sábado, 11 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (3 de 4)



1 Febrero 2008

Lo vi antes que él a nosotros. Allí, en medio de la carretera, frente al auto, y más allá de la luz de nuestros faros.

En plena oscuridad, había algo todavía más negro.

Se movía.

Se giró para mirarnos. Era ciego, pero nos veía.

Saltó y desapareció por entre los árboles.

Al pasar nosotros las ramas todavía batían.

En algún rincón seguía estando, quieto y palpitante.

Mi chófer no se había dado cuenta de nada.

Seguimos nuestro camino, y nos alejamos.

No es la primera vez que los veo, son inofensivos; ángeles que han perdido la vista y la memoria de tanto amar a los humanos. Son miedosos, enseguida se asustan y huyen.

Yo conozco a uno que todavía resiste y conserva su condición original, aunque cada vez es más cínico. Lleva muy mal vernos morir, se llama Caín y le gusta ser una máquina, le gusta el metal. Yo creo que me miente, lo que realmente le gusta es la carne, pero teme olvidar. ¿El qué?, le pregunto yo. A todos a los que he visto morir, me responde.

Entonces me callo y miro cómo se desvanece,

cómo lentamente va perdiendo el color,

como si lo estuviera olvidando.

Los árboles seguían mostrándome su sombra, parecía que nos guardaran del bosque, del corazón de la tiniebla.

No había nada que temer.

En esa seguridad regresé a mí, para seguir recordando a mi viejo profesor.

“De joven estudié y me doctoré en Medicina Forense, pero toda mi obra escrita y mi actividad docente ha estado dedicada al Arte. También empecé estudios de Arqueología, pero esta es una disciplina que requiere esfuerzos comunes, equipos organizados de personas y subvenciones económicas y a mí no me gusta conversar, colaborar, ni pedir limosna. También estaba el barro y el polvo, el sol y la lluvia, demasiada naturaleza para alguien que admira la arquitectura. Abandoné esos estudios pronto, al fin y al cabo, tarde o temprano, todo acaba bien ordenado y colocado en las vitrinas de los museos.

Algunos perspicaces los han comparado con los cementerios y lo gracioso es que tienen razón. Todos los museos tienen algo de Campo Santo. Eso es un lugar común, la comparación entre un museo y una necrópolis es tan antigua como el arte de embalsamar, pero en fin, es así.”.

“La cárcel no es un museo, es también un cementerio donde te pueden volver a matar. En ella supe que no hay una sola muerte sino varias. Pero yo no tenía miedo, era el más fuerte porque era el único que no quería huir de allí. La cárcel era un refugio, un escondite excelente. Estaba encerrado como en una pintura, petrificado en óleo, embalsamado en aceite. Las momias son mojones, señalan los límites, los umbrales, son una escultura. Una cosa absolutamente inmóvil”

“Entré maduro en la cárcel, casi viejo. Salí ganando al cambiar espacio por tiempo. Cuando viajas deprisa el cerebro se te despega del cráneo. Pero yo no me muevo. En la cárcel, como ahora mismo que viajo a velocidad cero, el tiempo se dilata, ocupa todo el volumen y las cosas que hay en él. Se detiene y acabas convertido en una instantánea, en una pintura”.

“Siempre he detestado las cosas que se mueven demasiado porque son efímeras, se consumen, se gastan y duran poco. Lo bueno tal vez sea breve, pero lo mejor es eterno”.


Eso es casi todo lo que recuerdo de sus palabras.

Un día alguien encontró su cadáver. Según la autopsia, la muerte por hipotermia tuvo lugar mes y medio antes. Lo encontraron muerto de frío en su jardín que no era otra cosa que un triste y destartalado patio trasero. Estábamos en invierno y tal vez quiso morir congelado. Ironías aparte, cuando lo hallaron ya apestaba horriblemente. El hedor había alertado a los vecinos. Era de noche cuando me llamaron y me dieron la noticia.

En aquella época, todavía muy joven, yo trabajaba de algo que se parecía a ser periodista, pero que en realidad no lo era. Tenía que regresar corriendo al periódico y escribir la necrológica. Ser el único miembro de la redacción que había sido alumno suyo me daba un cierto derecho.

Encima de la mesa del despacho me encontré con las fotografías que la policía había tomado del cadáver. Las pocas que le habían hecho en vida no valían gran cosa comparadas con ésas, aquello era ya carne pura quemándose en el infierno.

Naturalmente no las podíamos publicar. Decidimos colocar la que le hizo la policía cuando le arrestó, despeinado y con barba de dos días. El cuello de la camisa aún conservaba unas manchas oscuras de sangre, ¿o era suciedad? Nadie pudo averiguar qué significaba, si es que significaba algo, aquel jilguero vivo, ese pequeño pájaro entre sus enormes manos, musculadas y fuertes de tanto hacer rodar las ruedas de su silla de inválido.

La policía no encontró la manera de conseguir que soltara el jilguero, mientras le hacían las fotos de rigor, amenazaba con aplastarlo.

jueves, 9 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (2 de 4)



30 Enero 2008

Mi viejo profesor no tenía familia ni pagaba a nadie para que le calentase su cama. Pero cuando murió por hipotermia, apareció de la nada un primo tercero latinoamericano, tratando de hacer valer sus derechos.

Quizás sí, quizás tenía alguna clase de voz y voto sobre la herencia, herencia que consistía básicamente en derechos de autor.

Tal vez, pero… el caso es que le hice una cara nueva, gratis y sin necesidad de recurrir a la cirugía estética, muy de moda en su país. Me lo agradeció tanto que regresó a la selva sin despedirse. Yo también se lo agradecí, fue todo un detalle irse así, me gusta la gente que se marcha sin decir adiós. El “hola” tiene alguna razón de ser, pero el “adiós” no.

No fui tan malo, al indio le di todo el dinero que tenía mi profesor en el banco, que no era poco y yo me quedé con todo lo demás.

Ya sé que soy desagradable, pero yo sé que lo soy, otros son amables y no lo saben.

Así fue como conseguí su patrimonio, libros, papeles, notas, diarios, apuntes y muchas páginas escritas de toda clase de cosas. Lo guardé en cajas no demasiado ordenadas. El trabajo tuve que hacerlo yo, no quise que nadie me ayudara. No había de haber ninguna secretaria o archivador eficiente, ordenando y ojeando sus cosas. Una vez terminado el trabajo lo hubiera tenido que matar y tampoco había que llegar a eso.

Pero él sÍ que llegó a eso, cometió un crimen y le condenaron por ello.

Diez años de cárcel y libertad condicional por edad avanzada y salud deteriorada lo volvieron a dejar en la calle, más famoso y rico que antes. Las solicitudes para realizar conferencias le llovieron de todas partes. Yo asistí a casi todas, y a todas sin pagar, aunque en todas ellas había que pagar entrada. Yo accedía con pase preferente que él me proporcionaba, de secretario, ayudante, amante, gigoló o lo que fuera, el caso era entrar y sin pagar. En aquel tiempo yo era pobre.

En sus conferencias no se repartían copias del texto y tampoco se permitían artilugios para grabar la voz. Te sometían a un registro escrupuloso. A mí eso me daba igual, porque yo, por decirlo así, entraba por la puerta de atrás y hubiera podido tener el texto oficial, pero es que él tampoco se presentaba con nada escrito, siempre improvisaba. Solamente podíamos tomar notas

Yo siempre he sido lento escribiendo, mis apuntes de clase nunca valieron gran cosa y si a veces es frustrante ver una película subtitulada, también lo es tomar notas en una conferencia. Así que siempre decidía escuchar y disfrutar. Hay memorias fotográficas y las hay taquigráficas y yo siempre he recordado mucho mejor las caras que los nombres. Así que todo lo que guardo en mi mente es un cóctel variado de sus conferencias. Bien mezcladas, aunque como los buenos Dry Martini, sólo agitados y no removidos, unas “balas de plata” muy sofisticadas.

Sus conferencias tenían una cualidad muy alta y hasta exquisita. Todas ellas trataban de Arte, artes plásticas y arquitectura, fundamentalmente. También hacía incursiones en la poesía y la música, pero siempre fue un hombre muy visual. Aunque yo pienso también que tenía un verdadero don para la poesía. En más de una ocasión se lo manifesté, pero él no quería reconocerlo, casi como si tuviera vergüenza de aceptar su capacidad.

Tenía una teoría muy bien formada y formulada con mucha precisión sobre la “jerarquía” en las distintas disciplinas artísticas; ese es un concepto osado, y que hoy en día tiene poco predicamento dada la democratización puritana de la sociedad en todos sus ámbitos, llegando a los extremos que llegan todas esas tergiversaciones que hoy en día pertenecen a lo “políticamente correcto”, invención de las izquierdas en su impertérrita pretensión de cambiar la realidad, no queriendo saber nunca que la única cosa que no cambia es precisamente eso, la realidad.

Así pues y siguiendo el hilo, mi viejo profesor sabía que la cima de la pirámide de las artes lo ocupa la poesía y que luego viene la literatura y después la pintura iconográfica y en cuarto lugar…, pero mejor que no siga. El caso es que la altura de sus parlamentos provocaban en más de uno mareo y a la mayoría vértigo.

También debo resaltar que su público hubiera llegado a ser exclusivamente especializado y erudito, a no ser por esa inveterada costumbre de la que siempre hacía gala y verdadero arte, el exabrupto, la salida de tono, el bufido y la descarga de toda su extensa batería de cañones y armamento verbal. Al final, pólvora, nada más, al final ruido y tracas veraniegas, pero eso gustaba al público, y daba morbilidad a su erudición, a esa ciencia que pocos podían seguir.

Pero la “barbaridad” no lo era únicamente, esa era también su gracia que pocos entendían, ni siquiera la soltaba un anciano extravagante que no sabía medir sus palabras y sus sarcasmos. He de confesar que en eso yo fui su mejor alumno, me enorgullezco de decir alto que gracias a él, nadie me gana en herir con la palabra. Pero él era otra cosa, él era un artista.

Aunque, después de sus fuegos artificiales, había días que llovía. Había noches que sus truenos rompían las nubes y desataba la furia, el agua y el viento. A la mañana siguiente lucía el sol, debíamos bajarnos la visera del sombrero, calzarnos las “sunglasses” y entornar los ojos y el corazón. Tanto en los primeros como en el segundo, había nacido una duda.

¿Era aquello, ese mal carácter, un disfraz?, ¿el velo de un poeta vergonzoso?, ¿una simple habilidad de ocasión? ¿Una manera no sangrienta de hacer daño? Yo creo que era el arma de un inválido, nada más. De pequeño fue víctima de un accidente que lo dejó para siempre en su silla.

Cuando afirmo que era el arma de un inválido, evidentemente estoy haciendo un eufemismo del rencor.

No otra cosa era el alarde de su don. Puro rencor. ¿De qué? de su invalidez, quizás de afrentas y ofensas infantiles y juveniles, amores imposibles por su minusvalía, quién sabe, al menos yo no. Pero mi proximidad a él me permitió reconocer en su palabrería dañina una lógica, un sentido que conseguía tener también significado más allá de esa maldad. Al final, quizás sin quererlo, ese rencor se trascendía a sí mismo.

Y así lograba llegar a ser poesía.

Otros solamente veían dolor en él, nada más, pero yo sé que eso, esa cosa, esa aflicción que los ingleses llaman “sorrow”, y que al decirlo parece que casi pidan perdón, es algo que proviene de otra parte del alma, de aquella que es consciente de sí y no de eso que los psicoanalistas llaman el inconsciente.

Quizás era un anillo, incluso hubiera podido ser el de los Nibelungos o el de Bilbo Bolson, un anillo de poder, forjado por alguien oscuro, el anillo de una diosa, un triple anillo. Fuera lo que fuese, muy a menudo introducía su áspera mano, y tocaba algo en su bolsillo, no sé qué era, nunca conseguí saberlo. Cuando eso hacía, apenas le oía susurrar cinco palabras entremedias de la luz, “your shadow is my soul”.

“Soy viejo”, decía desafiante, como si quisiera retar al público a algún combate extraño, “y mi cuerpo está completamente acabado”, proseguía, “sólo funcionan más mal que bien mis cuerdas vocales. Aún puedo hablar y gritar, y con ellas también puedo todavía matar”, los oyentes se asustaban esperando algún grito asesino salir de su garganta. “Antes, sanas y poderosas, podían acabar con elefantes y toros, ahora sólo consigo matar pájaros, ratas y niños. Sentado en mi jardín, con sólo abrir la boca, he conseguido exterminar a toda la población de periquitos y jilgueros de mi barrio y aunque sé que es un trabajo gratuito, me complace ver en las caras de mis vecinos y en las de sus veterinarios, el estupor por algo que no pueden evitar ni comprender”.

Su voz evidentemente no mataba a nadie, aunque poderosa, fuerte y escandalosa, era tan inofensiva como el ladrido de un perro enfadado.

“Las ratas en cambio no tienen dueño”, proseguía, “son orgullosas, se saben débiles y miserables, apestan y repugnan, matarlas es difícil, no son cobardes, tienen sentido común y son las que mejor huyen. Se esconden con habilidad, hay que buscarlas y perseguirlas. Tienes que penetrar en su infra mundo donde son las reinas y donde tú, el asesino, el intruso, te encuentras perdido y desamparado. Algún día será su momento, mientras tanto es mejor olvidarse de ellas”. Afirmaba mirando al público con los ojos húmedos por el colirio.

Y concluía sin inmutarse: “Los niños pequeños son tan sucios como las ratas y como los viejos, y tan fáciles de matar como los pájaros. No huyen, ni cantan, sólo comen, defecan y lloran. Y como no quiero volver a la cárcel no pienso decir nada más sobre ellos”.

Y cuando todos pensaban que ya había terminado, continuaba: “Pero…”, el público expectante, “nunca he conseguido matar con mi grito a ninguna flor".

Este es el mayor misterio de mi vida.

En la cárcel había un jardín, cada mañana temprano, a primera hora, lo visitaba en mi silla de ruedas. Era un espectáculo esplendoroso, todo él era una maravillosa primavera, conmovedora. Sus colores parecían derramarse de alguna nube perdida. Yo me quedaba allí, parado, absorto, contemplándolo, saboreando su fragancia y ese ensueño de colores, preguntándome quién podía ser ése que tiene la capacidad de hacer tales cosas.

Empezaba a gritar y a chillarles a las flores.

Ellas me ignoraban, nunca mostraban la más pequeña señal de saber que yo me encontraba allí, se comportaban como si yo no existiera, vociferaba, clamaba y no paraba hasta que él llegaba. Cada día igual, a la misma hora, me miraba sonriente y me saludaba.

Yo estaba exhausto de tanto gritar, y él tan tranquilo, dulce, sonriente y amable. Lo miraba sorprendido, cada día era lo mismo, con su regadora iba echando agua a las plantas con sus flores, tranquilas y obscenas, desvergonzadas, sin mostrar ningún rastro de pudor en exhibir su belleza a quien quisiera mirarlas. Las flores deberían estar prohibidas, pensaba yo.

¿Quién eres? Le preguntaba yo cada día.

El jardinero, me respondía, ¿quién quieres que sea?

¿El jardinero?, ¿qué es eso demonios?, ¡explícate mejor!, ¡habla claro!, le pedía gritándole.

El que cuida el jardín, el que poda, el que planta, el que siembra, el que abona, el que injerta, pero sobre todo…

¿Qué?, sobre todo ¿qué?

El que riega.

¿Das agua?

Eso, sí, doy agua, a quien tiene sed. ¿Tienes sed?, me preguntaba

¡Sí! Dame esa agua, le pedía.

Tómala, y me llenaba un vaso metálico que tenía preparado, y yo la bebía sediento, como si aquella agua fuera el vino de la Santa Cena. Solamente así me callaba, cansado, fatigado, casi muerto, el vaso se me resbala de las manos y caía al suelo. Él lo recogía sonriente y seguía con su trabajo. Yo lo contemplaba intrigado y exhausto. Cuando terminaba se despedía con un “hasta mañana”.


Así cada día, hasta la mañana siguiente, para repetir una vez más la misma escena; creo que aquel hombre sabía algo que nunca pude descubrir porque nunca encontré la pregunta correcta. Durante aquellos diez años lo intenté y nunca lo logré.

Ése es el hombre que he de encontrar, el Aguador, así lo llamaba mi viejo profesor.

Cuando me refiero a encontrarlo quiero decir que he de hallar algún papel que hable de él.

Todo lo que contaba mi maestro eran por supuesto mentiras, nada era verdad. O casi nada. Su gracia y su virtud consistían en no esconder que lo eran, y eso es algo frente a lo cual las personas no están preparadas. Por más que las adviertas, su predisposición natural es creerse cualquier cosa que les cuentes.

Sí, estuvo en la cárcel condenado por asesinato, eso sí era verdad, lo demás…, nadie podría asegurarlo, y yo tampoco.

En alguna de aquellas cajas en las que guardé, hace años, todo su patrimonio de papeles, cartas y miles de páginas escritas, recuerdo haber medio leído algo sobre ese Aguador y una historia extrañamente parecida a la de Natalia.

Además mi viejo profesor se llamaba… “Miguel Zweifel”.

Pero no era el Miguel de la carta de Natalia, no era ése.

Y tampoco era el protagonista de “Dolicocéfala rubia”, “Teodoro Zweifel”, esa novela mediocre de un italiano, Dino Segre, alias Pitigrilli, y que gustaba tanto a mi profesor y a ése que se hacía llamar “el peletero”.

No viene a cuento, o quizás sí, pero ambos, el peletero y mi maestro siempre citaban frases de ese escritor ocurrente y divertido. Una de ellas, muy repetida por los dos, era: “para las mujeres es bueno poseer muchos defectos, pues no nos suelen amar por nuestras virtudes”. Esa siempre fue una de las claves de la vida de ambos.

Pero yo solamente quiero hablar de mi viejo profesor.

miércoles, 8 de abril de 2009

E peletero/El ladrido de un perro en cuatro partes y una canción



28 Enero 2008

Para ti, de aquél que construye casas nuevas entre flores vanidosas.

(Barcelona, 28 de enero de 2008)


PRIMERA PARTE

“¿Qué sabes tú de lo que fue mi vida?

Ahora sólo ves estos últimos años que son como la empuñadura de un cuchillo clavado hasta el final en mi costado.

Arráncalo de golpe y un borbotón de sueños salpicará tu rostro”.

(Ángel González)


SEGUNDA PARTE

Parecía el sonido de un tenedor resbalando por un plato vacío sin llegar a pinchar nada. Al oír aquel ruido estridente, ladeó la cabeza y pensó que había llegado al final.

Ensimismado saboreaba su cerveza. La casa estaba silenciosa, todos dormían confiados en su vigilancia. Sus padres, su esposa inexistente, sus hijos que no había tenido, la asistenta y la hija pequeña de la asistenta de tres años. Incluso muy lejos de allí dormía también su hermano, cansado, confiado y optimista como había sido siempre. Todos dormían tranquilos y confiados.

El tenedor seguía resbalando por el plato vacío y él seguía ladeando la cabeza.

No paraba de mear aquella cerveza y al hacerlo se miraba en el espejo del baño y al mirarse se preguntaba: ¿por qué demonios ladeo la cabeza de esa manera?

No tardó demasiado tiempo en morirse. Fue una muerte rápida.

Todos dormían y se dieron cuenta a la mañana siguiente.

Cuando lo hallaron en el suelo, tenía los ojos hinchados y todavía calientes mientras el resto del cuerpo ya se había enfriado.

Lo enterraron con la cabeza ladeada, no pudieron enderezarla. Aunque nadie recuerda si fue a derecha o a izquierda o si señalaba el norte o el sur

El tenedor seguía resbalando por aquel plato vacío.

TERCERA PARTE

Una vez muerto se dio cuenta de una tontería, de una obviedad; se dio cuenta que estar muerto es peor que estar vivo, el cuerpo es poca cosa, pero menos es nada.

Cuando estás vivo, pensó, sabes poco de algo, pero muerto lo sabes todo de nada.

Aunque estaba muerto se daba cuenta también que la nada es una fiera hambrienta, transparente, ansiosa y depredadora y que inevitablemente invisibles y muertos somos una presa que huye desesperada, sin posibilidad ninguna de encontrar refugio.

Una fiera que no tiene lados ni esquinas, ni algo que merezca ser aguantado ni sostenido, pero lo peor no es que no tenga horizonte ni suelo, lo peor tampoco es que esté vacía, todo eso no tiene importancia, lo verdaderamente terrible es que está abandonada.

También se dio cuenta que todo eso no era conocimiento, ciencia o sabiduría, era solamente un olor, era el olor del tiempo y el estupor ante la terrible belleza de su umbral, desvanecida definitivamente.

Todo eso era únicamente olor y dolor.

Estar muerto es una mutilación absoluta y los muertos caemos sin cesar, se dijo así mismo, y nuestro único consuelo, pensó, es saber que no hay fondo.

Pero… se dio cuenta de algo, tarde sin duda, se dio cuenta que justo antes de morirse había pensado que debía de recordar a alguien más, pues a todos había recordado, pero la muerte, desgraciadamente, lo atrapó antes de conseguirlo.

Ya hemos dicho que fue una muerte rápida.

Mientras caía oyó a un perro ladrar.

CUARTA PARTE

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había venido a buscarme. En julio se hubieran cumplido siete años de su muerte.

Él conocía el camino de vuelta a casa, su olor no se olvida.

No puede olvidarse jamás cuando en casa, contigo, todo había sido un respirar florido, de noches y flores, en nuestro viejo jardín.

Mientras ella dormía, yo trataba de rendirme a las delicias de nuestro pecado y de nuestro Amor.

Ella, que mientras soñaba, dibujaba en el aire, todo su encanto y toda su gracia.

Ella, que con su ambiguo movimiento, y con su estar lánguido, se sumía por las sendas del olvido.

Ella, que al dormir vibraba, y hasta lloraba durmiendo, y yo, sabiendo orgulloso, que era la causa de ese temblor y de esa dulzura de su llanto.

Ella, que al entornar sus ojos, daba así por acabado nuestro combate amoroso.

Combate que también terminaba por dormirse con una sonrisa embelesada.

Como ella, como yo.

A través de nuestra ventana entreabierta, con sus viejas y despintadas persianas, casi bajadas, casi cerradas, casi abiertas,

nos visitaba el viento,

y todo era,

una vez más,

como un respirar florido.

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había logrado encontrarme. En diciembre hubiera cumplido diecinueve años.

Todavía recordaba mi olor. Juntos empezamos a caminar, él sabía cuál era el camino de vuelta a casa.

Ya era hora de regresar, me dije aquel lejano 28 de enero de 2008.

A mi casa Florida.

A mi casa abandonada.

Y LA CANCIÓN

Quan ella dorm el gaudi somnolent
del vell jardí vibrant de flors i nit,
passant per la finestra sóc el vent,
i tot és com un alenar florit.

Quan ella dorm i sense fer-hi esment
tomba a les grans fondàries de l'oblit,
l'abella so que clava la roent
agulla -fúria i foc- en el seu pit.

La que era estampa, encís i galanor
i moviment ambigu, és plor i crit.
I jo, causa del dol, de la dolçor

en faig lasses delícies de pecat,
i Amor, que veu, ulls closos, el combat,
s'adorm amb un somriure embadalit.

(“Sonet”, Bertomeu Rosselló-Pòrcel)


lunes, 6 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (1 de 4)



24 Enero 2008

Todos me llaman “El Gordo”, me llaman así incluso aquellos que no me conocen, que todavía ni siquiera me han visto y que seguro no desean hacerlo.

Pero alguien fue el primero en apodarme así.

Fue mi viejo profesor.

A partir de entonces todos me llaman “El Gordo”, todos menos ella…

Todos menos Natalia (*). La directora de este balneario de lujo en el que me hallo tratando de mejorar mi salud. Hemos simpatizado y aunque nos llamamos de usted y mantenemos las distancias, conversamos mientras nos tomamos algunas copas de whisky. Con el tiempo uno termina haciendo confesiones y revelando partes escondidas de su intimidad. Eso es lo que inevitablemente ha ocurrido.

En nuestra última conversación me dio a leer una carta privada donde quedaban extrañamente reflejadas ella y buena parte de su vida. He de reconocer que su lectura me trastornó, pocas cosas lo hacen, casi nada perturba mi ánimo, pero esa carta lo hizo y provocó en mí recuerdos trascendentales y muy lejanos. Tenía que recuperarlos, ordenarlos y enfrentarme a ellos de nuevo.

Esa mujer, Natalia, no es nadie. Nadie en el sentido que nadie la llorará si muere o vive, quizás ni siquiera su hijo, y si él lo hace apenas será durante el sepelio y poca cosa más. De allí irá a engrosar la lista interminable de personas sin nombre. Pero…

Pero…

Natalia tiene un “pero”, algo que todavía no sé por qué diablos me afecta.

Quizás solamente sea aburrimiento, quizás no tengo nada mejor que hacer, quizás me esté volviendo viejo o loco y me esté enamorando. ¿Enamorando?, ¿de ella?, no, de ella no, de otra, ¿de quién? De una que no se llama Natalia, claro, de una que se llama de otra manera.

Nuestra última conversación terminó con los dos borrachos, ella muchísimo más que yo, gimoteando y asustada de sí misma. Al final acabó más abatida que dormida en la butaca del salón donde charlábamos, en una postura ridícula y penosa, cabeza echada hacia atrás, boca abierta y brazos colgando, piernas ligeramente separadas, un pie descalzo, el zapato caído, y su falda arrugada y algo subida, ladeada, descolocada y dejando entrever unas bragas verde loro que sin duda no gustarían a nadie, a ningún hombre, y mucho menos a ninguna mujer. Seguro que no lo estaban, pero parecían sucias. El color de esas bragas era la prueba que su cabeza no regía adecuadamente.

Sus manos de dedos largos no habían podido sostener el vaso con los últimos tragos de whisky mezclados con el agua del hielo deshelado. En el suelo se quedó, no se había roto al caérsele y despacio había ido rodando hasta un lugar inadecuado donde cualquiera podía tropezar con él, caerse también y hacerse daño. Si eso sucedía en un balneario de lujo, supuestamente dedicado a la salud y justo al lado precisamente de su directora, totalmente inconsciente a causa de una borrachera y desencajada físicamente, podía suponerle graves y evidentesproblemas.

No fue compasión, ni caridad, creo. Pienso más bien que curiosidad, pero en el fondo tanto da, se salva una vida de la misma manera que se deja perder.

Decidí salvarla.

Me da igual cargar con setenta y cinco kilos de más o de menos. Como si fuera una muñeca de trapo me la monté en el hombro y lo más rápido que pude, después de apartar de una patada el vaso peligroso, me la llevé a mi habitación. La eché en mi cama. Hice una llamada de teléfono, una llamada perdida. Me desvestí y me di un buen baño, mientras ella dormía la mona.

Debía haberla llevado a su habitación, pero se hallaba en la otra ala del edificio y había de pasar por recepción, se hubieran extrañado al verme acarrear a su querida directora como si fuera un simple saco de patatas.

Recuperado, me vestí, y procuré borrar las huellas del alcohol en mi rostro y en mi cerebro. Tomé las llaves de su habitación, y entonces sí. Fui y me llevé ropa limpia de ella. Me costó encontrar un “underwear” digno que no fuera vulgar o de colores de carnaval. Al fin hallé algo blanco, bonito y normal. Ese fue un detalle que me extrañó, su país es de los mejores en diseñar este tipo de prendas, ¿por qué llevaba ella ésas tan mediocres y feas?

Regresé a mi habitación y allí lo deje todo, incluidos cepillos, cremas y colonias. Bajé a cenar, cené y soborné a una camarera para que me subiese lo mismo a la habitación, “tengo más hambre le dije” dándole un billete de cien. Es curioso como estos papelitos impresos con un número convierten tan fácilmente a la gente en esclava.

Me senté a su lado. La observé, roncaba flojito. Esperé. Se había orinado encima. La desvestí de cintura para abajo.

Después de seis horas se despertó. Se hacía tarde, decidí llenar de nuevo la bañera de agua caliente y la deposité dentro. Llevaba el pubis depilado, pero de hacía días. Los pelos ya asomaban, empezaban a dejarse ver, no eran una sombra, y sí la barba mal afeitada de un ferroviario, aquello debía de pinchar más que la cama de un fakir. O ella es así o aún estaba borracha, pero no dijo nada, ni se quejó, ni protestó, ni tampoco pareció sorprenderse de hallarse desnuda y que la metiera dentro de mi bañera como si fuera mi hija. Yo creo que se tranquilizó al notar enseguida que su entrepierna se encontraba en un estado “normal” y que nada fuera de su voluntad o deseo había ocurrido. Aunque no se había dado cuenta que se había orinado, dejando su vestido y mis sábanas con un fuerte olor a meados de gata.

Lo metí todo en una bolsa de basura, igual como hizo una antigua clienta mía con la ropa de su marido al que estaba echando de su casa. Al pobre hombre le hizo más daño las bolsas de basura que la patada en el trasero que le estaba dando su, hasta en aquel momento, querida esposa. Fue una manera clara de hacerle ver que la cosa iba en serio. A los hombres les cuesta entender un “¡vete!”. Al igual que a las mujeres entender un “ven”. Unos y otros siempre van o vienen a destiempo.

Entré en el baño, seguía dentro del agua, me miró sin taparse. ¿Tiene para mucho?, le pregunté. Estaba fumando, ¿de dónde demonios había sacado el cigarrillo?

¿Usted se ha bañado ya?, me preguntó

Sí, hace un buen rato, más de seis horas, le dije.

De acuerdo, así terminaré antes, me respondió con una sonrisa inconveniente y fuera de lugar, y mientras se le caía el cigarro en el agua. Fui a recogerlo para sacarlo cuando me asió por la muñeca.

¡Suelte!, le ordené. Y me soltó.

Afuera, encima de mi cama, tiene ropa limpia y en la mesa algo de comida, le doy una hora, alguien me espera abajo, he de hablar con él. Luego regresaré, y no quiero verla aquí. Haré una pequeña maleta con un par de cosas y me iré.

Guárdeme la habitación, dentro de unos días, no sé cuantos, estaré de vuelta. ¿Me ha entendido?

Sí.

¡Ah!, y no se olvide de ordenar que me cambien las sábanas, se ha meado usted en ellas y las ha manchado, está usted empezando a menstruar, ya lo debe haber notado.

Por último, si necesita algo, algo que sea verdaderamente… vital, llame a este número. No es necesario que diga nada, llame y cuelgue, y tendrá eso que necesita en menos de seis horas.

En el vestíbulo había un hombre esperándome con un automóvil. Estuvimos hablando un rato y haciendo tiempo. Luego regresé a mi habitación, ella ya se había ido. Guardé en mi maleta ese par de cosas y me fui.

Ya era de noche cuando el auto arrancó.

La carretera era comarcal y estaba todo a oscuras. No corras, le dije a mi “chófer”, nunca he tenido prisa y menos ahora. Me recosté en el asiento de atrás y dejé que mis ojos vieran pasar las sombras de los árboles. Puse la calefacción, cerré la música y me ensimismé

Necesitaba recordar a mi viejo profesor.

sábado, 4 de abril de 2009

El peletero/Mi coño



24 Enero 2008

El cuerpo del hombre es perfecto, y el cuerpo de la mujer es perfecto.

(Walt Whitman)


El presente relato es una fantasía en la que no se cuenta ninguna mentira, aunque nada en ella sea verdad.

Y si alguna vez lo fue, ya no lo es.

Es mucho más limitada que el famoso libro de relatos titulado “Coños”, “opera prima” de Juan Manuel de Prada. Y al mismo tiempo mucho más humilde, pues si el señor de Prada hace un alarde de coños, yo me conformo con uno solo, aunque muy bello. Tampoco pretende emular al famoso “Diccionario secreto” de Camilo José Cela.

El presente texto fue redactado en un primer momento como un canto a ese coño, un himno, para alabarlo, elogiarlo y honrarlo. Pero el triste paso del tiempo, lo ha convertido en una ensoñación irreal. Por eso, antes que se desvanezca del todo en la nada del olvido, reescribo el poema y lo introduzco en una botella, y al igual que se hace ahora con las cenizas de los muertos, la lanzaré al mar un día de verano, cuando las playas estén llenas de muchachas hermosas ocupadas con los suyos, preocupadas en cuidarlos, atenderlos y alimentarlos, como si la arena fuese un jardín pintado por O’Keefe.

La Real Academia Española de la Lengua define de la siguiente manera a:

coño.

(Del lat. cŭnnus).
1. m. malson. Parte externa del aparato genital de la hembra.
2. m. despect. Chile. español (‖ natural de España).
3. m. vulg. Ven. tipo (‖ individuo).
4. adj. Chile y Ec. tacaño (‖ miserable).

coño.

1.interj. U. para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

Nosotros usaremos aquí la primera acepción que nos señala la R. A. E., como la parte externa del aparato genital de la hembra. Hemos de especificar que estamos hablando de las hembras mamíferas placentarias y no de otras. En las demás, la denominación correcta es la de cloaca. La especie animal a la que nos referimos es la humana.

También usaremos la palabra coño como metáfora del alma. Tal vez asimismo sobre decirlo, pero nunca está de más repetirlo y mucho más cuando se canta.

Para empezar correctamente es conveniente manifestar que mi coño no era mi coño. Mi coño era el coño de ella, y aunque ella decía que era mío, no lo era, era de ella y de nadie más que de ella.

Como debe ser.

Su coño me gustaba. Me gustaba su aspecto, su olor y su sabor. Cuando lo conocí estaba depilado. Le pedí que se dejara crecer el vello, me hubiera gustado verlo selvático y bárbaro. Ella me decía que era muy velluda, que los pelos le sobresaldrían por los lados de las bragas y que cuando tuviera que ir al ginecólogo le iba a dar vergüenza mostrarse así. Igualmente me hizo ver que si fuera a la piscina no quedaría muy bonita con ese aspecto, que debería entonces recortárselo por los lados y que además es mucho más higiénico depilarse. Yo creo que es una moda, pero también recuerdo el comentario que en su país la costumbre es ésa, la depilación, y esto significa que los hombres de allí eso es lo que demandan y a lo que deben de estar habituados. Le respondí que hiciera lo que creyera conveniente, aunque me pareció que la idea de que se lo afeitara yo mismo, improvisándome en barbero íntimo y que fueran mis propias manos las que dejasen su coño más parecido al de una niña que al de una mujer, le gustó y le entusiasmó. Hice mención que las buenas brochas llevan pelos de marta cibelina, de una extrema suavidad. La imagen de verse abierta y rendida de piernas ante mí, y enjabonada por la fineza de ese pincel exquisito le pareció deliciosa y muy excitante. Pero claro, para llegar a eso debía dejarse crecer el vello.

El coño que ella decía que era mío lo tuve prestado apenas una semana, una semana que pasó rápida y veloz. En mis manos lo depositó, generosa y desprendida, junto con el resto de su cuerpo. Yo me entregué a su admiración y mimo, a su canto, atención y cuidado. Y procuré también, con mis escasas habilidades, darle lo que supuse demandaba y necesitaba, sin mostrarme reacio a oír y seguir como buen alumno sus indicaciones y señales. Yo no sé si hice lo correcto, si me apliqué lo suficiente, ella afirmaba que sí, pero eso nunca se sabe con certeza.

Mientras esperaba el reencuentro prometido, le decía y aconsejaba a su propietaria que no lo mantuviera inactivo, el buen ejercicio siempre es saludable. Le recomendaba encarecidamente las necesarias masturbaciones, las que a ella le apeteciera darse o hacerse. Le recordaba que el masaje, manual o vibratorio, y la lubricación que conlleva, siempre son una excelente gimnasia y profilaxis. Naturalmente, están también los orgasmos, indispensables por supuesto. El placer y la descarga emocional y eléctrica que producen atemperan el carácter, suavizan el ánimo y aumentan el optimismo y la perspectiva de las cosas. Un buen orgasmo mejora incluso el futuro. El mundo no se ve igual después de una buena y gozosa paja, gallarda o gayola, da igual el nombre.

Yo insistía en que no debía avergonzarse de ello, el onanismo es una palabra fea sin duda, pero es también una disciplina sana y jubilosa. Ella me decía que sí, pero claro, aquí también hizo lo que le dio la gana. Eso por supuesto no estaba en mis manos, valga la paradoja cruel, pero por algo mi coño no era mío, y sí era suyo, y por eso ella hizo con él lo que le vino en gana hacer, pues por algo era y es suyo y de nadie más, y al mismo tiempo es bueno que sea así y que siga siéndolo por los siglos de los siglos.

Todas esas consideraciones y consejos implicaban, claro está, el respeto, la fidelidad y la lealtad a unos compromisos asumidos por ambos, con ilusión y alegría. Y la esperanza puesta en nuestro reencuentro. Que creímos, mejor dicho, creí, sería pronto. Pero…

Lo que siguió forma parte de la tragedia, y cuando la desdicha no es griega es muy fácil caer en el ridículo de la tragicomedia o el melodrama televisivo. Por eso me abstendré de hacer comentarios y me comportaré con la valentía y la fortaleza con la que seguro se hubiera comportado Walt Whitman, poderoso, exuberante, triste y alegre. Melancólico, vigoroso y siempre feliz. Agradecido por vivir.

A veces con aquel a quien amo, me lleno de ira al pensar que acaso prodigo un amor que no es correspondido.
Pero creo que no hay amor que no sea correspondido, la retribución es cierta de una manera u otra.
(Amé ardientemente a cierta persona y mi amor no fue correspondido. Y no obstante, ese amor ha inspirado estos cantos).

(Walt Whitman)


Así pues, agradecido, afirmo que:

Me gustó su coño, sí, he de reconocerlo y no me caen prendas en afirmarlo alto y claro. Él y su amigo y vecino, el ano, tan cerca y tan distinto, buen compañero de juegos, perfecta desembocadura y mejor entrada. El ano, siempre hospitalario y marrano, cálido y afectuoso, cueva de los vientos y de musicales truenos.

Me gustó su coño, me gustó su aspecto de pasa arrugada y su interior de higa madura. Me gustó su sabor a sima oceánica, a remolino abisal, a sudor de entraña, a tiburón. Me gustó su olor almizclero, a venera, a mañana caribeña o a víspera mediterránea.

A fruta futura.

Madura.

Me gustó su coño y la perla que guarda embozada, secreta, tímida y alborotadora.

Me gustó su coño y me gustó cantarlo.

Aunque la verdad, yo creía que su coño oía mi canto y que se alborozaba con él.

Pero resultó que no.

viernes, 3 de abril de 2009

El peletero/El ojo y el negro (11)



21 Enero 2008

Querido Teodoro,

¿Recuerdas las palabras de nuestro padre?, ¿recuerdas lo que dijo cuando tuvo que matar a aquel luterano para defenderse? Yo sí lo recuerdo, él decía que en esta vida hay que tratar de ser justo y eso significa ser imparcial y procurar que cada uno obtenga lo que se merece, pero que una cosa es ser imparcial y otra muy diferente es ser neutral, y que por eso, él sería siempre fiel a Roma y al Papa. Deja la política para los demás.

Por otro lado ya sabes que no se puede dar misa y repicar las campanas al mismo tiempo, así que limítate a hacer lo que tú sabes hacer bien, que son solamente dos cosas, pintar, y cuidar y querer a Marta.

Las mujeres en esta parte del mundo somos así, si las quieres todas terminarás por no tener a ninguna, tal vez sea eso lo que le ocurre a tu amigo Saverio.

Tal vez sea eso, o… tal vez no.

En todo caso, gasta la pintura que sea necesaria para pintar esas ubres descomunales que hasta a mí me dan ganas de acariciar, pero que tú no debes acercarte a menos de cuatro pasos de ellas. ¿Me has oído? Como me entere por Marta que has intentado beber la leche de otra mujer que no sea ella, me subo en el primer barco, te bajo los pantalones y te azoto como a un niño. Aunque creo que Marta sería perfectamente capaz de hacerlo sin mi ayuda.

Y déjate de tonterías sobre los mares del sur, esclavas guapas o libres, el genovés te ha llenado la cabeza de sueños de pájaro.

Christian ya está organizando la primera expedición a Génova de pieles de castor americano. Le han llegado puntuales las letras de cambio que los hermanos Iván y Milton negociarán con su propio banco. De momento todo está saliendo bien y a nosotros nos tocará una buena comisión de este negocio que no me gusta, y no me gusta porque le gusta demasiado a Pablo.

De momento está ayudando a Christian en diferentes tareas, es un muchacho listo y creo que también inteligente, pero estas remesas de pieles americanas le hacen soñar con los paisajes de este maldito continente que se lleva más vidas que las que trae. Quien se marcha no regresa.

Además Iván, el judío que elige las pieles, es otro charlatán como Saverio, no para de contar historias de mares lejanos y perdidos, va detrás de todas las mujeres que se le ponen al paso, a todas les dice algo simpático y lo peor de todo ello es que lo es, el muy sinvergüenza, es simpático sin apenas saber hablar la lengua de aquí. Esos judíos hablan de todo un poco, casi parece una jerga que sólo ellos conocen. El caso es que se ha hecho amigo de Pablo y mi hijo se queda embobado escuchándole. Christian no le da importancia, no presta atención a esas cosas, y todo eso es importante, parece que le dé igual que se vaya, que cualquier día alguien nos diga que se ha embarcado.

Por eso, cuando Saverio me enseñó el rostro de su esclava, la miré con aprensión y recelo. Tú te encaprichaste de una ramera negra, que según decías, aunque oscura por fuera, por dentro tenía la carne igual que una cristiana antigua. Que sus labios podían tener el color de las heces, pero que su lengua era pura carne tierna de lechal. Y luego se me presenta tu amigo genovés y me habla de no sé quién demonios de india que en su país no debería ir ni vestida. Y además, en tu última carta, me recuerdas a Isaac, quien al morirse en el parto Sofía, su amada, y en lugar de dejar a su hija recién nacida en custodia, en casa de su suegro, se la lleva con él y embarca hacia no sabemos dónde, al Este afirmaban, buscando el sol naciente, decía él aquella mañana que se fue con la pequeña en sus brazos. Aquel día me morí de pena.

Estoy rodeada de hombres que quieren irse no sé a donde en busca de soles que no existen y de mujeres salvajes que huelen a frutas y a madera, mientras nosotras olemos a sebo y a sangre muerta. Además, llega un genovés que tiene la perversa costumbre de perfumarse como hacen estos afeminados franceses.

-¿Por qué viajáis solo?, le pregunté a Saverio. ¿Nadie os espera en vuestra casa?

-Sí, me respondió sonriendo, un secretario de cabellos grises y de mirada macilenta.

-¿Os burláis de mí?, le pregunté ofendida.

-Sí, me burlo de vos, querida Silvia, me burlo porque os respeto, me respondió con desfachatez.

-¿Y eso?, ¿cómo se come?

-Como a vos os apetezca, me burlo porque hacéis preguntas que ya deberíais haber respondido.

-Debo de ser tonta, pues.

-Viajo solo porque soy un hombre solo. ¿No habíais conocido antes a ninguno?

-No.

-Pues lo habéis tenido siempre enfrente, delante de vuestros propios ojos, casi lo criasteis vos.

-¿A quién os referís?

-A vuestro hermano. Teodoro es un hombre solo.

-Me tiene a mí y ahora a Marta.

-¿Y qué?

-¿Cómo que, y qué?

-Teodoro no tiene a nadie, ni a vos, ni a Marta. Nunca tendrá a nadie, apenas su pintura… ¿No sabéis reconocer a alguien solo? También hay mujeres solas, menos, pero las hay. Si no son ricas son putas o santas, y las que no son ni una cosa ni la otra terminan locas.

-¿Por qué me habláis así?, sin ninguna clase de respeto y con ese sarcasmo hiriente.

-¿Os he herido?

-Sí, lo habéis hecho y no comprendo por qué. Os debería echar de mi casa.

-No lo hagáis, ya me voy yo, y disculpad ese daño que decís que os he causado.

Se levantó, se puso su jubón y su capa, el sombrero, me hizo una reverencia y me dio la espalda dispuesto a irse.

-Esperad, le dije.

-¿Sí?

-¿Qué es estar solo?

-Eso que estoy haciendo ahora, irme.

-Por vuestra culpa en todo caso, tenedlo presente, no me la adjudiquéis a mí, no seáis injusto.

-No lo soy, es por mi culpa sin duda.

-¿Irse es estar solo?

-Sí, estar solo es no tener casa, siempre te estás yendo de todas partes.

-¿A dónde iréis?

-¿Dónde queréis que vaya?, al camino, en el fondo es lo que me gusta, no me quejo, a veces lloro, pero no me quejo, lo busco.

-¿Y esas que decís son amigas vuestras?

-¿Quiénes?

-Amparo y Magdalena.

-¿Qué queréis saber de ellas?

-¿Qué son para vos?

-Amigas.

-¿Un hombre puede tener amigas?

-Si ambos viven lejos y se ven poco, sí.

-¿Y si no?

-Si no… tampoco.

-No me hagáis reír. ¿Tampoco o también?

-¿Queréis ser mi amiga?

-Si me prometéis ser más educado y amable, sí.

-Os lo prometo.

-Entonces seré vuestra amiga

Me pidió la mano y se la di, y con la suya ya enguantada me la giró, quedando mi palma hacia arriba, la besó, besó la palma, justo en el centro.

Cerró mi mano sobre sí misma mientras me miraba, y… se fue.

Besó la palma de mi mano,
mi mano entre sus labios,
y sus labios en mi mano.


Parece un poema, y...una premonición, un deseo de pájaro alto.

No de esos que dicen que levitan, de esos no, no es el deseo de un santo ni de un místico. Es el deseo de uno de esos que vuelan con sus enormes alas extendidas y su pico curvo, tan duro que rompe el hielo y libera al sol.

Decís los hombres que las mujeres estamos locas y tenéis toda la razón, estamos tan locas como lo estáis vosotros. Y las que estamos solas y no somos ni ricas ni putas ni santas, lo estamos más.

Pareció un poema,
pero sólo fue un beso.
Un beso de un hombre solo,
en una mano vacía de mujer,
que no en una de mujer vacía.
Sólo fue un beso,
pero pareció un poema.


Querido Teodoro,

Así terminé la carta ayer, pero hoy es otro día. El sol es distinto y el viento sopla del norte, ya sabes qué significa eso. Frío.

Así pues…no te aproveches querido hermano que al final, transcribiendo la conversación con Saverio, me haya ablandado como una papilla para niños o para ancianos. Recuerda todo lo que te he dicho al principio de la carta. ¿Lo harás?

No lo olvides, si no te azotaré como a un niño. Como a un niño de teta, eso que según parece ahora eres. Se comedido y no te atragantes.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.

PD. Teodoro, ¿de verdad te sientes solo? ¿Tan solo que lloras algunas noches? Si es así no te lo calles. Estar solo y ser mudo es doble castigo. Yo quiero a mi familia, pero veo en los ojos de Pablo los tuyos y los de Saverio, y tengo miedo, tengo miedo de verdad. Por eso me casé con Christian, sus ojos miran diferente, a veces incluso, demasiado diferente.

Si recibes noticias de Saverio no te olvides de contármelas.

jueves, 2 de abril de 2009

El peletero/La Máquina

17 Enero 2008

Ah, lo que tú quieres saber, jovencito,
quedará como no preguntado, se perderá sin ser dicho.

(Pier Paolo Pasolini, entresacado de una conversación con el adolescente Bernardo Bertolucci)


Las máquinas fallan y lo hacen muy a menudo.

Pero los humanos fallamos más.

En realidad las máquinas no deberían fallar nunca, para eso son máquinas, nos sustituyen allí donde no llegamos. Hacen aquello que nosotros no alcanzamos ni podemos hacer más que a través suyo, pues ellas mismas somos nosotros, ¿quién si no las ha pensado y construido?



Una prótesis, una válvula del corazón, un empaste dental, un antibiótico, un lavaplatos, unas pestañas postizas, un simple cuchillo para cortar el pan… Cualquiera de ellos es una máquina. Hemos poblado nuestro paisaje de artilugios, artefactos, ingenios y aparatos que nos ayudan en todo aquello que creemos necesario. Incluso pueden llegar a convertirse en un amigo, en un compañero de juegos, en el símbolo de alguien, en aquello que evoca nuestro recuerdo, quizás llegue a ser el recuerdo mismo, o tal vez hasta ese alguien.

Un conjuro mágico es una máquina, lo es una premonición, una adivinanza. Un libro también lo es, lo es la poesía y todo el arte. Lo es cualquier “constructo” humano, una fórmula matemática, una disertación, una simple idea.

Una simple barra de pan.

Y también lo es el erotismo, el sexo practicado por humanos es un puro artificio. Con él conseguimos elevarlo a la suprema categoría que la estética puede alcanzar, a su máxima condición, ésa que todos conocemos por el nombre de ética.

Y que popularmente se conoce por amor, olvidando añadirle el adjetivo de “erótico”, el término exacto es, “amor erótico”, colindante con el otro, con el Amor sin adjetivos, el tesoro de la creación, el mismísimo corazón de Dios.

Nuestras máquinas apenas las estamos empezando a fabricar, el tiempo que llevamos es mera prehistoria comparado con el que ha de venir. Desde grandes naves interplanetarias a quánticos componentes para la nueva era de la informática. Vacunas y nuevas medicinas que casi nos convertirán en inmortales.

La revolución que se nos avecina dejará pequeños, mudará en enanos, en verdaderos ciudadanos de Liliput, a Marx y a su amigo Engels.

Las máquinas son una maravillosa metáfora de la compañía y también la perfecta lección de que la mejor compañía siempre somos nosotros mismos.

¿Esa fue la pretensión de Dios al crearnos? ¿Construir su mejor compañía a través del mismo material del que Él está hecho? ¿Acompañarse a sí mismo? ¿O precisamente todo lo contrario?

¿Dios quiso con nosotros construir verdaderamente al Otro?, ¿ese terreno desconocido, siempre difícil, incluso peligroso? Porque… la verdadera aventura, la auténtica épica siempre es descubrir ese nuevo continente, sea un desierto, una selva, montaña o valle, tierra o mar, que es…



…el Otro.

La pregunta crucial tal vez no sea, ¿qué hay después?, sino, ¿quién es ése?

Blade Runner y su autor Philip K. Dick, que no pudo anticipar ni imaginar los teléfonos móviles o celulares, terminará acertando con sus replicantes y los talleres piratas de ojos, riñones, o pedazos de cerebro con la memoria que uno quiera, a elegir según menú, o diseñada a medida.

Blade Runner tiene un momento tierno que no es amoroso a pesar de la belleza de sus protagonistas, de Harrison Ford (joven y atractivo), de Sean Young, especialmente espléndida al final de la película con su maravilloso abrigo de piel auténtica. Por suerte la película de Ridley Scott todavía no había sido contaminada por la epidemia ecologista y ese amor tan infantil por la naturaleza.

Los replicantes son máquinas muy parecidas a los humanos, lo son tanto que únicamente expertos en ellas pueden distinguirlas de los auténticos hombres y mujeres. Máquinas diseñadas para tareas específicas y con una fecha de caducidad habitualmente muy corta.



Ese momento tierno mencionado es cuando el ingeniero principal del proyecto que fabrica los replicantes, J. F. Sebastián (William Sanderson), aquejado del síndrome de Matusalén, que lo envejece prematura y exactamente igual que les sucede a sus criaturas, esas que él mismo diseña, es visitado por una de ellas, Rutger Oelson Hauer interpretando el papel de Roy Batty, un peligroso replicante de la serie “Nexus 6”.

Roy Batty ha huido junto con algunos compañeros más, y de algún confín de la galaxia han regresado a la Tierra para hacer una pregunta.

El apartamento del ingeniero es enorme, parece un palacio romano o palermitano, en un edificio vacío y ruinoso, del que te sorprendes que todavía funcione el ascensor. Es un hombre, tímido y físicamente poca cosa, que juega al ajedrez por teléfono (Philip K. Dick tampoco anticipó Internet) con el Gran Jefe de la Tyrrell Corporation, la que fabrica esos ingenios, mitad máquinas, mitad no se sabe qué.

Es un hombre solo que ha poblado ese apartamento, mitad palacio, mitad devastación, de muñecos articulados, juguetes vivos, medio hombres y mujeres y medio marionetas independientes. Entes locos que tropiezan contra las puertas, dan media vuelta y vuelta a empezar, para que a la tercera o cuarta intentona traspasarla sin darse de bruces contra ellas o las paredes cercanas. Parecen soldados de plomo, pero están hechos de carne, carne humana con una fecha de caducidad diferente a la nuestra.

Roy Batty quiere saber por qué se le termina su tiempo. Él es un ser construido para combatir. También desea saberlo Rachael (Sean Young) que al principio ignora que lo es, pero que la han diseñado para satisfacer a los hombres y darles placer. Ambos son casi humanos o quizás más humanos que nosotros mismos.

Roy Batty, la máquina, visita a J. F. Sebastián, su “padre” y a través de él consigue llegar hasta el Presidente de la Tyrrell Corporation, su “Dios”.

Quiere verlos para preguntarles ¿por qué? Ni uno ni otro son capaces de responderle, ni el Padre ni El Espíritu Santo conocen la respuesta. Y el Hijo no está presente o quizás lo sea esa misma máquina que llora en brazos de su creador, ésa que llena de miedo y que, faltada del mínimo cariño, termina por matarlos a ambos.



A mí también me gustan las máquinas, como le gustan a Caín, el ángel libre que aúlla porque no sabe llorar. Y me gusta que las máquinas salven vidas y den placer. Me gusta que las máquinas nos acompañen, me gusta conversar con ellas de la misma forma que lo hago con las lagartijas verdes con rayas oscuras.

También me gusta el palacio barroco que he comprado. He debido sobornar a un funcionario y a dos políticos para que no lo declarasen edificio de interés arquitectónico. En él me he recluido, es austero, con pocos muebles, pero con la mejor tecnología en comunicaciones que he sido capaz de reunir. Incluso me he instalado en la azotea un potente telescopio y en mi estudio un avispado microscopio.

En mi enorme alcoba solamente hallaremos una cama baja, casi japonesa y casi de monje; una mesita para depositar la lámpara y algún que otro libro y en un rincón, en el otro extremo, un pequeño armario con ropa; ¡ah!, y una silla para depositar la ropa que me quito cuando me acuesto.



En el último piso he instalado mi taller, donde construyo esas máquinas, y a través de mi página web, las vendo como si fuera un inventor estrafalario.

Naturalmente lo soy, estrafalario, pero soy inofensivo y simpático. Y todos aquellos y aquellas que se atreven y vienen a comprármelas directamente a mi casa, -para, así de paso, aprovechar y conocerme-, me llaman artista o me apodan directa y cariñosamente, “Leonardo”.

Yo se lo agradezco haciéndoles una rebaja en el precio. Y alguna que otra muchacha jovencita, demasiada niña aún, y bastantes mujeres de todas las edades, me besan y me piden que me acueste con ellas, como si yo también fuera una máquina. Gustoso les digo que sí a todas, a unas y a las otras, a las niñas y a las ancianas, me gusta hacer el amor con ellas, con todas ellas. Algunas son tiernas y dulces y otras salvajes y guerreras. Unas me dicen “ven” y otras me piden que espere, y mientras espero se me desnudan delante de mis ojos con la mejor y más seductora de las danzas, no necesitan música, o son ellas mismas las que me cantan, con su propia voz o con la alegría de su deseo.

Después hacemos eso que me piden. Algunas regresan, y todas se van satisfechas y contentas a casa donde las espera su esposo, novio, compañero o robot.

Las máquinas se rompen y lo hacen muy a menudo.



Pero los humanos nos estropeamos mucho más.

Yo ya he de tomar una de esas pastillas que ayudan a la erección, son formidables, unas máquinas perfectas que gracias a ellas y a pesar de mi edad, puedo todavía complacer bastante dignamente a mis queridas clientas.

ECCE HOMO

Sí, yo sé de donde procedo.
La llama no me sacia,
quemo y me consumo.
Todo lo que toco se convierte en luz
y carbón todo aquello que dejo:
es muy cierto que soy una llama.

Friedrich Nietzsche


Esas fueron palabras del gran filósofo alemán, pero que hubieran podido ser perfecta y normalmente dichas también por, Roy Batty, “replicante” de la serie “Nexus 6”. Nadie de nosotros se hubiera sorprendido al oírlas de su propia boca mientras, inexorablemente, se le expiraba su tiempo.

Ellas también, las palabras del poeta, y todos nuestros momentos “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

“Es hora de morir”, dijo Roy Batty.

Y murió.

miércoles, 1 de abril de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (sobre Arte)



14 Enero 2008

AUGUSTUS Y FIDELIUS son dos personajes, padre e hijo, que “El peletero” ya utilizó una vez y de manera paródica, haciendo pasar sus conversaciones como textos estoicos del siglo II, en el post titulado: “El peletero en la torre”

-Queridísimo Augustus, y al mismo tiempo amadísimo padre, ¿puedo preguntaros algo que hace tiempo me tiene intrigado?

-Naturalmente que sí, Fidelius, pregunta lo que quieras hijo mío, trataré de responderte, lo mejor que sé, que no es mucho.

-Venerado padre, la comida puede ser sofisticada o sencilla, sus ingredientes exóticos o de la huerta de nuestra propia casa. Su elaboración es obra casi de químicos y alquimistas o bien de gente llana como nosotros, la comida simplemente hervida o asada, a fuego lento, procurando y vigilando únicamente que la carne no se queme o el arroz no se pase. La presentación también puede ser escueta o bien muy elaborada, casi como esculturas, monas de pascua o sombreros como los que lucían las damas en la Corte francesa de Luis XVI, diez años antes de su ejecución en la “guillotine”. A pesar pues de todo ello, de todas esas enormes diferencias que hay entre unos platos y otros, cualquiera puede comer de cualquiera de ellos.

-Así es Fidelius.

-Pero, ¿no es verdad también, padre mío, el dicho que afirma que la miel no está hecha para la boca del asno?

-Es cierto el dicho en relación al goce del ágape, nada más, allá cada cual con su capacidad de disfrute y deleite, amado hijo mío.

-Entonces, cualquiera puede tragar y masticar aquello que le plazca. ¿Es así?

-Así es, efectivamente, allá cada cual con su lengua y su bolsillo.

-Entonces admirado padre, ¿me equivoco si afirmo que el Arte es igual que la comida? ¿Y que no hay diferencia entre lo que nos llevamos a la boca y lo que mostramos a nuestros ojos, o procuramos que oigan nuestros oídos?

-No te equivocas Fidelius, pero dime, ¿por qué me lo preguntas?

-Os lo pregunto porque para leer un texto escrito en mandarín, hay que saber esa lengua. Pero según parece el Arte está escrito en una lengua que todos podemos entender.

-Es verdad Fidelius, todos tenemos boca para comer y ojos para mirar aquello que nos plazca, pero no es exacto afirmar que eso que llamamos Arte esté escrito en una lengua universal.

-¿No?

-No todos miramos igual, ni tampoco miramos las mismas cosas, Fidelius.

-¿Pero vemos lo mismo?

-No siempre.

-¿De qué depende?

-De lo que sabemos, y lo que sabemos depende de lo que aprendemos, y aprendemos lo que nos enseñan y lo que nosotros queremos y somos capaces de saber.

-Querido padre, dicen que la música sí es un lenguaje universal.

-Amado Fidelius, la música es una forma de ordenar el tiempo. El tiempo sí es universal, pero cada uno, cada familia y cada tribu lo ordena como quiere. El ser humano es casi eso, un archivista, alguien que ordena y jerarquiza el mundo. Alguien que quiere descubrir su protocolo.

-Augustus, si digo que cada idioma, cada lengua, es una manera distinta de cantar, ¿estaré en lo cierto?, ¿crees que es una metáfora correcta?

-Sí, amado hijo, lo es.

-¿Augustus?

-Dime, Fidelius.

-¿Has dicho que también miramos diferente?

-Sí Fidelius, también miramos distinto.

-¿Qué es distinto, amado Augustus?, ¿la manera de mirar o aquello que miramos?

-Ambas cosas.

-¿Es igual ahora que antes?

-No Fidelius, no es igual ahora que antes. Las artes plásticas concebidas a la manera tradicional están muertas, no hay otra manera de decirlo. El suyo es un mundo endogámico y que se alimenta de sus propios excrementos, coprofágico. Todo él es una perversión y un gran malentendido. Pero aquello que empezó a matarlo a finales del siglo XIX y a primeros del XX, -la aparición de eso que se conoce como “vanguardia”, y antes que ella, el movimiento romántico- es una de las grandes “ideas fuerza” que se han inventado, es tan grande su poder que llega hasta hoy.

-¿Por qué es grande su poder? ¿En que consiste?

-Amado hijo, hoy eres muy inquisitivo, pero yo te he enseñado a serlo, así que me siento orgulloso de tus preguntas al igual que del nombre que te di. Fidelius, su poder consiste en dos cosas, en el subjetivismo y en la novedad. La primera enfatiza y da valor a la “sensación”, la segunda es la coartada filosófica y moral que esconde su mercantilismo.

-Yo también me siento orgulloso de pronunciar el tuyo, padre. Augustus es el mejor que mi abuelo podía darte. Pero déjame afirmar que según mi criterio, nada de lo que alegas es malo, ni siquiera la mercantilización del arte.

-No lo es Fidelius cuando se afirma y no se esconde, los artistas también tienen derecho a vivir. Pero sí es malo cuando se disimula hipócritamente. Y es malo el subjetivismo cuando no se es exigente. Todo el mundo tiene “emociones”, pero no todas las emociones son iguales. De esas dos cosas que configuran el poder de esa “idea fuerza”, la primera democratiza el consumo de arte, no se necesita nada más que ponerse delante de la obra para “experimentarla”. Te gustará o no, la disfrutarás o no, eso es lo de menos, lo importante es que cualquiera es capaz, no se necesita saber nada para “apreciar” el arte. Ésa es una idea, una argumentación, que como te puedes imaginar ha tenido un gran éxito popular. Uno de sus corolarios es la confusión entre espontaneidad y creatividad y la conclusión de que el “saber” coarta la libertad, esa espontaneidad y la necesaria creatividad que todo artista, obviamente, necesita.

-¿Qué piensas querido padre, de la enseñanza moderna en relación a estos asuntos del arte de los que hablamos? Ya sabes que yo soy maestro, enseño a criar y a entrenar gallos para pelear.

-Pues ya debes suponértelo, amable Fidelius. En relación a estos malentendidos que mencionaba, uno de sus compañeros de viaje han sido también todas las corrientes pedagógicas modernas, muchas de las psicológicas y alguna de las sociológicas, y que tú debes conocer muy bien y que yo, con mi habitual exceso verbal, califico, como una de las más grandes estafas del siglo XX y XXI y que debería estar prohibido por ley ser pedagogo, y que todos los que actualmente ostentan y lucen semejante título deberían estar directamente en la cárcel o condenados a trabajos forzados.

-Sí, conozco perfectamente vuestro exceso verbal Augustus. Es desmesurado, pero es un acicate.

-Fidelius, hay que procurar dejar claras también dos cosas. Una es que las artes plásticas no se limitan únicamente a la pintura, o al arte de “salón”, de este arte pensado y realizado exclusivamente para el galerista, el coleccionista y el museo. A alguien puede gustarle coleccionar algo, desde sellos de correo a vello púbico, como hacía el Marqués de la “Escopeta Nacional” de Berlanga. Pero es una contradicción en sí mismo construir algo directamente para el coleccionista. Cuando eso sucede hay algo que no funciona. Y casi todo el “arte plástico que ocupa y del que se ocupan la mayor parte de los media, es eso. Material de colección, como esos fascículos que ponen a la venta los quioscos de periódicos.

-Pero Augustus, padre, todo el mundo tiene derecho a decir o hacer lo que le parezca, ¿no?

-Sí, naturalmente, precisamente por eso Fidelius, la segunda cosa importante que hay que resaltar es la legitimidad de la obra del “artista”. Él tiene derecho a decir lo que quiera mientras no viole ninguna ley. Ley avalada y promulgada por un Parlamento democrático.

-¿Entonces?

-Entonces, de esa legitimidad podemos extraer una conclusión válida y también importante, que es: de cualquier cosa dicha, cantada, escrita, dibujada, pintada, fotografiada, podemos aprender. Con cualquiera de esas técnicas se pueden decir verdades importantes, desvelarlas ante nuestros ojos y oídos igual que si abriéramos las puertas de una habitación cerrada. Dentro puede esconderse el Paraíso o agazaparse el Infierno. ¿Entiendes lo que te digo, Fidelius, hijo querido?

-Sí, lo entiendo. ¿Es eso poesía?

-Félix de Azúa nos dice que la poesía es la verdad del Arte, pero también afirma con absoluta seguridad y convicción, y sin ningún asomo de duda, que el Arte está muerto.

-¿Por qué Augustus?

-¿Por qué?, porque ya no cumple la función por la cual nació, que es la de representar el fuego sagrado, alrededor del cual se reúne la comunidad, escenificando la liturgia a través de la cual se explica y narra el mito fundacional de la que nació, las claves psicológicas que definen su identidad. Solamente así, cuando la comunidad sabe “quién” es, sabe también “qué” debe hacer.

-¿Y por qué no cumple esa función?

-El Arte ya no cumple esta función porque nuestras comunidades aparte de matar a Dios, mataron también al padre, a la madre y al hijo y a la hija. Las nuestras son sociedades huérfanas y la civilización de la que surgen es cada día más una civilización muda, a la que se le van muriendo los símbolos y las palabras. Nos vamos quedando sin habla y sin memoria, exactamente igual que un enfermo de Alzheimer.

-¿Tan grave es?

-No sé si es grave o no, yo solamente sé que aquello que nuestra civilización hace o dice ya no tiene referentes, la tradición también agoniza (entre otras cosas porque los mismos artistas abominan de ella como si fuera un lastre. Esa quiere ser su coartada moral, cuando en realidad no es más que la disculpa de un deudor que no tiene un céntimo para pagar su deuda, o responder y contrarrestar su propia ignorancia de las cosas. De aquí el elogio del ignorante que está orgulloso, y así lo manifiesta en público, de no saber nada) Y ya no hay palabras que puedan construir un “relato” más o menos coherente de, como mínimo, lo que hacemos o dejamos de hacer. La novedad no es enemiga de la tradición, pero muchos no lo entienden así. Ya decía Eugeni D’Ors que todo aquello que no es tradición es plagio. Y Paul Valery afirmaba también que “lo que no se parece a nada no existe”

-Así pues, ¿no hay arte? Y si no lo hay, ¿qué hay?

-Hay objetos y gestos estéticos. Hay adorno, hay un cierto orden, algo de técnica constructiva. Hay algún manifiesto, denuncias gratuitas, algún propósito, una cierta predisposición, un intento. Hay manierismo, se hacen cosas “a la manera de”.

-Así pues, ¿en lugar de Arte hay moda?

-Eso es Fidelius, hay moda y gastronomía.

-En lugar de Música hay… ¿qué hay Augustus?

-En lugar de Música hay “crooners” y espectáculo. Y todo lo contrario también, hay autismo. ¿No te has fijado en todas esas personas que van por la calle con el i-Pod colocado todo el tiempo? Quieren adornar su vida permanentemente con un hilo musical, música de ambiente. ¿Te has dado cuenta?

-Sí.

-En lugar de la Verdad, lo que existe es la opinión.

-¿Opinión?

-Permíteme citarte a Harry G. Frankfurt y unas pocas palabras suyas de su libro que ya conoces “On Bullshit”. Frankfurt dice:

La proliferación contemporánea de la charlatanería tiene también raíces más profundas en las diversas formas de escepticismo que niegan que podamos tener acceso seguro alguno a una realidad objetiva y que rechazan, por consiguiente, la posibilidad de saber cómo son realmente las cosas. Esas doctrinas “antirrealistas” socavan la confianza en el valor de los esfuerzos desinteresados por determinar qué es verdad y qué es falso, e incluso en la legitimidad de la noción de indagación objetiva. Una respuesta a esta pérdida de confianza ha consistido en renunciar a la disciplina exigida por la dedicación al ideal de la “corrección” para refugiarse en un tipo de disciplina muy diferente, impuesta por la persecución de un ideal alternativo de “sinceridad”. En lugar de tratar primordialmente de lograr representaciones precisas de un mundo común a todos, el individuo se dedica a tratar de obtener representaciones sinceras de sí mismo. Convencido de que la realidad no posee naturaleza alguna inherente que uno pudiera confiar en determinar como la verdad fiel de las cosas, se consagra a ser fiel a su propia naturaleza individual. Es como si decidiera que no tiene sentido intentar ser fiel a los hechos, por lo que, en vez de eso, ha de intentar ser fiel a sí mismo.

-Es claro y contundente.

-Sí Fidelius, lo es. Tú que tienes un blog ya debes haber notado que la“opinión” debe ser la palabra más usada en la blogosfera. Y la expresión: “todas las opiniones son válidas y todas aportan algo” la frase más escrita en las bitácoras de todo el mundo, acompañada de “no me gusta ni quiero polemizar”.

-Todo lo contrario de lo que nos ocurre a nosotros, y de lo que tú me has enseñado que debo hacer, polemizar, cuanto más mejor. Pero cuando conversamos y contamos cosas, ¿hemos de procurar que sean fácilmente entendidas?

-Hemos de procurar que sean simplemente entendidas, ni más ni menos. La comprensión de las cosas es una de sus medidas, la más importante, y un kilómetro de camino lo seguirá siendo siempre, sea éste una carretera, una autopista, o un sendero de cabras.

-Pero las palabras pueden ser oscuras.

-Sólo si las usas mal o las desconoces.

-No todo el mundo las conoce todas.

-Nadie las conoce todas, pero no puedes pretender subir una escalera bajando.

-Hay quien sí.

-Los charlatanes que desprecian el valor de la Verdad y que venden medicinas milagrosas. Entender es un deber que todos tenemos y su responsabilidad no solamente está en quien habla, también está en quién escucha, no solamente lo es del maestro, lo es también del alumno.

- A ti, querido padre, y a mí, al menos nos gusta explicar las cosas al igual que intentaba hacer Van Gogh cuando escribía a Theo, su hermano.

-Tienes toda la razón Fidelius, escucha eso que Van Gogh le cuenta a su hermano a propósito de “El café nocturno”, el 8 de septiembre de 1888, Van Gogh dice lo siguiente:

“En mi cuadro Café nocturno, he tratado de expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes. En fin, he tratado por los contrastes del rosa tierno y del rojo sangre y el borra de vino, del suave verde Luis XV y Veronés, contrastando con los verdes amarillos y los verdes azules duros, todo esto en una atmósfera de hornaza infernal, de azufre pálido, de expresar algo así como la potencia de las tinieblas de un matadero”

-¿Eso es así, Augustus?, ¿el resultado responde a la voluntad del pintor?

-En el caso de Van Gogh sin duda que sí, Fidelius, lo que pretende lo consigue, pero en este caso, además, consigue contar acertadamente cómo y por qué ha pintado de tal o cual manera. Y lo consigue hacer de una forma tremenda y feroz. Es sorprendente la riqueza de matices que le da a los colores, en la que solamente se nos escapa la tonalidad “suave verde Luis XV”, pero nos la imaginamos. Podríamos averiguarlo, sería fácil, pero queremos mantenernos en esa suposición tan poética y llena de significados y símbolos evocadores como lo es la misma música, el sabor y el olor de una magdalena, o cualquier tempestad desatada y violenta en el centro del claro de un bosque. El texto vale tanto como el cuadro.

-Es un gran libro “Las cartas a Theo”.

-Lo es Fidelius. Y yo quiero que tengas un hermano o una hermana para que puedas escribirle cosas tan bellas. Gracias a ese texto y a todo el resto de correspondencia habida entre ellos dos, convertida ya en una muestra impagable de epístolas, lecciones de pintura, dolor y alegrías humanas y amor fraternal. Gracias a él, pues podemos hacer la triple distinción esencial que hallamos en todo aquello que no pretende ser únicamente útil.

-¿Qué distinción?

-Esa triple distinción es la de Arte, Estética y Poesía. ¿Qué las diferencia?, ¿en qué consiste cada una de ellas?

-Cuéntamela.

-La estética es la forma, todo tiene forma. El nuestro es un mundo, un Universo, que tiene forma y que los científicos se esfuerzan en describir muy bien y que nosotros resumiremos, de una manera burda y demasiado simple, como el espacio-tiempo. La misma naturaleza y nuestras obras tienen un orden y un ritmo, una jerarquía, existen grados y rangos que adquieren relevancia a nuestros ojos y oídos y también a nuestro entendimiento. Esta relevancia, este gusto se constituye en tradición. Tradición que varía lenta o rápidamente, en el mismo tiempo y en el espacio. Tradición que se fosiliza, tradición que engendra hijos que viajan a las diferentes regiones del mundo. Hijos que dan nietos y que dan lugar a grandes sagas, o que se quedan estériles.

-Eso que dices me recuerda el humo.

-Claro que sí Fidelius. La estética es la forma que toma el humo, que nunca estará quieto mientras el fuego arda.

-¿Y la poesía?

-La poesía es la verdad del Arte. Diferente de la verdad científica, esa verdad, ya lo hemos afirmado en numerosas ocasiones parafraseando o citando a Félix de Azúa, es la capacidad que cada uno tiene de soportar el dolor. ¿Qué clase de dolor?, Azúa no lo especifica, pero no puede ser otro que el dolor de vivir, ése que produce la conciencia del tiempo, que es también la conciencia de nuestra mortalidad.

-La poesía es pues el calor que da el fuego. Siempre acogedor mientras el fuego arda, como el vientre de una madre.

-Como el vientre de una madre no, Fidelius.

-¿No?

-No, como el vientre de cualquier mujer, recuerda eso siempre, debes de tenerlo muy presente, es muy importante, de ello dependerá que vivas solo o en compañía. Recuérdalo, de cualquier mujer.

-¿De cualquiera?

-Sí, todas tienen el vientre cálido, otra cosa es que lo usen para bien o para mal.

-¿Cómo podré saberlo?

-No podrás, hijo mío. No podrás hasta después.

-¿Después de qué?

-Del daño.

-¿Hay cura?

-Depende

-¿De qué?

-De ti.

-Y eso lo sabré cuando ocurra, ¿verdad?

-Así es.

-Lo recordaré Augustus. Pero ahora háblame del Arte, ¿qué es?

-El Arte es precisamente ese “Fuego” que quema, y alrededor del cual nos sentamos todos. Es el Fuego que nunca nos cansamos de mirar absortos. Es el Fuego que nos permite seguir vivos, sin él ya estaríamos todos muertos de frío, pues afuera, el frío es mortal. En ese Fuego contamos historias. Historias inventadas, todas ellas son mentiras, todas son falsedades y a esas historias les llamamos mitos y ellas nos cuentan, a través de sus personajes heroicos, de dónde venimos y qué hemos venido a hacer. Así, sabiendo eso, sabemos también quiénes somos.

-¿En algún lugar de esa “Trinidad” se halla la Ética”, Augustus?

-Por supuesto, ha aparecido sin nombrarla directamente.

-¿Cómo?

-En la palabra “Verdad” y en la frase “qué hemos venido a hacer”. El Arte tiene un compromiso con la Verdad, ha de revelarla, sacarla a la luz. Nos la debe mostrar. Y lo debe hacer de una manera no muy distinta a como lo hace el científico.

-¿Y, cómo lo hace el científico?

-Siendo fiel a la realidad, Fidelius. Esa es la razón de tu nombre, Fiel. Ya nos lo dice el poeta Wallace Stevens, “la realidad es sólo el principio, pero es el principio”

-Pero eso no casa muy bien con el subjetivismo.

-Claro que no Fidelius.

-Así, estamos otra vez al cabo de la calle.

-Sí. Todos entienden la palabra “subjetivo” porque les permite opinar.

-¿Cómo defines lo objetivo, Augustus?

-Objetivo es todo aquello que es invariante al observador, sea ése quien sea.

-Dame un ejemplo.

-La velocidad de la luz en el vacío.

-¿Nuestro nombre lo es?

-Lo pretende.

-Entonces Augustus, El Arte es una especie de Bautismo.

-¡Exacto! Sí Fidelius, eso es. El Arte es el nombre de las cosas, y también es nuestro nombre, es el nombre que está anotado en una lista, es el nombre que alguien algún día pronunciará frente a toda una multitud o en la más absoluta soledad de un desierto. Al oírlo sabremos que alguien nos llama y entonces habremos de escuchar la pregunta que se nos hará.

-Así, si conocemos nuestro nombre sabremos responderla, ¿verdad Augustus?, si no, no.

-Si no, no.

Y ésa es la pintura de Van Gogh, en la que según él: “uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes…



Y en la que se muestran en toda su potencia: “las tinieblas de un matadero”.

martes, 31 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (10)



10 Enero 2008

Querida Silvia,

Acertaste plenamente con el párroco, su familia es influyente y poderosa. Y aunque Emile es la oveja negra sigue teniendo autoridad y una ascendencia importante en su seno. Su criterio se tiene en cuenta, se respeta y se sigue, sin embargo a veces las consecuencias son inesperadas.

Decía que es la oveja negra por no haber querido acceder a la categoría de Obispo, esa es precisamente una de las disputas con el que ahora ejerce el cargo, sabe que en buena parte es gracias a Emile y no a sus propios méritos. Tal distinción es algo que no se puede rechazar, pero si tus influencias son de peso puedes evitar que el Santo Padre firme el nombramiento. Todo este asunto causó un notable revuelo en su momento y seguro que era eso lo que tú recordabas. Son muy pocas las personas que rechazarían un cargo así.

El caso es que mi Pietà ha atraído a muchos mirones y curiosos, se habla de ella y ha creado polémica. Ni Emile ni yo permitimos que nadie se acerque indebidamente a mirar y a curiosear, más bien para evitar a los espías del obispo que por otra cosa; a mi no me molesta demasiado que me vean pintar mientras no hagan ruidos desagradables. Muchos días estoy pintando mientras se celebra misa, y siempre hay gente por allí observando cómo trabajo. Además Emile, cuando viene, casi cada noche, como te dije, me canta. Tiene una voz preciosa y me gusta que lo haga, venir y cantar.

Podríamos evitar, aunque no demasiado, que la gente viniera a curiosear, pero no podemos impedir que su propia familia lo haga, en muy buena parte son ellos los que pagan los gastos, tanto mi paga como también los materiales y la comida del aprendiz que me prepara las pinturas y me limpia los pinceles, barre y friega. El otro día vino su sobrina, Fabiola, viuda de hace un par de años, ni joven, ni mayor, voluminosa. Digamos que la modista le sale cara por los metros de tela que debe gastar para confeccionar sus vestidos.

Estarás suponiendo que debe ser gorda, no exactamente. Te he hecho un ligero esbozo de uno de los retratos que le estoy pintando para que te hagas una idea cabal de su geografía anatómica. Ése es un esbozo preliminar. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Seguro que sí.

Estoy contento porque además paga bien y al final serán dos los retratos. Al mismo tiempo ha venido también su hija Herminia, que naturalmente es más joven que su madre, pero no mucho menos oronda.

Lo interesante de este asunto es que Fabiola me ha dado, creo, una buena idea.

Llegó y me preguntó, ¿tú eres Teodoro?

Sí, ¿y vos?, ¿quién sois?

Fabiola, una de las muchísimas sobrinas de Emile, mi tío. Una de las que paga eso que ahora estáis pintando en su parroquia, madre feliz y viuda desconsolada. ¿Eres digno de tu nombre?

¿Eh?, ¿Que si amo a Dios?, claro que sí. Mis padres y mi hermana Silvia me enseñaron cómo debía hacerlo, son buenos cristianos y fieles a Roma, y nunca lo he olvidado.

Entonces harás obras de caridad, ¿verdad?

Pues…, soy un hombre pobre, pero… sí, cuando puedo sí, ¿por qué me lo preguntáis?

Necesito vuestra caridad.

(Tosí, carraspeé y tartamudeé) ¿Y cómo puedo dárosla?

Quiero ser Venus, miradme, (abrió los brazos, dio una vuelta entera sobre sí misma y luego se asió los pechos como si me los mostrara o entregara) en realidad ya lo soy, ¿no lo creéis así?

Emmm…. Sí, es evidente, claro.

Pero me falta una cosa, solo una, muy sencilla y muy complicada de obtener.

¿Cuál?

El nombre.

¿El nombre?

Sí, el nombre, me llamo Fabiola y no Venus, pero vos me lo daréis. Vos seréis el sacerdote que me bautice de nuevo.

¿Cómo?

Pintándome, ¿cómo si no? Me pintaréis desnuda y titularéis la pintura como Venus… de lo que sea, eso da igual. ¿Os parece bien?, seré generosa y agradecida. Si quiero puedo serlo mucho, mi alma es como mi cuerpo, me rebosa y me sobra, y mi caridad es dárselo a quien lo necesita. ¿Lo necesitáis vos?

Pues…

Lo necesitaréis, os lo aseguro, al final todos lo necesitan. Incluso todas, sé de qué hablo.

¿Sí?

¿Y vos?, ¿sabéis de lo que hablo?

Más o menos.

¿Cuándo queréis empezar a pintarme?

Pues…, quizás… no sé… quiero decir que…

De acuerdo, me parece bien, mañana, a primera hora de la tarde estaré en vuestro estudio, ya sé que os gusta pintar con poca luz. No os preocupéis, si os llega a faltar del todo, la luz la pondré yo, conmigo incluso los ciegos ven. Al menos eso dicen. Y soltó una carcajada que hizo temblar los muros de la Iglesia, se río como una osa, querida Silvia, como una verdadera osa en celo.

¿Os parece bien?, me preguntó

… ¿eh?, sí, sí, me parece bien, lo que vos digáis.

Al cabo de unos días vino su hija, celosa, quería lo mismo. Y a mí se me ha ocurrido que podía desarrollar la idea. Algo así como si les esculpiera de nuevo el cuerpo. Es algo ya conocido y todo el mundo sabe, que la mayoría de retratos están idealizados. Yo no pretendo tanto, solamente algo verosímil, rejuvenecer su rostro y pegárselo a un cuerpo perfecto y llamarlas “Venus”, eso es la parte más importante aunque no lo parezca, es la que más las adula y más satisface su vanidad, les pongo un gato al lado, un pájaro, un espejo, cualquier cosa y las llamo, “La Venus del gato”, “La Venus del pájaro”, “La Venus del Espejo”, cualquier cosa sirve, lo importante es el nombre de “Venus”, y ellas satisfechas.

La voz está corriendo y estoy empezando a tener varios pedidos de Damas que quieren verse “mejoradas”. Fabiola y su hija Herminia consideran e insisten en que no necesitan mejorar, eso me evita conflictos con ellas, pero me los da con Marta a la que no le ha hecho ninguna gracia que yo me pase horas encerrado pintando a unas señoras desnudas y… tan desarrolladas como desenvueltas y desenrolladas.

¿Pero tú no pintabas escenas religiosas?, me pregunta Marta.

Venus también lo es, le respondo.

¿Me tomas el pelo?

Bueno, religiosa no, pero mítica sí, es algo parecido. Además pagan bien.

Eso sí, responde. Al decirle que pagan bien siempre se tranquiliza.

Pero oye…, insiste.

¿Qué?

¿A ti te gustan así?

¿Cómo así?

Pareces tonto, ¡así como son!

¿Y cómo son?

Como si fueran unas vacas lecheras, ¡caramba!, ¿te gustan esas ubres descomunales?

¡Noooo!, claro que no, que tonterías dices. A mí me gustas tú, Marta.

¿Seguro?

Me gusta lo que cabe en mi mano y lo que puedo ver con un solo ojo. Ya sabes que yo sólo tengo un lápiz.

Que dibuja muchos rostros.

Y al que únicamente tú le sacas punta.

Bien fina.

Que pincha.

Que hace sangrar.

Es el rojo más hermoso, el que pinta mis labios de hombre.

¿La sangre de mi periodo?

Y también la de tu corazón.

Eres un farsante.

Te quiero.

Yo no soy ninguna Venus.

Por eso.

Mi querida Silvia, la vanidad de las mujeres me da dinero y los celos de Marta dolores de cabeza. Necesito tu opinión y que me aconsejes, ya sabes que tu Marta, la hija de mi casero, me ha serenado, me ha tranquilizado, me ha ahorrado un alquiler y también me ha dado alegría.

Me ha escrito Saverio, ya está en España, en estos momentos debe de haber llegado a Poblet para estar con su querido amigo Alberto, el monje miniaturista. Ha podido ver a su Amiga Amparo y saludar a una monja, una monja, según parece, especial, llamada Sor Dolores. Le ha gustado mucho conocerla y sobre todo poder besar y charlar con su amiga sevillana, pero creo que tenía ganas de irse pronto a Poblet.

Por cierto querida Silvia, debes terminar de contarme tu conversación con él, me lo has prometido.

¿Estáis todos bien?, espero que sí. Yo lo estoy, trabajando más que nunca. Soy pintor, pero no sé, tengo la sensación y una extraña premonición de ser cirujano, qué raro, ¿no?

Antes de despedirme he de hacer mención a algo que ya debes saber, seguro que no se te ha pasado por alto. Aceptar el encargo de Emile, estar trabajando para él y su familia, me coloca, inevitablemente, en un bando, y eso significa estar al mismo tiempo en contra de otro.

El mundo ya sabes que es así, y yo no quiero ni sé cambiarlo. Pude estar en el bando del Obispo si hubiera acertado su gusto en mi “Sansón y los filisteos”, pero ya conoces que no fue así. Según él, fallé. Emile lo supo, todos lo supieron, por eso también me contrató, esa fue una de las razones.

Y ése, querida hermana, ya sabes de sobra que es un papel que no me place demasiado interpretar. Yo no soy un hombre al que le gusten los gremios y las bandas. Ahora me da prosperidad y quiero aprovecharla, no te preocupes por mí, no dejaré que mi cabeza se enamore de mi corazón, siempre he procurado evitarlo por ti, y ahora por Marta.

Si lo hubiera hecho, hace tiempo que me habría ido solo o con Saverio, al encuentro de Isaac y su hija Silvia, a los mares del sur, en busca de nuestra esclava.

De nuestra esclava libre.

Las mujeres de aquí sois igual pero al revés.

El otro dibujo es de Herminia, la hija de Fabiola. Por los nombres ya debes haber adivinado que tienen ascendientes españoles o intereses allí. Opulentas, ¿verdad?, ¿qué deben comer?

Tu hermano que te quiere.

Teodoro.