo. Un enunciado al que le ha quitado la verdad. Su actitud es laxa, desaliñada.

Wittgenstein fue una persona muy especial en su lucha contra el sin sentido, nos señala Frankfurt. Un caso extremo, muy extremo, es la anécdota que su amiga Fania Pascal relata en: “Wittgenstein: A Personal Memoir”

“Me acababan de extirpar las amigadlas y me hallaba en el Evelyn Nursing Home con el ánimo por los suelos. Entonces llamó Wittgenstein. Yo gruñí: “Estoy como un perro al que acaban de atropellar”. Él respondió con fastidio: “Tú no tienes ni idea de cómo se siente un perro atropellado””.

Indudablemente Wittgenstein era un bromista sin sentido del humor, algo siempre muy penoso y desagradable. Él no sabe entender que su amiga únicamente trata de hacer una hipérbole, una simple metáfora. También pensamos que Frankfurt habría de haber elegido un ejemplo mejor, más ajustado a lo que él trata de dilucidar y explicarnos. Pero elige ése, invitándonos casi, a utilizarlo solamente como ejercicio retórico, y a olvidarnos de la nula capacidad que Wittgenstein manifiesta para interpretar una simple figura poética.

Así lo haremos, seguiremos el juego del señor Frankfurt, y señalaremos de pasada una obviedad, que la inteligencia es un prisma con múltiples caras y Wittgenstein es una buena prueba de ello.

Así pues, para lo que hace al caso y según Frankfurt. “la cuestión es más bien que, hasta donde Wittgenstein puede ver, Pascal ofrece una descripción de un cierto estado de cosas sin atenerse verdaderamente a las exigencias que impone la empresa de brindar una adecuada representación de la realidad. Su falta no estriba en que no logre presentar las cosas correctamente, sino que ni siquiera lo intenta”

“A ella no le interesa el valor veritativo, es ajena a todo interés por la verdad, por eso no considera que esté mintiendo; pues ella no presume de conocer la verdad y su afirmación no se basa ni en la creencia de que es verdadera como correspondería a la mentira”

“Es precisamente esa ausencia de interés por la verdad –esa indiferencia ante el modo de ser de las cosas- lo que yo considero la esencia de la charlatanería”, Dice Frankfurt.

También nos señala muy acertadamente, que cuando se miente de una manera eficaz, el mentiroso debe necesariamente conocer la verdad. En cambio el charlatán no miente respecto a los hechos y sí sobre su propósito, tergiversa su intención.

Para el charlatán, la verdad no tiene importancia, ni siquiera sabe qué es, prescinde de ella y de “cómo son realmente las cosas de las que habla”.

“Es imposible mentir si uno no cree conocer la verdad. Producir charlatanería no requiere semejante convicción. Una persona que miente está respondiendo a la verdad y en ese sentido, es respetuosa con ella”

Pero el charlatán, “No rechaza la autoridad de la verdad, ni se opone a ella. No le presta ninguna atención en absoluto. Por ello la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira”

Frankfurt concluye que la charlatanería aparece inevitablemente siempre que se exige a alguien a hablar de lo que desconoce. Y yo añadiría que es así y que esa es la razón por la que todos somos algo charlatanes cuando hablamos de nosotros mismos.

La tentación de mentir, charlatanear y farolear sobre nosotros es grande, pues tal vez es la única cosa que podemos hacer respecto a nosotros mismos.

Aquí hemos introducido un concepto nuevo, “FAROLEAR”, más cercana a la charlatanería que a la mentira, al haber en ella un propósito de falsificación más que de falsedad. Frankfurt distingue ambas cosas cuando afirma que una falsificación no tiene que ser necesariamente inferior a la cosa real. La mentira sí lo es.

Lo que no es auténtico no tiene por qué que ser defectuoso, nos viene a decir Frankfurt.

Llegados a este punto uno no puede evitar hacer un elogio de la prostituta y del tahúr. Ambos son charlatanes, aunque los beneficios o desgracias que nos pueden aportar cada uno son bien distintos.

Fin de la primera parte.

viernes, 30 de enero de 2009

El peletero/Con el labio partido



29 Septiembre 2007

ALGUNAS LÁGRIMAS, LA FOTOGRAFIA, Y UN MINI RELATO ERÓTICO.

En este mundo nuestro en el que se desarrollan las circunstancias de nuestra vida, casi siempre difícil, dura y poco agradecida, solamente hay dos cosas serias y comprometidas, a saber: los toros y el sexo.

Únicamente en ellos dos, la Vida es al mismo tiempo Arte.

En ambos se vive y se muere de verdad… y también se mata y se deja vivir.

Empezaremos por la primera, los toros.

El pasado día 23 de septiembre de 2007, se despedía de España Julio César Rincón, torero colombiano, nacido en Bogotá. Y lo hizo en Barcelona.

A propósito de esa corrida de toros de la Mercè, en la Monumental de Barcelona, y en la que también participó José Tomás, Joaquín Luna periodista de la Vanguardia, al día siguiente, escribe:

“Circula una teoría en Barcelona –nocturna y acientífica- según la cual las mujeres buscan amor para tener sexo mientras que los hombres son una prolongación del foso de los mandriles del Zoo de Barcelona (…) En contrapartida un hombre jamás llora, y menos por un detalle hermoso. El manual de uso del llanto masculino es complejo y aun desconcertante, pero hay que reconocerles a los hombres que cuando lloran es por una causa mayor: los clientes del café de Rick cantando La Marsellesa en Casablanca, por ejemplo”.

Paco March, otro buen periodista de la misma Vanguardia, nos dice del torero colombiano:

“Todo fue una carga de torería que aromatizaba, no ya las suertes, sino cada uno de sus movimientos. En su primero dio réplica a Tomás en el quite por chicuelinas con sus mismas armas, y la faena de muleta fue un curso de tauromaquia de alta especialización, con teoría de las distancias como materia fundamental”.

Y Joaquín Luna termina escribiéndonos:

“¿Qué quiere decir seducir? Administrar los tiempos y las pausas de la lidia como hizo Rincón con su primer toro al que convirtió en el rey (…)”

“Se fue Rincón por la puerta grande de la Monumental, el cuerpo cosido a cornadas y el orgullo del hombre con el deber cumplido” (…) “orgullo de un hombre que, visto lo visto ayer, nació para ser torero y torero sería aun cayendo de un sexto piso”.

“La corrida de la Mercè en Barcelona solía ser una tarde melancólica. (…) Ayer, en cambio, salimos llorados y felices”.

Y ahora continuaremos con la segunda, el sexo.

A Verónica y a mí nos gusta la fotografía y aunque casi siempre terminamos algo tristes al mirarlas, no dejamos de hacerlo. Esa mirada siempre es intrusa y fisgona, aunque lo que miramos no se esconde ni se tapa.

En el sexo también hay el mirar del que mira y el mirar del que se muestra. Y una fotografía es eso, una fotografía solamente es lo que hay en ella, pero eso que hay la trasciende, y trasciende al que mira y al mirado.

Todo es pertinente en una fotografía. Las baldosas del suelo, la pintura de la pared, el maquillaje del rostro, el nudo de los zapatos, los objetos de la estantería, los zapatos mismos, la hora que marca el reloj que hay en aquel mueble de la esquina. Las manos y aquello que agarran o sueltan. Los colgantes y los adornos. Los vestidos. Las sombras de todos aquellos que no aparecen en la fotografía, la imagen del fotógrafo reflejada en la niña del ojo del retratado, todo es oportuno y revelador. Y, para mí, el cabello lo es mucho.

El cabello señala el viento y su dirección, es la bandera del cuerpo. Indica el día y la hora. Hoy al mediodía, ayer, anteayer, o hace dos semanas o veinte meses.

Él nos muestra qué se nos ha quedado enmarañado en su bosque, qué vientos y qué manos lo despeinaron la pasada noche, o aquella otra olvidada, hace ya… algunos años.

Y el labio. El labio es muy importante. El labio partido por una bofetada o rasgado al hablar. Las palabras matan, pero el silencio es todavía peor verdugo. El labio no engaña, los ojos sí.

La boca siempre es un labio partido. Al igual que el cordón umbilical, nos lo cortan al nacer.

Por eso nos gusta besar, para volverlo a cerrar.

Mini relato erótico que empezó a tener lugar una mañana, a primera hora:

Yo me había levantado temprano, ella aun seguía durmiendo, Verónica es muy madrugadora, pero esta vez había ganado yo.

Ya estaba duchado, perfumado, peinado, vestido y a punto de irme cuando la vi sentada en la cama desperezándose, me miró y sonrió. Buenos días amor mío, le dije. Me respondió con otros buenos días más dormidos que despiertos.

Me senté a su lado, estaba despeinada y olía a ella misma, a eso que tanto me gusta, ese olor a carne y a piel, a sudor limpio, aunque todavía conservaba algún rastro del perfume de anteanoche.

Giré su rostro hacia mí y le dije, “esta noche me gustaría hacer el amor contigo”, ¿te parece bien? Se despertó de golpe, abrió los ojos, sonrió todavía más y me dijo que sí, que le parecía muy bien. Nos besamos con ternura.

Me levanté de la cama y antes de irme puse mi mano entre sus piernas, la acaricié suavemente y me llevé su aroma para todo el día.

Hasta la noche princesa, me despedí. Y me fui.

"I don't know the question, but sex is definitely the answer."
(Woody Allen)

jueves, 29 de enero de 2009

El peletero/Nº 5



26 Septiembre 2007

UNA VERDAD, OTRA CONVERSACION CON EL FANTASMA Y…

No acostumbramos a ser críticos literarios, pero sí nos gusta dar nuestra opinión sobre cosas insólitas que sacuden nuestras vísceras.

Procuraremos hablar de un libro que nos gusta, lo haremos a nuestra manera. Con la levedad del bailarín que guía a su compañera de baile, tratando de seguir la música, que quieras o no, es la misma para ambos.

Nos gusta seguir el ritmo acompañado.

Bailar solos está bien, pero la sonrisa de tu pareja mejora la vida, la salud y el entendimiento. El tiempo transcurre como es debido, y los razonamientos de nuestras neuronas saben mezclarse correcta y armoniosamente con las células cardíacas para seguir esa coreografía que te permite bien pensar y pensar bien.

Bien pensar y pensar bien, al igual que la cintura y la cadera, todo se mueve al compás.

Al compás del tiempo que no cede.

Bien pensar y pensar bien. Es fundamental para sobrevivir.

Para sobrevivir bien, disfrutar de la alegría y procurar entender libros como ése que vamos a tratar de comentar muy a flor de agua.

Nos gusta el pueblo judío, quizás porque hemos conocido a muchos y de algunos hemos visto sus números tatuados. A Iván, a Milton, a Rathaus, a Levin, a Levit, a Goldferin, a Freeman, a Forman, a Feldman, a Cristina.

A Diana. Tan delgada como una flecha.

Y a Verónica.

Y a toda su épica.

Y nos gusta el libro de Albert Cohen, dedicado entero a su madre, “El libro de mi madre” Un tipo de mujer ya inexistente y que merece, al menos hablar de todas las que eran como ella y, sin duda, de ella. Él lo hace, y pocos lo han hecho como él.

Ruego encarecidamente que todos aquellos aficionados y profesionales de la psicología se abstengan de hacer ningún comentario. Y mucho menos los amantes y doctos en Freud y seudo discípulos.

Manténganse en silencio por favor.

Gracias.

El principio:

“Cada hombre está solo y a nadie le importa nadie y nuestros dolores son una isla desierta. No es razón para no consolarse, esta noche, entre los ruidos postreros de la calle, consolarse esta noche con palabras. Ah, pobre perdido que, ante su mesa se consuela con palabras, ante su mesa y con el teléfono descolgado, pues le asusta el exterior y por la noche, si está descolgado el teléfono, se siente rey y defendido de los perversos de fuera, tan pronto perversos, perversos por nada”.

Es un comienzo duro. Pero no mejor es el final.

“Han transcurrido años desde que escribí este canto de muerte. He seguido viviendo, amando. He vivido, he amado, he gozado de momentos de felicidad mientras ella yacía, abandonada, en su terrible lugar. He cometido el pecado de la vida, yo también como los demás. He reído y volveré a reír. A dios gracias, los pecadores vivos no tardan en convertirse en muertos ofendidos”.

Hoy en día no tiene ningún sentido hablar de una madre a no ser que uno quiera ser cursi, o un político que trate de legislar alguna ley reparadora o protectora, un recaudador de votos.

Es fácil pensar que éste es un libro fúnebre pues habla, y mucho, de ella, de la muerte, y de la muerte de su propia madre. La muerte está presente constantemente. Hay sin duda tristeza y una cierta perplejidad por la transformación de las cosas en algo nuevo, que el autor no está muy seguro de su bondad.

Pero… no es un libro dedicado a la Muerte, no lo es, y sí al Amor.

Pero para que uno pueda hablar de él, del Amor, en mayúsculas, y hacerlo debidamente, debe de ir constantemente de la mano de “ella”, de esa fría y huesuda mano de la muerte. Es inevitable, es así, no hay manera de cambiarlo ni de evitarla.

Ella también quiere bailar su propia danza que sin duda no es la del vientre.

“Aquella mujer que había sido joven y guapa, era una hija de la Ley de Moisés, de la Ley moral que para ella tenía más importancia que Dios. Por tanto, nada de amores enamoradizos, ni pamemas a lo Ana Karenina. Un marido, un hijo a quien guiar y servir con humilde majestad. No se había casado por amor. La habían casado y ella había aceptado dócilmente. Y había nacido el amor bíblico, tan distinto de mis occidentales pasiones. El santo amor de mi madre había nacido en el matrimonio, había crecido con el nacimiento del bebé que fui yo, se había desarrollado en la alianza con su amado esposo contra la vida perversa.”

Este tipo de cosas deben decirse y repetirse. Hay que dejarlas escritas tal y cómo él hizo y nosotros procuramos repetir aquí. Hay que saber que eso existió, y que hubo personas que así, tal cual, lo sintieron en sus corazones.

Corazones humildes y sinceros, que sabían que la razón estaba de su parte.

Respecto a ello ruego que tampoco se hagan análisis sociológicos, históricos o antropológicos.

Hay que callarse y procurar entender.

Sí serían adecuados los comentarios morales, pero hoy en día pocos son capaces de hacer tal cosa, fuera del dogma o del fanatismo. No es eso lo que nosotros reclamamos, por supuesto. Pero nos gustan los comentarios morales, que añadiéndoles una “t” se convierten en mortales.

Albert Cohen habla mucho del pecado de la vida, se siente culpable de acompañar a su madre al tren de regreso a Marsella. Mientras él solamente tiene puesto su pensamiento en… Dianne. Y Atalanta…Y Julieta…

Sus pensamientos están absolutamente dominados por los besos que le prometen sus amigas.

Pecado de la vida. Así lo llama él.

- ¿Por qué has llamado a este post Nº 5?

- Por el perfume de Chanel, mi madre todavía lo usa y a mi me gusta olerla con él.

- ¿Te crees un perfume?

- ¿Quién, yo? ¡No!... pero perfumo. A quien se me acerca.

- Eres un petulante.

- Sí.

- ¿Qué música estás escuchando?

- Una rumba catalana de “Los Manolos”, titulada “Una aventura”.

- ¿Con quien la bailas?

- Adivina.

- ¿Con tu madre?

- ¡No!, ella ya no puede hacer tal cosa. Bailo con la novia de mi padre.

- ¿Tu padre tiene una novia?

- Sí, él pronto cumplirá noventa años y ella ya pasa de los cuatro. Pobre, tampoco puede, pero le gusta vernos bailar. La niña sonríe como las diosas. ¿Sabes qué es eso?

- Sí, claro que lo sé.

- Entonces sabrás que su sonrisa tiene poder.

- ¿Eh? Sí, por supuesto

“Escondiste estas cosas de los sabios y entendidos y las has revelado a los niños… porque así te agradó.”

(Lucas, 10:21)

- ¿En que consiste ese poder de la sonrisa que dices? Yo ya lo sé, pero cuéntalo tú, por favor.

- Eres un fantasma mentiroso, no sabes nada. Es la alegría, sólo eso. Contigo siempre termino diciendo cosas cursis. Literatura amorosa barata.

- ¿La alegría?

- Sí.

“¡Sí, es eso!”. Dijo alguien a mis espaldas que no era el fantasma, pero que se encontraba por allí fisgoneando.

Me di la vuelta y la vi. No era ningún fantasma, no. La saludé.

- ¡Hola!

Y me devolvió el saludo.

- Hola.

- ¿Cómo te llamas?, le pregunté.

- Amparo, me respondió.

- Precioso nombre, te estaba esperando.

- ¿Sí?

- Sí, ven. ¿Te apetece un whisky?

- Claro, pero antes dame un beso, soso.

- Perdón, es verdad.

Y le dio un beso.

miércoles, 28 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (4)



22 Septiembre 2007

Sólo una sombra prematura entró
en el rostro del joven Rembrandt. ¿Por qué?
Pintores holandeses, decid, ¿qué pasará
al pelar la manzana, cuando falte la seda,
cuando todos los colores sean fríos?
Decidnos, ¿qué es la oscuridad?


(Fragmento de “Pintores holandeses” Adam Zagajewski)

Las palabras también son máquinas y en la Biblioteca Central de la Universidad de Kunisburg están todas, no falta ninguna. Pero las palabras están hechas para ser dichas y ser oídas, aunque las escribas y las leas, las dices y las oyes.

Debes hacerlo, alguien debe hacerlo.

Teodoro Van Babel sabe que en el camino de Ostende las palabras tienen sombra, al igual que los árboles que lo bordean y que ha pintado decenas de veces.

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Querido Teodoro, el parto ha ido bien. Tu nueva sobrina se llama Rosa, como la abuela de Christian. Es bonita, ha nacido sana y con muy buen peso. Una niña más, parece que no sabemos darle un nuevo hermano a tu sobrino Pablo. Con tantas mujeres lo vamos a malcriar. Aunque quizás eso sirva para que no se embarque hacia América.

La niña es rubia como un girasol y redondita, Christian no para de besarla y cada beso que le da también me lo da a mí.

¿A ti quién te besa Teodoro?, perdona que te lo pregunte, ¿esa ramera negra?

Esos no son los besos que tú necesitas Teodoro. Se me hace extraño mirar los dibujos que me envías de ella. ¿También es negra por dentro?

¿La amas?, ¿te ama ella?

Silvia, tu hermana que te quiere


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La historia de la pintura se termina con Velázquez y su “Meninas” cuando convierte la ventana en un espejo. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes al situar parte de los acontecimientos que ocurren detrás de nosotros. Por primera y última vez, los espectadores, gracias al engaño y a la ilusión pictórica, nos hemos convertido también en protagonistas, estamos contenidos en la pintura. Esto no había ocurrido nunca antes con la maestría con la que Velázquez logró plasmarlo y jamás volverá a ocurrir después. Lo que Velázquez hizo no puede repetirse fuera del plagio, pero antes que él se vislumbró el camino.

La pintura es un agujero, no sabemos en qué, pero el desgarro es real, tanto, como lo que vemos a su través no existe. La pintura sólo es una superficie plana con capas superpuestas de pigmentos químicos.

Ya hemos afirmado que los diversos retratos que Teodoro Van Babel realizó de la familia de su hermana Silvia están inacabados, lo están de diversas maneras, psicológica y pictóricamente. Los personajes no tienen fondo ni suelo, y aunque son de cuerpo entero no están ubicados, no tienen punto de referencia. Pero todos ellos miran al espectador, nosotros somos su anclaje. Los fondos en esos retratos son irregulares como el techo de su catedral filistea en la que pintó a Sansón. El trazo es grueso y tosco, únicamente este grosor de la pincelada es el que proyecta sombras verdaderas.

Velázquez pintó igual, aunque con más finura, a su “Pablo de Valladolid”, pero con el detalle y la diferencia fundamental de colocar una pequeña sombra a sus pies y simular así un suelo sustentador. Sinceramente, Velázquez tenía razón, solamente él tiene razón. Todo ha de tener su sombra, sin ella las cosas no pesan y todo lo que no pesa no tiene patria ni norte.

La mirada necesita posarse al igual que el pensamiento y esto es lo que no sucede con los retratos de Silvia y su familia. Nuestra mirada no consigue detenerse.

Teodoro Van Babel fue un pintor muy dotado técnicamente, pero era poco paciente. A diferencia de Durero que fue hijo de su tiempo y asimilaba todo lo que aprendía y sabía darle forma, y de Rembrand que siempre demostró de él mismo ser una prueba fehaciente y un poco triste de humanidad, y de Velázquez con su humanismo. A Teodoro no sabemos calificarlo. Parecía voluntariamente torpe y en ocasiones infantil. Sumaba voluntad, entusiasmo y torpeza.

Esa tríada, a nosotros nos recuerda a Pasolini, y su mirada lúcida pero oscura, esa sabiduría desconcertante que le llevaba a contratar actores no profesionales y dotar así, a sus películas, de una textura muy característica. Van Babel y Pasolini hubieran sido buenos amigos de Caravaggio y de los mendigos, ladrones y asesinos que éste recogía de la calle para que fueran sus modelos y pintarlos interpretando a santos, a obispos y a reyes.

La incapacidad unida a un propósito correcto y ambicioso no conduce necesariamente al error, pero sí al fracaso. Es como un acertado diagnóstico médico de una enfermedad incurable. Teodoro sabía cual era la pregunta, pero nunca supo responderla. El resultado no puede ser otro que el desasosiego. Un malestar, un vacío en el saber. Sus obras nunca terminan de responder adecuadamente a esas preguntas que ellas formulan.

Es posible que a Teodoro le hubiera gustado Modigliani y sus inacabados retratos de ojos vacíos. Una mirada moderna -pero sin demasiado futuro- a un viejo problema formal. Y por supuesto moral: cómo y qué debemos mirar.

Cuando Silvia era pequeña, se encontraba un día jugando con algunas de sus amigas cerca de un bosque. Sin proponérselo vio una cruz colgada de una de las ramas de uno de aquellos árboles de ese bosque.

¡Mirad!, dijo, allí hay una cruz, señalando con el dedo donde se hallaba y ella la veía. ¿Dónde? Le respondieron las demás niñas. ¡Allí!, repitió Silvia, volviendo a señalar.

Allí no hay nada, decían sus amigas, no hay ninguna cruz, sólo árboles.

¡No es verdad!, insistía Silvia, fijaros bien, repetía. ¡Yo veo una cruz!

Tanto insistió, que una vecina la oyó. ¿Dónde dices que está?, le preguntó, ¿allí?, bien, vamos a buscarla, acompáñame, le pidió.

Y las dos se fueron cogidas de la mano mientras las demás niñas las miraban y esperaban.

Y mirándolas vieron como, después de unos sesenta pasos, descolgaban una cruz de madera, de dos palmos de largo, de una de las ramas de uno de los árboles de aquel bosque.

Aquello no fue ningún milagro, ni nada parecido. No fue tampoco un prodigio, ni siquiera un meteoro.

¿Era simplemente que Silvia tenía mejor vista que todas las demás? No exactamente. Al menos no desde un punto de vista óptico.

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Para mirar bien hay que saber primero qué clase de cosas queremos ver.

¿Qué clase de cosas queremos ver?

Picasso lo solucionó de una manera magistral al retratar a Gertrude Stein y ella quejarse por el poco parecido que creía tenía el retrato. No se preocupe, le respondió Picasso, si no se parece ahora, ya se parecerá de aquí a unos cuantos años.

Y acertó. El primer y último retrato premonitorio de la historia.

“Yo no busco, encuentro”, decía Picasso. Y acabó logrando que todos mirásemos por sus ojos.

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Querida Silvia, por fin mi casero me ha pagado lo que me debía por el retrato que le hice. En condiciones normales debería ser yo el deudor, pero pactamos un año sin cobrarme alquiler y el año terminó la semana pasada. Eso significa que deberé empezar a pagar yo. Y eso me preocupa, mis finanzas no son precisamente prósperas.

Marta, la hija de mi casero todavía no se ha casado, hace unos días me preguntabas por ella. Ya sabes que es bonita, te lo digo porque sé que me lo preguntarás.

Querida Silvia, no te preocupes por “mi ramera negra”. Sólo es negra por fuera, por dentro es como tú. Y sí, me besa, pero yo no la amo y no sé si ella me ama a mí.

Una parroquia cercana me ha pedido una “Piedad”, me gusta el encargo aunque pagan poco. Creo que tengo una buena idea para esa Piedad, lo difícil será convencer al párroco.

Deberé tomar más encargos para retratos, a la gente le gusta mirarse.

A mi me gusta miraros.

Tu hermano que os quiere, Teodoro.

lunes, 26 de enero de 2009

El peletero/El pliegue asiático

19 Septiembre 2007

EL PELETERO/EL PLIEGUE ASIÁTICO



El pliegue asiático es conocido también como párpado epicantal. El epicanto es el repliegue cutáneo que cubre el ángulo interno de los ojos, especialmente desarrollado en los pueblos asiáticos y más concretamente mongólicos. También se puede dar en poblaciones caucásicas y en algunas afroamericanas.

Estos pliegues definen especialmente el rostro asiático, dotándolo de su característica personalidad y ese aire de misteriosa tristeza al inclinarse el eje del párpado hacia arriba.

En relación a eso:

¿Significa algo oír cantar a Caetano Veloso la canción “Cucurrucucu Paloma” en la película “Happy Together” del director Wong Kar-Wai, mientras vemos como dos hombres tratan de amarse?





¿Y a Nat King Cole cantar también “Quizás, quizás, quizás?

¿O a Connie Francis un conmovedor “Siboney”?

¿Y una magnífica “Perfidia” interpretada por Xavier Cugat?

¿Significa algo?



¿Tienen esas canciones alguna relación con el “placer extático” en la contemplación de la verdadera belleza?

¿Tiene alguna importancia fumar un cigarrillo con elegancia?

¿O que la pared del fondo sea verde y la de al lado roja?, ¿una cortina azul junto a una luz amarilla?

¿Igual que la sala de baile “La Florida”?

Sí.



¿Cómo se consigue dotar a un ambiente pobre y raído de una sofisticación tranquila y espontánea?

¿Es necesario mirar despacio? ¿A las cosas y a los demás?

¿Por qué algunas cosas hay que hacerlas así, despacio? Muy despacio.



¿Cómo debemos mirarnos a nosotros mismos? ¿Qué debemos hacer para ser mirados bien?

¿Las lámparas chinas son bonitas? ¿Qué clase de luz es la suya? ¿Proyecta claridad o dulcifica y reviste de suavidad a las sombras y a las esquinas?

¿Cómo conseguimos hoy en día que un bigote fino y recortado de hombre sea atractivo? ¿Es imposible? ¿Es ridículo?

¿Nos gustan los qipaos que viste y luce Maggie Cheung, en “In the Mood for Love”?

¿Nos gusta ella?

¿Nos gusta él, Tony Leung?



¿Nos gusta cómo se mueven los dos? Sin tocarse.

¿Por qué pensamos que se mueven despacio?

¿Por qué es tan hermosa de rostro y de cuerpo Maggie Cheung?

¿Por qué tiene esas caderas tan bien marcadas? ¿Y la cintura tan estrecha? ¿Y el vientre tan plano? ¿Y los pechos tan bien formados?



¿Por qué el trazo asiático, o más exactamente Thai, es -tal vez- la verdadera línea de la auténtica belleza física, su verdadero perfil, el rasgo donde podemos hallarla más nítidamente?

¿Por qué el director, Wong Kar-Wai, cuando los dos protagonistas de “In the Mood for Love” deciden pasar la primera y la última noche juntos, solamente nos muestra una dulce caricia de manos dentro del taxi que los lleva al hotel?



¿Es necesario hacer coincidir esta fallida historia de amor con el fin de otra ciudad, Hong Kong? ¿Es la ciudad también un personaje?

¿Por qué muchas personas tienen obsesión por los números de las habitaciones de los hoteles? ¿Por qué Wong Kar-Wai titula 2046, el número de una habitación de hotel, a una de sus últimas y mejores películas?



¿Qué sucede en los hoteles? ¿Sucede algo que deba saberse?, ¿O algo que deba ocultarse?

¿Nos gusta Ziyi Zhang?



¿Cómo es que pueden existir mujeres tan bonitas y con los ojos asimétricos como ella?

¿Por qué el protagonista escritor de “2046” cree estar escribiendo sobre el futuro, cuando en realidad escribe sobre el pasado? ¿Eso es ineludiblemente siempre así?

¿Está loco ese escritor tratando de comportarse como un cínico y mostrarse invulnerable con las mujeres, cuando en realidad nunca ha podido olvidar a Su Li Zhen, un antiguo amor que lo lastra y paraliza, y del que no sabe o no puede desprenderse?



En una película a color ¿qué importancia ha de tener el color negro? ¿Dónde colocarlo?, ¿en el impecable traje del protagonista masculino? ¿En alguno de los abrigos de la protagonista femenina que al quitárselo nos deslumbre con el color de su qipao?

¿Por qué son tan bonitos estos vestidos asiáticos?

¿Por qué uno puede estar horas embelesado mirando a todos los actores y actrices de las películas de Wong Kar-Wai?



Carina Lau, Maggie Cheung, Brigitte Lin, Michele Reis, Faye Wong, Takeshi Kaneshiro, Tony Leung, Andy Lau, Jacky Cheung, Leslie Cheung, Ziyi Zhang.

¿Nos recuerda todo ello las películas de Antonioni? ¿o las de David Linch “Lost Highway” y “Mulholland Drive”? ¿Por qué? ¿El color es el mismo?, ¿sólo es el color? ¿Es el tiempo?

¿Todo eso tiene algo que ver con el pliegue asiático?

¿Con el ojo?, ¿con el caminar?, ¿con el sentarse al borde de la cama?

¿Existe algún tratado que enseñe a sentarse correcta y sensualmente al borde de la cama?



Filmografía de Wong Kar-Wai en orden inverso:
• My Blueberry Nights (2007)
• Eros (Segmento "La mano") (2004)
• 2046 (2004)
• Six Days (videoclip de Dj Shadow) (2002)
• The Follow (cortometraje) (2001)
• In the Mood for Love (Deseando amar) (2000)
• Happy Together (1997)
• Fallen Angels (1995)
• Chungking Express (1994)
• Ashes of Time (1994)
• Days of Being Wild (1991)
• As Tears go By (1988)



En la última escena de “In the Mood for Love” el protagonista masculino, al cabo de los años, viaja a las ruinas de Angkor, en Camboya. Allí, entre palacios y maleza, busca un agujero pequeño, un simple hueco, una hendidura en la piedra para depositar algo.

La cámara se aleja para mostrarnos la grandiosidad del lugar y la pequeñez y soledad de ese hombre, que en un rincón guarda, en ese pequeño hoyo, no sabemos qué, y que agarrándose a la piedra la abraza y la besa, besa esa oquedad, esa abertura en la que acaba de depositar sus labios, su secreto y su mensaje.

La besa con determinación y fuerza.

Besa el vientre de una piedra vieja en la que ha depositado su joya.

Para toda la eternidad.

La música cesa.

Silencio.