miércoles, 13 de mayo de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (La abstracción y la nada)



26 Marzo 2008

“La pintura es un pensamiento que duda y que no termina. A veces es un pensamiento que ni siquiera ha empezado.”

(Zoran Music)

-Querido padre, en numerosas ocasiones te he visto mirar con desagrado los tatuajes que hoy en día muchas personas deciden hacerse.

-Sí, es una moda tonta, puro mimetismo.

-Puede que lo sea, pero seguramente no es esa la razón de tu desagrado.

-No lo es, pero ¿por qué me lo preguntas?

-Una amiga mía quiere hacerse uno y hacerme otro a mí. ¿Cuál es la razón entonces?

-Hace muchos años vi tatuado en el antebrazo de un hombre el número que le dieron en Auschwitz. Era un judío, amigo de los hermanos Khan. Él, como Iván y Milton, había perdido también a sus padres y a buena parte de su familia en aquellos campos. Desde entonces no soporto ver tatuajes “modernos”, decorativos. El cuerpo humano es sagrado y en él solamente podemos colgar méritos, heridas, señales y rastros.

-Eso es lo que mi amiga quiere hacer.

-No, tu amiga no quiere hacer eso. Tu amiga no sabe nada. Tu amiga es una boba. Además ella no es nadie para marcar su piel.

-¿Quién lo es entonces sino ella?

-Los demás. Son los otros los que deciden qué mereces llevar.

-¿Qué otros?

-Los muertos

-¿Quiénes?

-Querido Fidelius, ayer vi una exposición de pintura de Zoran Music, un pintor judío que sobrevivió a esos campos de exterminio, concretamente al de Dachau. Tiene unos textos muy interesantes que me gustaría que conocieras. ¿Quieres que te los lea?

-Claro, padre.

-Zoran Music cuenta:

“Cuando llegué (a París), en los años cincuenta, me encontré entre todos aquellos grandes maestros abstractos… Ellos creían, y yo también, que la abstracción era una cosa definitiva, la única justa y verdadera. Un pintor figurativo era un infeliz que ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía. Me sentía culpable, terriblemente pequeño. Torpe. No sabía cómo debía acercarme a la abstracción. A pesar de eso lo intentaba a partir de mis paisajes, pero sabía que allí no se hallaba mi verdad.

La abstracción se fue convirtiendo, poco a poco, en un oficio. Todos hacían lo mismo cada vez mejor, y yo entremedio de ellos, que me trataban muy amablemente. Comprendí que de esta manera no lo conseguiría nunca. Entre 1962 y 1970, no hice otra cosa que dibujar sin pintar… Sabía que aquello había de salir. No sabía cómo, no sabía con que forma. Todo sucedió inesperadamente. Después de unos cuantos años en París, tuve una cierta crisis con mi trabajo. A mi alrededor solamente se hablaba de pintura abstracta. Empecé a sentirme inútil y débil al lado de esta gran corriente a la cual pertenecían todos los artistas conocidos y los críticos importantes. Entonces me desvié. Intenté, a mi manera, hacer pintura abstracta. Y en este intento perdí completamente mi verdad personal. Es lo peor que le puede sucede a un artista, porque sin esa verdad él deja de existir.

A menudo pasaba cerca de los hornos crematorios, donde había cuatro metros de cadáveres. Un amigo checo me decía: “¿Ves?, mañana o pasado mañana pasaremos por la chimenea. Nunca podrá suceder algo parecido, somos los últimos que veremos algo como eso” Más tarde, cuando la carga interior se convirtió en demasiado pesada, cuando los recuerdos del campo regresaron a mí, empecé a pintarlos, unos cuantos años más tarde me di cuenta que no era verdad. No somos los últimos.”


-Querido padre, ¿todo eso qué tiene que ver con un simple tatuaje?

-No lo sé, pero seguro que tiene que ver con algo. Quizás con el cuerpo humano y con la abstracción en la pintura. Ella es hermana de la iconoclasia, y ambas son hijas de la oscuridad y del silencio mudo. Esa negación de la figura es malsana, la privación del dibujo del cuerpo humano es el resultado de un pensamiento enfermo. La abstracción me recuerda a Stalin.

-¿A Stalin?

-Cuando decía que la muerte de alguien es una tragedia, pero que la de millones es solamente una estadística. Esa frase encierra una lógica terrible que siempre se ha enseñoreado del mundo y que en el siglo XX triunfó como nunca antes lo había hecho.

-Explícate mejor

-En la película que se acaba de estrenar “Los falsificadores”, de Stefan Ruzotwitzky, los nazis instalan, en uno de sus campos de concentración, un taller de impresión y falsificación de moneda falsa, con la que pretenden boicotear la economía de los países aliados. Para ello utilizan a judíos expertos en diferentes técnicas e incluso a falsificadores profesionales y reconocidos, verdaderos delincuentes. Les dan mejor trato y comida a cambio de sus habilidades.

Al más reputado de todos ellos le encargan dirigir la operación, llamada “Bernhard”. Este hombre, Sorowitsch, trata, hace todo lo que está en su mano para colaborar con sus dueños nazis. Solamente pretende salvar su vida y la de sus compañeros. No lo hace como un esclavo o como un miserable, o como alguien muerto de miedo. Él es un hombre fuerte e inteligente que vela por aquellos que tiene cerca. A ellos se debe.

Pero uno de esos “compañeros”, Burger, el especialista en fotomecánica, se esfuerza y hace todo lo posible en boicotear la operación. En nombre de “los principios” no tiene el más mínimo reparo en poner en peligro a los demás. Todos pueden ser fusilados por causa de ese boicot, incluido él mismo, pero afirma seguro, y orgulloso de su pensamiento, que esos principios y su boicot salvarán a millones, que la muerte de seis o doce no tiene importancia frente a millones.

Una de las claves la hallamos cerca del final, cuando Sorowitsch ha podido matar al director nazi del campo, pero no lo ha hecho. Burger le pregunta por ello, ¿por qué no lo mataste?, Sorowitsch se encoge de hombros.

Yo veo en Burger a alguien igual que los nazis. Ese hombre, situado por la vida en la misma circunstancia vital que sus verdugos se hubiera comportado exactamente igual que ellos. Sorowitsch, falsificador y truhán, no. Ambos son dos seres humanos distintos. Uno solamente ve estadísticas y el otro a personas.

-Ese es un dilema moral eterno, padre. Pero anteponer el bien individual al bien común no creo que sea lo correcto, al menos, no siempre. Incluso en el reino animal se ven casos de cómo prima el bien de la colectividad sobre el de individuo... Las hormigas, por ejemplo, cuando otra especie intenta tomar el hormiguero y resultan heridas se sitúan en la entrada de éste taponándolo y se sacrifican por las demás. Y ellas no tiene principios, sencillamente obedecen a un instinto primario en cualquier especie que es la protección de esta. Todos conocemos actos heroicos en los que uno se sacrifica por muchos.

-O yo no me sé explicar correctamente o tú no tienes la capacidad para entender mis palabras. En primer lugar ya sabes que para mí el ejemplo de la madre naturaleza no es ningún modelo a imitar y mucho menos el de las hormigas. Quién las antepone como ejemplo desvela esa mentalidad que construyó los campos y el gulag, o en el mejor de los casos una ingenuidad peligrosa. Yo no hablo del héroe que se sacrifica por los demás, por muchos, por millones, no hablo de ése. Hablo de Burger, que sin pedirles permiso, decide por las vidas de sus compañeros en nombre de unos principios que siempre, siempre son una excusa, un subterfugio, una coartada.

-Sé perfectamente que la naturaleza no constituye para ti modelo de nada, querido padre, que más bien pensarás que es ella la que debería de imitar al hombre, pero o yo tampoco no me sé explicar correctamente o tú no tienes la capacidad para entender mis palabras. No te proponía a las hormigas como un modelo que haya que imitar, sino como un hecho objetivo, observable. Intentaba decirte que anteponer el bienestar colectivo al individual no es un constructo humano, cuestión de principios, sino de instinto básico, animal o como quieras llamarle.

-Tú mismo has respondido por mí. La danza de apareamiento del urogallo también es un hecho observable y si alguna mujer me viera bailarla me tomaría por alguien sin demasiado juicio.

-Yo no creo que sacrificar el bien individual en pro del colectivo sea cuestión de principios, padre, sino de sentido común, de instinto primario de protección de la especie. Queda más bonito y más humanizante eso de los principios, del idealismo, pero al fin y al cabo seguimos un impulso esencialmente animal. Creo... Lo mismo me equivoco, pero así lo considero.

-Querido hijo, siempre que escucho hablar a alguien de “principios” sé que mi vida está en peligro, me siento amenazado, y la amenaza es de muerte. Ése que me habla ya no me ve como un ser humano, me ve como una de esas hormigas de las que hablas. Burger era un activista comunista y antinazi, pero eso no tiene importancia, para ese trabajo de falsificador lo han separado de su mujer, que sigue en Auschwitz, es una persona rencorosa y considera, sin saber que lo considera, que los demás, sus compañeros, deben sufrir como él está sufriendo. Por eso decide por ellos. No levanta un dedo para ayudar al pobre muchacho que tiene tuberculosis, no consuela al que descubre que acaba de perder a su esposa e hijos. No llora, no pacta, no hace tratos, no habla, excepto para hablar de principios que salvarán a la humanidad sin pedirle a esa humanidad si quiere ser salvada.

-Lo siento, querido Augustus, no he visto la película, como sabes, y desconocía la caracterización que ahora me aportas de Burger y que en absoluto lo presenta como un utópico sino como un hombre amargado, dispuesto a arrastrar a los demás en su caída disfrazando su rencor de idealismo. Entendí que usabas a este personaje como paradigma del peligro que conlleva seguir el principio de que el bien común ha de primar sobre el particular. Burger no, pero hubo muchos que lo sacrificaron todo, incluidas sus vidas, de forma totalmente altruista por conseguir mejores condiciones de vida para los demás. A eso se le puede llamar “principios”, “buenismo”, “equivocación”, como sea, pero yo, en mi ignorancia, no lo veo más que como un instinto natural, el de que el bien común es primordial.

-Sigues sin entenderme. Cada uno que haga con su vida lo que quiera. Lo que no acepto es que alguien me diga qué debo hacer con la mía. Contrastas amargado con utópico y ya deberías saber que las utopías son pozos sin fondo llenos de cadáveres. Dices que Burger disfraza su rencor de idealismo. Peor me lo pones. ¿Qué pretendes decir?, ¿si fuera un idealista, ese clavo torcido en la pared lo veríamos recto? A estas alturas todos ya sabemos que el agua debe ser encauzada, pero que nunca hemos de impedir que llegue al mar. Los moralistas británicos siempre lo han sabido. Hay momentos en que me confundes, tú siempre ves los árboles antes que el bosque, ¿por qué ahora te comportas al revés?

-¿Pero y la guerra? ¿Imaginas lo que habría sido el mundo si Hitler hubiese ganado la guerra?

-¿Qué crees que fue el mundo en la estepa rusa y en la tundra siberiana? Los mismos, exactamente los mismos que hablan y hablaban de principios, no sabían nada de nada de lo que allí ocurría, como la boba de tu amiga que quiere hacerse un tatuaje “bonito y a la moda”. Y cuando alguien empezó a hablar de ello, Aleksándr Isáyevich Solzhenítsyn, se le acusó de fascista. Todavía recuerdo las barbaridades asesinas, asesinas por ignorantes, que los intelectuales de occidente decían de la “Revolución cultural” China y del “Gran Timonel”, unos de los grandes criminales de la historia.

-Llevas toda la razón querido padre, lo que ocurrió en Rusia, y en tantos otros lugares del planeta, en mi opinión no demuestran que los principios sean perversos por sí mismos, sino que lo es el mal uso que individuos concretos hacen de ellos.

-¿Estás intentando decirme que la “Revolución cultural es un error de aplicación, que es un “mal uso” de un buen principio? ¿que las colectivizaciones agrícolas en la Unión Soviética fueron también “un mal uso”? ¿Qué el concepto de “Dictadura del Proletariado” es tan bueno como la prohibición de comer cerdo, o el consejo de no practicar sexo fuera del matrimonio? ¿Eso pretendes decirme?

-Eres un sarcástico.

-Eso sí, hoy en día China está donde está gracias a esos millones de muertos.

-Esa última frase, padre, ¿es una ironía, otro sarcasmo o un despropósito?

-Yo lo único que sé es que no me gustan los tatuajes tontos ni la abstracción.

-¿No te gusta ninguna abstracción?

-Para la decoración de un hogar burgués que vota a los partidos de izquierda puede ser adecuada, así como para las baldosas de un baño “árabe”, para que los Bancos inviertan dinero en ella, también, el peligro está cuando se pretende que tenga trascendencia.

-¿Por qué?

-Porque en ella no hay pensamiento.

-¿No exageras?

-Que haya actividad cerebral y emociones no significa que haya pensamiento.

-No entiendo esa descalificación absoluta que haces de lo abstracto.

-Es fácil de entender, muy fácil. ¿Tú apruebas la argumentación que justifica la iconoclasia?

-No.

-Pues la abstracción moderna nace de los mismos principios y del nihilismo. Ese nihilismo, esa nada, esa náusea de Jean Paul Sartre que encabezaba por las calles de París, las manifestaciones de los muchachos ricos y burgueses de mayo de 1968. Ese señor que no tuvo la decencia de morirse como sí lo hizo Albert Camus, en un perfecto accidente de automóvil.

-Pero en un Vasily Vasílievich Kandinski, por ejemplo, yo veo belleza.

-¿Quién dice que no la haya? La belleza no es sinónimo de “bondad”. Uno de los mejores diseños de uniforme militar es precisamente el del Ejército del Tercer Reich alemán. Aunque sinceramente, la abstracción es más "bonita" que bella.

-En la música tampoco hay ese pensamiento del que hablas.

-Tampoco, por eso es peligrosa.

-No te entiendo, ¿la música peligrosa?

-Lo banal es peligroso. Ya se ha convertido en un clásico la escena de un nazi escuchando o interpretando a Bach mientras a su lado se van fusilando a judíos.

-Pero el problema no está en la música de Bach, está en el nazi.

-Sin duda, pero ningún nazi haría eso leyendo a Bertrand Russell.

-Y además, ¿he de entender que la música clásica es algo banal?

-¿Por qué adjetivas la música, hijo? La música de Mozart, no era clásica para él, era simplemente música. Sus óperas eran muy populares, ¿banales? ¿Existe la pintura clásica?

-No me has respondido. Ningún nazi tampoco escucharía “rock and roll”.

-Tienes razón, ni música norteamericana, ni música negra. Pero debes admitirme que la revolucionaria aportación del “rock and roll” ha terminado formando parte del “show bussines”. Vaya birria de revolución, ¿no?

-La música consuela, padre.

-Claro, consuela a todos, eso es lo malo.

-Me parece que no tienes un buen día. ¿Te has peleado con alguien?

-No me he peleado con nadie, Fidelius, pero sí, debes disculparme, es verdad, hoy tengo un mal día, no me gustan los tatuajes tontos.

-¿Y un aro en una de mis orejas?

-¿Has atravesado el Cabo de Hornos a vela?

-No.

-Pues entonces tampoco.

martes, 12 de mayo de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (Los caminos de Oriente)



19 Marzo 2008

PARA MI HERMANO MAGNUS, Y SUS ZAPATOS NUEVOS

-Querido Augustus, háblame una vez más de Pierre Loti.

-¿Del escritor o del café?

-Del café, me gusta recordar aquella anécdota.

-Es sencilla, nos encontrábamos tu tío Magnus, nuestra amiga Eloisse y yo mismo tomando café y contemplando la maravillosa vista del Cuerno de Oro. Un niño limpiabotas que trabajaba allí se ofreció a limpiarnos los zapatos sucios y llenos de polvo. El único que aceptó fue tu tío Magnus, ya sabes cómo es. Llevaba una especie de botas muy cómodas de un color parecido a la arcilla. Un color a tierra difícil de imitar. El niño, que se llamaba Nihat, lo intentó repetidas veces y con denuedo. Empezó a mezclar varias cremas logrando obtener solamente un rojo subido, demasiado subido. Eloisse y yo, nos reíamos disimuladamente al ver los esfuerzos del pobre limpiabotas y su cada vez más notorio fracaso.

-Y mi tío Magnus terminó con unos zapatos limpios pero algo diferentes de cómo eran en un principio, con un bello color carmín, ¿verdad?

-Así fue Fidelius, el muchacho le puso voluntad, pero o no tenía las cremas necesarias o esa no era su habilidad. Fue una escena tierna.

-Eso fue en agosto de 1977, ¿no?

-Sí, nos alojamos en el hotel de los espías, el Pera Palas, un palacio vetusto. La habitación era enorme y mayor que la habitación lo era el baño, con una bañera que parecía una barca o la cama de la Reina de Saba.

-Estambul, El Cairo, Bombay, Nueva Delhi…

-¿Por qué las nombras, hijo?

-He de leerte un artículo de Joan F. Mira y quiero conocer tu opinión. Pero antes cuéntame vuestra llegada a Delhi.

-Ya la conoces, al perder nuestro avión en Bombay llegamos a la ciudad a las cuatro de la madrugada. El Hotel era lujoso, y muy alto, el “Taj Mahal”, situado en la ciudad nueva, llena de chalecitos ajardinados a la inglesa y llenos de árboles. Nos alojaron en uno de los pisos medianos, no muy alto. Al llegar descorrí las cortinas de la ventana. Y allí estaba el sol, rojo, enorme e imponente, saliendo justo enfrente nuestro. Desde aquella escasa altura, las copas de los árboles de aquellos cuidados “gardens” se unían unas con otras simulando una selva enorme. Eso parecía lo que veíamos desde nuestra ventana, una selva enorme y… una multitud de buitres tan grandes como aquel sol que nos empezaba a iluminar. Buitres quietos, expectantes, tranquilos, esperando algo, ir a trabajar, supongo. Los había a centenares poblando las ramas de aquellos árboles, que parecían indiferentes a todo lo que sucedía a ras de suelo o más allá de sus copas.

¿Por qué me haces recordar eso, Fidelius?

-Por ese artículo, padre, me ha sorprendido y quiero leértelo.

-¿Sabes quién es Joan F, Mira?

-Sí, padre, lo sé, es un antropólogo, sociólogo y traductor valenciano. Ha escrito varias novelas y sus dos últimas obras son la traducción al catalán de la “Divina Comedia” y los “Evangelios”. El artículo que quiero leerte apareció en el periódico Avui el pasado 23 de febrero. Habla, entre otras cosas del Estambul que conocisteis tú, mi tío Magnus y vuestra amiga Eloisse. Es el Estambul del año 1977.

-Léelo.

-Se titula “Un autobús a Goa”, la traducción del catalán es mía, y dice así:

“Que el paso de los años, en muchas partes del mundo, no ha mejorado, más bien todo lo contrario, el bienestar y la paz de los humanos y la felicidad posible de algunos viajes, es una verdad tan cierta como desagradable. Yo todavía conservo, a pesar de todo, un poco de optimismo histórico, pero no tanto, como mi amigo Joan Oliver. Principalmente cuando medito que hay cosas, caminos y viajes que hace treinta años eran posibles y ahora no son ni siquiera imaginables,

(…) (El artículo entero se encuentra al final del post)

Hace treinta años, entonces, se podía subir a Estambul y pasar por Bagdad y por Teherán en el mismo vehículo, y bajar en Goa, volver a subir y hacer el camino de vuelta. En las calles de Kabul no había caído ninguna bomba, ni en Irak ni en Irán había habido una guerra de ocho años con un millón de cadáveres ya olvidados, ni había habido una guerra de el Golfo y después una invasión y otra guerra, ni los años de extenso terror suicida, ni los talibanes. Ni la pasión por cambiarlo todo, para derrocar, destruir, rebelarse, matar y mandar, se había apoderado de los espíritus entre el Mediterráneo y el Índico. ¿Alguien puede decirme qué hemos ganado –qué han ganado los pueblos, la pobre gente de cada lugar- con estas pasiones desatadas? ¿Alguien puede suponer que el mundo, esta parte del mundo, era peor cuando podías subir a un coche de línea a Estambul, camino de Kabul, y terminar el viaje en santa paz a Goa? Lo pregunté por escrito, ya hace algunos años, pero no tuve respuesta.

-¿Qué opinas, Augustus?

-Que Joan F. Mira es un nostálgico algo desmemoriado o que no le gusta recordar según qué.

-¿Por qué lo dices?

-Tiene razón, la tiene toda cuando pregunta: “¿Alguien puede decirme qué hemos ganado –qué han ganado los pueblos, la pobre gente de cada lugar- con estas pasiones desatadas? ¿Alguien puede suponer que el mundo, esta parte del mundo, era peor cuando podías subir a un coche de línea a Estambul, camino de Kabul, y terminar el viaje en santa paz a Goa?” Tiene razón, pero el mal ya tenía el vientre en el que gestar. Incluso, esa madre diabólica que lo llevaba en su seno ya había tenido unas cuantas hemorragias.

-Háblame de ello.

-Creo que ya lo sabes, Fidelius.

-Lo sé, querido padre, pero ¿no crees que es bueno repetirlo a menudo?

-Naturalmente que lo es, pero antes quizás deberíamos distinguir dos cosas, los hechos históricos en sí y que Mira olvida citar, y dos conceptos fundamentales que en apariencia son benéficos siendo en la práctica todo lo contrario.

-¿A que te refieres?

-Me refiero a la idea de “Justicia Absoluta” y al concepto de “Riqueza económica”.

-¿Qué significan?

-Es muy sencillo, la “Justicia Absoluta”, o sus sinónimos como la “Justicia Perfecta”, no son justicia, y eso es lo que se trató de hacer legitimando el Estado de Israel y propiciando su creación después del Holocausto. El mal causado fue tan grande que cualquier intento de reparación no podía más que conllevar un aumento del dolor y del sufrimiento, como así ha sido.

-Eso es una paradoja terrible, Augustus,

-No tanto, cuando mayor es el mal, más difícil es su reparación. Pero…

-¿Pero?

-El pueblo judío tiene derecho a protegerse, a defenderse y a dotarse de los instrumentos que crea necesarios para ello.

-¿Y eso qué significa?

-Eso es casi un misterio religioso, hijo.

-Augustus, la ironía no nos salvará.

-Pero nos hará reír que es algo muy parecido. O… llorar que también lo es.

-Háblame de la “Riqueza económica”.

-Siempre se piensa, equivocadamente sin duda, que los tesoros se refieren a cosas y a objetos, y que la riqueza de los pueblos se encuentra en el valor de sus “materiales”, de sus materias primas.

-Y no es así, ¿verdad, padre?

-La riqueza siempre hace referencia a las personas, jamás a las cosas. En ese sentido permíteme recordar el cuento de los hermanos Grimm que cita “El Gordo” en la rememoración que hace de su profesor. (1)

-Las bondades obtenidas sin esfuerzo terminan siendo venenos.

-Así es, Fidelius.

-Entonces, el petróleo es una maldición y no un regalo del cielo.

-Naturalmente, ese es un regalo del diablo.

-El petróleo, el oro, los diamantes, la coca.

-El único bien es el que hay encerrado en el cuerpo de un ser humano, más allá de ese cuerpo no hay nada, excepto otros seres humanos. Casi parece una descripción cuántica, el espacio está lleno de vacío, la distancia que hallamos entre el protón del hidrógeno y el electrón que gira a su alrededor, es casi la misma que hay entre un balón de fútbol y las gradas más próximas.

-¿Cuáles son los hechos históricos que se olvida de citar Joan F. Mira?

-Los acuerdos Sykes-Picot de 1916 entre Francia y Gran Bretaña por los que se repartían Oriente Medio a espaldas de los árabes, habiéndoles mentido previamente con la ayuda inestimable de hombres como T. E. Lawrence. Joan F. Mira habla de mediados de los setenta y en 1945 Las Naciones Unidas aprobaron la creación del Estado de Israel, con la inmediata y consiguiente guerra. En 1967 se produjo la de lo seis días. Y seis años más tarde, en 1973, hubo la del Yonkipur.

-La semilla del mal ya estaba sembrada.

-Y el petróleo y la sangre la han ido regando. En el periodo de entreguerras se descubren los grandes yacimientos. Y después de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos firma sus tratados con la dinastía de Arabia Saudita y el Sha de Persia.

-¿Y la Unión Soviética?

-La Unión Soviética simuló representar el único modelo laico para el mundo musulmán, el marxismo-leninismo servía al ser humano, fuera ése musulmán o mormón. Quiso modernizar la experiencia turca de Ataturk con imitadores de segunda fila como el mismo Nasser, el partido Baas y el movimiento palestino. El otro modelo de laicismo era el Sha persa. Todas esas “malas” intenciones no llegaron a ser más que Democracias de partido único, como cualquier dictadura o como la misma Rusia se está ya convirtiendo ahora mismo, a principios del siglo XXI, malos simulacros del modelo mejicano y su PRI.

-Josep Pla siempre afirmaba que es mucho peor la anarquía y el caos que una dictadura.

-La población actual de Rusia estaría completamente de acuerdo con esta tesis. Ten en cuenta que el poder sufre “horror vacui”, siempre hay alguien que lo ocupa, no existen zonas sin “poder”. Los rusos quieren orden, creen que ése es el deber principal del Estado, proporcionar orden y creen que eso es justicia. El hundimiento de la Unión Soviética fue un acontecimiento demasiado traumático, todas las ratas que ya vivían a su costa se apoderaron del Estado o crearon uno nuevo. Mafia, nada más que esa miseria moral.

Este es también el drama de Colombia y sus FARC. El Estado es endémicamente débil, no es capaz de controlar y dominar todo el territorio. Las injusticias sociales y económicas son solamente vulgares y pobres excusas, una vil coartada para el desmán. El poder es como el sexo y el agua, siempre encuentran una salida. Luego aparecen los ideólogos o los psicólogos con sus interpretaciones imaginarias y sus farsas

-Entonces, amado padre, Joan F. Mira no se daba cuenta que caminaba en ese viaje de Estambul a Goa, encima de un volcán a punto de estallar.

-No se daba cuenta de eso, ni de las fumarolas que salían de entre las piedras, con un terrible olor a azufre.

-El mismo Infierno trataba de salir.

-Y salió. Mira no se daba cuenta, pero nadie se daba cuenta de ello. No podíamos imaginar el desastre y la tragedia posterior. Quizás ahora debería haber recordado esos precedentes en su artículo.

-En él, querido padre, parece haber un lamento por un Islam incapaz. Un lamento poco explícito excepto en lo obvio, el fundamentalismo.

-Sí, él, como muchos, no se atreve a decir una verdad clave.

-¿Cuál es?

-Yo, de momento, tampoco me atrevo.

-¿El fracaso del Islam como civilización?

-Yo no he dicho eso, hijo.

-Ya lo sé, yo tampoco lo he dicho, solamente lo he preguntado. ¿Todas las religiones del Libro no son casi iguales?

-No lo son, el Cristianismo es diferente.

-¿Por qué?

-Las religiones semitas se fundamentan en la entrega de la Ley a los hombres. Es el mismo Dios quien lo hace. Se llame Samash, el dios de la justicia, el que entrega a Hamurabi la Ley, o Yaveh quien le da las tablas a Moisés en el Deuteronomio, o Alá a Mahoma en el Corán. ¿Quién se atreverá a cambiar la Ley que el mismo Dios ha dictado? Nadie.

-Jesús no dictó ninguna ley, ¿verdad?

-Ninguna, dio apenas algún consejo, nada más. Él quería abolir la Ley. Además hemos de recordar que en todo caso el cristianismo lo inventó San Pablo y no Jesús.

-Y él también es hijo de la tradición egipcia, en la que el Rey es Dios al miso tiempo.

-Sí, pero mejor pregúntame otra cosa, Fidelius.

-De acuerdo, Augustus. Has hablado de Lawrence, ¿me permitís que os lea un párrafo corto de “Los siete pilares de la Sabiduría”?

-Claro que sí, Fidelius, ¿de qué se trata?

-De la adopción de causas ajenas.

-Eso significa que deben de haber causas propias.

-Eso parece.

-Lee, Fidelius, te escucho.

-Lawrence dice:

“Cualquier hombre que se entregue a una causa ajena llevará una vida de yahoo, tras haber malbaratado su alma a un amo bárbaro. No es uno de ellos. Puede incluso ponerse a su frente, persuadirse de estar encargado de una misión, agitarlos y dirigirlos hacia algo que ellos, por su propia decisión, nunca hubieran hecho. Puede luego explotar su viejo entorno para sacarlos de lo que eran. O bien, siguiendo mi propio modelo, puedo llegar a imitarlos tan bien que ellos bastárdamente lo imiten luego a su vez. Luego, puede renunciar a su antiguo entorno: simulando el de ellos; y las simulaciones son siempre vacuas y sin valor. En ningún caso hace nada que le sea propio, ni nada tan íntegro que pueda ser considerado personal y propio (sin tener que pensar en la conversión), dejando que ellos tomen de su silente ejemplo las acciones o reacciones que les apetezcan.”

-¿Qué opinas, Augustus?

-Que quién abandona su casa no vuelve a ella.

-Pues muchos quieren encontrar la suya en la de otros. ¿Por qué?

-Lo propio, a veces, hay que ventilarlo. Está muy visto, es como el paso del enamoramiento al amor. Siempre nos enamoramos de los forasteros. Quizás sea algo casi genético. Buscamos genes diferentes para mejorar la especie, tal vez.
-
-Pero no hablábamos de biología ni de genética y sí de ideas, costumbres y modos. Hábitos genuinos y no impostados o imitados. Lawrence habla de eso, habla de la verdad y del simulacro.

-Tienes razón, Fidelius.

-¿Me permites terminar la cita?

-Claro que sí, hijo, termínala.

-Lawrence continua diciendo:

“En mi propio caso, el esfuerzo de estos años por vivir y vestir como los árabes, e imitar sus fundamentos mentales, me despojó de mi yo inglés, y me permitió observarme y observar a Occidente con otros ojos: todo me lo destruyeron. Y al mismo tiempo no pude meterme sinceramente en la piel de los árabes: todo era pura afectación. Fácilmente puede convertirse uno en infiel, pero difícilmente llega uno a convertirse a otra fe. Yo me había despojado de una forma, pero no había podido adoptar las otras y me había vuelto algo así como el ataúd de Mahoma según nuestra leyenda, con el resultado de un intenso sentimiento de soledad, y de desagrado, no hacia los demás hombres, sino hacia lo que hace. Semejante desapego pasaba a veces sobre un hombre agotado por el reiterado esfuerzo físico y el aislamiento. Su cuerpo marchaba de manera mecánica, mientras su intelecto racional lo abandonaba, y desde la nada lo observaba críticamente, preguntándose qué hacía aquel trasto inútil y por qué. A veces aquellas dos entidades llegaban a conversar en el vacío; y era entonces cuando la locura dejaba sentir su proximidad, como creo que debe ocurrirle a quien puede ver las cosas a través del doble tamiz de dos géneros de costumbres y entornos”

-¿Qué opinas esta vez, Augustus?

-Lawrence lo dice muy claro cuando afirma que: “todo era pura afectación. Fácilmente puede convertirse uno en infiel, pero difícilmente llega uno a convertirse a otra fe.”

-Vos sois ateo, padre.

-Sí, lo soy.

-¿Y eso no es cambiar de fe?

-Claro que no, yo soy fiel a la misma que tuvieron mis padres, tus abuelos, Fidelius.

-Entiendo lo que dices, pero quiero que me lo cuentes mejor, padre.

-De acuerdo, entonces debes hacerme una pregunta.

-Empezaré por el principio, siempre es mejor. ¿Cuál es el Dios en el que no crees?

-Querido Fidelius, es la mejor pregunta, pues me haces hablar de aquello en lo que no creo, como si fuera su fiel devoto.

-Sí padre, pero sé digno de tu nombre y respóndeme.

-Me haces reír cuando me reprendes, querido hijo. Me gusta cómo eres.

-¿Por qué?

-Así nadie dudará de quién eres hijo.

-Eso casi parece la respuesta a mi pregunta.

-Claro, pero sólo casi.

-Entonces termínala, ¿cuál es ese Dios?

-¿Cuál, preguntas?

-Sí, ¿cuál?

-Muy fácil Fidelius. Solamente puedo no creer en el único Dios que conozco. El Dios de la Biblia y en el de los Evangelios, ése es y no otro, yo no conozco a ninguno más, al menos yo no. Y cuando digo conocer hablo como si hablara del padre aquél que siempre estuvo y está a mi lado acompañándome en mi vida y aconsejándome con su ejemplo. Hablo también de la madre que me dio a luz, que me educó con su Amor y me dio de comer de sus pechos.

-Sí, Augustus, hablas de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. También de la Virgen María, de los Apóstoles y de todos los Santos.

-Y también hablo de Zeus y de su loca familia. De la triple diosa de tres colores, de Venus, de Montserrat, de Pilar, de Rocío, de Magdalena. Ése es mi dios o mi diosa, pues Dios no tiene sexo. Hablo de lo que conozco y amo lo que conozco.

-¿No crees en todo eso, padre? ¿De verdad?, hablas de ello como sí creyeras.

-Ya te lo he dicho, sólo hablo de lo que conozco y de lo que conozco bien, tan bien lo conozco que ello me ha hecho como soy. Además lo amo de verdad, lo respeto y lo admiro.

-Por eso parece que creas…, parece que…

-Termina de decir lo que piensas.

-Parece que creas porque hablas de ello como si Dios fuera algo o alguien que tuviera que ver con el ser.

-Y no es así exactamente, Fidelius.

-¿No?

-No únicamente, Dios tiene que ver también con el saber. Al menos el Dios que yo quiero. Yo no necesito creer que Dios existe…

-Necesitas saber que existe, ¿verdad Augustus?

-Así es hijo mío. Yo necesito y quiero tener con Él una conversación de tú a tú. Yo quiero seguir siendo yo mismo. No deseo ni ansío ningún Nirvana. Quiero salvaguardar mi identidad, mi bien más preciado. Ser yo mismo es lo que más quiero. Nunca he entendido eso de no ser “yo” y la fusión con el Cosmos, ese diluirse en la nada.

-En todo caso la fe es una gracia, ¿no es así? La recibes o no.

-Eso parece.

-Entonces es algo arbitrario, Augustus

-La voluntad de Dios parece ser arbitraria. San Agustín no tuvo ningún reparo en afirmar eso. Pero es una idea extraña, parece tramposa.

-¿Qué dijo?

-Déjame a mí también hacer una cita.

-¿De San Agustín?

-No, de “El peletero”, ¿sabes quién es?

-Sé quién es, sí, pero poco sé de él, muy poco. Tú apenas me cuentas nada y mi madre, que también es tu esposa, y que según tú mismo lo conoció mejor, nunca quiere hablar de ése que ambos llamáis “el peletero”. Pero lee la cita, padre, haz el favor.

-Como tú digas, hijo. Leo:

-“Tanto San Agustín como Albert Camus creían que todos somos culpables, yo también así lo creo, pero San Agustín a pesar de ser un hombre de su época debía de estar loco o ser un santo, de una imaginación tan perversa como alucinada, si no, a qué mente en su sano juicio se le ocurre creer que la bondad es consecuencia de la Gracia arbitraria de Dios (somos buenos porque hemos sido elegidos, y no, hemos sido elegidos porque somos buenos).” (2)

-¿En este caso deberemos entender también que la “bondad” es una gracia?

-Así es, no eres alguien realmente “bueno” si no has sido elegido.

-Pero eso es una tontería. Tal cómo lo vemos hoy, las virtudes deben ser el resultado de la voluntad y del esfuerzo de tenerlas.

-Del mérito, ¿verdad Fidelius?

-Claro, padre. ¿Por qué hablaba así San Agustín?

-Agustín creía muy firmemente en eso que decía. San Agustín es otro que “resucita”. El mundo está lleno de resucitados o zombies. Es otro que cae de su caballo y ve la luz después de haber llevado una vida “salvaje” y haber agotado todos los placeres. Pero hemos de tener en cuenta que es un hombre traumatizado por el saco de Roma a manos de los visigodos. En ello ve el fin. Para él es todo un símbolo de el mundo que termina, como la caída de las Torres gemelas en Nueva York. Por eso escribió “La ciudad de Dios”, en ella nos habla de una ciudad que no caerá nunca en manos del bárbaro, ella será siempre el verdadero refugio. Hoy diríamos de él que fue un hombre sincero y honesto.

-¿Aunque dijera barbaridades?

-Sí, lo importante no es la verdad, dicen muchos, la verdad siempre es incómoda. Siempre molesta a alguien.

-¿A quién?

-Al que la desprecia, naturalmente, al que no la considera, la verdad establece diferencias entre las cosas, y muchas personas prefieren desear igualar el mundo, a lo máximo que llegan es a eso del ying y el yang. Pero no hablábamos de eso, ¿verdad? y sí de causas ajenas o propias.

-Sí padre, eso es. Y tú piensas igual que Lawrence, creo haber entendido.

-Así es, pero ten en cuenta que la arbitrariedad es una manera tramposa de libertad. Al menos es infantil, primitiva. Es el Juicio de Dios.

-¿Qué quieres decir?

-Recuerda que en algunas de las instituciones democráticas atenienses, los cargos eran sorteados, dejando en manos del azar su elección.

-El azar parece la muerte, ¿verdad Augustus?, no distingue entre unos y otros.

-Y eso parece justicia cuando tal vez es todo lo contrario, Fidelius. Ser justo significa saber distinguir aquello que es diferente entre sí, y no igualar lo distinto. Otra vez la verdad. De ese mal entendido nacen muchas tragedias. Entre ellas la que ha provocado la Pedagogía moderna.

-Siempre la nombras.

-Sí, y lo hago porque es el paradigma de la estulticia humana. Hombres y mujeres, los pedagogos modernos, que no han hecho más que condimentar ideas ajenas, prejuicios, ideas peregrinas y en ocasiones también mezquinas. Todo ello en un cóctel peligroso por estúpido, y cínico. El cinismo del burócrata de partido.

-Pero Augustus, habábamos de Lawrence y que tú pensabas lo mismo que pensaba él.

-Y como él muchos otros. Entre ellos el mismo Kavafis cuando en su hermoso poema “la ciudad”, habla de la imposibilidad casi física de abandonarla. Cuando dice:

“La ciudad es una jaula.
No hay otro lugar, siempre el mismo
puerto terreno, y no hay barco
ue te arranque a ti mismo.”


-Pero eso es terrible Augustus.

-¿Por qué?

-Tu casa no puede ser una jaula. Y cuando hablo de casa me refiero a…

-¿A qué?

-No estoy seguro.

-Te refieres al tiempo, a la posibilidad de que el futuro cambie el pasado, pero eso es imposible, quien lo pretenda será siempre un impostor.

-No, no me refiero a eso, me refiero a otra cosa, no es lo contrario pero casi. El futuro no cambia el pasado, no puede, pero de lo que se trata es de que el pasado no te impida cambiar el futuro.

-Claro Fidelius, eso nunca debe suceder. Pero el pasado no es solamente el camino que vas dejando atrás, el pasado siempre se va acumulando en tu espalda, igual que si fuera una mochila. Tenemos de evitar que esa mochila se convierta en una joroba. Es el drama del mestizo.

-¿Del mestizo?

-Sí, de ése que no es querido por ninguna de sus familias, ni la de su madre, ni la de su padre. Aquí en Catalunya, muchos emigrantes conocen esta sensación. Aquí son “charnegos” y allí son “polacos”. En la epopeya americana, la que colonizó su frontera, muchas tribus indias secuestraban blancos, casi siempre niñas, tenían un déficit crónico de mujeres que morían al dar a luz y por las duras condiciones de vida que no eran nada idílicas y sí terriblemente machistas. Una mujer valía menos que un caballo. Esas niñas blancas secuestradas, cuando eran rescatadas, años después, casi nunca conseguían vivir como blancas normales. El mundo occidental les era tan extraño para ellas como lo era el de sus secuestradores. Pocas sobrevivían a los dos mundos. Se han escrito novelas románticas narrando todo lo contrario, pero son fantasías.

En “The Searchers” (en España “Centauros del desierto”) John Wayne busca a la niña secuetrada, Natalie Wood, su sobrina, no tanto para rescatarla y sí para matarla. Sabe que jamás volverá a ser una blanca, ni que tampoco fue nunca una comanche.

-¿Eso es lo que Lawrence quiere afirmar?

-Eso creo. Yo soy consciente como él, aunque no he necesitado quebrantar mis orígenes, que mi universo mental, imaginario, icónico, psicológico y emocional, todos mis referentes son occidentales, cristianos y católicos. Yo soy hijo de eso que me enseñaron mis padres y antes que ellos mis abuelos. Todo eso es una tradición que yo respeto, admiro, critico y quiero. Y pienso, que si llegase a desperdiciarse, perderíamos lo mejor que ha dado el ser humano.

-¿Lo mejor?

-No quiero ofender a nadie, pero eso es lo que pienso. Algunos usan un criterio equivocado cuando valoran una civilización.

-¿Cuál?

-El de su sofisticación, Fidelius.

-¿Qué pretendes afirmar?

-Lo afirmaré en positivo para no molestar. Los ingleses tienen una cocina simple y pésima, pero su aportación, la de ellos y la de todo el mundo anglosajón, a la formulación de una idea moderna de la democracia es impagable e inigualable. Es la continuación natural de Roma y Grecia.

-¿Ni por los franceses?

-Creo que no, pero no es el caso, porque al menos los franceses tienen también una cocina sofisticada. Me refiero a los protocolos, a los ceremoniales del día a día, a las reglas, a los tabúes, a las prohibiciones y a las obligaciones, a la riqueza de sus alfombras, al brillo de sus vestidos de seda y a la cantidad de vueltas que necesitan sus turbantes. A las jerarquías, y al número de cuentas que hallamos en sus rosarios. A la cantidad de colchones que encontramos en sus divanes y al número de eunucos que vigilan sus harenes. A sus dinastías, a sus maestros y a sus discípulos, a sus sabios y a sus profetas. A los cubiertos necesarios para comer una aceituna. Al número de habitaciones que tienen sus palacios. Y a las castas que estratifican sus comunidades. Me refiero a eso cuando hablo de sofisticación.

Gore Vidal, en su novela “Creación”, nos habla de eso. En esta novela el embajador persa en la Atenas de Pericles ve a los griegos como salvajes maleducados, sucios y peor vestidos con esas túnicas de algodón. Para él, un harén numeroso es señal de sabiduría, una cima. Unas vestiduras ricas también. La altura de una sociedad se rige por las castas, compartimentos estancos, que la forman. No entiende las leyes de Solón, no entiende nada.

Por eso los soldados de Alejandro se negaron a postrarse ante él cuando se lo pidió. “Nosotros somos griegos” le respondieron. En esa simple frase está lo mejor del mundo, a eso me refiero cuando hablo de ello.

-¿Tienes hambre, padre?

-¿Qué me ofreces?

-Un aperitivo. Una cerveza rubia y unos berberechos del Cantábrico que pueden ser pinchados con un humilde mondadientes.

-¿Y para comer?

-¿Te apetece una paella?

-¡Claro!, pero, ¿quién lavará los platos?

-Tú.

UN AUTOBUS A GOA

“Que el paso de los años, en muchas partes del mundo, no ha mejorado, más bien todo lo contrario, el bienestar y la paz de los humanos y la felicidad posible de algunos viajes, es una verdad tan cierta como desagradable. Yo todavía conservo, a pesar de todo, un poco de optimismo histórico, pero no tanto, como mi amigo Joan Oliver. Principalmente cuando medito que hay cosas, caminos y viajes que hace treinta años eran posibles y ahora no son ni siquiera imaginables. Como uno que yo no hice, pero que igualmente evocaré. Antes que el trozo de mundo entre el Mediterráneo y el Índico, el espacio del efímero imperio de Alejandro Magno y un poquito más se convirtiera en la brutal desgracia que ahora es.

Eso era, entonces, a primeros o mediados de los años setenta, en una visita a la ciudad de Estambul. Era cuando la antigua Constantinopla, antes Bizancio, no se había convertido todavía en este monstruo de doce millones de habitantes, de nubes de gas coches, de putas eslavas y de multitudes de rumanos, de ucranianos y búlgaros comprando sacos negros de mercancías para revender en sus desproveídos países, que es el espectáculo que ofrecía veinte años después. Cuando Estambul era una gran ciudad clásica y tranquila, excepto por la presencia de soldados en las calles, con uniformes de ejército pobre y con caras pasablemente siniestras. Cuando los barrios de Kumkapi y Karsikapi estaban llenos de hotelitos agradables para turistas discretos, y no eran sede de un tráfico incesante de mercado negro, prostitución y alguna otra actividad inconfesable, como he encontrado en visitas más recientes. Cuando casi todas las mujeres iban con la cabeza descubierta y los cabellos al aire, y no abundaban tanto los pañuelos llamados islámicos como en mi última visita, el pasado verano.

Entonces, una mañana, muy cerca del gran bazar cubierto, encontré una parada de autobuses, con tres o cuatro vehículos que se iban lentamente llenando de pasajeros. Al lado de uno de los autocares, una baluerna con todo el aspecto de haber vivido ya una larga vida, con los colores vivos de otro tiempo ya apagados, un vehículo lleno de polvo no limpiada en muchos años, un individuo con un gran bigote y pantalones anchos animaba a comprar un billete. Le pregunté dónde iba el autobús y me indicó el cartel, un cartel muy largo: Estambul – Ankara – Damasco – Bagdad – Teherán – Kabul – Delhi – Bombay – Goa. Ese era el viaje, y supongo que solamente lo hacían entero algunos jóvenes de barba rosa y con aspecto de hippies sin reciclar, que debían soñar con experiencias místicas en la India o con paraísos de playa y palmeras en las playas de la antigua colonia portuguesa. Todavía deben estar allí, por lo que se puede ver en algún reportaje: hippies sexagenarios vendiendo souvenirs en los chiringuitos de Goa. La mayoría de la gente, sin duda, tomaban aquel autobús para hacer solamente parte del trayecto. Lo supuse al ver que el equipaje que cargaban no era susceptible de resistir muchos días de malos tratos: sacos de víveres, bolsas mal cerradas, cabras con las patas atadas, gallinas, y otras mercancías poco resistentes para un trayecto tan largo.

La fascinación, en viajeros como yo, no demasiado amante de la aventura, estaba justamente en la lista de nombres del trayecto. Y es una fascinación retrospectiva y triste, al ver como han ido después las cosas en aquellas partes del mundo. Veinte años después, en efecto, en otro viaje a Estambul, aquel autobús había desaparecido, y nadie supo darme razón de él, cuando pregunté en el mismo lugar de la parada. Había desaparecido y era impensable, esta es la dramática historia. Cuando el mundo era un poquito más antiguo, cuando todavía no habían habido tantas novedades y tantas revoluciones, cuando Sadam Hussein el sanguinario no mandaba en Irak, cuando Khomeini y los ayatolas no habían proclamado la oscura pureza de su fe, cuando en Afganistán no había habido aún el golpe de Estado comunista que abrió las puertas del infierno, cuando todo era más tradicional, más moderado, menos antioccidental, entonces era posible, a Estambul, en los márgenes del viejo Mediterráneo, subirse a un autobús que va a Kabul y todavía más allá.

Hace treinta años, entonces, se podía subir a Estambul y pasar por Bagdad y por Teherán en el mismo vehículo, y bajar en Goa, volver a subir y hacer el camino de vuelta. En las calles de Kabul no había caído ninguna bomba, ni en Irak ni en Irán había habido una guerra de ocho años con un millón de cadáveres ya olvidados, ni había habido una guerra de el Golfo y después una invasión y otra guerra, ni los años de extenso terror suicida, ni los talibanes. Ni la pasión por cambiarlo todo, para derrocar, destruir, rebelarse, matar y mandar, no se había apoderado de los espíritus entre el Mediterráneo y el Índico. ¿Alguien puede decirme qué hemos ganado –qué han ganado los pueblos, la pobre gente de cada lugar- con estas pasiones desatadas? ¿Alguien puede suponer que el mundo, esta parte del mundo, era peor cuando podías subir a un coche de línea a Estambul, camino de Kabul, y terminar el viaje en santa paz a Goa? Lo pregunté por escrito, ya hace algunos años, pero no tuve respuesta.


(Joan F. Mira - Diario “Avui”, 23 de febrero de 2008)

(1)-El peletero-El viejo profesor.

(2)-El peletero penitente.

lunes, 11 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (y 7)



16 Marzo 2008

Creo que debo algo a alguien, pero no sé exactamente a quién, bueno, sí lo sé, me asusta decirlo, siento mucho respeto por ellos y me cuesta pronunciar sus nombres, pero para eso son los blogs secretos, donde todos los nombres son falsos, pero los sentimientos son verdaderos.

En primer lugar me debo a mi misma, a mi esfuerzo, a mi locura, a mi valentía, a mi irresponsabilidad, a mis errores, a todo el daño que he causado y todo el bien que he prodigado, con mis palabras y con mis manos, con mis caricias y con mi dinero.

Siempre pensamos que el bien debe de ser eterno, durar siempre, y no es cierto. El bien apenas puede durar unos segundos con una sonrisa, unos días o unos meses.

También debo mucho a Enrique, a mi esposo, al que eché de casa llenando con sus pertenencias unas cuantas bolsas de basura. Solamente así entendió que debía irse. Ahora es mi compañía perfecta y también el destino ideal de mi amor. Más que mis hijos.

Debo a mi padre, lo cito ahora, pero él es comida aparte. No debo mezclarlo con mi vida, él pertenece a otra, a otra vida en la que yo me asomé durante un tiempo.

También debo algo a ese fantasma de las cartas que me atormenta con dulzura cada vez que bebo más de la cuenta.

Quizás se lo deba también a ese otro que es demasiado gordo y al que un día pagué con dinero para que me ayudara.

Seguro que debo a muchos más que ahora no recuerdo, algo a mis hijos, pero poco. Y también a todos mis amantes, a los de antes, a los de ahora, y a todos los que vendrán.

Todo eso que cuento en este blog secreto puede parecer raro y extraño. Y morbosa la parte del sexo, esa peculiar necesidad de él y al mismo tiempo ese distanciamiento necesario y desprendido.

Todo el mundo habla de sexo, básicamente los que no lo practican o lo practican poco o mal. Eso debe ser lo que me sucede a mí, que lo practico poco y seguramente no muy bien, aunque eso sí, me acuesto con quien me da la gana. No siempre es buen sexo, pero es variado y eso palia muchas de las deficiencias que pueda haber, especialmente una de muy importante, la rutina y el aburrimiento. Además, como le sucede a mi esposo, irse a la cama con gente diferente mejora el amor propio, es una bobada psicológica, pero es así.

Yo nunca pago mi sexo, pero exhibo el dinero que tengo. No pago pero “estimulo”. Sí lo hago con las jóvenes que pongo en bandeja de plata a Enrique sin que él lo sepa. Para mí solamente necesito abrir el billetero y dejar que asome un poco el fajo de billetes, apenas he de hacer más, con eso es suficiente. Es tan fácil que no puedo evitar tener una opinión cada día más decepcionante de hombres y mujeres. Es así, “is not my fault”, el dinero es la miel, ellos y ellas son las abejas, las moscas y las avispas también, y yo, solamente soy el tarro. No hay más.

Bien, en realidad sí, hay algo más. ¿Qué?, ¿el amor?

Mi hijo creo que me odia, en cambio mi hija me adora aunque no termina de comprenderme. Enrique dice de mí que soy una mujer bondadosa, me ama porque no trata de comprenderme, al fin lo ha entendido, no pregunta.

Pero si necesita algo me lo pide, y yo se lo doy.

Creo que es un buen trato.

Ni él ni yo nos arrepentimos de nada.

Los auténticos paradigmas son difíciles de encontrar. La mayoría de las veces, todo acaba siendo una mera dificultad psicológica. Yo no sé cómo se construyen paradigmas, pero un camino para ello, es crear un poco de misterio a través de alguna escena onírica que trate de explicar el sentido de los sucesos meramente descritos. Es la misma lógica de las casualidades poéticas. Ésa también es una manera de no contarlo todo y dejar abierto el texto para que cada cual lo termine según le convenga. En los relatos tan cortos todo hay que decirlo con brevedad, precisión, y una sola vez.

Yo esta noche me quedaré en casa, (…) Me dedicaré a leer a mis filósofos de cabecera y a pensar en ti. Eso es lo que voy hacer, pensar en ti todo el rato hasta que me llegue el sueño, entonces te soñaré y te amaré desde el fondo de aquella penumbra que había en la (…).

Te amo mi cielo. Lejos o cerca te amo. Vestida o desnuda te amo. Despierta o dormida te amo. Lista o tonta te amo. Valiente o asustada te amo.

Aunque no me quieras te amo, aunque quieras a otros te amo y te amaré siempre.

Te amo.


-Dos “Dry Martini”, por favor.

-Agitados y no revueltos, ¿verdad?

-Eso es, Juan, dos verdaderas “balas de plata”.

-Enseguida.

sábado, 9 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (6 de 7)



15 Marzo 2008

La María que se encontró Enrique después de esos 9 años era la misma de antes, pero mejor. Más débil, herida, troceada, molida, lastimada, golpeada. Pero mejor. Soy promiscua, pero mejor. Tengo los amantes que quiero, pero soy mejor. Enrique lo sabe y con mi ayuda él también tiene las amantes que desea.

Mi relación con el sexo debo de aclararla pues seguro que más de uno pensará que soy su esclava o algo más vil. Nada de eso es verdad. Solamente el sexo me permite librarme de él, parece una paradoja pero no lo es. Incluso debo afirmar que, usando un símil gastronómico, hago dieta, pero comer como, y solamente comiendo puedo olvidar la comida. ¿Para qué?, para pensar, no se piensa bien con el estómago vacío ni tampoco con los bajos sin limpiar.

John Updike, afirmaba que "Sex is like money; only too much is enough." Demasiado nunca es bastante, casi decía él, pero yo no afirmo eso, soy más modesta y apenas digo que el sexo sí es como el dinero, hay que tener el suficiente para no pensar en él.

Cuando descubrí eso decidí volverme a casar con Enrique. ¿Qué hombre al que no amara podía ser mejor que él? Ninguno, pues de eso se trataba de no estar enamorada, amarlo sí, estar enamorada no. Ya lo he estado y aún lo sufro y eso me costará una buena inflamación de hígado si es que no termino con una cirrosis. En realidad no bebo tanto, pero cuando lo hago, me mato.

No quiero volver a enamorarme, ¡basta!, no más.

El pobre Enrique estaba, como siempre, desconcertado, perdido. Tampoco sabía qué estaba sucediendo, pero yo sí, ahora sí que lo sabía. Enrique no tenía dinero, como antes, ahora también, era más pobre que una rata pobre. Y su vida sexual era tan penosa como lo había sido siempre. Para decirlo claramente no tenía nada de sexo, ni legal, ni pirata, ni de pago. Era triste verlo así, no valía ni un céntimo. Me compadecí. Mi dinero tenía que servir para algo.

Decidí compartirlo con él. No se negó, en realidad tampoco aceptó, simplemente asintió. Nos volvimos a casar. Yo establecí nuevas reglas de juego que básicamente se resumían en dos. La primera era: “no preguntes”. Y la segunda: “si necesitas algo pídelo”. Desde entonces tenemos una relación rica y estable, y sin que él lo sepa procuro ofrecerle buena compañía sexual, gracias a Juan, el camarero u otros como él. Enrique cree que son sus habilidades las que consiguen esas jovencitas tan bellas. Con ellas en su cama su amor propio ha mejorado.

Y con mi dinero también. Le hice creer que lo había ganado con sus habilidades. El dinero no fue a parar directamente a sus manos, hubo de hacer un recorrido complicado y alambicado para simular que era producto de su trabajo, que era consecuencia de sus méritos y no un mero dinero regalado por mí, no quise que supiera que era una obra de caridad.

Durante estos últimos años nada me impide afirmar con orgullo, que nos amamos más. No hay pasión ni nada de eso, pero hay amor. Él es un hombre satisfecho y yo una esposa tranquila y feliz.

viernes, 8 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (5 de 7)



14 Marzo 2008

Fueron años difíciles y arriesgados, en ellos hice el dinero que necesitaba. Lo conseguí con mi esfuerzo y mi saber, puse todo mi empeño en ello. No cometí ningún delito pero fui audaz y temeraria. Enrique nunca fue capaz de traer a casa el dinero suficiente.

En esos años pude morirme, pero aguanté. Hice dinero y conocí todo aquello que ignoraba, sexo incluido.

El sexo también me hubiera podido matar o volver loca, y casi consigue las dos cosas y a decir verdad no estoy muy segura de que no lo lograra. Sospecho que no lo hizo porque mis amantes me quieren en su cama o desean estar ellos en la mía. Alguno, el muy tonto, incluso se enamora de mí. Yo no, yo ya no me enamoro de nadie y eso es lo que me hace pensar, siguiendo el tópico, que estoy más muerta que viva. Por eso debo emborracharme y resucitar cuando caigo rendida, en esa muerte está mi resurrección, en mi abatimiento, en mi rendición, en ese final triste sin controlar lo que hago ni lo que pienso. En ese dejarme ir revivo en otro lugar, más allá de algo, más allá de mí, fuera de mí me hallo, allí estoy, dormida veo, derrotada triunfo, borracha lo recuerdo y lo vivo.

Una vez más.

Ayer me fui a dormir intranquilo y agotado. Ni siquiera las caricias de tus manos en mi cuerpo solitario sosegaron mi ánimo. El semen que derramé en el suelo se perdió en aquel silencio de la casa.

Esta mañana me he despertado todavía más cansado, con el cuerpo doliente y el ánimo confundido y fatigado.

He orinado y he vaciado mis intestinos. La ducha no ha limpiado ni mi cuerpo, ni mis ojos.

He subido las persianas y ha entrado un sol radiante que me ha golpeado como una piedra.

Me he vestido y peinado y también me he perfumado con esa colonia que ya conoces.

En el Café éramos tres desayunando, yo y dos chicas. Una estaba resfriada y estornudaba y la otra navegaba por Internet.

Después de abrir ha venido (…) y me ha contado la nueva biopsia de médula espinal que anteayer le hicieron a su hijo. Ella sonríe y lo cuenta como si fuera un simple constipado. Yo le digo que sí.

He leído tus correos.

Luego ha venido (…) a devolverme dos libros de pintores orientalistas que harán por lo menos unos siete u ocho años que le presté para recopilar datos y escribir un prólogo a un libro que nunca terminó. Estaba bien. Dice que toma una nueva medicación que le funciona. Me ha contado que a mediados de abril le han de extirpar el útero y los ovarios, que es conveniente por las pérdidas continuas de sangre que tiene. Ha preguntado cómo estábamos y le he dicho que (…) se encontraba en (…) por trabajo. No le he contado nada de nosotros dos.

He dejado a (…) en la tienda limpiando y he ido al Banco a pedir que devuelvan un recibo de un seguro que ya no necesitamos. Luego he pasado por la farmacia y me he comprado paracetamol para mí. Me duele todo el cuerpo.

Justo regresar a la tienda ha entrado un hombre que me ha comprado una pulsera, no quería que se la envolviese para regalo. No hace falta, me ha dicho, se la voy a dar a mi esposa ahora mismo. Es igual, le he respondido, déjeme que se la envuelva bien, ella estará más contenta. 125 euros era su precio.

Al cabo de media hora ha entrado una señora que ha comprado, para regalar a una amiga, un pañuelo de seda pintado a mano. En este caso 60 euros.

He cerrado la tienda cinco minutos y he ido al pequeño super que tengo enfrente ha comprar fruta, mandarinas y plátanos.

(…)

Luego he recibido tu mensaje de buenos días y te lo he respondido. Hoy llenas todo el día, no hay un solo resquicio que no esté ocupado por tu ser, eres la dueña de mi tiempo. Mi amor tiene “horror vacui”, nada puede estar exento de ti y de la belleza que emanas.

Me encuentro mejor, tal vez esta noche mi leche riegue tu flor y no sienta como ayer que el silencio la ha devorado.

Te amo.

jueves, 7 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (4 de 7)



13 Marzo 2008

Es alguien que habla de mí, que me riñe, que me aconseja y que me confiesa su amor. Al final de las cartas hay un nombre, un nombre corto, no sé quién es. Hay fotografías también, mías y de alguien que debe de ser él.

No estás colgada de una soga con el infinito a tus pies y un muro infranqueable que te impide subir. No María, no. Pendes de mí y de las personas que te quieren, que son muchas, entre ellas tus hijos. Pendes de todos nosotros, también de ellos, ellos son también tu muleta aunque no lo parezca. (…) Tu trabajo no es en balde, tu amor es útil y ellos te lo devuelven multiplicado, tal vez tú no lo notas pero es así. María ten en cuenta que lo más fácil es no hacer nada. A corto plazo saldría barato, la factura y su cobro, llegaría después, más tarde, y no podrías pagarla. Serías una mujer seca, vacía, sin nada en los bolsillos. Nada para dar, incapaz de recibir.

Pero no es eso lo que haces. Estás cambiando muchas cosas, te estas moviendo, no estás quieta. Y lo que haces no es poca cosa. Sin temor a equivocarme acierto si digo que estás casi empezando de cero y un culpable de ello, no el único, soy yo. ¿Tú sabes la responsabilidad que eso representa para mí? Y no me importa. Eres la mujer que siempre he esperado, eres un regalo del cielo para mí, eres mi don, mi virtud, mi suerte. ¿Responsabilidad para mí?, sí, claro, y la asumo con todas las consecuencias, orgulloso de ello, animoso y contento.

Yo puedo hablar por mí, mis palabras son mías, de nadie más. Mis palabras son solamente para ti, para nadie más. Y mis palabras te dicen que yo estoy aquí, no me he movido un centímetro desde el pasado (…). Hay ocasiones en las que no soy muy hábil, ni muy certero y nada brillante. Parece que la rinitis afecte a mi cerebro, no a mi alma, a mi cuerpo, no a mi amor. La última conversación telefónica reflejó ese ánimo en los dos, ese cansancio, tú con tus contrariedades, yo con las mías. Se cuelan sin permiso, penetran por los resquicios y nos apartan el uno del otro, son malignas y dañinas. Pero nuestro amor es fuerte.

Yo puedo hablar por mí y de mí digo que me tienes totalmente. Desde (…) de kilómetros te acompaño, te sostengo y te ayudo en aquello que puedo hacer. No dudes de mí, ni tampoco de ti. Confía y concédete el permiso de cansarte, también de quejarte y de protestar.

Si quieres gritar, grita, mi boca recogerá tus gritos y te los devolverá en besos. Descansa, medita y ámame.

Te quiero a ti, quiero a mi María. Quiero a esa mujer que ahora mismo estoy señalando con mi dedo índice.

No bebo nunca, apenas una copa en alguna velada especial, pero hay noches en las que me dejo ir, y bebo, bebo mucho, hasta emborracharme, entonces su recuerdo me atrapa y no me suelta, es la única forma de conseguirlo, de conseguir ver su rostro una vez más. Ese rostro que las fotografías no son capaces de mostrarme. Es una mezcla muy intensa de dolor, amor y lástima por mí misma. Siempre termino llorando antes de acabar exhausta y rendida, y sin sentido. Lloro por él y por mí. Lloro tanto que casi me ahogo, me cuesta respirar y los hipos y espasmos me ridiculizan como un trapo viejo.

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortazar

Termino hecha un ovillo, enroscada y cerrada en su recuerdo y su olor, como si fuera una fragancia preciosa recluida en una pequeña botella de perfume.

“Me dices que no me imagino el poder de la palabra en una mujer a poco sensible que sea. No me lo imagino, lo conozco, María, como conozco lo rápido que pasa su influjo. Lo que no imagináis vosotras es el poder de la palabra en un hombre a poco sensible que sea.

Añadías también: “¿Quién te ha dicho que no hablamos de hombres, que no existís? Por Dios, si nos sometemos a todo tipo de torturas para gustaros... Pocas mujeres, casi ninguna, se achicharra casi todo el cuerpo con cera, se somete a regímenes bestiales, a intensivas sesiones de gimnasio y demás parafernalia solo para verse mona en el espejo.”

Las mujeres, María, como los hombres, lo que queréis es ser amadas, y para ello hacéis aquello que creéis adecuado. Eso no es hablar de hombres, eso es hablar de mujeres. Igual que nosotros cuando “hablamos de mujeres”, no hablamos de vosotras, hablamos de nosotros.

Querida María, créeme si te digo que yo lo que quiero es ayudarte. Y lo quiero por dos razones, no importa el orden, porque tú me has ayudado a mí, has sido un verdadero ángel, una hermana, una amiga, y también una mujer. Hay un antes y un después de ti.

Te quiero, María, te quiero como amiga y, piensa lo que quieras de mí, también te quiero como mujer. Y eso, repito, no tiene otra consecuencia que la de ayudarte, si eso te ayuda te lo seguiré diciendo, si te perjudica me callaré. Dímelo tú, dime si te ayuda o no.”

miércoles, 6 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (3 de 7)



12 Marzo 2008

Si Enrique nunca supo de qué le hablaba, yo tampoco lo tenía nada claro. Además, las palabras que necesitaban ser dichas, necesitaban ser interpretadas a dúo y allí la única que hablaba era yo. La decisión no fue fácil, pero lo eché de casa.

Como en la política, quizás todo debía de cambiar para que todo siguiera igual, pero tardé años para llegar a eso.

Le dije que se fuera y no me entendió, así que tuve que “echar” mano del teatro y escenificar una escena con símbolos visuales. Hube de “dramatizar” el acontecimiento y convertir la expulsión en un “acto de magia”, que es la forma sofística de llamar a una disciplina muy antigua, pero que ahora, en las universidades modernas, se llama “psicología profunda”. Tiene la fuerza de la hipnosis sin tener que forzar ninguna voluntad. Pero es doloroso.

Los detalles de mi separación solamente los conocemos tres personas. En realidad dos, porque Enrique ni se enteró demasiado ni tampoco creo que recuerde mucho de ella.

Una soy yo y la otra es alguien con tendencia a la gordura pero que prefiero no nombrar. Una vez utilicé sus servicios y he de confesar que jamás me han servido tan bien. Pero es mejor no tener que necesitarlos de nuevo. Cuando has hecho uso de ellos es muy difícil y laborioso despegarte luego de un temor extraño, de una sensación de permanente amenaza.

A Enrique lo eché, pero hube de seguir manteniendo con él las relaciones y contactos necesarios por el interés y el beneficio de nuestros hijos.

Estuvimos separados y divorciados 9 años, los que transcurrieron hasta la mayoría de edad del niño y algunos más para la recomposición de los nuevos roles y pactos. En ese tiempo hicimos el amor en alguna que otra ocasión. ¿Por qué?, por qué no.

Esos nueve años de divorcio fueron difíciles. Fueron años en los que al principio, yo me rompía cada 8 ó 12 meses. Me rompía la cara y el corazón. Me los rompía yo sola, o me los rompían los demás, a bofetada limpia o con toda la sangre de sus corazones. Luego me fui haciendo más elástica, empecé a doblarme sin romperme.

Me fui varias veces. ¿A dónde?, no sé, creo que lejos. Sería quizás más apropiado decir que me perdí, pero no es cierto, no me perdí, sabía a dónde iba. Creo que lo sabía en el momento, pero me cuesta recordar todas aquellas cosas. Incluso recuerdo algo de un matrimonio, juraría que me volví a casar con alguien que no era Enrique, pero no estoy muy segura de ello. Evidentemente podría saberlo, pero me niego, no quiero remover todo aquello. Esas cosas las lleva mi abogado y yo me desentiendo.

Creo recordar que también me enamoré, aseguraría que un par de veces, pero no lo puedo confirmar. Dos veces ya me parecen muchas, demasiadas. Quizás fue solamente una. A ésa tal vez pertenecen los recuerdos que conservo. Y cartas, muchas, ¿de dónde salieron tantas?

“…eso también forma parte del amor, de esa dulce envoltura, de ese nuevo vestido que nos abriga y que encontramos tan hermoso y confortable, y que curiosamente sirve tanto para el verano como para el invierno. No quieras ser un Fórmula 1, ni un tractor, ni una bicicleta, ni un patinete. Igual que tú de mí, yo sólo quiero que seas María. Esa María que le da vueltas y vueltas a su “soledad” o a su “no soledad”, y que intenta explicársela a un tonto como yo. Esa María que descubre que se le derrumban los ideales del amor y de la masculinidad en un hombre del que ha tenido dos hijos y también los de apoyo y solidaridad por los cuales ella estaba dispuesta a dar su vida por él, esperando naturalmente, que él también diera la suya por ella. Yo quiero a esa María que asume que es humana, ignorante y débil, que pide ayuda sin vergüenza y a esa María “especial” y un poco tonta a la que no le gustan los mocasines blancos. Y a esa María que establece relaciones con las personas a través de sus palabras. Ya somos dos, tú y yo. ¿Nos hemos de preocupar? ¿Es una perversión de nuestro carácter? En todo caso a mí me ha sucedido igual que a ti y además me gusta que haya sido así. Somos seres especiales.

Quiero a esa María que dice que me otorga poder sobre ella para ser una fuente de amor, apoyo y consuelo y lo dice como si estuviera delante de un notario. Lo firma, lo rubrica y ordena que se cumpla. Esa María que dice esas cosas es mi María y que las dice de esa manera, alambicadamente poética, con esas construcciones gramaticales que solamente un (…) es capaz de hacer. De acuerdo, yo lo firmo y lo rubrico también.

María, óyeme bien, o en todo caso, léeme con atención, acepto el reto y la responsabilidad con la que me invistes. A ella, o a ti, solamente impongo una condición, con la que seguro estarás de acuerdo, pido el mismo trato. No por justicia económica, no, únicamente porque yo también necesito recibir ese apoyo y ese consuelo. Necesito que tu poder sobre mí sea una fuente de amor inagotable. Quiero beber de ella, de esa fuente, quiero beber de ti, mi sed es enorme, soy insaciable. Metafórica, sentimental, emocional, psicológica y físicamente hablando quiero que me des de beber. Tengo sed. Mucha sed y toda esa sed es de ti. Quiero beberte entera María, quiero ser tu caníbal, quiero devorarte.

Soy un hombre de (…) años que te pide que le des esa leche que mana de tus pechos. Sí, te lo pido sin vergüenza, sin rubor y sin pudor, dámela, la necesito para vivir. Pero ten en cuenta que te lo pido de pie, no me arrodillo ante ti, no agacho mi testa de toro. La cabeza alta y la mirada arrogante y segura. Como aquel pastorcillo que no se inclinaba ante su reina porque él sabía, sin necesidad de llevar corona, que él también era un rey. Como tú una reina.

Te he escogido a ti, como tú a mí. Tómame, cómeme pues también tengo carne y bébeme que no me faltará leche para ti. Sí, ésa que sale de mi lanza, ésa es tuya también, bébela mi reina, ella te dará fuerza y honor, ella te alimentará, te hará más fuerte y mis palabras te harán más sabia. Yo te puliré como el oro, serás dura como el acero. Eres de color de la madera y hueles como huelen los bosques de tu país. Eres salvaje y estás hambrienta, ven, ven a mí, acércate y muérdeme. Arráncame los miembros y muéstralos a los demás como tu triunfo. Eso soy y eso eres, un triunfo. En él me monto y en él cabalgo contigo.

La Victoria tiene piernas y también alas. Incluso a veces aletas. Trota, vuela y nada, es difícil de llevar porque es poderosa y tan hermosa como tú. ¿Quieres montar conmigo esa cabalgadura, mi vida?

Te amo total y absolutamente".

martes, 5 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (2 de 7)



11 Marzo 2008

Juan, el camarero, y su esposa Lorena, una muchacha de 19 años, bellísima, mejicana y bailarina del ballet que actúa cada noche en la sala de fiestas del Hotel, se han dado perfecta cuenta de que tenemos bastante dinero, son dos buenos rastreadores y lo huelen antes que el sudor de sus propias axilas.

Él es un simple camarero de piscina, nada más, de piscina de hotel caro y de mal gusto. Es un experto en detectar necesidades perentorias, necesidades de toda clase, de las “unas” y de las “otras”.

Ofrece buenas mesas de póker frío, de ese que entras vivo y del que sales muerto, da igual si ganas o pierdes, si te arruinas o te conviertes en millonario, siempre sales muerto.

Entre sus servicios se encuentra también el facilitar, a través de sus contactos, sexo de pago, compañía íntima, yo la uso para Enrique, sin que él lo sepa. Así conserva la ilusión de enamorar a jovencitas atractivas y muy bien predispuestas. Me gusta verlo feliz.

Juan tiene 35 años y le lleva 16 a su esposa mejicana. Los mismos que me lleva a mí, Enrique. Mi esposo tiene unos espléndidos 74 años. Mantiene una buena forma física, una salud excelente, la mente lúcida, atenta y despejada. Cada día practica sus clases de Tai chi, y camina sus buenos kilómetros, y cada cierto tiempo incluso se sube a una bicicleta.

Los dos procuramos mantenernos sanos y dentro de lo que cabe, también bellos, creo que es una obligación para con nosotros mismos y los demás. Nos amamos sinceramente, con una enorme dosis de eso que todo el mundo desea y quiere, y que ya termina por ser un tópico: ternura, compañerismo y complicidad. Pasión poca, eso sí, muy poca, apenas hacemos el amor un par o tres de veces al año. No necesitamos más. Son unas veladas deliciosas y muy románticas, y aunque escasas, las aprovechamos bien.

Enrique y yo llevamos 38 años de matrimonio, nos casamos cuando yo tenía 20 y él 36. Vivimos juntos los 20 primeros y cuando cumplí mis espléndidos 40, lo mandé a paseo y le pedí el divorcio. Teníamos ya nuestro hijo con 12 y la niña con apenas 2. Evidentemente se quedaron conmigo. La sentencia del juicio me otorgó su custodia y la patria potestad de ambos. El pobre Enrique se quedó desconcertado y perdido, no entendía que es lo que estaba sucediendo.

Era normal, yo tampoco tenía muy claras las cosas, la verdad es que no. Ya llevaba unos cuantos años intentando verbalizar con él nuestra vida en común, pero lo más lejos que su capacidad le permitía llegar era para recomendarme un psicólogo. Darme cuenta de eso fue muy triste y decepcionante para mí.

Habían sido años difíciles, con penurias económicas y enfermedades no graves, pero que no hacían otra cosa que dificultar la convivencia o al menos la convertían en un camino, pedregoso y lleno de polvo y fango. Un desastre.

Todos mis intentos, casi secuestros, para “hablar” con Enrique, y desbrozar el camino limpiándolo de las malas hierbas llegaron a ser contraproducentes, nos agotaban y nos alejaban más, y él cada vez entendía menos lo que estaba sucediendo.

Yo tampoco es que supiera muy bien qué demonios me ocurría. Evidentemente el amor se había terminado, pero eso es demasiado vulgar para confesarlo en público. Estaba harta de él, parecía un monigote, ya no olía igual, ya no hablaba igual, ya no miraba igual. Pero lo peor de todo eso es que no era verdad, no era cierto, era justamente todo lo contrario, la que había cambiado era yo, y no él. Pero eso lo supe años después.

Enrique es un hombre, y los hombres aunque hablen bien no saben nunca por qué suceden las cosas. Describen bien los acontecimientos, exactamente como lo hacen al comentar una jugada deportiva, nada más. Hablan de las cosas como hablan del motor de un automóvil. El suyo es el mundo de la estética, es el reino de Apolo.

Las mujeres siempre hemos salvaguardado los mitos del origen. En una humilde nana, en una sencilla canción de cuna se encierra todo un universo, todo un saber que no cabría en mil enciclopedias. Y también un auténtico cóctel de química placentera y placentaria.

El saber de la mujer es primordial, es el material con el que se construyen los cimientos de una persona y de una civilización, por eso es anterior a la moral.

El nuestro no es un conocimiento exactamente amoral, ni por supuesto inmoral, es pre-moral. Todo lo contrario del saber masculino que se construye alrededor de la forma, de la estética. La suya es una ciencia apolínea.

La forma es el sustento de la moral, aunque no lo parezca así es. La moral es un orden, una jerarquía y un protocolo. Eso es lo que los hombres saben ver del mundo, su dibujo y sus colores. Nosotras somos más musicales, el sexo es en buena parte música y danza.

Urano mató a Cronos y Zeus a Urano, todavía no sabemos como lo hizo Apolo para matar a Zeus, su padre, y quién es el que ha terminado por matarlo a él. Seguramente ha sido Plutón en una oscura alianza con Afrodita. Quién sabe, todavía no ha nacido el bardo que cante esa canción.

lunes, 4 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (1 de 7)



10 Marzo 2008

“άπόκρυφος” (apócrifo) es palabra griega que significa “escondido”, “oculto”, “secreto”…




-¿Qué desean tomar los señores?

Eso es lo que Juan, el camarero, les debe de estar preguntando en este mismo instante a mi marido, Enrique, y a Jorge, el marido de Anna.

Los dos están sentados en una de las mesas de la terraza del bar de la piscina del “Hotel Nefertiti”.

Los veo desde mi habitación, y aunque están demasiado lejos para oírles, puedo distinguir sus rostros morenos por el sol.

A quien sí puedo oír es a Anna, que me llama desde mi cama para que vuelva con ella.

Es una muchacha insaciable y tiene unos preciosos 25 años. Guapa, bien formada, todo abundante, con su debido tamaño, forma, color y textura.

Naturalmente, yo, con mis 58, no puedo compararme con ella, pero sí puedo afirmar con orgullo que mis clases de gimnasia están dando buen resultado y de momento me alejan del cirujano. Las señales del tiempo son por supuesto evidentes, pero aún puedo presumir de buen cuerpo. Mis pechos no son demasiado grandes, es cierto, y aunque caídos, gustan a todos, o al menos eso parece y eso me dicen. A Anna también le gustan, se esmera mucho en ellos.

Su marido, Jorge, es apenas cuatro años mayor que ella. Son dos jóvenes encantadores, y hacen una pareja armoniosa y feliz. Me gustan por muchas razones, pero una de ellas es que demuestran, sin vergüenza, tener dinero. Aceptan como algo natural que el dinero sirve para cualquier cosa que se pueda comprar, que es casi todo.

A Jorge le cae bien Enrique, mi marido. Entre los dos se ha desarrollado un mutuo interés que no es sexual. Supongo que es una amistad sincera, o en todo caso, una relación paterno filial que ambos agradecen y que probablemente necesitan.

Jorge está enemistado con su padre, hace años que no se hablan y debe de ver en mi marido a ese padre que ha perdido.

Enrique y yo tenemos un hijo y una hija, el muchacho, ha cumplido los 30 años y hace su vida totalmente independiente de nosotros. La niña tiene ya los 20 y todavía no se ha emancipado del todo, quizás por ello la vemos más a menudo que a nuestro hijo.

Según parece Jorge estaba algo desconcertado, necesitaba a alguien que le aclarase un par de cosas clave de la vida, o tres, y Enrique, no sé cómo, ha conseguido explicárselas.

Digo que no sé cómo, porque mi marido nunca ha sabido nada de la vida, ni las cosas clave ni las que no lo son, pero a veces esa misma vida es misteriosa y te sorprende con hechos inesperados. Esa amistad con Jorge ha sido uno de ellos, según parece mi querido esposo sabe “algo” importante.

Jorge debe de haber encontrado en Enrique lo que yo no he sabido ver jamás. Me alegro por él, está bien que sea así, si Enrique se siente feliz, si él lo es, yo también lo soy. Le quiero.

Jorge y Anna nos gustan, porque nosotros como ellos, tampoco escondemos nuestro dinero, no hemos sido ricos, y ahora que lo somos no queremos aparentar no serlo. Además nos gusta, al menos a mí, -nunca estoy segura del todo con Enrique-, ver el efecto que causa el dinero en los demás. Es muy instructivo.

sábado, 2 de mayo de 2009

El peletero/En estado de celo(1)/El esternón



3 Marzo 2008

¿Alguien ha visto un relámpago?, ¿una estrella fugaz?, ¿un bólido?, ¿una bala atravesarte el cerebro de un extremo al otro mientras el corazón te estalla?

Algunos.

¿Alguien ha visto el sol enrojecer a las doce del mediodía?

Nadie.

Aunque muchos han contemplado al día palidecer y enfriarse como la piel de una serpiente emplumada.

Perpendicular a mi eje transversal, atravesó el cielo, por mi espalda y mientras miraba el lago desde el balcón de mi habitación. Un lago oscuro, ya era de noche.

Debió de ser grande, aunque no lo suficiente para emular al de Tunguska. Aunque más pequeño, el mío también era una bomba, un asteroide incendiado al atravesar la atmósfera, un visitante, un pedazo de piedra que caía.

Que caía quemándose y mientras Dios lo incineraba llovía polvo y fango, destellos y centellas, fulgores y chispas.

El lago era mi lago, y en aquella habitación un día escribí algo en la pared.

Había caído una bomba del cielo, un aerolito rojo y silencioso, sin apenas luz, opaco, casi rojo y casi negro, rojo apagado, que entre un miro y no miro y entre un te veo y te vas, terminó por explotar mi corazón, llenándolo todo de sangre.

Así morí, como mi tío Mariano. A él también le estalló el corazón, manchando las sábanas, las cortinas, todo el mobiliario y la alfombra raída.

La sangre es más sucia que la nieve, en cambio el semen de un hombre, que también puede ser rojo, se limpia fácil, lo absorbe la piel y apenas huele. Hay quien cuenta que es una buena crema facial, o una magnífica cera para muebles, pero no es verdad, solamente es semen, esperma, nada más.

El bólido y su estela desaparecieron. ¿En el horizonte? No, en el horizonte no, era de noche, y cuando es de noche no hay horizonte.

Así morí, y mientras me moría tecleaba el P. C. que hay en el mostrador de mi tienda cuando la vi mirar el escaparate.

¿Alguien ha visto la bala de plata que lo matará? Yo vi su estela oscura.

Ya era de noche también, pasadas las nueve.

Entró.

La había visto alguna que otra vez, coincidíamos en el mismo bar para desayunar. Yo me había fijado en ella y dudo que ella en mí.

-Buenas noches -le dije.

-Hola -me respondió sonriente.

-¿Qué deseas?

-Algo para aquí – dijo señalándose el esternón y desabrochándose la blusa un botón más allá de sus sujetadores.

-¿Para aquí? Para aquí no necesitas nada -le respondí sonriéndole y preguntándole de qué parte de Portugal era.

Puso cara de sorpresa y me dijo:

-Eres el primero que no se equivoca y me confunde con una brasileña, ¿cómo lo has sabido?

-No sé, es evidente que los dos acentos son distintos -carraspeé

-¿Conoces Portugal?

-Sí, pero estuve cuando tú todavía no habías nacido.

Se rió. Era una muchacha bellísima, cabellos castaños y cejas pobladas, era esbelta y muy alta. Al menos se acercaba al metro noventa. Quizás era una modelo, pero no se movía como ellas. Y tenía unos ojos… azul oscuro, de agua marina.

-Aconséjame algo que no sea caro, hoy necesito lucir escote y no tengo dinero, me dijo mirándome muy fijo.

-¿Te gusta este? -Le enseñé un colgante que había visto que observaba con atención. Era de tela, haciendo nudos, lazos y flores de terciopelo trenzado, azul y rojo- No es caro, con el descuento son apenas 30 euros.

-Sí, en realidad he entrado por él, lo he visto en el escaparate, ¿me lo dejas probar?

-Por eso te has desabrochado la blusa, ¿no?

Me miró con ojos maliciosos.

Se lo probó, se desabrochó otro botón más. Se miraba el colgante y me miraba.

-¿Te gusta cómo me queda?

-Mucho, te queda muy bien.

-¿Estás seguro?

-Claro, no es difícil que las cosas te queden bien a ti.

-De acuerdo, envuélvelo -afirmó segura.

-Como quieras, pero yo no te lo vendo si no me dices de quién has sacado esos ojos, ¿de tu padre o de tu madre?

-De ninguno de los dos, - me respondió rápida, riendo y medio sorprendida por mi pregunta - De mi abuela, era ella la que los tenía azules. Aunque mi padre siempre quiso una hija con los ojos así, como los de la abuela, como los míos.

-Seguro que le hizo una promesa a la Virgen de Fátima, ¿verdad? -le dije mientras se lo envolvía y pagaba.

-Seguro que sí, pero nunca me dijo cuál, aunque me lo imagino.

-¿Y qué te imaginas? -le pregunté.

-Es un secreto -me respondió… sonriéndome con la boca, los ojos y el resto de todo su cuerpo.

Y se fue.

La volví a ver, desayunando en aquel bar, o por la calle, siempre caminando deprisa, cargada con muchas bolsas, paquetes y su “portátil”. Era una “chica Erasmus”, estudiando con una beca sufragada por la Unión Europea. Era psicóloga, especializada en psicología laboral.

Nos saludábamos, charlábamos un poco y rápido, nos dábamos un par de besos en cada mejilla, yo le decía adiós y ella me sonreía…

…con la boca, con los ojos y con el resto de todo su cuerpo.

La estela era azul oscuro.