viernes, 3 de julio de 2009

El peletero/Cartas de una Dama muy seria (1 de 9)


4 Julio 2008

9 de noviembre

Hoy es el aniversario de Isabel, mi hija. Cumple 12 años.

Recuerdo que los dolores del parto empezaron a media tarde, cerca de las seis o algo así. Yo me encontraba en la redacción del periódico, casi no podía ver los papeles que tenía encima de la mesa, debajo de mi barriga. Era la semana exacta, Isabel llegaba puntual, mi primer hijo, una hembra. Rompí aguas allí en medio, temblando y asustada, sin poder controlarme, y dos compañeras se apresuraron a llevarme al hospital. El mismo director de la sección de economía en la que trabajaba y todavía trabajo se encargó de llamar a Luis, mi esposo. Tenía prisa por que saliera de la oficina.

Me puse de parto nada más llegar. Fue difícil y trabajado, la niña pesaba más de cuatro kilos, parecía tener 12 en lugar de los 9 meses. El médico no quiso hacerme cesárea, decía que yo podía sacar aquella cosa de mi vientre por mí misma. Me gritaba con malos modos que empujara, irritado por tener que decírmelo y enfadado con alguien que sin duda no era yo. Yo lo intentaba, de verdad que lo intentaba, pero me desgarraba entera. El dolor era fiero, insoportable, casi tanto como mi miedo de madre primeriza, como mi angustia ante todo lo que ignoraba, ante ese futuro que también paría junto con mi hija. El médico insistía con el mismo tono brusco, maleducado e impaciente. “Empuja, empuja”. ¿Empujar?, ¿empujar qué? Hubo sufrimiento fetal y la niña estuvo a punto de ahogarse en sus primeras heces, en eso que se llama “meconio”. Cuando se dieron cuenta me abrieron aprisa y corriendo, casi sin contemplaciones, para sacarla de aquel pozo negro que era mi vientre.

A Luis no lo localizaron hasta pasadas las dos de la madrugada, no estaba en la oficina ni en el club. Llegó cuando todo había finalizado, tenía mala cara. Él fue quien llamó a mis padres, que llegaron también en plena noche. Mi madre estuvo tan ocupada riñéndome por no haberla avisado antes que ni siquiera miró a la niña. Le importaba más la abuela que la madre o la nieta. Parte del personal del hospital la conocía y no quería parecer una abuela despreocupada llegando tan tarde. Me hizo quitar la calefacción, dijo que se ahogaba.

Mi boca estaba reseca, tenía los labios agrietados y los dientes doloridos de no poder morder nada. Toda yo lo estaba, reseca, agrietada y dolorida. Y preferí callar.

Por la mañana se hallaban todos muy cansados, así que se fueron a dormir y yo me quedé durante horas sola con Isabel. A ratos la miraba acostada en su cuna, junto a mi cama, y no sabía cuál de las dos estaba más pequeña e indefensa. No regresaron hasta muy tarde. Se pelearon por quedarse conmigo aquella noche, mi padre me miraba en silencio. Los eché de allí.

La niña parecía un cerdito, la verdad es que lo pensé, me dije “mira, has parido un gorrino”.

A la niña no la podía echar de allí.

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Amor mío, sabes muy bien que hasta ahora nadie me ha impedido nunca nada. He sido siempre aquello que he querido ser, y lo que siempre he querido ser es una mujer libre y comprometida. Y pienso seguir siéndolo. Una mujer cabal y responsable, fiel y leal a los míos, no los decepcionaré nunca, no podría. Pero estoy cansada de que la realidad me doblegue; si me obliga, seré yo ahora quien la someta a ella cuando me apetezca, quien la tuerza, quien la manipule, haré lo que me plazca.

Soy un ser libre, por eso mis ojos prestan atención a mi alma, por eso miro y observo el horizonte, por eso me enamoro de los árboles.

Por eso me he enamorado de ti, por eso te veo cuando te miro.

En esta nueva etapa de mi vida que hoy inicio tú serás la parte más importante, el centro de mi universo, la “gigante roja” que me devorará y el agujero negro al que me abocaré sin remisión ni resistencia.

En esta nueva fase que emprendo tú serás el verdadero protagonista, mi Dios, mi Orfeo, pero yo seré también tu dueña, quien vele por ti, quien te cobije, quien te consuele.

Seré tu casa.

Y tú serás la mía.

jueves, 2 de julio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (7)


2 Julio 2008

21 de mayo

Me doy cuenta, mi querida lagartija, que en el reino de los reptiles también se da la buena costumbre de la puntualidad, aunque para ser correctos en el uso de las palabras te haré caso y sustituiré puntualidad por la de asiduidad, frecuencia, constancia y continuidad. Debes reconocer, sin embargo, que pareces más británico que mediterráneo. Si seguimos así pronto habremos de tomar el té y levantar afectadamente el dedo meñique al asir la taza, cosa por otra parte imposible pues tú no tienes dedo meñique. Dejaremos eso de la afectación para otros y nos limitaremos a beber y a disfrutar de un buen té magrebí que también es mediterráneo puro, yo con mi gorda lengua y tú con la tuya bífida y fina, que no traicionera ni hipócrita, sino todo lo contrario, amigable y afectuosa. Afecto reptiliano, por otra parte, pero afecto sin lugar a dudas.

Siempre me he preguntado cómo serían los besos entre humanos si tuviéramos la lengua bífida como vosotros. Ya sé que tú eso de los besos nuestros nunca lo has comprendido del todo, y poco me puedes ayudar en tal suposición.

1 de junio

Querida lagartija, más que nadie te das cuenta que está empezando el verano, tus insectos y tú cambiáis el vuelo y vuestra forma de estar. Ese es un verano caluroso que llega con lluvias después de un otoño, un invierno, y una primavera tan secos como la tierra por la que te arrastras. Me contaste un día de la belleza que encuentras en un pinar, lo soltaste así, casi sin venir a cuento. Me extrañó porque tú no tienes memoria, pero eso debió de ser otra cosa, quizás la necesidad de una sombra de pino y sus piñas abiertas, y sus piñones robados por las ardillas. Recuerdo y necesidad casi son lo mismo, me decías, pero no sé si fiarme de ti. Tú no sabes qué es uno y conoces demasiado que es la otra. Ni siquiera puedes hablar de deseo, pues los animales no humanos no deseáis nunca nada (excepto algunos primates), necesitáis sí, pero no deseáis. El deseo es un sentimiento humano. Te respondo así, casi maleducado no sé por qué y entonces te mueves un poco, ladeas la cabeza y la levantas apenas un milímetro. Te quedas callado y supongo que meditabundo o quizás necesitado de deseos y de recuerdos. O tal vez te sorprende y no comprendes mi tono. Tampoco yo.

Perdona el tono, mi querida lagartija, no he querido ofenderte o molestarte, aunque sinceramente tampoco sé cómo se ofende o molesta a un reptil.

El otro día asistí, acompañado de buenos amigos, a una visita guiada por entre ruinas. Me hablaron de mercados medievales y de murallas cristianas que esconden en sus cimientos secretos bereberes. Los campos estaban verdes y en las lomas despuntaban osados esos molinos eléctricos, modernos, gigantes y blancos que no gustan a los melancólicos. Pensé en ti que tampoco eres ni puedes ser una nostálgica a pesar de vivir entre piedras y grietas.

Más profundas que esas grietas, en el fondo de algunas cuevas viven felices unas primas tuyas que han perdido el color y la capacidad de ver. Blancas y ciegas parecen novios dispuestos para el matrimonio, más por ciegos que por blancos. La ceguera no te permite ver pero eres visible para todos.

Eres vulnerable.

Hasta otro rato, mi querida lagartija, me gusta conversar contigo.

4 Julio 2008

miércoles, 1 de julio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (6)



30 Junio 2008

9 de mayo

Me preguntas por esa costumbre humana del baño y te cuento que el baño conjunto es uno de los juegos eróticos más habituales y más buscados. Después del placer sexual es un magnífico lugar para relajarse y entablar una conversación íntima rodeada de la calidez y la humedad del agua. Ese tacto suave afloja el espíritu y propende a los amantes a confesarse verdades.

Ese Aguador que busca el Gordo en esas cajas guardadas no es exactamente el que se ha publicado. Es fácil confundirse, pero no lo es, al menos eso creo. Él recuerda haber leído algo cuando empaquetó las cosas de su “Viejo profesor”, un sabio loco que murió de frío en un patio trasero. ¿A qué asocia ese texto vagamente recordado? Quizás no lo asocia desde el punto de vista argumental o tal vez recuerda a Mercè, la amiga de Veni, esa mujer tan guapa y con aires orientales, o simplemente recuerda el tono, la atmósfera que en él hay como contrapunto, por puro contraste.

El Gordo necesita hacer algo por sí mismo. Él empaquetó esas cajas y las guardó. Lo hizo solo, como si fuera el mismo Edmon Dantés carreteando el enorme tesoro encontrado al escaparse de If mientras simulaba estar muerto. El Conde de Montecristo también ha recibido el secreto de un viejo agonizante en una de las mazmorras del sombrío castillo de If, terrible nombre ése de la isla.

Te transcribiré parte de una respuesta mía a uno de los comentarios que mis inteligentes y amables lectoras se esfuerzan en escribir. Decía yo mismo: “Todo se puede obtener con dinero, absolutamente todo, excepto aquello que solamente puedes y debes hacer tú mismo. Ese es el límite de la economía, sea monetaria o de intercambio.

En esa tesitura se encuentra El Gordo. Puede pagar para que lo laven y aseen, para que lo transporten borracho, puede pagar para obtener sexo, cualquier cosa que podamos imaginar se puede conseguir con dinero. Puede incluso pagar para que alguien mate por él. Se puede pagar por las cosas más atroces y más sublimes. Pero no puede pagar para que alguien suba esa escalerilla y rebusque entre unas cajas una perla envuelta entre cestas de nácar. Alguien puede escribir cartas por ti, pero nadie puede besar por ti. Por eso y en eso, descubre la poesía. La descubre entre un mundo de ruinas grises, pero la poesía no es gris, o no es únicamente gris.”

¿Si lo fuera sería un contrasentido? No estoy seguro de ello.

Cuando el Gordo encuentra ese “Aguador” y lo lee, tiene la misma sensación que Greta, (The Dead) al bajar las escaleras de la casa de sus ancianas amigas y oír “The lass of Aughrim”. El recuerdo de Greta es exclusivamente de ella, el del Gordo no lo sabemos con exactitud. Quizás también es un recuerdo prestado, ajeno, pero recuerdo al fin y al cabo. Es una idea sugerente esa del recuerdo prestado, creo que todos tenemos más de uno y no lo sabemos. Pero el Gordo no tiene ningún esposo ni ninguna esposa para contarle su intimidad como Greta, que le cuenta a su esposo Gabriel el secreto de sus días y el de su juventud, el de toda su vida. Greta es una mujer afortunada, igual que Brigitte y Natalia, las tres tienen a alguien con el que pueden mostrarse desnudas. Yo te tengo a ti, mi bonita lagartija y tu me tienes a mí, ambos estamos desnudos, uno al lado del otro, y nos gusta mirarnos por el simple placer de hacerlo. Eres muy hermosa, ¿los sabías?, me respondes que no, que no lo sabías y que tampoco sabes qué significa ser hermoso. Te digo que una de las condiciones necesarias para serlo es ignorar que lo eres.

Tensas tu cuerpo y vuelves a colocarte en paralelo conmigo y me preguntas si las aventuras del Gordo continuarán. Te respondo que no lo sé, pero que ése es un buen final para toda esa historia en la que por primera vez demuestra ser alguien débil. ¿No te parece que es así, mi bonita amiga?

2 Julio 2008

martes, 30 de junio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (5)


27 Junio 2008

8 de mayo

Hoy me has preguntado por el amor. Temía que algún día me harías esa pregunta. ¿Qué quieres saber de él?, ¿qué es?, No lo sé, lagartija, no sé qué es, nunca he sabido nada de él. Nadie sabe nada excepto algunos médicos y poetas que dicen que saben, pero que tampoco saben más que yo que no sé nada.

“Pero tú siempre hablas del amor”, has insistido.

Me he callado.

Cuando callo también lo haces tú, te recolocas en paralelo conmigo y callas. Callamos los dos. La calle es gris, tú eres de un verde pálido y mi color sonrosado de vainilla con fresas no gusta a todo el mundo.

Pero hoy me has pedido música y he pensado en Pasolini, uno de mis héroes obsesivos, uno de esos filósofos de cabecera y que también tenía cara de lagarto, mejor dicho, de cocodrilo macho. Y al pensar en él he pensado en el concierto que celebró en Colonia Keith Jarrett, el 24 de enero de 1975. La primera parte la usó Nanni Moretti para musicar el fragmento de su “Caro Diario” dedicado a Pasolini. Ese antológico paseo en vespa por las playas de Ostia.

Todo eso viene a cuento porque he terminado pensando en la muerte. Siempre que pienso en el amor acabo dentro de un ataúd o tirado en alguna playa sucia como Pasolini, asesinado en esa fea Ostia, en Castelldefels o en Mozambique, mezclada mi vainilla con chocolate.

Al hablar así he tenido la sensación que comprendías mis palabras, lo haces cuando callas. Nos entendemos cuando callamos porque sé que tu silencio y el mío no es nunca un adiós.

La calle continuaba estando gris y no terminaba de llover.

Al cabo de un buen rato me has preguntado: ¿La muerte es lo mismo que el amor? Y yo, a mi vez, he querido conocer: ¿qué sabes tú de la muerte, lagartija? Nada, me has respondido, tampoco sé que es la muerte, sólo sé qué son los muertos.

¿Y qué son?, te he preguntado. Carne, me has respondido. Exactamente igual que los enamorados, también son carne, te he contestado.

Entonces te he leído otro poema de Bertold Brecht, que dice así:

Cuando en la blanca habitación del Hospital de la Charité
desperté hacia el amanecer
y oí el mirlo, lo tuve
aún más claro. Ya hace mucho tiempo
que no temía a la muerte, pues nada
puede faltarme si yo
mismo falto. Ahora
también he logrado alegrarme con todos
los mirlos que cantarán cuando yo no esté.

(Cuando en la blanca habitación del Hospital de la Charité, Bertold Brecht, traducción de José Muñoz Millanes)

¿Un hospital es un balneario?, me has preguntado.

Ha empezado a llover.

La calle ha dejado de ser gris para convertirse en una ola azul imbatible con el fondo negro y las puntas verdes y blancas. Has dado un salto asustado al ver tanta agua pasar por delante de la puerta de mi tienda sin llegarnos a salpicar, mientras, no paraba de sonar el piano del señor Jarrett.

¿Te gusta ver llover, lagartija?

Sí, pero me asusta ese fondo negro del agua, me has contestado.

Es verdad, a mí también.

30 Junio 2008

lunes, 29 de junio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (4)



25 Junio 2008

5 de mayo

Siempre me adviertes que no tienes memoria, que olvidas fácilmente las cosas, los hechos y los seres con los que te encuentras. Que vienes a mi casa por alguna razón que desconoces, y que no me preocupe. Incluso balbuceas alguna palabra de catalán y me dices sin sonreír, los reptiles nunca sonreís, que no “m’amoïni”, te gusta esta expresión catalana, “amoïnar-se”, que no se puede traducir exactamente por “preocuparse”, es más bien algo así como quitar el sueño. Yo no lo hago, no “m’amoïno”, pero me sabe mal que no recuerdes apenas nada, me respondes que esa es una circunstancia natural en los reptiles, aunque a mí, ya lo sabes, me importa un higo la naturalidad de las cosas. Me dices también que los humanos siempre hablamos de “ese cerebro de reptil” como sinónimo de instintos bajos o cosas peores, comportamientos robotizados. Te pregunto si te ofenden tales expresiones y me respondes que no te acuerdas. Yo me río, pero me entristezco. No sé si los reptiles tenéis sentido del humor o simplemente respiráis así. ¿Cómo?, preguntas. Con ironía, te respondo. Y entonces mueves la cola y algo la cabeza, sacas la lengua y parpadeas. Creo que esta es tu manera de reír. Entonces soy feliz, no sé si tú también, pero yo al verte mover me siento feliz. Entonces me preguntas por el Gordo, y yo te respondo que mis cuatro lectoras, pues no tengo más de cuatro, aunque son las mejores, ya deben de estar un poco cansadas de tanta carne mal colocada, de tanto Gordo, de su sarcasmo, y de sus aventuras tan tristes con las mujeres que se encuentra. Y tú respondes que te importa poco lo que puedan pensar mis lectoras, entre otras cosas porque ignoras qué es eso, una lectora. Al hablarme así pienso que a mí me sucede algo parecido, pues yo también ignoro, en este caso, lo que es un lector, masculino quiero decir, y eso me lleva a preguntas que no tienen respuesta.

He de explicarte, porque insistes en saberlo, que Brigitte y Natalia han sido las dos únicas mujeres que han pedido ayuda a mi protagonista, a esa bola de grasa, y que le han aceptado tal y como es, aunque ambas lo han hecho de maneras distintas y con resultados también diferentes. Eso desconcierta a El Gordo que nunca ha sido querido por nadie excepto por su dinero, claro. Ellas dos son las únicas.

Es cierto, el alma de Brigitte es igual que su cuerpo, generosa, amplia, almohadillada, es una Venus prehistórica, es una cueva telúrica vuelta del revés como un calcetín, sus volúmenes son escondites y la oscuridad que en ellos hay son antorchas.

Pero ya deberías saber que toda moneda, tiene dos caras. El Gordo ya sabe que está muerto, y que se sepa, los muertos no resucitan. Aunque tú, con un sentido del humor curioso o casual, me hablas de las colas de lagartija, que vuelven a crecer y que los pedazos cortados parecen tener tanta vida como los gallos degollados.

27 Junio 2008

sábado, 27 de junio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (3)



23 Junio 2008



25 de abril

Esta tarde ha llovido mientras todavía soleaba. Las gotas parecían caer del mismo mar y en algún lugar debe de haberse dibujado el Arco de San Martín, ése que en castellano los españoles llaman “iris” con escasa imaginación pues lo evidente no puede ser bautizado con lo obvio.

Por aquí decimos también que cuando llueve y el sol sigue brillando las brujas se peinan, y yo conozco a más de una que tiene los cabellos tan largos que necesitan cardarse cada dos por tres. Sus poderes de bruja, conectados con el cosmos y las iridiscencias de los arcos de luz, las magnetizan y las erizan con aquel estilo tan peculiar y genuino que aquí llamábamos “afro” y que una hermosa y guapa terrorista, Angela Davis, popularizó.

Sabía que vendrías aunque te asuste ver llover, pero entre mis piernas te sientes protegido. Tú eres un ser pequeño, aunque algunos de tu especie son gigantes como los viejos cocodrilos del Serengueti, cuyas hembras se caracterizan, como ya sabemos, por su poco romanticismo, aunque tienen un poco más que el de las mismas hembras humanas que presumen de mucho. A mí me ocurre igual, soy pequeño entre los humanos, y la perspectiva que tengo de los demás me procura vistas no siempre deseables. ¿Quién se fija en las fosas nasales?, ¿quién atiende esa oscuridad, muchas veces peluda?

Un día te contaré algunas anécdotas de bellas mujeres que olvidaron depilarse esos pozos negros.

Los saurios no tenéis pelos y eso siempre es una desventaja según como se mire, porque ninguno de vosotros tendrá la suerte de ser “el marido de la peluquera”. Pero sí veo que os vence la sed y el hambre, como ahora que bebes sediento de un pequeño charco de agua de lluvia, vigilante por si alguna rata te acecha. No te preocupes, yo vigilo por ti, antes debería vencerme y te aseguro que conozco a más de una y sus armas, sé como luchan. Les puede también el hambre, como a todos, pero las ratas tienen sentido común, son buenas huidoras.

¿Tienes tú de eso?, ¿sentido común?, creo que sí, si no no me preguntarías estas cosas que preguntas.

A propósito de aguas y de aguadores, quieres saber si “El Aguador” es un personaje, no, no lo es, no es ningún personaje. No necesita serlo, ni tampoco necesita el texto una continuación, aunque la pueda tener, no es necesario. Puede ser el retazo de unas memorias, o las cuatro piedras de unas ruinas medio mal o bien conservadas.

Los textos literarios también pueden convertirse en arquitecturas devastadas y faltarles una pared, un techo, mojarse cuando llueve, y continuar teniendo coherencia, y los del Aguador parecen los restos de una iglesia románica en mitad de un prado.

Las películas y los textos en general (pues todo es literatura y narración) siempre deben incluir una voz en off (un narrador ajeno), una canción y una escena onírica. Y nunca hay que concluir el cuento excepto con la muerte. Esas condiciones no siempre las podemos cumplir, pero es conveniente intentarlo. Y, nunca debemos olvidar el correspondiente dilema moral, alrededor de él debe articularse todo el texto.

¿Estás de acuerdo conmigo?

25 Junio 2008

viernes, 26 de junio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (2)



22 Junio 2008


8 de abril

Hace unos pocos días, mi querida lagartija, me preguntabas por esa fijación humana en la descripción onírica y poética del paisaje. Ese querer ver bondades en algo que siempre es hostil a la vida y no es en ningún caso ni tu madre protectora ni tu amante ardorosa. Ni tampoco un padre que te guíe y te enseñe con su ejemplo, sin sermones y solamente con su saber estar.

Yo quise hablarte de poesía y te leí un texto mío que canta los pechos de las hembras humanas. Me escuchabas con atención, siempre has sido un saurio respetuoso y curioso. No entendiste nada de ese canto, no cabe en tu sensibilidad que un varón de mi especie pueda considerar seriamente que entre los pechos de una mujer se puedan albergar sus sueños, y su sexo sureño atesore más poder que la amapola “Papaver somníferum”, conocida popularmente como opio.

Te intriga esa capacidad humana para convertir en palabras las ilusiones, tú que solamente sueñas colores y algún que otro olor disperso en el aire, olores de amenazas y necesidades, aromas de futuros cortos como esos perfumes de verano.

Mis malos poemas de amor no sirven de gran cosa a una lagartija, por eso te leí uno de Bertolt Brecht, no sin antes preguntarte si en alguna ocasión te habías encaramado, trepado, a algún árbol, me respondiste lo que ya debía suponer, que no te acordabas, pero añadiste que dicho así parecía tan peligroso como tentador. Lo dijiste sin inmutarte, como casi todo lo que dices, entonces yo te respondí que tu respuesta era poesía, ¿el qué?, ¿mi respuesta es poesía?, preguntaste sin entender el sentido de mi afirmación. El coraje que en ella hay, añadí. Al oírme te quedaste en ese silencio meditabundo tuyo que tanto me gusta.

Escucha te dije. Y te leí el poema de Brecht.

1

Cuando salgáis del agua, ya a la caída de la tarde
-y estéis desnudos, sintiendo la piel tan suave-
trepad a los grandes árboles
al soplo de la brisa, contra el cielo pálido.
Buscad árboles grandes que en el crepúsculo
mezan sus negras cimas lentamente.
Y esperad la noche entre el follaje
donde revolotean apariciones y murciélagos.

2

Las ásperas hojitas de los matorrales
os arañarán la espalda, al apretarla con fuerza
para subir trepando entre las ramas
casi sin aliento. ¡Es tan hermoso
mecerse sobre un árbol!
¡Pero no os deis impulso con las rodillas!
Tenéis que ser al árbol lo mismo que su cima:
lleva un siglo meciéndola en cada atardecer.

(Del trepar a los árboles, Bertold Brecht, traducción de José Muñoz Millanes)

Moviste la cola un par de veces y te quedaste mudo.

Yo también permanecí en silencio, sentado en mi silla de madera, que un tiempo después rompió una amiga gordita y apasionada.

Ambos nos quedamos uno al lado del otro el resto del día.

Cuando vimos oscurecer nos miramos, y yo recordé cosas y tú cambiaste de baldosa.

Se hizo tarde y terminó por anochecer.

Te miré de nuevo y ya te habías ido.

23 Junio 2008

jueves, 25 de junio de 2009

El peletero/Glosas: Conversaciones con una lagartija (1)



21 Junio 2008

Glosa.
(Del griego λώσσα)
Explicación o comentario de un texto oscuro o difícil de entender.

Conversación.
(Del lat. conversatĭo, -ōnis).
Acción y efecto de hablar familiarmente una o varias personas con otra u otras. Concurrencia o compañía. Comunicación y trato carnal, amancebamiento. Habitación o morada.

Lagartija
(Del lat. Lacerta lepida).
Reptil saurio de la familia de los lacértidos, con el dorso cubierto de escamas, cola larga y cónica y cuatro patas cortas.


________________________________________

26 de febrero

De una baldosa de la pared saltaste a otra del suelo sin poderte ver en el salto.

Miré antes y después, y advertí sorprendido que te habías ido sin haberte visto llegar.

De una a otra pasaste sin estar entre las dos.

Te mueves rápido y siempre que te miro te veo quieto y laso, como un palo alto y raso.

Eres un saurio, un superviviente nato.

Verde gris con rayas oscuras en el lomo que parecen signos, quizás cuneiformes o pre chinos o pre algo.

Tus patas te salen de los lados del cuerpo como a todos los reptiles y no de debajo, como a todos los mamíferos. Caminas moviendo el cuerpo en una “S” tumbada, paralela a la tierra, barriéndola, como siempre han hecho los tuyos, excepto los “dinos”, y los peces que os precedieron, y no como los mamíferos que se mueven transversales, perpendiculares al suelo siguiendo la forma de una “M” levantada. Romana.

Pares huevos si eres hembra y no necesitas del macho para cuidarlos, aunque tu memoria corta apenas alcanza un par de semanas atrasadas, así que no conoces la orfandad pues casi no sabes qué es la maternidad. Y si lo sabes se te olvida pronto. En ti, sin embargo, debe de haber un afecto extraño, una cierta propensión hacia mí por tu repetido regreso. Un día que no querías darle importancia a tu visita pusiste el pretexto de que en mi tienda, al estar a pie de calle, disponías de abundantes insectos, y que esa era tu dieta básica. En cambio, otro día que quisiste medio piropearme me hablaste de los atractores como si fueras un experto en física y astronomía, y dijiste que hay personas que lo son. Yo no te pregunté más al ver que tú tampoco querías decir más y al darme cuenta que ya habías dicho suficiente.

Utilizas un lenguaje difícil, no tanto por el idioma reptiliano, sino por el bajo volumen de tus palabras, eres tan pequeño que el sonido apenas se eleva algo más que lo que sobresale tu cuerpo del suelo, que es casi de casi nada, ¿media pulgada? Más o menos. Así que he de esforzarme en escucharte y oír bien tus palabras no sea que con el ruido de la calle y con el de mis propios pensamientos no pueda comprender lo que me dices.

A mí me gustaría conocer de ti, y aunque te hable como si fueras varón todavía no sé siquiera si eres macho o hembra, pero sí que eres un entrometido, un curioso y no paras de preguntarme cosas de mí y sobre esas tonterías que escribo. Siempre eres pertinente y me haces reflexionar en voz alta, aunque a veces tus preguntas me hacen daño al obligarme a recordar situaciones y personas que ya no están en mi vida, aunque algunas de ellas sigan hallándose, gracias a Dios, en este mundo, o en el otro.

Gracias por venir y hacerme compañía.

martes, 23 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/Els teus pits

19 Junio 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

Llavors només cal parar l’orella i no perdre de vista el paisatge i l’alenar dels camps, els puigs i els pujols. I pensar que en les serralades dels teus pits viuen els meus somnis, ells i els teus mugrons son els meus senyors. Més al sud, Venus es la meva adormidora.

(El peletero, “Els teus pits”, abril de 2007-abril de 2008 )




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo.

Entonces sólo es necesario atender y no perder de vista el paisaje y el respirar de los campos, los montes y las lomas. Y pensar que en las cordilleras de tus pechos viven mis sueños, ellos y tus pezones son mis dueños. Más al sur, Venus es mi adormidera.

(El peletero, “Tus pechos”, abril de 2007- abril de 2008)




Els aixecaves per a mi.

















(Fotografía de la colección privada de “El peletero”)

I també per a tu, només per veurem alçar, hissar-me i somriure.

Això és el que volies de mi, deies somrient que era això el que volies veure en mi, això és el que em deies i això és el que després veies, deies.

Això trobaves i això et donava, això aconseguies i tenies. Tenies tot el que esperaves i em demanaves de mi, tot ho tenies, de mi.

I així em veies, em veies ascendir i trepar, travessar i barrinar, penetrar fins allà, fins allí. Mentre m’enfilava m’impulsava i mentre m’impulsava m’encimbellava en tu.

Em veies venir i em veies coronar. Veies tot això al mirar-me i al veurem ascendir em veies arribar. Mentre esperaves em veies somriure al veurem acabar.

M’esperaves acabar i somrient veies que al arribar me’n anava, me’n anava al guanyar, me’n anava al anar-me’n i també al concloure me’n anava.

Me’n anava al somriure i al anar-me’n venies amb mi, te’n anaves amb mi. Te’n anaves al somriure, te’n anaves al veurem somriure.

Els aixecaves per a mi.

I somreies per a mi.

Per a mi venies i per a mi te’n anaves.

Això em deies després, després d’això.

Després de venir i després d’anar-te’n.

Això recordo mentre me’n anava i te’n anaves tu.

Mentre m’enlairava.
Mentre somreia.

Anant-me’n.




Los levantabas para mí.

Y también para ti, solamente para verme alzar, levantar y sonreír.

Eso es lo que querías de mí, decías sonriente que era eso lo que querías ver en mí, eso es lo que me decías y eso es lo que después veías, decías.

Eso encontrabas y eso te daba, eso conseguías y tenías. Tenías todo lo que esperabas y pedías de mí, todo lo tenías, de mí.

Y así me veías, me veías ascender y trepar, atravesar y barrenar, penetrar hasta allá, hasta allí. Mientras me empinaba me impulsaba y mientras me impulsaba me encaramaba en ti.

Me veías venir y me veías coronar. Veías todo eso al mirarme y al verme ascender me veías llegar. Mientras esperabas me veías sonreír al verme terminar.

Me esperabas terminar y sonriendo veías que al llegar me iba, me iba al ganar, me iba al irme y también al concluir me iba.

Me iba al sonreír y al irme venías conmigo, te ibas conmigo. Te ibas al sonreír, te ibas al verme sonreír.

Los levantabas para mí.

Y sonreías para mí.

Por mí venías y por mí te ibas.

Eso decías después, después de eso.

Después de venir y después de irte.

Eso recuerdo mientras me iba y te ibas tú.

Mientras me elevaba.

Mientras sonreía.

Yéndome.

lunes, 22 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/El bes

17 Junio 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

Hi havia dies que es miraven, a la seva manera, de la millor manera que sabien, d’aquella que enamora, d’aquella que es maca de mirar i contemplar.

I jo, que encara era un nen, mirava cóm es miraven, i al mirar-los mirar-se em veia a mi mirant.

Anys més tard vaig haver també de mirar i deixar que em miressin.

Em va demanar un bes,
me’l va demanar mirant-me
i deixant-se mirar me’l va donar,
ella que no jo, babau i ruc,
que de tant mirar-la no vaig saber besar-la.


Ara, ella ja no hi és,
ni ella ni el bes,
però jo encara la miro,
miro còm em mirava,
còm em mirava abans
i després del bes.


(El peletero, "el bes", 9 de juny de 2008)




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo.

Había días que se miraban, a su manera, de la mejor manera, de aquella que enamora, de aquella que es bonita de mirar y contemplar.

Y yo, que todavía era un niño, miraba cómo se miraban, y al mirarlos mirarse me veía a mí mirando.

Años más tarde hube también de mirar y dejar que me mirasen.

Me pidió un beso,
me lo pidió mirándome
y dejándose mirar me lo dio,
ella que no yo, bobo y tonto,
que de tanto mirarla no supe besarla.

Ahora ella ya no está,
ni ella ni el beso,
pero yo aún la miro,
miro cómo me miraba,
cómo me miraba antes y después del beso.


(El peletero, "el beso", 9 de junio de 2008)




SE LLAMA EVE MARIE SAINT,














(Fotograma de la película “On the Waterfront”)

pero con un hombre al lado como Marlon Brando a punto de besarte, pocos podrán mantener la condición de santidad y no dejarse vencer por el deseo de corresponderle el beso.

Eve Marie Saint es una de esas mujeres que son muy bellas sin llegar a ser nunca muy guapas. Parece una paradoja, pero no lo es. Ese tipo de aparentes contrasentidos suceden cuando la persona concentra en un único punto de su anatomía todo su interés. En este caso, y no es caer en el tópico popular y vulgar, su mirada.

Eve Marie Saint es una de esas mujeres que salen siempre lloradas de casa. Limpias, peinadas, vestidas, arregladas, elegantes y lloradas. Sin embargo esa es una condición que no se puede disimular ni esconder. Llorar personaliza los ojos y el resto del rostro, pues se llora con todo él y con el cuerpo también. Los ojos de Eve Marie Saint están siempre húmedos y los pómulos le marcan un casi desapercibido rictus de prado verde, de melancolía esteparia.

Eso es lo que los versados en lloros califican como “llanto profundo” “planctus profundus”, que solamente los muy iniciados consiguen y que en la mayoría de ocasiones no necesita de las lágrimas, siendo ellas, a veces, una señal de superficialidad y engaño dado su fácil derrame. También pueden ser todo lo contrario, claro está, pero esta es una cuestión académica que solamente los muy expertos pueden tratar de dilucidar.

Eve Marie Saint también es rubia, tiene el color perfecto que deben de tener las rubias, claro y pálido, no el rubio de las germánicas y tampoco el de las vikingas y sí el de las celtas y eslavas. No el rubio del norte y sí el del este, o ese que está a punto de acompañar al sol en su caída.

La suya es una palidez que se consigue cuando se tiene constantemente el sol a tus espaldas y ligeramente a tu izquierda, bajo, en el horizonte. Doy por supuesto que se mira siempre al oeste, es lo único que tiene sentido mirar, por otra parte. Es el único lugar donde vale la pena ir, allí han ido siempre todos, allí donde las naves se despeñan, en el gran abismo.

Sin embargo la verdadera blancura de piel, para serlo de verdad, debe tener los adecuados y precisos toques de rosa y todas las escalas necesarias de rojos y sonrosados en los lugares adecuados del cuerpo. Territorios casi siempre secretos, y que advertimos está a punto de desvelar el señor Brando sin necesidad de tener que usar nada más que su mirada.

Aunque hay algunas de estas partes que destacan a simple vista: las articulaciones, los codos, las rodillas, las muñecas, los nudillos de los dedos y los talones. Y en algunos casos la nariz y las orejas.

También están los rincones íntimos y escondidos de que hablábamos, los territorios secretos como las axilas y el propio sexo, que en algunas razas de color canela se oscurece de una manera muy característica y pronunciada recordando ancestros todavía más oscuros.

Para nosotros es muy importante la zona del talón de Aquiles.

Pensamos que es clave y estratégica. Desde un punto de vista arquitectónico y morfológico sin duda lo es porque sostiene el cuerpo con todo su peso, y debe resistir y propulsar al mismo tiempo los envites y la fuerza que las piernas confieren.

Pero es también un punto simbólica y poéticamente interesante.

Lo fue para Helena.

Lo fue para Homero.

Y lo fue para nosotros.

Es delgado, rígido y elástico, es allí donde termina la pierna y se une con el pie.

El talón de Aquiles es importante porque debe de estar pintado con un rosa un tanto oscuro, quizás un poco sucio, rosa gris, algo áspero, pero no demasiado. Está cerca del suelo, pero es allí donde también llevaba Mercurio sus alas.

Unas pocas arrugas en ese talón cuando se coloca el pie de puntillas serán las necesarias para dotarlo de calidez y misterio. Esas arrugas conferirán a su propietaria buena parte de su sensual morbosidad.

Esas rojeces, esas arrugas rosáceas y oscuras, con una gota de azul vena, siempre nos anticipan un entresijo, una adivinanza, una doblez, los pliegues de su sexo profundo.

Con ellas, con esas leves rugosidades en su talón, conseguirá nuestra dama la tenue oscuridad que la convierte en sombra, y, cuando llegue el momento, el temblor, que empezando en el pie le seguirá luego por las piernas y terminará por llegar a la boca, para detenerse un instante en ella y rogar, quizás suplicar, que la besemos.

Y eso deberemos hacer, con los ojos cerrados, naturalmente, y sin mirar, con atención, con toda la atención del mundo que Ángel González recomienda.

Luego, después, sabremos si realmente es las tres cosas al mismo tiempo o ninguna de ellas.

Eva, María o Santa.