jueves, 20 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (y 3)

Y 3.
Cuando de joven estudié Historia y Retórica, griego y latín, un viejo profesor que había ejercido de tribuno en los primeros consulados de Mario me insistía que vivimos en una ciudad que siempre se lleva a cuestas y de la que no podemos escapar, que ella también es un raro jardín y una cárcel al mismo tiempo, un pesado fardo, un coto cerrado, amurallado. Aunque los demás, decía, son igual que tú no te ven, nadie se reconoce a pesar de estar hechos todos con la misma sustancia, los bárbaros y los esclavos igualmente y mucho más las mujeres, los seres más parecidos a los hombres aunque estén constituidas al revés que nosotros, el afuera está adentro y el adentro está afuera, para entrar en ellas hay que salir y para salir hay que penetrar en ese recóndito lugar, vacío y lleno. No esperes ser el único, multitudes pueblan ese hades que también es, curiosamente, tu casa, el cielo entero, vivos y muertos lo habitan, reales o imaginados, con ellos deberás compartir tu anhelo de la mejor manera que sepas aunque para tu seguridad no cedas a tu mujer ni una lágrima, ni un lamento ni muchos menos ningún halago, no es ella la que yace contigo, es otra que no conoces ni tampoco conocerás, nadie te mira, nadie te ve excepto tú. No permitas pues que profanen tu templo, ese fantasma que arrastras desde el día en que tu madre te parió, tu deber será liberarlo de extraños y de mercaderes aunque tengas que usar el látigo, de ladrones y de mentirosos, si quieres saber algo habrás de vivir solo aunque vivas acompañado. Piensa, concluía, que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Cumple pues, y de buena gana, los compromisos, lava tus muertos y recoge con tus propias manos sus cenizas.

Sexta se pega a mí como una babosa, con las piernas abiertas y encogidas me atrapa en su seno, su sexo es una boca sin dientes, algo debe de tener roto por dentro porque no logra quedar embarazada; es una oquedad que atraviesa una montaña, no hay nada al otro lado, tan profunda y natural como un pozo, igual que la más simple de las mujeres que también quiere un nido aunque no sepa volar, odia y ama, como afirma Gayo Valerio Cátulo en uno de sus poemas, ¿cuántos besos le son bastantes?, se pregunta, tantos como granos tienen las playas de Libia, se responde a sí mismo, tantos como estrellas contemplan las noches los furtivos amores de los hombres...

Siempre muda, siendo igual se transforma, silenciosa, callada, estática, paralizada desde el principio se arrastra lenta como un conejo asustado y me susurra su calma y su miedo como si yo fuera un caballo al que hay que domesticar, un asno de orejas largas y falo desmesurado, pero no es así, no soy eso ni mi pene mide más que la palma de mi mano abierta.

La ceremonia nupcial ha sido sencilla y estrictamente privada, hemos aceptado los bienes que Prócula aporta a través de su hermano como dote. Mi padre ha testado a mi favor y yo al de mis sobrinos. Ese ha sido el trato.

Uno de los hombres que maté, y que habían ocupado la casa de la ya mi esposa, era un facineroso, un bandido, hijo del acreedor principal de Cneo, el hermano de Prócula. Ya veo llegar a los esbirros que enviará para vengarse. Los matones que me cortarán el cuello están esperándome en la próxima esquina y aunque sabré defenderme no tendrán piedad de mí como yo tampoco la tuve de ellos.

Ya soy un hombre muerto, lo soy desde hace tiempo. Estamos a primeros de junio y hace fresco, las noches no son lo claras que deberían, está lloviendo como si volaran gorriones, entre sus alas pétalos, nubes y el agua de los ríos de la luna que sin saberlo regará esos jardines llenos de nada y de cerezos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (2 de 3)

2.
Los acreedores de Cneo se han enterado del trato y del matrimonio inminente, y según parece han querido aumentar de mala manera y con extorsión el importe de la deuda instalándose diez matones de ellos en casa de Prócula y Cneo como si fueran sus dueños o los pretendientes de Penélope. Yo no soy Odiseo pero no me ha costado demasiado matar a cinco, herir a tres y ahuyentar a los otros dos que como conejos se me han escapado. Mi padre me ha mandado que limpiara la casa de extraños chantajistas y así lo he hecho, soy un soldado y sé luchar. En la refriega me he encontrado de nuevo con Prócula a la que hacía años no veía. Se ha puesto un poco nerviosa y sofocada al verme y contemplar la refriega y los muertos esparcidos por el suelo de sus limpias estancias. Me he presentado con la más absoluta naturalidad, como si no sucediera nada extraño, y con la espada ensangrentada en la mano y un muerto a mis pies le he dado el pésame por la muerte de su hija, la que debía de haber sido mi esposa.

Era un niño cuando la conocí, y ya se había casado con un hombre mucho mayor, nos llevamos quince años y, como he dicho, no recordaba casi nada de ella, ni sus formas ni sus ojos, ni su voz siquiera. Tiene un buen aspecto aunque sus aceites y peinados no pueden ocultar sus cincuenta años, no es ningún obstáculo para mí, al menos todavía no y mucho más sabiendo que nuestro casamiento será, como lo son todos, un buen o mal negocio aunque haya mujeres y hombres que se hacen falsas ilusiones. Piensa, me ha dicho ella, que sólo una mujer de mis años puede darte lo que ninguna joven te dará. ¿Y que puedo ofrecerte yo que no consigues de tus esclavos?, le he preguntado a mi vez. Tú sabes matar, ellos no, ya has visto que se asustan y lloran más que unas plañideras, me ha respondido como si le faltara el aliento. Era verdad, como gallinas asustadas se habían escondido al ver llegar a los acreedores de Cneo gritando, vociferando y blandiendo palos y cuchillos.

No sé porqué hemos hablado de manera indirecta de Eros cuando habríamos de haberlo hecho claramente de Plutón, quizá ha sido por una predisposición natural a las convenciones que impelen a los que van a casarse a compartir la cama y a fornicar en ella como si fueran unos desconocidos, esta es la gracia, no haberse visto nunca antes y no verse más después.

Prócula tiene a sus esclavos y yo a mi Sexta que ya se ha convertido en mi Primera. Así me lo ha hecho ver mi futura esposa que, según parece, ya conoce la existencia de mi ramera, dejando claro que no está dispuesta a ser la Segunda en nuestro lecho. Le he respondido que será lo que será y lo que tenga que ser ya se verá. Al oírme me ha abofeteado y yo me he reído, ha insistido, no ha parado de darme golpes en el rostro, en la cabeza y en el pecho, me he protegido como mejor he sabido con mis brazos y manos esquivando sus arremetidas que eran cada vez más violentas, un minuto largo golpeándome hasta que se ha rendido agotada, sus rodillas han cedido y tan larga como es ha caído abatida y derrumbada por su propio esfuerzo y cansancio. En el suelo, tendida, he introducido mi espada por entre las faldas de su túnica cortando en dos su ropa y medio manchándola con la sangre de los cuerpos abatidos, abriéndola en canal para dejar a la vista su desnudez y su vientre estriado de mujer que ha parido, no ha hecho nada para impedirlo, he abierto sus piernas y me he arrodillado entre ellas con el gladius todavía en mi mano derecha. Se ha incorporado por sí misma sentándose en el suelo a horcajadas, despojada de su túnica rota me ha rodeado desnuda con sus brazos y me ha mordido la boca, he gritado de dolor y de un manotazo la he apartado de mí, ha insistido, esta vez con su lengua bebiendo la sangre que manaba de mis labios. De nuevo la he separado con la punta de mi arma entre sus pechos caídos, se ha quedado en el suelo, tirada, abierta, hueca, acariciándose el pubis y la vulva frente a mí, con los ojos abiertos de par en par sin apartar la mirada, buscando mi niña, líquida, brillante, nocturna la suya, metálica y de besugo la mía. A nuestro lado había el cadáver de uno de los acreedores asaltantes que acababa de matar y del que no paraba de brotar una sangre acuosa que inundaba el suelo, he debido de perforarle el bazo. Prócula gemía como un gato, y yo ni la he tocado, sólo la he mirado tocarse. Me ha suplicado que no me fuera, que esperara, y cuando ha terminado se ha quedado como un pollo desplumado, como un cerdo después del sacrificio y antes de sacarle provecho, más amarilla que sonrosada. Entonces me he levantado y me he ido. Sus esclavos estaban por allí, espiando escondidos, excitados y atemorizados como viejas fisgonas solitarias.

Los romanos vivimos de nuestros esclavos mientras nos dedicamos al ocio, a robar a los demás y a matarnos entre nosotros. Aníbal ahora lo tendría más fácil. Marco Porcio Catón siempre afirma que los matrimonios de hoy en día se sustentan en los cuernos de los esposos que como cervatillos se casan y como uros ibéricos se divorcian. Y Tito Lucrecio Caro que ha visto “derramar la sangre de los ciudadanos para aumentar sus riquezas, la avaricia doblando las fortunas, acumulando asesinato sobre asesinato, la crueldad gozándose en los tristes funerales de un hermano, los padres rechazar y huir de la mesa de los allegados” (De rerum Natura)

Los cerezos que Camilo Licinio Lúculo ha traído de lejanos países son la admiración de muchos. Craso quiere conquistar la Mesopotamia y Julio traspasar el Elba. Pompeyo cuenta que ha entrado en el Santa Sanctórum del Templo de Jerusalén y que en aquella pobre habitación no ha visto ningún dios ni a su estatua. Yo vivía de Sexta y de Prócula, las dos eran a su manera la pequeña cámara que Pompeyo Magno visitó y que encontró vacía.

martes, 18 de octubre de 2011

El peletero/Fusco (1 de 3)



1.
Cuando te licencias del ejército debes de incinerar a los últimos muertos en combate, lavarlos con tus propias manos y llevar la tea que ha de quemar su pira; es un servicio que los oficiales prestamos a nuestros soldados en gratitud por su servicio, entrega y obediencia, es un símbolo que quiere escenificar sumisión y una promesa, que moriremos por ellos igual que lo han hecho por nosotros.

Siempre me han gustado los actos fúnebres, la pompa y las plañideras, ya sé que a estas liturgias las reviste el ritual que no necesita ser sincero, pero no debemos buscar en ellas la franqueza porque son otra cosa muy diferente, quizá la repetición y escenificación de algo que olvidamos fácilmente, un acompañamiento que terminará en abandono; la verdad, sin embargo, es esquiva y habita únicamente en los corazones de cada uno, en nuestros hígados y estómagos y en la punta de las espadas que matan o salvan.

Aprecio la demostración pública de afecto a pesar de ser hipócrita, me gusta rendir honores a quien se los merece y también a quien no, porque en realidad nos honoramos a nosotros, los vivos, los muertos son un mero pretexto para compadecernos de nuestro futuro. A los dioses hay que servirlos aunque únicamente pueblen nuestros sueños y duermevelas, en ellos nos vemos igual que en los espejos, al revés, y queremos pensar, necesitamos creer, que en su mano está darnos, o no, un poco más de tiempo.

Así me he comportado, los he lavado y los he incinerado a todos, igual a mis soldados que a mis dioses porque no son unos menos que los otros. Al final de la ceremonia, con los llantos, los sermones y las brasas todavía ardiendo, hemos simulado unos juegos helenos y un banquete etrusco con nuestras esclavas, para acabar llorando borrachos como los griegos cuando se ponen melancólicos, procurando que el vino endulce nuestra tristeza y no convierta la alegría en un sin sentido.

Quizá por ello me he traído de regreso a Sexta, una prostituta que nos ha atendido bien durante toda la campaña asiática. Nos la hemos disputado seis, de ahí su nombre, sus más fieles y asiduos. Los dados que hemos echado sobre su túnica me la han entregado para que regrese conmigo, Marco Emilio Fusco, a casa.

Sexta es la tercera mujer que me ha visto llorar, antes sólo lo habían hecho mi madre y mi nodriza. A veces no puedo mirarla a los ojos, aparto la vista y aunque me muero evito el gemido y el grito, me trago el goce y el encanto. 

Seguro que ha contemplado sollozar a muchos otros antes que a mí.

Fusco, me dice triste y compungida igual que si recitara una salmodia, a penas soy un fantasma que vive entre tus pesadillas y tus temores, en los sueños puedes matarme, hazlo, hunde tu espada en mi corazón, búscalo en mi vagina, ábrete paso a su través, rasga mi vientre para que salgan las heces por él como si fueran los hijos que nunca pariré, no te mancharán, soy un sueño, un deseo, carne macerada de jabalí.

He llegado a casa con ella y a los pocos días mi padre me ha puesto al corriente de las últimas novedades y de lo que ahora espera de mí, su único hijo vivo.

Agripina, la esposa con la que debías casarte, me ha dicho, la niña que elegimos para ti nada más nacer, falleció hace un año atropellada por un carro de bueyes, las ruedas y las patas de los animales le rompieron los huesos y le aplastaron el corazón, los ojos se los cerró su propia madre, Paula Furia Prócula, que ya sabes que es viuda, ¿lo recuerdas?, su esposo murió de fiebres nonagenario hace quince años. Debes ahora casarte con ella, así lo hemos acordado en un nuevo contrato, no tiene a nadie en el mundo aparte de una buena dote que mal le administra su hermano, Cneo, también viudo, sin hijos y muy mal jugador.

En realidad no recordaba casi nada, ni de Agripina ni de Prócula, su madre, ni tampoco que debía casarme con alguien.

Sus cincuenta años no creo que sean para ti ningún inconveniente, al menos aún no, me ha dicho mi padre, como tampoco la fama de sus esclavos que la atienden igual que a una reina etrusca, nos conviene que al final sus bienes terminen en nuestra casa y alimenten a los nuestros, no puede ya tener más hijos y en este caso ello es una ventaja para nosotros y tus sobrinos, los futuros señores del patrimonio Emilio.

Su hermano ha contraído deudas de juego, y sus acreedores forman ya con éxito toda una tropa de mordaces que lo persigue con canciones jocosas y burlas y que hacen su vida imposible. El contrato que hemos firmado consiste en pagarle las deudas, antes de que sea demasiado tarde y lo pierda todo, a cambio de su patrimonio y de su hacienda, nuestros clientes se encargarán, con su diplomacia habitual, de alejarlo de los dados, aunque no tendrá ya nada que jugarse no nos interesa su mal nombre, y si no lo consiguen lo matarán. 

A mí los dados me habían entregado a Sexta, un cinco más uno todavía suman seis a día de hoy, una prostituta barata, cuartelaria, y ahora mi padre me adjudicaba a Prócula, una patricia sin sostén, en un trato de conveniencia que he estado a punto de rechazar para alistarme de nuevo en las legiones de Pompeyo, pero si hubiera tomado tal decisión habría perdido también las tierras públicas que el Senado ha entregado como paga a sus veteranos licenciados, y eso, mis codiciosos sobrinos no me lo habrían permitido. De mi padre dicen que ha hecho bien las cosas no aceptando más invitados en su mesa que comida hubiera, de joven tuvo tres hijos varones que levantó del suelo en señal de aceptación, y expuso a otros dos y a una hija dejándolos morir en el basurero que había detrás de la casa, alguien recogió a la niña, no supimos nunca quién fue. Mis dos hermanos murieron más tarde en la guerra, quedando yo como único heredero testado. Hubiera podido adoptar hijos, pero mi carácter no se siente vinculado con los esfuerzos que requiere mantener una estirpe.

viernes, 14 de octubre de 2011

El peletero/Vero (y 2)

2.
Soñé que regresaba a casa después de muchos años, que entregaba a mi familia una bolsa llena de monedas de oro, que vivía con nosotros aquella hermana que nuestra madre abortó, Julia, y que mi padre comandaba, con su característica autoridad y ternura, nuestra pequeña familia.

En el sueño mi madre se llamaba asimismo Julia, igual que la mujer con la que me casé y la hija que me dio. Allí estábamos todos y también mis hermanos, Severo, el mayor, entero y fuerte, y Cayo, el mediano, pródigo y valiente. Y entre todos ellos yo, Quinto Sempronio Vero, el pequeño, feliz y cansado, triste por lo visto en mi largo viaje, apenado y afligido porque sabía que lo que vivía era un simple sueño.

¿Cayo, dónde estás?, ¿Julia, eres mi rosa? Nadie respondía porque sólo podía elegir a uno de ellos. Así lo hice, elegí.

Cuando desperté la fiebre había desaparecido. Con unas cuantas sopas de coles y caldos de pollo me recuperé. Diez días después vimos venir a Cayo caminando por el sendero en el que están enterrados nuestros padres y Julia, esa hermana no nacida, la vía de los cipreses.

El augurio es el indicio de aquello que ocurrirá, en cambio, el vestigio, siendo la señal de algo que ha sucedido, es también el testimonio, el resto a través del cual obtendremos la verdad.

La verdad está siempre abierta a nuestros ojos, no se encuentra oculta en ningún escondrijo como si fuera un simple misterio.

El buche es la bolsa membranosa que comunica la boca con el esófago de las aves, en él se reblandece el alimento gracias a unas piedras tragadas por el animal para tal fin. Se dice también que es el lugar en el que se finge que se guardan los secretos.

Así pues, al abrir el pecho y el buche de las aves, habremos de separar, enumerar y clasificar con minuciosidad, las piedras que hallemos en él. Su color, su forma, su peso y su tamaño serán los indicios que nos servirán de puentes para traspasar el río y la niebla que oculta su otra orilla.  

Las piedras, y también todas las demás cosas y seres que encontremos en ese saco o bolsa, serán un vestigio y un augurio al mismo tiempo, y lo serán porque la verdad no es sólo aquello que ha ocurrido, es también todo lo que tiene que suceder.

Como augur debía de ser fiel a los gestos, memorizarlos para repetirlos con precisión y exactitud. En esa repetición absurda está el secreto, es el ritmo del tambor que, más que la rueca, marca el tiempo. La gente los conocía mejor que yo y me los demandaba como si fueran unos niños que siempre piden que se les cuente igual la misma historia.

Mis padres han fallecido, pero todavía conservo a mis hermanos aunque a uno le falte medio cuerpo y al otro media alma y a los tres Julia.

Sé lo que debo de saber que no es más que aquello que de mí depende pues siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las fidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Algún día llegará Julia, y si no llega iré yo a buscarla aunque para ello deba de morirme.

Esta mañana he abierto una paloma, blanca y gris, estaba limpia y no opuso resistencia, el hígado era claro y en el cielo no volaban los halcones, hace calor, se acerca el verano y los niños ya corren desnudos hacia la alberca para bañarse.

jueves, 13 de octubre de 2011

El peletero/Vero (1 de 2)


1.

De niño, con apenas seis años, observé a mi madre matar a un pollo, sacarle las entrañas y desplumarlo, al verlas echadas en el suelo para que se las comieran los perros supe que ella moriría mañana. Mamá, le dije, vas a morir mañana, un árbol te matará. Así fue, al día siguiente una viga podrida de la despensa se le cayó encima y le rompió el cuello.

La incineramos y depositamos en la vía que salía de nuestra hacienda sus cenizas al lado de las de mi padre y de Julia, una hermana que no llegó a nacer. Después, mi abuela Livia me lavó, me untó en aceite y me mantuvo cuatro días con sus cuatro noches sin comer ni beber. Una vez repuesto me entregó al santuario de Júpiter más cercano para mi aprendizaje. Estaba lejos, a varias jornadas de viaje, era un caserón vetusto y ruinoso con un pequeño templo adosado dedicado al dios del Universo, allí me quedé dos años, solo.

Un viejo sacerdote me dijo al llegar: recuerda que la rosa es únicamente la rosa, y que la rosa que conocerás un día te matará en vida sólo si eres digno de morir de tal manera, ¿lo eres?

No supe qué responder, no sabía de qué me estaba hablando.

¡Toma!, el sacerdote me dio una paloma y un cuchillo, ábrela y dime cuándo moriré, me ordenó.

Tenía el hígado muy oscuro y grande y el buche tan lleno que estaba a punto de reventar. Te estás muriendo ya, le respondí, no tardarás y no será por causa de ninguna rosa, añadí desconcertado al ver aquellas vísceras y mis manos ensangrentadas. Al oírme me abofeteó con tanta violencia que me tiró al suelo, me levantó arrepentido, se arrodilló ante mí y me abrazó llorando, desconsolado.

Al cumplir los ocho años me escapé y regresé andando. Al cabo de seis semanas, sucio, cansado y hambriento, llegaba a casa. Durante el viaje unos soldados quisieron tomarme, pero logré esconderme y escapar. Mi abuela me contó que mis dos hermanos se habían alistado en las legiones de Mario y que ahora era yo el padre, el hombre de la casa.

La gente venía y me pedía una adivinación, yo les escuchaba pero no se la daba a cualquiera, por eso tal vez Sila nos perdonó la vida cuando me preguntó por su joven esposa. Sólo responderé por ti, no por ella, le dije, has de saber que todavía no es mi hora ni tampoco la tuya, no puedes tocarme. Y no me tocó.

Pasaron los años y vinieron otros generales, murieron más hombres en las guerras y las mujeres siguieron pariendo hijos que me traían para saber, algunas, quién era el padre.

Mi hermano mayor, Severo, sobrevivió a la guerra, pero regresó loco, con a penas medio cuerpo, tullido y roto.

Mi hermano menor, Cayo, no regresó, no supimos nada de él, aunque todas las palomas que sacrifiqué señalaban que estaba vivo y sano.

Vivimos entre muertos, decía la abuela, y tenía razón, ellos no apartan la mirada, su falta de pestañeo es un dedo que señala, tal vez el origen de todo. Los pichones aunque ven son ciegos como los amantes al final de la cópula, deberás atrapar un águila para encontrar a tu hermano y traerlo a casa, me dijo. Así lo hice, robé el estandarte de una legión, fundí el metal y con él hirviendo en la olla eché a una perdiz viva dentro. Sus entrañas se cocieron y me las comí. A la noche siguiente la fiebre me postergó en cama una semana entera.

jueves, 6 de octubre de 2011

El peletero/Claudio (y 3)

Y 3.
Tiempo después ese niño me salvó a mí ayudándome a huir a Cilicia junto a la parentela de César cuando Sila desató en los partidarios de Mario su sed de venganza. Él es ahora un general veterano de las legiones galas de Julio, y a él he pedido ayuda de nuevo.

Me la ha prestado enviándome a veinte hombres de su legión que han matado a todos los esclavos de Emiliano, lo han apresado y lo han retenido encadenado en los sótanos de mi villa hasta el día del juicio. Solamente así he podido presentar una demanda oficial contra él y que el magistrado la haya aceptado al tener enfrente al acusado.

La sentencia ha sido la que corresponde en estos casos, me ha permitido subastar públicamente la hacienda y todos los bienes de Marco Cornelio Emiliano, cobrarme mi parte, incluido el precio de mis dos esclavos muertos y el cuantioso regalo que he hecho a los soldados de Lucio que me han servido, y devolverle el resto sobrante que no ha llegado ni siquiera a poco.

El juicio ha sido público y muy concurrido, la gente se ha divertido mucho a nuestra costa y se ha burlado de forma muy cruel de nosotros dos aunque siempre se lleva la peor parte el que va a ser condenado. Todos han hecho mención sarcástica de nuestras esclavas insatisfechas y escarnio de nuestros miembros que ya no son el mango de ninguna espada.

Ambos somos unos ancianos, pero yo todavía me mantengo delgado, algo ligero y vaporoso y en mi túnica sencilla no había ninguna mancha de grasa, estaba limpia a los ojos de cualquiera, me presenté afeitado y con los cabellos cortados.

Él, en cambio, aunque hice que mis esclavos lo lavaran, llevaba sus propias ropas no muy elegantes, sucias y raídas, su cuerpo mostraba una obesidad mórbida de años y su semblante no escondía el miedo que la gente ahuyenta de mala manera riéndose del prójimo, del débil y de sus visibles flaquezas.

Al juicio no ha sobrevivido su esposa que ha terminado su larga enfermedad de tantos años, ni tampoco su liberta griega Calipso, el origen de todo el altercado y que murió en la refriega a manos de los mercenarios que liberaron mi casa. 

De todo ello hace sólo cuatro meses.

Areté me sigue lavando, untando en aceite, y continúa perdiendo en ello su porte de aristócrata para convertirse en una simple mujer fascinada en una cama, sin nombre ni pasado. Tengo miedo, sé que Emiliano se vengará y que lo hará en ella.

Para evitarlo quizá lo más conveniente sea terminar bien el trabajo, no dejarlo a medias, matar a Emiliano y robarle lo poco que conserva, así aseguraría mejor mi hacienda y a mi esclava. A mi rival no le quedan clientes ni familia que quiera lavar su ropa ni defenderlo de sus enemigos, pero todavía es capaz de vengarse en una simple mujer, y a mi, la verdad, me gustaría que mi griega continuara bañándome y untando con aceite mi piel y mi intestino, y que en ello ambos lográramos seguir perdiendo el miedo y ahuyentar el futuro.

Pero... también he pensado liberarla y darle una parte de mi hacienda para que se marche lejos, para que huya. Mis primos protestarán la donación y denunciarán ante los tribunales los derechos que creen les corresponde por herencia, pero eso ya no me preocupa, se acercan tiempos difíciles de nuevo, Pompeyo y Cesar no caben juntos en Roma y uno de los dos terminará en una pira funeraria a manos del otro que portará la tea incendiándolo todo de nuevo.

De niño tuve un hermano que falleció de fiebres al beber agua sucia, era un poco mayor y siempre me protegía y me defendía en las peleas y me aconsejaba en mis inseguridades y dudas. No sabía él mucho más que yo, pero su sola presencia y permanente ayuda, su constante fraternidad superaban de largo la mejor y más perfecta sabiduría y la fuerza de todos los ejércitos de Roma.

Siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las fidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. No ha pasado un solo día, desde su muerte, que mi hermano no haya estado a mi lado, fiel y leal, igual que lo estaba en vida.

Ahora, que mi piel se apergamina, el mundo parece traicionarme a mí en aquel pacto de inmortalidad que creí sellar al nacer, ya sólo me queda una esclava que parece una reina y esa presencia fraterna y tranquila que sé que me espera.

El río es ancho, pero el cauce no es hondo, todo él es un vado, atravesarlo será como si caminara por encima de sus aguas, chapoteando igual que niños en los charcos.


miércoles, 5 de octubre de 2011

El peletero/Claudio (2 de 3)

2.
Lo cierto es que, gracias o a pesar de su nombre que rememora a la aristocracia, Areté no sabe hacer gran cosa excepto llevar ese porte distinguido que aparentemente no sirve para nada, esa presencia que la envuelve como una aureola y que pierde, como si tirara al suelo un fastidioso y pesado hoplón, cuando me baña.

Es extraño, de estatua se convierte en una mujer fascinada, no debería hacerlo, nunca se lo he pedido, al menos no he pretendido ni esperado que sus manos se conviertan también en su corazón, una concubina es sólo una concubina y como tal debería comportarse. Pero lo hace o sucede, sus ojos agonizantes refulgen como una luz en la superficie temblorosa de las aguas.

Sospecho que la impele el horror a ser vendida de nuevo, a continuar viviendo como una esclava que pasa de mano en mano, y aunque en mi casa lo es, una simple esclava, debe querer pensar que ha terminado ya su largo viaje. Yo supongo también que en ese final imaginado desata todo su furor y voluptuosidad, que no aparta la mirada de la mía para atrapar conmigo su propio espanto y liberarse así del miedo.

Ella y yo hablamos a veces en griego, o le pido que me lea en esa lengua poesía, teatro, o me recite alguna filípica del tartamudo Demóstenes, no lo hace mal, con su acento siciliano interpreta correctamente los personajes simulando en su voz el carácter de cada uno y el momento preciso de la escena, es una buena actriz y no es ninguna analfabeta. A mí me cuesta leer y me gusta oírla leer, mis ojos están cansados y los lentes que fabricó para mí un óptico más viejo que yo, son, a día de hoy, un cuchillo romo que ya no es capaz de cortar ni la niebla que los nubla.

Un día le pregunté por Siracusa, me respondió que cuando los piratas la raptaron, siendo una adolescente, mataron también a sus dueños, unos campesinos griegos ricos y algo instruidos y a casi toda la familia, a los esclavos los revendieron, y que más tarde tuvo un hijo de aquellos bárbaros que murió al poco de nacer. Dice que al no quedar preñada de nuevo la traspasaron como saldo pues vale más una madre que una simple mujer. Así fue pasando de unos a otros y de dueño en dueño.

El porte aristocrático, sin duda, la ha mantenido en vida como si fuera ese pesado escudo que usan los infantes en la guerra para protegerse. Su aire frío y distante la esconde y la oculta. Ella afirma lacónicamente, como correspondería a una buena espartana, que en realidad nadie la ha llegado a tocar nunca aunque hayan caminado legiones enteras de soldados por encima de su cuerpo.

Pero tiene miedo, lo tiene como lo ha tenido siempre y lo pierde cuando se desnuda, cuando se despoja de túnicas y corazas y aparece, tras ellas, la niña que jugaba en las playas de Siracusa, en mi pobre bañera cree encontrarlas de nuevo. Pero a veces dudo, no sé si es la niña la que realmente aparece o si es la mujer la que simplemente me engaña.

Mi clientela es escasa, casi inexistente, mi soltería me impidió heredar toda la que poseía mi padre que se desvaneció en el aire y en las guerras, y porque en mis tiempos, durante los consulados de Mario, no aproveché la oportunidad de ejercer de tribuno como él me ofreció y me aconsejó, hubiera podido enriquecerme siendo magistrado y defensor de las causas plebeyas. Como hizo el famoso Marco Livio Druso habría vendido bien mi voto y mi palabra en los tribunales y en la Asamblea de Ciudadanos, pero nunca me ha gustado la política excepto para hablar de ella en los banquetes y entre amigos, es un raro escrúpulo que pocos siguen y que tal vez sea la verdadera causa de mi soltería, la política es un trato permanente y yo no quiero compromisos ni componendas.

Sin embargo, mis recelos políticos no me libraron de su funesta influencia. Tuve que ir a la guerra y defender en ella los intereses de mi familia que desde tiempos no tan lejanos había respaldado siempre la causa popular, a los Gracos y a sus reformas agrícolas que los llevaron a la muerte.

No es bueno que alardee de mi valentía militar, pero la centuria que mandé realizó algunas buenas hazañas gracias al orden y a la disciplina que logré imponerles, la plebe es lerda y aunque el ejército es ya casi todo mercenario, su condición es todavía peor que la de los antiguos campesinos que, años atrás, defendían con la espada y con orgullo a Roma y a su República. Los soldados de ahora, esos proletari, sólo defienden a sus jefes y a su paga.

En una ocasión salvé a un joven soldado, Lucio, casi un niño, un velites que disparaba flechas y lanzaba piedras por entre las filas de las legiones en formación. Lo saqué a rastras de la primera línea tirando de sus cabellos, si lo hubiesen atrapado no lo habrían matado enseguida, se hubiera antes convertido en un juguete, en uno de esas andróminas de burdel.

Mi esgrima era buena y mi baja estatura los desconcertaba si lograba pelear a corta distancia, la espada apuntaba a su vientre, era sólo un amago porque golpeaba de abajo arriba rebanándoles el cuello, los soldados temen perder más sus partes que sus cabezas.

martes, 4 de octubre de 2011

El peletero/Claudio (1 de 3)

1.
Todo empezó cuando hace unos meses Marco Cornelio Emiliano asaltó con una de sus cuadrillas mi pequeña propiedad de la Liguria que cuidaban dos de mis esclavos. Los mató, se apropió de la casa, de las tierras colindantes y se la ofreció en usufructo a su liberta Calipso, una griega de sólo 16 años que, según cuentan, lo bañaba y lo untaba con aceite cada día.

Emiliano, pariente lejano mío y del cónsul Cinna, es un anciano avieso, amargado por la enfermedad de su esposa y por la muerte de sus dos únicos hijos en los campos de batalla que enfrentaron a Sila y a Mario. Partidario fanático del primero luchó a sus órdenes en aquellas guerras civiles, y luego, cuando impuso su dictadura el “Afortunado”, desempeñó algunas magistraturas que facilitaron al tirano el cumplimiento de sus leyes patricias, la ejecución indiscriminada de sus crímenes y proscripciones y la instauración soberana del terror.

Hasta la usurpación de mi hacienda, Emiliano, había vivido retirado cerca de Nápoles con su esposa enferma postrada en la cama y con sus jóvenes esclavas que le adornaban la casa. Sólo sabía de él por el hijo de Cinna y algún conocido común que me contaba su deterioro.

Ahora, sorprendentemente, ha querido apropiarse de mi pequeña villa para su liberada Calipso y lo ha hecho sin pagar ningún precio, robándomela con descaro y sin miramientos. En ella la ha instalado para visitarla como si la muchacha fuera su verdadera matrona y no la concubina que es.

Ni la sangre derramada ni el robo le devolverán su juventud, la salud de su esposa, la energía de su miembro ni con ellas a sus hijos muertos.

Yo, sin embargo, Cayo Mario Claudio, sobrino del gran Mario, no perdí ningún hijo en aquellas terribles disputas civiles porque nunca lo tuve, fui siempre soltero y oficialmente célibe a pesar de las presiones constantes que mi gens ejerció para que fundara mi propia domus. Tenían razón, no se posee un verdadero patrimonio si no se es padre. Sufrí, eso sí, el exilio y el despojo de buena parte de los bienes familiares por la mano de esos patricios que creían, y creen todavía, que Roma es solamente suya.

Pero las vidas son a veces extrañamente paralelas, patricio como ellos mi edad es similar a la de Emiliano, soy un anciano y mi existencia solitaria en el campo está tan rodeada como la suya de nada, de paisaje, de recuerdos y de alguna que otra esclava que también me baña y me unta con aceite la piel y el intestino.

A mis años no pido mucho a mis lares, sólo que de vez en cuando permitan a mi falo depositar su leche en la vaina de alguna joven, esa medusa que nos petrifica impidiéndonos pestañear. Les ruego igualmente, y con todo mi fervor, que sigan manteniendo la paz, la claridad de mente y de corazón que creo disfrutar y que el muy estúpido Emiliano acaba de romper.

Yo también tengo, entre mis esclavas, a mi griega preferida, Areté, una mujer nacida cautiva y originaria de Siracusa. La raptaron los piratas que emponzoñaban las costas y que ahora acaba de derrotar Pompeyo enviándolos a todos al fondo del mar.

Antes de llegar a mí, Areté, pasó por varios dueños que sólo la compraban como concubina para revenderla cansados al poco tiempo, terminando, tras muchos intercambios y transacciones, en casa de mi tío Tulio que le dio otra utilidad. Pensó que podía enseñarles el habla de los griegos a mis primos, sus hijos y mis únicos herederos.

Ese hermano de mi madre, Tulio, aunque piadoso, puritano y de moral estricta es un necio y un avaro codicioso que no quiso pagar el precio que vale un verdadero pedagogo, un preceptor formado en alguna Academia helena, cree, el muy simple, que el mero hecho de hablar una lengua te permite enseñarla.

Las lenguas, como las ciudades, poseen sus cloacas y sus acueductos, en ellas hay puentes y muros, cimientos y torres altas como faros, no puedes abandonar nunca la que te vio nacer.

La poca habilidad pedagógica de Areté se añadió también a la escasa inteligencia de mis primos y a su nula predisposición por la cultura, el saber y el buen hablar, esos chicos son unos pobres memos que no piensan más que en gastar sus días en los baños y sus noches en los burdeles.

Pensando que no servía para nada, Tulio me la revendió por poco dinero cuando envió a sus hijos a la milicia, creyó que entre los soldados serían más útiles que en los brazos de las rameras. En eso acertó.

Sea como sea, en casa de mi tío nadie ha necesitado hablar nunca el griego ni el buen latín de nuestros abuelos, y Areté no era tampoco una hembra para mis primos, demasiado altiva, “no queremos reinas en casa, en nuestra familia todos somos republicanos”, señalaban con sarcasmo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

El peletero/La sargantana (42)

Sleep

El 22 de juliol del 1998, Gabi Martínez entrevistava a la Vanguardia de Barcelona a Corinne Dufka, fotògrafa de guerra.

“Todos los días había combates en Liberia. Los periodistas no teníamos coche, así que pasábamos el tiempo caminando por la calle en busca de imágenes. Las líneas del frente eran muy irregulares, igual estabas en territorio de un bando que del otro. De pronto nos encontramos con la escena. Un grupo acusaba a un hombre de ser un miliciano y, tras golpearle y quitarle la ropa, le gritaron que corriera. Al empezar a correr, le tirotearon. Luego uno fue a darle el tiro de gracia. Y saqué la foto.”(Corinne Dufka)

I uns anys després, el 2000, llegia un llibre d’en Oscar Tusquets titulat “Déu ho veu”, on l’arquitecte català parlava d’aquells racons i parts de les coses que passen desapercebudes a les persones perquè queden ocultes, impossibles de veure, però que hi són, les puntades invisibles de les catifes, detalls arquitectònics que queden amagats al ull humà, els darreres d’algunes escultures coms els frisos del Partenó o les bores del vestits, l’espai recòndit entre la roba i el forro.

Molt abans, al 1988, Peter Greenaway dirigia la seva pel·lícula “Drowning by numbers” on un personatge enumera amb una etiqueta totes les coses existents per comptar-les. Es poden comptar, un a un, tots els estels?

La novel·la de George Orwell, “1984, ha donat peu a concursos televisius i el mateix Internet és l’escenari millor per mostrar la nostra intimitat al món, un ull que travessa parets i ens fotografia completament nus.

Al 1963, Andy Warhol filmava “Sleep”, on el seu i únic actor, John Giorno, dormia las sis hores que durava el film. Els espectadors entraven i sortien de la sala per prendre una copa o fumar una cigarreta. I al 1964 “Kiss”, on dos actors es besaven a càmera lenta durant 54 minuts. Igual que les seves “Motion pictures”, retrats filmats amb la mateixa lentitud, un succedani de la immobilitat i del temps aturat. El famós artista nord-americà fotografiava també, en una polaroid, a tot aquell que el visitava al seu estudi, l’anomenat i conegut: “The Factory”.

Nabokov, el gran escriptor rus que escrivia els seus llibres en diferents llengües, afirmava que l’art no és mai simple i que en la seva màxima expressió és fantàsticament enganyós i complex. La paraula enganyós deuria confondre al cineasta danès Lars Von Trier quan va formular al 1955 el seu famós “Dogma”, decàleg en el que proposava la eliminació de tota artificiositat en la realització de pel·lícules: maquillatge, il·luminació, decorats... fins i tot va pensar que la càmera s’havia de dur a les espatlles al interpretar equivocadament que era un ull i no el que veritablement és, una simple finestra en la que un ull s’hi pot passejar.

A tot aquest rosari d’anècdotes em manifestes, estimada sargantana, que exagero i m’equivoco al comparar uns fets amb els altres al ser tots ells ben diferents.

Et responc que no és així, i que si ho fos més al meu favor, i ho argumento apel·lant al criteri del savi al recordar un altre llibre d’en Òscar Tusquets, “Tot és comparable”, on l’autor es dedica a comparar coses tan iguals o allunyades com és un museu i un prostíbul. Val a dir que la presentació del llibre va tenir lloc al 1998 aprofitant l’avinentesa que a la Sala Vinçon de Barcelona s’exposava part de la seva obra pictòrica, 36 olis i 4 aquarel·les que havia anat pintant al llarg de 39 anys, i on en lloc de vendre les obres originals, como qualsevol hauria suposat i esperat, posava a la venda només fotocòpies de les peces.

Et quedes sorpresa al sentir-me, però et senyalo que això és exactament el que faig amb tu, vendre còpies a baix preu perquè l’original és intransferible, impagable i gairebé tot ell està ocult.

La majoria de les històries consisteixen en persones que intenten saber dels altres sense arribar mai a aconseguir-ho, cadascú coneix coses que els altres ignoren i viceversa, mentrestant hem de continuar endavant, resoldre els dubtes i decidir la velocitat i la quantitat de llum que podrem suportar al despertar. 

“Hace poco estaba trabajando con otros periodistas en Etiopía. Llegamos a un poblado en llamas. Había cadáveres por todas partes. Los tres empezamos a llorar. Me controlé y empecé a pensar: “Oscurece, necesitaré 800 ASA. Hay bastante movimiento, la velocidad será de 125. Hay que cambiar las pilas del flash”. Debía trabajar. No hubiera sido justo que por mis emociones dejara de mostrar unas imágenes tan importantes. No había llegado hasta allí para quedarme llorando”. (Corinne Dufka)


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Traducció al castellà

Sleep

El 22 de julio de 1998, Gabi Martínez entrevistaba en la Vanguardia de Barcelona a Courinne Dufka, fotógrafa de guerra.

“Todos los días había combates en Liberia. Los periodistas no teníamos coche, así que pasábamos el tiempo caminando por la calle en busca de imágenes. Las líneas del frente eran muy irregulares, igual estabas en territorio de un bando que del otro. De pronto nos encontramos con la escena. Un grupo acusaba a un hombre de ser un miliciano y, tras golpearle y quitarle la ropa, le gritaron que corriera. Al empezar a correr, le tirotearon. Luego uno fue a darle el tiro de gracia. Y saqué la foto.”(Corinne Dufka)

Y unos años después, en el 2000, leía un libro de öscar Tusquets titulado “Dios lo ve”, donde el arquitecto catalán hablaba de aquellos rincones y partes de las cosas que pasan desapercibidas a las personas porque quedan ocultas, imposibles de ver, pero que están allí, las puntadas invisibles de las alfombras, detalles arquitectónicos que quedan escondidos al ojo humano, las espaldas de algunas esculturas como los frisos del Partenón o los dobladillos de los vestidos, el espacio recóndito entre la ropa y el forro.

Mucho antes, en 1988, Peter Greenaway dirigía su película “Drowning by numbers” donde un personaje enumera con una etiqueta todas las cosas existentes para contarlas. ¿Se pueden contar, una a una, todas las estrellas?

La novela de Geroge Orwell, “1984”, ha dado pie a concursos televisivos y el mismo Internet es el mejor escenario para mostrar nuestra intimidad al mundo, un ojo que atraviesa paredes y nos fotografía completamente desnudos.

En 1963, Andy Warhol filmaba “Sleep”, donde el único actor, John Giorno, dormía las seis horas que duraba el film. Los espectadores entraban y salían de la sala para tomar una copa o fumarse un cigarrillo. Y en 1964 “Kiss”, donde dos actores se besaban a cámara lenta durante 54 minutos. Igual que sus “Motion Pictures”, retratos filmados con la misma lentitud, un sucedáneo de la inmovilidad y del tiempo detenido. El famoso artista norteamericano fotografiaba también, en una polaroid, a todo aquél que visitaba su estudio, el llamado y conocido: “The Factory”.

Nabokov afirmaba que el arte no es nunca simple y que en su máxima expresión es fantásticamente engañoso y complejo. La palabra engañoso debió de confundir al cineasta danés Lars Von Trier cuando formuló en 1995 su famoso “Dogma”, decálogo en el que proponía la eliminación de toda artificiosidad en la realización de películas: maquillaje, iluminación, decorados, incluso pensó que la cámara debía llevarse al hombro al interpretar equivocadamente que era un ojo y no lo que verdaderamente es, una simple ventana en la que un ojo puede pasearse.


A todo este rosario de anécdotas me manifiestas, querida lagartija, que exagero y equivoco al comparar unos hechos con los otros al ser todos ellos muy diferentes.

Te respondo que no es así, y que si lo fuera más a mi favor, y lo argumento apelando al criterio del sabio al recordar otro libro de Óscar Tusquets, “Todo es comparable”, donde el autor se dedica a comparar cosas tan iguales o alejadas como es un museo y un prostíbulo. Es necesario remarcar que la presentación del libro tuvo lugar en 1998 aprovechando la oportunidad que en la Sala Vinçon de Barcelona se exponía parte de su obra pictórica, 36 óleos y 4 acuarelas que había ido pintando a lo largo de 39 años, y donde en lugar de vender las obras originales, como cualquiera habría supuesto y esperado, ponía a la venta sólo fotocopias de las piezas.

Te quedas sorprendida al oírme, pero te señalo que eso es exactamente lo que hago contigo, vender copias a bajo precio porque el original es intransferible, impagable y casi todo él permanece oculto.

La mayoría de las historias consisten en personas que tratan de saber de los demás sin llegar a conseguirlo nunca, cada uno conoce cosas que los otros ignoran y viceversa, mientras tanto hay que seguir adelante, resolver dudas y decidir la velocidad y la cantidad de luz que podremos soportar al despertar.

“Hace poco estaba trabajando con otros periodistas en Etiopía. Llegamos a un poblado en llamas. Había cadáveres por todas partes. Los tres empezamos a llorar. Me controlé y empecé a pensar: “Oscurece, necesitaré 800 ASA. Hay bastante movimiento, la velocidad será de 125. Hay que cambiar las pilas del flash”. Debía trabajar. No hubiera sido justo que por mis emociones dejara de mostrar unas imágenes tan importantes. No había llegado hasta allí para quedarme llorando”. (Corinne Dufka)

martes, 27 de septiembre de 2011

El peletero/La sargantana (41)

La javanesa (2)

La javanesa em va explicar que a Indonèsia són musulmans practicants i que la gent no parla, que es callada, que no tenen converses com la que estàvem tenint nosaltres dos en aquell mateix moment. Deia que són com crancs que busquen amagar-se sota les pedres, que l’ossada la tenen per fora com si fos una cuirassa, que els mediterranis, en canvi, som com tu, unes sargantanes xerraires que sempre busquem el sol. Aquell país, pel que deia, semblava espantós, farcit per la calor com un forn i amarat d’humitat com una sopa bullint.

Després de dos anys d’estar-s’hi se’n volia anar, n’estava fart. Però, quan ja tenia decidit tornar va conèixer a la seva nova esposa, una nativa que el va enamorar. Paradoxes de la vida, ell que se’n volia anar i una javanesa el va fer quedar-se uns quants anys més en aquella illa difícil i exigent i en la que va dur a terme qualsevol cosa per sobreviure, des de fabricar roba fins a sandàlies que exportaven a Austràlia.

Segons em va dir, la gent d’Indonèsia és molt pacífica fins, però, que deixen de ser-ho. Era a la capital quan va caure en Suharto, al 1998, havent de viure i patir les revoltes, els assassinats, les violacions i els pillatges de primera mà. Durant aquells dies es va haver d’amagar a casa dels sogres. Li vaig preguntar si és que els revoltats buscaven o perseguien els europeus, em va contestar que no, que a qui volien atrapar era als xinesos, es veu que els odien, va dir, tota l’Àsia n’està plena de xinesos, són els comerciants i els prestamistes, els banquers d’Àsia, tot el mon allà els detesta com abans aquí als jueus, va concloure emfàtic. 

Durant els disturbis diu que va veure que les dones es treien les faldilles i es vestien amb pantalons, va preguntar per què ho feien, li van respondre que si les violaven als violadors els hi seria més difícil amb pantalons, així de senzill.

Em va explicar també un viatge en roullotte per Austràlia. Segons explicava els australians són com nens que encara conserven l’esperit pioner, i que en el desert, cada 300 kilòmetres, hi ha un assentament. Que en un d’ells, al veure que el camió de la cervesa no arribava, el van anar a buscar i el van trobar colgat per la sorra, a 10 kilòmetres del poble. Com no el podien desenterrar van traslladar el poble fins el camió i no a l’inrevés. Tothom i tot ho van transferir menys l’estació del telègraf que encara avui dia es troba en el seu emplaçament original. Però es clar, qui envia telegrames ens els temps que corren? A la plaça principal del poble van erigir un monument en honor al camió de la cervesa.

Cansat definitivament de Java ha tornat fa poc a Barcelona amb la seva esposa javanesa. Ell dissenya la bijuteria que ven pels carrers, i té a tota la família d’allà, cunyats i sogres, treballant per a ell.

Al final, i abans d’acomiadar-nos, em va dir que era escriptor, que tenia varies novel·les escrites, que li agradava en Henry Miller i en Bukowsky, però que, això sí, va afegir molt orgullós, enlairant l’índex de la ma dreta com tu fas quan hisses ta cua, “sóc un escriptor inèdit”.

Mira, igual que la meva sargantana, ella és també un ésser inèdit, vaig pensar al sentir-lo.

Sí, no t’estranyi, tu, bonica sanefa, que no pares mai de buscar el sol mentre mires la lluna, que no vols morir de fam ni tampoc de pena, ets una sargantana inèdita. Els teus ulls afilats sempre me’n recordat els d’una javanesa.


J'avoue j'en ai
Bavé pas vous, mon amour
Avant d'avoir
Eu vent de vous, mon amour

Ne vous déplaise
En dansant la javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson

A votre avis
Qu'avons nous vu, de l'ammour
De vous a moi
Vous m''avez eu, mon amour

Ne vous déplaise
En dansant la javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson

Hélas avril
En vain me voue a l'amour
J'avais envie
De voir en vous, cet amour

Ne vous déplaise
En dansant la javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson

La vie ne vaut
D'être vêcue, sans amour
Mais c'est vous Qui
L'avez voulu, mon amour

Ne vous déplaise
En dansant la javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson

La javanaise, Madeleine Peyroux.

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Traducció al castellà

La javanesa (2)


La javanesa me contó que en Indonesia son musulmanes practicantes y que la gente no habla, que es callada y que no tienen conversaciones como la que estábamos teniendo nosotros dos en aquel mismo momento. Decía que son como cangrejos que buscan esconderse debajo de las piedras, que la osamenta la tienen por fuera como si fuera una coraza, y que los mediterráneos, en cambio, somos como tú, unas lagartijas parlanchinas que siempre buscan el sol. Aquel país, por lo que decía, parecía horrible, relleno por el calor como un horno y empapado de humedad como una sopa hirviendo.

Después de dos años de permanencia se quería ir, estaba harto. Pero, cuando ya había decidido regresar conoció a su nueva esposa, una nativa que lo enamoró. Paradojas de la vida, él que se quería ir y una javanesa consiguió que se quedara unos cuantos años más en aquella isla difícil y exigente y en la que llevó a cabo cualquier cosa para sobrevivir, desde fabricar ropa hasta sandalias que exportaban a Australia.

Según me dijo, la gente de Indonesia es muy pacífica hasta que dejan de serlo. Se encontraba en la capital cuando cayó Suharto, en el 1998, habiendo de vivir y sufrir las revueltas, los asesinatos, las violaciones y los pillajes de primera mano. Durante aquellos días se tuvo que esconder en casa de los suegros. Le pregunté si es que los rebelados buscaban o perseguían a los europeos, me respondió que no, que a quienes querían atrapar era a los chinos, se ve que los odian, dijo, toda Asia está llena de chinos, son los comerciantes y los prestamistas, los banqueros de Asia, todo el mundo allí los detesta como antes aquí a los judíos, concluyó enfático.

Durante los disturbios dijo que vio que las mujeres se quitaban las faldas y se vestían con pantalones, preguntó por qué lo hacían, le respondieron que si las violaban a los violadores les sería más difícil con pantalones, así de sencillo.

Me explicó también un viaje en roullotte por Australia. Según él los australianos son como niños que aún conservan el espíritu pionero, y que en el desierto, cada 300 kilómetros, hay un asentamiento. Que en uno de ellos, al ver que el camión de la cerveza no llegaba, lo fueron a buscar y lo encontraron cubierto por la arena, a 10 kilómetros del pueblo. Como no lo podían desenterrar trasladaron el pueblo hasta el camión y no al revés. Toda la población y todos los enseres los transfirieron menos la estación del telégrafo que todavía hoy se encuentra en su emplazamiento original. Pero claro, ¿quién envía telegramas en los tiempos que corren? En la plaza principal del pueblo erigieron un monumento en honor al camión de la cerveza.

Cansado definitivamente de Java ha regresado hace poco a Barcelona con su esposa javanesa. Diseña la bisutería que vende por las calles, i tiene a toda la familia de allí, cuñados y suegros, trabajando para él.

Al final, y antes de despedirnos, me dijo que era escritor, que tenía varias novelas escritas, que le gustaba Henry Miller y Bukowsky, pero que, eso sí, añadió muy orgulloso, levantando el índice de su mano derecha, como tú cuando izas tu cola como si fuera una bandera, “soy un escritor inédito”.

Mira, igual que mi lagartija, ella es también un ser inédito, pensé al oírlo.

Sí, no te sorprendas, tú, bonita cenefa, que no paras nunca de buscar el sol mientras miras la luna, que no quieres morir de hambre ni tampoco de pena, eres una lagartija inédita. Tus ojos afilados siempre me han recordado los de una javanesa.