martes, 30 de septiembre de 2008

El peletero/Oro



31 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y nunca cuento cosas de mi vida. Mis delitos y las personas a las que sirvo y a las que causo daño no son mi vida. Todo ello es extraño a mí, no forman parte del alma que no tengo ni de la memoria que tampoco poseo. Por eso escribo sobre las miserias y faltas de otros, para que consten en acta. Es necesario describir sus malas vidas y la crónica de sus desdichas que siempre son muchas, pero que nunca son las mías.

Esas memorias, esos relatos, son necesarios porque las personas merecen ser juzgadas, deben serlo aquí y ahora ya que nadie lo hará después de muertas. Nadie cree ya en el pecado y la culpa. Yo soy el pecado y el perjuicio. Por ambos las personas pagan mucho dinero. Creen que su venganza es justicia, piensan que su robo es el reembolso de alguna deuda, ven a sus muertos como enfermos terminales. Yo soy el verdugo, el banquero y el confesor, en mi hombro descargan sus penas y sus dudas, yo les doy seguridad y les hago creer que les protejo de todo mal, pero no les libro del veredicto. La condena se la imponen ellos mismos cuando enloquecen. Todos lo hacen, aunque sólo sea un segundo antes de expirar.

La gente quiere pensar que los desechos, la basura y la inmundicia moral son despreciables, pero en realidad son oro puro porque también son parte de su vida, aunque pagada a precio de latón. Esa es mi tarea, limpiar esa suciedad y cobrar oro por ello. Aquí está mi verdad, dura como las ruedas de un molino y santa como las hostias de un cáliz.

Me di cuenta cuando empecé a tener dificultades para limpiarme. Estaba tan gordo que el papel en mi mano ya no llegaba a donde debía llegar. Ensuciaba los calzoncillos y a veces hasta los pantalones. Se secaba y quedaba incrustada, apestaba lo suficiente para que los perros se me acercaran a olisquear. Malditos perros, nunca he podido soportar su dependencia y lealtad de siervos. Entonces me di cuenta. Puedo tener un aspecto desagradable por culpa de mi gordura mórbida, no importa, pero no puedo oler mal, eso no. Parece que no sea así, pero la gente se fía más de su nariz que de sus ojos y yo vendo confianza. Engaño, miento y estafo porque vendo confianza. Alguien así no puede oler a mierda.

Si con frecuencia pagaba a putas, con más razón podía pagar a alguien para que me limpiara las heces. El dinero no era un problema para mí. La vergüenza y la dignidad tampoco lo eran ya que nunca las había tenido y no sabía qué significaban. Así lo hice. Joven, fea, ignorante, medio salvaje, humilde y necesitada. Veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año y cuatro monedas por limpiarme, una o un par de veces al día. La muchacha conforme, y yo satisfecho.

Le dirigía la palabra sólo si era imprescindible. Si salíamos a la calle, siempre iba unos pasos detrás de mí. Si entrábamos en un restaurante, nos sentábamos en mesas distintas. Si tenía visitas, se encerraba en su cuarto. Si iba a ver a alguien, me esperaba en la calle. En su bolso llevaba un teléfono por si era necesario llamarla en una urgencia. Era como una sombra en un día nublado. Tenue, transparente y gaseosa.

Como yo no le hablaba, ella tampoco me hablaba a mí, ni buenos días, ni buenas noches. Ni conversación, ni miradas y, por supuesto, tampoco sexo, jamás. Para mí el sexo es como viajar, no tiene sentido hacerlo en casa.

Un par de veces quiso dejarme para trabajar a no sé donde. Le doblé el sueldo y se acabó el problema. La tercera vez que lo intentó la amenacé, y también se acabó el problema. No lo ha vuelto ha intentar más.

Van pasando los años y cada vez estoy más gordo, más viejo y soy más rico y también, con perdón, cago más. No sé si eso es cosa de la edad o de la riqueza. Sea lo que sea no me quedan demasiados años ya, tanta gordura han hecho polvo mi corazón y muchas otras cosas. Sé que no duraré mucho. Pero no me quiero morir, empiezo a tener miedo. Veo a mi niña sonreír, no lo había hecho nunca antes y no me gusta, me horroriza esa sonrisa suya.

Tengo miedo, maldita sea. Y cuando tengo miedo puedo matar sin pensar. Pura mierda, puro oro.

lunes, 29 de septiembre de 2008

El peletero/Sevilla en otoño



27 Enero 2007

La iglesia de Santa María del Rocío se halla situada en perpendicular con el edificio del hotel Las Casas del Rey de Baeza. Ambos forman una unidad arquitectónica de estilo vernáculo; el color albero se combina sabiamente con el añil entre grandes zonas de fachada blanca. La calle Sebastián deja en su orilla una plazoleta, como un oasis entre el laberinto de calles estrechas.

La mujer responsable de la custodia del recinto nos informa con detalles sorprendentes de su Virgen y de otras más de la ciudad, un fabuloso matriarcado, agazapado ahora a la espera de la explosión de primavera. Es una dama vestida y atildada de “señora”, con la dignidad de lo inmutable, tan antigua y refinada como las paredes que nos cobijan por un rato. Nos enteramos de que todas las vírgenes dolorosas tienen cinco lágrimas resbalando por sus mejillas (algunas seis), y suponemos que se derraman por cada una de las cinco heridas.

El reverso de una estampita nos salmodia, con una oración de palabras contundentes y frases retóricas, una plegaria al sentimiento y tristeza que expresa el rostro de la Virgen, cuyas cinco lágrimas parecen cinco gotas de rocío:

¡Oh Reina de los Cielos, María Santísima del Rocío, Madre de Dios y de los hombres, dirige una piadosa mirada a esta ferviente Hermandad que te honra como su amadísima Titular.

Mira por nosotros, que somos tus hijos, atrae sobre nosotros las bendiciones del cielo y el rocío sagrado de la divina gracia, y haz que busquemos tu protección y la hallemos, pues el que la halla encuentra en ella la salvación y la vida.

Que seas, ¡oh, Madre!, en las dudas nuestra luz; en las tristezas, consuelo; en los pesares, alivio; y en los peligros y tentaciones, fiel sostén.

Levanta con tu mano poderosa al que esté caído, anima al pecador, fortalece al justo y defiende a la inocencia de los peligros del mundo.

Alcánzanos, Madre Santísima del Rocío, la gracia de ser tus fieles devotos, para que acudiendo a Ti en todas nuestras necesidades, logremos tu protección en esta vida y tu eterna compañía en la otra.

Así sea.

Seguimos por las enredadas callejuelas de la judería, con corredores y pasillos tan estrechos que apenas caben dos personas cruzándose; lo angosto del camino obliga a la cortesía para ceder el paso. Puertas, ventanas y verjas nos descubren paraísos en forma de patios y jardines, grandes o modestos, verdes, frescos y silenciosos.

En la iglesia de Santa Maria La Blanca, el barroco de su artesonado parece haber enloquecido, y nos hace pensar que fue el molde o modelo sobrio de la policromía tropical de la iglesia mexicana de Santa María de Tonantzintla, en Cholula, Puebla. Una Santa Cena de Murillo de gran tamaño suaviza en un rincón la desmesura de techos y columnas. Un cuadro tan dulce y evanescente como sólo lo habría podido pintar él. Los Apóstoles, levantados de sus asientos por una ventolera de veneración, se arremolinan en torno a Jesús, como una enorme voluta más del lugar. Una pequeña y deliciosa pintura, situada en una de las capillas, y cuyo autor desconocemos, nos muestra a Saulo caído, fulminado por la cegadora luz divina.

En la calle Aire, una suave brisa nos invita a levantar los pulmones y, justo al entrar en ella, un conjunto de azulejos nos recuerda que Luis Cernuda vivió en aquella casa. Como queriendo formar parte del recorrido, las baldosas reproducen estos versos del poeta:

Jardín Antiguo

Ir de nuevo al jardín cerrado,
que tras los arcos de la tapia,
entre magnolio, limoneros,
guarda el encanto de las aguas.

Oír de nuevo en el silencio,
vivo de trinos y de hojas,
el susurro tibio del aire
donde las almas viejas flotan.

Ver Otra vez el cielo hondo
a lo lejos la torre esbelta
tal flor de luz sobre las palmas:
las cosas todas siempre bellas.

Sentir otra vez, como entonces,
la espina aguda del deseo,
mientras la juventud pasada
vuelve. Sueño de un dios sin tiempo.

El otoño se estremece de pronto y un aguacero nos sorprende de camino al Museo del Baile Flamenco de Cristina Hoyos. Llegamos con vistosos paraguas comprados como si fuera un milagro de alguna de las Vírgenes que hemos ido visitando, tranquilas y serenas bajo su palio a pesar de su dolor. El Museo se halla en un antiguo caserón, reformado con un gusto exquisito, una declaración de amor a su arte. Recorremos admirados la exposición, seguiriyas, soleares, boleros, bulerías, fandangos, guajiras, tarantas, y la misteriosa y masculina farruca filmada con la que nos obsequian tres espigados y elegantes bailaores. En la planta superior, una exposición de los dibujos de Vicente Escudero, amigo de Picasso y Miró, da razón de su fineza, líneas ingenuas parecidas a las que dibujaba La Chunga, y tan estilizadas como los movimientos de sus brazos y piernas. Otra exposición de fotografías de Colita nos ilustra de forma destacada el mundo del flamenco en la Barcelona de los años 50 y 60, con Antonio Gades y la genial gitana catalana Carmen Amaya como protagonistas principales

Al día siguiente comemos en el Sol y Sombra y, antes de marchar, nos damos un buen paseo y un buen café.

Sevilla es muy hermosa, demasiado. Uno siente el dolor de la pérdida. De la belleza del mundo y del tiempo que galopa.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El peletero/Le gigoló blessé



24 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y nunca me equivoco con las mujeres, siempre sé qué piensan y cual será su próximo paso. Pero con los hombres acierto pocas veces, me desconciertan y me sorprenden, nunca sé qué puedo esperar de ellos.

Muchos y sobre todo muchas, no comprenderán esa afirmación. Eso es así porque no frecuentan los burdeles. Yo sí, soy un cliente habitual y muy asiduo. Mi gordura me obliga a colocarme siempre debajo, las muchachas no quieren sucumbir aplastadas por mi mole, pero esa es otra historia que ahora no viene a cuento.

En los burdeles se compra y vende no sólo carne, ni únicamente placer. Se comercia con la vida y con aquellas cosas que atemperan su dolor. Las mujeres que en ellos trabajan satisfacen los deseos y caprichos de todos los que allí van a parar en busca de ese peculiar analgésico. Unas con profesionalidad, con placer otras, y la inmensa mayoría obligadas por la necesidad, el miedo o la codicia.

A mí no me importan sus necesidades financieras, tampoco el miedo que otros puedan causarles, ni mucho menos la codicia que corroe su corazón. No me importa nada de todo eso, no causa en mí ninguna clase de empatía, ni de simpatía, ni de antipatía. Ésos son sentimientos primarios, de animales hambrientos y asustados, nada más. El trabajo bien hecho que realizan en mi cuerpo deforme lo doy por supuesto, ya está descontado, es tan exigible como el dinero que me piden a cambio. Es una pura y simple permuta que no merece ningún otro comentario. El misterio no está en lo qué ellas me dan, ni el por qué me lo dan, eso es fácil de entender. El misterio está en lo qué yo y otros cómo yo, pedimos y por qué lo pedimos.

Todo el mundo afirma ser generoso, sin embargo el mercado del sexo ha sido próspero a lo largo de toda la historia de la humanidad. Si tal generosidad fuera cierta, nadie habría de suplicar esas migajas que se dan en los burdeles. El mal no está en ellos, el mal se encuentra en sus afueras, ellos sólo son modestos oasis en un desierto asesino.

Todo el mundo creía que el gigoló era él. Hombre, joven, fuerte, guapo y pobre. Ella, mucho mayor, más o menos rica, pechos flácidos, collares para disimular las arrugas de su cuello, ojos pintados para esconder las patas de gallo y sus manos atestadas de anillos para rellanar los huesos de sus dedos flacos. Todo el mundo lo creía y yo también. ¿Qué otra cosa podía ser? Yo mismo fui quien se encargó de cazarlo en su huida cuando intentó fugarse con el botín del chantaje que ella realizó, con mi estimable ayuda, a un viejo amante suyo. Yo fui quien lo buscó y, al encontrarle, arrastrarlo a sus pies, tal y como me lo había pedido.

Se asustó al verme, mi masa corporal no es inteligible a primera vista, se necesitan más de dos ojos para verla entera y más de dos segundos para “comprenderla”. En esos instantes de estupefacción siempre aprovecho para asestar el golpe, luego todo es más fácil.

Como medio hombre lo dejé de bruces ante ella y me fui. Ya no me interesaba qué podía suceder, yo había cumplido con mi trabajo.

Años más tarde, vino a veme a mi despacho después de un encuentro fortuito en una recepción con canapés en una galería de arte moderno. Uno de esos lugares donde la gente es estafada de una manera absolutamente legal y placentera por todas las partes implicadas. Vestía un traje de marca muy elegante, pero cojeaba y le temblaban las manos. Parecía que no se daba cuenta que la salsa de los mini bocadillos se le caía y le manchaba aquella magnífica chaqueta y de allí pasaba a derramarse goteando sobre sus magníficos zapatos de piel de serpiente. Era una lástima todo aquel estropicio. Ella, que lo acompañaba, tampoco se daba cuenta, sólo parecía hambrienta y no paraba de devorar todo lo que los camareros le ofrecían. A pesar de comer con gula, no se manchaba ni el vestido ni los zapatos, pero, en cambio, incluso a mí me dio asco ver sus manos llenas de anillos completamente sucias de grasa, y su pintura de labios corrida cómo si un jovencito inexperto la hubiera acabado de besar.

Pocos días después, él, llamó a mi puerta y me contó su vida.

Yo soy un delincuente profesional sin escrúpulos y de esa falta de escrúpulos es de lo que más orgulloso estoy. Es mi aguijón moral frente al que pocos pueden defenderse, su veneno tiene un antídoto difícil de encontrar. Sin embargo, o precisamente por eso, me convierto muchas veces en consejero sentimental, psicólogo, o sacerdote en su confesionario. Muchos necesitan conocer primero la consistencia del mal para poder tomar luego las decisiones adecuadas, y mis opiniones se parecen mucho a eso que las personas llaman “el mal”. Yo no sé si mis consejos son el mal, lo que sí sé es que sólo pretendo que sean la verdad. Aquel pobre hombre, joven todavía y muy bien vestido, había venido a mí para pedirme ayuda.

No voy a rebelar sus secretos, ni sus miserias. No voy a contar cómo ella lo rescató con sólo trece años de la miseria y la soledad, cómo lo lavó, cómo lo vistió y le enseñó a caminar y a hablar, cómo le dio un nombre. Tampoco contaré cómo consiguió esa mujer enseñarle a usar las manos, ni mucho menos qué habilidad manifestó para amaestrarle los ojos. Cuándo han de permanecer cerrados y cuándo han de mirar qué o a quién sin ser vistos que miran; o todo lo contrario, que todos sepan que están mirando y con qué intención. No diré nada sobre todo eso y ni mucho menos cómo ambos fueron a parar a la misma casa, a compartir la misma habitación y a dormir en la misma cama. ¿Queréis pues que os hable de su amor?, ¿queréis que os cuente cómo dejaron de amarse? ¿He de contaros que ella, al ver envejecer su cuerpo de mujer, empezó a delirar? ¿Que a cada arruga en sus labios aparecía otra en sus ojos? ¿Que dejó de mirar de frente y a no cerrarlos mientras besaba? ¿Necesitáis que os cuente todo eso? ¿Os gustaría estar presentes en sus juegos de cama frustrados y fracasados? Os morís de ganas por verla llorar y gritar, ¿verdad? ¿Y él?, ¿lloraba también?, ¿la engañó con otras mujeres más jóvenes?, ¿o harto de todas ellas quiso convertirse en un homosexual? Hay muchos hombres y muchas mujeres que lo hacen, acaban siendo homosexuales sólo por puro hartazgo del otro sexo.

¿Por qué le robó el dinero y trató de huir de ella? Cuando yo lo encontré en un pequeño motel de carretera estaba solo y únicamente le di un par de bofetadas y cuatro patadas en el hígado, nada más. ¿Entonces, por qué se le ve tan acabado?, ¿por qué le tiemblan las manos?, ¿por qué esas ojeras?, ¿por qué se le escapa ese pequeño hilillo de saliva por entre la comisura de sus labios?

Tal vez queráis que desvele todos esos interrogantes, pero no lo voy hacer. Yo no tengo escrúpulos, pero tengo mis normas que siempre respeto. Pura disciplina. De todas maneras, si creéis que tenéis algo que contarme, pedirme o proponerme, mi número de teléfono es el siguiente: 5555000. Preguntad por “El Gordo”.

jueves, 25 de septiembre de 2008

El peletero inmóvil



20 Enero 2007

Al convertirse en efigie de sal, Sara, la mujer de Lot, inauguró la estatuaria no religiosa. Este relato es también el mito de la fascinación del mal, pues sólo él es capaz de obligarnos a mirar aquello que debe permanecer oculto.

Con un material tan inconsistente y humilde se fabricó la primera estatua de la historia que el viento se encargó de deshacer de inmediato. Pero lo importante no es la sal, ni tampoco su existencia efímera. Lo importante es el desafío que representa con su mirada hacia atrás. Al igual que el sol fundió las alas de Ícaro, el tiempo petrificó a la también osada esposa del único hombre honesto de Sodoma. Su atrevimiento fue castigado con la parálisis, ese misterioso privilegio de los seres eternos, el extraño don de los inmortales.

La violación del tiempo, la irresponsable y arriesgada pretensión de romper su tela, conducen a la inmovilidad santa, donde la única compasión que se permite es la de conceder a los atrevidos una sonrisa etrusca para pasmo y admiración de mortales.

La inmovilidad, como el silencio y la abstinencia, es también otra de las señales de la sabiduría o de la locura tranquila. Todas ellas necesitan del aislamiento y de la lejanía. Necesitan del desierto y de la oscuridad. De la sombra y casi siempre del secreto.

Pero los vivos somos curiosos, irreverentes y obcecados. Nos gusta simular la muerte, imaginar qué cosa debe ser eso de morir. Extraña pretensión pues aun no sabemos con certeza ni siquiera qué significa vivir, aunque sí somos capaces, sin embargo, de percibir el dolor que ello nos produce. Vivir es doloroso, sentir el paso del tiempo es vivir. La capacidad que demostremos en soportar ese dolor dará la medida de nuestro valor. Y ese valor será tasado en la cantidad de poesía que seamos capaces de generar. Eso es la poesía y, por añadidura, el arte, la capacidad de soportar el dolor que produce la percepción del tiempo.

Nuestro afán simulador nos lleva a elaborar estas estatuas humanas que nos encontramos por algunas calles principales de nuestras ciudades y que sólo se mueven si les echamos un poco de calderilla en el sombrero depositado en el suelo, igual que los antiguos autómatas de los recintos feriales que eran capaces incluso de leerte el porvenir a cambio de esas monedas introducidas en la ranura de la máquina. La inmovilidad y el porvenir pronosticado siempre van juntos porque éste se encuentra en aquélla o ésta en aquél, y viceversa.

La estatuaria, la taxidermia, los hologramas, los dioramas, los belenes, sean estos inanimados o vivientes. Las maquetas, las muñecas y los soldados de plomo o de plástico. Los museos de cera, los monolitos y los mojones, señales escultóricas iconoclastas que marcan los lindes. Lo inmóvil delimita el espacio, son los clavos que enmarcan la tela en su bastidor para ser pintada. Entre sus fronteras se desarrollará un drama de mil colores, sus formas nos recordarán lo que somos. Ellas, las figuras, conseguirán ser nuestra sombra.

Mientras nuestro cuerpo se interponga entre el sol y el muro, la sombra logrará ser nuestra emanación del alma, siempre oscura, o medio gris, de contornos difuminados, la que es conocida por los sabios del espíritu como el aura negra.

Y aunque las mejores poseedoras de sombra son las estatuas, inevitablemente fue Velázquez, una vez más, el que nos dio a todos otra lección magistral al pintar a Pablo de Valladolid con un fondo indefinido, abstracto, donde suelo y pared desaparecen y se funden confundidos el uno con la otra en un espacio neutro y sin ninguna referencia, excepto por la sombra pintada a los pies del modelo, casi un trazo, nada más, pero suficiente para ligarlo a la tierra como sólo puede estarlo alguien vivo. Y ésa y no otra es también la diferencia entre pintura y escultura, la misma que hay entre vivos y muertos.

Si alguien puede dudar de una afirmación tan categórica y contundente sólo ha de pensar que las estatuas jamás nos miran a no ser que seamos nosotros los que nos coloquemos en la única línea de intersección entre ellas y nuestros ojos. Instalados en esa delicada trinchera, pasamos de verlas a mirarlas consiguiendo traspasar así el umbral de su ceguera. Este umbral, esta frontera, es inhabitable por definición, nadie puede vivir en ella so pena de convertirse en una estatua de sal.

El peletero/Cassius Clay



17 Enero 2007

El nuestro es un mundo que confunde en demasiadas ocasiones la gloria con la fama. La primera pertenece a los héroes, la segunda a los humanos. La fama es la mera opinión común y compartida que muchas personas tienen de alguien por lo que es o por algo que ha hecho. El escándalo es la variante ofendida, hipócrita o sincera, de la fama. La gloria, en cambio, se obtiene después de realizar una misión imposible para todos los demás, tarea para la que se está predestinado y frente a la cual el héroe no puede eludir llevar a cabo. Triunfará o fracasará en su resolución que es inevitable por ser ineludible.

Cassius Marcellus Clay conoció la gloria, Mohammad Alí, en cambio, la fama y el escándalo, empezando por ese mismo cambio de nombre, al considerar que el repudiado lo era por ser el de un esclavo, y el del Profeta, en cambio, el de un hombre libre. Aunque así fuera, haber mantenido con orgullo el que le dieron sus padres hubiese sido un desafío todavía más valiente, aunque sin duda no más molesto. Muchos de sus primeros admiradores nunca llegamos a entender esta sustitución por innecesaria, su propio ímpetu podía defenderlo sin disfraces culturales. En aquellos años, la lucha de la minoría negra (afro-americana ahora), pasaba por la renuncia explícita a los pilares de la civilización norteamericana.

Persona tan inteligente como controvertida, siempre ha estado rodeado de interesante y viva polémica. A la admiración, el amor, el desprecio y el odio que suscitaron entre sus compatriotas sus opiniones y decisiones, hay que añadir ahora la compasión y la admiración que provocan su lucha contra la enfermedad del Parkinson que castiga sin misericordia ese cuerpo suyo de Titán que en su día fue un portento. Versificador nato, superdotado de mente y materia, sabía usar las palabras tan magistralmente como sabía usar sus puños y su arrogancia sin límites, que desarmaban y derrotaban a sus oponentes antes de subir al ring, vencidos de antemano por aquel hijo de africanos cautivos que durante un corto instante amaron los dioses. El suficiente para encumbrarlo a su lado.

En el fondo, fue un espléndido héroe con los pies de barro porque engalanó su olimpo con las luces equívocas y cegadoras de la fácil corrupción mediática. Los héroes modernos no disponen de Homeros a su servicio, a lo sumo del chasquido del neón y de los rayos catódicos, que con una facilidad pasmosa convierten la gloria en fama.

Nunca más veremos su cuerpo imponente, pesado, ligero y bien formado, “revolotear como una mariposa y aguijonear como una avispa”. Nunca más. Eso sucedió el 25 de febrero de 1964 en Miami Beach, Florida, cuando Cassius conquistó por primera vez el título de los pesos pesados frente al grandísimo Sonny Liston. Jamás tal proeza volverá a ocurrir.

viernes, 19 de septiembre de 2008

El peletero y el sexo



13 Enero 2007

La pintura escandalosa más famosa de la historia es, seguramente, la orgullosa “Olimpia” de Manet. Sin embargo Marià Fortuny, con mucha más modestia logró retratar a la joven gitana Carmen Bastián, levantándose solamente la falda para mostrarnos explícitamente a todos los que la miramos su tupido sexo.

Carmen es una muchacha, espléndidamente guapa, morena, de piel canela, tostada como una piña y perfumada de sí, que jugando se resiste a eso que el pintor le pide y que, jugando también, finalmente se deja convencer por él. Y entre risas y picardías se levanta la falda para mostrarnos su segunda boca, frondosa, salvaje, secreta y también voraz. Tumbada de derecha a izquierda no esperaba nuestra visita, pero ya que hemos llegado y sin conocernos nos ofrecerá aquello que sólo unos pocos sabios tienen la valentía de llamar “la bondad de las mujeres” y que es mucho más que la hospitalidad y la buena compañía. Es un misterio que pocos hombres tienen la suerte y el placer de disfrutar verdaderamente. Y que tiene su contrapeso en lo que algunas pocas mujeres sabias aciertan en llamar “la bondad de los hombres” y que es mucho más que su ternura y pasión.

“Olimpia” es completamente distinta. Sentada de izquierda a derecha ella sí que nos está esperando. Con aire altivo no se sorprende de nuestra visita, ya sabe quiénes somos y a qué hemos venido. Manet la pintó con un fondo oscuro, como la piel de su sirvienta, para que así las sábanas blancas de su cama acojan debidamente el sonrosado de su carne. Este contraste de colores, claridades y oscuridades consigue proporcionar tanto volumen a su cuerpo desnudo que acaba por sobresalir del cuadro y permitirnos a nosotros, espectadores deslumbrados, tocarla. Su mano izquierda se posa sobre su muslo derecho ocultándonos el vello de su pubis, si es que aun lo conserva. Más recatada en su postura que la Maja de Goya, es sin embargo más descarada por su mirada directa y desafiante. Inquisidora, nos observa y examina, y según sea lo que le demos, ella nos dará, simulando darse para que le demos más de lo que ya les hemos dado, que es más de lo que nos ha pedido, que ya es mucho. Y después de nosotros, otros, y otros más después, en fila o sentados en sus salones degustando el placer de mirar las pinturas de mujeres desnudas colgadas de sus paredes, o a esas mismas mujeres paseando holgazanas ante nosotros o sentadas indolentes a nuestro lado. Ese es el trato, pues hay trato. Amor tratado para que parezca que no hay trato o para que parezca que no hay amor que de todo hay en los salones de Olimpia, esa mujer que consigue estar erguida estando tumbada, sin ni siquiera mirar las flores que la esclava le lleva de un admirador.

James G. Ballard publicó en 1991 “La bondad de las mujeres”. Novela autobiográfica, donde narra, entre muchas otras cosas, la muerte de su esposa y las relaciones que mantiene con varias mujeres. En ningún momento se menciona el título de su libro, ni explícita, ni implícitamente. No hay ningún párrafo donde aparezca la frase: “la bondad de las mujeres”, dejando pues al lector el trabajo de deducir y averiguar en qué consiste tal cosa, si es que tal cosa existe y no es una mera invención de su autor, de alguien, de un hombre, profundamente afligido por la muerte accidental y desgraciada de su esposa y medio enloquecido por la deriva de drogas y alcohol en la que sumerge su vida a partir de entonces, y donde debe asumir la promiscuidad salvaje de una de sus amantes que va y viene sin decir ni hola ni adiós. ¿Dónde está pues esa bondad?, ¿es la que le muestra su cuñada cuando lo recibe después de enterrar a su esposa?, ¿es ese sexo que le regala en el momento más amargo de su vida para así apagar sus lágrimas y su dolor?

Lawrence Durrell publicó en 1957 “Justine”, la primera de las novelas de su “Cuarteto de Alejandría”. En ella, un hombre que debe cuidar de una hija que no es suya, se enamora de una mujer, Justine, que tampoco es suya. Ella le corresponderá tanto como mucho y tanto como nada. Yendo y viniendo, estando y marchándose, en una Alejandría que, ahora sí, ya no existe.

Esa Justine de la que nos habla Durrell, no es la fantasía que se imaginó el Marqués de Sade, sino una de peor, la real, ésa que está de espaldas a nosotros, entre sombras, allí al fondo, en aquel rincón oscuro. Ésa de la que sólo ves su cabello negro cayéndole sobre los hombros desnudos y el cigarrillo encendido en su mano izquierda. Ésa de la que no puedes ver todavía su rostro, a no ser que te acerques lo suficiente. Si lo haces, si te atreves a mirar, has de saber que corres peligro de muerte inminente. Y que lo sabrás enseguida al verla, sabrás que vas a morir irremediablemente en vida y que a pesar de eso, atrapado y angustiado, estás dispuesto a soportar tal condena.

Fortuny murió joven, como corresponde a todo un virtuoso que llegó a ser un genio. A pesar de su corta vida tuvo el tiempo suficiente y el privilegio de retratar a Carmen Bastián, esa niña mujer que le enseñó -y al enseñárselo a él nos lo enseña a todos- aquello que otro pintor, Courbet, llamó: “El origen del mundo” y del que pintó un primer plano memorable. Difícil trabajo ese de pintar, y más difícil todavía ese de enseñar para que miremos y no dejemos de mirar aquello que fue creado para ser mirado y escondido.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El peletero/El truco



10 Enero 2007

El robo era complicado pero el plan era muy bueno y el premio mucho mejor. Valía la pena arriesgarse ya que el peligro en realidad era muy pequeño, o eso pensábamos. No necesitábamos ni tener una coartada preparada, lógicamente el dinero se encontraría a faltar, pero nadie nos vería robarlo. Nadie vería nada, un buen truco de magia que ni cien cámaras de televisión podrían descubrir. Eso sí, uno de los ángulos había de permanecer ciego, ésa era la clave. Así como los naipes del prestidigitador necesitan un tapete verde, nosotros también.

El plan era tan bueno que incluso merecía ser ensayado en la realidad. Así lo hicimos, robamos diez mil dólares, salió perfecto. Pero diez mil dólares son calderilla, queríamos naturalmente muchísimo más. La calidad del truco merecía una codicia mucho mayor y la nuestra era enorme. Lo malo fue que no pudimos encontrar un tapete verde adecuado para tanto dinero, no cabía en nuestros bolsillos y se nos caía de las manos, llenas a rebosar. Así nos cogieron, nuestro ángulo ciego resulto ser sólo tuerto. El exceso nos perdió y en la cárcel nos perdimos varios años.

Al salir libres disfrazamos la codicia con la paciencia. Y así, poco a poco, nos propusimos acumular mucho. Pero el truco ya era conocido, la policía no es tonta y según se vio, nosotros sí lo éramos, pues volvimos a parar en la cárcel un tiempo después. Más años de condena, y además por reincidentes, demasiado tiempo encerrados esta vez. Así que decidimos huir, un buen truco de magia nos serviría, uno de aquellos en los que desaparece gente, entran en un baúl y luego cuando se vuelve a abrir no hay nadie, eso nos serviría. Estuvimos bastante tiempo planeándolo, perfeccionando y probando el truco. Al final, entrábamos y salíamos cuando queríamos, lo habíamos conseguido: íbamos de la cárcel al baúl y del baúl a la cárcel y nadie nos lo impedía, así que un día decidimos no volver. Desde entonces estamos encerrados y encogidos en un doble fondo de un baúl que no nos permite ni estirar las piernas, es bastante incómodo y con el tiempo ya empieza a ser doloroso, pero estamos contentos porque nuestra huida ha sido todo un éxito. Esta vez hemos sido más listos que la policía que aun no ha descubierto nuestro maravilloso truco.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El peletero/El sofá



5 Enero 2007

Para Claudia.

Tenía colgada de las paredes de mi cerebro aquella fotografía. Con dos meses escasos de vida, allí estaba yo, colgada de los pelos de su pecho como una monita. Él apenas me sostenía con sus brazos, dejando que fuesen sólo sus pelos y mis fuertes manos las que aguantaran mi peso. Años después, cuando le pregunté si le había hecho daño, me dijo que sí, claro que me hacías daño, pero tú parecías encontrarte muy a gusto, me respondió. Por supuesto me regaló la fotografía en un bello marco, pero jamás la he colgado de ningún muro que no sea el de mi memoria. Guardada está en un cajón, entre papeles y cosas sin aparente importancia. De vez en cuando, la saco de esa especie de escondite y me la miro. La observo con tanta atención que casi me llego a creer que recuerdo la escena.

Sólo era un amigo de mi padre, un buen amigo claro, mi padre no hubiera dejado que alguien cualquiera me sostuviera en el aire con la única ayuda de su pecho velludo como asidero para mi pequeño cuerpo. Los dos habían estudiado juntos y se habían permanecido fieles y próximos a pesar de sus vidas tan distintas. Como es natural, frecuentaba muy a menudo nuestra casa, y se le ocurrió el acierto de hacerme una fotografía cada año en el mismo sofá y el mismo día. Cuando cumplí los dieciocho me regaló la colección completa. Dieciocho fotografías, una por año, toda mi vida en un mismo sofá, sentada como una niña buena o recostada como una odalisca. Aquella que yo era había ido creciendo y él había procurado retratar el paso del tiempo a través mío. Esa fue una costumbre que ha terminado convirtiéndose en un ritual y que por supuesto todavía no hemos perdido, para mi es también la excusa adecuada para visitarlo al menos una vez al año y fotografiarme en el mismo sofá que acabó llevándose a su casa y que todavía conserva en el trastero. Siempre se despide de mí con la misma frase, “continuas teniendo unos pechos preciosos”, me lo dice con una sonrisa pícara, jugando a ser un viejo verde que no es. A mi me gusta que me lo diga porque además es verdad, modestia a parte, es verdad que son preciosos y es verdad también que él así lo cree. Al menos de esa manera le compenso de todos aquellos pipís frustrados que le provocaba con la curiosidad de mis cinco o seis años y mi “descubrimiento” de entonces: que los niños tienen “colita” y las niñas no. En cualquier ocasión que veía a uno orinar, fuera mi padre o cualquier otro, ahí iba yo, como una bala, sin complejos y sin esconderme, descarada, me ponía a su lado y ¡hala!, a mirar, pero claro, a casi todos se les cortaba el pipí. ¡Niña!, ¿qué haces?, mira a tu hija, le decía a mi madre, pero ella, como era muy moderna, me dejaba hacer. Quizás gracias a ello soy tan desinhibida en cuestión de colitas.

Hace poco que le he visto, fue la semana pasada, era el día de la fotografía. Ya está muy mayor y yo tampoco tengo ni mucho menos dieciocho años. Vive sólo, no quería cocinar y me invitó a comer en un restaurante cerca de su casa, un lugar sencillo y poco elegante. Se nota que no soy tu novia le dije riéndome, Niña, me respondió, haberme invitado tú, se nota que yo tampoco soy tu novio, anda, aquí estaremos cómodos, no te quejes. Cada vez que nos veíamos me iba contando trozos de su vida y de la vida de otros, mi vida no da para mucho me decía. Pero esta vez quien le contó un pedazo de vida fui yo.

Debía de tomar una decisión importante y pensé que él podría ayudarme. Debía decidir si abandonaba mi país y mi vida ya establecida por un hombre que amaba y que vivía muy lejos de aquí. Debía abandonar todo eso y casi empezar de nuevo. Jamás hubiera pensado que una cosa así pudiera sucederme a mí, con la cantidad de hombres guapos e interesantes que tenemos en casa y voy y me enamoro como una tonta de uno que vive en las antípodas. Yo sabía que a él le había ocurrido exactamente lo mismo hace bastantes años y ni su enamorada se quedó, ni él tampoco se marchó, recuerdo también su pena, pero yo entonces tenía apenas quince años, no podía ayudarle, ni darme exactamente cuenta de la situación. Ahora necesitaba su consejo. Mi “tío bigotes” -así le llamaba de pequeñita por su espléndido mostacho- tenía que ayudarme, su experiencia debía servirme también a mí.

He de reconocer que no me ayudó demasiado, al revés, incluso puso más dudas en mi corazón. Y lo hizo contándome cosas deshilachadas, pequeñas historias, cuentos, anécdotas y recuerdos, suyos, ciertos y también inventados, pero todos verdaderos.

Ni él, ni ella cambiaron sus vidas, se encontraron, eso sí, varias veces. Ella vino, él fue, aquí, allí, allá y a medio camino de los dos. Él me lo contó con todo el humor del que era capaz para ahuyentar el dolor. Me contó con pelos y señales la primera vez que se fueron a la cama. Un desastre, me confesó, siempre me pasa igual, decía, la primera vez tengo un gatillazo, me pongo nervioso y no se me levanta nada y se me hunde el alma, suerte que ella fue muy comprensiva, atenta y simpática. Para aliviar mi desencanto, me decía, se le ocurrió contarme chistes y al menos nos reímos. Luego nos quedamos dormidos como dos hermanitos, abrazados y pegados el uno al otro.

En estos encuentros nuestros nunca podían faltar las historias de la guerra de su padre, y este día me contó cómo toda una compañía de cien muchachos, aprovechando un descanso, entre bombardeo y bombardeo, habían dejado las armas en el suelo y se habían bajado los pantalones para despiojarse los genitales. Debió de ser una escena espléndida, para fotografiarla, la contaba cómo si él la hubiera vivido, como si la memoria también se heredase. Hay recuerdos que deben ser así, tesoros que pasan de padres a hijos y que jamás deben olvidarse. También me habló de Grecia y por enésima vez me contó “la anécdota”, la anécdota de su vida, decía él orgulloso. Yo ya me la sabía de memoria, pero me gustaba volverla a oír. En una de las muchísimas ocasiones que había viajado hasta aquella esquina de Grecia, entre Albania y Macedonia, lo había invitado a cenar un peletero de Kastoriá que quería venderle unos abrigos. Fueron tres en aquella cena, ellos dos y su amigo Christos que acompañaba a mi “tío”. Entremezclando el castellano con el francés, el inglés, el griego y alguna que otra palabra de macedonio, empezaron a beber y a hablar del cielo y de la tierra. Cuando ya estaban un poco borrachos y alegremente melancólicos, al peletero griego no se le ocurrió otra cosa que contarles la ocupación de la ciudad por los nazis y cómo el mejor amigo de su infancia, un compañero de juegos, un niño como él era entonces, tuvo que huir precipitadamente con su familia por ser judíos, escapando por poco y de mala manera. Les perdió la pista y nunca más supo nada de él, no pudo llegar a saber a dónde habían ido, en qué país se habían refugiado. Se acabó la guerra y pasaron los años y el peletero se marchó también, se fue a los Estados Unidos, a New York, allí tenía familia y quería aprender, perfeccionar el oficio. Una tarde, paseando por la ciudad con unos amigos, pasaron por delante de una galería de arte, y, ¡sorpresa! ¡Qué casualidad tan increíble!, allí estaba anunciado el nombre de su amigo judío de la infancia, el mismo que había tenido que huir con su familia de los nazis, aquél del que hacía veinte años que no sabía absolutamente nada. Según parece era un artista, un fotógrafo y estaba exponiendo su obra en aquella galería de arte, allí, en New York. Naturalmente entró, miró al público que había, y al fondo estaba su amigo, ¡sí!, ¡era él! Aquel niño, su compañero de la infancia estaba delante de él, después de tantos años lo tenía ahora enfrente. El azar los había vuelto a reunir. Se reconocieron enseguida. Sorpresa, exclamaciones, abrazos, besos, lágrimas.

En aquel momento, mi “tío bigotes” siempre hacía una pausa, se detenía, bebía un poco, sonreía, me miraba y continuaba. Entonces, decía mi “tío”: “interrumpo la narración del peletero griego, él y Christos me miran sorprendidos, interrogantes y voy y les suelto de sopetón el nombre del niño judío, ¡Lucas Samaras!”

“El peletero griego, se calló quedándose con la boca abierta y los ojos como platos, ¿qué?, ¿cómo, cómo lo sabes? Y del sobresalto y la impresión va, y se cae de la silla, de espaldas. Se hubiera podido desnucar, pero no pasó nada. Se levantó rápido, me cogió de las solapas y me volvió a preguntar, ¿cómo lo sabes? ¿How do you now his name?, me gritaba. Y así entre gritos y preguntas acabó abrazándome y llorando. Mi amigo Christos, que había escuchado toda la narración mientras se bebía una cerveza tras otra y había observado la escena, no entendía nada. Todos estábamos borrachos, y sin saber por qué nos pusimos a reír, a llorar y a cantar”, concluía mi “tío bigotes”, alegre y orgulloso.

Cuando terminaba de contar la anécdota yo siempre le preguntaba, ¿cómo lo sabías?, ¿cómo pudiste saber el nombre de ese niño judío?, es una historia demasiado íntima, le decía yo, casi secreta. No lo sabía, me respondía él, dejé caer el nombre y acerté. Conocía un poco, eso sí, al fotógrafo, había visto alguna de sus fotografías en algún libro y tuve una premonición: ambos eran griegos, ambos de Kastoriá y de la misma edad. Tenía que ser él. Fue un buen acierto, aquel peletero griego aun no se ha recuperado de la sorpresa.

Y todo eso, me preguntaba yo, ¿qué tenía que ver con mis dudas y con la decisión que debía tomar? Nada, no tenía ninguna relación. Excepto que eran personas distantes que la suerte, la casualidad y el azar acercaban. Él no podía ayudarme, nadie puede responder por mí.

¿Conseguisteis hacer el amor como Dios manda?, le pregunté regresando a por su historia amorosa y mal acabada. Sí, me respondió, a la tercera fue la vencida. ¿Hasta la tercera tuvisteis que intentarlo?, sí princesa, sí, hasta la tercera, a partir de aquí todo fue bien. Ya te lo he dicho muchas veces, yo soy muy malo en la cama, todo el mundo se jacta de sus habilidades sexuales, yo en cambio reconozco que soy mediocre, me decía riendo, y yo con él. Luego pasaba a contarme que seguramente alguna antigua amante despechada le había lanzado una maldición o que quizás le había hecho vudú. Pero ¿por qué no construisteis una vida en común?, insistí yo. Por estupidez, por miedo, por pereza, ¿qué se yo?, me contestó enfadado. Fuimos unos tontos, continuó, al menos yo sí que lo fui, ella se casó al cabo de un tiempo y luego le perdí la pista. Se calló durante un rato, para luego decirme: “tenía los pechos tan bonitos como los tuyos”, esta vez no lo dijo sonriendo. Eso quería decir que la reunión había terminado. Era tarde.

Acabamos de hablar cuando ya era casi la hora de cenar. Lo acompañé hasta su casa cogidito de mi brazo. Él iba con su bastón de madera oscura marcando el paso y sin decir nada.

Lo dejé en el portal y regresé a mi casa andando y pensativa, ahora tengo más dudas que antes, una duda que no tenía esta mañana. Si me voy al otro extremo del mundo ya no habrá nadie que me fotografíe cada año, el mismo día y en el mismo sofá viejo y raído

sábado, 13 de septiembre de 2008

El peletero/Le gigoló blessé



3 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y cada vez que termino un “trabajo” me embarga esa quietud tormentosa que algunos cursis llaman melancolía. Me sobreviene una tristeza dulce y pegajosa por un ayer que jamás volverá a ser un pasado mañana. No sé si es el dinero que gano con ello o la satisfacción que procuro a mis clientes. Su codicia satisfecha, aquella venganza incubada durante años y por fin ejecutada o la lujuria liberada de su jaula de cristal. Disfruto por mí y por ellos también, me placen mis buenas obras. Por ellas soy conocido y por ellas algunos hasta son capaces de pagar mucho dinero.

Aquella pobre mujer necesitaba eso, dinero y también amor, tal vez sólo sexo, que más da, en cualquier caso quería ser respetada o temida que es lo mismo. Para ello nada mejor que alguien enamorado o sometido que también es lo mismo. A su edad no podía permitirse ser burlada. Estaba cada día más cerca de convertirse en una anciana y eso es algo terrible que sólo el amor, el dinero o una pistola en la boca pueden atemperar. Yo no le podía ofrecer amor, en cambio armas y dinero sí. De todas formas las tres cosas siempre están intercomunicadas, una lleva a las otras. Es un triángulo misterioso en cuyo centro siempre hay el tiempo. Es una carrera contra el reloj, ganar tiempo como sea, arañar tiempo al tiempo. El tiempo, esa cosa tan líquida, turbulenta y desencantada. Asesina.

Ahora era una mujer mayor casi arruinada y con pocos posibles para llenar mis bolsillos insaciables. Años atrás, en cambio, había estado en el centro de algo importante. Había convivido con aquellos que fabrican directamente esa cosa tan hermosa de la que todo emana, el dinero, “l’argent”, decía ella para darse la clase que no tenía. Estaba añorada, melancólica también. No se podía quitar de la nariz aquel olor tan especial que hacen los regalos por abrir. Necesitaba darle un nuevo aire a su vida, una nueva perspectiva, quería que volviese la Navidad, esa visita tan aterradora para algunos que el tiempo nos hace cada año, el mismo día y a la misma hora y que ella llamaba “Noël”. Y pensó en mí, quería que yo fuese Santa Claus aunque no vistiera de rojo y pesara mucho más.

La dama estaba flaca. Sus cincuenta kilos mal contados, contrastaban con mis ciento ochenta y tantos, también mal contados y muy mal repartidos. Medio sentado, medio dentro y medio fuera, incómodo, casi cayéndome, mi gordo trasero no cabía en aquella minúscula silla. En esa postura tan ridícula me confesó su deseo.

Antes he de decir que ella me conocía por mis “trabajos” con el primero de sus maridos. Al volvernos a encontrar después de tanto tiempo y nada más verme, su lengua se encasquilló con su dentadura postiza, mientras su rostro me ofrendaba una mueca de disgusto. Su saludo quedó interrumpido por un balbuceo ininteligible, que yo interpreté con la sorpresa y el desagrado que produce en los demás mi aspecto obeso. Ya estoy acostumbrado. Cuando les hago saber mis honorarios, aun tuercen más el gesto. Yo me río por dentro observándoles como se les desmorona la arquitectura facial.

Me contó que tenía unas viejas y apolilladas cartas y fotografías que comprometían a uno de sus antiguos amantes, tan mayor como ella, pero mucho más rico gracias a un matrimonio oportuno con la hermana de un famoso banquero. Quería que yo organizase el chantaje.

Fue un trabajo fácil y cómodo, este tipo de gente entiende con mucha facilidad cierta clase de argumentos, no tienes que repetírselo dos veces. A fin de cuentas para ellos nada es personal, todo es una cuestión de negocios. Eso es tan así que la que pagó no fue ese vejestorio de amante, de bigote fino y canas teñidas, fue su esposa, la hermana del banquero famoso. Las infidelidades, los asuntos de cama, las perversiones de la libido, son sólo facturas que a veces hay que pagar. El dinero es una magnífica vara de medir y pesar, te ofrece una fotografía muy fiel y es ergonómicamente perfecto, no necesita manual de uso.

A las pocas semanas de haber concluido mis gestiones y mientras me encontraba “convenciendo” a un perito para que subiese la tasación de unas piezas de porcelana de Sèvres, me llamó mi desdentada clienta, desesperada y furiosa. Estaba tan nerviosa que tampoco se le entendía gran cosa con sus dientes danzando dentro de su boca.

La mujer tenía un “secretario” y acompañante asiduo. Francés, joven, guapo y muy atractivo. Este personaje, que yo no conocía aun, había gestionado los escasos bienes de mi clienta, era su pareja en las pocas fiestas a las que estaban invitados. También era su masajista y su osito de peluche en las frías noches de invierno. Su fuerte torso era la almohada donde reposar y olvidar el peso del tiempo pasado. Pues bien, esta perla sin ensartar había desaparecido con el dinero del chantaje. Normal, pensé. Casi me rompe el tímpano al gritarme: ¡je veux mon argent! Mi clienta quería, no sólo recuperar el dinero, quería también que le devolviese a rastras al guapo secretario. Con estas palabras me lo ordenó, esta vez sin francés: “arrástralo ante mi”.

Mire señora, le dije, esto le va a costar mucho más caro. La desgraciada se lo estaba tomando como algo personal, craso error, por eso le subí la tarifa, naturalmente aceptó, sin regatear. No me extraña, pensé, que se haya arruinado un par de veces, a los ricos de verdad, eso no les ocurre nunca, procuran robarte hasta los cabellos de tu cabeza calva.

Al poco tiempo recuperé casi todo el dinero y en el portamaletas de un auto robado le entregué a su “amigo” francés con la cara algo tumefacta y todo él un poco magullado. Lo estropeé un poquito, sólo cuatro bofetadas, aun podía dar de sí y servir a su ama. Tarea cumplida.

Años más tarde me los encontré en una recepción devorando canapés. Ella parecía no haber cambiado, era igual de mayor y estaba igual de delgada. El secretario en cambio sí lo había hecho, estaba diferente, había perdido su encanto varonil, cojeaba ostensiblemente y aunque muy bien vestido, sus ojeras, su sonrisa caída y su extraña voz aflautada, le conferían un aire de desamparo y de juguete roto. En aquella relación debía haber algo más turbio que el dinero, pensé. Ella se alegró mucho al verme, él parecía suplicarme socorro con sus ojos hundidos.

A veces los perros mandan en sus dueños, no era este el caso. La correa era corta y el perro estaba herido. Mal herido.

Yo había engordado y me embargaba esa quietud tormentosa que los cursis llaman melancolía. Al cabo de pocos días me visitó el secretario francés de la dama, quería contarme algo, pero ésta ya es otra historia.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El peletero eunuco



30 Diciembre 2006

El sexo es un arma termonuclear, su poder consiste en no ser usada al descubrir que al activarse también conllevará inevitablemente la destrucción de aquél que sea tan irresponsable de utilizarla. Andy Warhol supo expresarlo de una manera magistralmente irónica cuando afirmó: “lo excitante es no hacerlo”.

El voto de castidad, la renuncia voluntaria u obligada al uso del sexo, ha sido a lo largo de la historia una de las formas habituales más duras y difíciles para ascender socialmente, adquirir poder, prestigio y respeto. Esta renuncia era adoptada por las clases más humildes que no tenían otro bien que dar a cambio que su sexo o su vida; de entre santos y mercenarios provienen los miembros de las órdenes militares y religiosas que empuñaban la espada junto con la sotana y el crucifijo, o simplemente los desarrapados curas-soldados dispuestos siempre a ponerse en primera línea de fuego, pistola en mano, mientras iban repartiendo bendiciones, disparando a quemarropa y dando la extremaunción a los moribundos. En España tenemos muchos ejemplos a lo largo de la historia de este cóctel mortífero hecho a base de castidad, santidad y muerte; nuestro siglo XIX y parte del XX fueron prolijos en sacerdotes mártires y verdugos, en la guerra contra el francés, en las guerras carlistas o en nuestra guerra civil. Con esa moneda de cambio muchas gentes pobres recibían instrucción, protección, techo, cama, comida y vestimenta. Sabiendo latín podían celebrar misa en la Catedral y en la Basílica y llegar a dar la comunión a los Reyes y a los Emperadores.

El celibato, la castración -incluso la voluntaria- o el desapego que produce la edad o la sabiduría, son sacrificios necesarios para poder acceder a la condición de ángel. Gabriel, Teresa, Francisco, Ignacio, Lawrence, Wittgenstein, Farinelli, o la secta rusa llamada “El Paraíso de las Palomas Blancas”, donde sus adeptos se castraban voluntariamente para lograr la pureza preciada y precipitada que anhelaban. El camino es y era abrupto y pedregoso, lleno de peligros y trampas, todos ellos lo sabían y aunque unas veces obligados, otras renuentes y muchas arrepentidos, aceptaron el reto. Incluso Lucifer dijo sí, aunque mintió, claro está.

Ángeles, diablos, santos, monjes y monjas, capitanes, niños, ancianos, héroes, filósofos, cantantes de ópera, vírgenes, locos y eunucos. Todos ellos libres de esa piedra que los demás llevamos colgada del cuello que, según ellos, nos impide muchas veces levantar la mirada y desafiar al mundo cara a cara. Saben que están hechos de otro material. Su carne no es carne y su sangre no es sangre. Aunque lloran, son orgullosos; aunque se afligen, son altivos. Su memoria es precisa, recuerdan cada uno de los días vividos y, aunque se apiadan, les cuesta mucho perdonar. Jamás olvidan. Están siempre un peldaño por encima de los demás. Muchos piensan que no son de este mundo y algunos, pobres tontos, se mofan de ellos. Hubo incluso aquellos que se convirtieron en espectáculo para las masas, como los castratti, ricos, admirados, alabados y queridos, excelsos querubines cantantes sin mancha. Otros comandaron ejércitos y mandaron sobre los hombres y también hubo aquellos que pensaron por todos los que no podían hacerlo. El sexo era una mácula que debía ser extirpada. Místicos, profetas, gurús, santones y obispos proclamaron la terrible buena nueva: si tu mano derecha te escandaliza, córtatela.

Ese ser, a veces transparente como el aire y a veces opaco como el plomo, es también un mártir que se deja devorar por los leones del circo. Su sacrificio es el de la víctima propiciatoria, gracias a ella todos los demás pueden seguir sobreviviendo y sus pecados ser perdonados. Su sacrificio también es el del silencio, el del que calla, el del que renuncia a la palabra, a la acción y se encierra en la clausura, se aparta de los hombres y busca la cueva en medio del desierto.

La tarea de guardar silencio es la más difícil de cumplir, es la más absoluta de las castraciones y ablaciones. Muy pocos se resisten a la tentación. Antes dejan de fornicar que de hablar. El silencio, más imposible que el vacío absoluto, es el hermano de la nada. El silencio, el más sutil de los conocimientos, el saber callado, mudo, pero ni sordo ni ciego. En ello las mujeres siempre han sido más hábiles y predispuestas, a pesar muchas veces de su incontinencia verbal. El sexo de las hembras se recluye en el interior de su cuerpo al contrario que los hombres que lo poseen externo y predispuesto a mostrarse. El sexo de las mujeres es un pozo de agua limpia, es una cueva oscura, profunda y húmeda que atraviesa la tierra hasta su mismo corazón. En él hay que ser reverente, devoto y mantenerse callado, embriagado en su aroma y sometido a su poder. Allí, en su seno, envuelto en su calor, no hay nada que decir. Como dijo uno de ellos, Wittgenstein, uno de los eunucos de corazón que no de genitales y que lloraba cada vez que se dejaba vencer por la tentación, “de aquello que no podemos hablar, es mejor callar”.

En nuestros días, el prestigio del sacrifico y la renuncia ha tomado otros caminos. La abstinencia sexual se considera ridícula; nuestros nuevos héroes circunvalan el planeta en velero y en solitario, escalan las cimas más altas y se hunden en las más profundas aguas sin oxígeno, y dan vueltas y vueltas a un circuito poniendo en peligro sus vidas.

El tercer sexo es el no sexo, la renuncia obligada, voluntaria o espontánea a su uso. Esa abstinencia nos hace pensar equivocadamente en la inocencia de los niños y en la inofensiva mirada de los ancianos. Nada más falso, ambos están cerca del Paraíso, unos aun lo recuerdan y los otros ya lo vislumbran. Esa es una circunstancia peligrosa y privilegiada, ignora los compromisos y alimenta los remordimientos, pero también predispone a la generosidad. Instalada en ella es tan fácil matar como dar tu vida a cambio.