sábado, 30 de mayo de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La bellezza

21 Abril 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

Ell sap allò que tu no, que et moriràs ofegada i d’una manera molt trista, tot i que ara et mires el món des de la seva teulada.

La teulada del món.

Des d’ella encara no saps el que encara no has de saber, ara que encara el vent et pentina els cabells i la cara, no has de saber encara que el vent soc jo.

No has de saber que pentinant-te et despullo, i que pentinant-te t’estimo, t’andreço, i et perfumo, et pinto i et vesteixo.

Et miro, t’oloro i et toco, i… et retoco.

I així, ben pentinada, tant bonica i tan guapa, et planto al sostre.

Al sostre del món.

Tot això no ho saps encara, perque encara no saps… que el vent soc jo. I que quan et moris ofegada, ofegat em moriré amb tu.

D’amor per tu?

Potser… també.

Encara que jo, el que tant sols sé, és que quan et miro, pel teu alè visc i respiro.

_______________________________________________________________________________________

(La bellezza, El peletero, 6 de febrer de 2008)




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo.

Él sabe lo que tú no sabes, que morirás ahogada y de una manera muy triste a pesar de que ahora miras el mundo desde su cumbre.

La cumbre del mundo.

Desde ella todavía no sabes lo que todavía no debes saber, ahora que todavía el viento te peina los cabellos y la cara, no has de saber aún que el viento soy yo.

No has de saber que peinándote te desnudo, y que peinándote te quiero, te compongo, y te perfumo, te pinto y te visto.

Te miro, te huelo y te toco, y… te retoco.

Y así, bien peinada, tan bonita y tan guapa, te planto en la cima.

En la cima del mundo.

Todo eso no lo sabes todavía, porque todavía no sabes…que el viento soy yo. Y que cuando te mueras ahogada, ahogado me moriré contigo.

¿De amor por ti?

Quizás… también.

A pesar de que yo, lo único que sé, es que cuando te miro, por tu aliento vivo y respiro.

____________________________________________________________________________________________

(La bellezza, El peletero, 6 de febrero de 2008)



La belleza física siempre es sospechosa.

























Yo al menos desconfío de ella, tanto como me dejo seducir por su encanto.

No hay ninguna verdad moral, ni nada parecido que tenga fuerza suficiente para igualarse a la fuerza que posee la belleza física.

Al menos para mí no la hay, he de reconocer mi debilidad frente a ella.

Y por ella y por su causa, admito también que sería capaz de traicionar a mi familia y a todos aquellos que me aman sinceramente. Todo ese amor de ellos y por ellos, nada sería frente al cuerpo y el rostro de una mujer como Natalie Wood.

-¿Llegarías a vender tu alma por ella?

-No. Eso no lo haría jamás.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Una vez le pedí a un Santo un deseo. No era amoroso ni nada parecido. Era un deseo de salud para una persona querida. Pensé que debía darle algo a cambio, una especie de compensación por sus servicios. Él no me lo pidió, pero así lo hice, le ofrecí dinero a cambio de esa salud.

-¿Y qué sucedió?

-El deseo fue concedido y el Santo tomó su parte.

-¿Y?

-Pedir sigo pidiendo, pero ya no ofrezco nada a cambio. Con esa experiencia tuve más que suficiente.

-El Santo tomó demasiado, ¿no? ¿Te arrepientes?

-La salud, bienvenida fue, gracias por ella, pero nunca más pediré nada a cambio de algo. Nunca más. Ni siquiera al mismo Dios. Tampoco a un santo y menos a una persona. Excepto las cosas que se piden en la cotidianidad de la vida.

-Pero tú hablabas de la belleza de Natalie y que por ella hubieras traicionado a los amigos y hasta a tu familia.

-Sí, eso hubiera hecho. Por ella lo hubiera perdido todo, mi dignidad y mi amor propio.

-¿Y ahora?, ¿qué piensas de ello?

-Exactamente lo mismo.

-¿Traicionarías y abandonarías a los tuyos a su suerte por una mujer bella, a cambio solamente de esa belleza de su cuerpo y de su rostro?

-Sí.

-¿Eso harías?

-Sí.

Por eso desconfío de la belleza. Aunque ya sé que el error y el mal no están en ella y sí en mí.

Ella es apenas una forma, es un gesto galante, una sonrisa, es un lazo de seda que envuelve algo. En muchos casos ni siquiera a alguien.

Siempre me he preguntado una tontería, ¿qué esconden las axilas de una mujer?, ¿qué hay allí?, ¿sólo pelos, sudor, restos de depilador y desodorante? ¿Eso esconde una mujer, bella o no, en sus axilas?

-¿Qué esconde un hombre debajo de las suyas? Pues lo mismo, nada.

-Soy yo el que hace las preguntas.

-¿Qué quieres que escondan, si entre sus piernas no encontramos ni siquiera el secreto del universo, ni el manido origen del mundo que pintó Courbet?

-¿No?

-¿Estás tonto? ¿Lo has hallado tú en ese lugar?

-No, claro que no, ni en ése, ni debajo de sus axilas, pero… no sé.

-Parece que te sepa mal.

-No exactamente, pero el Universo algún secreto debe de tener, algo que lo explique. Y pienso que nada mejor que el cuerpo humano para albergarlo, da igual que sea el de un hombre o una mujer, bello o feo. Eso en realidad no importa. Hubiera sido buena idea colocar ese secreto del Universo en algún lugar del cuerpo humano, ¿no?

-En eso tienes razón. ¿Entonces por qué esa fijación por la belleza?

Quizás precisamente por ello, la belleza parece poseer un poder, en realidad lo tiene, es indudable. Ese poder parece ser una pista de ese secreto del Universo, no sé.

La belleza es un espejo muy bruñido donde mirarte.

Esa belleza del Otro es un espejo de ti mismo. Te devuelve una imagen de ti, te miras y te crees reconocer en él.

Eso es la belleza.

Y ése, creo, no estoy muy seguro, pero sospecho que es el secreto del Universo y al mismo tiempo también el de la belleza.

-¿El Otro?

-Sí, el Otro y su poder.

-¿Qué poder?

-Él también eres tú, sin él tú no eres nada, ¿te parece poco poder?

(Natalie Wood fotografiada por William Claxton, 1961)

El peletero/El ojo y el negro (12)



12 Abril 2008

Elogio de la Amada

El Amado

1:9 Yo te comparo, amada mía,
a una yegua uncida al carro del Faraón.
1:10 ¡Qué hermosas son tus mejillas entre los aros
y tu cuello entre los collares!
1:11 Te haremos pendientes de oro,
con incrustaciones de plata.

Elogio del Amado

La Amada

1:12 Mientras el rey está en su diván,
mi nardo exhala su perfume.
1:13 Mi amado es para mí una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos.
1:14 Mi amado es para mí un racimo de alheña
en las viñas de Engadí.

(El Cantar de los Cantares)


Querido Teodoro

Acabo de llegar a Barcelona, me hospedo como ya sabes en casa de Pedro y su esposa Bienvenida. Me quedaré aquí hasta recibir el primer envío de pieles de castor americano que está preparando Christian, el esposo de tu hermana Silvia. Espero que todo vaya bien, tengo noticias que las pieles ya han salido. Quiero comprobar también la selección que de ellas han hecho los hermanos Iván y Milton.

En casa de Pedro me encuentro bien, se halla en la calle del Rec, cerca de la playa, llena de pescadores. Ellos dos son muy agradables y él siempre escucha las noticias que le llevo de estos mundos de Dios, donde parece que los reyes se inventan guerras a su antojo, haciéndonoslas pagar siempre a la gente que trabaja. Es un juego peligroso, no para ellos, claro.

Conozco un poco España y muchos se vanaglorian y se alegran de la fortuna de ser dueños de América. Esa es la clase de regalos que el diablo te da. Tienen un doble fondo, como las diligencias que hacen contrabando y no quieren pagan los aranceles a la Corona. Son regalos con trampa.

América es un bien, tan enorme, tan preciado, tan extraordinario que nadie hubiera podido soñarla ni imaginarla, pero España, o las Españas que dicen por aquí, se lastrarán en cuerpo y alma durante siglos.

Te quiero contar como fueron los días que estuve con Albert, mi amigo monje de Poblet, miniaturista.

-¿Y América? - me preguntó Albert.

-¿América? Ya no es dueña de su destino y no lo será tampoco durante siglos.

-Estás muy seguro de ello, ¿por qué hablas así?

-La esclavitud pervierte tanto al dueño como al esclavo, y este esclavo, americano, es demasiado valioso. Tú deberías saberlo, Albert. Eres un ser libre, eres un monje de clausura, aquí encerrado entre libros y muros de piedra, que protegen tu libertad. ¿Qué mejor compañía puede soñar un hombre?

-Tienes razón, yo sé cual es el precio de la libertad, y lo sé de una manera diferente de como lo sabes tú. Pero me consultas por compañías. ¿La mejor? La de Dios, sin duda, pero te pregunto yo también, ¿hay alguna otra, aparte de nosotros mismos?

-¿Y a mí me lo preguntas?

-Tú eres un hombre de mundo.

-¿Y eso qué significa, si puede saberse?

-Viajas y conoces a gente.

-Entre moverse mucho y quedarse quieto no hay apenas diferencia.

-Saverio.

-¿Qué?

-Siempre que vienes a España, y de camino a Barcelona desde Burgos, te paras aquí unos días y me visitas, ¿por qué?

-¿No somos hermanos?

-No de sangre.

-¿Quién sabe?, no estés tan seguro. Podemos saber quién es nuestra madre, no quién es nuestro padre.

-¿Sabes que te quiero?

-¡Claro que lo sé Albert!, y yo te quiero a ti.

-¿Dos hombres amándose?

-Amor de hermanos, pero aun cuando no lo fuera únicamente, ¿a quién le importa?, ¿crees que a Dios le molesta?

-Estoy seguro que no, Saverio, incluso te digo que se alegra.

-¿Albert?

-¿Qué?

-Tú me salvaste de la ruina, mantuviste mi casa con el dinero de tu familia.

-Tu casa era también la mía.

-Sí, pero eso son palabras, nada más. El dinero es dinero, muchas veces es mucho mejor que las palabras.

-¿Y?

-Quería decírtelo.

-Ya lo has dicho.

-¿Albert?

-Dime.

-He conocido a cuatro mujeres.

-¿Cuatro?

-Sí, a una india, a una flamenca, a una salmantina y a una leonesa. La india es una esclava, la flamenca es una mujer casada que ama mucho a su esposo. La salmantina es una monja, y…

-¡Por Dios, Saverio!, ¿no puedes conocer a una mujer normal?

-¿No son normales ésas?

-Tú ya me entiendes. ¿Sabes algo de Amparo y de Magdalena?

-Magdalena está en Cuba con su esposo y a Amparo la he visto hace unos días en Toledo con Sor Dolores, la monja Salmantina. Y…

-No paras de decir y… ¿Qué?

-Nada.

-¿Qué le sucede a Doña Amparo?

-Dice que es muy feliz y que es fiel a su esposo.

-¿Eso dice?

-Sí.

-Eso está bien.

-Claro.

-¿Y?

- Que quiero que siga pensando que soy un caballero.

-¿Y no lo eres?

-Tanto como lo puedas ser tú, un monje de clausura, confesor y seductor de novicias.

-¿Yo?

-Pero te mueres de ganas.

-¿De qué?

-De seducir a novicias.

-Eso sí, me muero de ganas.

-Así estamos todos, muriéndonos de ganas. Ellos y ellas.

-Háblame de la india.

-Pues…

-Olvídate de ella.

-Pero…

-Te engañará.

-Puede, pero yo te quería explicar que…

-Te dirá que te quiere mucho, igual que se lo dice a su perro.

-No tiene perro.

-Peor.

-Pero…

-Siempre te mentirá.

-¡Carajo!, ¡¡déjame hablar!! no me permites ni abrir la boca. ¡Caramba!

-¿Para qué?, ¿para decir tonterías? Te matará, si no te ha matado ya. ¿Estás muerto o estás vivo, Saverio?, responde.

-Mmmm… Si estuviera muerto me habrías enterrado.

-Es una india, huele a madera y no distingue como nosotros la verdad de la mentira. Son peores que los recién nacidos, engañan, saben llorar, y se saben abrir como las flores.

-Pues…

-Olvídala y dedícate a cristianas de piel blanca, hazme caso, no huelen a madera, pero huelen a queso. Háblame ahora de la flamenca y de la leonesa y de esa otra, ¿qué dices que es?, ¿una monja salmantina?

-¿Queso?

-Sí, queso, al menos es comestible.

-Me has quitado las ganas de hablar.

-Entonces te enseñaré lo que estoy pintando. Mira Saverio, he empezado a ilustrar “El Cantar de los Cantares”

-Por Dios, Albert, eso no lo puedes hacer.

-¿Por qué no?

-Te van a echar, igual que a Pere, sabes de qué te hablo, ¿no?

-Sé que lo expulsaron de un monasterio, pero desconozco los detalles.

-Del monasterio de Igualada, el de Capuchinos. ¿No te lo ha contado?

-Los detalles no.

-No hay mucho que contar, fue por no llevarse bien, por no obedecer. Y a ti te pasará igual.

-No me importa. Además nadie lo sabrá si tú no se lo dices.

-¿Pero tú crees que puedes pintar eso? Escenas amorosas y eróticas que hasta a mí me ponen colorado.

-¿Hasta a ti?, ¡caramba don Saverio!, me olvidaba de tu larga y abundante experiencia en estos temas.

-Búrlate lo que quieras, pero ahora va a resultar, que tú, un monje de clausura del Císter tiene más experiencia en esas cosas que yo.

-Es que yo me escapo

-Y siempre regresas, eso es hacer trampas. En cambio yo no me puedo escapar porque siempre estoy fuera.

-¿Por qué crees que me hice monje confesor?

-¿También?, ¿a quién confiesas a monjes o a monjas?

-Las monjas son las peores.

-No me creo nada de lo que me dices.

-Haces bien, todo es mentira.

-Cuéntame alguna verdad

-Lo acabo de hacer

-¿Cuál?

-Que todo es mentira.

-¿La Santísima Trinidad también?

-Eso no, eso es demasiada verdad.

-¿Demasiada?

-Claro, no la podemos comprender.

-Te estás burlando de mí. ¿Sucede algo?

-Entre las verdaderas mentiras y las demasiado verdades uno termina por no comprender nada. Mucho trabajo.

-¿Pero no se supone que un monje de clausura medita y reza?

-Sí, claro, pero además quieren que trabaje, que pinte, que sea moderno, pero no mucho, que pinte a la italiana, que sea innovador y al mismo tiempo clásico, necesitan gustar a todos. Además quieren que enseñe, me han pedido que organice una escuela de pintura.

-¿Podrás con todo?

-Y también quieren abrir más monasterios. Han llegado monjes jóvenes, ambiciosos, que no saben nada y que se creen, cada dos por tres, que están descubriendo la sopa de ajo. Toma, prueba eso.

-¿Qué es?

-Tú come.

-Es bueno.

-Se llama “chocolate” y seguro que tiene el sabor de tu india.

-¿Cómo?

-Es americano, ha llegado hace pocas semanas. Cho-co-la-te. Muchos viajan allí y no regresan.

-¿Se quedan a predicar?

-¡Narices!, ¿por qué crees que te he hablado tan seguro de tu india? Casi todos tienen mancebas indígenas y un montón de hijos, son más fértiles que las conejas.

-¿Tú también te irás?

-A veces ya me gustaría, ya. Pero no, soy demasiado mayor. No sirvo para predicar, soy un mal vendedor, no sé vender, sí puedo ser en cambio un buen maestro. Y aquí tengo trabajo.

-Te veo cansado

-Lo estoy, y tengo un tío en Bellpuig que no se encuentra bien. Mariano, ya te he hablado de él, me preocupa. Me ha hecho de padre toda la vida… Pero… ¿sabes?

-Ya sé que vas a decirme

-¿Qué sabes que voy a decirte?

-Que cuando ves a Pere, ves a tu padre.

-¿A ti te ocurre igual?

-Sí.

Can she excuse my wrongs with virtue’s cloak?
shall I call her good when she proves unkind?
Are those clear fires which vanish into smoke?
must I praise the leaves where no fruit I find?
No, no: where shadows do for bodies stand,
thou may’st be abused if thy sight be dim.
Cold love is like to words written on sand,
or to bubbles which on the water swim.
Wilt thou be thus abused still,
seeing that she will right thee never?
if thou canst not overcome her will,
thy love will be thus fruitless ever.
Was I so base, that I might not aspire
Unto those high joys which she holds from me?
As they are high, so high is my desire:
If she this deny what can granted be?
If she will yield to that which reason is,
It is reasons will that love should be just.
Dear make me happy still by granting this,
Or cut off delays if that I die must.
Better a thousand times to die,
then for to live thus still tormented:
Dear but remember it was I Who for thy sake did die contented.

__________________________________________________________________________
(“Can she excuse my wrongs?” John Dowland, 1563-1626)

viernes, 22 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (y 8)



10 Abril 2008

Juan, mi marido, ya sabe que me iré de aquí en breve. No ha puesto ningún impedimento y él mismo se está encargando de llevar los trámites del divorcio.

No tiene a nadie, ni siquiera estos amores ocasionales que tuvo, lo conozco y sé que ahora no los tiene.

Está pasando un mal momento.

Creo que no quiere que me vaya.

Pero no dice nada.

Ya es tarde.

Creo que se siente solo.

Hace tiempo dejé a María y ahora tengo a Eve Marie.

No me gustaba que María mintiese y que no se diera cuenta que lo hacía.

Todavía estoy trastornada.

Sé que nunca olvidaré ese labio mal cosido.

Y mal partido.

Mal abofeteado

María es un ser oscuro que busca desesperadamente la luz.

O al revés, yo también sé ser un mal poeta. María es un ser luminoso que busca desesperadamente la oscuridad.

En esas cartas, en las de “ése”, en las de él, ese tipo que le escribía, creí verme a mí. En ellas había un rastro. En algún punto del paisaje se plantó un mojón, se dejó caer una piedra, se murió alguien. Allí había una lápida. Me gustan las tumbas, son un muro hecho con adoquines, una antigua calle ladeada. Los viejos reyes clavaban en el suelo “estelas” de piedra.

Estelas.

De piedra.

También es verdad que cuando leía las cartas de María, sus respuestas, no podía reprimirme la risa nerviosa y el desencanto más triste y desconsolado.

Me da rubor decir que la amé.

Me produce embarazo decir eso, todavía soy muy joven, todavía soy una niña.

Todavía soy un niño.

Todavía soy una mujer.

Todavía soy un hombre.

Y tengo miedo.

Juan me advirtió sobre María. Ten mucho cuidado con ella, no es de fiar, me dijo un día.

¿Por qué?, le pregunté.

No sé, quizás está loca, quizás actúa como si lo fuera, y ambas cosas son lo mismo. Se cree lo que dice y eso es peligroso para ella y para los demás.

Eres un cínico, ¿has hablado con María?, ¿la conoces mucho para hablar de esa forma?

Más la conoces tú, Lorena, que te has acostado con ella, yo no lo he hecho, dime, ¿qué opinas tú de María?

Que está muerta y que yo no quiero terminar así.

Pero ella no sabe que está muerta, Lorena.

No, no lo sabe, Juan, tienes razón, no es capaz de olerse. Pero dime, eso debería ser un motivo para amarla, ¿no?, para compadecerla y ayudarla.

Para compadecerla y ayudarla, no, Lorena, para amarla tal vez sí, no sé.

¿O es al revés?

(…)

_______________________________________________________________________________________

Hoy, a no sé que hora, ha empezado el verano astronómico, aunque ya hace días que empezó el meteorológico.

Son días bellos, claros y luminosos. El cielo tiene un azul intenso y oscuro.

Son días dulces gracias a tu calor y al aroma que consigues hacerme llegar.

Me gusta jugar con tus fotografías, hacerlo es mirar y remirar mil veces tu rostro.

Te miro la cara y las miles de cosas que en ella hay.

Y te miro las manos y mi anillo que nunca llevas y los pies, las piernas y el cuello. Y te miro los ojos marrones de loba parda y oscura como el misterio de las cosas misteriosamente misteriosas que son siempre las mejores.

Son días apacibles y ensoñadores en los que me gusta decirte que hueles a canela y que con tus cabellos negros y rizados perfumas lo que tocas, lo que miras y piensas. Decírte eso me gusta y me descansa.

Decirte que en tus labios rojos tienes el corazón y que besarlos es besar tus entrañas de mujer, me gusta y me descansa.

Decirte que el olor y el sabor de tu saliva son mi alma, me gusta y me descansa.

Decirte que tu belleza provoca que se dispare sola mi pistola, me gusta y me descansa.

Decirte que hoy llevo todo el día con la escopeta levantada y que estoy esperando a que llegue la noche para quedarme solo en la cocina mientras todos duermen, cerrar la puerta con llave, y acribillarte a balazos con mi pistola de agua lechosa y salpicar el suelo, me gusta y me descansa.

Decirte que sueño con lamer tus axilas sin afeitar, y saborear su sudor, me gusta y me descansa.

Amarte me gusta y me descansa, me sosiega y me da calma. El deseo expresado es reparador, el amor dicho es sanador, el querer querido es conseguidor, conquistador, vencedor y triunfante.

Soy la leche que te dará de comer, soy la carne en la que te montarás para llegar al cielo, soy el árbol al que te agarrarás con tus brazos y tus piernas cuando sople el huracán.

Soy el hombre que te dijo sí.

Lo repito porque me gusta y me descansa: soy el hombre que te dijo sí.

Me gustas y me descansas y me alteras y me empinas y me levantas, y me paras.

Parado, que no quieto, estoy. Mírame bien y verás que todo está levantado para ti y si te fijas verás que el palo de la bandera se mueve porque yo quiero que se mueva. No es el viento, lo muevo yo, mi voluntad, no sé que músculo lo agita, pero enhiesto, tieso, curvado y erguido señalando el cielo por ti está, y zarandeándose te llama, mi amor. Mira su vaivén y su ligero temblor.

Mírame y no dejes de mirarme de la cabeza a los pies. ¿Qué crees que significa lo que ves? ¿Qué valor tiene? ¿Qué vale? ¿Qué es? ¿Quién soy que levantado estoy intentando ser un faro? Abre las bodegas del barco y trágate su luz, permite que te llegue al corazón a través de tu mirada, de tu flor y de tu perla coronada que ya huelo, abriéndose para comerse la vida. Esa vida que yo quiero ser para ti.

El palo de la bandera está levantado, solo le falta la banderola, colócasela tú con tus labios y deja que el viento, la brisa y el aliento de nuestras bocas la hondee.

_________________________________________________________________________________________

Han ido pasando los años, ya he cumplido los 28, y ahora nos divorciamos.

No me gusta verte sufrir, me dice Juan. Nos estamos divorciando pero no quiero que sufras. Cuando te vayas no te olvides de darme tus señas, ¿lo harás?

Lo haré.

Procura no causarle demasiado daño a Eve Marie, es una buena muchacha, ¿me lo prometes?

Lo intentaré. Quizás sea ella la que me dañe a mí.

Tienes razón. Las personas tan heridas y maltratadas son muy peligrosas. Cuídate de todo aquél que te pida ayuda.

¿Tú que harás?

Lo único que sé hacer, servir mesas, organizar timbas de póquer y proporcionar sexo de pago a los hombres y a las mujeres que quieran y puedan pagarlo.

Pareces un ángel, eso es lo que todos hacen, ¿no?

No, todos no.

¿Quiénes no hacen eso, Juan?

No sé, alguno habrá. ¿Te gustaría tomarte la última copa conmigo?

Claro, ¿qué me sirves?

¿Te apetece un “Between the sheets” (entre las sábanas)?

¿Qué ingredientes lleva?

Media onza de brandy, media de ron blanco y otra media de Cointreau.

Como tú quieras, pero antes agítalo bien.

Lo haré. ¿Sabes que te quise mucho?

Claro que lo sé, ¿Sabes que yo te quise a ti?

Por supuesto que lo sé, (…) Tengo miedo, Lorena.

Yo también.

(…)

_________________________________________________________________________________________

LA CANCIÓN

Well sometimes I go out by myself and I look across the water And I think of all the things, what you’re doing and in my head I make a picture

‘Cos since I’ve come on home, well my body’s been a mess And I’ve missed your ginger hair and the way you like to dress Won’t you come on over, stop making a fool out of me

Why won’t you come on over Valerie, Valerie? Did you have to go to jail, put your house on up for sale, did you get a good lawyer?

I hope you didn’t catch a tan, I hope you find the right man who’ll fix it for you

Are you shopping anywhere, changed the colour of your hair, are you busy?

And did you have to pay the fine you were dodging all the time are you still dizzy?

Yeah

‘Cos since I’ve come on home, well my body’s been a mess And I’ve missed your ginger hair and the way you like to dress

Won’t you come on over, stop making a fool out of me Why won’t you come on over Valerie, Valerie.

Valerie, Valerie?

Yeah Valerie

(“Valerie”, interpretada por Amy Winehose)
___________________________________________________________

Bueno, algunas veces me ensimismo y miro el agua en la lejanía, y pienso sobre todo en lo que haces, y te imagino...,
porque desde que llegué a casa, bueno..., tengo el cuerpo dolorido, y extraño tu pelo de color jengibre y tu manera de vestir..., ¿por qué no vienes? Deja de hacerme sentir tonto.

¿Por qué no vienes, Valerie, Valerie?

Tenías que irte a la cárcel, poner tu casa a la venta, ¿conseguiste un buen abogado? Espero que no hayas cogido un bronceado, ni que hayas encontrado un hombre que te solucione todo.

Estás de compras en cualquier tienda, has cambiado el color de tu pelo, ¿estás ocupada? Y tuviste que pagar la multa que evitaste pagar por tanto tiempo, ¿estás todavía mareada? Sí...,

porque desde que volví a casa, bueno..., tengo el cuerpo dolorido...

____________________________________________________________________________

jueves, 21 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (7 de 8)



9 Abril 2008

La que ahora me gusta es Eve Marie, como la actriz Eve Marie Saint, tiene mi edad, es vietnamita y cuenta una historia de violaciones y malos tratos terribles.

Seguramente es mentira, nada de lo que cuenta es verdad, pero es extraordinariamente bella y me gusta que me hable en francés en la cama. Ya se que es cursi, pero es que yo soy cursi.

Cuando digo que es mentira no quiero decir que no sea verdad. Lo más probable es que los hechos en sí lo sean, seguramente sí fue violada por toda su familia, padre, padrastro, hermanos, tíos, vecinos, y los que pasaban por allí, con el miedo, la complicidad o el beneplácito de su madre y sus tías. Todo eso debe de ser cierto. Lo que es mentira es el uso que hace de ello. ¿Qué uso? Cada vez que nos acostamos me mira como debía de mirar a su padre. Cuando intento huir de la cama me retiene como una loca, y cuando llega al final se desmaya. Pierde el sentido. No soporto verla inane. ¿Por qué me mira como si fuera su padre? No lo soy.

A pesar de ello ya le he preguntado si quiere venir conmigo cuando se nos termine el contrato y la temporada de verano haya finalizado. Me ha respondido que sí sin querer saber a dónde. Ni yo misma lo sé.

Mi amiga Eve no es ninguna prostituta ocasional como alguna de nuestras compañeras del ballet. Yo tampoco. Aunque también necesito ese dinero ocasional. Pero bien pensado, ¿para qué? Siempre necesito dinero para irme. Siempre quiero marcharme de donde estoy. Eve también. Pero a mí no me han violado, nadie me ha forzado nunca, nadie me ha obligado a nada.

Mi padre es un buen padre y mi madre una buena mujer. No saben nada y nada pueden enseñarme, pero nunca me han hecho daño. Yo sí se lo hice engañándolos con mi supuesto embarazo.

Siempre he sido un ser libre y siempre he sido mujer, las dos son circunstancias que siempre han ido juntas, han sido inseparables. Para mí sí, quizás haya tenido suerte, pero así ha sido. Yo no puedo lamentarme. Sé que muchas mujeres sufren males terribles, pero cuando me hablan de mujeres no sé de qué me hablan.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (6 de 8)



8 Abril 2008

María siempre me decía que me fuera lejos, me lo decía cuando empezaba a beber, pero a la mañana siguiente me rogaba que me quedase. Me prometía dinero, pero nunca me lo daba, ni siquiera un regalo, un anillo o algo así. Siempre tenía las manos desnudas. Hace siglos que no uso anillos, me decía.

Siempre mentía.

No me fui, pero me iré.

Estoy dudando de si debo irme sola o acompañada. Nunca he estado sola, no lo he estado en el sentido físico. Siempre he tenido a alguien a mi lado. Primero fue mi familia, y luego a Juan. Durante un año, el tercero de conocernos, lo abandoné, no me fui, lo dejé, no me marché, me perdí. No sé qué hice, pero no podía acostarme con él. Seguíamos viviendo juntos pero dejamos de tener relaciones sexuales. No despertaba ningún interés en mí. ¿Qué sucedió?, no tengo ni idea, yo lo quería igual, lo amaba, pero no podía soportar que me tocase. No tuve ningún amante, no me acosté con nadie, un año entero sin sexo, mi deseo de él o de alguien más había desaparecido y su lugar no lo había llenado nada. Juan protestó y yo lloré por él y por mí. Solamente supe decirle que esperara y que confiara. Me dijo que sí, pero un año es mucho tiempo. Tuvo sus amantes esporádicas y ocasionales, nada serio, pero muy doloroso para mí. Estuve todo este año perdida, hasta que reaparecí. ¿Por qué?, no lo sé tampoco. Busqué a Juan al otro lado de mi cama, me tragué mi orgullo y el dolor que sentía y le perdoné sus infidelidades, pero ya era demasiado tarde.

Eso es algo muy habitual en muchas mujeres, se pierden, se van, algo las rapta, los hijos, el nido, o un fantasma, un ángel malo o un ángel bueno. O simplemente nada en especial. Nada importante, quizás una tontería. Se quedan ensimismadas en un estado que ni ellas aciertan a entender y que los demás deben de intentar comprender.

Pero es difícil, normalmente cuando regresan nadie las espera.

El mal ya está hecho. Las que retornan, las que volvemos, no entendemos qué sucede ni qué ha sucedido. Pensamos que no ha sucedido nada y precisamente esto es lo grave. Yo sabía que Juan me engañaba, me dolía pero seguí a su lado. Casi todas hacen lo mismo, esperan.

Le seguí siendo fiel durante más de un año. En este tiempo fue él quien no me tocó.

En el Nefertiti tampoco sucedía nada, ni cuando las camas estaban llenas de gente o cuando estaban vacías. Ni en el Nefertiti donde conocí a María ni en la Sala de Fiestas en la que ahora trabajamos. En el hotel estaban los huéspedes y además de esos el pianista del restaurante y un guitarrista que cantaba boleros, y las parejas de enamorados, que con las manos unidas se miraban a los ojos mientras oían las canciones. Los conserjes, las mujeres que limpiaban, los otros camareros que eran compañeros de Juan, mis compañeras de ballet que trabajaban de escorts para él, ganándose así un sobresueldo, las otras con esos que decían ser sus novios, las otras con esas que decían ser sus novias y los demás que eran gays.

También estaban los maridos.

Luego estaban las mujeres de los maridos.

Pero ninguna tenía un labio partido como el de María.

martes, 19 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (5 de 8)



7 Abril 2008

Anna era espléndida, también estaba, como yo, enamorada de María. Sé que le robó unas cartas. No hacía otra cosa que leerlas y no sé qué decía de publicarlas en no sé dónde. Pero no tenía futuro, y como yo, tampoco tenía pasado, aunque su marido Jorge parecía tener dinero.

No es bueno que el dinero lo tenga tu marido, el dinero no es dinero cuando es el “otro” el que lo tiene.

Siempre debes tenerlo tú. Eso es lo que sucedía con María, el dinero era suyo y la sonrisa era de Enrique, su esposo.

La sonrisa de Buda.

Siempre digo cosas inconexas y contradictorias. María no era fácilmente aprensible. Tampoco lo es el dinero que pasa de mano en mano, igual que el sexo, que también pasa de mano en mano.

A pesar de hallarse cerca ya de los sesenta y tener un cuerpo que no escondía su incipiente decrepitud, María prometía algo importante, no sé qué, pero algo. Todavía no he averiguado qué demonios era, tampoco sé si me lo dio o no, aún me lo pregunto, quizás prometía no prometer nada. Quizás cuando hablaba todos comprendían cosas distintas, señal inequívoca de hablar mal. Quizás sus palabras eran muy mediocres y por eso todos entendían lo que decía, también señal inequívoca de hablar mal. Quizás se disfrazaba de poeta y de mujer “vivida”, señal inequívoca de no tener nada que decir o de expresarse mal. Quizás se rompió el labio un día limpiando los cristales. Quizás por eso cojeaba, quizás no se rompió el labio y sí la rodilla llevando a uno de sus hijos en brazos, o el codo, o alguien le rompió el bazo y la vesícula en algún encontronazo furtivo o premeditado. Y luego, pobre, no podía vomitar bien la bilis.

Pero algo extraño ocurrió cuando un día me di cuenta que tenía celos de sus amantes.

Primero aparecieron esos celos y luego un hecho desagradable. La vi borracha.

Yo había visto a muchos borrachos, hombres, mujeres y niños y apenas me afectaban y me afectan.

Ella no era distinta a los otros. Era un ser doliente igual que los demás. Todos los borrachos lo son.

Cuando lloraba, cuando solamente lloraba parecía estar todavía más borracha.

Pero… yo sentía celos de sus amantes.

María lloraba encima de unos papeles y cartas manoseadas y mojadas de sudor o de no sé qué, pero era algo húmedo.

¿Orines?

Me preguntaba quién era mientras le aguantaba la cabeza al vomitar. Soy Lorena, le respondía. ¡No, estúpida!, te pregunto por ése de las cartas, ¿quién es?, me gritaba.

Cuando dormía y la velaba leía aquellos papeles arrugados, y mojados. En ellos había un nombre al final, una firma en forma de cruz.

Un Cristo extraño. Un analfabeto.

Sin duda alguien muerto, tan muerto como lo están los mamíferos muertos, hinchados y corrompidos o como los jilgueros muertos, caídos en el fondo de su jaula, tiesos, o como un árbol talado, abatido, o como una sonrisa transformada en estertor, grotesca. Como las piedras redondeadas y pulidas, como los cantos rodados, grises, o marrones como mis ojos de india, almendrados. Piedras negras como mis cabellos negros, hierbas negras como el vello de mi pubis que siempre he de depilar por culpa de esos tangas tan pequeños y por esas lenguas que han visto demasiado sexo enlatado y estereotipado.

Leyendo esas cartas, sentada en su cama, mientras ella dormitaba, tuve la regla, se me adelantó, aún faltaba una semana, pero me vino. Y manché las sábanas de María como lo hice con las mías mi primera vez. Mi madre procuró lavarlas enseguida y casi no mencionó el hecho, excepto para decirme que cada mes me sucedería igual. ¿Por qué?, le pregunté.

No me respondió.

La que sí lo hizo fue mi tía Isabelita, la loca, ella me contó lo que debía saber y qué debía hacer. Estuviera sola o acompañada. Por un hombre o por una mujer.

La primera vez que me acosté con Juan me ocurrió igual, tuve la regla antes de tiempo.

Él ni se inmutó. ¡Mira!, me dijo, señalándose el pene.

Miré, y lo vi salir de mí, rojo con mi sangre.

No sé por qué, me reí.

lunes, 18 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (4 de 8)



3 Abril 2008

En el Nefertiti conocí a María y a Enrique. Eran un matrimonio diferente. Mejor dicho, eran como la mayoría, pero no disimulaban tanto como los demás.

Parecían ricos, al menos no escondían su dinero, si es que ese dinero que enseñaban era verdaderamente suyo. Pero sí, el suyo parecía ser bueno.

Juan me los presentó una noche, justo después de mi actuación.

Todavía llevaba el traje del show, unas pocas plumas aquí y allá, en el cuerpo, en la espalda, en el cabello largo, lentejuelas bien repartidas, un tanga pequeñito y unos guantes hasta el codo, nada más, ni sujetador ni nada parecido.

Estaban sentados con otra pareja mucho más jóvenes que ellos. La muchacha, Anna, era preciosa, una verdadera belleza. Su marido, Jorge, ni siquiera me miró, lo justo para decirme un hola que casi no se oyó.

Enrique no paraba de mirar mis pechos con una expresión de Buda en su cara.

Y María lo que miraba eran mis ojos, los miraba con esa sonrisa horizontal que me sorprendió.

Tenía una boca y unos labios algo gruesos, no demasiado bien formados, pero que le daban un aire magullado, como si se los hubieran roto y luego mal cosido.

María era directa.

Y mentirosa.

Al día siguiente me preguntó: tu marido dice que te llamas Lorena, ¿es verdad?

No, no lo es, ¿para qué deseas saberlo?, le respondí.

Yo tampoco me llamo María, ¿quieres subir a mi habitación?, me respondió a su vez.

En la habitación estaba Anna. Con nosotras dos éramos tres.

Siempre hay una primera vez, pensé. Yo había tonteado con niñas de mi edad, nada más que tontear, jugar, pero eso que se me ofrecía eran palabras mayores, y al mismo tiempo ninguna de nosotras éramos ya ningunas niñas. En aquella cama había tres mujeres.

Y me quedé.

María me enseñó muchas cosas por primera vez.

Esa es la diferencia entre unas personas y otras. Hay algunas, como mi marido, que nunca te enseñan nada nuevo, no son capaces, todo es viejo y de segunda mano, quizás un par de gestos, llevar una bandeja, tratar sin nervios a una loca, algún que otro truco sexual, o un paso de baile, nada más.

María, en cambio, no dejaba de sorprenderme, tenía la capacidad de envolver bien los regalos, siempre traía un ramo de flores, siempre disfrazaba lo que decía.

Utilizaba las palabras para embellecer la realidad, no para describirla.

No se daba cuenta que mentía.

Nunca dejaba de sonreír, no sé cómo lo hacía, no es fácil sonreír siempre.

En realidad era un truco, en realidad no sonreía, en realidad no sonreía nunca.

El truco consistía en tener ese labio partido y mal cosido, el truco consistía en mirarte siempre a los ojos y conseguir así que tú no le mirases la boca.

Ese labio me volvió loca.

sábado, 16 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (3 de 8)



2 Abril 2008

España es buen trampolín para ir a donde quieras y conocer a personas interesantes que descansan. En España se descansa mucho. También se trabaja, pero se descansa más. Es un buen lugar para pasar unas vacaciones familiares o para vivir un retiro con una pensión de funcionario, o de obrero especializado y prejubilado. Para mirar pintura, comer bien, peregrinar a Santiago, tomar el sol y poco más.

Hace diez meses cumplí mis 28 años y pronto deberé soltar lastre.

Juan no creo que dé mucho más de sí. Me enamoré de él, pero darse cuenta que tu marido es un saco vaciado o una fuente seca desenamora a cualquiera. Y…

Yo soy una cualquiera, la verdad es que sí, un blog secreto debe servir para decir la verdad, ¿no?, y la verdad es que yo soy eso que cualquiera llamaría “una cualquiera”.

Me enamoré el día que Juan conoció a mi tía Isabelita, la loca de la familia, gritando y paseando trastornada y medio desnuda por el jardín de la casa que tenía en D. F.

No se inmutó, ni se asustó, ni siquiera parpadeó. La miró tranquilo, sereno y me ayudó a vestirla, calmarla y llevarla al salón para que tomara las pastillas y viera algo de T. V. En ningún momento se puso nervioso, fue afable y cariñoso, le dijo las palabras correctas y adecuadas.

Fue extraordinariamente eficaz, Isabelita se calmó.

Mientras lo vi actuar de aquella manera se me humedecieron los pantys. En aquel momento decidí que sería, si él también lo deseaba, mi esposo.

Durante un tiempo largo tuve la atención alterada, parecía llevar anteojeras de caballo, solamente pensaba en él. Aquella fue la mejor época de mi vida.

Al cabo de ocho meses de conocernos simulamos un embarazo y nos casamos. Fue necesario. Ese engaño nos facilitó mucho el permiso de mis padres para el matrimonio, yo no era mayor de edad.

De eso hace más de 13 años, toda una eternidad, una vida entera.

Juan sigue siendo un triste camarero trapicheando en timbas de póquer y haciendo de macarra. Él dice que es un agente comercial, pero su despacho es la bandeja de hojalata con la que sirve los aperitivos. No es un desprecio, no lo es, no lo digo con esa intención, pero hube de ayudarle. Tengo buen cuerpo y una cierta predisposición y gusto por el baile. Me gustó subirme a un escenario, pero ahora las lentejuelas de mi traje de baile ya me pesan una tonelada.

viernes, 15 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (2 de 8)



1 Abril 2008

Hace 12 años, cuando todavía vivía en España y estaba, junto con mi primer esposo, Juan, iniciando los trámites de nuestro divorcio, escribí lo que hoy me decido a publicar. Lo escribí para no olvidar nada, para no olvidarme; podía, y todavía puedo, volverme loca, alcohólica o enfermar de Alzheimer y quizás este hijo que acabo de parir ahora, a mis 40 años, merezca saber algo de su madre. Yo también merezco saber algo de mí.

Me llamo Lorena y nací hace 28 años en México D. F.

Durante un tiempo trabajé en el ballet que actuaba cada noche en la sala de fiestas del Hotel Nefertiti. Un lujoso hotel de playa mediterránea, no demasiado diferente a los hoteles que hay en la costa mejicana, mi país, o en el resto del Caribe. Tampoco es diferente a los hoteles de lujo del Índico, ni los que hay en las costas del Pacífico.

Conocí a Juan, el español que hoy es mi marido, cuando apenas tenía 14, en la isla de Cozumel.

Me lleva 16 años. Eso nunca me ha importado, todo lo contrario. No es más alto que yo, pero tiene un tórax fuerte, me recuerda a Picasso. Soy una vulgar bailarina, pero me gustan los pintores.

Mi marido era y es un simple mesero, servía las mesas del bar de la piscina del hotel donde mi familia trabajaba. Un hotel de playa, propiedad de una importante cadena española.

Papá estaba en la recepción y mi madre era la encargada de la limpieza de las habitaciones. Juan servía las mesas y yo me colaba y me las arreglaba para bañarme en la piscina con los demás clientes como si fuera uno de ellos.

Me miraba y me bañaba, me miraba y nadaba para él. Luego me secaba al sol mientras me seguía mirando.

Era habilidoso, no era fácil transportar la bandeja llena de vasos sin tropezar con ninguna toalla del suelo, estar atento a los pedidos y no dejar de mirarme.

Me gustó ese malabarismo y ese interés por mí.

En aquella época aparentaba 14 si solamente me miraban la cara. Ahora aparento 18 si únicamente me miran el cuerpo.

Tardamos poco en acostarnos y durante un corto tiempo estuvo atado a las patas de mi cama, de una cama que para ser sinceros, tiene las sábanas… mejor dicho, ya no tiene sábanas.

Él fue mi primer hombre y durante casi todo nuestro matrimonio le fui fiel. Antes de él apenas tuve algunos contactos íntimos con amigas, niñas como yo.

Méjico no es Zimbabwe, tampoco es Azerbaiján ni Somalia ni el Cáucaso, en algunos sentidos es mucho peor.

Yo necesitaba un norteamericano o un europeo, preferentemente rico. Juan no lo era ni lo es ni tampoco lo será nunca, pero era, es y siempre será tierno y español, y al menos eso facilitaba el idioma. No debía aprender ninguno más, con mi “mejicano” y mi “americano”, que hablo perfectamente, ya me podía mover por casi todo el mundo. Me gustaba ese acento “español” que hablaba.

Me sigue gustando.

Me enamoré de él, pero también es verdad que quería irme.

Gracias a Juan me fui de “Nueva España” para pasar a la “Vieja”. No parecía un cambio mucho mejor, en realidad no lo fue, la verdad es que no.

jueves, 14 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (1 de 8)



31 Marzo 2008

Atada y amordazada a la columna vertebral,
mi cabeza se balancea descoyuntada,
es una peonza que cabecea frenética.
El cerebro se ha despegado del interior del cráneo,
y la carne del rostro se ha despegado del hueso.
Si pudiera moverme yo misma me degollaría.
Decapitada, con la cabeza en el suelo,
vería mi cuerpo caído o todavía erecto,
destaponado y desatascado.
Parecería un manantial.
El hedor sería terrible.

(El Pilar, Memorias de la bruja monja)


Me llamo Lorena y nací hace 40 años en México D. F. No soy ninguna bruja ni tampoco ningún manantial del que los otros puedan beber. En un tiempo bailé para los demás y por ello me pagaron. La que tiene sed soy yo, pero casi no la noto. Acabo de parir a un hijo de un segundo marido. Esperaré un tiempo y me iré. Quiero regresar a casa. Cuando lo haga sé que nada más llegar me iré otra vez. Buscaré a mi hijo y estaré un tiempo con él y con su padre. Acaba de nacer, es un varón y mi amor se desboca cuando le canto, él me sonríe y yo no paro de llorar. Todo está descuadrado y mal cosido, todo se rompe y se rasga fácil. Hay alguien que debe de haber hecho trampas en algún momento. A mi hijo le gusta que le cante y yo apenas puedo gritar o susurrar. Pero estoy sola. No paro de llorar y no puedo evitarlo. No amo a ése que es mi marido. Tampoco amo al que fue el primero, aunque lo amé, pero ya no. Yo creo que no amo a nadie, y ahora mismo desearía no haber parido. Hace años le robé a mi amiga María una de sus cartas, una que alguien le escribió. Ahora es mía, es robada, pero mía, ella ya no la puede leer y yo sí. Ahora ése que firma me escribe a mí. María mentía tanto que seguramente la carta es apócrifa y simulada, falsa, nadie le escribió nada. Pero yo no puedo evitar recordar aquellos meses. Ya sé que con ello me muestro débil. ¿A quién le puede importar?, ¿a todos los que mantienen silencio?, ¿a todos aquellos que dicen ser fuertes? Bien, yo no lo soy. Todo el texto que sigue ahora es un preámbulo a esa carta robada que nadie me escribió jamás. Antes quiero recordar que durante un tiempo vivió conmigo mi padre. Yo no paraba de llorar, y él me miraba atónito sin saber qué sucedía. Me miraba llorar y callaba…

________________________________________________________________________________________

El mundo que hay fuera de un escenario no es el mundo.

¿O es al revés?

Desde una tarima o desde un estrado, aquello que ves lo ves en esa visión de túnel con la que los borrachos o los moribundos creen llegar a divisar el cielo.

¿O es al revés?