jueves, 9 de octubre de 2008

El peletero/La habitación 601 (2)



26 Febrero 2007

Andy Warhol nos cuenta cómo un amigo suyo afirmaba sin dudar que las mujeres siempre buscaban en él, el hombre que no era, y eso era así a causa de las fantasías sexuales que esas mujeres tenían.

Andy Warhol también nos dice que según su parecer el sexo es un acto estrictamente nostálgico. Indudablemente tiene toda la razón al fundamentarse el sexo en el deseo, y éste en el vacío y en la nada que hay que llenar, so pena de morir en vida y permanecer así hasta el día que dejemos de estar vivos y nos convirtamos finalmente en muertos absolutos.

Las fantasías, sean sexuales o no, son indudablemente pura nostalgia al ser elaboraciones teatrales que representamos en el escenario íntimo de nuestra mente. Al igual que la poesía, ellas también intentan detener el tiempo. Si lo lograsen conseguirían calmar el ansia y las nefastas consecuencias del amor. Entonces ya no nos enamoraríamos y ya no buscaríamos erróneamente, como también afirma Andy Warhol, nuestras fantasías en aquellos que no se corresponden con ellas.

Stendhal coincide con Warhol cuando cree que el enamorado proyecta perfecciones en su ser amado. Proyecta fantasías y perfecciones. Las fantasías de perfección son elaboraciones adultas que provienen del hambre de la infancia en su afán por reducir la distancia que hay entre realidad y ficción.

El vació del estómago es equivalente al del cerebro, tal vez por eso Elías Canetti afirma en su “Masa y Poder” que la risa es un acto mental que requiere de los movimientos incontrolados del diafragma para masajear el estómago, calmándole así la sensación de hambre. Humor y sexo siempre han ido parejos aunque es justo reconocer que los grandes amantes no ríen nunca mientras “lo hacen”.

Ortega y Gasset, en su crítica a Stendhal nos dice que el enamoramiento es una patología psicológica que afecta al estado de atención de las personas, reduciendo el campo de visión en un margen tan estrecho que todo termina por difuminarse y en el que ya únicamente se visualiza al ser amado.

Es muy posible que eso sea verdad, en todo caso eso era lo que aquel viajero de barba blanca sentía al escuchar y ver hablar aquella mujer de ojos castaños, de sus últimos veinte años con el que hasta hace sólo cuatro días había sido su esposo, sentada y desnuda en una silla frente a él. El “efecto túnel” era tan potente, la atención era tan máxima que ni siquiera percibía ya su desnudez provocadora y distante, ni el olor profundo y potente que emanaban sus entrañas.

Las mujeres tienen una facilidad pasmosa para hablar del amor, como si fuera un amigo que las hubiera acompañado desde el día de su nacimiento y del que conocieran sus más íntimos secretos. Cuando sus actos las contradicen y las ponen en evidencia jamás tienen la sensación de decir lo contrario de lo que hacen, y afirman sin rubor que el amor es lo más importante que hay en la vida. Y ése, naturalmente, es su gran error.

Desnudo como ella y desde el otro lado de la mesa la oía hablar, seria y concentrada, de un amor de veinte años que a él le parecía la eternidad entera. Nadie puede salir vivo de eso, se decía a sí mismo. Sin embargo allí estaba ella, hablando desde la penumbra de la habitación, con una seguridad en sí misma que producía pasmo en su enamorado oyente. Su vida, decía, se cortaba en dos con su llegada, ¿tal cosa puede suceder?, se preguntaba el viajero. Hasta hacía pocos días él creía que no, que eso no era posible, no se puede cortar la vida en dos, si has vivido con alguien durante veinte años seguirás viviendo con él el resto de tu vida. No hay nada malo en ello, es un hecho incontrovertible de la naturaleza de las cosas y que uno debe saber para no equivocarse.

Él era un hombre solo, a pesar de tener familia, su alma le pertenecía solamente a él. Nadie podía presentar ningún título de propiedad sobre ella. El alma no se vende jamás, excepto al diablo, y las mujeres por supuesto no lo son, que más quisieran ellas que parecérsele; para lograrlo tendrían, no que mentir más, sino saber que lo hacen. Y aquella mujer que tenía delante hablaba como si fuera Dios, que nunca miente. ¿Es eso posible?

Él era, efectivamente, un hombre solo y hay que aclarar que en castellano, ser y estar, no son exactamente la misma cosa. Él no estaba solo, pero sí estaba ahora sentado y desnudo frente a una mesa, al otro lado de la cual había una mujer también desnuda que le contaba su vida y le hablaba de algo absolutamente incomprensible para una mente tranquila: entregar a otro tú propia alma. Eso, por supuesto, además de imposible, es simplemente poesía, más bien barata, vulgar y cursi. Pero ella, mujer culta, instruida y leída, parecía no darse cuenta o no le daba la más mínima importancia a ponerse en ridículo frente aquel hombre que acababa de amar. Hacía unos minutos había abierto su cuerpo para él y ahora le pedía como aquel que pide lumbre para su cigarrillo, su alma a cambio de la de ella. Así de simple y así de irremediable. Ésa parecía una de aquellas mentiras que parecen verdad de tan improbable que es que sean mentira. Nadie puede pedirle a otro tal cosa; entonces, si era una mentira más, ¿por qué lo hacía?, ¿qué quería ganar con ello? ¿Ella realmente creía que las almas se pueden entregar y poseer como se entregan los anillos?

Por más dudas intelectuales que uno tenga, cuando una mujer habla de esa manera es mejor callar y dedicarse a escuchar, y no solamente por respeto y educación. Cuando un hombre tiene la enorme suerte de encontrar tal misterio, es mejor que olvide sus prejuicios masculinos y se entregue decidido a ese placer de los sentimientos. Después que haga lo que crea conveniente. Puede prometer en falso, mentir, engañar y traicionar. Y naturalmente olvidarse de ella, olvidarse como se olvida la infancia y el recuerdo feliz de aquellos primeros años. Él lo tenía fácil, podía hacerlo sin mucho esfuerzo, la distancia lo ayudaría, muchos miles de kilómetros los separaban, países distintos, continentes diferentes, océanos entre ambos y vidas y obligaciones completamente desiguales. Sería fácil encontrar cualquier excusa, cualquier temor, cualquier suspicacia. Los pretextos son gratuitos, las evasivas son cómodas y las huidas, aunque cobardes, son prácticas. También puede suceder que sus temores se confirmen y la verdad acabe siendo una simple mentira. Si es así, aplaudiremos, esfuerzo en mentir al menos sí que lo habrá requerido.

Ortega afirma que el amor es una “creación”, como si fuera un género literario y que “enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen como el don de hacer versos...” Él había creído que no enamorarse consistía exactamente en lo mismo, que también era una creación, que era un “talento” que algunas personas, pocas, poseen. Él se sentía orgulloso de ello a pesar del rechazo social que las personas solas producen, estaba satisfecho de su estigma y lo mostraba presuntuoso a los demás. Entonces, ¿qué hacía allí, muy lejos de su casa, escuchando a esa mujer pedirle que le entregara su alma?, ¿para qué había ido?, ¿para qué se montó en aquel avión?, ¿por qué se estaban besando ya, nada más llegar, en el taxi que ella había alquilado para ir a recogerlo al aeropuerto cuando apenas habían intercambiado algunas palabras por teléfono y algunas fotografías?¿Tan importantes eran las más de doscientas cartas que ambos se habían escrito en únicamente menos de dos meses? ¿Tanto peso y valor tenían todas aquellas palabras impresas? ¿Qué estaba sucediendo?

De momento lo que sucedía era que anochecía y la penumbra de la habitación se iba convirtiendo lentamente en una sombra grisácea y mate en la que sólo resaltaba el brillo de la piel color canela de aquella mujer que no tenía vergüenza, que no regateaba cuando compraba, ni tampoco cuando vendía y que además sabía poner nombres a las cosas que no tienen nombre.

Naturalmente se acostaron otra vez, dejando que pasaran las horas en aquella oscuridad tenue, besándose y besándose hasta sólo ser capaces de ver la luz en la niña del otro.

lunes, 6 de octubre de 2008

El peletero/La habitación 601 (1)



24 Febrero 2007

Tenía colgada de las paredes de su cerebro aquella fotografía que no se atrevió a pedirle, y que jamás le pediría porque no hacía la más mínima falta.

Los ingleses acostumbran a decir mucho hablando poco. En lo fundamental, ésa es la característica principal de su humor que va más allá de la mera ironía. Cualquier sabio que se precie procura seguir esa norma al pie de la letra. En lugar de escribir libros voluminosos que al final nadie lee, y que ni el mismo autor es capaz de recordar qué escribió en ellos, prefieren decir lo justo y callar mucho. Otra regla fundamental para una lumbrera de renombre es decir obviedades. Esa es una manera elegante y práctica de crear una duda razonable sobre quién es más tonto, si el que habla o el que escucha.

Lord Chesterfield, le escribió unas cartas a su hijo, en el lejano siglo XVIII, procurando aleccionarle y alertarle sobre las cosas y los peligros de la vida. Es mundialmente conocida su descripción sobre el coito, memorable en su concisión mordaz. En tres cortas frases consigue definir eso que los humanos nos gusta tanto realizar acompañados. Lord Chesterfield dice del acto sexual que: “el placer es momentáneo, el coste exorbitante y la posición ridícula”. Sin duda no dice toda la verdad, pero lo que dice es cierto, aunque lo cierto de lo que dice no cambia nada y casi nada significa pues hombres y mujeres continúan haciendo aquello que más les gusta hacer, que es hacer el ridículo mientras nadie los mira.

El Kamasutra, como todo buen manual de gimnasia sexual, no nos indica de ninguna manera cómo hay que hacer el amor sin tocarse ni un centímetro de piel, sentados ambos en cada los lados opuestos de una mesa como hace el abogado con su cliente, o mejor, como hace el médico con su paciente antes de auscultarle y recetarle el más adecuado de los remedios para tan característicos y delicados males. Esa variante del acto sexual, puede parecer una aberración o una extravagancia para mentes del primer mundo, tan ligadas a la tradición también milenaria de sus países, pero nosotros podemos afirmar con conocimiento de causa que en los países latinoamericanos es una práctica apreciada y realizada con el refinamiento adecuado, y que nosotros naturalmente recomendamos con mucho fervor y entusiasmo.

Tampoco existe ningún tratado de baile que nos diga cómo hay que bailar un bolero en posición horizontal, con ambos bailarines abrazados y acostados en la cama, si bien este último requisito de la cama no es obligatorio pues se puede practicar perfectamente en el suelo. Éste, es para nosotros un déficit intolerable en nuestra civilización, que no es capaz de imaginar que el vuelo de las aves es precisamente eso, un bolero en posición horizontal. Para nosotros que ya hemos escrito alabanzas a la abstinencia sexual, a la inmovilidad extática, al silencio santo, al sexo sin caricias, no podemos más que maravillarnos ante la danza quieta. Nadie sospecha su intensidad, la altura de su cima, la dulzura de su melodía y el frenesí de su ritmo. Sólo los grandes amantes, los más dulces bailarines y, curiosamente también los nadadores de fondo, los de largas distancias, saben el secreto del loro, así lo llaman los expertos, “el secreto del loro”, no sé por qué.

Asimismo, por más que busquemos tampoco encontraremos ningún consultor matrimonial ni sexual que nos señale la forma de hacer el amor por correspondencia. Esas ya son prácticas que únicamente los grandes expertos pueden realizar y llevar a término con éxito. No hablamos de sexo por teléfono, webcams o cosas parecidas, no, hablamos de la correspondencia clásica, de la siempre practicada y vieja relación epistolar. Aunque puestos a ser tolerantes aceptaremos el correo electrónico actual, pero nada más. Pues bien, no hallaremos ningún escritor, ni profesor de escritores que sepa decírnoslo, pues ni siquiera ellos saben hacer tal cosa, excepto escribir narraciones eróticas, ésas que los que quieren hacerse el gracioso dicen que se leen con una sola mano.

Stendhal, el más romántico de todos los que han escrito sobre un papel y que dedicó toda su vida a tratar de averiguar qué diablos es eso del amor -y que incluso escribió un libro dedicado a él, titulado con muy poca originalidad “Del Amor”- no tenía ni la más mínima idea de lo que hablaba, al ser, desgraciadamente, un hombre que se pasó toda su vida enamorado del Amor y no de una mujer de carne y hueso. Aunque tal vez fue porque pensaba, precisamente, que las mujeres podían tener carne, pero no huesos. Naturalmente ese es un error grave, imperdonable, sabiendo como todo el mundo sabe que a las más hermosas y valientes de entre las mujeres, tarde o temprano se les rompe una rodilla.

El pobre Stendhal, después de escribir páginas memorables de la Literatura Universal, sólo llego a pergeñar algo verdadero al afirmar que “un buen razonamiento ofende”. Tal vez si hubiera hecho una elipsis desde esta afirmación como punto de partida, habría conseguido entender algo de lo que hay en el fondo del pozo romántico al que muy pocos se atreven a descender (pues de descenso se trata y no de ascenso), para cambiar su alma por la de otro ser como ellos. Y que como es fácil suponer esa es una de las múltiples, variadas, y no precisamente la más divertida forma de morir, y la única manera, eso sí, de resucitar.

Todas estas cábalas le rondaban por la cabeza en el avión que le traía de vuelta a casa después de haber ido hasta las antípodas y regresar a su casa habiendo atravesado valles, escalado montañas, penetrado en cuevas, hollado selvas y bosques, nadado en ríos, mares y océanos. Todo ello en una semana escasa, mientras, y al mismo tiempo, había logrado también abrir un consultorio médico donde había conseguido desarrollar y poner en práctica nuevas terapias y remedios para patologías frecuentes pero contumaces. Además, y aunque parezca mentira, había logrado inventar también una nueva mascarilla facial rejuvenecedora, de éxito probado y suficientemente testado y asimismo una magnifica cera para muebles, de madera tropical si es posible.

De vuelta a ese hogar lejano, y mientras el avión le zarandeaba como una coctelera, iba recordando la Harley Davidson que había dejado de regalo a unos indígenas a cambio de un triple anillo aborigen. Le habían afirmado que ese anillo tenía un gran poder y que funcionaba al revés del anillo protagonista de las novelas de Tolkien. Éste, el que él llevaba en el dedo meñique de su mano derecha, te volvía invisible si te lo quitabas, no si te lo ponías. Naturalmente él no trató jamás de hacer tal prueba por una razón bien simple, si fuera cierto no sería capaz de ver los dedos de sus manos y no podría volver a insertar el anillo en ellos y se quedaría el resto de su vida invisible. Mucho peor que ser ciego y no ver, es que no te vean.

Y así, con tranquilidad, a ratos con sueño y a ratos despierto y siempre añorado de su semana inventora y aventurera, iba pensando en todas esas tonterías y repasando con interés las anotaciones y las muchas fotografías que había tomado. Él ya sabía que faltaba una, aquella que no se había atrevido a pedirle y que jamás le pediría, pero que ya colgaba irremisiblemente de las paredes interiores de su cráneo y de aquella habitación de hotel número 601, para el resto de su vida.

jueves, 2 de octubre de 2008

El peletero/Cristian Dior



3 Febrero 2007

Christian Dior recolocó todas las piezas que conforman el cuerpo femenino en el lugar que les corresponde. Lo reordenó de tal manera que consiguió que las piernas sustentaran el tronco, que en su parte inferior estuviera la cadera, con su vientre delante y sus nalgas detrás, luego la cintura, el estómago, el pecho y los hombros. Que de ellos salieran los brazos y que sostuvieran también la cabeza. Exactamente igual que la distribución que las mujeres tienen al nacer.

El cuerpo del hombre tiene tres anclajes que lo sujetan al suelo, las mujeres cuatro. Esos amarres los retienen impidiendo que alcen el vuelo, o peor, que las partículas que conforman su masa corporal, se volatilicen como el polen de las flores.

Los del hombre son: la cabeza, los hombros, y la cintura, justo cinco centímetros por encima de la cadera. A la mujer le hemos de añadir el de los pechos. Que ellas posean un asidero más y que sus caderas sean más pronunciadas, indica claramente su condición terrenal poco propensa a los desvaríos etéreos. Aunque ensoñadoras y curiosas, ellas no llegan a indagar qué hay más allá del horizonte.

Esa morfología, aunque menos musculosa, las compacta más. El cuerpo del hombre puede ser dibujado, las mujeres se esculpen solas. Gastronómicamente hablando, pues las mujeres también son seres comestibles como todo el mundo sabe, no son una sopa ligera, son un caldo espeso, seguramente de tubérculos. Esos interesantes vegetales-topo nos indican sin retórica que la propensión femenina fundamental es la espeleología. Tal vez por eso las profesiones en las que más destacan son la psicología y la medicina, especialmente la psiquiatría y la cirugía. Las estadísticas también afirman que son muy hábiles en la ingeniera de minas y túneles. En esas profundidades demuestran ser excelentes excavadoras de cuerpos y de almas. Y para hacerlo, y hacerlo conforme como ellas lo hacen, se necesita tener muy bien amaestrada la capacidad de prestar atención a una sola cosa. Eso que se llama “efecto túnel” y que experimentan los ebrios, los moribundos y los enamorados.

Christian Dior, tal vez por ser homosexual, o al menos por ser soltero como Balenciaga, o por ambas circunstancias al mismo tiempo, tuvo la suficiente sensibilidad para darse cuenta de todas esas cosas por sí sólo, sin necesidad de tener que escuchar las opiniones de los demás y mucho menos las de las propias mujeres, que ignoran sin saber que lo ignoran, los pormenores de su condición. Esa es una circunstancia que no las desmerece en absoluto, todo lo contrario, pues es un requisito fundamental para afrontar la responsabilidad de dar a luz a través de esas anchas caderas que Christian Dior supo mirar y pensar tan acertadamente.

La cintura es el centro de gravedad visual y estético del cuerpo humano. Las mujeres presentan más desarrollada que los hombres esa modulación anatómica. En ella, el ombligo se convierte en el “ónfalos, la yema a la que se accede a través de los orificios corporales y la coronilla craneal. A lo largo de la historia ese centro de gravedad ha sido alterado por convenciones culturales y prejuicios morales y estéticos, desplazándose a través de la anatomía humana hacia arriba o hacia abajo, anclándose, según el caso, en cada uno de los descansillos que va encontrando la mirada. La importancia poética y fisiológica de ese plexo llamado cintura, queda demostrada también en los artilugios mecánicos que, a modo de armaduras medievales, llegaban a modelar seres más cercanos a los cyborgs o robots que a las bellas hembras de nuestra especie. Miriñaques, crinolinas, polizones, corpiños, cotillas y fajas, que elevaban pechos, aumentaban las caderas y constreñían la cintura hasta extremos tan imposibles como lo hacen hoy los implantes y arreglos de la cirugía estética, de una belleza y sensualidad igualmente estereotipadas.

Los burkas, los pañuelos, las mantelinas, todas ellas y otras, reposan en la cabeza, como los sombreros y turbantes. Las capas y las túnicas en los hombros. La “moda imperio” que vistió a la corte de Napoleón, descubrió el pecho como la plataforma ideal para descolgar el peso formidable de un bello y etéreo vestido de gasa. Las faldas y los pantalones naturalmente surgen de la cintura, desde ella se proyectan y de ella obtienen su carácter y personalidad.

La cintura, es el lugar donde se produce la inflexión formal, el rasgo característico de la silueta del ser humano. Es aquello que nos permite reconocer el perfil de nuestra sombra y así saber que ella es nuestra y no pertenece a otro ser. Este descubrimiento es tan importante como el reconocimiento de sí mismos que hacen los humanos y alguna que otra especie animal frente al espejo. Lo que no sabemos todavía es si éstos son capaces de reconocer su propia sombra o se asustan de ella como “Bucéfalo”, el caballo de Alejandro.

Hemos dicho que la cintura es una marca de fábrica del homo sapiens, y la de las mujeres demuestra de forma científica su ventaja frente a la de su pareja masculina. La dispersión emocional y la euforia descontrolada que el mundo vivió en el periodo de entreguerras, los denominados “felices años veinte”, produjo una deformación patológica en esta cintura femenina que consistió en colocar el centro de gravedad por debajo de las nalgas, a medio camino del pubis y las rodillas. Los mismos movimientos del “Charlestón” son una consecuencia directa de tal despropósito.

La guerra y sus necesidades vitales masculinizaron la moda femenina, militarizando los vestidos y ensanchando los hombros. La civilización hubo de esperar al final de la contienda para ver aparecer un genio que, aunque gordo y físicamente más parecido a una pera que a una zanahoria, supo ver con sus ojos privilegiados el orden de las cosas visuales, que es como decir del mundo entero. Christian Dior, desde París, inventó el “New Look”, lo cual demuestra sin embargo, que no era perfecto, pues si bien sabía vestir y mirar a las mujeres, no sabía poner nombres a la cosas y dejó que Carmel Snow, la directora de la revista norteamericana Haper’s Bazaar, bautizara su invento con un neologismo que hizo fortuna.

Christian Dior fue un “hombre-mujer”, particularidad tan prometedora y fértil, como también lo fue Coco Chanel, una auténtica “mujer-hombre”, pero ésa es ya otra historia.

martes, 30 de septiembre de 2008

El peletero/Oro



31 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y nunca cuento cosas de mi vida. Mis delitos y las personas a las que sirvo y a las que causo daño no son mi vida. Todo ello es extraño a mí, no forman parte del alma que no tengo ni de la memoria que tampoco poseo. Por eso escribo sobre las miserias y faltas de otros, para que consten en acta. Es necesario describir sus malas vidas y la crónica de sus desdichas que siempre son muchas, pero que nunca son las mías.

Esas memorias, esos relatos, son necesarios porque las personas merecen ser juzgadas, deben serlo aquí y ahora ya que nadie lo hará después de muertas. Nadie cree ya en el pecado y la culpa. Yo soy el pecado y el perjuicio. Por ambos las personas pagan mucho dinero. Creen que su venganza es justicia, piensan que su robo es el reembolso de alguna deuda, ven a sus muertos como enfermos terminales. Yo soy el verdugo, el banquero y el confesor, en mi hombro descargan sus penas y sus dudas, yo les doy seguridad y les hago creer que les protejo de todo mal, pero no les libro del veredicto. La condena se la imponen ellos mismos cuando enloquecen. Todos lo hacen, aunque sólo sea un segundo antes de expirar.

La gente quiere pensar que los desechos, la basura y la inmundicia moral son despreciables, pero en realidad son oro puro porque también son parte de su vida, aunque pagada a precio de latón. Esa es mi tarea, limpiar esa suciedad y cobrar oro por ello. Aquí está mi verdad, dura como las ruedas de un molino y santa como las hostias de un cáliz.

Me di cuenta cuando empecé a tener dificultades para limpiarme. Estaba tan gordo que el papel en mi mano ya no llegaba a donde debía llegar. Ensuciaba los calzoncillos y a veces hasta los pantalones. Se secaba y quedaba incrustada, apestaba lo suficiente para que los perros se me acercaran a olisquear. Malditos perros, nunca he podido soportar su dependencia y lealtad de siervos. Entonces me di cuenta. Puedo tener un aspecto desagradable por culpa de mi gordura mórbida, no importa, pero no puedo oler mal, eso no. Parece que no sea así, pero la gente se fía más de su nariz que de sus ojos y yo vendo confianza. Engaño, miento y estafo porque vendo confianza. Alguien así no puede oler a mierda.

Si con frecuencia pagaba a putas, con más razón podía pagar a alguien para que me limpiara las heces. El dinero no era un problema para mí. La vergüenza y la dignidad tampoco lo eran ya que nunca las había tenido y no sabía qué significaban. Así lo hice. Joven, fea, ignorante, medio salvaje, humilde y necesitada. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año y cuatro monedas por limpiarme, una o un par de veces al día. La muchacha conforme, y yo satisfecho.

Le dirigía la palabra sólo si era imprescindible. Si salíamos a la calle, siempre iba unos pasos detrás de mí. Si entrábamos en un restaurante, nos sentábamos en mesas distintas. Si tenía visitas, se encerraba en su cuarto. Si iba a ver a alguien, me esperaba en la calle. En su bolso llevaba un teléfono por si era necesario llamarla en una urgencia. Era como una sombra en un día nublado. Tenue, transparente y gaseosa.

Como yo no le hablaba, ella tampoco me hablaba a mí, ni buenos días, ni buenas noches. Ni conversación, ni miradas y, por supuesto, tampoco sexo, jamás. Para mí el sexo es como viajar, no tiene sentido hacerlo en casa.

Un par de veces quiso dejarme para trabajar a no sé donde. Le doblé el sueldo y se acabó el problema. La tercera vez que lo intentó la amenacé, y también se acabó el problema. No lo ha vuelto ha intentar más.

Van pasando los años y cada vez estoy más gordo, más viejo y soy más rico y también, con perdón, cago más. No sé si eso es cosa de la edad o de la riqueza. Sea lo que sea no me quedan demasiados años ya, tanta gordura han hecho polvo mi corazón y muchas otras cosas. Sé que no duraré mucho. Pero no me quiero morir, empiezo a tener miedo. Veo a mi niña sonreír, no lo había hecho nunca antes y no me gusta, me horroriza esa sonrisa suya.

Tengo miedo, maldita sea. Y cuando tengo miedo puedo matar sin pensar. Pura mierda, puro oro.

lunes, 29 de septiembre de 2008

El peletero/Sevilla en otoño



27 Enero 2007

La iglesia de Santa María del Rocío se halla situada en perpendicular con el edificio del hotel Las Casas del Rey de Baeza. Ambos forman una unidad arquitectónica de estilo vernáculo; el color albero se combina sabiamente con el añil entre grandes zonas de fachada blanca. La calle Sebastián deja en su orilla una plazoleta, como un oasis entre el laberinto de calles estrechas.

La mujer responsable de la custodia del recinto nos informa con detalles sorprendentes de su Virgen y de otras más de la ciudad, un fabuloso matriarcado, agazapado ahora a la espera de la explosión de primavera. Es una dama vestida y atildada de “señora”, con la dignidad de lo inmutable, tan antigua y refinada como las paredes que nos cobijan por un rato. Nos enteramos de que todas las vírgenes dolorosas tienen cinco lágrimas resbalando por sus mejillas (algunas seis), y suponemos que se derraman por cada una de las cinco heridas.

El reverso de una estampita nos salmodia, con una oración de palabras contundentes y frases retóricas, una plegaria al sentimiento y tristeza que expresa el rostro de la Virgen, cuyas cinco lágrimas parecen cinco gotas de rocío:

¡Oh Reina de los Cielos, María Santísima del Rocío, Madre de Dios y de los hombres, dirige una piadosa mirada a esta ferviente Hermandad que te honra como su amadísima Titular.

Mira por nosotros, que somos tus hijos, atrae sobre nosotros las bendiciones del cielo y el rocío sagrado de la divina gracia, y haz que busquemos tu protección y la hallemos, pues el que la halla encuentra en ella la salvación y la vida.

Que seas, ¡oh, Madre!, en las dudas nuestra luz; en las tristezas, consuelo; en los pesares, alivio; y en los peligros y tentaciones, fiel sostén.

Levanta con tu mano poderosa al que esté caído, anima al pecador, fortalece al justo y defiende a la inocencia de los peligros del mundo.

Alcánzanos, Madre Santísima del Rocío, la gracia de ser tus fieles devotos, para que acudiendo a Ti en todas nuestras necesidades, logremos tu protección en esta vida y tu eterna compañía en la otra.

Así sea.

Seguimos por las enredadas callejuelas de la judería, con corredores y pasillos tan estrechos que apenas caben dos personas cruzándose; lo angosto del camino obliga a la cortesía para ceder el paso. Puertas, ventanas y verjas nos descubren paraísos en forma de patios y jardines, grandes o modestos, verdes, frescos y silenciosos.

En la iglesia de Santa Maria La Blanca, el barroco de su artesonado parece haber enloquecido, y nos hace pensar que fue el molde o modelo sobrio de la policromía tropical de la iglesia mexicana de Santa María de Tonantzintla, en Cholula, Puebla. Una Santa Cena de Murillo de gran tamaño suaviza en un rincón la desmesura de techos y columnas. Un cuadro tan dulce y evanescente como sólo lo habría podido pintar él. Los Apóstoles, levantados de sus asientos por una ventolera de veneración, se arremolinan en torno a Jesús, como una enorme voluta más del lugar. Una pequeña y deliciosa pintura, situada en una de las capillas, y cuyo autor desconocemos, nos muestra a Saulo caído, fulminado por la cegadora luz divina.

En la calle Aire, una suave brisa nos invita a levantar los pulmones y, justo al entrar en ella, un conjunto de azulejos nos recuerda que Luis Cernuda vivió en aquella casa. Como queriendo formar parte del recorrido, las baldosas reproducen estos versos del poeta:

Jardín Antiguo

Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolio, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.

Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.

Ver Otra vez el cielo hondo
a lo lejos la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.

Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.

El otoño se estremece de pronto y un aguacero nos sorprende de camino al Museo del Baile Flamenco de Cristina Hoyos. Llegamos con vistosos paraguas comprados como si fuera un milagro de alguna de las Vírgenes que hemos ido visitando, tranquilas y serenas bajo su palio a pesar de su dolor. El Museo se halla en un antiguo caserón, reformado con un gusto exquisito, una declaración de amor a su arte. Recorremos admirados la exposición, seguiriyas, soleares, boleros, bulerías, fandangos, guajiras, tarantas, y la misteriosa y masculina farruca filmada con la que nos obsequian tres espigados y elegantes bailaores. En la planta superior, una exposición de los dibujos de Vicente Escudero, amigo de Picasso y Miró, da razón de su fineza, líneas ingenuas parecidas a las que dibujaba La Chunga, y tan estilizadas como los movimientos de sus brazos y piernas. Otra exposición de fotografías de Colita nos ilustra de forma destacada el mundo del flamenco en la Barcelona de los años 50 y 60, con Antonio Gades y la genial gitana catalana Carmen Amaya como protagonistas principales

Al día siguiente comemos en el Sol y Sombra y, antes de marchar, nos damos un buen paseo y un buen café.

Sevilla es muy hermosa, demasiado. Uno siente el dolor de la pérdida. De la belleza del mundo y del tiempo que galopa.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El peletero/Le gigoló blessé



24 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y nunca me equivoco con las mujeres, siempre sé qué piensan y cual será su próximo paso. Pero con los hombres acierto pocas veces, me desconciertan y me sorprenden, nunca sé qué puedo esperar de ellos.

Muchos y sobre todo muchas, no comprenderán esa afirmación. Eso es así porque no frecuentan los burdeles. Yo sí, soy un cliente habitual y muy asiduo. Mi gordura me obliga a colocarme siempre debajo, las muchachas no quieren sucumbir aplastadas por mi mole, pero esa es otra historia que ahora no viene a cuento.

En los burdeles se compra y vende no sólo carne, ni únicamente placer. Se comercia con la vida y con aquellas cosas que atemperan su dolor. Las mujeres que en ellos trabajan satisfacen los deseos y caprichos de todos los que allí van a parar en busca de ese peculiar analgésico. Unas con profesionalidad, con placer otras, y la inmensa mayoría obligadas por la necesidad, el miedo o la codicia.

A mí no me importan sus necesidades financieras, tampoco el miedo que otros puedan causarles, ni mucho menos la codicia que corroe su corazón. No me importa nada de todo eso, no causa en mí ninguna clase de empatía, ni de simpatía, ni de antipatía. Ésos son sentimientos primarios, de animales hambrientos y asustados, nada más. El trabajo bien hecho que realizan en mi cuerpo deforme lo doy por supuesto, ya está descontado, es tan exigible como el dinero que me piden a cambio. Es una pura y simple permuta que no merece ningún otro comentario. El misterio no está en lo qué ellas me dan, ni el por qué me lo dan, eso es fácil de entender. El misterio está en lo qué yo y otros cómo yo, pedimos y por qué lo pedimos.

Todo el mundo afirma ser generoso, sin embargo el mercado del sexo ha sido próspero a lo largo de toda la historia de la humanidad. Si tal generosidad fuera cierta, nadie habría de suplicar esas migajas que se dan en los burdeles. El mal no está en ellos, el mal se encuentra en sus afueras, ellos sólo son modestos oasis en un desierto asesino.

Todo el mundo creía que el gigoló era él. Hombre, joven, fuerte, guapo y pobre. Ella, mucho mayor, más o menos rica, pechos flácidos, collares para disimular las arrugas de su cuello, ojos pintados para esconder las patas de gallo y sus manos atestadas de anillos para rellanar los huesos de sus dedos flacos. Todo el mundo lo creía y yo también. ¿Qué otra cosa podía ser? Yo mismo fui quien se encargó de cazarlo en su huida cuando intentó fugarse con el botín del chantaje que ella realizó, con mi estimable ayuda, a un viejo amante suyo. Yo fui quien lo buscó y, al encontrarle, arrastrarlo a sus pies, tal y como me lo había pedido.

Se asustó al verme, mi masa corporal no es inteligible a primera vista, se necesitan más de dos ojos para verla entera y más de dos segundos para “comprenderla”. En esos instantes de estupefacción siempre aprovecho para asestar el golpe, luego todo es más fácil.

Como medio hombre lo dejé de bruces ante ella y me fui. Ya no me interesaba qué podía suceder, yo había cumplido con mi trabajo.

Años más tarde, vino a veme a mi despacho después de un encuentro fortuito en una recepción con canapés en una galería de arte moderno. Uno de esos lugares donde la gente es estafada de una manera absolutamente legal y placentera por todas las partes implicadas. Vestía un traje de marca muy elegante, pero cojeaba y le temblaban las manos. Parecía que no se daba cuenta que la salsa de los mini bocadillos se le caía y le manchaba aquella magnífica chaqueta y de allí pasaba a derramarse goteando sobre sus magníficos zapatos de piel de serpiente. Era una lástima todo aquel estropicio. Ella, que lo acompañaba, tampoco se daba cuenta, sólo parecía hambrienta y no paraba de devorar todo lo que los camareros le ofrecían. A pesar de comer con gula, no se manchaba ni el vestido ni los zapatos, pero, en cambio, incluso a mí me dio asco ver sus manos llenas de anillos completamente sucias de grasa, y su pintura de labios corrida cómo si un jovencito inexperto la hubiera acabado de besar.

Pocos días después, él, llamó a mi puerta y me contó su vida.

Yo soy un delincuente profesional sin escrúpulos y de esa falta de escrúpulos es de lo que más orgulloso estoy. Es mi aguijón moral frente al que pocos pueden defenderse, su veneno tiene un antídoto difícil de encontrar. Sin embargo, o precisamente por eso, me convierto muchas veces en consejero sentimental, psicólogo, o sacerdote en su confesionario. Muchos necesitan conocer primero la consistencia del mal para poder tomar luego las decisiones adecuadas, y mis opiniones se parecen mucho a eso que las personas llaman “el mal”. Yo no sé si mis consejos son el mal, lo que sí sé es que sólo pretendo que sean la verdad. Aquel pobre hombre, joven todavía y muy bien vestido, había venido a mí para pedirme ayuda.

No voy a rebelar sus secretos, ni sus miserias. No voy a contar cómo ella lo rescató con sólo trece años de la miseria y la soledad, cómo lo lavó, cómo lo vistió y le enseñó a caminar y a hablar, cómo le dio un nombre. Tampoco contaré cómo consiguió esa mujer enseñarle a usar las manos, ni mucho menos qué habilidad manifestó para amaestrarle los ojos. Cuándo han de permanecer cerrados y cuándo han de mirar qué o a quién sin ser vistos que miran; o todo lo contrario, que todos sepan que están mirando y con qué intención. No diré nada sobre todo eso y ni mucho menos cómo ambos fueron a parar a la misma casa, a compartir la misma habitación y a dormir en la misma cama. ¿Queréis pues que os hable de su amor?, ¿queréis que os cuente cómo dejaron de amarse? ¿He de contaros que ella, al ver envejecer su cuerpo de mujer, empezó a delirar? ¿Que a cada arruga en sus labios aparecía otra en sus ojos? ¿Que dejó de mirar de frente y a no cerrarlos mientras besaba? ¿Necesitáis que os cuente todo eso? ¿Os gustaría estar presentes en sus juegos de cama frustrados y fracasados? Os morís de ganas por verla llorar y gritar, ¿verdad? ¿Y él?, ¿lloraba también?, ¿la engañó con otras mujeres más jóvenes?, ¿o harto de todas ellas quiso convertirse en un homosexual? Hay muchos hombres y muchas mujeres que lo hacen, acaban siendo homosexuales sólo por puro hartazgo del otro sexo.

¿Por qué le robó el dinero y trató de huir de ella? Cuando yo lo encontré en un pequeño motel de carretera estaba solo y únicamente le di un par de bofetadas y cuatro patadas en el hígado, nada más. ¿Entonces, por qué se le ve tan acabado?, ¿por qué le tiemblan las manos?, ¿por qué esas ojeras?, ¿por qué se le escapa ese pequeño hilillo de saliva por entre la comisura de sus labios?

Tal vez queráis que desvele todos esos interrogantes, pero no lo voy hacer. Yo no tengo escrúpulos, pero tengo mis normas que siempre respeto. Pura disciplina. De todas maneras, si creéis que tenéis algo que contarme, pedirme o proponerme, mi número de teléfono es el siguiente: 5555000. Preguntad por “El Gordo”.

jueves, 25 de septiembre de 2008

El peletero inmóvil



20 Enero 2007

Al convertirse en efigie de sal, Sara, la mujer de Lot, inauguró la estatuaria no religiosa. Este relato es también el mito de la fascinación del mal, pues sólo él es capaz de obligarnos a mirar aquello que debe permanecer oculto.

Con un material tan inconsistente y humilde se fabricó la primera estatua de la historia que el viento se encargó de deshacer de inmediato. Pero lo importante no es la sal, ni tampoco su existencia efímera. Lo importante es el desafío que representa con su mirada hacia atrás. Al igual que el sol fundió las alas de Ícaro, el tiempo petrificó a la también osada esposa del único hombre honesto de Sodoma. Su atrevimiento fue castigado con la parálisis, ese misterioso privilegio de los seres eternos, el extraño don de los inmortales.

La violación del tiempo, la irresponsable y arriesgada pretensión de romper su tela, conducen a la inmovilidad santa, donde la única compasión que se permite es la de conceder a los atrevidos una sonrisa etrusca para pasmo y admiración de mortales.

La inmovilidad, como el silencio y la abstinencia, es también otra de las señales de la sabiduría o de la locura tranquila. Todas ellas necesitan del aislamiento y de la lejanía. Necesitan del desierto y de la oscuridad. De la sombra y casi siempre del secreto.

Pero los vivos somos curiosos, irreverentes y obcecados. Nos gusta simular la muerte, imaginar qué cosa debe ser eso de morir. Extraña pretensión pues aun no sabemos con certeza ni siquiera qué significa vivir, aunque sí somos capaces, sin embargo, de percibir el dolor que ello nos produce. Vivir es doloroso, sentir el paso del tiempo es vivir. La capacidad que demostremos en soportar ese dolor dará la medida de nuestro valor. Y ese valor será tasado en la cantidad de poesía que seamos capaces de generar. Eso es la poesía y, por añadidura, el arte, la capacidad de soportar el dolor que produce la percepción del tiempo.

Nuestro afán simulador nos lleva a elaborar estas estatuas humanas que nos encontramos por algunas calles principales de nuestras ciudades y que sólo se mueven si les echamos un poco de calderilla en el sombrero depositado en el suelo, igual que los antiguos autómatas de los recintos feriales que eran capaces incluso de leerte el porvenir a cambio de esas monedas introducidas en la ranura de la máquina. La inmovilidad y el porvenir pronosticado siempre van juntos porque éste se encuentra en aquélla o ésta en aquél, y viceversa.

La estatuaria, la taxidermia, los hologramas, los dioramas, los belenes, sean estos inanimados o vivientes. Las maquetas, las muñecas y los soldados de plomo o de plástico. Los museos de cera, los monolitos y los mojones, señales escultóricas iconoclastas que marcan los lindes. Lo inmóvil delimita el espacio, son los clavos que enmarcan la tela en su bastidor para ser pintada. Entre sus fronteras se desarrollará un drama de mil colores, sus formas nos recordarán lo que somos. Ellas, las figuras, conseguirán ser nuestra sombra.

Mientras nuestro cuerpo se interponga entre el sol y el muro, la sombra logrará ser nuestra emanación del alma, siempre oscura, o medio gris, de contornos difuminados, la que es conocida por los sabios del espíritu como el aura negra.

Y aunque las mejores poseedoras de sombra son las estatuas, inevitablemente fue Velázquez, una vez más, el que nos dio a todos otra lección magistral al pintar a Pablo de Valladolid con un fondo indefinido, abstracto, donde suelo y pared desaparecen y se funden confundidos el uno con la otra en un espacio neutro y sin ninguna referencia, excepto por la sombra pintada a los pies del modelo, casi un trazo, nada más, pero suficiente para ligarlo a la tierra como sólo puede estarlo alguien vivo. Y ésa y no otra es también la diferencia entre pintura y escultura, la misma que hay entre vivos y muertos.

Si alguien puede dudar de una afirmación tan categórica y contundente sólo ha de pensar que las estatuas jamás nos miran a no ser que seamos nosotros los que nos coloquemos en la única línea de intersección entre ellas y nuestros ojos. Instalados en esa delicada trinchera, pasamos de verlas a mirarlas consiguiendo traspasar así el umbral de su ceguera. Este umbral, esta frontera, es inhabitable por definición, nadie puede vivir en ella so pena de convertirse en una estatua de sal.

El peletero/Cassius Clay



17 Enero 2007

El nuestro es un mundo que confunde en demasiadas ocasiones la gloria con la fama. La primera pertenece a los héroes, la segunda a los humanos. La fama es la mera opinión común y compartida que muchas personas tienen de alguien por lo que es o por algo que ha hecho. El escándalo es la variante ofendida, hipócrita o sincera, de la fama. La gloria, en cambio, se obtiene después de realizar una misión imposible para todos los demás, tarea para la que se está predestinado y frente a la cual el héroe no puede eludir llevar a cabo. Triunfará o fracasará en su resolución que es inevitable por ser ineludible.

Cassius Marcellus Clay conoció la gloria, Mohammad Alí, en cambio, la fama y el escándalo, empezando por ese mismo cambio de nombre, al considerar que el repudiado lo era por ser el de un esclavo, y el del Profeta, en cambio, el de un hombre libre. Aunque así fuera, haber mantenido con orgullo el que le dieron sus padres hubiese sido un desafío todavía más valiente, aunque sin duda no más molesto. Muchos de sus primeros admiradores nunca llegamos a entender esta sustitución por innecesaria, su propio ímpetu podía defenderlo sin disfraces culturales. En aquellos años, la lucha de la minoría negra (afro-americana ahora), pasaba por la renuncia explícita a los pilares de la civilización norteamericana.

Persona tan inteligente como controvertida, siempre ha estado rodeado de interesante y viva polémica. A la admiración, el amor, el desprecio y el odio que suscitaron entre sus compatriotas sus opiniones y decisiones, hay que añadir ahora la compasión y la admiración que provocan su lucha contra la enfermedad del Parkinson que castiga sin misericordia ese cuerpo suyo de Titán que en su día fue un portento. Versificador nato, superdotado de mente y materia, sabía usar las palabras tan magistralmente como sabía usar sus puños y su arrogancia sin límites, que desarmaban y derrotaban a sus oponentes antes de subir al ring, vencidos de antemano por aquel hijo de africanos cautivos que durante un corto instante amaron los dioses. El suficiente para encumbrarlo a su lado.

En el fondo, fue un espléndido héroe con los pies de barro porque engalanó su olimpo con las luces equívocas y cegadoras de la fácil corrupción mediática. Los héroes modernos no disponen de Homeros a su servicio, a lo sumo del chasquido del neón y de los rayos catódicos, que con una facilidad pasmosa convierten la gloria en fama.

Nunca más veremos su cuerpo imponente, pesado, ligero y bien formado, “revolotear como una mariposa y aguijonear como una avispa”. Nunca más. Eso sucedió el 25 de febrero de 1964 en Miami Beach, Florida, cuando Cassius conquistó por primera vez el título de los pesos pesados frente al grandísimo Sonny Liston. Jamás tal proeza volverá a ocurrir.

viernes, 19 de septiembre de 2008

El peletero y el sexo



13 Enero 2007

La pintura escandalosa más famosa de la historia es, seguramente, la orgullosa “Olimpia” de Manet. Sin embargo Marià Fortuny, con mucha más modestia logró retratar a la joven gitana Carmen Bastián, levantándose solamente la falda para mostrarnos explícitamente a todos los que la miramos su tupido sexo.

Carmen es una muchacha, espléndidamente guapa, morena, de piel canela, tostada como una piña y perfumada de sí, que jugando se resiste a eso que el pintor le pide y que, jugando también, finalmente se deja convencer por él. Y entre risas y picardías se levanta la falda para mostrarnos su segunda boca, frondosa, salvaje, secreta y también voraz. Tumbada de derecha a izquierda no esperaba nuestra visita, pero ya que hemos llegado y sin conocernos nos ofrecerá aquello que sólo unos pocos sabios tienen la valentía de llamar “la bondad de las mujeres” y que es mucho más que la hospitalidad y la buena compañía. Es un misterio que pocos hombres tienen la suerte y el placer de disfrutar verdaderamente. Y que tiene su contrapeso en lo que algunas pocas mujeres sabias aciertan en llamar “la bondad de los hombres” y que es mucho más que su ternura y pasión.

“Olimpia” es completamente distinta. Sentada de izquierda a derecha ella sí que nos está esperando. Con aire altivo no se sorprende de nuestra visita, ya sabe quiénes somos y a qué hemos venido. Manet la pintó con un fondo oscuro, como la piel de su sirvienta, para que así las sábanas blancas de su cama acojan debidamente el sonrosado de su carne. Este contraste de colores, claridades y oscuridades consigue proporcionar tanto volumen a su cuerpo desnudo que acaba por sobresalir del cuadro y permitirnos a nosotros, espectadores deslumbrados, tocarla. Su mano izquierda se posa sobre su muslo derecho ocultándonos el vello de su pubis, si es que aun lo conserva. Más recatada en su postura que la Maja de Goya, es sin embargo más descarada por su mirada directa y desafiante. Inquisidora, nos observa y examina, y según sea lo que le demos, ella nos dará, simulando darse para que le demos más de lo que ya les hemos dado, que es más de lo que nos ha pedido, que ya es mucho. Y después de nosotros, otros, y otros más después, en fila o sentados en sus salones degustando el placer de mirar las pinturas de mujeres desnudas colgadas de sus paredes, o a esas mismas mujeres paseando holgazanas ante nosotros o sentadas indolentes a nuestro lado. Ese es el trato, pues hay trato. Amor tratado para que parezca que no hay trato o para que parezca que no hay amor que de todo hay en los salones de Olimpia, esa mujer que consigue estar erguida estando tumbada, sin ni siquiera mirar las flores que la esclava le lleva de un admirador.

James G. Ballard publicó en 1991 “La bondad de las mujeres”. Novela autobiográfica, donde narra, entre muchas otras cosas, la muerte de su esposa y las relaciones que mantiene con varias mujeres. En ningún momento se menciona el título de su libro, ni explícita, ni implícitamente. No hay ningún párrafo donde aparezca la frase: “la bondad de las mujeres”, dejando pues al lector el trabajo de deducir y averiguar en qué consiste tal cosa, si es que tal cosa existe y no es una mera invención de su autor, de alguien, de un hombre, profundamente afligido por la muerte accidental y desgraciada de su esposa y medio enloquecido por la deriva de drogas y alcohol en la que sumerge su vida a partir de entonces, y donde debe asumir la promiscuidad salvaje de una de sus amantes que va y viene sin decir ni hola ni adiós. ¿Dónde está pues esa bondad?, ¿es la que le muestra su cuñada cuando lo recibe después de enterrar a su esposa?, ¿es ese sexo que le regala en el momento más amargo de su vida para así apagar sus lágrimas y su dolor?

Lawrence Durrell publicó en 1957 “Justine”, la primera de las novelas de su “Cuarteto de Alejandría”. En ella, un hombre que debe cuidar de una hija que no es suya, se enamora de una mujer, Justine, que tampoco es suya. Ella le corresponderá tanto como mucho y tanto como nada. Yendo y viniendo, estando y marchándose, en una Alejandría que, ahora sí, ya no existe.

Esa Justine de la que nos habla Durrell, no es la fantasía que se imaginó el Marqués de Sade, sino una de peor, la real, ésa que está de espaldas a nosotros, entre sombras, allí al fondo, en aquel rincón oscuro. Ésa de la que sólo ves su cabello negro cayéndole sobre los hombros desnudos y el cigarrillo encendido en su mano izquierda. Ésa de la que no puedes ver todavía su rostro, a no ser que te acerques lo suficiente. Si lo haces, si te atreves a mirar, has de saber que corres peligro de muerte inminente. Y que lo sabrás enseguida al verla, sabrás que vas a morir irremediablemente en vida y que a pesar de eso, atrapado y angustiado, estás dispuesto a soportar tal condena.

Fortuny murió joven, como corresponde a todo un virtuoso que llegó a ser un genio. A pesar de su corta vida tuvo el tiempo suficiente y el privilegio de retratar a Carmen Bastián, esa niña mujer que le enseñó -y al enseñárselo a él nos lo enseña a todos- aquello que otro pintor, Courbet, llamó: “El origen del mundo” y del que pintó un primer plano memorable. Difícil trabajo ese de pintar, y más difícil todavía ese de enseñar para que miremos y no dejemos de mirar aquello que fue creado para ser mirado y escondido.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El peletero/El truco



10 Enero 2007

El robo era complicado pero el plan era muy bueno y el premio mucho mejor. Valía la pena arriesgarse ya que el peligro en realidad era muy pequeño, o eso pensábamos. No necesitábamos ni tener una coartada preparada, lógicamente el dinero se encontraría a faltar, pero nadie nos vería robarlo. Nadie vería nada, un buen truco de magia que ni cien cámaras de televisión podrían descubrir. Eso sí, uno de los ángulos había de permanecer ciego, ésa era la clave. Así como los naipes del prestidigitador necesitan un tapete verde, nosotros también.

El plan era tan bueno que incluso merecía ser ensayado en la realidad. Así lo hicimos, robamos diez mil dólares, salió perfecto. Pero diez mil dólares son calderilla, queríamos naturalmente muchísimo más. La calidad del truco merecía una codicia mucho mayor y la nuestra era enorme. Lo malo fue que no pudimos encontrar un tapete verde adecuado para tanto dinero, no cabía en nuestros bolsillos y se nos caía de las manos, llenas a rebosar. Así nos cogieron, nuestro ángulo ciego resulto ser sólo tuerto. El exceso nos perdió y en la cárcel nos perdimos varios años.

Al salir libres disfrazamos la codicia con la paciencia. Y así, poco a poco, nos propusimos acumular mucho. Pero el truco ya era conocido, la policía no es tonta y según se vio, nosotros sí lo éramos, pues volvimos a parar en la cárcel un tiempo después. Más años de condena, y además por reincidentes, demasiado tiempo encerrados esta vez. Así que decidimos huir, un buen truco de magia nos serviría, uno de aquellos en los que desaparece gente, entran en un baúl y luego cuando se vuelve a abrir no hay nadie, eso nos serviría. Estuvimos bastante tiempo planeándolo, perfeccionando y probando el truco. Al final, entrábamos y salíamos cuando queríamos, lo habíamos conseguido: íbamos de la cárcel al baúl y del baúl a la cárcel y nadie nos lo impedía, así que un día decidimos no volver. Desde entonces estamos encerrados y encogidos en un doble fondo de un baúl que no nos permite ni estirar las piernas, es bastante incómodo y con el tiempo ya empieza a ser doloroso, pero estamos contentos porque nuestra huida ha sido todo un éxito. Esta vez hemos sido más listos que la policía que aun no ha descubierto nuestro maravilloso truco.