lunes, 7 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (1 de 5)

1.
Dicen los maestros que sólo se puede dibujar a los muertos o a los vivos nacidos para la muerte, quizá por ello nosotros tenemos dioses y los cristianos santos y ángeles que no son otra cosa que seres que jamás fallecen.

Me llamo Marco y vivo de pintar escenografías arquitectónicas en las paredes de las casas patricias, sin embargo, mi verdadera vocación ha sido siempre el retrato fúnebre.

A simple vista las dos actividades parecen contrapuestas, la primera meramente representativa y la segunda básicamente retrospectiva, pero la verdad es que son lo uno y lo otro al mismo tiempo, toda descripción también representa un retroceso, un examen que nos obliga a prestar atención, girar la cabeza y mirar atrás.

Pintar estancias en las paredes y rostros de fallecidos en pequeñas tablas de madera requiere precisión, destreza y mucha perseverancia, su ejecución ha de ser lenta y tranquila, parsimoniosa, y no puede durar menos de un año, hay que esperar a que el sol efectué todo su recorrido en el cielo subiendo y bajando del horizonte.

El hieratismo de los objetos y de los muertos, su inmovilidad forzosa, podría parecer una ventaja, una facilidad añadida para pintarlos, la mejor ocasión, una comodidad por mi parte y una buena predisposición por la suya ya que las columnas y los cadáveres ni respiran ni pestañean, ni piden agua ni dan pan, ni tampoco nos ofrecen una interesante y amena conversación.

Esa clase de modelos carecen de movimiento aparente al estar tan fuera del tiempo como dentro del espacio. Pero no es así exactamente si queremos mostrar el verdadero significado de algo que no forma parte ya de nuestro mundo aunque todavía permanece en él, el movimiento confunde y enmascara la vida de igual manera que la propia vida se desfigura a sí misma al vivirla, al cubrir y ocultar aquello que hay al fondo, allí, en esa sima oceánica, en ese punto en el que las líneas se pierden mientras el sol, al iluminar los membrillos, juguetea con las cosas, estén quietas o móviles o luzcan marchitas como unas agotadas y quebradizas rosas secas.

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Nací esclavo y aprendí de pequeño las habilidades de mi oficio en los talleres de Publio Cornelio Lucio, un liberto que heredó el nombre de su amo, una importante y antigua familia romana que luchó contra los púnicos hace ya más de trescientos años y que dicen derrotó al terrible Aníbal y a sus elefantes.

Lucio, al ver cercana su muerte, liberó también a buena parte de sus esclavos pintores como gratitud por el dinero que le habíamos hecho ganar y por la fama que obtuvo a nuestra costa, así pues, ahora me llamo casi como él, Publio Cornelio Marco, un nombre que no es cabalmente el mío ni me da derecho tampoco, al no formar parte de ninguna tribu, a votar en los comicios, soy romano, pero no un ciudadano romano.

No conocí a mi madre y sospecho que mi padre fue el mismo Lucio que me enseñó a pintar y que preñaba a sus esclavas. No tengo conciencia de haber tenido una y sí la de haber estado en brazos de muchas y de haberme alimentado de todos sus pechos. En ese extraño ambiente de harén me crié, viendo dibujar cielos, ojos y soles, carnes amarillentas, estancias vacías y ventanas estrechas que daban a jardines inexistentes y solitarios.

Lucio siempre me dio un trato especial y, creo, los mejores consejos para pintar bien.

No pintes aquello que no has visto.

Me enseñó a usar los dedos más que las manos.

No los apoyes, deja que vuelen.

Y los ojos más que los dedos.

No describas aquello que no puedas mirar.

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En casa de Lucio amé a Esther, judía pálida de cabellos y cejas negras, esclava como yo, una de las cocineras de aquél taller que nos sustentaba con sus guisos y sonrisas, una niña casi y toda una mujer después cuando murió de lepra, amputada de todo su color, borrada.

De sus muñones nacieron otros, tan blancos, que parecían la luna llena.

Lucio lloró mucho su muerte y sus lágrimas me hicieron sospechar que Esther pudiera ser mi hermanastra. Pero esa es una historia que no debe ser contada aquí ni en este momento.

Hay noches en las que creo que todavía me acompaña, pienso que no ha pasado tanto desde que falleció en mi propia cama, pero en realidad hace más de media vida como si mi primera media hubiera sido mi vida entera junto con ella.

Después de obtener nuestra libertad, los esclavos manumitidos, quedamos sin protección, no logramos mantener abierto el taller de Lucio, nos peleamos y nuestras discrepancias y envidias nos llevaron a la pugna estéril, a perder la clientela y a sufrir, por primera vez, hambre y frío.

De igual forma que su muerte nos había dado la libertad ahora, la independencia, nos regalaba una soledad no esperada ni deseada. La soledad y la libertad siempre van unidas y si queríamos la segunda teníamos que tomar la primera, no hay la una sin la otra como no hay derecha sin izquierda ni arriba sin abajo. Con este regalo añadido no tuve más remedio que elegir entre dos alternativas verdaderamente contrapuestas, venderme de nuevo como esclavo o establecerme por mi cuenta y buscar mi propia clientela. Elegí la segunda y abrí, no sé cómo todavía, un pequeño taller en el centro de la misma Suburra.

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viernes, 4 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (y 3)

Y 3.
Un tiempo después nos ofrecieron un contrato para ir a Alejandría con las tropas de Octavio que iban a acabar con Marco Antonio. El viaje no era para ver las bellas efigies de Cleopatra ni tampoco para consultar los libros que habían sobrevivido al incendio de Julio. No sería una mala idea, nos decíamos con sarcasmo, prosperar en su tranquila navegación fluvial transportando algo valioso que pocos quisieran robar, momias, esos cuerpos embalsamados que parece que los vivos no permiten dejar morir del todo.

En realidad nuestro viaje era para acarrear el botín que pudiera haber, trigo egipcio y, eso sí, algún que otro cadáver egregio, muerto en alguna batalla, de ello también vivíamos, de los muertos más que de los vivos y de las herencias que las familias se disputaban y robaban como si fueran perros callejeros, matándose los unos a los otros.

Pero cuando ya teníamos decidido el viaje vino a verme Fulvia.

No vino sola, la acompañaba un niño de pocas semanas que llevaba en brazos y un pequeño cofre con algo de oro que arrastraba un esclavo. Me contó una patraña que podía ser cierta, hoy en día sucede al revés de siempre y las ficciones terminan superando a la realidad. Me contó que buscaba protección y transporte y que huía de la familia del dueño del oro y al mismo tiempo el supuesto padre del niño, un caballero rico que había fallecido de una vieja herida recibida en alguna antigua batalla y que nunca logró cicatrizar.

No me creí nada de lo que oí, o, más exactamente, pensé que ella sí se creía las cosas que me contaba. Todo debía de ser cierto, el muerto rico, el hijo, el miserable tesoro, la imaginada paternidad, los años que dijo que había vivido sin miedo, el esclavo que la servía, la guerra, las venganzas y la urgencia por huir de Roma perseguida por una familia que se consideraba robada más en su dinero que en su dignidad, todo parecía verosímil porque ahora todo es posible, incluso que sean verdad las mentiras más burdas.

Siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las fidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza, por ello acepté su petición, quería saber hasta dónde llegaba la mía, mi lealtad, que como todas siempre es hija de la memoria y del amor propio.

Los hombres de Octavio querían acabar con los últimos amigos de Marco Antonio, tenían prisa y necesitaban dinero para instaurar su paz que, decían seguros, duraría para siempre, pensaban saquear Egipto como antes habían hecho sus padres en Grecia. Dejé en tierra a Cayo y embarqué a Fulvia en mi pequeño y frágil transporte hacia Alejandría que acompañaba algunas naves de Octavio, en mis bodegas había conserva de cerdo y pescado salado de los mares del norte para uno de los generales que no podía vivir sin ellos. Debía regresar, en cambio, con todo el trigo que fuera capaz de transportar, ése era el botín, y con un par de muertos romanos que me esperaban para volver a su casa aunque fuera con un poco de mala cara y a destiempo para ser incinerados como es debido.

Viajamos como si los años no hubieran transcurrido y Fulvia fuera mi verdadera esposa y el niño nuestro hijo, como si ella no se hubiera marchado jamás de aquella miserable habitación. Era la primera vez que me embarcaba a mar abierto con mi quebradiza chalupa, pero la concesión del ejército valía la pena y el riesgo era asumible, una vez más sólo tenía mi vida para dar a cambio, y ahora, también, estaba Fulvia de nuevo a mi lado, un niño que no era mío y un poco de oro robado.

Mala combinación.

Al llegar llené mi bodega con ese trigo que me dijeron era para Roma y su plebe, con él se hornearía el pan que se repartiría gratis a la multitud. Uno de los cabecillas de las cuadrillas de esclavos que acarreaban el trigo era el tercer asesino que hacía quince años habíamos estado esperando Cayo y yo. Algo debió de ver o sospechar, quizá me reconoció o algún demonio le advirtió del peligro o de la muerte inminente, una premonición.

Tuve que reaccionar rápido y matarlo antes que él me matara a mí. Esta vez no separé ninguna cabeza del tronco, solamente lo estrangulé y lo arrojé al mar con una piedra, tan grande como una pirámide, atada a su cintura.

Fulvia no esperaba, ni deseaba ni tampoco quería, que me quedara con ella, no anhelaba formar ninguna familia conmigo, su intención, al buscarme en Roma, era solamente aprovechar mi nave, huir, escapar de la ciudad, nada más. Sabía que yo tenía ese barco y que llevaba a personas que se escondían, la acepté a bordo por mi rara lealtad con el pasado, ese extraño compromiso que en realidad he contraído conmigo, solamente nos traicionamos a nosotros mismos, creemos que engañamos a los demás pero las mentiras, esa insólita clase de verdades, solo van dirigidas a nuestros oídos.

Entre la simple deriva de un madero y la carrera desbocada de un caballo no existe ninguna diferencia, ambos no saben distinguir el suelo firme del mar.

Los meandros alimentan, con el limo que arrastran, el océano igual que si fueran un ariete, un chuzo, o una viga podrida que lo quisiera preñar. Mi nave parecía una cáscara rota, consumida y vacía, un ciprés abatido que flotaba porque no sabía navegar ni hundirse ni levantarse como el falo de un semental.

Partí pues, solo, de nuevo hacia Roma, con las bodegas repletas de trigo egipcio, un poco de botín y con dos momias más curtidas que la salazón hiperbórea, ya no quedaba sitio para ninguna más, ni egipcia ni romana, ni viva ni muerta.

Esta vez tuve suerte y Neptuno no se enfureció. Cayo me esperaba ansioso y contento de verme de nuevo, en mi viaje y en el suyo estaba terminando una larga etapa y empezando otra de nueva.

Al pasar por las playas de Ostia vi a un fantasma y a un joven cabalgar sereno un extraño caballo por ellas. Todo estaba tranquilo como si el mar no fuera un laberinto.


jueves, 3 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (2 de 3)

2.
En el segundo de mis únicos tres viajes cobré mi primera venganza, uno de los hombres que zarpó conmigo era un matón de la gente que ayudó a Catilina y uno de los asesinos de mis padres, le hice un favor degollándolo, me di cuenta al ver su miedo, y cómo movía los brazos asustado, que no sabía nadar, se hubiera ahogado al hundirse el barco. De todas formas, siempre es mejor para el estómago beberse la propia sangre que el agua marina que, ya se sabe, no calma la sed y produce llagas que al final terminan por matarte de peor manera.

Solamente me embarqué una vez más, no estaba dispuesto a ser un náufrago falso cada dos por tres ni que terminarán conmigo las víctimas embaucadas que habían sido traicionadas con su propia codicia. Así mataron a Marco, con saña y de cualquier manera unos que ni siquiera le conocían, pero que se sentían engañados con su propia mentira.

Con dinero de mi hermano, el poco que le quedaba, les compré barato, por el sólo valor de su madera podrida, un bote que ya daban por inútil y habían desahuciado aquellos tramposos que de marinos tenían muy poco. Aquel paquebote podía seguir navegando con unas cuantas buenas reparaciones si el mal humor de Neptuno no se convertía en ira desatada. No obstante, y para más seguridad, no fui más allá de Ostia y de las riberas del Tíber. Fueron años de poco comercio de mercancías y mucho movimiento de personas que iban y venían deprisa o que huían para salvar sus vidas según fuera el bando que ganaba o que perdía. Lo bueno de transportar ciudadanos en los tiempos que corren es que nadie los asegura como si ya fueran cadáveres a los que da igual que entierren, incineren o viertan al mar como desechos que se comerán los peces y las gaviotas. ¿Cuánto vale quien huye?

En estos tiempos de infortunio es mejor ser cosa que persona, los esclavos merecen una tasación de expertos igual que los animales, su valor está en sí mismos, no en sus dueños que pueden ser unos u otros, el dominus no es nadie si pierde su hacienda, sus bienes y si su clientela comete el grave error de equivocarse y favorecer al bando perdedor.

La incertidumbre, el desorden, la violencia, la muerte fácil y la falta de leyes claras acrecientan ese miedo que se confunde con las ansias desaforadas de vivir y la prontitud, apresuramiento y urgencia en la satisfacción de los anhelos como si fueran el último deseo de los que saben que morirán pronto. Hay más barrigas preñadas en Roma que cadáveres en los campos de batalla.

Así vivimos Fulvia y yo, deprisa y con avidez, sabiendo que el tiempo se nos estaba terminando a los dos, el mar se secaba, se moría y con él los dioses y los monstruos que lo habitan, la esperanza y el fulgor de nuestros ojos también, todo concluía, las madrugadas y los atardeceres y el tiempo de estar juntos.

Al fin y al cabo estos ajustes de cuentas en los que se pagan las deudas con las cabezas cortadas de los deudores no propician las artes, ni las pictóricas ni las escénicas y Fulvia no encontraba a nadie, fuera de mí, que quisiera oír sus versos. Los artistas son miedosos por naturaleza y mucho más corruptos que los políticos profesionales aunque siempre sean ellos, esos artífices virtuosos, los que se llenan la boca con las mejores intenciones, el aplauso es una droga que pocos saben rechazar y prescindir, la vanidad los confunde al cegarles y no les permite ver qué bando vencerá ni quién volverá a pagar su salario del miedo.

En ese ambiente de fiesta circense y miseria, y después de cinco años, perdí de vista a mi artista, a mi pez alado, ese mirlo negro que como una sombra me miraba cada noche desde el fondo de su miedo, la fuente de todos los deseos, perdí a Fulvia, la mujer que me dio media vida a cambio de posarse en mis ramas desnudas, esa falsa heroína que cada noche me enseñaba cómo se convertía en una mujer cualquiera, en alguien que no necesita ningún escenario y que olía como todas, a pozo. Una mañana se fue sin hacer demasiado ruido y usando pocas palabras para su despedida, ni siquiera se llevó sus pocos enseres que allí quedaron, en la pequeña habitación que compartíamos como si un dios la hubiera raptado, la ventana estaba abierta y así quedaría aunque hiciera sol o lloviera, su hueco era un muro y a su través ya no podría entrar ni el mal ni el bien ni el viento.

Con ella, pensé dolido, me vendí barato porque sólo tenía mi vida que dar a cambio. Me decía a mi mismo que le decía que la amaba cuando no creo haber amado nunca a ninguna mujer más que a mi madre, siempre sentí, sentí entonces al irse, que hacerlo sería traicionar a alguien, tal vez a la niña que jugaba conmigo cuando yo también lo era, no mayores los dos que un par de garbanzos a medio cocer, en esa niña de mi infancia, invisible y lejana, me refugié para matar a esa otra que se había marchado anteayer.

Cayo y yo seguimos viviendo de nuestros pequeños transportes, llevábamos y traíamos toda clase de cosas y seres, baúles y arcones, sin asegurar nada ni preguntar demasiado el nombre de sus dueños. Era curioso, nadie sabía con certeza de dónde venía ni a dónde iba y esa es siempre la señal de que las cosas no marchan bien.

En uno de nuestros transportes llevamos una patricia de Roma a Ostia donde la esperaban gente de su confianza, la custodiaba uno que reconocimos enseguida Cayo y yo, era el segundo de los asesinos de nuestros padres. Le contamos a la patricia la situación y nos ofrecimos nosotros mismos como guardianes, le dijimos sin ambages que íbamos a matar a aquel tipo y que a ella le convenía dos vigilantes mejor que uno, pero que en aquella barca no cabíamos tres hombres, aceptó y se lo tomó demasiado al pie de la letra al pedirnos, después de ver la sangre correr y la cabeza de su custodio separada del cuerpo por nuestra espada, que compartiéramos, Cayo y yo, su lecho con ella. Rehusamos educadamente y la entregamos, como habíamos acordado, sana, salva y honrada, aunque la verdad también un poco confundida y decepcionada por haber visto solamente sangre derramarse.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (1 de 3)

1.
Mis padres fallecieron en una de aquellas revueltas que asolaron Roma en tiempos de los triunviros.

Cayo, mi hermano menor, y yo, tardamos quince años en vengarlos, demasiado tiempo para degollar a sus asesinos, tres simples hombres, uno después de otro, como si decapitáramos gallinas viejas para hacer sopas de invierno.

La vida no es nada y menos es lo que queda tras ella cuando las olas del mar nos alcanzan de nuevo y borran las huellas que dejamos en tierra. Al final sólo encontramos árboles abatidos, hogares ajenos y algunas bandadas de pájaros que huyen de las nubes.

La nuestra era una familia plebeya de la tribu de los Lúceres, respetada, querida y que había conseguido prosperar transportando cosas por tierra y por mar. Uno de nuestros tatarabuelos fue el primero que fletó su primer porte marítimo después de las guerras con los púnicos, de Roma a Nápoles llevaba los esclavos, los muebles y los ajuares de los patricios y de los caballeros que querían vivir cerca de la hermosa bahía.

Cuando la empresa de Aciano quebró nuestros barcos se quedaron sin la cobertura del seguro ni la de Neptuno.

Sólo teníamos dos naves y eran todo nuestro patrimonio, a una la hundió una tormenta y a la otra la asaltaron los piratas.

Pero Neptuno no es el mar, si lo fuera no sería tan despiadado.

Pedí un crédito sólo a mi nombre para resguardar a Cayo, con él pagué las deudas de la familia, pero no logré devolverlo. El trigo que guardábamos en unos almacenes como reserva y garantía del préstamo lo confiscaron los bancos que lo asaltaron como si fueran ladrones y forajidos que apresándome intentaron venderme como esclavo para terminar de saldar las cuentas. Mi hermano me rescató finiquitando, a muy bajo precio, todo el resto de nuestra herencia, un par de casas y un corral. En uno pequeño, que unos familiares nos prestaron, criamos conejos y pollos que mal vendíamos para mal comer.

El futuro de un plebeyo pobre no es otro que el de la esclavitud y la servidumbre si no consigue mantenerse a sí mismo, de una manera u otra, tarde o temprano, deberá venderse para sobrevivir. Pero este destino no es tan terrible comparado con el hombre sin dueño, que no posee familia ni amigos, ni tampoco dinero para comprarlos.

O no tienes nada o tienes mucho, porque tener poco sólo te da derecho a dormir.

La plebe tiene tribus a falta de nombres y gentilicios, y puede servir como cliente a un patricio, su patrón, que lo protegerá si hace suyos sus intereses. Nuestro abuelo obedecía a la gente de Pompeyo, pero mi padre, mucho más listo en eso de la política, observó que no era rival para Julio al que amaban todas las mujeres que siempre prefieren más a los despiadados que a los vanidosos, ellas señalan al vencedor mucho antes y mejor que los hombres, pobres tontos, que nunca han sabido qué es lo que las hembras buscan tener verdaderamente en sus entrepiernas, si oro o hierro.

Así, de esta manera sencilla, como un perro sin dueño, conocí a Marco y a Fulvia, que en algo, no sé en qué, eran socios.

Él era un esbirro que en nombre de otros buscaba a hombres que no tuvieran nada que perder más que su vida.

Fulvia, en cambio, creía que necesitaba posarse en alguna rama y pensó equivocada que yo, sin nada en las manos más que mis dedos, era de buena cepa, un tronco robusto y recto.

Debió de tomarme por otro, quizá porque en su juventud había anhelado ser una gran actriz y convertirse en algo parecido a una heroína griega, en mí quiso ver a un Ulises y en sí misma a Medea que mató a sus hijos por amor y venganza. No era nada de todo eso, naturalmente, sin embargo, había momentos del día y de la noche en que lograba interpretar su propio papel aunque fuera sin demasiada gracia ni estilo, pero a mí me gustaba su manera, me consolaba tener al lado a una mujer volátil que carecía de alas y que no supiera tampoco que no tenía nada que perder, ni siquiera su propia vida.

Yo sé que si me hundo iré a parar al fondo del mar, pero con Fulvia desconocía el arriba y el abajo, no estaba acostumbrado a caminar por encima de las aguas ni a vivir como los peces voladores que infatigables insisten en ser águilas en lugar de tiburones.

Marco, en cambio, me reclutó para algo que sí sabía llevar a cabo, transportar cosas a través del océano y de un lugar a otro, en este caso, y sin embargo, no debía yo preguntar ni conocer qué era lo que llenaban las bodegas de los barcos que capitaneaba.

Se certificaba a las compañías aseguradoras trigo, pieles, vino o cualquier otra cosa, carne seca e incluso esclavos, caballos o ganado pequeño, pollos, conejos y alguna que otra oveja o cerdo, pero se transportaban cachivaches en el mejor de los casos porque casi siempre los buques viajaban vacíos. Eran naves deterioradas, estropeadas y viejas, llenas de vías de agua que se hundían al sufrir el más pequeño embate marino. La ganancia consistía en cobrar el seguro a empresas aseguradoras que reunían su capital de incautos y avariciosos al prometerles grandes beneficios. Era un buen negocio que no podía mantenerse demasiado tiempo porque el fraude terminaba sabiéndose más pronto que tarde y aunque los tribunales eran corruptos las espadas de los estafados cortaban cabezas sin pedir permiso a ningún magistrado.

jueves, 27 de octubre de 2011

El peletero/Decio (y 3)

3.
La República ha muerto aunque se mantenga la ficción del Príncipe, el primero entre pares. A los herederos los elige normalmente el testador, y en esta ocasión parece haber ocurrido también, el pueblo de Roma ya no sabe, si es que alguna vez lo supo, gobernarse a sí mismo, así que ha delegado sus derechos. En realidad siempre ha dejado que un substituto hablara por él, igual que los hijos confían en el padre las personas establecen alianzas entre ellas de sometimiento a cambio de protección, la dignidad de un hombre se mide por sus servidores y por su capacidad de protegerlos, ¿cómo?, ¿de qué?, de sí mismos, sometiéndolos igual que se doma un caballo salvaje. Siempre por su propio bien el dueño los domeña, los esquilma y despoja, ¿para qué quieren lo que no saben usar?

La función pública no es más que una actividad privada que se ejerce a la vista de todos como los juicios, que no son más que actos administrativos en los que se dilucida la relación de parentesco y por consiguiente de sumisión y jerarquía.

Todo es una familia y en ninguna puede faltar un padre o alguien que ejerza como tal. Pero la vida destruye linajes y ella siempre prueba que no hay nada más inseguro que la paternidad, esa es la venganza de muchas mujeres, no saber, ni ellas siquiera, quién las ha preñado. Sobre esa incerteza se levanta Roma, es el pedestal en el que se erige su majestuosidad y ahuyenta en su vanidad el miedo al futuro.

Algunos quieren creer en los oráculos y seguir la vía de los damiáns o demins, pero yo solamente presto atención a los informes y sólo me fío de lo que sé, y sólo sé lo que de mí depende, no me creo nada de lo que me cuentan y únicamente la mitad de lo que veo. En casa hay un cofre lleno de oro que debió de pertenecer a alguno de los aspirantes fracasados al trono, a un ladrón. Mi hermano Galieno lo robó también, se lo adjudicó por la espada al pensar con razón que sus méritos valían más que los pillajes a los que tenía derecho, y tomó un oro que no le pertenecía. Juliano sospecha algo de eso y creo que su codicia es mayor que la furia y el hambre de su esposa, mi Lidia, mi puta, que cada año que pasa envejece tres a la vez.

Galieno se llevó un tesoro que no era suyo y que quiero pensar habría pagado más guerras, en nuestro sótano se halla intacto, ni él ni yo hemos gastado ni el equivalente a un grano de arena de todo su peso, ¿para qué?, lo hará Cornelia si se convierte en una mujer vulgar, sino vivirá como los ángeles cristianos, que viven de nada, del viento en el que se hallan todas las respuestas.

La anona, el impuesto en especies sustituye a la moneda que se desvaloriza aumentando la inflación, una col, en cambio, es siempre una col y alimenta a un soldado durante dos días. Cualquier prostituta da de comer a muchos hombres, mi Lidia tiene más miedo que yo, tiene tanto que acapara todo el del mundo cobijado en su cuerpo largo y esbelto, lo ahuyenta como si gastara un crédito que sabe que nunca devolverá. Creo que ya ni ella me vale porque no quiero que mi corto futuro lo gaste de la misma manera, sin devolvérmelo.

Cornelia, mi sobrina goda, podría haber sido mi hija, la esposa que nunca tuve o la madre a la que casi no llegué a conocer, pero no fue nada de todo eso, solamente una niña robada, una extraña sobrina que heredará un nombre que no le pertenece exactamente.

A ella, cuando era pequeña, también le enseñaba aritmética y le hablaba en griego soñando que algún día llegara a ser Nausicaa y escribiera la historia de un largo viaje, tarde o temprano deberá emprenderlo si no quiere quedarse mirando la misma estrella.

Algunos godos son cristianos que sólo ven en Jesús a un hombre, pero Cornelia no debería ser ni María ni tampoco Magdalena, ni mucho menos una mujer cualquiera, el tiempo dirá qué va a suceder, yo, la verdad, ya sólo soy capaz de ver a la niña rubia que se adormecía sentada en mis rodillas como si fuera un gorrión confiado, mi mente se desordena y no recuerdo otra cosa que aquél batir de alas invisible que Galieno le enseñaba cuando cabalgaba sin asir las riendas, igual que una amazona goda.

Cornelia acaba de cumplir dieciséis años y dice, como si fuera un juego, que quiere casarse, ella también sueña con ser mujer, y Galieno, mi hermano, se muere, su vejiga está siempre hinchada y casi no puede orinar. El oro que robó se encuentra escondido en los sótanos de nuestra casa. Juliano lo quiere para sí y está tramando algo para conseguirlo, pero yo lo mataré antes que lo intente de veras. Lidia se encuentra también enferma, apenas tiene 38 años escasos y su vientre se ha convertido ya en un pozo negro que tarde o temprano acabará igualmente con su vida, deberé cuidar de ella cuando la convierta en viuda.

¿Sabrá Lidia que se muere con sus hermosos ojos hinchados y ese porte de dama?, ¿o se morirá sola, ignorante de morirse al mirar siempre hacia otro lado? ¿Su cadáver profanará mi casa o deberé depositar sus restos en el camino que cualquiera puede pisotear? Mis dedos dibujarán entonces panes, peces y pájaros entre sus pechos, y sellarán para siempre el rostro que habré de olvidar.

Galieno ha envejecido como un macho castrón sin ovejas, sentado en el huerto de nuestra hacienda se endurece con el invierno y se apergamina con el verano, entre uno y otro se petrifica y alisa igual que las pieles curtidas y los cantos rodados de los ríos que sirven de mampostería barata para las murallas de las ciudades. Galieno no se muere solo, lo hace también conmigo que muero con él. Todas sus batallas han terminado, ya no es amigo de nadie, ni esclavo ni cliente, ni ciudadano ni hombre, ni mucho menos un bendito ni un sabio, pero es mi hermano. Los muertos vendrán a vivir con nosotros y nos acompañarán sin profanar nuestras vidas.

Siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Eso lo saben los cristianos como lo sabemos todos, pero igual que nosotros también lo olvidarán pronto.

En el lugar de Juliano vendrá otro Vice Prefecto del Pretorio que ordenará cambiar el nombre de las cosas con la vana pretensión que cambien ellas también, querrá mejorar las listas, ampliar los censos, recaudar más impuestos y ajustar los precios para saber mejor qué debe tomar para sí. Sin embargo, el poeta Vero Pellio siempre afirma que hay cosas que no tienen precio, y que no son otras que aquellas que únicamente debes hacer tú porque nadie puede hacerlas por ti, ni ocupar tu lugar, ni usar tus manos ni hablar en tu nombre como lo hace un abogado en un juicio, el precio de las cosas que no tienen precio eres tú. Ése es el trato.

Yo, Marco Aurelio Decio, tengo casi 54 años y mi nombre sigue protegiéndome de la desventura, de la enfermedad y de la esclavitud.

El otro día cociné una sopa de cebolla con queso de cabra, y mientras me la comía observé a un esclavo plantar un rosal en el patio de casa, me acordé de Macedonia y de un palacio de mármol blanco al lado del mar que de joven visitaba cuando era estudiante, un océano de metal que ya no lleva a ninguna parte.

El mal revolotea a mí alrededor como las moscas en el mes de Augusto, hay algún santo cristiano que me protege y mis padres no han regresado todavía de su viaje de muerte, pronto tendré que ir a buscarlos y acompañar a Galieno en su salida del laberinto.

A las monedas de oro las pulen para rebajarles la ley y las personas enloquecen, su polvo ensucia sus uñas y pinta la carne que venden por nada, soy libre, estoy borracho y mañana moriré en ese palacio blanco y vacío, en mi querido camino de Alejandro, la luz será entonces un triste reflejo y una niña goda nos recordará como una pobre y suave brisa de verano.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El peletero/Decio (2 de 3)

2.
Lidia era voraz, ávida y ansiosa, no podía dejar de bailar mientras la música sonará, y la música sonaba casi siempre excepto en sus extraños y largos momentos de silencio. Muda, aletargada, parecía ivernar o purgar alguna clase de mal extraño. En esos instantes de retiro se quedaba quieta como si hiciera ayuno, dormida como si no quisiera levantarse del lecho y ver la luz que entraba por la ventana, aplastada por su propio peso. Después, cuando el sol aparecía de nuevo en su horizonte, regresaba igual que un escrupuloso y avaricioso recaudador de impuestos o una hueste de mercenarios reclamando su paga.

Los ciudadanos y los esclavos del Imperio, sus burócratas también, el ejército y sus soldados, no pueden ni deben permanecer inactivos mucho tiempo, la paz y la indolencia los seca de la misma manera que se agostan las tierras que de trigales se convierten en cañaverales si no tienen esclavos que las cuiden. Sin embargo, muchos campesinos libres, contraviniendo las leyes del Imperio, abandonan sus pequeñas propiedades al no poder pagar los impuestos y se venden como siervos a los grandes terratenientes.

Lidia sólo quería ser la señora y la dueña de su casa y a la vez una mujer feliz, un buen recipiente para todos los que tuvieran algo que depositar en él. Su vasija acogía cualquier ofrenda o donativo, como el Tesoro del Emperador aceptaba todo tipo de cánones y tributos, en monedas o en especies, su cofre era como el intestino de un buey, adoptaba todas las formas y tamaños posibles.

Su matrimonio con Juliano, y la maternidad consiguiente, le dieron un papel más digno de interpretar a los ojos de los demás que las fantasías que llenaban su melancolía. Contaba que había perdido un hijo y que buscaba, entre sus asiduos, un hermano desaparecido en alguna de aquellas interminables guerras, pero yo sabía que siendo eso verdad nada llegaba a ser del todo cierto porque la razón de su vida era sencilla y simple: le gustaba lo que hacía, ser señora y no serlo, ser bella siempre, la depositaria de algo especial que, la verdad, no lo era ni lo ha sido nunca, la tesorera de un bien vulgar y común porque cualquiera lo puede conseguir. La locura no nos hace terribles, es al revés, perdemos la razón y nuestro gobierno porque somos terribles.

Explicaba también que la educó un esclavo cristiano, que se enamoró de otro, y que un soldado galo, enfermo y tullido, la preñó.

En sueños deliraba y decía cosas que no revelaré, se creía una loba valiente y osada y apenas llegaba a ser una piedra roma, una pobre coneja de corral asustada.

Yo le hablaba de mis cuentas, de mis números y de mi familia muerta, de las batallas ganadas por la caballería de mi hermano Galieno, de listas y censos, del futuro que desconocía, de mis años en Grecia, de mi juventud y del pasado que había vivido como hombre, libre, sin nada que perder, ni bienes ni esposa, ni padres ni mujer, sólo un hermano y una sobrina goda.

Lidia no me escuchaba, me miraba y no me veía y sólo veía algo que no advertía yo, quién sabe si era su hijo perdido o su soldado tullido, muerto en otra batalla o en otra cama, lejos, más allá del Rin o del Danubio, defendiendo el patrimonio de otro o a un emperador fracasado, codicioso y loco.

Lidia ordeñaba a sus hombres como si fueran toros y a sus toros como si fueran hombres, yo hacía lo mismo en mis inventarios, pero ella era más eficaz y querida, deseada tanto por los primeros como por los segundos, todos cornudos.

Después, en las fiestas de su casa, era la matrona, la que mandaba con voz potente y segura a los esclavos, la que educaba a sus hijos con el acierto y la rigidez de una vieja romana, la esposa de Juliano, el patrón, su dueño, el Viceprefecto del Pretorio. Sus conejos al horno con cebollas y lenguas de codorniz eran los más apreciados de la Narbonensis, los sacrificaba jóvenes y se derretían en la boca.

Le gustaba ser igual que el oro con el que se acuñan los solidus del Emperador, tan fáciles de limar y lijar que se desgastan con más rapidez que el adobe viejo secado al sol.

El oro es pesado y blando, moldeable y anónimo como esos banquetes en los que los invitados usan máscaras como ciegos a medias. Es un falso anonimato, naturalmente, porque todos, Juliano también, conocíamos perfectamente las aficiones de su esposa así como las del resto de los habitantes de la ciudad, nada consigue ser invisible en un mundo que no sabe más que mirarse a sí mismo. Mis listas dejaban constancia fiel de ello, anotaba de manera minuciosa las entradas y las salidas, las entrañas, lo que se tiene y lo que falta, como el mejor contable inflexible y puntilloso que quiere tener al día el estado de sus cuentas.

Se dice que la clientela de un buen romano es equivalente al tamaño de su cornamenta, tal vez por ello Juliano no hacía nada para evitar la segunda en la esperanza que incrementara la primera. Pero nada es gratis y todo se paga, en moneda o en especies, en espacio o en tiempo. Y si no tienes ni una cosa ni la otra deberás pedir un préstamo, y rogar a los dioses que no permitan que termines perdiendo tu libertad para devolverlo.

Los precios deben mantener el equilibrio con el valor fiscal de los bienes imponibles o viceversa y, al mismo tiempo, con el interés que un prestamista pide para obtenerlos o viceversa. El valor debe parecerse al precio o viceversa y al total de las existencias que obtengamos en un buen inventario actualizado constantemente. Todo debe de quedar escrito y compilado, desde las tierras de las que viven las personas, pasando por las casas en las que se cobijan, las cosechas, el ganado, los productos manufacturados, los ajuares, muebles y libros, para terminar en los mismos ciudadanos que dan vida a las cosas, campesinos o artesanos, libres o esclavos, todos han de estar empadronados en las listas del Imperio.

La mejor ley de precios, sin embargo, es la que no existe porque todo cambia aunque el Imperio adjudique a cada uno su labor a la que está ligado por nacimiento y por ley. Todo pertenece al Estado y al Emperador que lo personifica igual que el sol da forma a Dios, al Uno, dicen los platónicos. Cada ciudad vive dentro de sus murallas que la defenderán de ladrones y de bárbaros venidos de las llanuras de Europa y de Asia. Cada hombre y cada mujer es también una cerca por sí mismo, un monje, tras ella habita Roma y con ella el Imperio de los Augustos y Césares. Júpiter, Helios, Mitra o el Cristo del madero serán nuestros estandartes que elevarán en su Olimpo al propio Emperador que no puede ser tocado con mano humana, ni mirado con los ojos de la cara, ni amado ni temido siquiera como se ama o se teme a un padre cualquiera. Él es el único Domine Pater en la tierra que ha de ser adorado.

O al menos eso es lo que la muchedumbre ha de creer. La plebe no conoce nada fuera de su miedo, de su hambre y de su sed, de su piedad y coraje, de su mezquindad, del vino que llena su cuerpo o de los picores de su entrepierna.

martes, 25 de octubre de 2011

El peletero/Decio (1 de 3)

1.
Morimos igual que fornicamos, como conejos asustados.

Nací hace poco más de cincuenta años, durante el mandato de Decio como Emperador, mis padres me pusieron su nombre para protegernos de la peste que asolaba el Imperio, pensaron que una palabra podría servir de escudo frente a la enfermedad, que sería un conjuro mágico que nos protegería del mal.

No iban desencaminados, la fiebre los mató a todos menos a mí y a mi hermano mayor, Galieno, que se llamaba igual que otro que también llegó a ser Augusto.

En estos tiempos de ahora hay tantos aspirantes a la púrpura que cualquiera que tenga una espada, o suficiente dinero, puede soñar en ser descendiente del gran Julio y vestir su toga.

Está terminando una era y empezando otra de desconocida, es un parto difícil y muy doloroso, el feto viene de nalgas, quizás nazca muerto o sea un monstruo lo que echen al mundo las entrañas de la loba, un demín, un ser deforme, y quizás alado, un heraldo de pico curvo que coma carne muerta y que no traiga otra paz que la de los cementerios. El último medio siglo lo ha sido de guerras permanentes y continuas, de peste, de miseria y desesperanza, de persecuciones, robos y pillajes.

Aunque nuestra familia quedó diezmada, mi hermano, diez años mayor que yo, supo conservar buena parte de nuestro patrimonio familiar de caballeros servidores de Palacio. Galieno comandó unidades de climbanarii en el ejército, su fortaleza, su destreza militar y su perspicacia por estar siempre en el lado vencedor nos salvó la vida, a mí y a algunos esclavos que todavía pudimos mantener, más asustados que nosotros.

Ni él ni yo hemos tomado nunca esposa aunque Galieno adoptó a una niña goda de pocos meses de edad después de matar a sus padres en alguna escaramuza; se apiadó de ella y, en lugar de acabar también con su vida, se la llevó para sí. Todavía recuerdo el día en que la trajo a casa envuelta en su capa de general, parecía un lechón hambriento listo para hornear, de eso hace ya dieciséis años. La llamamos Cornelia en recuerdo de nuestra madre, pero yo, en secreto y sólo para mí, la llamo Bienvenida. Ahora es la heredera, la que llevará el nombre de la familia y la columna que sostendrá el techo de nuestra casa. También es la brisa que limpia las estancias aireándolas cuando corre por ellas, y la que quizá algún día deba convertirse en la borrasca que barre lo poco que quede.

Estos soldados de caballería, los climbanarii, son huestes acorazadas de pies a cabeza, los jinetes y sus monturas, y se han convertido en una curiosa metáfora de la nueva Roma, igual que ellos las ciudades y las haciendas del Imperio viven amuralladas, aterrorizadas y recogidas tras sus protecciones pétreas. La polis y su ágora han desaparecido, ahora son comunidades que deben defenderse por sí mismas y ser autónomas también en su economía aunque el Emperador quiera controlarlo todo al pensar que el mundo es solamente un castillo de arena.

Las rutas comerciales están en buena parte rotas, los caminos son intransitables y peligrosos, el transporte de mercancías es difícil y de costes desorbitados, es más alto el porte que el oro que se traslada. Y los bárbaros llegan como la tormenta y se van como las crecidas de los ríos al final del verano, arrastrándolo todo y dejando en su lugar la ruina y la desolación, de ellos, sin embargo, es el futuro.

Pero la burocracia del Imperio se ha mantenido firme y unida como los dedos lo están a una mano que todavía puede cerrarse y golpear, escribir y dictar leyes. Ella y el ejército han conservado, como si fueran un dique, la casa común, sus esfuerzos siempre tratan que el mar no termine con la playa, pero Neptuno no es el mar. Ningún hombre puede vivir sin una morada, aunque incluso sea una cárcel no hay nada fuera de ella que no sea nada, oscuridad y silencio. En la casa se halla nuestro origen y en él la dignidad de los bien nacidos, de aquellos que tienen un nombre que transmitir a los demás y por el cuál somos reconocidos y aceptados en las asambleas de ciudadanos donde podemos votar, incluso los cristianos saben reconocer eso y por ello el descendiente de Pedro dicen que vive en Roma y no en Jerusalén.

Mientras mi hermano Galieno prosperaba en la milicia yo lo hice en la administración del Imperio.

Estudié en Grecia y de mi padre heredé el cargo al que estoy atado por ley, llegando a ser edil de Aix, nuestra pequeña ciudad de la diócesis de la Galia en la Narbonensis, durante el mandato de Lucio Domicio Aureliano,

He trabajado durante muchos años en las oficinas censales, elaborando inventarios y listas, y en la actualidad, que en Roma impera Diocleciano, el ilirio, estoy a las órdenes de Tito Petronio Juliano, un Vice Prefecto del Pretorio civitatis, un vicario, uno de esos que llaman “caballero perfectísimo”.

Él usó, para su propio beneficio y para su César y los funcionarios del Palacio, mis estudios sobre aritmética y la diferencia contable y moral entre lo que se tiene y lo que no, ambas son cuentas que siempre suman cero en un círculo permanentemente cerrado aunque aumente su perímetro, lo importante no es el radio ni el número pi, ni tampoco el cociente entre ambos, lo fundamental es que su circunferencia es un laberinto que no tiene escapatoria. Como mi amor por su esposa, Lidia, que siendo muy joven inundó mi vida como la lluvia llena los pozos secos y los campos yermos, anegándolos.

La conocí antes de casarse, en un lugar y en una situación muy poco respetables para una muchacha que pertenecía a una familia rica de viejos caballeros romanos.

Hoy en día todavía no se admite, aunque sin duda se acepta, que cualquiera llene su cama con quién desee, casi todos lo hacen y todos saben que casi todos lo hacen, sólo se les pide que lo que ocurra en ella no trascienda, que conserve la discreción y la compostura, que mantenga las apariencias de la moral pública, sus leyes y sus costumbres, el decoro de la estirpe en la que se ha nacido y que no está obligado a mantener con los que no son de su casta. Se le exige que respete las convenciones y la tradición, que no confunda nunca a sus amantes entre sí ni mucho menos con la familia, ni que caiga tampoco en la debilidad del amor con ellos como me ocurrió a mí, que no pude dejar de mirarla desde el día que la vi por primera vez.

Sin embargo, los nuestros también son tiempos ascéticos en los que impera la necesidad del pobre, la hipocresía del débil y del aprendiz, la escasez y la penuria se han convertido en virtudes, la miseria revaloriza lo que nunca antes había tenido valía, por ello los matrimonios cristianos ofrecen un raro ejemplo que desazona a muchos viejos romanos que no son capaces de comprender en qué consiste la nueva dignidad ni los nuevos pesos, esas cuentas diferentes que miden ahora a los hombres y a las mujeres.

jueves, 20 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (y 3)

Y 3.
Cuando de joven estudié Historia y Retórica, griego y latín, un viejo profesor que había ejercido de tribuno en los primeros consulados de Mario me insistía que vivimos en una ciudad que siempre se lleva a cuestas y de la que no podemos escapar, que ella también es un raro jardín y una cárcel al mismo tiempo, un pesado fardo, un coto cerrado, amurallado. Aunque los demás, decía, son igual que tú no te ven, nadie se reconoce a pesar de estar hechos todos con la misma sustancia, los bárbaros y los esclavos igualmente y mucho más las mujeres, los seres más parecidos a los hombres aunque estén constituidas al revés que nosotros, el afuera está adentro y el adentro está afuera, para entrar en ellas hay que salir y para salir hay que penetrar en ese recóndito lugar, vacío y lleno. No esperes ser el único, multitudes pueblan ese hades que también es, curiosamente, tu casa, el cielo entero, vivos y muertos lo habitan, reales o imaginados, con ellos deberás compartir tu anhelo de la mejor manera que sepas aunque para tu seguridad no cedas a tu mujer ni una lágrima, ni un lamento ni muchos menos ningún halago, no es ella la que yace contigo, es otra que no conoces ni tampoco conocerás, nadie te mira, nadie te ve excepto tú. No permitas pues que profanen tu templo, ese fantasma que arrastras desde el día en que tu madre te parió, tu deber será liberarlo de extraños y de mercaderes aunque tengas que usar el látigo, de ladrones y de mentirosos, si quieres saber algo habrás de vivir solo aunque vivas acompañado. Piensa, concluía, que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Cumple pues, y de buena gana, los compromisos, lava tus muertos y recoge con tus propias manos sus cenizas.

Sexta se pega a mí como una babosa, con las piernas abiertas y encogidas me atrapa en su seno, su sexo es una boca sin dientes, algo debe de tener roto por dentro porque no logra quedar embarazada; es una oquedad que atraviesa una montaña, no hay nada al otro lado, tan profunda y natural como un pozo, igual que la más simple de las mujeres que también quiere un nido aunque no sepa volar, odia y ama, como afirma Gayo Valerio Cátulo en uno de sus poemas, ¿cuántos besos le son bastantes?, se pregunta, tantos como granos tienen las playas de Libia, se responde a sí mismo, tantos como estrellas contemplan las noches los furtivos amores de los hombres...

Siempre muda, siendo igual se transforma, silenciosa, callada, estática, paralizada desde el principio se arrastra lenta como un conejo asustado y me susurra su calma y su miedo como si yo fuera un caballo al que hay que domesticar, un asno de orejas largas y falo desmesurado, pero no es así, no soy eso ni mi pene mide más que la palma de mi mano abierta.

La ceremonia nupcial ha sido sencilla y estrictamente privada, hemos aceptado los bienes que Prócula aporta a través de su hermano como dote. Mi padre ha testado a mi favor y yo al de mis sobrinos. Ese ha sido el trato.

Uno de los hombres que maté, y que habían ocupado la casa de la ya mi esposa, era un facineroso, un bandido, hijo del acreedor principal de Cneo, el hermano de Prócula. Ya veo llegar a los esbirros que enviará para vengarse. Los matones que me cortarán el cuello están esperándome en la próxima esquina y aunque sabré defenderme no tendrán piedad de mí como yo tampoco la tuve de ellos.

Ya soy un hombre muerto, lo soy desde hace tiempo. Estamos a primeros de junio y hace fresco, las noches no son lo claras que deberían, está lloviendo como si volaran gorriones, entre sus alas pétalos, nubes y el agua de los ríos de la luna que sin saberlo regará esos jardines llenos de nada y de cerezos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (2 de 3)

2.
Los acreedores de Cneo se han enterado del trato y del matrimonio inminente, y según parece han querido aumentar de mala manera y con extorsión el importe de la deuda instalándose diez matones de ellos en casa de Prócula y Cneo como si fueran sus dueños o los pretendientes de Penélope. Yo no soy Odiseo pero no me ha costado demasiado matar a cinco, herir a tres y ahuyentar a los otros dos que como conejos se me han escapado. Mi padre me ha mandado que limpiara la casa de extraños chantajistas y así lo he hecho, soy un soldado y sé luchar. En la refriega me he encontrado de nuevo con Prócula a la que hacía años no veía. Se ha puesto un poco nerviosa y sofocada al verme y contemplar la refriega y los muertos esparcidos por el suelo de sus limpias estancias. Me he presentado con la más absoluta naturalidad, como si no sucediera nada extraño, y con la espada ensangrentada en la mano y un muerto a mis pies le he dado el pésame por la muerte de su hija, la que debía de haber sido mi esposa.

Era un niño cuando la conocí, y ya se había casado con un hombre mucho mayor, nos llevamos quince años y, como he dicho, no recordaba casi nada de ella, ni sus formas ni sus ojos, ni su voz siquiera. Tiene un buen aspecto aunque sus aceites y peinados no pueden ocultar sus cincuenta años, no es ningún obstáculo para mí, al menos todavía no y mucho más sabiendo que nuestro casamiento será, como lo son todos, un buen o mal negocio aunque haya mujeres y hombres que se hacen falsas ilusiones. Piensa, me ha dicho ella, que sólo una mujer de mis años puede darte lo que ninguna joven te dará. ¿Y que puedo ofrecerte yo que no consigues de tus esclavos?, le he preguntado a mi vez. Tú sabes matar, ellos no, ya has visto que se asustan y lloran más que unas plañideras, me ha respondido como si le faltara el aliento. Era verdad, como gallinas asustadas se habían escondido al ver llegar a los acreedores de Cneo gritando, vociferando y blandiendo palos y cuchillos.

No sé porqué hemos hablado de manera indirecta de Eros cuando habríamos de haberlo hecho claramente de Plutón, quizá ha sido por una predisposición natural a las convenciones que impelen a los que van a casarse a compartir la cama y a fornicar en ella como si fueran unos desconocidos, esta es la gracia, no haberse visto nunca antes y no verse más después.

Prócula tiene a sus esclavos y yo a mi Sexta que ya se ha convertido en mi Primera. Así me lo ha hecho ver mi futura esposa que, según parece, ya conoce la existencia de mi ramera, dejando claro que no está dispuesta a ser la Segunda en nuestro lecho. Le he respondido que será lo que será y lo que tenga que ser ya se verá. Al oírme me ha abofeteado y yo me he reído, ha insistido, no ha parado de darme golpes en el rostro, en la cabeza y en el pecho, me he protegido como mejor he sabido con mis brazos y manos esquivando sus arremetidas que eran cada vez más violentas, un minuto largo golpeándome hasta que se ha rendido agotada, sus rodillas han cedido y tan larga como es ha caído abatida y derrumbada por su propio esfuerzo y cansancio. En el suelo, tendida, he introducido mi espada por entre las faldas de su túnica cortando en dos su ropa y medio manchándola con la sangre de los cuerpos abatidos, abriéndola en canal para dejar a la vista su desnudez y su vientre estriado de mujer que ha parido, no ha hecho nada para impedirlo, he abierto sus piernas y me he arrodillado entre ellas con el gladius todavía en mi mano derecha. Se ha incorporado por sí misma sentándose en el suelo a horcajadas, despojada de su túnica rota me ha rodeado desnuda con sus brazos y me ha mordido la boca, he gritado de dolor y de un manotazo la he apartado de mí, ha insistido, esta vez con su lengua bebiendo la sangre que manaba de mis labios. De nuevo la he separado con la punta de mi arma entre sus pechos caídos, se ha quedado en el suelo, tirada, abierta, hueca, acariciándose el pubis y la vulva frente a mí, con los ojos abiertos de par en par sin apartar la mirada, buscando mi niña, líquida, brillante, nocturna la suya, metálica y de besugo la mía. A nuestro lado había el cadáver de uno de los acreedores asaltantes que acababa de matar y del que no paraba de brotar una sangre acuosa que inundaba el suelo, he debido de perforarle el bazo. Prócula gemía como un gato, y yo ni la he tocado, sólo la he mirado tocarse. Me ha suplicado que no me fuera, que esperara, y cuando ha terminado se ha quedado como un pollo desplumado, como un cerdo después del sacrificio y antes de sacarle provecho, más amarilla que sonrosada. Entonces me he levantado y me he ido. Sus esclavos estaban por allí, espiando escondidos, excitados y atemorizados como viejas fisgonas solitarias.

Los romanos vivimos de nuestros esclavos mientras nos dedicamos al ocio, a robar a los demás y a matarnos entre nosotros. Aníbal ahora lo tendría más fácil. Marco Porcio Catón siempre afirma que los matrimonios de hoy en día se sustentan en los cuernos de los esposos que como cervatillos se casan y como uros ibéricos se divorcian. Y Tito Lucrecio Caro que ha visto “derramar la sangre de los ciudadanos para aumentar sus riquezas, la avaricia doblando las fortunas, acumulando asesinato sobre asesinato, la crueldad gozándose en los tristes funerales de un hermano, los padres rechazar y huir de la mesa de los allegados” (De rerum Natura)

Los cerezos que Camilo Licinio Lúculo ha traído de lejanos países son la admiración de muchos. Craso quiere conquistar la Mesopotamia y Julio traspasar el Elba. Pompeyo cuenta que ha entrado en el Santa Sanctórum del Templo de Jerusalén y que en aquella pobre habitación no ha visto ningún dios ni a su estatua. Yo vivía de Sexta y de Prócula, las dos eran a su manera la pequeña cámara que Pompeyo Magno visitó y que encontró vacía.

martes, 18 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (1 de 3)



1.
Cuando te licencias del ejército debes de incinerar a los últimos muertos en combate, lavarlos con tus propias manos y llevar la tea que ha de quemar su pira; es un servicio que los oficiales prestamos a nuestros soldados en gratitud por su servicio, entrega y obediencia, es un símbolo que quiere escenificar sumisión y una promesa, que moriremos por ellos igual que lo han hecho por nosotros.

Siempre me han gustado los actos fúnebres, la pompa y las plañideras, ya sé que a estas liturgias las reviste el ritual que no necesita ser sincero, pero no debemos buscar en ellas la franqueza porque son otra cosa muy diferente, quizá la repetición y escenificación de algo que olvidamos fácilmente, un acompañamiento que terminará en abandono; la verdad, sin embargo, es esquiva y habita únicamente en los corazones de cada uno, en nuestros hígados y estómagos y en la punta de las espadas que matan o salvan.

Aprecio la demostración pública de afecto a pesar de ser hipócrita, me gusta rendir honores a quien se los merece y también a quien no, porque en realidad nos honoramos a nosotros, los vivos, los muertos son un mero pretexto para compadecernos de nuestro futuro. A los dioses hay que servirlos aunque únicamente pueblen nuestros sueños y duermevelas, en ellos nos vemos igual que en los espejos, al revés, y queremos pensar, necesitamos creer, que en su mano está darnos, o no, un poco más de tiempo.

Así me he comportado, los he lavado y los he incinerado a todos, igual a mis soldados que a mis dioses porque no son unos menos que los otros. Al final de la ceremonia, con los llantos, los sermones y las brasas todavía ardiendo, hemos simulado unos juegos helenos y un banquete etrusco con nuestras esclavas, para acabar llorando borrachos como los griegos cuando se ponen melancólicos, procurando que el vino endulce nuestra tristeza y no convierta la alegría en un sin sentido.

Quizá por ello me he traído de regreso a Sexta, una prostituta que nos ha atendido bien durante toda la campaña asiática. Nos la hemos disputado seis, de ahí su nombre, sus más fieles y asiduos. Los dados que hemos echado sobre su túnica me la han entregado para que regrese conmigo, Marco Emilio Fusco, a casa.

Sexta es la tercera mujer que me ha visto llorar, antes sólo lo habían hecho mi madre y mi nodriza. A veces no puedo mirarla a los ojos, aparto la vista y aunque me muero evito el gemido y el grito, me trago el goce y el encanto. 

Seguro que ha contemplado sollozar a muchos otros antes que a mí.

Fusco, me dice triste y compungida igual que si recitara una salmodia, a penas soy un fantasma que vive entre tus pesadillas y tus temores, en los sueños puedes matarme, hazlo, hunde tu espada en mi corazón, búscalo en mi vagina, ábrete paso a su través, rasga mi vientre para que salgan las heces por él como si fueran los hijos que nunca pariré, no te mancharán, soy un sueño, un deseo, carne macerada de jabalí.

He llegado a casa con ella y a los pocos días mi padre me ha puesto al corriente de las últimas novedades y de lo que ahora espera de mí, su único hijo vivo.

Agripina, la esposa con la que debías casarte, me ha dicho, la niña que elegimos para ti nada más nacer, falleció hace un año atropellada por un carro de bueyes, las ruedas y las patas de los animales le rompieron los huesos y le aplastaron el corazón, los ojos se los cerró su propia madre, Paula Furia Prócula, que ya sabes que es viuda, ¿lo recuerdas?, su esposo murió de fiebres nonagenario hace quince años. Debes ahora casarte con ella, así lo hemos acordado en un nuevo contrato, no tiene a nadie en el mundo aparte de una buena dote que mal le administra su hermano, Cneo, también viudo, sin hijos y muy mal jugador.

En realidad no recordaba casi nada, ni de Agripina ni de Prócula, su madre, ni tampoco que debía casarme con alguien.

Sus cincuenta años no creo que sean para ti ningún inconveniente, al menos aún no, me ha dicho mi padre, como tampoco la fama de sus esclavos que la atienden igual que a una reina etrusca, nos conviene que al final sus bienes terminen en nuestra casa y alimenten a los nuestros, no puede ya tener más hijos y en este caso ello es una ventaja para nosotros y tus sobrinos, los futuros señores del patrimonio Emilio.

Su hermano ha contraído deudas de juego, y sus acreedores forman ya con éxito toda una tropa de mordaces que lo persigue con canciones jocosas y burlas y que hacen su vida imposible. El contrato que hemos firmado consiste en pagarle las deudas, antes de que sea demasiado tarde y lo pierda todo, a cambio de su patrimonio y de su hacienda, nuestros clientes se encargarán, con su diplomacia habitual, de alejarlo de los dados, aunque no tendrá ya nada que jugarse no nos interesa su mal nombre, y si no lo consiguen lo matarán. 

A mí los dados me habían entregado a Sexta, un cinco más uno todavía suman seis a día de hoy, una prostituta barata, cuartelaria, y ahora mi padre me adjudicaba a Prócula, una patricia sin sostén, en un trato de conveniencia que he estado a punto de rechazar para alistarme de nuevo en las legiones de Pompeyo, pero si hubiera tomado tal decisión habría perdido también las tierras públicas que el Senado ha entregado como paga a sus veteranos licenciados, y eso, mis codiciosos sobrinos no me lo habrían permitido. De mi padre dicen que ha hecho bien las cosas no aceptando más invitados en su mesa que comida hubiera, de joven tuvo tres hijos varones que levantó del suelo en señal de aceptación, y expuso a otros dos y a una hija dejándolos morir en el basurero que había detrás de la casa, alguien recogió a la niña, no supimos nunca quién fue. Mis dos hermanos murieron más tarde en la guerra, quedando yo como único heredero testado. Hubiera podido adoptar hijos, pero mi carácter no se siente vinculado con los esfuerzos que requiere mantener una estirpe.