miércoles, 10 de septiembre de 2008

El peletero/Mis cinco hombres



27 Diciembre 2006

En casa de mi tío era la reina, la dueña y la señora del castillo. Tenía mi propia habitación y llaves de la casa. Cuando mis padres me perdían, ya sabían donde encontrarme. Oficialmente hablando siempre fue mi segundo hogar, porque en realidad yo siempre lo consideré el primero, desde muy pequeña ya fue así. Aquella era mi casa y mi tío era mi pareja, en el sentido que era mi igual, mi doble. Yo mujer, él hombre, yo joven, él maduro, yo alumna, él maestro. Los dos estábamos hechos de la misma materia y los dos intuíamos las mismas cosas. Nunca me sentí tan segura y tan poderosa como cuando de muy niña me abandonaba en sus brazos y le robaba su olor en cada respiración. Él me perfumó, y con él aprendí a mirarme sin necesitar un espejo, sus ojos siempre fueron los míos. A su lado supe qué era no tener miedo y a su lado supe también que nadie me podía tocar. Sus esporádicas amigas y amantes también sabían lo que tenían que hacer cuando me veían entrar por la puerta: irse pronto, aquel reino tenía una reina muy celosa.

Todos mis amantes no entendieron jamás que yo les abandonara durante días o semanas sin dar explicaciones. Protestaban como niños mal criados, todos creían poseer algún derecho sobre mí y sobre mi tiempo. Todos menos uno. Fue el único que entendió que el placer que su sexo me proporcionaba desaparecía con una buena ducha de agua caliente. Tampoco hizo falta decirle dos veces, ni una, que aunque mis jadeos en la cama fuesen más altos y abundantes que los suyos, no significaba que mis carcajadas también lo fueran, todo lo contrario, yo siempre me he reído poco y en silencio. Por eso me gustaba verle sonreír con su carita de niño travieso. Por eso también decidí que fuera el padre de mi hijo. No podía permitir que cualquiera me robara esa sonrisa. Naturalmente le pedí permiso. Su respuesta fue un gesto premeditado y estudiado, imposible de describir, que acabó en un beso suyo y que yo acepté y devolví agradecida.

A mi padre le costó aceptar mi relación con su hermano y mi maternidad más o menos solitaria, pero el pobre hombre hizo el esfuerzo para comprenderlo. Siempre supo que el suyo era un papel de reparto, aunque naturalmente quería ser uno de los protagonistas. Lo fue cuando envejeció, cuando perdió el habla y la memoria, cuando ya no pudo controlar sus esfínteres. Entonces sí, entonces se convirtió en el personaje principal. Hasta que murió. Cuando dejó de ser dueño de sí mismo fue cuando lo amé. Hubiera matado por darle un recuerdo, aunque fuera falso, aunque no fuera suyo, aunque fuera pequeño, un recuerdo que conservara para siempre aquella sonrisa que se le formó en su boca sin dientes. La sonrisa más bonita del mundo.

Mi hijo fue mío hasta que él quiso. Demasiado pronto me dejó para irse con su padre. Fue algo que no me esperaba. A los hombres siempre los había escogido yo, ellos sólo asentían, aceptaban un hecho consumado. Mi hijo fue el primer hombre en dejarme, nunca creyó que tuviéramos algo que decirnos, buena educación y poco más, bueno, y también un poco de cariño. Su padre no era precisamente su amigo, ejercía de padre, lo cual no era ningún impedimento para tenerse absoluta confianza y una total lealtad.

A uno lo parí yo, otro me parió él a mí. A un tercero lo adopté y el cuarto fue él quien me adoptó. ¿Y el quinto?, al quinto lo maté. Bien, no exactamente, murió por mi culpa. Al menos eso es lo que siempre he pensado. Murió en un accidente de automóvil después de haber pasado casi toda la noche conmigo. Era ya muy tarde cuando le pedí que se fuera, todavía no había amanecido, era invierno, había llovido y las carreteras estaban heladas y, lo peor de todo, él era mucho mayor que yo. No debía conducir de noche aquel viejo auto que como él tampoco se resignaba a jubilarse. Yo era muy jovencita, pero sabía el riesgo que corría, lo sabía y dejé que se fuera. Ya empezaba a estar cansada de aquella relación con mi profesor. Sí, lo era, era uno de mis profesores y yo una de sus alumnas. De golpe, de repente, lo vi viejo, casi anciano. Me sorprendí a mi misma, ¿cómo podía haberme gustado un hombre así? Había que terminar aquella relación, rápido. Él se había enamorado de mí y eso era un engorro, una molestia. Sentía vergüenza. Había que echar lastre como fuera. Vete, sal de mi casa, le dije y lo pensé, juro que lo pensé, se va a matar. Y se mató.

Ellos han sido mis cinco hombres. Mis cinco mujeres merecen un relato aparte, una de ellas acaba de nacer, es mi nieta. Mi hijo dice que quiere ponerle mi nombre, debe tener remordimientos de conciencia por su desafección hacia mí, bien, que lo haga, me gusta, yo por mi parte procuraré ser una buena abuela, ya es hora que tenga una alumna. Le enseñaré cómo hay que tratar a los hombres. Es curioso, mi hijo, el único hombre que necesité de verdad, fue el único que me abandonó y ahora, al cabo de los años, regresa con mi nieta en brazos. Debo de haberme hecho vieja.

martes, 9 de septiembre de 2008

El peletero/La soga



23 Diciembre 2006

Imaginaros que estáis en la más absoluta oscuridad aferrados a una cuerda que cuelga, no sabéis lo larga que es por arriba, ni tampoco lo larga que es por abajo. Subir será agotador, bajar tal vez no lo sea tanto, pero ¿y si la cuerda se termina? Si permanecéis quietos no aguantaréis demasiado tiempo, ¿qué hacer entonces?

Quizás la cuerda llegue hasta el suelo o muy cerca de él ¿y si no es así? ¿y si después del final sólo hay un abismo pavoroso? Lo que es indudable es que sí ha de haber techo, la cuerda debe colgar de algo, en algún sitio ha de estar atada, ¿y si sólo lo está de una argolla clavada en un techo tan enorme y horizontal como larga es la cuerda?

No sabemos si hay suelo al final de la cuerda, pero sí sabemos que ha de haber techo. También sabemos que la cuerda por larga que sea ha de tener un final, pues ninguna podría aguantar su propio peso infinito y éste sería el que debería soportar si su longitud también lo fuese.

Sosteniéndonos con una sola mano, con la otra intentamos tirar de la cuerda hacia arriba, pero es inútil, no podemos porque pesa demasiado, seguramente debe ser muy larga. Sin embargo, si fuésemos bajando y realizásemos esta operación repetidas veces podríamos calcular la distancia que nos queda por descender hasta su final al ir notando como va disminuyendo su peso. Al llegar al extremo de la cuerda, si nuestra energía hubiera resistido el esfuerzo podríamos coger la punta, atarla a sí misma y construirnos con un lazo una especie de columpio o trapecio y de momento descansar en él. Después podríamos intentar balancearnos para tal vez topar con alguna pared y asirnos a ella si pudiéramos. ¿Pero en que dirección?, con esa oscuridad y sin brújula no sabríamos donde está el grado cero ni el noventa. Pero nuestro propio cuerpo nos podría servir, aun sabemos donde tenemos la nariz y la espalda, la derecha y la izquierda y también podemos gritar, lástima que ningún eco nos responda, porque si las paredes existen deben estar muy lejos. Además, si la cuerda también es muy larga no podremos ni siquiera balancearnos, pesamos demasiado poco para tanta longitud.

No nos quedará más remedio que volver a subir, pero la tarea nos parecerá titánica, imposible, no resistiremos y caeremos sin remisión al vacío. Podemos atarnos el extremo de la cuerda a la cintura a manera de seguro, pero por cada palmo que ascendamos mayor será el peso que deberemos cargar, al final no podremos seguir subiendo. Si tuviésemos un cuchillo cortaríamos la cuerda a tramos a medida que vamos ascendiendo, nos la volveríamos a atar, descansaríamos en nuestro columpio y luego proseguiríamos. Pero no tenemos ningún cuchillo. En cambio, sí que tenemos nuestros dientes, la cuerda no es maciza, como todas está hecha de hilos, muchos, muchísimos, pero hilos al fin y al cabo, si los vamos mordiendo uno a uno podremos cortar la cuerda. El trabajo será agotador, interminable, pero no hay otra solución, debemos intentarlo. Si al final y a pesar de todo conseguimos llegar arriba, tal vez nos encontremos con ese techo inabarcable, monstruoso, impenetrable. Seguiremos estando colgados de la cuerda, finalmente corta después de haberla mordido innumerables veces y casi sin dientes. Sentados en nuestro ridículo columpio nuestras manos alzadas tocarán algo más terrible que el abismo. No sabemos cuánto tiempo permaneceremos así, sin poder subir más, ni tampoco bajar. Pero lo que sí sabemos es que no nos dejaremos caer, no cederemos, resistiremos, algo se nos ocurrirá. Deberemos reposar, tranquilizarnos, cavilar hasta encontrar al fin una solución, debe de haberla, es absolutamente necesario. Pero para hallarla tendremos que descansar.

Nuestro columpio, como ya sabéis, es en realidad un simple lazo. Nos permite colocar en él los pies y así, de pie, poder descansar las manos. También podemos pasar las piernas a su través y estar como sentados. O bien, pasar todo el cuerpo excepto los brazos y, de esta forma, colgados de las axilas intentar dormir un poco.

Lo que no hemos probado todavía es a atarnos el lazo al cuello y dejar que todo el resto de nuestro cuerpo, torso, brazos y piernas cuelguen libres, tal vez así nos relajaríamos mejor. Aunque colgados, estaríamos como flotando, como si volásemos. Sí, lo probaremos, de esta forma quizás se nos ocurra alguna salida.

lunes, 8 de septiembre de 2008

El peletero/Le jeune Albert



20 de desembre de 2006

Només els nens que han viscut una postguerra en una família humil, podran emocionar-se i somriure amb el petit Albert. També podran fer-se seu el personatge tots aquells que han tingut el privilegi d'haver conegut un món sense televisió, on l'electrodomèstic més sofisticat que hi havia a la casa era una ràdio de vàlvules, amb ella s'accedia al món i a un nou entreteniment. Gràcies a ella la música va començar a no ser ja un bé escàs. Concursos, notícies i les novel·les radiades de centenars de capítols i tota la família al voltant de la ràdio, deixant el sopar a mitges per escoltar el capítol del dia, mentrestant, l'àvia, sorda, treballadora, despreocupada, i pensant que ja havien sopat, retirava el menjar de la taula i es posava a rentar els plats. En acabar l'audició tots tornaven per acabar de sopar i es trobaven que s'havien quedat sense postres.

Malgrat els desastres viscuts, de la pobresa, de la fam, dels morts enterrats de qualsevol manera i en qualsevol lloc i de les joventuts mig perdudes, malgrat tot això, aquest era un món innocent i també ingenu. Potser era així per la seva pobresa material, per la falta (escassetat) de tantes coses. Aquest era un món on als nens se'ls banyava en gibrells i els adults havien d'anar un cop per setmana als banys públics, al no tenir les seves cases un lavabo en condicions. En aquest món hi havia també un tresor gairebé tan important com les dobles sessions de cinema els diumenges a la tarda, aquest tresor eren les novel·les gràfiques, els còmics, els tebeos, tot un monument a la civilització i a la nostàlgia. Barat i humil.

"Le jeune Albert" era belga, fill d'un dels millors artistes europeus, Yves Chaland, francès i lyonés, mort prematurament molt jove als trenta-tres anys d'edat. Ell va ser un dels que van renovar l'escola de còmic belga, agermanada amb la francesa i coneguda amb un dels millors noms que alguna cosa o algú puguin tenir, "La Línia Clara". Nom que per sí mateix només mereix tot un tractat i un homenatge, per la seva precisió i poesia, dues circumstàncies que poques vegades trobem juntes.

El seu gran mestre va ser l'inigualable Hergé, pare del irrepetible Tintin. Darrere d'ell i al costat d'ell el van acompanyar un nombrós grup d'artistes, des del cèlebre Morris i el seu justicier "Lucky Luke", amb la seva cigarreta penjant sempre dels seus llavis i ara obligat pels nous temps a convertir-se en exfumador, fins al divertidíssim i moltes vegades càustic André Franquin i el seu insuperable Spirou, nom que va donar lloc a una de les més importants i prestigioses revistes de còmics de tot el món i que va servir després de model per a la francesa Pilote. La llista seria i és interminable, l'atractiu i la influència de "La línia Clara" s'ha estès ja a la resta del món sobrepassant el seu inicial reducte franc-belga. A Espanya hi ha els alumnes més avantatjats i aplicats amb el valencià Daniel Torres i el portentós català Max, un geni del dibuix.

Però Yves Chaland és més tendre i més entranyable, potser per la seva joventut i la seva vida perdudes injusta i promptament. La claredat i la llegibilitat del seu grafisme són exemples també clars i llegibles de tota l'escola, caracteritzada per una pulcra neteja i una falsa senzillesa. En ella, certament, res és senzill, tot, en canvi, està estudiat i és complex. La línia, això sí, és l'instrument sempre adequat per ressaltar l'important, per destacar els detalls necessaris, perquè el conjunt adquireixi significat i sentit. La línia és la millor eina separadora, cada cosa al seu lloc, tot ordenat i sense taques que el confonguin, ni amb la resta, ni amb el fons. Com un bon naturalista, Chaland i els seus han estat sempre convençuts que ni la millor de les fotografies pot competir mai amb el millor dels dibuixos. L'encant del seu traç i la lluminositat dels seus colors recorden les estampes japoneses i les miniatures medievals, falsament infantils i equivocadament ingènues, però amables i amigables. Mirant i gaudint-ne sempre acabem recordant que alguna cosa se'ns ha oblidat, no sabem mai què és, potser per això no parem de mirar i remirar mil vegades aquests dibuixos, trobant en ells sempre coses noves.

"Le jeune Albert" és un nen de la postguerra belga que és la postguerra de la segona Guerra Mundial, a Brussel·les, Ostende o Anvers. És la pàtria de Godofredo de Bouillon, un personatge de segona fila  que va passar a la història en convertir-se en un dels primers creuats que van anar a Terra Santa a la recerca de fortuna i de perdó. Aquest és també el país que en aquests anys de postguerra ha d'abandonar per donar-li la independència a la seva "gran finca particular", el Congo, al cor de l'Àfrica, allà on el rei dels belgues, també anomenat Alberto, va creure que podia, fer i desfer, robar i espoliar al seu gust. El Congo, on es va refugiar durant anys, en plena selva i en el mateix "cor de les tenebres", Kurtz, el boig, el rebel, el qual morint delira cridant a l’horror, no sabem si per allunyar-lo o per acompanyar-lo. Bèlgica i el Congo, on una monja amb la cara d'Audrey Hepburn troba i perd la seva vocació quan ha de decidir què ha de fer amb els seus hàbits i amb l'ocupació nazi del seu país. Bèlgica, on els seus camps supuren la sang de mil batalles de les mil guerres que Europa ha patit i ha buscat. Bèlgica, més catòlica que luterana i tan valona com flamenca, allà on Espanya es va dessagnar pel seu orgull suïcida. Bèlgica també, on neix ara aquesta nova Europa, esforçada, menys boja, més sàvia i molt més espantada. Bèlgica, a la qual sempre haurem d'agrair que en lloc d'inventar el rellotge de cucut com van fer els suïssos, inventés "La Línia Clara".

La vida del petit Albert no és fàcil. Els adults que tenen cura d'ell, els seus pares, han de carregar pesos molt grans que gairebé els aixafen a ells en moltes ocasions. Els seus companys, nens com ell, són també supervivents, són amics i rivals, bons nois i éssers cruels. Despietats quan la situació ho requereix i també burletes, egoistes i agres. Com ho és el petit Albert, brivall i entremaliat. Tots ells a casa seva, al carrer i a l'escola, enfront dels seus professors, la majoria d'ells majors, plens de dubtes, desconcertats i enfadats, amb mal caràcter, amb el bigoti groc per culpa del fum del tabac i les bates plenes de forats per culpa de la cendra mal apagada i amb més d'un botó descosit i a punt de caure, el coll de la camisa ras i brut i les sabates amb la sola gastada. L'abric vell i el barret passat de moda. I els dits, aquests maleïts dits sempre enfangats de guix.


Aquest és el paisatge, al qual cal afegir l'esclat de color dels quioscos on es venen les revistes gràfiques i els còmics. Cada setmana esperant amb ànsia l'aparició del nou número. Cada setmana desitjant saber com continuen les aventures del teu heroi preferit. Quina meravella aquells dibuixos!, eren la catifa màgica amb la qual aconseguies viatjar per tot el món. Eren el coet, la nau espacial que et transportava més enllà del sol. Eren la porta oberta a la felicitat. El petit Albert, com tots els que vam conèixer aquest món, va aconseguir traspassar-la. I allà es va quedar, la mort del seu pare Chaland i amb ella la d'ell, el va atrapar de ple a la meitat de l'aventura, allà segueix.

20 Diciembre 2006

Sólo los niños que han vivido una posguerra en una familia humilde, podrán emocionarse y sonreír con el pequeño Alberto. También podrán hacerse suyo el personaje todos aquellos que han tenido el privilegio de haber conocido un mundo sin televisión, donde el electrodoméstico más sofisticado que había en la casa era una radio de válvulas, con ella se accedía al mundo y a un nuevo entretenimiento. Gracias a ella la música empezó a no ser ya un bien escaso. Concursos, noticias y las novelas radiadas de cientos de capítulos y toda la familia alrededor de la radio, dejando la cena a medias para escuchar el capítulo del día, mientras tanto, la abuela, sorda, trabajadora, despreocupada, y pensando que ya habían cenado, retiraba la comida de la mesa y se ponía a lavar los platos. Al finalizar la audición todos regresaban para terminar de cenar y se encontraban que se habían quedado sin postre.

A pesar de los desastres vividos, de la pobreza, del hambre, de los muertos enterrados de cualquier manera y en cualquier lugar y de las juventudes medio perdidas, a pesar de todo ello, este era un mundo inocente y también ingenuo. Tal vez era así por su pobreza material, por la escasez de tantas cosas. Ese era un mundo donde a los niños se les bañaba en barreños y los adultos habían de ir una vez por semana a los baños públicos, al no tener sus casas un aseo en condiciones. En ese mundo había también un tesoro casi tan importante como las dobles sesiones de cine los domingos por la tarde, ese tesoro eran las novelas gráficas, los cómics, los tebeos, todo un monumento a la civilización y a la nostalgia. Barato y humilde.

“Le jeune Albert” era belga, hijo de uno de los mejores artistas europeos, Yves Chaland, francés y lyonés, muerto prematuramente muy joven a los treinta y tres años de edad. Él fue uno de los que renovaron la escuela de cómic belga, hermanada con la francesa y conocida con uno de los mejores nombres que algo o alguien puedan tener, “La Línea Clara”. Nombre que por si solo merece todo un tratado y un homenaje, por su precisión y poesía, dos circunstancias que pocas veces encontramos juntas.

Su gran maestro fue el inigualable Hergé, padre del irrepetible Tintin. Detrás de él y junto a él le acompañaron un numeroso grupo de artistas, desde el célebre Morris y su justiciero “Lucky Luke”, con su pitillo colgando siempre de sus labios y ahora obligado por los nuevos tiempos a convertirse en exfumador, hasta el desternillante y muchas veces caústico André Franquin y su insuperable Spirou, nombre que dio lugar a una de las más importantes y prestigiosas revistas de cómics de todo el mundo y que sirvió luego de modelo para la francesa Pilote. La lista sería y es interminable, el atractivo y la influencia de “La línea Clara” se ha extendido ya al resto del mundo sobrepasando su inicial reducto franco-belga. En España encontramos a los alumnos más aventajados y aplicados con el valenciano Daniel Torres y el portentoso catalán Max, un genio del dibujo.

Pero Yves Chaland es más tierno y más entrañable, tal vez por su juventud y su vida perdidas injusta y prontamente. La claridad y la legibilidad de su grafismo son ejemplos también claros y legibles de toda la escuela, caracterizada por una pulcra limpieza y una falsa sencillez. En ella, ciertamente, nada es sencillo, todo, en cambio, está estudiado y es complejo. La línea, eso sí, es el instrumento siempre adecuado para resaltar lo importante, para destacar los detalles necesarios, para que el conjunto adquiera significado y sentido. La línea es la mejor herramienta separadora, cada cosa en su sitio, todo ordenado y sin manchas que lo confundan, ni con el resto, ni con el fondo. Como un buen naturalista, Chaland y los suyos han estado siempre convencidos que ni la mejor de las fotografías puede competir jamás con el mejor de los dibujos. El encanto de su trazo y la luminosidad de sus colores recuerdan las estampas japonesas y las miniaturas medievales, falsamente infantiles y equivocadamente ingenuas, pero amables y amigables. Mirándolas y disfrutándolas siempre acabamos recordando que algo se nos ha olvidado, no sabemos nunca qué es, tal vez por eso no paramos de mirar y remirar mil veces esos dibujos, encontrando en ellos siempre cosas nuevas, olvidadas.

“Le jeune Albert” es un niño de la posguerra belga que es la posguerra de la segunda Guerra Mundial, en Bruselas, Ostende o Amberes. Es la patria de Godofredo de Bouillon, un segundón que pasó a la historia al convertirse en uno de los primeros cruzados que fueron a Tierra Santa en busca de fortuna y de perdón. Ese es también el país que en esos años de posguerra debe abandonar y darle la independencia a su “gran finca particular”, el Congo, en el corazón de África, allí donde el rey de los belgas, también llamado Alberto, creyó que podía, hacer y deshacer, robar y expoliar a su antojo. El Congo, donde se refugió durante años, en plena selva y en el mismo “corazón de las tinieblas”, Kurtz, el loco, el rebelde, el que muriéndose delira llamando al “horror”, no sabemos si para alejarlo o para acompañarlo. Bélgica y el Congo, donde una monja con el rostro de Audrey Hepburn encuentra y pierde su vocación cuando ha de decidir qué debe hacer con sus hábitos y con la ocupación nazi de su país. Bélgica, donde sus campos supuran la sangre de mil batallas de las mil guerras que Europa ha sufrido y ha buscado. Bélgica, más católica que luterana y tan valona como flamenca, allí donde España se desangró por su orgullo suicida. Bélgica también, donde nace ahora esa nueva Europa, esforzada, menos loca, más sabia y mucho más asustada. Bélgica, a la que siempre habremos de agradecer que en lugar de inventar el reloj de cuco como hicieron los suizos, inventara “La Línea Clara”.

La vida del pequeño Alberto no es fácil. Los adultos que cuidan de él, sus padres, deben cargar pesos muy grandes que casi los aplastan a ellos en muchas ocasiones. Sus compañeros, niños como él, son también supervivientes, son amigos y rivales, buenos muchachos y seres crueles. Despiadados cuando la situación lo requiere y también burlones, egoístas y agrios. Como lo es el pequeño Alberto, bribón y travieso. Todos ellos en sus casas, en la calle y en la escuela, frente a sus profesores, la mayoría de ellos mayores, llenos de dudas, desconcertados y enfadados, con mal carácter, con el bigote amarillo por culpa del humo del tabaco y las batas llenas de agujeros por culpa de la ceniza mal apagada y con más de un botón descosido y a punto de caer, el cuello de la camisa raído y sucio y los zapatos con la suela gastada. El abrigo viejo y el sombrero pasado de moda. Y los dedos, esos malditos dedos siempre embarrados de tiza.

Ese es el paisaje, al que hay que añadir el estallido de color de los kioscos donde se venden las revistas gráficas y los tebeos. Cada semana esperando con ansia la aparición del nuevo número. Cada semana deseando saber cómo continúan las aventuras de tu héroe preferido. ¡Qué maravilla aquellos dibujos!, eran la alfombra mágica con la que lograbas viajar por todo el mundo. Eran el cohete, la nave espacial que te transportaba más allá del sol. Eran la puerta abierta a la felicidad. El pequeño Alberto, como todos los que conocimos ese mundo, logró traspasarla. Y allí se quedó, la muerte de su padre Chaland y con ella la de él, lo atrapó de lleno en mitad de la aventura, allí sigue.

Nosotros, mientras podamos conservar nuestra memoria, sabremos que aun tenemos una oportunidad de acompañarle. Allí está, ¿no lo veis?, al otro lado nos espera. Tras esa puerta que siempre permanece abierta.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El peletero/El dogo



16 Diciembre 2006

Cuando vi el anuncio en la prensa algo se puso a bailar dentro de mi cabeza. “Casa en Venta”, ponía el precio, la dirección y un teléfono de contacto. Inmediatamente cogí la escalera y bajé una caja de cartón del trastero. Allí guardaba las postales que a lo largo de los años había ido recibiendo. Empecé a buscar. Y la encontré. Efectivamente, la dirección era la misma, no estaba segura del número, la casa entonces debía ser también la misma.

Llamé al número de teléfono, era una agencia. Concerté una entrevista para el día siguiente a primera hora. Ahora voy a buscar las fotografías, me dije. También estaban en varias cajas de cartón, todas desordenadas. No hice nada más en todo el día que mirar aquellas viejas fotos. Había, mezcladas con otras, varias de la fachada, del salón, del jardín, de la piscina y de su pequeño gran bosquecillo de pinos y de todos aquellos que frecuentábamos la casa. Yo, mi amiga, sus hermanas, su madre, varias invitadas, amigas de unas y de otras y, naturalmente, la abuela. Ella era la única que no podía faltar. Aun la recuerdo, vestida de blanco, su largo cabello gris recogido en un moño, siempre con su bastón y asiendo con fuerza la correa de aquella enorme bestia, un blanco dogo argentino. Aunque podía andar, muchas veces se hacía empujar sentada en una silla de ruedas. Todas mujeres. El único macho que había, biológicamente hablando, era el perro, que mostraba con evidencia que no estaba castrado. En alguna de las fotografías también aparecía la criada. Una mujer tan mayor como la abuela que como ella casi nunca hablaba, pero que hacía todo el trabajo de la casa.

Llegué temprano, pero estacioné el automóvil un poco lejos, quería llegar andando, paseando. Todo estaba igual, pero abandonado, no había nadie en las calles llenas de hojas secas sin recoger. Las otras casas parecían vacías y en muchas de ellas había letreros de “En Venta”. Cuando llegase a la próxima esquina debía torcer a la derecha, entonces la vería. Soplaba viento, las hojas se arremolinaban en los pórticos oxidados, aquellos árboles hacía tiempo que no habían sido podados, sus ramas se balanceaban encima de mi cabeza como más arriba lo hacían unas nubes negras llenas de tormenta. Llegué a la esquina y torcí a la derecha.

Allí estaba la casa. Me asusté al verla, parecía una elefanta vieja sin sus cachorros. Digna, anciana y aun capaz de aplastarte con una sola de sus patas. Una de las ventanas del primer piso estaba abierta y también lo estaba la puerta principal. Entré.

La casa se hallaba en una zona residencial, en las afueras de un pequeño pueblo del interior, de clima templado en verano y no demasiado frío en invierno, ventoso en otoño y lluvioso en primavera. De lugar de moda hace ya muchos años, para veraneantes tranquilos y sus familias, había acabado convirtiéndose en lo que es hoy, una pequeña comunidad fantasma abandonada. La decadencia fue lenta al principio, para más tarde precipitarse en una caída libre. Su sitio fue ocupado rápidamente por las excitantes playas de aguas poco profundas que había unos cuantos kilómetros más allá.

De jovencita y durante algunos veranos fui una de las invitadas de la casa, gracias a mi relación con la hija menor que siempre insistía en que fuese a pasar unos días. Su madre había enviudado hacía muchos años, decía, aunque los números no me cuadraban nunca, a veces eran más, otras menos. Yo me callaba, nunca puse en evidencia aquella disparidad de edades y de años que no encajaban. Tampoco mencioné jamás la ausencia de fotografías del padre. Una vez pregunté por él, pero la respuesta fue tan evasiva que opté por callarme y no insistir.

Yo también era huérfana de padre, pero mis números sí que cuadraban, tanto como mi memoria. Esa coincidencia en nuestra orfandad fue tal vez la que hizo que mi amiga se fijase en mí. Por mi parte me seducía la extraña libertad y también la alegría que allí se respiraba. Era al mismo tiempo excitante y tranquilizador formar parte de aquella pequeña comunidad femenina. Me sentía más segura y confiada y al mismo tiempo también llena de curiosidad, aquellas mujeres parecían saber secretos a los que yo pronto podría acceder. A mi madre no le gustaba su amistad, desconfiaba de algo, pero no sabía de qué. ¿No hay ningún hombre?, me preguntaba. Eso no puede ser bueno, se respondía a sí misma. Pero mamá, nosotras estamos igual, y ¿tu?, dime, ¿por qué no te has vuelta a casar? Entonces se reía y me decía ¿y para qué quiero yo a un hombre?, no sirven para nada. Las dos acabábamos riendo juntas y diciendo alguna vulgaridad. Yo naturalmente no se lo contaba todo a mi madre. No le decía que muchas noches mi amiga se metía en mi cama, según parece muerta de miedo por algún trueno o por el ruido del viento que se colaba por alguna ventana; tampoco le decía que casi cada día nos bañábamos juntas y que desnudas nos mirábamos al espejo comparando nuestros pechos o cual de las dos tenía mas bello en el pubis. ¡Peluda!, me decía mi amiga. ¡Poca teta!, le respondía yo.

Cuando terminaba el verano todas regresábamos a la ciudad menos la abuela, ella se quedaba, siempre vivía allí, en aquella casa, con la única compañía del perro y de la criada silenciosa. Cuando terminaba el verano el pueblo perdía mucha población y el barrio residencial donde se hallaba la casa se quedaba completamente vacío, casi como lo está ahora. En esa soledad hibernada vivía la abuela el resto del año. La piscina se iba llenando de hojas secas y bichos muertos hasta el verano siguiente.

Ahora la piscina estaba vacía y sucia. En la parte más honda había un charco de agua negra. El resto estaba lleno de hierbas y musgo resbaladizo. ¡Eh!, grité, ¿hay alguien? Una cabeza se asomó por la ventana abierta. Era la chica que la agencia había mandado. Si tuviera dinero, la compraba yo, fue lo primero que me dijo. ¡Qué romántico!, todo esto parece estar lleno de fantasmas, ¿verdad? Por eso la quiero comprar, le respondí con una sonrisa. Se rió. Dígame, le pregunté, ¿quién es su propietario actual?

El dogo no se separaba jamás de la abuela. A los demás habitantes de la casa no les hacía el más mínimo caso. A mí me daba miedo. El animal parecía inofensivo, ausente y ensimismado, incluso sabio, pero sabíamos que una sola palabra de su ama era suficiente para ponerle en guardia. Ella afirmaba que le daba seguridad, que cuando se quedaba sola se sentía más protegida. Y también afirmaba con una media sonrisa que era “el hombre de la casa”. No iba desencaminada, fue al final de un verano, faltaba una semana para irnos y los días eran notoriamente más cortos. Entraron a robar. Era de noche y eran dos muchachos jóvenes, casi adolescentes. Todo sucedió en silencio, sin un solo ladrido. Los dos asaltantes no tuvieron ni tiempo de defenderse. Uno quedó tendido en la cocina, y al otro lo cazó cerca de la piscina. En la mano del que parecía más joven quedó la navaja sin abrir.

Todo en silencio hasta que el perro despertó a la abuela y ella a las demás. Todas se pusieron manos a la obra como si ya conocieran su papel de antemano. Mientras cogían picos y palas la madre de mi amiga se me acercó y me dijo: Puedes hacer dos cosas, o nos ayudas a enterrarlos y te callas para siempre o nos denuncias, tampoco será tan grave lo que nos pueda ocurrir, a estos desgraciados los ha matado el perro, no nosotras. Su voz no tenía matices, debes decidirlo ahora, así nos ahorraremos trabajo, afirmó. Estaba intentando pensar cuando ya oí los primeros golpes de pico. Yo me quedé muda. Como no decía nada, alguien puso en mis manos trapos y jabón; limpia la sangre, me ordenaron. ¿Por qué no llaman a la policía?, pregunté al fin, ¡Hay dos personas muertas!, ¿no les dan lástima? Podíamos haber sido nosotras las muertas querida… además, así es mucho más sencillo, me respondieron, ¿qué quieres?, ¿qué se lleven al perro y lo sacrifiquen? A mi dogo no, afirmó contundente la abuela desde un rincón, a mi dogo no lo mata nadie. El timbre de su voz era extraño y el perro, que hasta entonces parecía estar tranquilo, se puso muy tenso. ¿Qué decides?, me presionaron. Voy a limpiar la sangre, les respondí obediente. A la mañana siguiente todo parecía haber vuelto a la normalidad. Mis anfitrionas estaban igual de alegres y felices como siempre. Parecía que nada había ocurrido. Yo, por supuesto, hice la maleta y me fui. Jamás regresé, hasta hoy, muchos años después.

El propietario actual es un banco, me respondió la agente inmobiliaria, la mayoría de estas casas lo son. Quiebras, embargos, hipotecas impagadas, ya sabe, cosas así. Es una casa vieja pero tiene estilo, a su marido seguro que le gustará, me dijo con una vocecita inocente y mirando hacia otro lado. Yo no tengo marido preciosidad, estoy soltera, le respondí mirándola a los ojos. Se ruborizó.

Nos pusimos de acuerdo enseguida. A la mañana siguiente firmamos las arras y al cabo de un mes el notario nos recibió para escriturar la compra-venta. Al salir pasé por delante de una tienda de animales, entré y les encargué un cachorro de dogo argentino blanco y macho.

viernes, 5 de septiembre de 2008

El peletero/La mayoría de mis clientes son mujeres



13 Diciembre 2006

Me llaman “El Gordo” y la mayoría de mis clientes son mujeres, es extraño, no soy ginecólogo. Mi trabajo no tiene una titulación específica ni tampoco se estudia en ninguna escuela. Incumplo buena parte del código penal y civil, eso es todo. Siempre lo hago en nombre de otros, nunca en el mío, sólo soy un intermediario. Satisfago los deseos y las necesidades de los demás. Y esos “demás”, según parece, son mujeres, la mayoría.

No llevo estadísticas, ni contabilidad alguna, los papeles los quemo todos, pero mi memoria es buena y ella me dice que la debilidad, el desamparo y la venganza fría y planificada, son características más femeninas que masculinas.

Las mujeres son víctimas de los mismos males que dañan a los hombres, la diferencia no se encuentra en el corazón, debemos buscarla en el aparato digestivo. Las mujeres comprenden las cosas antes que sucedan, pero siguen masticándolas incluso cuando hace ya tiempo que han ocurrido. Su digestión es lenta. El ácido que a veces tienen sus palabras no se corresponde con el de sus intestinos. Sus dientes son de felino, pero su estómago es de rumiante. Los hombres tardamos mucho tiempo en comprender lo que sucede a nuestro alrededor, pero una vez lo hemos conseguido, digerimos y evacuamos rápido

Los hombres planificamos más o menos bien nuestra codicia, las mujeres su lujuria. Esta diferencia tiene que ver con la distinta manera de concebir el poder y la manera de llegar a él. Cada uno sube las montañas con lo que tiene más a mano. Ya sé que las cosas, dicen, están cambiando. Sé que lo dicen y así será, sin duda. Me estoy dando cuenta que muchas mujeres empiezan a entender la lógica masculina, que consiste en lo siguiente: tu vida sexual mejorará si mejora primero tu vida económica. Pero antes de implementar esa estrategia las mujeres deben responder previamente a la siguiente pregunta: ¿el sexo me ayuda a mejorar mi economía?, una vez contestada deberán tomar una decisión.

Hay mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras, yo utilizo ambas según el momento y las personas. Las primeras forman parte del mundo de las sombras, del engaño deliberado. Las segundas son hijas de la luz, del resplandor cegador, de la sinceridad prefabricada. Las primeras buscan la emboscada, las segundas el desarme, el abandono confiado. Cada víctima y cada ocasión te demandan una u otra y lo hacen en función de la respuesta que se han dado a sí mismos respecto al sexo y la economía.
Si resulta que piensan que es la economía la que mejora su vida sexual, utilizaremos entonces las mejores mentiras de nuestro arsenal, si por el contrario creen que es el sexo el que acrecienta sus cuentas bancarias habremos de recurrir a las verdades más deslumbrantes.

El dinero se le engorda con mentiras para que muestre su auténtico rostro, este es su único alimento. El sexo en cambio necesita siempre la verdad para soportar nuestro desamparo. Se puede hacer lo contrario, sí, pero las victorias son entonces efímeras y el beneficio escaso.

Estas reflexiones serán del agrado de pocas personas y seguramente de casi ninguna mujer, ya lo sé, pero mis palabras no van dirigida a ellas, van dirigidas a mí, en mi esfuerzo por realizar mi trabajo cada vez mejor. Soy un profesional del engaño y la extorsión, no puedo tolerar ni me puedo permitir engañarme a mi mismo por falsos prejuicios, lugares comunes o deseos bien pensantes. Entre la realidad y yo no debe haber intermediarios.

A mi me piden transgredir la ley, eso quieren que haga aquellos que me contratan, no puedo fracasar, nadie me daría una segunda oportunidad, y para servirlos he de conocer bien mi oficio. Mi éxito depende del daño que pueda causar a otros, para lograrlo he de penetrar como un gusano en sus almas, no es tan difícil como muchos piensan. El secreto está en el miedo que sienten y la capacidad que tú tengas para aliviarlo, transformándolo en seguridad y certeza. Si consigues disminuirlo, aunque sea levemente, la gente te abrirá su corazón de par en par, es entonces cuando hay que arrancárselo de cuajo.

La mayoría de mis clientes son mujeres, aunque a decir verdad son los hombres los que demuestran mucho más miedo. Es una paradoja que sólo sé explicar a través de la maldición divina de la maternidad. Las mujeres siempre llevan un lastre muy pesado, sus barrigas parecen albergar más un tumor que un cachorro. El día que consigan extirpárselo, como yo arranco los corazones, no tendrán miedo a nada. Ninguna mano podrá tocarlas.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El peletero/Balenciaga



9 Diciembre 2006

El arte del vestir es una lucha titánica en contra del tiempo. Cristóbal Balenciaga llegó a ser un baluarte y un estandarte en esta desigual contienda que nunca terminará. La ley de la gravedad fue una de las más importantes armas que utilizó. Esa ley que rige la caída de las cosas es una aliada fiel y segura, aunque siempre difícil de acomodar, exigente y poderosa nunca hay nada que la desvíe de su deber, y sólo a veces el tiempo consigue doblegarla. Con ella dentro de la cabeza, Balenciaga esculpió una nueva anatomía humana.

El ángulo recto que formaban su pulgar y su índice fue la escuadra que le permitió cartografiar las sisas y los escotes, los bajos y las pinzas de pecho. Luchó sin descanso contra la resistencia que manifiestan los tejidos a dejarse domesticar o se alió con ellos si esa era la predisposición natural que manifestaban. El carácter de las cosas puede jugar a favor o en contra; la personalidad indomable de las telas o su capacidad de sumisión eran los polos de su batalla.

La memoria o la amnesia de los materiales en recobrar la forma “libre” y la exigencia de los cuerpos en ser cubiertos, vestidos y adornados, son los proveedores de todo este enorme arsenal de fuerzas y resistencias que facilita o entorpece, en este ámbito del vestir, todo intento decidido de construir un “atractor”.

Un atractor es una región del espacio-tiempo hacia donde convergen las trayectorias originadas en otra región distinta. Una trayectoria es aquello que nos hace resbalar sin remisión hacia ese punto, algunos consiguen deslizarse, los hay que logran llegar incluso patinando y con cierta elegancia, otros en cambio caen, rompiéndose huesos y cartílagos. Los vestidos de Balenciaga eran y son un atractor. Hacia ellos convergemos. Cuando eso ocurre el caos se descabalga a sí mismo y trota. A veces camina asido por nosotros de las riendas, manso pero desconfiado. En términos psicológicos podemos llamarlo seducción, fascinación o, incluso, atracción fatal.

Sobrio, navarro y soltero. No la usó nunca, suponemos, pero parecía ir siempre vestido con una sotana, abrochada entera en sus mil botones y ojales, el vestido perfecto. Sin embargo, la bata blanca inmaculada que sí llevaba, lo asemejaba a un cirujano, enguantadas sus manos en seda. Recibía en su “casa”, mostraba en sus “salones” y trabajaba en su “taller”. Casa, salón, taller. Diseñaba, cortaba y cosía, sabía hacerlo todo. Nada estaba listo hasta el final que nunca llegaba, descosiendo y recosiendo. Siempre corrigiendo. Por imperativo estético y por lógica artesanal, su trabajo nunca terminaba.

Balenciaga siempre concibió sus vestidos como un puente colgante. Suspendidos de un cuerpo, de él pendían, tensos, oscilantes y vibrantes. Afinados. Su obsesión por las mangas y su puesta a punto era indubitada y tenaz. Muchos lo han calificado, con razón, de arquitecto; sus vestidos son una complicada red de contrafuertes y contrapesos que mantienen la obra en pie para que todos puedan verla y admirarla. Y también heredarla, porque ahora, las hijas de aquellas madres son las nuevas usuarias, orgullosas de ello y generosas también al poder donar públicamente sus colecciones para el elogio de todos y el estudio admirado de algunos.

Los cimientos, el andamiaje y toda la labor de ingeniería de sus obras permanecen escondidos. Para observarlos, hay que destripar las piezas, descoserlas y desmontarlas. Sólo así veremos las costuras, las pinzas y los cortes ocultos; incluso las plomadas que ponía en los dobladillos son imperceptibles. Arquitectura, pero también escultura y, por supuesto, representación, donde todo el artificio, su maquinaria y engranaje permanecen detrás, fuera del escenario donde tiene lugar el espectáculo. Allí, en aquel recóndito lugar al que todavía no ha sabido llegar ningún bisturí sin provocar la muerte, él, escondió su secreto.

Balenciaga vivió y pudo disfrutar de los mejores años de la alta costura en un mundo satisfecho y confiado. Los desastres de la guerra aun eran recientes, frente a su doloroso y desgraciado recuerdo sólo cabía la huida y la recuperación vana del tiempo perdido. Una minoría privilegiada disfrutó de la alegría de siempre y de los tesoros que Balenciaga y otros ponían en sus manos. Su fiesta duró hasta muy avanzada la madrugada. Lentamente la industria de la moda y las generaciones que la dirigían fueron mudando. Todo cambiaba para que todo siguiera igual. En uno de esos momentos hubo que poner fin y Balenciaga se retiró. Sin embargo, la fiesta continúa imperturbable en otras nuevas madrugadas y en muchas más que han de venir mientras consigamos seguir huyendo. Sin mirar jamás atrás. Para eso están los museos.

Desde el inevitable cierre, la casa, el salón y el taller, bulliciosos y cálidos entonces, permanecen ahora vacíos. Sus muebles, sus lámparas y sus máquinas de coser continúan cubiertos por enormes sábanas. Su blancura polvorienta y ya sucia recuerda tanto un paisaje helado y hostil, como las salas nevadas y abandonadas de un depósito de cadáveres.

martes, 2 de septiembre de 2008

El peletero en el harén



6 Diciembre 2006

Hay una vieja historia que cuenta que el secreto del poder se halla en un cofre sin llave. Este cofre se encuentra encima de una mesa que hay en el centro de una habitación sin puerta, sólo una ligera cortina nos impide el paso. Cualquiera puede descorrer esa cortina, entrar, abrir el cofre y conocer ese secreto. Cualquiera puede hacer tal cosa.

En el año 63 a.C. Cneo Pompeyo el Magno, tomó Jerusalén para Roma. Conquistó la ciudad entera y su Templo, osando entrar en el Sancta Santorum para así conocer al dios de los judíos. El Sancta Santorum era una habitación pequeña con una cortina por puerta. Una vez al año, por Pascua, el Sumo sacerdote del Templo entraba en ella y pronunciaba el verdadero nombre de Yahvé, nombre secreto que sólo él conocía.

Pompeyo salió muy defraudado de su visita; en aquella habitación no había nada, ni mesa ni cofre, estaba completamente vacía. ¿Cómo podían aquellos judíos?, se preguntó muy extrañado, ¿adorar a un dios sin rostro y sin cuerpo?

El harén oriental o el gineceo griego, siempre han sugerido un lugar de placer, para la mayoría de hombres y muchas mujeres. Sin embargo lo que siempre han sido es un centro de poder, del que muchas veces la primera víctima era el propio macho dominante (señor de la casa). Lugar cerrado, prohibido y antiguamente sagrado; según parece tuvo su origen en las prostitutas del templo, mujeres también sagradas que con sus propios hijos proveían de niños al altar de los sacrificios del dios que pedía sangre fresca y tierna. El convento, el monasterio y el burdel -y quien sabe si la cárcel- son también descendientes de este poder quieto, inmóvil y temido. Muchas mujeres antes, y ahora en la actualidad africana, aceptan los votos cristianos y se hacen monjas para ser más libres y autónomas lejos de los hombres. Durante un tiempo suspenden su compromiso para quedarse embrazadas y así volver más tarde, siendo madres “de verdad”, al redil de la Iglesia. En el mundo musulmán el velo es también, paradójicamente, una protección frente al mundo masculino.

Más tarde fueron apareciendo variantes sólo formales y hedonistas del harén, como el baño, la sauna, la terma, la piscina, el solarium, la playa. En estos casos, los lugares son abiertos, en ellos se puede entrar y salir con relativa libertad. Lugares de reunión y placer y por supuesto también de intriga y conspiración amorosa. Y donde hay amor, hay también poder.

El harén estaba jerarquizado, ordenado y especializado, muchas eran las personas que en él vivían y trabajaban. Allí también se moría y se nacía. Esos hijos, todos ellos del señor de la casa, eran la razón y la excusa para la toma del poder, o al menos el salvoconducto para sobrevivir o para morir. Según las estrategias y las alianzas fuesen unas u otras, la esposa vencedora sería ésta o aquélla. Era un “Gran Hermano” sin cámaras.

El simple club o el poderoso sindicato, la secta, la iglesia, la banda, la tropa, la comunidad cibernética o la “familia”, son otros reductos exclusivos y elitistas por lógica interna. Cerrados, y con visado de entrada y en muchos casos también de salida. Todos ellos son espacios tan físicos como mentales. Ordenan nuestra vida como el decorado encamina y obliga a los actores más que su texto. La arquitectura es un buen ejemplo y reflejo de este orden mental, construyendo lugares de acceso abierto y libre que facilitan tanto la circulación como la reunión. O bien todo lo contrario, la casa mediterránea, cerrada en sí misma alrededor del patio o del claustro. O la casa musulmana, hija de la anterior, pegada a sus vecinas y sin dejar espacio para las calles, que de tan estrechas, parecen túneles, oscuros y enrarecidos. Laberínticos.

El harén era toda una ciudad, se encontraba dentro de la que también era otra ciudad, el Palacio, o Ciudad Prohibida, ubicada ésta en un lugar preeminente de la Gran Ciudad. Tres ciudades, una dentro de otra. Calles, avenidas, plazas, salones, habitaciones, estancias. Un auténtico laberinto. En las antiguas edades heroicas, ese laberinto lo habitaba un ser que comía carne humana, como el dios de las prostitutas sagradas. Sus súbditos debían entregarle periódicamente nuevas entregas de jóvenes para satisfacer su apetito. Sólo un héroe podía ser capaz de entrar en el laberinto y matar al monstruo. Teseo lo hizo.

Ahora el laberinto está vacío, se ha convertido en una simple habitación a la que se accede a través de una cortina liviana. En su interior se halla el cofre del que ya hemos hablado y que no cierra ninguna llave. En él se guarda el secreto del poder. Cualquiera puede entrar y mirar.

El Gran Pompeyo lo hizo. Su triste y desgraciado final demuestran que no entendió lo que vio, cosa que sí hizo su rival Julio César que, sin ni tan siquiera tener que conquistar Jerusalén o matar al Minotauro, supo qué había y qué hay dentro de ese cofre sin llave.

viernes, 29 de agosto de 2008

El peletero/Una vida interesante



2 Diciembre 2006

Aquella puerta chirriaba, era la que daba al balcón. El chirrido debía ser lo suficientemente fuerte para que la vecina lo oyera. Así, cuando yo salía a tomar el aire o el fresco, no tardaba ella en aparecer en el balcón de al lado. Sonriente, simpática, con ganas de conversar y con una batita muy corta, medio transparente y a medio abrochar, puesta deprisa y corriendo, diciéndome sin decirlo que dentro de casa iba sin ella. Era mucho mayor que yo y estaba engordando.

Al verla, el fresco se transformaba en bochorno y el aire en una sopa espesa, difícil de tragar. Yo procuraba disimular el rubor y la subida de mi temperatura corporal, pero las gotas de sudor me delataban y mi tartamudeo me traicionaba. Lo peor era mi casi silencio, no sabía que decirle, yo era sólo un niño, aunque ella tampoco es que hablase mucho. Eso sí, me miraba y no paraba de sonreír. El encanto se esfumaba cuando aparecía su monito chillón, se le subía encima, agarrándosele a los cabellos y a la bata sin parar de gritar como un animal rabioso, ella reía y dejaba hacer. Todo este espectáculo me dejaba confundido y mareado.

El monito no era el único animal que tenía en casa, aunque parecía que era el rey, aquel simio estaba a punto de ver como se instauraba la república, porque el montón de gatos que convivían con él le disputaban la primacía y a veces incluso la vida. El pobre animal vivía atemorizado ante tanto felino. Los lugares más seguros de la casa eran su jaula y los brazos de su dulce y cariñosa ama.

Era modista, hacía vestidos y arreglaba otros, así se sacaba un dinero extra. Su marido paraba poco en casa, según decían viajaba mucho por medio país, regresaba durante el fin de semana y el lunes ya se volvía a marchar. A veces coincidíamos de buena mañana los dos en la escalera, yo para ir al colegio y él para ir a no sé donde. Era alto, fuerte y siempre hacía cara de tener pocos amigos.

A pesar de haberle sido fiel durante muchos años a su modista, un buen día a mi madre se le ocurrió hacerse un nuevo vestido y pensó en la simpática vecina.

Enseguida supe que aquello no acabaría bien para mí. Las dos se hicieron pronto muy amigas. Cada tarde se preparaban unas meriendas muy abundantes, pastelitos, galletas, chocolate, batidos. Cuando yo llegaba de la escuela me encontraba con todo aquel banquete. La vecina me hacía sentar en sus rodillas, y eso que yo ya tenía once años y medio, pero quieras que no, allí me tenía, apretado contra su pecho. Come, come, insistían las dos. Yo comía lo que podía, se me llenaban los labios de nata y crema y ella me los limpiaba con su pañuelo mientras me daba besos y me apretujaba. A mi me faltaba la respiración y me moría de calor. Tenía un olor raro, allí se mezclaban el perfume, el sudor y algo más que no supe adivinar. Mi madre reía mientras comía pasteles, pero yo, enseguida que podía me desembarazaba de ella y me iba corriendo al lavabo, y allí me quedaba un buen rato.

¿Qué haces tanto tiempo en el lavabo?, me gritaba mi madre, venga sal, que nuestra vecina se va, dile adiós. La muy desvergonzada me daba un beso en todos los morros delante de mi madre que no paraba de reír, pero es que además la vecina también pinchaba, caramba. Cuando se había ido, yo volvía al lavabo. ¿Otra vez?, me decía mi madre. Es que son los pastelillos que no me han sentado bien, le respondía yo.

Un día pasó lo que yo me temía. Vete a casa de la vecina a buscar la falda, me ordenó mi madre, ya la tiene lista. Llamé al timbre atemorizado, el corazón me daba brincos en el pecho. Allí la tenía, con su batita medio transparente y medio abrochada, ¡debajo no llevaba casi nada!, sólo unas braguitas también transparentes, ¡se le veía… todo! Tragué saliva. Pasa, pasa, me dijo. La casa apestaba a orines de gato y a otra cosa.

Tenía la falda de mi madre encima de la mesa del comedor, yo fui a cogerla cuando me dijo, mira, este pantalón es para ti. ¿Qué? Sácate el que llevas que te lo probaré. ¿Qué?, ¿qué hago?, me dije, ¡me quedaré en calzoncillos! Antes de decidirme, ella ya estaba desabrochándome los botones de la bragueta. Sí, me quedé en calzoncillos delante de aquella gorda con bigote y semidesnuda. Me tuve que probar los pantalones, ella iba poniendo agujas aquí y allá. Seguro que me pincha, pensé. Ahora quítatelos, ahora póntelos otra vez. Mientras tanto el mono no paraba de chillar y dar saltos y volteretas dentro de su jaula asquerosa. A la mínima oportunidad me escapé y me fui corriendo a mi casa a meterme en el lavabo.

Un día oímos gritar y llorar a nuestra vecina. Mi madre fue a ver que ocurría, al entrar se encontró con otro banquete, los gatos estaban devorando al monito, ni los escobazos que les daba la vecina podían ahuyentarlos. Sangre por toda la casa y restos del festín esparcidos por aquí y por allá. La pobre mujer recibió también su buena dosis de arañazos y mordiscos. Aquel fin de semana fue terrible, más gritos, más lloros y más golpes. El marido se estaba cargando a los gatos a cuchillazos. Aquello fue una masacre. El lunes se fueron los dos sin despedirse. A los pocos días vinieron los de las mudanzas y después los de la desinfección y limpieza. Yo me quedé sin mis pantalones.

Ha pasado ya un tiempo y me he hecho mayor, ya tengo trece años. Ahora en el piso de al lado vive un matrimonio con una hija un poco más joven que yo. Es muy simpática y muy guapa. Yo he empezado a hacer una colección de insectos y mariposas muertas, clavadas con agujas a un corcho, o dentro de botellitas con formol, a ella le gustan mucho y yo se las enseño mientras su madre nos prepara la merienda. Como es verano todos llevamos poca ropa, su madre también, sus brazos y hombros desnudos muestran, cuando los levanta, unas axilas sin depilar, húmedas y oscuras.

jueves, 28 de agosto de 2008

El peletero/Bella Lugosi



29 Noviembre 2006

A Ed Wood le cabe el honor y el mérito de ser considerado el peor director de la historia del cine. Sin embargo, dirigió una de las escenas más ingenuas, conmovedoras y extrañamente poéticas que se hayan podido realizar, a pesar de su tosquedad. Estos pocos metros de celuloide se encuentran al principio de su película “Plan 9 from Outer Space”, su peor película. Es una escena de cine mudo si uno consigue extraerse de la estúpida voz en off de su director. En ella, su único protagonista es el húngaro Bella Lugosi. La cámara permanece casi fija, oscilante, con una leve panorámica hacia la izquierda y con unos pocos cortes innecesarios.

Las imágenes nos muestran en blanco y negro a Bella Lugosi salir de su residencia, con sombrero, bastón y vestido con un abrigo largo y una capa corta, todo negro. Es tan alto como la casa prefabricada, o ésta es tan minúscula que a su lado parece una casa de muñecas. Lentamente se acerca a unas plantas que hay en su ralo y escuálido jardín, a su derecha, frente al pórtico y que albergan unas pocas flores. Arranca una de ellas y la huele, se da media vuelta y la flor se le cae de entre los dedos en un ademán de desaliento. Al darse cuenta, no la recoge del suelo, esconde los ojos tras esa misma mano en un gesto de aflicción. Con la misma parsimonia abandona el encuadre para no aparecer más, ni en la película ni en la vida. Eso es todo, la escena apenas dura no más de un par de minutos. Al cabo de unos días, el 16 de agosto de 1956, Bella Lugosi moría de un ataque al corazón.

La bondad, la verdad y el simbolismo de esta escena residen en la sencillez de su ejecución, en la pobreza de medios y en la simpleza estética narrada, más las circunstancias que nadie ve y que se esconden detrás de cada uno de los pocos fotogramas que componen este humilde poema visual, incrustado, casi sin querer, casi por casualidad, en una horrenda y ridícula película de terror.

Bella Lugosi hace ya tiempo que es un morfinómano y hace ya tiempo también que es un anciano solitario y enfermo. La admiración y la devoción desmesurada que por él siente Ed Wood, lo reconfortan y el entusiasmo infantil de ese director empujan al olvidado Bella Lugosi hacia la que cree es su última oportunidad. A ella se agarra el pobre vampiro que ya empieza a ver como se acerca la luz que lo matará. Por eso se le escapa la flor de entre los dedos blancos y por eso también esconde o se tapa los ojos, ocultándolos de esa luz asesina que lo espera al otro lado.

Ed Wood filmó a su actor preferido con un blanco y negro mortecino, sin proponérselo, o quizás sí, consiguió el gris adecuado para una escena muda que convierte a los espectadores en sordos y a los personajes en flores muertas.

¿Qué pena embargaba a Bella Lugosi al ver su flor en el suelo? Para saberlo habremos de traspasar esa línea invisible. Pero al menos ahora ya sabemos, gracias al peor director de cine de todos los tiempos, qué clase de luz ilumina el otro lado. Drácula y los ángeles existen.

martes, 26 de agosto de 2008

El peletero en la torre



26 Noviembre 2006

La soberbia es una torre que atraviesa el cielo como la luz de una antorcha. En ella se guarda un cofre con todos los secretos del mundo. La llave de este cofre pende del cinto de un anciano desmemoriado.

Con toda la modestia que lo define frente a otros instrumentos artísticos, mucho más potentes y con más prestigio, el cómic, con su encanto sencillo, nos abre él también las puertas a misterios tan profundos como los mismísimos cimientos de Babel. En el “comic book” que escribió Benoit Peeters y dibujó François Schuiten, titulado “La Torre”, se nos muestra cómo uno de los encargados del mantenimiento y conservación de una gigantesca construcción, que se eleva imperturbable hacia los cielos, ha quedado incomunicado y aislado. Este obrero, que allí vive solo en una pequeña cabaña entre enormes muros de piedra, preocupado exclusivamente en su labor de vigilancia y reparación, llega a perder el contacto que periódicamente establecía con sus otros compañeros y superiores. Ellos están también distribuidos en otras zonas de La Torre y con el mismo deber que él, evitar que se deteriore y colapse.

Hace ya demasiados meses que no recibe respuestas a los mensajes que envía a través de palomas, esperando ánimos o alguna orden. Aislado en su zona de trabajo malvive como un náufrago perdido en un mar de piedras, arcos, bóvedas, contrafuertes, túneles, escaleras, rampas y arbotantes. Tanto tiempo hace que no tiene contacto con nadie que decide abandonar su puesto de vigía y marcharse. Todos los indicios señalan de forma inquietante que los demás se han ido, no tiene más remedio que abandonar su puesto, se dice después de mucho dudar. ¿Habrá que regresar?, supone. Pero regresar ¿a dónde?, no lo sabe. La Torre es su casa, toda su vida ha vivido en ella, reparándola y cuidándola y antes que él su padre y el padre de su padre. No puede imaginar otra lugar que ella. No existe nada fuera de ella. Su horizonte se ha vaciado.

Lentamente va descendiendo. Piedras y solamente piedras va encontrando. La Torre es un mundo completo, sino es ya “Todo el Mundo”. Seres extraños y solitarios habitan rincones de la mole, ajenos al Orden que la construyó y la administraba. Nadie la ha visto entera. Las imágenes completas que de ella se tienen son fabulosas y fantásticas, meramente imaginadas. Su perfil y su tamaño son un mito ya indemostrable.

En “The long tomorrow”, Moebius retoma en uno de sus cómics la forma de una vieja historia de ciencia ficción, para desarrollar una intriga detectivesca, donde la arquitectura es el único paisaje visible, delante y detrás, a derecha y a izquierda, arriba y abajo. Mas tarde, Hollywood llevará también parte de esta imagen extrañamente poética a las pantallas de todo el mundo. La enigmática “Metrópolis” de Fritz Lang, es un inquietante preludio de esta perfecta fusión entre torre y pozo y donde ambos son definitivamente la misma cosa.

Pero unos cuantos siglos antes, Pieter Brueghel el Viejo, ya nos había pintado, con una precisión notarial, lo que algunos milenios atrás los hombres habían imaginado y algunos habían empezado ya a prefigurar en la vieja Sumer con sus zigurats: “La Torre de Babel”.
A las afueras de una industriosa ciudad flamenca a la orilla del mar, Brueghel erige una torre a medio levantar que ya toca las nubes. En ella trabajan los obreros con sus poleas y sus grúas medievales, levantando cada peldaño, uno después del otro. Esta obra impúdica y desvergonzada contrasta con los siervos arrodillados, sumisos, humillados frente al rey que acaba de llegar para inspeccionar las obras. Postrados ante él no osan mirarle, no deben levantar la cabeza en su presencia. Pero más tarde, paradójicamente, sí deberán mirar al cielo para seguir construyendo muros cada vez más altos.

Brueghel sabe retratar el momento y al situarlo en su tiempo, nos cuenta que allí donde se resquebraja el viejo orden medieval y gremial que había regido aun la vida de su padre y la de su abuelo, se levanta ahora un joven y rampante capitalismo, descarado y seguro de sí. El dinero fluye, y muchas son las manos dispuestas a recogerlo y pocos los bolsillos que con él se llenan. El relato bíblico es “la” metáfora de la soberbia humana, que Brueghel cree ver también en los duros cambios que se avecinan y en esos deseos de riqueza a los que muchos ahora consideran tener derecho. Ya no se construye en nombre de Dios. Un nuevo ídolo va apareciendo revestido de huesos y carne y que todos reconocen al mirarse al espejo.

Mientras los humos salen oscuros de las chimeneas de las casas, la torre los sigue imperturbable en su parsimoniosa ascensión al limbo.

Del siglo II después de Cristo, datan los restos de un libro anónimo de moral estoica conocido como, “Cien consejos a mi hijo”. De estos supuestos cien consejos sólo han conseguido llegar a nosotros, quince de ellos. En forma de diálogo, nos encontramos cómo un padre, que se hace llamar “Augustus”, alecciona y aconseja a su hijo “Fidelius” sobre diferentes aspectos de la vida. El tercer consejo es como sigue:

“Mil veces le había repetido Augustus a su hijo Fidelius que no creyera la leyenda del humo. Recuerda hijo mío, le decía, que no puede haber suelo sin techo. Pero querido padre, fíjate en esas cuatro columnas, bien rectas están, son las esquinas de un cuadrado perfecto, no soportan ninguna cubierta y no sostienen nada más que aire, si llueve nos mojamos y si no hay nubes el sol nos calienta sin amor ni piedad. No te dejes engañar Fidelius, ¿crees que tu cabeza podría estar en su lugar si no tuvieses pies? Entonces, ¿cuán alta puede llegar a ser una columna, amado padre? Tan alta Fidelius como tu vista alcance, pero no más, recuérdalo siempre hijo mío y recuerda también que por más que atices el fuego, el humo no subirá más alto, podrás quemar el mundo y quemarte tú en él, pero nunca te dará las alas que no tienes”.

Después de olvidado el pecado en nuestra desmemoria, nos quedará un paisaje domesticado y moralizado, donde el ojo humano pueda reposar y no sentirse extraño. La naturaleza debe ser medida y allí donde es escasa, añadir y allí donde sobra, recortar, ceñir y coser, remover y pavimentar. No existe otro destino tan ineludible como el de ponerle puertas al campo. En ello estamos.