martes, 6 de marzo de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (18)


Teodoro Van Babel

18.
Saverio.

De Saverio Cucchiaio di Tommasso poco podemos decir fuera de repetir lo que Teodoro cuenta en sus cartas y destacar también la impresión que causó en Silvia cuando se conocieron.

Ella, como cualquiera -como Saverio mismo que no tenía otra compañía ni otra casa que su amigo y hermano, Alberto, miniaturista, monje calígrafo cisterciense del Monasterio de Poblet-, no estaba hecha en realidad de barro y sí de la carne que nos envuelve a todos y que ya sabemos lo débil que siempre termina por ser.

Christian, el esposo de Silvia, se pasaba la mayor parte del año viajando, fuera del hogar, en sus negocios de compra y venta. Y ella lo esperaba cuidando de las paredes, procurando que se mantuvieran derechas y atendiendo a los hijos que no paraban de aumentar, siempre embarazada aguardando el regreso de su esposo que siempre también, siempre volvía. No es de extrañar pues que pudiera sentirse atraída por alguien que sabía que no iba a regresar, que era otra clase de viajero que no levantaba paredes ni plantaba árboles, que no necesitaba ventanas para ver lo que hay afuera porque nunca llegaba, ni conseguía estar, en el interior.

Saverio estaba enamorado de una esclava, una de esas indias americanas que jamás podría tener, tal vez esa fue la razón de su amor, su nula predisposición al compromiso, pero le gustó Silvia, una mujer que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para demostrar a un hombre que era su igual.

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26. He navegado con la triste góndola por la tarde. El silencio de los canales anunciaba algo feroz. La marcha de mi barca cedía su paso al crepúsculo. El gondolero no bajaba la vista y apenas movía su cabeza para saludar. El remo golpeaba el agua espesa. Un furioso relámpago cayó tras la cúpula de Santa María de la Salud. Sentí que algo terrible ocurriría. En mi alma ya se había desatado la tormenta que más tarde azotaría a la Serenissima.

170. En un tabique de mi recama han anidado unos minúsculos insectos de cabeza grisácea. En un principio pensé que se trataba de ciertas hormigas que ya había visto en los interiores de la Dogana. Limpié con brea la zona, instalé nuevamente la madera sobre el hueco. De noche, el ruido producido por sus desplazamientos me ha resultado conmovedor. Se advierte que arrastran elementos de un lado a otro, como si el propósito fuera refundar ciudades o llevar de aquí para allá una magnitud de materia deplorable. El depósito de esas construcciones deja un polvillo cetrino por encima de los zócalos.
Cuando en 1840 pinté la Vista de la Dogana: San Giorgio Maggiore, utilice el polvillo como material de la acuarela; la textura más clara se evidencia en la cúpula del campanario.

171. Ayer fui a la barbería que está cercana al Ponte delle Tette camino a la iglesia de San Cassiano. El barbero es un hombre con una enorme nariz enfermiza (los veintiséis bocetos serán clasificados y rotulados como "estudios sobre una rinofima"). Hubiera querido tratar esa protuberancia de cerca, si fuera posible con lentes de fuerte aumento. En el descanso, sobre el pequeño hueco que antecede a la curva exponente de pulpa carnosa, un extraordinario ramillete de pequeñas venas violáceas sobresalía; un espectáculo que la propia enfermedad brindada como testimonio de su estrago. La belleza de ese racimo era atroz y conmovedora. Había visto algo semejante en los hongos que proliferan en los maderos del muelle; y así como en aquella oportunidad volví con una espátula a los muelles para llevarme el acontecimiento a mi taller, habría querido esta vez arrancarle al barbero ese tesoro de su nariz para llevármelo y tratarlo, hasta obtener la aprobación de Reynolds.

225. No les daré lo que esperan de mí. Destruyan mis dibujos. Arrojen al mar mis apuntes.
Olviden mis pinturas. Partiré hacia donde no me esperen. Viajaré sujeto a la misma tempestad que azota mi alma. Nada detendrá mi anhelo de respirar el aliento de Dios (1).

("El cuaderno rescatado".Joseph Mallord William Turner, 1830-1840)

jueves, 1 de marzo de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (17)


Teodoro Van Babel

17.
Emile.

Del párroco Emile sabemos menos, pero sospechamos que debió de ser de buena familia y rival del Obispo, alguien especial, sencillo pero no simple, que se conformaba con una sola parroquia habiendo podido llegar a Roma y pisar algún peldaño de sus magníficas y barrocas escaleras. No eligió el camino más cómodo, todo lo contrario, para un hombre de sus capacidades y talentos ser párroco de una pequeña iglesia no debió de ser fácil, o sí.

Teodoro nos lo retrata entrañable, afable, esa clase de personas que son y saben mucho más de lo que demuestran en un esfuerzo verdadero por no darse importancia. En Teodoro, Emile, cree ver a un buen alumno y nuestro pintor parece encontrar a un padre. Son interesantes y tiernas sus conversaciones sobre la Piedad y la Resurrección y las apostillas que de ellas hace Silvia en sus cartas y la borrachera en la que terminan él, Teodoro y su amigo Saverio.

Emile es un hombre influyente que trata de conservar un poco de sentido común en ese mundo violento y guerrero con las armas y las palabras. Vive medio retirado y sus ironías y el ligero cinismo que envuelve su conversación son también una manera de dar ejemplo y darlo alejado de la fe ciega.

Emile cree algo insólito, tal vez por influencia de Lutero, que con Dios se puede conversar como lo hacemos con cualquiera, y no más con Cristo, que fue hombre, que con el Espíritu Santo, un ángulo del triángulo demasiado olvidado por todos y no siempre el más puntiagudo.

La hipótesis de Silvia, que no anuncia de forma explícita, es que Emile formaba parte de la nobleza que sirvió a los Reyes de España y que no siendo del todo favorable a la Contrarreforma recelaba de los nuevos dueños que estaban demasiado cerca de sus siervos. Él prefería, como muchos, el poder de Roma, lejano y antiguo a uno joven y próximo que temía que cometería los mismos errores de siempre con el agravante de la ingenuidad adolescente.

Emile alentó fervientemente una de las mejores pinturas de Teodoro, “Ruth” y esa idea permanente que el párroco albergaba sobre la vida humana, una anachoresis que nadie sabe si finaliza con la muerte.

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En este momento sólo nos queda hablar de los principados eclesiásticos, donde encontraremos que las dificultades existen incluso antes de que se posean, ya que se adquieren por virtud o por fortuna, pero se conservan sin lo uno ni lo otro, pues están sostenidos por instituciones religiosas seculares que son tan poderosas y prestigiosas como para poder mantener en ellos a sus príncipes cualquiera que sea su manera de comportarse o de vivir. Estos príncipes son los únicos que poseen Estados a los que no tienen que defender y súbditos a los que no gobiernan. Si, por un lado, estos Estados aunque carezcan de defensa son imposibles de arrebatar, por otro, los súbditos, que no están gobernados, no sólo no se preocupan por ellos, sino que ni siquiera pueden ni piensan en abandonarlos. Son por lo tanto los únicos Estados que están seguros y son felices. Y como se rigen por causas superiores e inaccesibles a la mente humana, no hablaré más de ellos, pues al ser ensalzados y mantenidos por Dios, tratar sobre ellos sería una imprudencia propia de un hombre presuntuoso y temerario.

(Capítulo XI - Sobre los principados eclesiásticos. “El Príncipe”, Nicolás Maquiavelo, 1513, Edición de Mercedes López Suárez. Ediciones Temas de Hoy, S.A (T.H.), 1994.)

martes, 28 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (16)


Teodoro Van Babel

16.
Marta.

Dicho lo dicho, y habiendo concluido los anteriores comentarios edénicos, debemos ahora seguir hablando de Teodoro y destacar a Marta Belang.

Mención aparte merece la hija de su casero, Marta Belang, con la que se amancebó, no consta en los archivos de ninguna parroquia el certificado de matrimonio ni el propio pintor nos insinúa nunca algo parecido a un casamiento o boda. Teodoro hablaba de ella con cariño y devoción, con amistad incluso y con algo que se parece al amor, pero que no era amor. A ella le comentaba también, igual que a Silvia, los pormenores de sus obras y el dinero que pensaba ganar retratando a ricas burguesas, esas Venus con dinero fresco, contante y sonante, todas ellas diosas inventadas, delgadas o gordas, a todas ellas las pintaba Teodoro con ubres gigantescas que pagaban por verse convertidas en diosas lecheras.

Marta estaba celosa de tanta mujer que se desnudaba delante de su amado, pero no hizo ascos a las monedas que ello les reportaba, habían sido demasiados años de penalidades y de pobreza que no producen más que tristeza como los jardines que se abandonan por falta de cuidado, esos edenes convertidos en bosques naturales en los que las bestias y los diablos juegan con las ninfas y los ángeles. Marta y Teodoro no eran ningún ser infernal ni celestial, solamente dos seres humanos que miraban, cada uno, una cosa diferente. 

Hay, sin embargo, otra Marta anterior de la que sabemos muy poco, una mendiga, casi una niña, que no llegaba a ser una ramera, pero que limosneaba comida a cambio de lo único que tenía.

Silvia, su hermana, ve el peligro en esa pobre desgraciada y aconseja a su hermano que se aparte de ese saco vacío y que deje que sea otro el que lo llene y lo cargue, no él. Silvia fue en realidad la celestina que propició la unión de Marta Belang y Teodoro Van Babel en una escena en la que se demuestra, una vez más, el poder de Eva. Él lo narra con candor pues fue sencillo lo que Marta le pidió, que la pintara desnuda, nada más, y él, claro está, la pintó.

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“...animales entre luces y sombras, bebiendo agua, junto al agua, yaciendo sobre la hierba; a un lado, una crucifixión pintada por un artista que no reconoce a Cristo; flores, personas sentadas, caminando, paradas, a veces sin ropas, desnudas, innumerables mujeres desnudas (algunas dibujadas en escorzo desde sus espaldas); manzanas y bandejas de plata, un retrato del Consejero N; un crepúsculo; una damisela vestida de rosa; patos en vuelo; un retrato de la baronesa X; gansos en vuelo; una damisela vestida de blanco; terneros en la sombra; con manchas amarillas de sol; un retrato de su excelencia el Sr.; una damisela vestida de verde. Y todo se encuentra detallado en un libro: los nombres de los artistas, los nombres de las pinturas. Los visitantes tienen estos folletos entre sus manos, y van de una pintura a la otra, buscando y leyendo los nombres. Luego se marchan, tan pobres o ricos como vinieron, y rápidamente sus preocupaciones individuales, totalmente disociadas del arte, los absorben. ¿Para qué han venido? Cada pintura encierra misteriosamente toda una vida, una vida llena de sufrimientos, incertezas, momentos de fervor y de luz. ¿Hacia dónde se dirige esta vida? ¿Hacia dónde indaga el espíritu del artista, si también se entregó en la creación? ¿Qué revela?

La misión del artista es echar luz sobre las tinieblas del corazón humano, dice Schumann. El artista es un hombre que sabe trazar y pintarlo todo, dice Tolstoi. “

("Sobre lo espiritual en el arte. Parte I" Vassily Kandinsky, 1911)

domingo, 26 de febrero de 2012

El peletero/Peret (26-02-08)


A HORA FOSCANT

És tard, els camins ja no em tempten.
I us sé, del verger dins el clos,

caiguts, trepitjats en la boira,
oh dies, oh fulles, oh flors!

Mes passes es tornen furtives
com d’un indecís estranger.
Sospiren espectres de dàlies
enmig del foscam ploraner.

Al lluny neda un so de campanes
que uneix els vivents als caiguts.
S’escampa la nit invencible,
mar d’illes que són solituds.

I em criden el llum a la taula
i algun voleiant pensament,
la vella cadira malmesa
i un full de paper malcontent.


Josep Carner

jueves, 23 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (15)


Teodoro Van Babel

15.
Los celos.

Al mismo tiempo que Anna de la Rochefoucauld reconstruía la causa de la libertad estableciendo el precio que hay que pagar por ella, otra escritora francesa, Marie de la Fayette, argumentaba también que la razón del pecado de nuestros primeros padres no debíamos buscarlo en sus negocios con Dios ni con la serpiente y sí con los que mantuvieron entre ambos. De una manera perspicaz reelabora igualmente el motivo de la soberbia y de la envidia. Para ella son los celos que siente Eva por causa de la relación de Adán con Dios la razón del tropiezo, Madame de la Fayette afirma que Eva no desea ser Dios exactamente ni emular su poder o sabiduría, ni tampoco pretende saber lo que sabrá del árbol cuando coma la manzana porque en realidad, dice, como mujer ya lo sabe, ni le importan tampoco demasiado todas esas disquisiciones sobre la libertad y la muerte, pero sí quiere algo parecido, ocupar su lugar frente a Adán, ser su único anhelo, la sola ventana de su casa, la única pintura colgada en la pared.

Lo logró, hay que reconocerlo, no llegó a ser Dios ni mucho menos, pero lo sacó de escena y se convirtió para Adán en el único centro de sus ojos, en ese punto de fuga en el que todos nos perdemos.

En realidad, según ella, aunque le desobedecieron, nadie traicionó realmente a Dios, se traicionaron ellos dos entre sí. ¿Cómo?

El sexo tiene dos consecuencias importantes, nos cuenta la francesa, una de ellas no hace al caso ahora, y la otra son los celos que ocasiona porque en los lechos siempre hay alguien que mira hacia otro lado al no perder de vista algo, o a alguien, que está ausente y presente al mismo tiempo como un fantasma, esa sombra que se halla fuera del cuadro, y que Isaac mira en la pintura de Teodoro Van Babel, una necesidad o una amenaza, en ocasiones una simple esperanza y en otras una mera decepción.

Según parece nunca se está dónde se está y sí en un lugar del que partimos hace mucho tiempo atrás y que esperamos, sin esperarlo demasiado, regresar.

No ser visto es un insulto del que mira y no te ve o no recuerda haberte visto, una afrenta terrible porque el peor dolor es no ser nadie para los demás.

Dos ojos, aunque no lo parezca, no nos permiten mirar dos cosas a la vez ni cuatro ver por cuadriplicado lo mismo. Dicen los grandes pintores que sólo se puede dibujar a los muertos o a los vivos nacidos para la muerte. ¿Quiso Eva substituir a la muerte?

Isaac miraba a lo lejos, más allá de los horizontes que sus barcos surcaban, y Rebeca, que no tenía nada más que hacer, miraba a Isaac que se perdía entre la espuma del mar. Él veía llegar los vientos y sabía cómo debía tripular las naves y proteger a sus barcos del temporal, en cambio, era un mal caballero y su cabalgadura no le obedecía, no vio el milagro que se gestaba en el vientre de su amada, no supo tomar su timón ni fijar el rumbo ni el derrotero, ni tampoco ver su derrota que inexorable se avecinaba.

Adán recibió una manzana, pero Isaac una hija que no era suya ni de nadie excepto de Rebeca y de alguien más que ni ella misma sabía, la noche la poseyó.

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Llegué a Arlés a altas horas de la noche, y esperé el alba en un pequeño café que permanecía abierto. El dueño me miró y exclamó: "¡Usted es el compañero, lo reconozco!”

Un autorretrato, que había enviado yo a Vincent, explica la exclamación del propietario. Al mostrarle mi retrato Vincent le había dicho que era un compañero suyo que vendría pronto. Fui a despertar a Vincent, ni demasiado temprano ni demasiado tarde. El día fue dedicado a establecerme, a mucha conversación y a pasear de manera que pudiera admirar la belleza de Arlés y las mujeres arlesianas, acerca de las cuales, dicho sea de paso, no cobré gran entusiasmo.

Al día siguiente pusimos manos a la obra, él, continuando lo que ya había comenzado, y yo, comenzando algo nuevo. Debo confesaros que nunca he tenido la facilidad mental que otros encuentran, sin dificultad alguna, en la punta de sus pinceles. Estos individuos descienden del tren, recogen su paleta y os despachan en seguida un efecto de luz. Cuando está seco, va al Luxemburgo y es firmado Carolus-Duran.

No admiro la pintura, pero admiro al hombre. Es tan seguro, tan tranquilo. Yo, tan inseguro, tan intranquilo.

A donde quiera que voy necesito un cierto período de incubación, a fin de poder aprender cada vez la esencia de las plantas y de los árboles, de toda la naturaleza, que nunca desea ser comprendida o entregarse a sí misma.

Pasaron, pues, varias semanas antes de que yo estuviera en condiciones de captar indistintamente el agudo sabor de Arlés y de sus alrededores. Pero ello no impidió que trabajáramos duro, especialmente Vincent. Entre dos seres tales como él y yo, uno un perfecto volcán, el otro hirviendo también, interiormente, se estaba preparando una especie de lucha. En primer lugar, por todas partes y en todo encontré un desorden que me chocaba. Su caja de colores apenas contenía todos esos tubos, amontonados y nunca cerrados. A pesar de ese desorden, de ese revoltijo, algo brillaba en sus telas y también en su conversación. Daudet, Goncourt, la Biblia inflamaban su cerebro holandés. Los muelles, los puentes, los barcos de Arlés, todo el Midi, ocuparon el lugar de Holanda para él. Incluso olvidó cómo escribir el holandés, y, según puede verse en las cartas a su hermano, nunca escribió sino en francés, admirable francés, con un sinfín de "puesto que" y "por cuanto".

(“Diario íntimo”, Paul Gauguin – Acerca de Van Gogh. Les Alyscamps, Arles, 1903. Ignoria, 13 de agosto de 2009 por Isaías Garde)

miércoles, 22 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (14)


Teodoro Van Babel

14.
El paraíso.

¿Si el Paraíso no es ninguna quimera la Naturaleza lo es? Muchos sabios aseveran que es una invención, un acto artificial, filosófico y mental, justo por necesario, y el más arriesgado pues sin ella no somos nada, no somos libres.

Madame de la Rochefoucauld afirmaba que el sexo es un hecho moral porque se practica acompañado aunque se viva en solitario. Su mayor o menor grado de virtud dependerá de lo que se obtiene a cambio de lo que se da, aunque a veces no se logre nada habiéndolo entregado todo, o todo se quiera no dando nada. ¿Dios nos otorgó su libertad y nosotros le ofrecimos nuestra necesidad?, ¿mal trato?, ¿para quién? El sexo es una forma rara de vislumbrar ese paraíso más narcótico que revelador, un no lugar en el que no se puede vivir fuera del corto instante de placer.

Eva transformó el Edén en Naturaleza al descubrir su muerte cierta en los ojos y la carne de Adán y exigió a Dios la verdadera libertad de elección, para ello inventó el sexo y asumió su derivada más importante, el amor con sus consecuencias que no son otras que saber, como saben todos los verdaderos amantes, que morirán y que lo harán juntos.

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“En el faldón triangular del muro que acabo de mencionar, por encima del hondero y del bote, vemos pintada una de las frecuentes escenas etruscas del banquete de los difuntos. El muerto, lastimosamente borrado, se halla reclinado en su canapé, apoyado sobre un codo, con el chato cuenco de vino en la mano; junto a él, también semirrescostada, se encuentra una hermosa y enjoyada dama lujosamente ataviada, que posa aparentemente la mano izquierda sobre el pecho descubierto del hombre y le ofrece con la distra la guirnalda, como una festiva ofrenda femenina. Detrás del hombre hay un joven esclavo desnudo, de pie, tal vez un músico, mientras otro siervo llena una jarra con vino que extrae de una ánfora que está a su lado. Junto a la dama vemos una doncella que, al parecer, ejecuta la flauta, porque era costumbre que una mujer tocara dicho instrumento en los funerales clásicos. Más allá están sentadas otras dos jóvenes con guirnaldas, una mirando a la pareja central del banquete, la otra de espaldas a todo. al otro lado de las doncellas, en el rincón, hay más guirnaldas y dos pájaros, quizás palomos. Sobre la pared, detrás de la cabeza de la dama, hay un objeto incierto que podría ser una jaula.

La escena es tan natural como la vida misma, pero, no obstante, posee una pesada y arcaica plenitud de significado. Es el banquete de la muerte y, al mismo tiempo, constituye el banquete del difunto en el otro mundo, pues para los etruscos ése era un lugar alegre. Mientras los vivos se recreaban al aire libre, junto a la tumba del muerto, éste, a su vez, se deleitaba de igual modo junto a una dama que le ofrecía guirnaldas y esclavos que le servían vino, en la otra vida. Porque siendo la vida sobre la tierra tan agradable, la existencia debajo de ella no podía ser más que una continuación de aquélla.

(“Paseos Etruscos”. D. H. Lawrence, 1927)

martes, 21 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (13)


Teodoro Van Babel

13.
La Naturaleza.

La verdad nos incumbe, nos interpela y nos configura, y nos demuestra siempre que el asesino de nuestro padre somos nosotros mismos y que la amante que yace a nuestro lado es la que nos dio a luz.

El Santo afirmaba con rotundidad que el Edén era el reino de la verdadera abundancia suficiente que otorga la libertad creadora porque no podemos ser justos sabiendo que vamos a morir.

Nosotros sospechamos que se equivocaba al creer que el razonamiento debe ser formulado a la inversa: saber que vamos a morir es el requisito básico para ser libres y acertar.

Sin embargo, Agustiniano atina cuando considera que la lascivia es intrínsicamente mala porque es ajena a la voluntad del ser humano al mismo tiempo que está cautiva de la necesidad del mal vivir, pues mal vivir es no ser dueño de uno mismo.

En el mismo sentido, Anna de la Rochefoucauld afirmó, unos siglos después, que no se puede ser libre siendo libre como Dios, alguien del que dicen que a nada ni a nadie necesita, ni siquiera a nosotros ni a sus querubines que le cantan y le adoran.

¿Qué vieron Adán y Eva el uno en el otro? Vieron que iban a morir. Esa circunstancia trágica, esa verdad es la que Dios les había ocultado, y ese destino, paradójicamente inexorable, los hizo libres. La muerte estaba escrita en la desnudez de sus cuerpos.

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El movimiento del aire puede ser visto por gracias del movimiento del polvo que en su carrera levanta el caballo, movimiento éste tan raudo en ocupar el vacío que de sí deja en el aire ese caballo, pues de sí lo vestía, cuanto raudo es el tal caballo en huir del aire.
Creerás quizá poderme reprochar que haya yo representado los caminos que traza el aire en movimiento, puesto que por sí no ha de ser en el aire visto el viento. A lo que te respondo que no el movimiento del viento, sino tan sólo el movimiento de las cosas que con él arrastra, vemos en el aire.

(Tratado de la pintura. Del diluvio y su representación en pintura. "Imágenes del diluvio", Leonardo Da Vinci, 1498)

jueves, 16 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (12)


Teodoro Van Babel

12.
El fruto.

En la tierra que pisamos y morimos, sólo hay ruina y hambre, la justicia es tan escasa como la salud en la vejez, no hay destino y sólo deber, y aunque el azar manda está siempre sometido a la necesidad y a la escasez. La secuela más evidente del primer pecado, según el Santo, romano puritano, es el sexo que perpetúa la miseria que nos envuelve y de la que somos consecuencia al parir hijos uno detrás de otro como si estuviéramos condenados a comer la misma manzana una y otra vez. La oscuridad de la piel de la hija de Rebeca, para un hombre de su tiempo, es el símbolo de un fruto más podrido que prohibido, es la prueba de nuestra tropiezo.

Pero... ¿fue la invención del sexo la consecuencia de la falta de juicio y discernimiento o al revés, la causa de los hechos que más tarde acontecieron? ¿El sexo se inventó antes o después de la caída? Según la Biblia después, pero...

Nosotros pensamos que el sexo es un espejo y que en él se vieron.

¿Qué vieron al verse desnudos por primera vez?, ¿descubrieron a un extraño o se vieron a sí mismos en el otro? ¿Se vieron igual que Narciso en el estanque o tal vez contemplaron a la horrenda Medusa?

¿Qué vio Adán en Eva?, ¿una fuente o un desagüe? ¿Qué vio Eva en él?, ¿un soldado o un alfarero? ¿En ellos anidaba la cólera de los héroes o la ambición de los siervos?

Quizá Eva y Adán son Edipo desdoblados a los que la verdad revelada les muestra que no somos la víctima que pensábamos y sí el asesino y, sin duda, ambas cosas juntas y al mismo tiempo.

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“El negro fue la expresión de mis primeras colecciones. Grandes líneas negras que simbolizaban el trazo del lápiz sobre la página en blanco: la silueta en el cénit de su pureza. De ese modo trabajaba en toda la gama de los tintes sombríos, salvo el rojo, ese color noble y peligroso, base del maquillaje, de la pintura de labios y de uñas, color de la sangre y de lo religioso. Evitaba los colores claros, refugiándome en la tinta negra cada vez que me ponía a trabajar –y fracasaba- en un vestido blanco.”

(...)

“En la escuela de Dior y de Chanel aprendí a liberarme de la presión del dibujo, haciéndome disponible para la llamada materia, del color, de la música o del cuerpo de un maniquí. Recuerdo que de la ópera de Gershwin Porgy and Bess y del encuentro con una maniquí negra, salió a la luz una colección. Me gustaba el equilibrio, la armonía, el misterio del cuerpo de esa mujer. Sobre su piel negra el color cambia, dando a la ropa una fuerza y una dignidad insospechadas. Llevaba un traje sastre de pantalón rosa pálido, una blusa de un rosa más vivo, mientras que una cinta que salía de la blusa le ceñía el pantalón.”

(Yves Saint-Laurent - Introducción a “Historia técnica y moral del vestido” de Maguelonne Toussaint-Samat. Alianza Editorial 1990.)

martes, 14 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (11)


Teodoro Van Babel

11.
El sentido.

Según afirma Agustiniano la semilla de Adán está arruinada, enferma, picada y dañada por la caída, y será la que transmitirá a toda la humanidad la culpa y la vergüenza por la primera tara del mundo que no es la simple desobediencia de Eva a su Creador, pues la mujer únicamente sabe de la prohibición divina por boca de Adán y no por la de Dios mismo, que solamente habló con él y lo hizo, según cuentan las Sagradas Escrituras, antes de crear a su compañera de una de sus costillas.

Dios conversó con Adán, pero la serpiente lo hizo con Eva, que son, sin lugar a dudas, unas maneras curiosas y rebuscadas de hablar consigo mismos. Con todo, también platicaron entre sí los dos, hombre y mujer, y lo siguen haciendo desde entonces en una charla interminable sin aparente buen resultado ni entendimiento.

¿Cuál es la verdadera naturaleza del pecado? ¿Fue verdaderamente un pecado o un grave error?, ¿eligieron mal?, ¿fue un acierto?

Nosotros lo ignoramos, pero no nos conformamos con la explicación clásica que señala a la soberbia y a la envidia como causas del acontecimiento. Ni tampoco creemos que fuera la rebeldía en sí misma, la simple indisciplina que como niños mal criados desobedecen al padre para emularlo, ni la asimetría física de él al faltarle una costilla ni el buen sabor de las manzanas maduras que llevan en su seno la estrella de Venus.

San Agustiniano, varón del siglo V cristiano, hombre docto y santo, se lamenta de la ausencia de criterio de Adán al seguir a Eva sin atreverse a expresar su disentimiento. Adán, que había hablado con Dios, hubiera podido salvarse, considera el Santo, pero prefirió, demostrando poco carácter, acompañar en la desdicha a su amada. ¿Tonto o fiel?, ¿valiente o pusilánime el hombre al acompañar a su esposa?

¿Cuáles fueron pues las razones de Eva?, ¿en qué se fundamentaba su independencia de criterio? Agustiniano no es capaz de encontrar las respuestas, solamente cree hallar las consecuencias.

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Cuál fue el primer castigo de la culpa de los primeros hombres

“Apenas quebrantaron nuestros primeros padres el precepto, cuando los desamparó luego la divina gracia y quedaron confusos y avergonzados de ver la desnudez de sus cuerpos. Y así, con las hojas de higuera, que fueron acaso las primeras que, estando turbados, hallaron a mano, cubrieron sus partes vergonzosas, que antes, aunque eran los mismos miembros, no les causaban vergüenza. Sintieron, pues, un nuevo movimiento de su carne desobediente como una pena recíproca de su desobediencia. Porque ya el alma, que se había deleitado y usado mal de su propia libertad y se había desdeñado de obedecer a Dios, la iba dejando la obediencia que le solía guardar el cuerpo, y porque con su propia voluntad y albedrío desamparó al Señor, que era superior; al criado, que era su inferior, no le tenía a su albedrío, ni del todo tenía ya sujeta la carne como siempre la pudo tener si perseverara ella guardando la obediencia y subordinación a su Dios. Entonces, pues, la carne comenzó a desear contra el espíritu, y con esta batalla y lucha nacimos, trayendo con nosotros el origen de la muerte, y trayendo en nuestros miembros y en la naturaleza viciada y corrompida la guerra continuada con ella o la victoria contra el primer pecado.”

(“La ciudad de Dios”, Libro Décimotercero. La Muerte, Pena del Pecado de Adán. CAPITULO XIII, Agustín de Hipona, 413-426)

jueves, 9 de febrero de 2012

El peletero/Teodoro Van Babel (10)


Teodoro Van Babel

10.
Los ojos.

Este doble retrato está lleno de elementos iconográficos que pretenden dotar a la escena de un significado paralelo, cada objeto y cada gesto son como las palabras de un texto demasiado farragoso. De entre todos ellos destacan unos ojos en un plato en el centro de la escena y un guante negro en la mano derecha de él, la que empuña la espada, negro sobre blanco de nuevo: es la mancha, dicen los expertos en pintura, es Makeda, señalan los poetas. Al fondo una marina con unas naves en un mar tempestuoso. Ella mira fijamente a su enamorado y él no pierde de vista una sombra de algo que revolotea fuera del cuadro.

La pintura es interesante por su composición manifiestamente arcaica a pesar de hallarnos ya en pleno siglo XVII. Una tela fuera de época y paradójicamente también alejada del estilo del resto de su obra. Hay en ella una mezcla de modas: cabellos muy largos hasta la misma cintura, a la flamenca, y otra a la italiana en el vestido de la mujer, un traje ceñido que resalta un cuerpo esbelto de junco tierno, y unas manos que juegan con “algo”, con un jilguero tal vez, un corpiño muy atrevido y escotado que deja ver sus pechos y las fresas de su pezones hinchados, y sus hombros desnudos y blancos como las montañas nevadas que no hay, ni habrá nunca, en aquellas tierras Bajas que una vez fueron posesión de una de las dos Españas.

La estructura mantiene la de un tríptico, con el hombre a nuestra izquierda, la mujer a la derecha y en el centro una simple y sencilla mesa de madera oscura con ese plato de terriza blanca en el que se hallan el par de ojos depositados. Ambos artificialmente hieráticos tal cual esfinges. Ella lo mira y él mira algo a nuestra izquierda que no vemos y que sólo deja su rastro en una pequeña sombra voladora en el suelo.

El significado, si no simbólico, es tal vez biográfico y quizás estos ojos en el plato nos remitan directamente al padre de Isaac, Abraham, un intransigente y fanático luterano y uno de los primeros seguidores de Calvino, que en un ataque de locura iconoclasta se arrancó los suyos con una cuchara sopera después de haber recorrido media ciudad rompiendo espejos y cristales. Detenido y encarcelado al fin, prefirió  extirpárselos con la cuchara que comerse la sopa aguada que el carcelero le había llevado para cenar. A la mañana siguiente lo hallaron desangrado y ciego.

Todas las dobles figuras de hombre y de mujer son una exégesis de Adán y Eva. Pero en este caso también, al parir Rebeca a una niña negra, el argumento básico de las tesis de San Agustiniano de Cartago que nos ha transmitido uno de sus más ilustres discípulos, Félix de Barcino, que lo señalan a él, a Adán, como al verdadero culpable de nuestro primer pecado, y no a Eva. Ella es la dadora de vida, él, en cambio, siempre llevará en su simiente la mácula del tropiezo y, por ende, de la muerte.

Permítasenos, pues, hacer un alto en la narración de la vida de Teodoro para detenernos en los hechos y las circunstancias que rodearon, como una circuncisión, el comportamiento de Adán y Eva.

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“Paolo ejecutó sus primeras pinturas al fresco, en un nicho oblongo en el hospital de Lelmo. Representaban a San Antonio Abad, con San Cosme y San Damián a ambos lados. En el monasterio de monjas de Annalena pintó dos figuras y en Santa Trinità, sobre la puerta de la izquierda, dentro de la iglesia, ejecutó al fresco episodios de la vida de San Francisco: las escenas en que recibe los estigmas, en que apuntala a la Iglesia con la espalda, y en que se encuentra con Santo Domingo. Trabajó también en Santa Maria Maggiore, en una capilla al lado de la puerta lateral que conduce a San Giovanni, donde están la tabla y la predella de Masaccio: allí pintó al fresco una Anunciación en que representó una casa que merece atención, pues era tarea nueva y difícil en aquella época, siendo la primera obra en que se mostró a los artistas el buen modo de establecer la fuga de las líneas con gracia y proporción, y de representar amplio espacio y lontananza en una superficie muy pequeña. Quienes son capaces de agregar a esto las luces y las sombras en sus debidos lugares, sin duda logran engañar al ojo y dar vida y relieve a la pintura. Y no bastándole esto a Paolo, quiso superar mayor dificultad aún, representando una columnata en perspectiva, que rompe el ángulo vivo de la bóveda, allí donde están los cuatro Evangelistas. Esa realización fue considerada bella y difícil y, a la verdad, Paolo fue ingenioso y capaz en tal especialidad. Trabajó también en San Miniato, en las afueras de Florencia, en un claustro en que pintó en parte con tierra verde y en parte con color las vidas de los Santos Padres. En esas obras no observó mucho la unidad de colorido de los diversos episodios, que debiera respetar, e hizo los campos azules, las ciudades rojas y los edificios de varios colores, según su fantasía. Y en esto erró, porque las cosas de piedra que se imitan no deben llevar otras tintas que las que corresponden. Dicen que mientras Paolo estaba ocupado en el trabajo, el abad que entonces actuaba en ese lugar casi no le daba otra cosa que queso como alimento. Como esto llegó a fastidiarlo, Paolo, hombre tímido como era, resolvió no volver a trabajar. Cuando el abad lo mandó llamar, sabiendo que los frailes irían a buscarlo, Paolo nunca estaba en su casa. Y si por casualidad se encontraba en Florencia con algún grupo de miembros de esa Orden, se echaba a correr para eludirlos. Un día, dos de los más curiosos, y más ágiles por ser más jóvenes que él, lo alcanzaron y le preguntaron por qué razón no iba a concluir la obra empezada y huía cuando veía a los religiosos. Contestó Paolo: «Me habéis puesto en tal estado que no sólo huyo de vosotros sino que ni siquiera puedo trabajar donde hay carpinteros o pasar cerca de un lugar en que se encuentren. Y todo eso se debe a la poca discreción de vuestro abad, que a fuerza de tortas y sopas de queso me ha metido tanto queso en el cuerpo que me muero de miedo -siendo ya queso toda mi persona-, de que elaboren cola conmigo. Si esto siguiera así, ya no sería yo Paolo, sino queso». Los frailes se separaron de él, riendo a carcajadas, y le refirieron todo al abad, quien convenció a Paolo de que volviera a su tarea, procurándole vituallas sin queso.”

(Giorgio Vasari – Paolo Uccello, pintor florentino,1150-1568)