viernes, 3 de abril de 2009

El peletero/El ojo y el negro (11)



21 Enero 2008

Querido Teodoro,

¿Recuerdas las palabras de nuestro padre?, ¿recuerdas lo que dijo cuando tuvo que matar a aquel luterano para defenderse? Yo sí lo recuerdo, él decía que en esta vida hay que tratar de ser justo y eso significa ser imparcial y procurar que cada uno obtenga lo que se merece, pero que una cosa es ser imparcial y otra muy diferente es ser neutral, y que por eso, él sería siempre fiel a Roma y al Papa. Deja la política para los demás.

Por otro lado ya sabes que no se puede dar misa y repicar las campanas al mismo tiempo, así que limítate a hacer lo que tú sabes hacer bien, que son solamente dos cosas, pintar, y cuidar y querer a Marta.

Las mujeres en esta parte del mundo somos así, si las quieres todas terminarás por no tener a ninguna, tal vez sea eso lo que le ocurre a tu amigo Saverio.

Tal vez sea eso, o… tal vez no.

En todo caso, gasta la pintura que sea necesaria para pintar esas ubres descomunales que hasta a mí me dan ganas de acariciar, pero que tú no debes acercarte a menos de cuatro pasos de ellas. ¿Me has oído? Como me entere por Marta que has intentado beber la leche de otra mujer que no sea ella, me subo en el primer barco, te bajo los pantalones y te azoto como a un niño. Aunque creo que Marta sería perfectamente capaz de hacerlo sin mi ayuda.

Y déjate de tonterías sobre los mares del sur, esclavas guapas o libres, el genovés te ha llenado la cabeza de sueños de pájaro.

Christian ya está organizando la primera expedición a Génova de pieles de castor americano. Le han llegado puntuales las letras de cambio que los hermanos Iván y Milton negociarán con su propio banco. De momento todo está saliendo bien y a nosotros nos tocará una buena comisión de este negocio que no me gusta, y no me gusta porque le gusta demasiado a Pablo.

De momento está ayudando a Christian en diferentes tareas, es un muchacho listo y creo que también inteligente, pero estas remesas de pieles americanas le hacen soñar con los paisajes de este maldito continente que se lleva más vidas que las que trae. Quien se marcha no regresa.

Además Iván, el judío que elige las pieles, es otro charlatán como Saverio, no para de contar historias de mares lejanos y perdidos, va detrás de todas las mujeres que se le ponen al paso, a todas les dice algo simpático y lo peor de todo ello es que lo es, el muy sinvergüenza, es simpático sin apenas saber hablar la lengua de aquí. Esos judíos hablan de todo un poco, casi parece una jerga que sólo ellos conocen. El caso es que se ha hecho amigo de Pablo y mi hijo se queda embobado escuchándole. Christian no le da importancia, no presta atención a esas cosas, y todo eso es importante, parece que le dé igual que se vaya, que cualquier día alguien nos diga que se ha embarcado.

Por eso, cuando Saverio me enseñó el rostro de su esclava, la miré con aprensión y recelo. Tú te encaprichaste de una ramera negra, que según decías, aunque oscura por fuera, por dentro tenía la carne igual que una cristiana antigua. Que sus labios podían tener el color de las heces, pero que su lengua era pura carne tierna de lechal. Y luego se me presenta tu amigo genovés y me habla de no sé quién demonios de india que en su país no debería ir ni vestida. Y además, en tu última carta, me recuerdas a Isaac, quien al morirse en el parto Sofía, su amada, y en lugar de dejar a su hija recién nacida en custodia, en casa de su suegro, se la lleva con él y embarca hacia no sabemos dónde, al Este afirmaban, buscando el sol naciente, decía él aquella mañana que se fue con la pequeña en sus brazos. Aquel día me morí de pena.

Estoy rodeada de hombres que quieren irse no sé a donde en busca de soles que no existen y de mujeres salvajes que huelen a frutas y a madera, mientras nosotras olemos a sebo y a sangre muerta. Además, llega un genovés que tiene la perversa costumbre de perfumarse como hacen estos afeminados franceses.

-¿Por qué viajáis solo?, le pregunté a Saverio. ¿Nadie os espera en vuestra casa?

-Sí, me respondió sonriendo, un secretario de cabellos grises y de mirada macilenta.

-¿Os burláis de mí?, le pregunté ofendida.

-Sí, me burlo de vos, querida Silvia, me burlo porque os respeto, me respondió con desfachatez.

-¿Y eso?, ¿cómo se come?

-Como a vos os apetezca, me burlo porque hacéis preguntas que ya deberíais haber respondido.

-Debo de ser tonta, pues.

-Viajo solo porque soy un hombre solo. ¿No habíais conocido antes a ninguno?

-No.

-Pues lo habéis tenido siempre enfrente, delante de vuestros propios ojos, casi lo criasteis vos.

-¿A quién os referís?

-A vuestro hermano. Teodoro es un hombre solo.

-Me tiene a mí y ahora a Marta.

-¿Y qué?

-¿Cómo que, y qué?

-Teodoro no tiene a nadie, ni a vos, ni a Marta. Nunca tendrá a nadie, apenas su pintura… ¿No sabéis reconocer a alguien solo? También hay mujeres solas, menos, pero las hay. Si no son ricas son putas o santas, y las que no son ni una cosa ni la otra terminan locas.

-¿Por qué me habláis así?, sin ninguna clase de respeto y con ese sarcasmo hiriente.

-¿Os he herido?

-Sí, lo habéis hecho y no comprendo por qué. Os debería echar de mi casa.

-No lo hagáis, ya me voy yo, y disculpad ese daño que decís que os he causado.

Se levantó, se puso su jubón y su capa, el sombrero, me hizo una reverencia y me dio la espalda dispuesto a irse.

-Esperad, le dije.

-¿Sí?

-¿Qué es estar solo?

-Eso que estoy haciendo ahora, irme.

-Por vuestra culpa en todo caso, tenedlo presente, no me la adjudiquéis a mí, no seáis injusto.

-No lo soy, es por mi culpa sin duda.

-¿Irse es estar solo?

-Sí, estar solo es no tener casa, siempre te estás yendo de todas partes.

-¿A dónde iréis?

-¿Dónde queréis que vaya?, al camino, en el fondo es lo que me gusta, no me quejo, a veces lloro, pero no me quejo, lo busco.

-¿Y esas que decís son amigas vuestras?

-¿Quiénes?

-Amparo y Magdalena.

-¿Qué queréis saber de ellas?

-¿Qué son para vos?

-Amigas.

-¿Un hombre puede tener amigas?

-Si ambos viven lejos y se ven poco, sí.

-¿Y si no?

-Si no… tampoco.

-No me hagáis reír. ¿Tampoco o también?

-¿Queréis ser mi amiga?

-Si me prometéis ser más educado y amable, sí.

-Os lo prometo.

-Entonces seré vuestra amiga

Me pidió la mano y se la di, y con la suya ya enguantada me la giró, quedando mi palma hacia arriba, la besó, besó la palma, justo en el centro.

Cerró mi mano sobre sí misma mientras me miraba, y… se fue.

Besó la palma de mi mano,
mi mano entre sus labios,
y sus labios en mi mano.


Parece un poema, y...una premonición, un deseo de pájaro alto.

No de esos que dicen que levitan, de esos no, no es el deseo de un santo ni de un místico. Es el deseo de uno de esos que vuelan con sus enormes alas extendidas y su pico curvo, tan duro que rompe el hielo y libera al sol.

Decís los hombres que las mujeres estamos locas y tenéis toda la razón, estamos tan locas como lo estáis vosotros. Y las que estamos solas y no somos ni ricas ni putas ni santas, lo estamos más.

Pareció un poema,
pero sólo fue un beso.
Un beso de un hombre solo,
en una mano vacía de mujer,
que no en una de mujer vacía.
Sólo fue un beso,
pero pareció un poema.


Querido Teodoro,

Así terminé la carta ayer, pero hoy es otro día. El sol es distinto y el viento sopla del norte, ya sabes qué significa eso. Frío.

Así pues…no te aproveches querido hermano que al final, transcribiendo la conversación con Saverio, me haya ablandado como una papilla para niños o para ancianos. Recuerda todo lo que te he dicho al principio de la carta. ¿Lo harás?

No lo olvides, si no te azotaré como a un niño. Como a un niño de teta, eso que según parece ahora eres. Se comedido y no te atragantes.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.

PD. Teodoro, ¿de verdad te sientes solo? ¿Tan solo que lloras algunas noches? Si es así no te lo calles. Estar solo y ser mudo es doble castigo. Yo quiero a mi familia, pero veo en los ojos de Pablo los tuyos y los de Saverio, y tengo miedo, tengo miedo de verdad. Por eso me casé con Christian, sus ojos miran diferente, a veces incluso, demasiado diferente.

Si recibes noticias de Saverio no te olvides de contármelas.

jueves, 2 de abril de 2009

El peletero/La Máquina

17 Enero 2008

Ah, lo que tú quieres saber, jovencito,
quedará como no preguntado, se perderá sin ser dicho.

(Pier Paolo Pasolini, entresacado de una conversación con el adolescente Bernardo Bertolucci)


Las máquinas fallan y lo hacen muy a menudo.

Pero los humanos fallamos más.

En realidad las máquinas no deberían fallar nunca, para eso son máquinas, nos sustituyen allí donde no llegamos. Hacen aquello que nosotros no alcanzamos ni podemos hacer más que a través suyo, pues ellas mismas somos nosotros, ¿quién si no las ha pensado y construido?



Una prótesis, una válvula del corazón, un empaste dental, un antibiótico, un lavaplatos, unas pestañas postizas, un simple cuchillo para cortar el pan… Cualquiera de ellos es una máquina. Hemos poblado nuestro paisaje de artilugios, artefactos, ingenios y aparatos que nos ayudan en todo aquello que creemos necesario. Incluso pueden llegar a convertirse en un amigo, en un compañero de juegos, en el símbolo de alguien, en aquello que evoca nuestro recuerdo, quizás llegue a ser el recuerdo mismo, o tal vez hasta ese alguien.

Un conjuro mágico es una máquina, lo es una premonición, una adivinanza. Un libro también lo es, lo es la poesía y todo el arte. Lo es cualquier “constructo” humano, una fórmula matemática, una disertación, una simple idea.

Una simple barra de pan.

Y también lo es el erotismo, el sexo practicado por humanos es un puro artificio. Con él conseguimos elevarlo a la suprema categoría que la estética puede alcanzar, a su máxima condición, ésa que todos conocemos por el nombre de ética.

Y que popularmente se conoce por amor, olvidando añadirle el adjetivo de “erótico”, el término exacto es, “amor erótico”, colindante con el otro, con el Amor sin adjetivos, el tesoro de la creación, el mismísimo corazón de Dios.

Nuestras máquinas apenas las estamos empezando a fabricar, el tiempo que llevamos es mera prehistoria comparado con el que ha de venir. Desde grandes naves interplanetarias a quánticos componentes para la nueva era de la informática. Vacunas y nuevas medicinas que casi nos convertirán en inmortales.

La revolución que se nos avecina dejará pequeños, mudará en enanos, en verdaderos ciudadanos de Liliput, a Marx y a su amigo Engels.

Las máquinas son una maravillosa metáfora de la compañía y también la perfecta lección de que la mejor compañía siempre somos nosotros mismos.

¿Esa fue la pretensión de Dios al crearnos? ¿Construir su mejor compañía a través del mismo material del que Él está hecho? ¿Acompañarse a sí mismo? ¿O precisamente todo lo contrario?

¿Dios quiso con nosotros construir verdaderamente al Otro?, ¿ese terreno desconocido, siempre difícil, incluso peligroso? Porque… la verdadera aventura, la auténtica épica siempre es descubrir ese nuevo continente, sea un desierto, una selva, montaña o valle, tierra o mar, que es…



…el Otro.

La pregunta crucial tal vez no sea, ¿qué hay después?, sino, ¿quién es ése?

Blade Runner y su autor Philip K. Dick, que no pudo anticipar ni imaginar los teléfonos móviles o celulares, terminará acertando con sus replicantes y los talleres piratas de ojos, riñones, o pedazos de cerebro con la memoria que uno quiera, a elegir según menú, o diseñada a medida.

Blade Runner tiene un momento tierno que no es amoroso a pesar de la belleza de sus protagonistas, de Harrison Ford (joven y atractivo), de Sean Young, especialmente espléndida al final de la película con su maravilloso abrigo de piel auténtica. Por suerte la película de Ridley Scott todavía no había sido contaminada por la epidemia ecologista y ese amor tan infantil por la naturaleza.

Los replicantes son máquinas muy parecidas a los humanos, lo son tanto que únicamente expertos en ellas pueden distinguirlas de los auténticos hombres y mujeres. Máquinas diseñadas para tareas específicas y con una fecha de caducidad habitualmente muy corta.



Ese momento tierno mencionado es cuando el ingeniero principal del proyecto que fabrica los replicantes, J. F. Sebastián (William Sanderson), aquejado del síndrome de Matusalén, que lo envejece prematura y exactamente igual que les sucede a sus criaturas, esas que él mismo diseña, es visitado por una de ellas, Rutger Oelson Hauer interpretando el papel de Roy Batty, un peligroso replicante de la serie “Nexus 6”.

Roy Batty ha huido junto con algunos compañeros más, y de algún confín de la galaxia han regresado a la Tierra para hacer una pregunta.

El apartamento del ingeniero es enorme, parece un palacio romano o palermitano, en un edificio vacío y ruinoso, del que te sorprendes que todavía funcione el ascensor. Es un hombre, tímido y físicamente poca cosa, que juega al ajedrez por teléfono (Philip K. Dick tampoco anticipó Internet) con el Gran Jefe de la Tyrrell Corporation, la que fabrica esos ingenios, mitad máquinas, mitad no se sabe qué.

Es un hombre solo que ha poblado ese apartamento, mitad palacio, mitad devastación, de muñecos articulados, juguetes vivos, medio hombres y mujeres y medio marionetas independientes. Entes locos que tropiezan contra las puertas, dan media vuelta y vuelta a empezar, para que a la tercera o cuarta intentona traspasarla sin darse de bruces contra ellas o las paredes cercanas. Parecen soldados de plomo, pero están hechos de carne, carne humana con una fecha de caducidad diferente a la nuestra.

Roy Batty quiere saber por qué se le termina su tiempo. Él es un ser construido para combatir. También desea saberlo Rachael (Sean Young) que al principio ignora que lo es, pero que la han diseñado para satisfacer a los hombres y darles placer. Ambos son casi humanos o quizás más humanos que nosotros mismos.

Roy Batty, la máquina, visita a J. F. Sebastián, su “padre” y a través de él consigue llegar hasta el Presidente de la Tyrrell Corporation, su “Dios”.

Quiere verlos para preguntarles ¿por qué? Ni uno ni otro son capaces de responderle, ni el Padre ni El Espíritu Santo conocen la respuesta. Y el Hijo no está presente o quizás lo sea esa misma máquina que llora en brazos de su creador, ésa que llena de miedo y que, faltada del mínimo cariño, termina por matarlos a ambos.



A mí también me gustan las máquinas, como le gustan a Caín, el ángel libre que aúlla porque no sabe llorar. Y me gusta que las máquinas salven vidas y den placer. Me gusta que las máquinas nos acompañen, me gusta conversar con ellas de la misma forma que lo hago con las lagartijas verdes con rayas oscuras.

También me gusta el palacio barroco que he comprado. He debido sobornar a un funcionario y a dos políticos para que no lo declarasen edificio de interés arquitectónico. En él me he recluido, es austero, con pocos muebles, pero con la mejor tecnología en comunicaciones que he sido capaz de reunir. Incluso me he instalado en la azotea un potente telescopio y en mi estudio un avispado microscopio.

En mi enorme alcoba solamente hallaremos una cama baja, casi japonesa y casi de monje; una mesita para depositar la lámpara y algún que otro libro y en un rincón, en el otro extremo, un pequeño armario con ropa; ¡ah!, y una silla para depositar la ropa que me quito cuando me acuesto.



En el último piso he instalado mi taller, donde construyo esas máquinas, y a través de mi página web, las vendo como si fuera un inventor estrafalario.

Naturalmente lo soy, estrafalario, pero soy inofensivo y simpático. Y todos aquellos y aquellas que se atreven y vienen a comprármelas directamente a mi casa, -para, así de paso, aprovechar y conocerme-, me llaman artista o me apodan directa y cariñosamente, “Leonardo”.

Yo se lo agradezco haciéndoles una rebaja en el precio. Y alguna que otra muchacha jovencita, demasiada niña aún, y bastantes mujeres de todas las edades, me besan y me piden que me acueste con ellas, como si yo también fuera una máquina. Gustoso les digo que sí a todas, a unas y a las otras, a las niñas y a las ancianas, me gusta hacer el amor con ellas, con todas ellas. Algunas son tiernas y dulces y otras salvajes y guerreras. Unas me dicen “ven” y otras me piden que espere, y mientras espero se me desnudan delante de mis ojos con la mejor y más seductora de las danzas, no necesitan música, o son ellas mismas las que me cantan, con su propia voz o con la alegría de su deseo.

Después hacemos eso que me piden. Algunas regresan, y todas se van satisfechas y contentas a casa donde las espera su esposo, novio, compañero o robot.

Las máquinas se rompen y lo hacen muy a menudo.



Pero los humanos nos estropeamos mucho más.

Yo ya he de tomar una de esas pastillas que ayudan a la erección, son formidables, unas máquinas perfectas que gracias a ellas y a pesar de mi edad, puedo todavía complacer bastante dignamente a mis queridas clientas.

ECCE HOMO

Sí, yo sé de donde procedo.
La llama no me sacia,
quemo y me consumo.
Todo lo que toco se convierte en luz
y carbón todo aquello que dejo:
es muy cierto que soy una llama.

Friedrich Nietzsche


Esas fueron palabras del gran filósofo alemán, pero que hubieran podido ser perfecta y normalmente dichas también por, Roy Batty, “replicante” de la serie “Nexus 6”. Nadie de nosotros se hubiera sorprendido al oírlas de su propia boca mientras, inexorablemente, se le expiraba su tiempo.

Ellas también, las palabras del poeta, y todos nuestros momentos “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

“Es hora de morir”, dijo Roy Batty.

Y murió.

miércoles, 1 de abril de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (sobre Arte)



14 Enero 2008

AUGUSTUS Y FIDELIUS son dos personajes, padre e hijo, que “El peletero” ya utilizó una vez y de manera paródica, haciendo pasar sus conversaciones como textos estoicos del siglo II, en el post titulado: “El peletero en la torre”

-Queridísimo Augustus, y al mismo tiempo amadísimo padre, ¿puedo preguntaros algo que hace tiempo me tiene intrigado?

-Naturalmente que sí, Fidelius, pregunta lo que quieras hijo mío, trataré de responderte, lo mejor que sé, que no es mucho.

-Venerado padre, la comida puede ser sofisticada o sencilla, sus ingredientes exóticos o de la huerta de nuestra propia casa. Su elaboración es obra casi de químicos y alquimistas o bien de gente llana como nosotros, la comida simplemente hervida o asada, a fuego lento, procurando y vigilando únicamente que la carne no se queme o el arroz no se pase. La presentación también puede ser escueta o bien muy elaborada, casi como esculturas, monas de pascua o sombreros como los que lucían las damas en la Corte francesa de Luis XVI, diez años antes de su ejecución en la “guillotine”. A pesar pues de todo ello, de todas esas enormes diferencias que hay entre unos platos y otros, cualquiera puede comer de cualquiera de ellos.

-Así es Fidelius.

-Pero, ¿no es verdad también, padre mío, el dicho que afirma que la miel no está hecha para la boca del asno?

-Es cierto el dicho en relación al goce del ágape, nada más, allá cada cual con su capacidad de disfrute y deleite, amado hijo mío.

-Entonces, cualquiera puede tragar y masticar aquello que le plazca. ¿Es así?

-Así es, efectivamente, allá cada cual con su lengua y su bolsillo.

-Entonces admirado padre, ¿me equivoco si afirmo que el Arte es igual que la comida? ¿Y que no hay diferencia entre lo que nos llevamos a la boca y lo que mostramos a nuestros ojos, o procuramos que oigan nuestros oídos?

-No te equivocas Fidelius, pero dime, ¿por qué me lo preguntas?

-Os lo pregunto porque para leer un texto escrito en mandarín, hay que saber esa lengua. Pero según parece el Arte está escrito en una lengua que todos podemos entender.

-Es verdad Fidelius, todos tenemos boca para comer y ojos para mirar aquello que nos plazca, pero no es exacto afirmar que eso que llamamos Arte esté escrito en una lengua universal.

-¿No?

-No todos miramos igual, ni tampoco miramos las mismas cosas, Fidelius.

-¿Pero vemos lo mismo?

-No siempre.

-¿De qué depende?

-De lo que sabemos, y lo que sabemos depende de lo que aprendemos, y aprendemos lo que nos enseñan y lo que nosotros queremos y somos capaces de saber.

-Querido padre, dicen que la música sí es un lenguaje universal.

-Amado Fidelius, la música es una forma de ordenar el tiempo. El tiempo sí es universal, pero cada uno, cada familia y cada tribu lo ordena como quiere. El ser humano es casi eso, un archivista, alguien que ordena y jerarquiza el mundo. Alguien que quiere descubrir su protocolo.

-Augustus, si digo que cada idioma, cada lengua, es una manera distinta de cantar, ¿estaré en lo cierto?, ¿crees que es una metáfora correcta?

-Sí, amado hijo, lo es.

-¿Augustus?

-Dime, Fidelius.

-¿Has dicho que también miramos diferente?

-Sí Fidelius, también miramos distinto.

-¿Qué es distinto, amado Augustus?, ¿la manera de mirar o aquello que miramos?

-Ambas cosas.

-¿Es igual ahora que antes?

-No Fidelius, no es igual ahora que antes. Las artes plásticas concebidas a la manera tradicional están muertas, no hay otra manera de decirlo. El suyo es un mundo endogámico y que se alimenta de sus propios excrementos, coprofágico. Todo él es una perversión y un gran malentendido. Pero aquello que empezó a matarlo a finales del siglo XIX y a primeros del XX, -la aparición de eso que se conoce como “vanguardia”, y antes que ella, el movimiento romántico- es una de las grandes “ideas fuerza” que se han inventado, es tan grande su poder que llega hasta hoy.

-¿Por qué es grande su poder? ¿En que consiste?

-Amado hijo, hoy eres muy inquisitivo, pero yo te he enseñado a serlo, así que me siento orgulloso de tus preguntas al igual que del nombre que te di. Fidelius, su poder consiste en dos cosas, en el subjetivismo y en la novedad. La primera enfatiza y da valor a la “sensación”, la segunda es la coartada filosófica y moral que esconde su mercantilismo.

-Yo también me siento orgulloso de pronunciar el tuyo, padre. Augustus es el mejor que mi abuelo podía darte. Pero déjame afirmar que según mi criterio, nada de lo que alegas es malo, ni siquiera la mercantilización del arte.

-No lo es Fidelius cuando se afirma y no se esconde, los artistas también tienen derecho a vivir. Pero sí es malo cuando se disimula hipócritamente. Y es malo el subjetivismo cuando no se es exigente. Todo el mundo tiene “emociones”, pero no todas las emociones son iguales. De esas dos cosas que configuran el poder de esa “idea fuerza”, la primera democratiza el consumo de arte, no se necesita nada más que ponerse delante de la obra para “experimentarla”. Te gustará o no, la disfrutarás o no, eso es lo de menos, lo importante es que cualquiera es capaz, no se necesita saber nada para “apreciar” el arte. Ésa es una idea, una argumentación, que como te puedes imaginar ha tenido un gran éxito popular. Uno de sus corolarios es la confusión entre espontaneidad y creatividad y la conclusión de que el “saber” coarta la libertad, esa espontaneidad y la necesaria creatividad que todo artista, obviamente, necesita.

-¿Qué piensas querido padre, de la enseñanza moderna en relación a estos asuntos del arte de los que hablamos? Ya sabes que yo soy maestro, enseño a criar y a entrenar gallos para pelear.

-Pues ya debes suponértelo, amable Fidelius. En relación a estos malentendidos que mencionaba, uno de sus compañeros de viaje han sido también todas las corrientes pedagógicas modernas, muchas de las psicológicas y alguna de las sociológicas, y que tú debes conocer muy bien y que yo, con mi habitual exceso verbal, califico, como una de las más grandes estafas del siglo XX y XXI y que debería estar prohibido por ley ser pedagogo, y que todos los que actualmente ostentan y lucen semejante título deberían estar directamente en la cárcel o condenados a trabajos forzados.

-Sí, conozco perfectamente vuestro exceso verbal Augustus. Es desmesurado, pero es un acicate.

-Fidelius, hay que procurar dejar claras también dos cosas. Una es que las artes plásticas no se limitan únicamente a la pintura, o al arte de “salón”, de este arte pensado y realizado exclusivamente para el galerista, el coleccionista y el museo. A alguien puede gustarle coleccionar algo, desde sellos de correo a vello púbico, como hacía el Marqués de la “Escopeta Nacional” de Berlanga. Pero es una contradicción en sí mismo construir algo directamente para el coleccionista. Cuando eso sucede hay algo que no funciona. Y casi todo el “arte plástico que ocupa y del que se ocupan la mayor parte de los media, es eso. Material de colección, como esos fascículos que ponen a la venta los quioscos de periódicos.

-Pero Augustus, padre, todo el mundo tiene derecho a decir o hacer lo que le parezca, ¿no?

-Sí, naturalmente, precisamente por eso Fidelius, la segunda cosa importante que hay que resaltar es la legitimidad de la obra del “artista”. Él tiene derecho a decir lo que quiera mientras no viole ninguna ley. Ley avalada y promulgada por un Parlamento democrático.

-¿Entonces?

-Entonces, de esa legitimidad podemos extraer una conclusión válida y también importante, que es: de cualquier cosa dicha, cantada, escrita, dibujada, pintada, fotografiada, podemos aprender. Con cualquiera de esas técnicas se pueden decir verdades importantes, desvelarlas ante nuestros ojos y oídos igual que si abriéramos las puertas de una habitación cerrada. Dentro puede esconderse el Paraíso o agazaparse el Infierno. ¿Entiendes lo que te digo, Fidelius, hijo querido?

-Sí, lo entiendo. ¿Es eso poesía?

-Félix de Azúa nos dice que la poesía es la verdad del Arte, pero también afirma con absoluta seguridad y convicción, y sin ningún asomo de duda, que el Arte está muerto.

-¿Por qué Augustus?

-¿Por qué?, porque ya no cumple la función por la cual nació, que es la de representar el fuego sagrado, alrededor del cual se reúne la comunidad, escenificando la liturgia a través de la cual se explica y narra el mito fundacional de la que nació, las claves psicológicas que definen su identidad. Solamente así, cuando la comunidad sabe “quién” es, sabe también “qué” debe hacer.

-¿Y por qué no cumple esa función?

-El Arte ya no cumple esta función porque nuestras comunidades aparte de matar a Dios, mataron también al padre, a la madre y al hijo y a la hija. Las nuestras son sociedades huérfanas y la civilización de la que surgen es cada día más una civilización muda, a la que se le van muriendo los símbolos y las palabras. Nos vamos quedando sin habla y sin memoria, exactamente igual que un enfermo de Alzheimer.

-¿Tan grave es?

-No sé si es grave o no, yo solamente sé que aquello que nuestra civilización hace o dice ya no tiene referentes, la tradición también agoniza (entre otras cosas porque los mismos artistas abominan de ella como si fuera un lastre. Esa quiere ser su coartada moral, cuando en realidad no es más que la disculpa de un deudor que no tiene un céntimo para pagar su deuda, o responder y contrarrestar su propia ignorancia de las cosas. De aquí el elogio del ignorante que está orgulloso, y así lo manifiesta en público, de no saber nada) Y ya no hay palabras que puedan construir un “relato” más o menos coherente de, como mínimo, lo que hacemos o dejamos de hacer. La novedad no es enemiga de la tradición, pero muchos no lo entienden así. Ya decía Eugeni D’Ors que todo aquello que no es tradición es plagio. Y Paul Valery afirmaba también que “lo que no se parece a nada no existe”

-Así pues, ¿no hay arte? Y si no lo hay, ¿qué hay?

-Hay objetos y gestos estéticos. Hay adorno, hay un cierto orden, algo de técnica constructiva. Hay algún manifiesto, denuncias gratuitas, algún propósito, una cierta predisposición, un intento. Hay manierismo, se hacen cosas “a la manera de”.

-Así pues, ¿en lugar de Arte hay moda?

-Eso es Fidelius, hay moda y gastronomía.

-En lugar de Música hay… ¿qué hay Augustus?

-En lugar de Música hay “crooners” y espectáculo. Y todo lo contrario también, hay autismo. ¿No te has fijado en todas esas personas que van por la calle con el i-Pod colocado todo el tiempo? Quieren adornar su vida permanentemente con un hilo musical, música de ambiente. ¿Te has dado cuenta?

-Sí.

-En lugar de la Verdad, lo que existe es la opinión.

-¿Opinión?

-Permíteme citarte a Harry G. Frankfurt y unas pocas palabras suyas de su libro que ya conoces “On Bullshit”. Frankfurt dice:

La proliferación contemporánea de la charlatanería tiene también raíces más profundas en las diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva y que rechazan, por consiguiente, la posibilidad de saber cómo son realmente las cosas. Esas doctrinas “antirrealistas” socavan la confianza en el valor de los esfuerzos desinteresados por determinar qué es verdad y qué es falso, e incluso en la legitimidad de la noción de indagación objetiva. Una respuesta a esta pérdida de confianza ha consistido en renunciar a la disciplina exigida por la dedicación al ideal de la “corrección” para refugiarse en un tipo de disciplina muy diferente, impuesta por la persecución de un ideal alternativo de “sinceridad”. En lugar de tratar primordialmente de lograr representaciones precisas de un mundo común a todos, el individuo se dedica a tratar de obtener representaciones sinceras de sí mismo. Convencido de que la realidad no posee naturaleza alguna inherente que uno pudiera confiar en determinar como la verdad fiel de las cosas, se consagra a ser fiel a su propia naturaleza individual. Es como si decidiera que no tiene sentido intentar ser fiel a los hechos, por lo que, en vez de eso, ha de intentar ser fiel a sí mismo.

-Es claro y contundente.

-Sí Fidelius, lo es. Tú que tienes un blog ya debes haber notado que la“opinión” debe ser la palabra más usada en la blogosfera. Y la expresión: “todas las opiniones son válidas y todas aportan algo” la frase más escrita en las bitácoras de todo el mundo, acompañada de “no me gusta ni quiero polemizar”.

-Todo lo contrario de lo que nos ocurre a nosotros, y de lo que tú me has enseñado que debo hacer, polemizar, cuanto más mejor. Pero cuando conversamos y contamos cosas, ¿hemos de procurar que sean fácilmente entendidas?

-Hemos de procurar que sean simplemente entendidas, ni más ni menos. La comprensión de las cosas es una de sus medidas, la más importante, y un kilómetro de camino lo seguirá siendo siempre, sea éste una carretera, una autopista, o un sendero de cabras.

-Pero las palabras pueden ser oscuras.

-Sólo si las usas mal o las desconoces.

-No todo el mundo las conoce todas.

-Nadie las conoce todas, pero no puedes pretender subir una escalera bajando.

-Hay quien sí.

-Los charlatanes que desprecian el valor de la Verdad y que venden medicinas milagrosas. Entender es un deber que todos tenemos y su responsabilidad no solamente está en quien habla, también está en quién escucha, no solamente lo es del maestro, lo es también del alumno.

- A ti, querido padre, y a mí, al menos nos gusta explicar las cosas al igual que intentaba hacer Van Gogh cuando escribía a Theo, su hermano.

-Tienes toda la razón Fidelius, escucha eso que Van Gogh le cuenta a su hermano a propósito de “El café nocturno”, el 8 de septiembre de 1888, Van Gogh dice lo siguiente:

“En mi cuadro Café nocturno, he tratado de expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes. En fin, he tratado por los contrastes del rosa tierno y del rojo sangre y el borra de vino, del suave verde Luis XV y Veronés, contrastando con los verdes amarillos y los verdes azules duros, todo esto en una atmósfera de hornaza infernal, de azufre pálido, de expresar algo así como la potencia de las tinieblas de un matadero”

-¿Eso es así, Augustus?, ¿el resultado responde a la voluntad del pintor?

-En el caso de Van Gogh sin duda que sí, Fidelius, lo que pretende lo consigue, pero en este caso, además, consigue contar acertadamente cómo y por qué ha pintado de tal o cual manera. Y lo consigue hacer de una forma tremenda y feroz. Es sorprendente la riqueza de matices que le da a los colores, en la que solamente se nos escapa la tonalidad “suave verde Luis XV”, pero nos la imaginamos. Podríamos averiguarlo, sería fácil, pero queremos mantenernos en esa suposición tan poética y llena de significados y símbolos evocadores como lo es la misma música, el sabor y el olor de una magdalena, o cualquier tempestad desatada y violenta en el centro del claro de un bosque. El texto vale tanto como el cuadro.

-Es un gran libro “Las cartas a Theo”.

-Lo es Fidelius. Y yo quiero que tengas un hermano o una hermana para que puedas escribirle cosas tan bellas. Gracias a ese texto y a todo el resto de correspondencia habida entre ellos dos, convertida ya en una muestra impagable de epístolas, lecciones de pintura, dolor y alegrías humanas y amor fraternal. Gracias a él, pues podemos hacer la triple distinción esencial que hallamos en todo aquello que no pretende ser únicamente útil.

-¿Qué distinción?

-Esa triple distinción es la de Arte, Estética y Poesía. ¿Qué las diferencia?, ¿en qué consiste cada una de ellas?

-Cuéntamela.

-La estética es la forma, todo tiene forma. El nuestro es un mundo, un Universo, que tiene forma y que los científicos se esfuerzan en describir muy bien y que nosotros resumiremos, de una manera burda y demasiado simple, como el espacio-tiempo. La misma naturaleza y nuestras obras tienen un orden y un ritmo, una jerarquía, existen grados y rangos que adquieren relevancia a nuestros ojos y oídos y también a nuestro entendimiento. Esta relevancia, este gusto se constituye en tradición. Tradición que varía lenta o rápidamente, en el mismo tiempo y en el espacio. Tradición que se fosiliza, tradición que engendra hijos que viajan a las diferentes regiones del mundo. Hijos que dan nietos y que dan lugar a grandes sagas, o que se quedan estériles.

-Eso que dices me recuerda el humo.

-Claro que sí Fidelius. La estética es la forma que toma el humo, que nunca estará quieto mientras el fuego arda.

-¿Y la poesía?

-La poesía es la verdad del Arte. Diferente de la verdad científica, esa verdad, ya lo hemos afirmado en numerosas ocasiones parafraseando o citando a Félix de Azúa, es la capacidad que cada uno tiene de soportar el dolor. ¿Qué clase de dolor?, Azúa no lo especifica, pero no puede ser otro que el dolor de vivir, ése que produce la conciencia del tiempo, que es también la conciencia de nuestra mortalidad.

-La poesía es pues el calor que da el fuego. Siempre acogedor mientras el fuego arda, como el vientre de una madre.

-Como el vientre de una madre no, Fidelius.

-¿No?

-No, como el vientre de cualquier mujer, recuerda eso siempre, debes de tenerlo muy presente, es muy importante, de ello dependerá que vivas solo o en compañía. Recuérdalo, de cualquier mujer.

-¿De cualquiera?

-Sí, todas tienen el vientre cálido, otra cosa es que lo usen para bien o para mal.

-¿Cómo podré saberlo?

-No podrás, hijo mío. No podrás hasta después.

-¿Después de qué?

-Del daño.

-¿Hay cura?

-Depende

-¿De qué?

-De ti.

-Y eso lo sabré cuando ocurra, ¿verdad?

-Así es.

-Lo recordaré Augustus. Pero ahora háblame del Arte, ¿qué es?

-El Arte es precisamente ese “Fuego” que quema, y alrededor del cual nos sentamos todos. Es el Fuego que nunca nos cansamos de mirar absortos. Es el Fuego que nos permite seguir vivos, sin él ya estaríamos todos muertos de frío, pues afuera, el frío es mortal. En ese Fuego contamos historias. Historias inventadas, todas ellas son mentiras, todas son falsedades y a esas historias les llamamos mitos y ellas nos cuentan, a través de sus personajes heroicos, de dónde venimos y qué hemos venido a hacer. Así, sabiendo eso, sabemos también quiénes somos.

-¿En algún lugar de esa “Trinidad” se halla la Ética”, Augustus?

-Por supuesto, ha aparecido sin nombrarla directamente.

-¿Cómo?

-En la palabra “Verdad” y en la frase “qué hemos venido a hacer”. El Arte tiene un compromiso con la Verdad, ha de revelarla, sacarla a la luz. Nos la debe mostrar. Y lo debe hacer de una manera no muy distinta a como lo hace el científico.

-¿Y, cómo lo hace el científico?

-Siendo fiel a la realidad, Fidelius. Esa es la razón de tu nombre, Fiel. Ya nos lo dice el poeta Wallace Stevens, “la realidad es sólo el principio, pero es el principio”

-Pero eso no casa muy bien con el subjetivismo.

-Claro que no Fidelius.

-Así, estamos otra vez al cabo de la calle.

-Sí. Todos entienden la palabra “subjetivo” porque les permite opinar.

-¿Cómo defines lo objetivo, Augustus?

-Objetivo es todo aquello que es invariante al observador, sea ése quien sea.

-Dame un ejemplo.

-La velocidad de la luz en el vacío.

-¿Nuestro nombre lo es?

-Lo pretende.

-Entonces Augustus, El Arte es una especie de Bautismo.

-¡Exacto! Sí Fidelius, eso es. El Arte es el nombre de las cosas, y también es nuestro nombre, es el nombre que está anotado en una lista, es el nombre que alguien algún día pronunciará frente a toda una multitud o en la más absoluta soledad de un desierto. Al oírlo sabremos que alguien nos llama y entonces habremos de escuchar la pregunta que se nos hará.

-Así, si conocemos nuestro nombre sabremos responderla, ¿verdad Augustus?, si no, no.

-Si no, no.

Y ésa es la pintura de Van Gogh, en la que según él: “uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes…



Y en la que se muestran en toda su potencia: “las tinieblas de un matadero”.

martes, 31 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (10)



10 Enero 2008

Querida Silvia,

Acertaste plenamente con el párroco, su familia es influyente y poderosa. Y aunque Emile es la oveja negra sigue teniendo autoridad y una ascendencia importante en su seno. Su criterio se tiene en cuenta, se respeta y se sigue, sin embargo a veces las consecuencias son inesperadas.

Decía que es la oveja negra por no haber querido acceder a la categoría de Obispo, esa es precisamente una de las disputas con el que ahora ejerce el cargo, sabe que en buena parte es gracias a Emile y no a sus propios méritos. Tal distinción es algo que no se puede rechazar, pero si tus influencias son de peso puedes evitar que el Santo Padre firme el nombramiento. Todo este asunto causó un notable revuelo en su momento y seguro que era eso lo que tú recordabas. Son muy pocas las personas que rechazarían un cargo así.

El caso es que mi Pietà ha atraído a muchos mirones y curiosos, se habla de ella y ha creado polémica. Ni Emile ni yo permitimos que nadie se acerque indebidamente a mirar y a curiosear, más bien para evitar a los espías del obispo que por otra cosa; a mi no me molesta demasiado que me vean pintar mientras no hagan ruidos desagradables. Muchos días estoy pintando mientras se celebra misa, y siempre hay gente por allí observando cómo trabajo. Además Emile, cuando viene, casi cada noche, como te dije, me canta. Tiene una voz preciosa y me gusta que lo haga, venir y cantar.

Podríamos evitar, aunque no demasiado, que la gente viniera a curiosear, pero no podemos impedir que su propia familia lo haga, en muy buena parte son ellos los que pagan los gastos, tanto mi paga como también los materiales y la comida del aprendiz que me prepara las pinturas y me limpia los pinceles, barre y friega. El otro día vino su sobrina, Fabiola, viuda de hace un par de años, ni joven, ni mayor, voluminosa. Digamos que la modista le sale cara por los metros de tela que debe gastar para confeccionar sus vestidos.

Estarás suponiendo que debe ser gorda, no exactamente. Te he hecho un ligero esbozo de uno de los retratos que le estoy pintando para que te hagas una idea cabal de su geografía anatómica. Ése es un esbozo preliminar. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Seguro que sí.

Estoy contento porque además paga bien y al final serán dos los retratos. Al mismo tiempo ha venido también su hija Herminia, que naturalmente es más joven que su madre, pero no mucho menos oronda.

Lo interesante de este asunto es que Fabiola me ha dado, creo, una buena idea.

Llegó y me preguntó, ¿tú eres Teodoro?

Sí, ¿y vos?, ¿quién sois?

Fabiola, una de las muchísimas sobrinas de Emile, mi tío. Una de las que paga eso que ahora estáis pintando en su parroquia, madre feliz y viuda desconsolada. ¿Eres digno de tu nombre?

¿Eh?, ¿Que si amo a Dios?, claro que sí. Mis padres y mi hermana Silvia me enseñaron cómo debía hacerlo, son buenos cristianos y fieles a Roma, y nunca lo he olvidado.

Entonces harás obras de caridad, ¿verdad?

Pues…, soy un hombre pobre, pero… sí, cuando puedo sí, ¿por qué me lo preguntáis?

Necesito vuestra caridad.

(Tosí, carraspeé y tartamudeé) ¿Y cómo puedo dárosla?

Quiero ser Venus, miradme, (abrió los brazos, dio una vuelta entera sobre sí misma y luego se asió los pechos como si me los mostrara o entregara) en realidad ya lo soy, ¿no lo creéis así?

Emmm…. Sí, es evidente, claro.

Pero me falta una cosa, solo una, muy sencilla y muy complicada de obtener.

¿Cuál?

El nombre.

¿El nombre?

Sí, el nombre, me llamo Fabiola y no Venus, pero vos me lo daréis. Vos seréis el sacerdote que me bautice de nuevo.

¿Cómo?

Pintándome, ¿cómo si no? Me pintaréis desnuda y titularéis la pintura como Venus… de lo que sea, eso da igual. ¿Os parece bien?, seré generosa y agradecida. Si quiero puedo serlo mucho, mi alma es como mi cuerpo, me rebosa y me sobra, y mi caridad es dárselo a quien lo necesita. ¿Lo necesitáis vos?

Pues…

Lo necesitaréis, os lo aseguro, al final todos lo necesitan. Incluso todas, sé de qué hablo.

¿Sí?

¿Y vos?, ¿sabéis de lo que hablo?

Más o menos.

¿Cuándo queréis empezar a pintarme?

Pues…, quizás… no sé… quiero decir que…

De acuerdo, me parece bien, mañana, a primera hora de la tarde estaré en vuestro estudio, ya sé que os gusta pintar con poca luz. No os preocupéis, si os llega a faltar del todo, la luz la pondré yo, conmigo incluso los ciegos ven. Al menos eso dicen. Y soltó una carcajada que hizo temblar los muros de la Iglesia, se río como una osa, querida Silvia, como una verdadera osa en celo.

¿Os parece bien?, me preguntó

… ¿eh?, sí, sí, me parece bien, lo que vos digáis.

Al cabo de unos días vino su hija, celosa, quería lo mismo. Y a mí se me ha ocurrido que podía desarrollar la idea. Algo así como si les esculpiera de nuevo el cuerpo. Es algo ya conocido y todo el mundo sabe, que la mayoría de retratos están idealizados. Yo no pretendo tanto, solamente algo verosímil, rejuvenecer su rostro y pegárselo a un cuerpo perfecto y llamarlas “Venus”, eso es la parte más importante aunque no lo parezca, es la que más las adula y más satisface su vanidad, les pongo un gato al lado, un pájaro, un espejo, cualquier cosa y las llamo, “La Venus del gato”, “La Venus del pájaro”, “La Venus del Espejo”, cualquier cosa sirve, lo importante es el nombre de “Venus”, y ellas satisfechas.

La voz está corriendo y estoy empezando a tener varios pedidos de Damas que quieren verse “mejoradas”. Fabiola y su hija Herminia consideran e insisten en que no necesitan mejorar, eso me evita conflictos con ellas, pero me los da con Marta a la que no le ha hecho ninguna gracia que yo me pase horas encerrado pintando a unas señoras desnudas y… tan desarrolladas como desenvueltas y desenrolladas.

¿Pero tú no pintabas escenas religiosas?, me pregunta Marta.

Venus también lo es, le respondo.

¿Me tomas el pelo?

Bueno, religiosa no, pero mítica sí, es algo parecido. Además pagan bien.

Eso sí, responde. Al decirle que pagan bien siempre se tranquiliza.

Pero oye…, insiste.

¿Qué?

¿A ti te gustan así?

¿Cómo así?

Pareces tonto, ¡así como son!

¿Y cómo son?

Como si fueran unas vacas lecheras, ¡caramba!, ¿te gustan esas ubres descomunales?

¡Noooo!, claro que no, que tonterías dices. A mí me gustas tú, Marta.

¿Seguro?

Me gusta lo que cabe en mi mano y lo que puedo ver con un solo ojo. Ya sabes que yo sólo tengo un lápiz.

Que dibuja muchos rostros.

Y al que únicamente tú le sacas punta.

Bien fina.

Que pincha.

Que hace sangrar.

Es el rojo más hermoso, el que pinta mis labios de hombre.

¿La sangre de mi periodo?

Y también la de tu corazón.

Eres un farsante.

Te quiero.

Yo no soy ninguna Venus.

Por eso.

Mi querida Silvia, la vanidad de las mujeres me da dinero y los celos de Marta dolores de cabeza. Necesito tu opinión y que me aconsejes, ya sabes que tu Marta, la hija de mi casero, me ha serenado, me ha tranquilizado, me ha ahorrado un alquiler y también me ha dado alegría.

Me ha escrito Saverio, ya está en España, en estos momentos debe de haber llegado a Poblet para estar con su querido amigo Alberto, el monje miniaturista. Ha podido ver a su Amiga Amparo y saludar a una monja, una monja, según parece, especial, llamada Sor Dolores. Le ha gustado mucho conocerla y sobre todo poder besar y charlar con su amiga sevillana, pero creo que tenía ganas de irse pronto a Poblet.

Por cierto querida Silvia, debes terminar de contarme tu conversación con él, me lo has prometido.

¿Estáis todos bien?, espero que sí. Yo lo estoy, trabajando más que nunca. Soy pintor, pero no sé, tengo la sensación y una extraña premonición de ser cirujano, qué raro, ¿no?

Antes de despedirme he de hacer mención a algo que ya debes saber, seguro que no se te ha pasado por alto. Aceptar el encargo de Emile, estar trabajando para él y su familia, me coloca, inevitablemente, en un bando, y eso significa estar al mismo tiempo en contra de otro.

El mundo ya sabes que es así, y yo no quiero ni sé cambiarlo. Pude estar en el bando del Obispo si hubiera acertado su gusto en mi “Sansón y los filisteos”, pero ya conoces que no fue así. Según él, fallé. Emile lo supo, todos lo supieron, por eso también me contrató, esa fue una de las razones.

Y ése, querida hermana, ya sabes de sobra que es un papel que no me place demasiado interpretar. Yo no soy un hombre al que le gusten los gremios y las bandas. Ahora me da prosperidad y quiero aprovecharla, no te preocupes por mí, no dejaré que mi cabeza se enamore de mi corazón, siempre he procurado evitarlo por ti, y ahora por Marta.

Si lo hubiera hecho, hace tiempo que me habría ido solo o con Saverio, al encuentro de Isaac y su hija Silvia, a los mares del sur, en busca de nuestra esclava.

De nuestra esclava libre.

Las mujeres de aquí sois igual pero al revés.

El otro dibujo es de Herminia, la hija de Fabiola. Por los nombres ya debes haber adivinado que tienen ascendientes españoles o intereses allí. Opulentas, ¿verdad?, ¿qué deben comer?

Tu hermano que te quiere.

Teodoro.

lunes, 30 de marzo de 2009

El peletero/El entrenamiento



7 Enero 2008

Obra en un solo acto y una sola escena.

El suelo está lleno de arena simulando una playa. En ella hallamos a dos hombres maduros, completamente desnudos, sentados ambos en sendas sillas de playa y protegidos del sol por una típica sombrilla playera llena de colores.

Los dos están de cara al público leyendo.

A sus espaldas unos árboles, un pequeño bosque de pinos mediterráneos.

Se oye el murmullo del mar, una lejana música veraniega y una mezcla indescifrable de conversaciones humanas. Risas, gritos y el ladrido de algún perro.

Mientras nuestros protagonistas leen o conversan, no paran de pasar cerca de ellos, por delante, detrás, por los lados, público de la playa, hombres y mujeres de todas las edades, también desnudos. Gente que pasea, juega, corre, o planta su toalla, se desnuda y se tumba a tomar el sol.

Todos desnudos, porque estamos en una playa nudista.

Nuestros dos principales actores están absolutamente ensimismados leyendo y tomando alguna bebida, hasta que el de la derecha, sin levantar la cabeza, le dice a su amigo que tiene a su izquierda:


- 1. Acabo de descubrir aquello que realmente permite que existan playas como ésta en la que ahora estamos.

- 2. ¿Playas nudistas?

- 1. Sí, playas nudistas.

- 2. ¿Y?, ¿qué es eso?

- 1. Según Pasolini porque el menstruo al sol no hiede.

- 2. ¿Eso dice Pasolini?

- 1. Sí, eso decía. Eso y muchas más cosas, ¿quieres que te lea algo más?

- 2. Sí, lee, ¿pero se refería a las playas nudistas?

- 1. No, ni mucho menos, pero que el menstruo no hieda siempre es una ventaja, ¿no crees?

- 2. Indudablemente es una ayuda, tienes razón.

- 1. Leo:

La mujer, cuya nobleza
se manifiesta en la hipocresía
de fingirse sólo remisa,

-llamando obediencia a su debilidad-
está enfrascada también en un trabajo manual
de mujer, ella entre mujeres…

Y no canta, no, porque jamás por los siglos
de los siglos, cantó mujer alguna a las tres de la tarde en la canícula.

El menstruo al sol no hiede.
Las bestias pacen como soñando…


- 2. ¿De qué habla?

- 1. De mujeres, ¿no te has dado cuenta?

- 2. Sí hombre, claro que me he dado cuenta, te lo diré de otra manera, ¿de cuándo habla?

- 1. No sé, deben ser los años sesenta en la Italia profunda, supongo.

- 2. Y eso de que ninguna mujer ha cantado nunca a las tres de la tarde… ¿qué significa?

- 1. No tengo ni idea, hay que estar un poco loco para cantar a esa hora.

- 2. Quizás es eso, tal vez sea eso lo que quería decir.

- 1. ¿Estar loco?

- 2. Sí, estar loco, ido, ser un extravagante, un…

- 1. ¿Romántico? ¿No hay mujeres locas?, ¿no son románticas las mujeres?

- 2. ¡Eso!, pero él lo enfatiza, dice: “por los siglos de los siglos…”

- 1. Parece misoginia, ¿verdad?

- 2. Parece, pero es extraño en un homosexual, ¿no?

- 1. No sé responderte a eso. Lo que sí sé es que el menstruo es igual antes que ahora.

- 2. No estaría tan seguro de ello. En cualquier caso es poco amable mencionarlo, ¿no crees?

- 1. Sí, no es muy amable y tampoco elegante. Además, no creo que tenga nada que ver en ello la condición de homosexual. Me cuesta creer que Pasolini fuera misógino.

- 2. Yo tampoco lo creo, pero...

- 1. ¿Pero…?

- 2. Era alguien poco convencional.

- 1. Sin duda lo era, y mucho, tanto que lo mataron.

- 2. Y lo era porque decía verdades que no pueden ser dichas.

- 1. También era de izquierdas y constantemente ponía en evidencia la hipocresía de la “sinistra”. La hipocresía de la derecha va en el sueldo que cobra, pero la izquierda…, siempre se cree bondadosa, y claro, él nunca se tragó esa tontería.

- 2. A la derecha no le importa que la llamen hipócrita, pero a la izquierda…

- 1. Sencillamente no lo soporta.

- 2. A muchos les costó entender aquello de que la policía era el verdadero proletariado.

- 1. No sé si fue ésa exactamente la expresión, pero algo parecido sí. De lo que estoy completamente seguro es que con su rostro no imprimirán camisetas como hacen con el Che.

- 2. ¡No compares!, ¡por Dios! Es como equiparar a Barrabás con Jesús.

- 1. Es verdad, no me hagas reír, es bueno ese símil, has dado en la diana. Si el Pilatos de turno volviera a pedir al pueblo que eligiera entre el Che o Pasolini, repetirían la misma elección que hicieron hace 2000 años.

- 2. Puedes estar seguro, además dirían que es democracia.

- 1. Sí, de aquella que practicábamos en la Universidad, ¿te acuerdas?

- 2. Claro que me acuerdo, a mano alzada. Antes la llamábamos asamblearia. A eso ahora lo llaman “democracia directa”. Los que mataron a Jesús ya eran demócratas.

- 1. ¿Quién mato a Jesús?

- 2. A Jesús lo mataron los mismos que mataron a Pasolini, o sea…

- 1. Todos, lo matamos todos.

- 2. Todos nosotros, no faltó ninguno, allí estuvimos debajo de aquella cruz, nadie quiso perdérselo.

- 1. Excepto su madre, y sus amigos.

- 2. Excepto ellos, sí, es verdad. María, Magdalena y Juan estaban allí para acompañarle.

- 1. (…)

- 2. (…)

- 1. ¿Qué estas leyendo?

- 2. Un relato sobre una mujer bipolar. Es un artículo de un psiquiatra que publica en el suplemento “Salud” de “El País”, Carlos Ranera. ¿Lo conoces?

- 1. No.

- 2. Escribe relatos a partir de casos que ha tratado, a la manera de Oliver Sachs, el neurólogo que escribió “El hombre que confundió a su esposa con un sombrero”.

- 1. ¡Ah, sí!, y del que se hizo la película “Despertares” con Robert De Niro y Robin Williams, ¿verdad?

- 2. Así es. ¿Quién fue el director?, ¿te acuerdas?

- 1. No, no lo recuerdo.

- 2. Yo tampoco. ¿Te leo algo?

- 1. Sí, estas historias psiquiátricas siempre son muy interesantes.

- 2. Escucha:

“Hoy debería morir o renacer, no se aún. Es el año-día 38. Óigame bien: quiero ser puta, quiero ser rica, quiero ser libre, quiero ser una diosa y una estrella, quiero hacer lo que me dé la gana, quiero estar con los hombres y con las mujeres que desee, quiero decir lo que pienso en cualquier momento y situación, quiero que la gente me vea desnuda, como fui, como soy y como quiero ser, que admire mi talento, que se despierte conmigo, se pervierta y se divierta. Quiero estar siempre como estoy ahora. Y vengo aquí para que usted certifique la muerte de la otra. Ése es su trabajo”.

- 1. Eso, naturalmente, no es literatura, ¿verdad?

- 2. No, no lo es. Eso es ciencia, pura y dura.

- 1. ¿Y?

- 2. ¿No te suena?

- 1. No me hagas reír, me suena mucho, lo llevo oyendo toda mi vida. Es una cantinela.

- 2. Igual que yo.

- 1. Habría entonces que extraer alguna conclusión, alguna lección. Alguna enseñanza diría un sabio, un gurú de esos.

- 2. Un listo quieres decir. Y si es hindú, mejor.

- 1. Eso, un listillo. ¿Y cuál es la moraleja?

- 2. ¡Y yo qué sé! No tengo ni idea, la sospecho, pero… Sí, deberíamos buscarla, intentar hallarla, pero me da pereza. A estas alturas ya…, que quieres que te diga… ¿Vale la pena?

- 1. Pues eso significa que te dan miedo las mujeres.

- 2. ¡Claro que me dan miedo!, lo reconozco, ¿a ti no?

- 1. No exactamente.

- 2. ¡Terror les tengo!

- 1. Eres un gracioso.

- 2. Más aún, ¡me dan pánico! ¿Y a ti?

- 1. Pues… yo diría que desconfianza.

- 2. ¿Lo dirías o lo dices?

- 1. Lo digo, lo digo.

- 2. Pero lo afirmas bajito, cobarde, y solamente me lo dices a mí y no a ellas, eres un gallina.

- 1. Suspicacia diría también.

- 2. ¿Por qué?

- 1. Algo no va bien cuando a pleno sol un menstruo no hiede más que a plena sombra.

- 2. Es verdad, no lo había mirado así.

- 1. Pues eso…

- 2. Ya…

- 1. En la bolsa te he visto un libro de poemas de John Donne.

- 2. Sí, llevo uno, es una edición que aprecio mucho.

- 1. Léeme uno.

- 2. ¿Misógino?

- 1. Da igual, no es necesario que lo sea.

- 2. Déjame buscar, a ver…, ése está bien, escucha:

CONSTANCIA DE MUJER

Un día entero me has amado.

Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
¿O dirás que ya no somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
por haber procurado falsedad y mudanza, tú
no conoces sino falsedad para llegar a la verdad?

Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo argumentar, ganando, si lo hiciera.
Pero me abstengo, porque mañana puede que yo así también piense.

(Versión de Purificación Ribes)


- 1. ¡Vaya!, lo tenía claro “Mr. Donne”.

- 2. (…)

- 1. (…)

- 2. (…)

- 1. Es un tópico decir que las mujeres son lunáticas, ¿tú crees que lo son?

- 2. No, claro que no.

- 1. ¿No, qué?, ¿que no son lunáticas o que no es un tópico?

- 2. Las dos cosas.

- 1. ¡Vale!, magnífica respuesta.

- 2, Las mujeres son como ese mar que tenemos ahí delante, van y vienen.

- 1. ¡Qué perspicaz!, ¿y los hombres?

- 2. Al revés, vienen y van, ya lo dice Donne: “mañana puede que yo así también piense”.

- 1. No te crees nada de lo que dices.

- 2. Si no me creo nada de lo que dicen los demás y solamente la mitad de lo que veo, como voy a…

- 1. Cómo vas a creer lo que tú mismo dices, ¿verdad?

- 2. Exactamente.

- 1. A eso se le llama cinismo.

- 2. Sí. C-I-N-I-S-M-O, con todas las letras.

- 1. Eres un cínico.

- 2. Lo soy, pero… en realidad las mujeres solamente tienen una idea en la cabeza.

- 1. También eres un sarcástico. ¿Solamente una?

- 2. Sí, sólo una.

- 1. ¿Cuál?

- 2. El nido, todo lo que no tenga que ver con el nido no les importa.

- 1. (…)

- 2. (…)

- 1. ¿No tienes calor?

- 2. Me estoy asando.

- 1. Más te asarás en el infierno, tenlo por seguro.

- 2. Ya lo sé. Me estoy entrenando.

- 1. Yo pensaba que habíamos venido aquí a ver mujeres desnudas como dos corruptos viejos verdes.

- 2. También. Estoy disfrutando del pecado y sufriendo la penitencia, todo al mismo tiempo.

- 1. La playa está llena, no hago más que ver carne, me estoy mareando. La gente está más, mucho más, fea, desnuda que vestida, salta a la vista, ¿no te parece?

- 2. Ya ni se cabe.

- 1. ¿Todas ésas y todos ésos también se entrenan para el infierno?

- 2. Sí, pero todavía no lo saben, ¿no ves la cara de alegría que ponen?

- 1. Incluso hay quien ríe. ¿Por qué ríen?, si no hay nada de qué reír, ¿o es el sol el que les hace poner esa cara de chimpancé?

-2. No sé, pero hablando de caras y de rostros, pocos como el de Pasolini, era impresionante. Su mirada honda y sombría y aquellos pómulos. Era igual que Jack Palance, como observó su amigo Bertolucci.

- 1. Es cierto, además lo mataron en una playa, en Ostia.

- 2. ¿Recuerdas la película de Nanni Moretti, “Caro diario”?

- 1. Por supuesto, el mejor homenaje que se le ha hecho.

- 2. Una simple motocicleta recorriendo las playas de Ostia.

- 1. Y la cámara detrás.

- 2. Es curioso como una cosa tan sencilla puede llegar a ser tan reveladora y emocionante. Tan estéticamente bien lograda y llena de simbolismo.

- 1. La cámara se mueve, sigue y persigue al director, Moretti, montado en una vespa, delante, a marcha lenta, suave, paseando, buscando el lugar donde fue asesinado Pasolini.

- 2. Una magnífica secuencia.

- 1. ¿Alguien recuerda a Pasolini?

- 2. Pocos creo. El paisaje es árido y solitario aunque esté lleno de cosas.

- 1. Todas las playas son así.

- 2. Antiguamente, antes de convertirse en lugares de ocio, las playas eran un lugar inhabitable por definición, un desierto delgado, estrecho.

- 1. Horizontal, una línea.

- 2. Sí, es verdad, la línea, el laberinto perfecto de Borges.

- 1. Las playas de Ostia están llenas de arquitectura barata, barracas, cabañas y chozas hechas de cañas, uralita y maderas. Todo es un desecho.

- 2. Pero es un desecho auténtico, verdadero.

- 1. No como las playas modernas llenas de feos rascacielos. Aunque Benidorm termina también por tener su encanto. Se llega a la belleza por caminos inescrutables.

- 2. Hablando de ella. al final Moretti encuentra lo que está buscando y nos muestra el monumento funerario que le erigieron, en el mismo lugar donde hallaron su cuerpo. Una birria de monolito. Es grotesco.

- 1. Es lastimoso, sería mejor derribarlo. Es un insulto de lo feo que es. Es casi una ofensa a su memoria y al buen gusto. Es un monumento que hiede, que apesta.

- 2. Justo al lado de un pequeño campo de fútbol, un campo de tierra y polvo.

- 1. Casi tocando una de sus porterías, es una bella metáfora visual. Al lado de una puerta.

- 2. ¿De una puerta al Cielo o al Infierno?

- 1. Al Cielo, sin duda. Una pobre portería de fútbol es una entrada al Cielo, es evidente. Donde para permitirte entrar te preguntarán…

- 2. Si crees en la amistad. (*)

- 1. (…)

- 2. (…) Y toda la escena de Moretti acompañada de una música adecuada.

- 1. Más que adecuada, “The Köln concert” de Keith Jarret.

- 2. Esa escena siempre me recuerda mi infancia y los días de playa con mis padres y mi hermano y todo el resto de la familia. Y me recuerda también la “Dolce Vita” de Fellini y su triste escena final.

- 1. O aquella otra en la que Mastroianni intenta escribir en un restaurante de playa con techo de cañas, medio transparentando la luz, donde los rayos del sol parecen lanzas.

- 2. Y no puede escribir.

- 1. Claro que no, no puede hacerlo con un ángel al lado.

- 2. ¡Qué bella es aquella jovencita!, la camarera.

- 1. Una preciosidad, un verdadero ángel de Fra Angélico.

- 2. Pero Mastroianni i prefiere el monstruo surgido del mar.

- 2. Se queda con Anouk Aimée, otra belleza.

- 1. Distinta.

- 2. Completamente distinta, misteriosa y oscura, la belleza de una verdadera mujer.

- 1. Que tiempo después interpretó la versión cinematográfica de “Justine” de Durrell.

- 2. Era la única que podía interpretar ese papel.

- 1. ¿Por qué?

- 2. Por la mirada, hay pocas mujeres que sepan mirar así.

- 1. ¿Cómo así?

- 2. Matándote.

- 1. Eres un romántico. ¿Tú crees que Mastroianni se queda con ella?, a mí no me lo parece

- 2. Tienes razón, él se queda solo, pero ella seguro que no, siempre hay alguien acompañándola, uno o varios.

- 1. ¿A quién te refieres de las dos? ¿Anouk o Justine?

- 2. No seas malo. ¿Qué más da?

- 1. No es una gran película, pero es un gran libro.

- 2. El otro día, con unos amigos recordábamos “The Dublineses”, de Joyce y “El Gatopardo” de Lampedusa. Los dos unos grandes libros y al mismo tiempo unas magníficas películas de Houston y Visconti.

- 1. Angélica Houston transportada al escuchar “The lass of Aughrim”, mientras su marido la observa callado con el más sincero y profundo amor.

- 2. El amor de un verdadero hombre por su esposa.

- 1. (…)

- 2. (…)

- 1. ¿Recuerdas el inicio del Gatopardo?

- 2. Las cortinas.

- 1. Las cortinas blancas ondeando al viento, mientras toda la familia, arrodillada, reza el rosario ahogados en ese calor siciliano.

- 2. (…)

- 1. (…)

- 2. Una vez leí un texto sobre Pasolini y su asesinato. Creo recordar que era de Benjamín Prado, donde citaba la canción de Bob Dylan “¿Who killed Davey Moore?”

- 1. La recuerdo, sí, muy adecuada la comparación. ¿Hoy en día, alguien le canta a los boxeadores?

- 2. No estoy seguro, pero a los balleneros ya te digo yo que no, lo tengo confirmado.

-1. Y a los peleteros tampoco, no me hagas reír, eres un “boludo” como diría cualquier argentino.

- 2. ¿Cómo van los negocios?

- 1. Mal.

- 2. ¿Vamos a darnos un baño?

- 1. Vamos. Prefiero oler a pescado dentro que fuera del mar.

- 2. Por suerte no te ha oído ninguna mujer decir eso.

- 1. Por eso lo he dicho.

Los dos se levantan y se marchan al trote, como si la arena quemase.
Se apagan las luces y se oye un…


¡¡SPLASH!!

sábado, 28 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-Epílogo (y 2)

3 Enero 2008

EPÍLOGO

Teodoro me acogió con lo que más tarde supe era su característica compasión, generosa y sin esfuerzo. Parecía su invitada más que una peregrina sola y necesitada de ayuda. A él le gustaban estas historias raras, de viajes, de búsquedas y aventuras. Y la mía lo conquistó: buscar mi nombre, encontrar la palabra, el verbo, el instrumento de Dios, el tesoro más preciado. Su cuerpo y su sangre.

Pero convivir con Teodoro tenía un precio. Él lo llamaba amor, yo no. Los artistas juegan de manera irresponsable con las palabras. Yo no sé cómo llamarlo, pero amor sin duda que no era. Por mi parte al menos nunca lo fue. Yo solamente he amado a mi padre asesino y a esa mujer que durante unos años me prestó su rostro. Mi amada, mi dulce reina, mi manantial. Los hombres tienen demasiados deberes, misiones y retos, todo inútil, todo en vano, tonterías de niños que nunca consiguen crecer.

Esa soy yo, bastantes años después, pintada y embarazada por Teodoro Van Babel.



Esa tabla la compró Saverio, ese amigo extravagante que tenía Teodoro.

Ese Saverio afirmaba que le gustaban las mujeres embarazadas, decía que una mujer así, es más mujer, es una mujer completa, entera. Y que la barriga de preñada es también un atributo sexual más. Conozco estas cosas de los hombres.

La rosa que llevo en mi vientre es la nieta de mi padre, mi propia hija, la hija también de ese pintor medio loco, de manos siempre sucias por las pinturas, ásperas por los disolventes, de cabellos largos y siempre despeinados, albino, alguien sin color en el cuerpo, de mirada cada día más ciega, alguien al que le hacía daño tanta luz, por eso pintaba de noche y medio a oscuras. ¿Ya te ves?, le pregunté la primera vez. No, me dijo, pinto por intuición y se rió de la cara de sorpresa que puse.

La hija que parí y que bauticé como Silvia es casi seguro hija de Teodoro, pero existe una remota posibilidad que lo sea de Saverio. Es una posibilidad pequeña, pero el tiempo pasa, y la niña crece, se hace mayor y los rasgos de su cara no son los de Teodoro exactamente. Cada día que pasa se parece más a Saverio.

La vida es extraña

Soy eso que escribo y eso que canto, y canto a eso que abandono, a eso que dejo en el camino, y a eso que no puede seguir mi paso. Y también soy todo eso que voy encontrando y todo eso que quizás encontraré a partir de ahora.

Todo eso me define y dice qué, cómo y quién soy.

Amor, felicidad, soledad, vacío. Eso y esa soy yo. La hija de un asesino, que solamente amando a su padre consiguió así parir una hija sana, una rosa de un vientre triste, casi de tierra yerma.

Aunque para ello hubiese de acostarme con un pintor sin color.

El caso es que antes de todo eso mi amada me abandonó por un hombre, y por un hombre rico. Yo no lo era, ni hombre, ni tenía dinero. No pude reprochárselo.

Durante el tiempo que estuvimos juntas la quise, parece ridículo escribir eso tan sencillo y tan desprovisto de significado, y en el fondo tan poco poético, pero es la verdad, la quise y la quise mucho, y todavía la quiero. A pesar de estar yo ya muerta todavía la sigo queriendo.

De ella sí que puedo hablar de amor, de ella puedo hablar, como si aún tuviera sentido hacerlo de algo que en realidad ya no significa nada.

Gracias a ella aún puedo hablar de “eso”, aún puedo pronunciar esa palabra maldita.

No es cierto que las dos fuéramos igual de bellas, ella lo era mucho más que yo. Lo descubrí al separarnos, cuando la que a partir de entonces veía en el espejo ya no era mi amada sino yo. Nada más que yo misma, apenas yo, apenas nada.

Para ella compuse una canción muchísimos años después, cuando vieja y enferma la muerte me rondaba ya muy de cerca.

Es una canción de despedida y de bienvenida como lo son todas. Y lo es porque es de alguien que camina, que es la manera más digna de llorar.

Es triste por lo que en ella se dice, pero alegre por cómo se dice. Esas son las canciones que me gustan, que siempre me han gustado.

Las cosas importantes de la vida son tristes, pero es la tristeza que también conforma la belleza y la felicidad. La bondad del mundo está fabricada de tristeza, de esa tristeza lúcida que no puede ser cantada más que con alegría. Ese es el contrasentido más hermoso de la verdad.

Componiéndola creí hallar mi nombre, pero no. Quizás nunca lo perdí, quizás nunca supe que lo tenía, quizás mi padre no me lo quitó al matar a mi madre, quizás lo olvidé, no lo sé, ahora ya es demasiado tarde. El caso es que empecé a componer mi canción viva y hube de terminarla muerta. No llegué a tiempo, todo va demasiado rápido. En realidad está cantada desde el otro lado, más allá de la bruma que todo lo desdibuja y que rompe los contornos.

En esa canción hablo de ella, de mi amor, de lo mucho que la amé y lo mucho que la sigo amando, y de que las lecciones siempre terminamos aprendiéndolas tarde. Que todo eso es arena pura al lado del mar, que mi amor por ella acabó siendo esa arena que ninguna mano puede retener.

En ella le digo que pude y que debí amarla mejor. Se lo merecía sin duda, y la paradoja está en que yo también me merecía haberla amado más y mucho mejor.

Se fue, y ni ella ni yo nos despedimos como debíamos haberlo hecho. Hubo una razón para ello, en aquel momento fue una razón poderosa. Pero ahora, lejos ambas, una de la otra, en el espacio y en el tiempo, nada tiene la suficiente fuerza, nada es bastante importante excepto mi amor por ella, pues de él, del mío, de ese amor es de lo único que puedo y debo hablar. Mi amor por ella lo llena todo, toda esa nada, toda esa oscuridad, toda esa muerte.

Todo el recuerdo de lo que fui y de quienes me acompañaron se oscurece frente a su resplandor.

Incluso es injusto que sea así, pero así es.

Pero ahora, Amor mío, estoy muerta y ya nada importa. Lejos en el tiempo, sin manos y sin cuerpo, sin labios para besar los tuyos de mujer. Nada importa más que el escaso recuerdo que me queda de ti.

La caridad de Dios no me otorgará el deseo más anhelado.

Yo sé que no habrá jamás una segunda oportunidad, no hay más vidas, ni de gata ni reencarnaciones sin memoria. No hay nada. Eso en lo que me hallo es el fin.

Yo sé que nunca más volveremos a encontrarnos, nunca más. Jamás volveré a oír tu voz. Ya no podré reír contigo. La ocasión nunca se nos volverá a presentar. El adiós es definitivo y sólo espero que también lo sea para mí misma, pues no podría seguir soportando el dolor en ese corazón que tuve y que ya no poseo.

Estoy muerta y aún me duele esa lanza clavada que atraviesa todo mi pecho y que no termina de matarme del todo.

Mi Reina, ni Teodoro con el que conviví algún tiempo, ni Saverio con el que solamente me acosté una noche, o cualquier otro viajero que pudo ofrecerme su cuerpo hermoso de hombre o de mujer, fueron menos que nada comparados con la luz de tu sonrisa en la penumbra de nuestro rincón.

Mi Diosa, deseo que seas feliz, todo lo feliz que una mujer puede ser en este extraño mundo en el que uno no sabe si mañana seguirá vivo o deberá embarcarse y atravesar el lago. Caro es el peaje del barquero, un talento de oro y todos tus recuerdos por traspasarte al otro lado.

Caro y despiadado eres Caronte, y más lo es tu dios.

Mi Manantial, quiero que sepas que te quiero y que eres mi único, el primero y mi último pensamiento.

Después de ti no hay nada.

Nada.

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La canción dice:

It's a lesson too late for the learnin',
Made of sand, made of sand.
In the wink of an eye my soul is turnin'
In your hand, in your hand.

Are you goin' away with no word of farewell?
Will there be not a trace left behind?
I could have loved you better,
didn't mean to be unkind;

Oh, you know that was the last thing on my mind.
You had reasons a-plenty for goin',
This I know, this I know.
And the weeds have been steadily growin',
Please don't go, please don't go.

As I lie in my bed in the mornin',
Without you, without you,
Every song in my heart dies a-bornin',
Without you, without you.

Oh, you know that was the last thing on my mind.

(The last thing of my mind, música y letra Tom Paxton)

___________________________________________________________________________________________

El texto y la música las compuse yo, pero el poema final del presente texto no es mío, es de Saverio, escrito, para mí, me dijo, pero no es cierto, mentía, no sabía mentir el genovés, que al final acabará siendo el padre de Silvia. Eso es tener buena puntería.

No sé para quién fue escrito, para alguien sí, conociendo a Saverio, para una mujer sin duda, pero para mí seguro que no. Seguro que fue para esa esclava india a la que sólo vio unos escasos y cortos instantes. No puedo evitar estar un poco celosa de ella, aunque sea de una cautiva de piel oscura, de alguien que no es nadie.

Así pues, creo poder decir que el poema no es ciertamente de nadie, al menos de nadie que yo sepa o conozca. Pero como él me lo regaló sólo a mí, tengo todo el derecho de regalárselo a quien quiera.

Se lo regalo pues a mi amada.

Escribí mi canción para ella, pero quizás he de reconocer que el genovés acertó más con menos palabras.

Quizás ese poema es un mejor adiós que mi propia canción. No sé.

El retrato que veis no es ninguna pintura, ni tampoco ningún dibujo, es una fotografía realizada con la técnica química clásica y la caja oscura de siempre.

No os debe extrañar, ya sabéis que en poesía el tiempo solamente es relativo a la voluntad del poeta, de él depende, y con él, el autor hace lo que cree más conveniente y necesario.

___________________________________________________________________________________________

Esta era mi amada, hermosa y bella, ¿verdad?

Quizás os parecerá que la recordáis, quizás pensaréis que la conocéis, incluso creeréis saber quién es.

Os equivocaréis.

A muchos les ocurre, tal es su belleza que todos la han soñado.

El poema que sigue a continuación es de mi “pellicciaio”. De mi querido, dulce y bobo Saverio que se enamora de esclavas.



Esperé y medió se giró,

ladeó la cabeza hacia su izquierda,

lo suficiente para mirarme.

Aunque su cuerpo opaco

seguía dándome la espalda.

Alejándose.

Mientras, dos palomas blancas jugaban en su nido,

ajenas a la muerte del mar.

(“La muerte del mar”, Il pellicciaio. 26-julio-2007)

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POSDATA

Todos los textos que se han publicado en esta humilde ventana al mundo, llamados “Poesía Fría”, han pretendido ser una reflexión, más o menos acertada, sobre la identidad.

La pregunta que subyace en todos ellos, y que constituye su armazón, es ¿quién soy? Ésa es una interrogación que hemos de reconocer está ya demasiado amortizada, vaciada, pesa poco, y que al igual que la palabra “amor” y su significado, no es posible responderla si no es con otra pregunta.

Indudablemente a nosotros también se nos puede culpar de ser unos charlatanes y de descubrir hoy que el sol sale por el este, pero a pesar de ello, nos sentimos orgullosos de haber recorrido todo ese largo camino para, al final, poder responder a la pregunta ¿quién soy?, con esa otra pregunta: ¿quién eres?

Con ello pretendemos decir algo tan viejo como el mismo mundo, algo que se ha dicho hasta la saciedad, pero que fácilmente olvidamos: aquello que somos lo somos porque existe “el otro”, ambos, somos un solo dilema, somos el problema y al mismo tiempo, la solución.

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También me gustaría hacer una alusión personal. La “Poesía Fría” es el pago de una deuda que creí haber contraído, hace un tiempo, al permitirme una mujer leer unos textos que escribió únicamente para mí y que tituló “Los lobos”.

Ella me reclamaba cariñosamente una respuesta por mi parte. La respuesta ha llegado tarde, pero aquí está, es esta serie que he titulado “Poesía Fría”.

Así pues la deuda está saldada.

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SUMARIO

El peletero / Poesía Fría / Prólogo 2 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Canto / El llanto 5 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Canto / La risa y la ira 7 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Canto / La muerte 9 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Canto / El ladrón 12 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Vuelo / El pájaro 14 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Vuelo / La palabra 16 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Vuelo / ¿Cómo te llamas? 20 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Vuelo / La tormenta 23 de noviembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Sueño / Gran Elegía a John Donne (1) 10 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Sueño / Gran Elegía a John Donne (2) 11 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Sueño / Gran Elegía a John Donne (3) 12 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Sueño / Gran Elegía a John Donne (4) 13 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Paso / Algo 27 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Paso / Todo 28 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Paso / Nada 29 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / El primer Paso / El final 31 de diciembre de 2007

El peletero / Poesía Fría / Epílogo (1 de 2) 2 de enero de 2008

El peletero / Poesía Fría / Epílogo (y 2) 3 de enero de 2008

viernes, 27 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-Epílogo (1 de 2)

2 Enero 2008

EPÍLOGO

Papá nunca me ocultó que había asesinado a mi madre.

Apenas tuve uso de razón lo supe.

Supe eso y sus razones también.

Pero al hacerlo me dejó sin nombre con el que mirarme al espejo.

Hube de salir a buscarlo, fabricarlo o robarlo.

Liberé a mi gata y no me llevé más que un pañuelo ensangrentado.

Un asesinato sobre mi conciencia.

Y el consejo de un buen poeta:

Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles
sobre la infinita paciencia
de la luz.

(Dos versos de “Carta de un lector”, Adam Zagajewski) (*)


Así fue como me adentré por el camino del Rey.

Por él tuve que caminar día tras día, viviendo de lo poco que el paisaje me daba.

El camino del Rey es un camino sumamente inhóspito y peligroso, y es necesario conocer determinado tipo de cosas para saber dónde y a quién preguntar, o pedir… hospitalidad.

Saber por ejemplo quiénes son los dueños de las casas.

Saberlo puede significar la diferencia entre vivir o no.

Hallé una casa. Esa:



Nunca conseguí averiguar quién era su dueño.

¿La chica que medio se ve, o medio se esconde?

¿Ha salido o no se atreve a entrar?

¿El chico de la puerta con algo que parece un sombrero en la mano derecha?

¿O el dueño es el pájaro blanco que ya se encuentra dentro de ella?

Hay algo que tampoco llegué nunca a saber sobre la imagen de la pared. Las piernas que apenas vemos ¿son de dos que bailan o de dos que se pelean?

No quise quedarme, fui precavida y seguí mi camino.

Días y semanas caminando, quizás meses, nunca llevé un registro, ni un calendario. Nunca supe cuánto tiempo anduve y no recuerdo tampoco qué cosas sucedieron antes o a continuación de otras.

Lo que sí sé es que después de muchos esfuerzos conseguí llegar al mismísimo Palacio del Rey. Al fin lo había logrado.

Trataría de conseguir una entrevista con él. ¿Quién sabe?, quizás el Rey podría ayudarme a encontrar mi nombre o quizás tenía poder para dármelo.

El Palacio de ese Rey era esplendido y espectacular.

Lo rodeaba una ciudad enorme y misteriosa. En algunos lugares ascendía por las montañas y en otros se hundía en el mar.

Traté de pedir consejo, intenté preguntar, hablar con sus gentes, pero…

Todo el mundo se encontraba muy ajetreado y nadie respondía a nadie y menos a mis preguntas.

No sabía a quién dirigirme, ni a dónde ir, no sabía quién era el dueño ni quién era el esclavo.

Deambulé por sus calles y esquinas, perdida y abatida durante días y días.

Alquilé una extraña nave para moverme con algo más de facilidad. Estaba cansada de caminar.



Con ella visité esa ciudad enorme que envuelve el palacio. Me alejé y me acerqué.

Me fui y regresé. Me marché y volví. Y lo hice varias veces. Entré y salí.

Salí para volver a entrar y entre duda y duda salir una vez más.

Despacio, lentamente, me familiaricé con el ambiente y aprendí la manera de tratar con aquella gente, cómo me debía acercar, qué música había de salir de mi boca al hablar. Qué significaban los gestos y los silencios.

Yo quería ver al Rey y tuve que aprender a quién se lo debía pedir, y cuánto había de pagar.

Y así lo hice. Y así conseguí conocerlo. Y así llegó el día.

Frente a mí y a otros como yo, se encontraba ese Rey. Delante de nuestros ojos se exponía.

Soy la hija de un asesino acostumbrada al crimen y al injusto sufrimiento ajeno, a pesar de ello, me fue difícil soportar lo que vi.

Aquel hombre se había taladrado la cabeza no sé con qué.

En los agujeros se había colocado unos bastoncitos de madera barnizada y pintada de colores. A pesar de ser diferentes, todos juntos simulaban una corona tan Real como original. Incluso parecían imitar una antena radiofónica, astronómica y sideral.

Su rostro, todavía tumefacto por el dolor de la trepanación, sonreía como un espantapájaros.

Desnudo hasta la cintura se había construido un collar con sus propios dientes, que a golpe de martillo había separado de sus encías con dolorosa paciencia.

De su boca manaba abundante sangre.

De cintura para abajo se cubría con una simple sábana, trapo o tela estampada, simulando una piel de tigre.

Clavados en tierra sus pies por clavos de ferrocarril, se mantenía derecho gracias a un bastón de madera de cedro que le servía de muleta, y naturalmente de cetro real.

Y así, tal cual, de esa guisa, mandaba sobre millones y millones de millones de personas, a pesar que muchos otros millones también lo desobedecían y lo odiaban, tanto que querían escarnecerlo y matarlo.

Pero él, a pesar de sentirse triste, simulaba no estar afectado, y con sincera voluntad se mantenía en pie mientras la sangre le fluía por el cuerpo como un río desbocado y desbordado, hasta inundarlo todo, incluso hasta mucho más allá.

Aquel espectáculo me había trastornado. Me sentía aturdida y desconcertada. Por supuesto no había realizado pregunta alguna. Ni yo, ni tampoco ninguna de aquellas otras personas que habían conseguido una audiencia.

Me fui de allí. Anduve por calles y plazas, hasta que, fatigada y consternada, procuré descansar.

Me senté en el suelo, en un rincón apartado. Medio escondida por una media sombra.

Y presencié sin proponérmelo un número de circo. Allí mismo, delante de mis ojos.

El espectáculo era inocente, sencillo y sin trucos.

El interés estaba en el contraste entre un niño casi adolescente, desnudo y una enorme serpiente enroscada en su cuerpo que podía matarle.



Con sólo quererlo aquella bestia podía romperle los huesos y asfixiarlo y después, tal vez, comérselo medio vivo o medio muerto, que para la serpiente daba igual una cosa o la otra.

Eso es lo que podía verse, cuatro cabriolas mal hechas sin demasiada gracia ni por parte del niño, ni de la serpiente, más dormida que despierta. Ni por el viejo que a su derecha tocaba una flauta tan vieja como él.

Los espectadores, echados en el suelo, estaban somnolientos, descansando, sin lavarse, con las armas aún en la mano y llenos de polvo.

¿Miraban algo?, ¿miraban a la serpiente? o en realidad ¿miraban al niño desnudo?

Tal y como habían llegado se habían quedado, tal cual, tirados en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Allí estaban, descansando con las armas y la sangre pegada aún entre los dedos y mirando con desgana cómo el niño jugaba con la serpiente, tratando luego de cobrarse algunas monedas de su público.

Ellos, agotados y sucios, el niño, desnudo y con hambre, y la serpiente grande, fría y brillante, su hambre satisfecha, atornillada entre el cuerpo y los brazos y las manos sin dedos del niño.

Parecía que eso fuera lo único que tenía para darle de comer, su propio cuerpo.

Imaginé y supuse que había empezado por los dedos, y que luego le seguirían las manos y los brazos, y entre éstos y aquéllos alguna que otra rata y a veces incluso algún perro famélico.

Allí estaban, en el suelo, descansando, con las armas todavía calientes, y con una mirada de estúpida pereza mirando cómo aquel niño tullido jugaba con la serpiente para ellos.

Me fui abatida y desanimada, la somnolencia de aquellos hombres era una ofensa, no sé a quién, pero a alguien ofendían. Aunque supongo que su estado de indolencia era lo que aparecía después de un combate a muerte.

Eran soldados del Rey que apenas unas horas antes habían estado matando y muriendo por él. La furia necesaria para la guerra cansa.

A mí me cansaba la frustración. Mi viaje estaba resultando un fracaso, y mi caminar no hallaba la dirección adecuada.

Así estaba, abatida y desolada, cuando la hallé. Una casa vacía, deshabitada y abandonada. Parecía no tener dueño.

Entré.

No se oía nada.

Atravesé pasillos, salones y puertas, y en medio de la casa, justo en su centro, descubrí el jardín. Un jardín con una fuente seca. Y en medio de ese jardín, la piedra. Un gigantesco pedazo de mármol.

El polvo lo ocupaba todo, estaba por doquier, incluso aquella enorme piedra de más de dos mil libras no se había podido librar de él.

El mármol era más viejo que el maldito polvo que lo cubría. Tan inmóvil estaba que parecía que tampoco se diese cuenta, o que no le importase demasiado estar sepultado y cubierto por él.

Aparté el polvo con mi mano y la vi de frente. Era una piedra casi blanca, bella, grande y pulida.

Indiferente a todo, en medio de esa fuente seca, había una enorme piedra, sepultada por esa otra piedra desmenuzada, llamada polvo, triturada, aplastada, microscópica, hecha añicos, convertida en ceniza de cadáver.

Fósil y mineral.

Polvo de estrellas apagadas y negras, intentando humillar al mármol, hermoso, tan grande, tan inmenso y poderoso y tan solo como abandonado. Vano intento esa humillación.

Cimiento y pedestal que soportando la cima y los intestinos al mismo tiempo, no reía por no llorar, no hablaba por no callar.

Solo y solitario, olvidado y desmemoriado, con cara de perro, con cara de animal, casi sin rostro.

Eso fue precisamente lo que me sorprendió al verla, al ver la piedra enseguida la reconocí, esa cara de perro que tenía el mármol, era igual a la de mi padre asesino. Él también tenía cara de perro, de animal, tenía una cara sin rostro. Ambos enormes, la piedra y él, grandiosos, tan poderosos que sólo con su cuerpo podían aplastarte hasta convertirte en polvo.

Allí estaba, formidable, quieto. Quizás atento, quizás no.

Allí habitaba, en medio de la fuente seca,

que hay en medio del patio,

que hay en medio de la casa abandonada,

que quizás se halla en medio de la ciudad,

en algún lugar que seguro es el centro de algo.

No era mía aquella casa, pero nadie me impidió habitarla. Y así lo hice, la ocupé, la limpié y la adorné con pinturas, muebles y cortinas. Y la verdad es que la vida cambia con una casa.

Cuando se tiene una casa todo mejora.

Gracias a ella enamoré a una mujer, sin la casa no se hubiera fijado en mí. Habría podido enamorarme de un hombre, pero me gustó hacerlo de alguien como yo, que oliera igual, que tuviera el mismo sabor, que gimiera como yo.

Demasiada extranjera me sentía ya como para dar mi amor y mi cuerpo a alguien diferente a mí. Ella me calmó, me sosegó, me enseñó de lo que era capaz mi mente y mi cuerpo. Y aunque tampoco pudo darme ningún nombre me dio un refugio entre sus brazos. Me consoló y me curó el ansia de vivir sin nombre.

Al menos me dio su rostro porque amarla era como amarme a mí misma. Una experiencia gratificante, difícil y tan sensual como reveladora.

Ambas éramos muy hermosas. Si ella lo era, también lo era yo.

Pero… llegó lo inevitable y ella se fue, se marchó, y yo hube de abandonar aquella casa y a mi querida piedra de cara de perro, de ternera, de animal.

Ya no podía permanecer allí sola. En ella viví acompañada, pero tuve que irme igual que llegué.



Me dolió su marcha. Las dos necesitábamos hacerlo, creo que fue lo correcto, pero me lastimó casi como una amputación.

“Hay momentos en que uno debe de dejar de mirarse al espejo y franquearlo”, decía ella.

Y continuaba: “necesitábamos traspasarlo, no quedarnos siempre en esa frustrante frontera de cristal. Pasar al otro lado del espejo solamente lo puedes hacer con alguien distinto a ti. No es nada que tenga que ver con el amor ni con la biología”, afirmaba segura, ”tiene que ver con la poesía y quizás también con…”, no terminaba la frase, se callaba, bajaba la mirada y su rostro enmudecía.

No sé si lo consiguió, pero yo, la verdad, creo que todavía no he traspasado nada excepto la línea que separa la vida de la muerte. Todo lo demás me parecen tonterías de poetas.

Acostumbrarme otra vez al camino no fue una tarea fácil, pero tuve suerte. Conocí a otro viajero como yo, Saverio Cuchiaio di Tomasso, un peletero que supo donde debía de llevarme. Y me llevó a casa de Teodoro, el pintor.

(*) El peletero / Poesía Fría / Prólogo